Ok, hasta ahora, es el fic más extenso que voy a publicar hasta ahora, y planeo ser constante con él.Disclaimer: Ni la franquicia de Shingeki no Kyojin ni sus personajes son de mi propiedad, todo pertenece a Isayama, etc.La siguiente narración contiene lenguaje soez, violencia, algunas alteraciones y omisiones de la trama original del anime, y probablemente diálogos y situaciones que pondrían en duda la ética de los implicados en ellas.Disfrútenlo ;)

Shingeki no Kyojin: Dawn of a Warrior

Capítulo 1: Volviéndonos héroes

Mientras la luz mortecina del ocaso comenzaba a disiparse, dándole paso al manto nocturno, una bebé dormía plácidamente en su cuna, que poco a poco era arrancada del brillo carmesí, siendo totalmente envuelta en sombras.

Frente a ella se encontraba su hermano. De semblante pétreo, con su mirada oscurecida por un dolor interno y la mente divagando en pensamientos poco alegres.

El muchacho suspiró pesadamente. Era otra noche sobrevivida. Le había dado de comer a su hermana y a él mismo. Hacía tiempo que no probaba la comida de su madre, quien, junto con su progenitor, habían abandonado este mundo unos meses atrás. Algo muy cruel para alguien tan joven de diez años, que negándose a vivir en casas ajenas, se mantenía a él y a su hermana como podía.

Se incorporó con sigilo, procurando no despertarla y, con pasos amortiguados, fue hacia la cocina a prepararse su habitual té nocturno.

Ni bien colocó la tetera sobre el fuego, unos golpes escandalosos tocaron a su puerta. Se precipitó fúrico a abrirla, encontrándose con su amigo, Friedrich, del otro lado.

-¡Baja el tono, idiota! -susurró.

-Ha ocurrido algo terrible -dijo Friedrich, sin prestarle atención.

-¿Crees que eso me importa? Vas a despertar a Verónica.

-Niko, ha caído el Muro María -la espina del nombrado experimentó un denso escalofrío que la recorrió de abajo hacia arriba en su totalidad.

-¿Q-qué?

-Shiganshina es historia, los titanes han entrado en la muralla, y quién sabe cuándo lograrán abrirse paso hasta aquí. ¡Estamos…- un palmazo en la nuca sacudió la cabellera rubia y calló al joven.

-Recupera la compostura, pareces un bebé -dijo una voz fría detrás de Friedrich.

-Gracias por hacerlo callar, Dosu -el mencionado se adelantó, luciendo sus eternos lentes de sol y su cabeza perfectamente afeitada.

-¡Eso duele! -se quejó Friedrich.

-El punto, como decía el verborrágico, es que corremos peligro, y creemos que lo mejor sería que tú y Verónica se mudaran conmigo o con Friedrich.

-Aquí vamos otra vez -resopló Nikolai.

-Escucha, no serán un problema para nadie, tenemos espacio y…

-¡No, y se acabó! -interrumpió Niko a Friedrich.

-Por favor, no esperarás seguir maneniéndote a tí y a ella sin ayuda -dijo Dosu.

-¿Qué esperas hacer cuando lleguen los titanes? ¿Lucharás tú solo contra esas bestias? -inquirió el rubio.

Niko los miró a ambos con ojos profundos. Sabían que planeaba algo.

-No, yo solo no -dijo.

-¿De qué hablas? -preguntaron sus dos amigos a la vez.

-Yo no estaré solo. Porque seré un soldado para entonces.

Nikolai Gradost era un chico impulsivo. Jamás le tomaba más de un minuto tomar una decisión. Y nada sacó a relucir mejor esa cualidad que su alocado plan de unirse a la Legión de Reconocimiento. Dosu y Friedrich intentaron disuadirlo, pero a la larga, terminaron arrastrados por él, convencidos de que arriesgar sus vidas en esta aparentemente interminable guerra era mejor y más fructífero que esperar a la muerte dentro de sus hogares. Para cuando tenían trece años, ya estaban enlistados y abandonaron sus hogares y sus familias de Trost.

Nikolai, Friedrich y Dosu estaban alineados en ese orden, en medio de una legión de gente de su misma edad.

-Creo que nos sacamos la lotería, los gritos del instructor se oirán geniales desde aquí -expuso Friedrich.

-Cierra la boca -espetó Dosu.

-Ok, aguafiestas.

-No seas tan duro, viejo. Después de todo tiene razón: ¡Estamos en primera fila! -dijo Niko en un tono falsamente alegre.

Nikolai volteó al oír una risita detrás de él. Una chica de coletas negras parecía ser su emisora. Ella bajó la vista en cuanto lo notó. Él arqueó una ceja y volvió su atención al frente.

El aspecto de Nikolai resaltaba bastante al tener el cabello atado en forma de estrella y una cuellera cubriendo su nariz y boca. Sus dos amigos lucían normales, si se podían considerar el rostro inexpresivo de Dosu y la permanencia de sus lentes como normales.

El instructor, de mollera igualmente afeitada como la de Dosu, se paseó frente a la formación, con expresión severa.

-¡Espero que estén preparados para el infierno que se les avecina, jovencitos! -vociferó-. ¡Si esperan ser más que pasto para los titanes, deberán sobrevivir a mi duro entrenamiento, así que háganse una idea! ¡Soy Keith Shadis, su instructor y peor pesadilla!

-¿Quién se cree éste tipo? -cuestionó Friedrich en voz baja.

-Cállate o harás que nos azoten -dijo Dosu.

El instructor caminó entre las líneas, deteniéndose frente a un recluta.

-¡¿Quién diantres eres tú?! -exigió saber.

-¡Jean Kiristein, señor!

-¡Dime para qué te has enlistado en la milicia, Jean Kiristein!

-Pues, para entrar en la Policía Militar y vivir en el Interior -Niko, Friedrich y Dosu contuvieron una carcajada, lo cual llamó la atención del instructor.

-¡¿Hay algo chistoso aquí?! -les cuestionó, acercándose.

-Sí, de hecho así es, señor -contestó Nikolai a secas.

-¡EXPLÍCATE!

-Claro: Ese tipo es muy inocente. La risa que nos provoca es inevitable -Jean miró al de pelo atado con odio, mientras que algunos reclutas a su alrededor reían o cuestionaban la situación.

-¡DIME TU NOMBRE, PELO DE PIÑA! -la saliva salpicó el rostro del joven, lo cual fue repulsivo.

-Nikolai Gradost, señor instructor.

-¡¿Por qué mierda tienes una cuellera?! ¿Acaso no quieres que todos veamos el adefesio que eres?

-No, señor.

-¿Y entonces?

-Sólo me gusta cómo me queda, señor -Keith no supo qué replicar.

-¡Ustedes dos, díganme sus nombres! -les gritó al rubio y al de lentes.

-Dosu Akane.

-Friedrich Lowstein.

-Muy bien, veo que… -el sonido de una persona comiendo algo nerviosamente captó la atención del instructor.

El hombre caminó hasta una chica en diagonal a la derecha de Dosu. Ella estaba engullendo a mordiscos una patata cocida.

-TU. NOMBRE -dijo el instructor, con tono asesino.

-Shasha Bauz, sheñor -respondió la joven con los labios entorpecidos.

-¡Traga antes de hablar! ¡Dime tu nombre y tu procedencia, recluta! -la muchacha obedeció haciendo el saludo militar.

-¡SASHA BLAUS, SEÑOR, VENGO DEL PUEBLO DE DAUPER!

-¡¿Qué es eso que estás comiendo, Sasha Blaus?!

-Una patata cocida, señor. La ví en la cocina y se veía deliciosa.

-Una… ¿Patata?

-¿Está loca? -preguntó Friedrich.

-Eso parece -contestó Niko.

-Sí, señor.

-Y… ¿Por qué comerla ahora?

-La comida sabe mejor cuando está cálida.

-No. Me refiero a… ¿Por qué comerla ahora en este preciso momento?

-¿Está preguntando por qué la gente come patatas en general? -toda la legión palideció ante la pérdida de (la casi inexistente) luz en los ojos de Keith-. Bueno, ya -Sasha separó un pedazo de patata y se lo extendió al instructor quien la miró sin poder procesar su acción-. Le daré la mitad.

-La… ¿Mitad?

Luego de ocuparse de Sasha (y tomarse la molestia de volver sobre sus pasos para darle un cabezazo a Jean y Niko por su confianza), el instructor continuó interrogando a los reclutas.

Una vez rompieron filas, ya en la hora del almuerzo, se juntaron con algunos reclutas que habían tenido cerca durante la formación: Eren Jäeger, Armin Arlert, Mikasa Ackerman, Connie Springer, una chica llamada Ymir, Christa Lenz, entre otros más (Sasha seguía dando vueltas al campo de entrenamiento como castigo por su comportamiento).

-Tu cabeza se vé mal, ese cabezazo debió doler -le dijo Mikasa a Niko.

-Sí que lo hizo, me dejó una linda cicatriz -el de pelo atado se señaló una marca rojiza en el costado derecho de su frente.

-Linda, pero yo he tenido mejores -rió Friedrich.

-Sí, y creo recordar que nosotros dos fuimos quienes te las hicieron -comentó Dosu.

-¡Oye! -le reprochó el rubio.

Desde su posición, Niko observó a Jean mirándolo con mala cara desde una mesa a unos diez metros de distancia.

-¿Qué tanto me miras? ¿Acaso te gusto? -le preguntó en voz alta.

-No te hagas el gracioso, estropajo -espetó el aspirante a policía militar.

-¿Sigues enojado por lo de hoy? Supéralo, eres un cobarde sin remedio.

-Te estás ganando una golpiza -dijo el chico rubio sentado junto a Jean, mas no en tono amenazante, sino como un intento de hacer que Niko tomara precauciones.

-Adelante, bastardo, da el primer golpe, te partiré las piernas.

-¿Eso crees? -escupió Jean.

-Lo sé. Todos los de tu calaña son basura. La Policía Militar es escoria, ¿qué han hecho por los desamparados refugiados del Muro María en estos últimos dos años? ¡Nada!

-¡Oye! -exclamó desde su asiento un joven llamado Marco Boldt. Una rubia llamada Annie Leonhardt miró a Nikolai con desdén.

-Ustedes deberían replantearse de qué lado están, y a quién protegerán cuando llegue el momento de combatir -añadió Dosu.

Jean se paró de su asiento y con rapidez tomó a Niko por el cuello. Éste se defendió torciendo la muñeca que lo había atrapado y dando una patada de lleno en el estómago del agresor que cayó sobre la mesa en la que estaba comiendo hace unos instantes.

-¡Ya basta! -gritó Eren. Friedrich posó una mano sobre su hombro.

-Creo que no deberías intervenir. No lo parecía, pero Niko venía acumulando rabia desde lo del cabezazo del instructor, hay que dejarlo desahogarse -explicó el rubio.

Jean se levantó y arremetió contra el de pelo atado. Una chica de coletas se interpuso entre los chicos.

-Amigos, porfavor no peleen -dijo con nerviosismo y dulzura-. Aquí todos somos compañeros.

-¡No me importaría acomodarle las ideas a éste "compañero"! -exclamó Jean.

-Adelante, cobardón, muéstrame de lo que es capaz un recluta de la Policía Militar.

-HEY -los dos chicos giraron a ver a Mikasa que tenía sus ojos clavados en ellos-. BASTA -Jean se paró firme como si el propio instructor estuviera delante suyo.

-Claro -dijo. Niko rió por lo bajo, negó con la cabeza y regresó a su asiento.

-¿Qué fue eso? -cuestionó Christa.

-Nada. Jean es un idiota, eso pasa -explicó brevemente Ymir.

-¿Y quién es ella? -preguntó Eren, señalando a la chica que intentó mediar amablemente en medio de la pelea.

-No sé su nombre, pero estaba cerca de Niko hoy, ¿no oíste cómo se llamaba? -preguntó Friedrich.

-No, para nada, al menos no que yo recuerde -replicó el joven Gradost, quien sí recordó haberla visto por un corto momento aquella mañana.

Aquella tarde fue su primer entrenamiento. Los reclutas tenían para elegir algunas opciones de ejercicio: Entrenamiento de combate, ejercicios aeróbicos o anaeróbicos, y atletismo.

Niko optó por la segunda opción. Ahí mismo, en el pequeño gimnasio montado al aire libre, se quitó su chaleco de uniforme, dejando ver un físico bien formado para alguien de 12 años. Tomó unas pesas del suelo y dio inicio a su rutina, todo sin quitarse la cuellera.

Dosu y Friedrich se dirigieron al entrenamiento en batalla, y comenzaron a luchar entre ellos como habitualmente hacían, pero esta vez de forma seria, no con el objetivo de dañar al otro, sino de fortalecerse mutuamente. Los dos vieron que Eren estaba discutiendo con Jean, pero les importó poco y continuaron con lo suyo.

Sasha seguía corriendo alrededor del campo, con sus pulmones a punto de estallar y la mirada compasiva de sus compañeros constantemente sobre ella.

Ymir estaba dominando a Christa en el combate, haciéndole una llave que la tenía inmovilizada y con el rostro cerca del suelo.

-Vamos, princesita, ¿no sabes luchar? -se burló Ymir.

-Uhm… yo… no, soy muy débil -quien la tenía acorralada apoyó su rodilla contra la espalda de la chica y apretó con fuerza-. ¡Uhh!

-Vamos, pelea.

-No puedo, no tengo la fuerza.

-Entonces nos quedaremos aquí por siempre.

-Owwww… -resopló Christa, muy decepcionada de sí misma.

Friedrich logró derribar a Dosu de un golpe, tirándole sus lentes al suelo, dejando lucir sus ojos rasgados, que denotaban una clara ascendencia oriental.

-¡Jaja! -rió-, apuesto que eso no te lo esperabas -sin decir una palabra, el calvo barrió a su amigo con destreza, desplomándolo en el suelo.

-Más bien... -dijo el vencedor, recogiendo sus gafas y colocándoselas otra vez-. Creo que tú no esperabas eso, amigo.

Niko soltó las pesas y exhaló, sintiendo el sudor bajar por su frente.

-Disculpa… -giró su cuello hacia la izquierda-. ¿Eres Nikolai Gradost? -preguntó la joven de coletas.

-Eh, sí, soy yo. ¿Quién eres tú?

-Me llamo Mina… Mina Carolina.

-Entiendo. Es un gusto, Mina.

-Gracias, jeje…

-Pues, ¿se te ofrece algo?

-Sólo… quería asegurarme de que no estabas herido por el golpe de hoy.

-Te agradezco, pero me encuentro en perfectas condiciones. Eso no ha sido nada.

-Ya veo. Entonces… supongo que voy a seguir entrenando.

-Claro. Adiós, Mina.

-Nos vemos, Nikolai.

Llegó el crepúsculo. Nikolai llegó a su habitación (la cual compartía con Eren) y sacó un lápiz, una hoja y un sobre de su mochila.

El joven Jäeger estaba sentado en su cama deshaciéndose de su uniforme, pero se quedó con la mirada fija en su compañero. Éste se sentó en el pequeño escritorio y comenzó a escribir con fluidez. Pasados unos minutos, el chico metió la hoja en el sobre, lo cerró y lo guardó en su mochila otra vez. Una vez hecho esto, se quitó su uniforme.

-Día duro, eh -le dijo a Eren. Éste asintió.

-Sí. No esperaba que fuera así este lugar.

-¿Cómo lo imaginaste? -preguntó el de pelo atado mientras estiraba bien su cama.

-Menos… cruel.

-Debo decirte que esto se adapta bien a mis expectativas. El mundo es cruel, en especial con quienes no lo conciben así.

-Pero eso está mal.

-Sí, y aquí entre nos, sólo quienes pasen el entrenamiento serán capaces de cambiarlo. Asegúrate de estar entre esa gente.

-Claro, tú igual -dijo el pelicorto, sonriendo ya más animado.

Dosu estaba leyendo bajo un árbol cuando Armin se le acercó algo intrigado.

-Creo que… ejem, somos compañeros de cuarto -habló.

-Ajá -fue lo único que salió de la boca del calvo.

-Espero que nos llevemos bien, Dosu.

-Yo igual.

"Es demasiado cortante." Pensó Arlert.

-¿Qué estás leyendo? -preguntó en forma amistosa-.

-Introducción a la Química -la respuesta lo impactó-.

-¿Química? ¿Tú entiendes algo de eso?

-Sí. Me gusta bastante.

-¿Sabes hacer pócimas y menjunjes explosivos? -inquirió Armin aún más entusiasmado.

-No aún.

-Pero ¿lo lograrás algún día?

-Sólo sé que esto nos será útil a la hora de combatir titanes. Espero haber encontrado la forma de aplicarlo para entonces.

-Ohhhh…

La División 104 se reunió en el porsche de su sección a ver cómo Sasha continuaba corriendo.

-¿Qué es eso? -preguntó Friedrich, señalando una carroza que se alejaba del lugar.

-Son los despojos humanos que prefieren vivir en la salvedad que les proporciona un trabajo mediocre -contestó Nikolai.

-¿Cómo puedes llamarles así? -preguntó Eren, muy consternado.

-Es lo que son -replicó Niko. Mina lo miró algo confundida.

-Bueno, no deberían haber venido en primer lugar si no esperaban soportarlo -comentó pacíficamente Dosu.

-Tal vez sea lo mejor, no necesitamos gente que haga de lastre para los más aptos -expuso Marco-. Además, esto es algo bueno, estamos empezando a quedar sólo los que tienen chances de completar el entrenamiento -añadió más entusiasmado.

-¿Ven? Esta es la actitud -lo felicitó Niko, algo sorprendente considerando la escena del almuerzo.

La cena se vio turbada por una nueva discusión entre Eren y Jean, que (de vuelta) fue aplacada por Mikasa.

-¿Por qué no te sientas, policía militar? -espetó Niko, con ácido en la voz-. ¿Te crees muy valiente?

-Él cree que es un héroe por haber estado en Shiganshina y tener ganas de matar titanes, pero sabemos que no es así, ¿o no? -se burló Jean.

-Es más de lo que tú has hecho, marica del Interior -volvió a insultar el de pelo atado.

La discusión no llegó a nada y al final todos se fueron a dormir.

Eren no dejaba de dar vueltas en su cama. Algo lo perturbaba. No era el recuerdo de su madre siendo devorada. Ya había aprendido a lidiar con el horror. Era otra cosa ajena a los titanes, o a su entorno. Era algo dentro de él.

-¿Te molesta ser una celebridad? -la voz de Niko rompió el silencio nocturno.

-Un poco.

-Oye, sé que no soy la persona más empática para hablar, pero no dejes que esos idiotas te afecten. Concéntrate en sobrevivir al entrenamiento. Yo sé que tienes tantas ganas de matar titanes como yo -el cuerpo de Eren se tensó por la sorpresa-. Lo veo en tus ojos, reflejan inquietud, no eres alguien tranquilo, dentro de tí hay una sed que necesita saciarse, y no podrá ser a menos que te fortalezcas, comenzando aquí en estas barracas -Eren lo meditó unos momentos.

-¿Por qué quieres matar titanes, Niko?

-¿Por qué? Porque los odio. Nos han privado de lo más valioso que pudimos tener, que era nuestra libertad. Ellos nos la arrebataron y gracias a ellos vivimos confinados en estos asquerosos muros -no hubo respuesta, sólo silencio reflexivo-. Ya es tarde. Hay que dormir. Sólo piensa en lo que te dije.

-Claro. Hasta mañana.

-Descansa.

La siguiente semana fue una introducción para los reclutas.

Keith le entregó a cada uno un par de palos de aproximadamente sesenta centímetros de largo.

-¿Para qué son estos? -preguntó Mina.

-¡Buena pregunta, carnada! -exclamó el instructor, sobresaltándola-. ¡Les he dado estos palos para que aprendan cómo será el combate con ambas hojas! Primero practicarán entre ustedes para que pueda evaluar sus habilidades y luego avanzaremos a la etapa de modelos a escala de titanes. ¿He sido claro?

-¡Señor, sí, señor! -gritaron todos al unísono.

Los chicos se emparejaron con diferentes compañeros. Eren y Nikolai hicieron un pequeño grupo de dos.

-¿Ya has luchado antes? -inquirió el de pelo atado.

-No.

-Eso me facilitaría las cosas. Pero creo que no sería justo -dijo Niko-. Párate firme, pie izquierdo al frente -Eren obedeció-. Coloca tus piernas a la altura de los hombros, tendrás una mejor base así.

-¿Estoy bien? -preguntó Jäeger.

-Perfecto. Agarra ambos palos con firmeza y atácame -Eren siguió su indicación.

Niko bloqueó los embates con sus palos. Logró repeler uno con la suficiente fuerza como para desequilibrar a Eren. Suspiró, y medio segundo después se abalanzó sobre su compañero.

-¡Defiéndete! -gritó. Eren, aunque se encontraba algo aturdido logró evadir los golpes-. Bien. Otra vez, atácame.

Keith notó que el trío proveniente de Trost, conformado por Niko, Friedrich y Dosu parecía estar entrenado con premeditación. Sus cualidades de combate no eran excepcionales, pero definitivamente más pulidas que la mayoría de los reclutas.

-Gradost, eh -susurró para sí mismo el hombre-. Definitivamente está en tu sangre.

Pasadas tres horas, los chicos habían agotado todas sus fuerzas. Se les permitió descansar entonces.

Niko, Eren, Armin, Dosu y Friedrich se dirigieron al baño de hombres a lavarse la cara, pues estaban empapados en sudor.

El instructor les informó que a pesar de ser unos deficientes en acción, la mayoría no tardaría en llegar a la parte en la que se les haría entrega de sus equipos de maniobras tridimensionales.

El trío de Trost logró dominar el mecanismo sin problemas, igual que Mikasa y Armin.

-No te vayas a voltear, Niko -se burló Jean, siendo respondido por un dedo medio mientras el nombrado era suspendido sobre el suelo con elegancia.

-¡Concéntrate, carnada! -exclamó Keith-. Eso es. Mírenlo. Así es como deberían hacerlo. Si alguno no lo hace ni la mitad de bien… ¡SE VA PARA LOS VERTEDEROS!

A pesar de que fue costoso, Eren logró dominar el sistema de maniobras gracias a la ayuda de Niko y la amistad que entabló con dos chicos llamados Reiner y Bertholdt

El año concluyó y el siguiente empezó. Niko y sus dos amigos de la infancia progresaban enormemente y cada quien en su campo. El de pelo atado era cada vez más rápido y ágil, Friedrich se había vuelto sumamente fuerte físicamente y Dosu era más frío, calculador y brillante (y sus actividades ociosas bien podían ser llamadas "experimentales").

A su lado, los demás reclutas mejoraban considerablemente.

Eren y Mikasa nunca se separaban aunque ésta última era mucho más capaz para el combate que el primero. Armin era algo tímido y "suave", pero contaba con el apoyo de Nikolai, Dosu, Eren y Mikasa.

Sasha seguía con su apetito ahora tratando de ser reprimido por Connie, quien fracasaba predeciblemente.

Christa aún lucía angelical e inocente, siempre acompañada por la malhumorada Ymir.

Jean, Reiner y Bertholdt eran junto a Niko, Friedrich y Mikasa, los más fuertes de su división, aunque las peleas entre el primero y el cuarto ya no eran tan frecuentes.

Mina y Nikolai eran buenos amigos. Se habían acercado en los entrenamientos y solían probar las habilidades del otro por medio de ocasionales combates o competencias de todo tipo. Ella resultó ser más alegre y con una luz especial incomparable a cuando Niko la conoció. Tal vez sólo habían sido los nervios de haberse enlistado recientemente, algo natural.

Dosu hizo girar la honda en su mano derecha con velocidad y lanzó el proyectil contra un árbol que tenía frente a sí a unos cinco metros de distancia. El impacto fue potente pero el resultado no llenó sus expectativas. La pequeña pelota de porcelana cayó al suelo verde y fértil del bosque, salpicado de luz solar que serpenteaba entre las ramas de los imponentes pinos.

-Ni siquiera una pequeña chispa -dijo tranquilo pero frustrado-. Esto no va a funcionar así. El tiempo se me agota como una mecha encendida. Estoy corto de opciones -entonces una idea asaltó su mente-. Una mecha.

Recogió su proyectil del suelo y dejó caer su honda.

-Creo que es hora de dejar de lado los métodos primitivos -comentó triunfante.

Había encontrado una solución a su predicamento.

Mina entró en el cuarto de Niko y Eren. No había nadie. Era raro, pues del joven Gradost le había dicho que la esperaría ahí para ir a entrenar. Se sentó en la cama de su amigo aguardando su llegada. Bajó la vista y vio un pequeño sobre asomándose bajo la cama. Lo recogió. Tenía escrito el frente con letra prolija.

Para: Verónica

De: Tu hermano, Niko

Se ruborizó. Sabía que Niko adoraba a su hermana como a nada en el mundo, pero en retrospectiva, le había hablado muy poco de ella o de sus padres.

Sabía que no era correcto, pero con delicadeza abrió el sobre y leyó la carta:

Querida Verónica.

Ha pasado un año desde que me alejé de tí.

Dentro de unos días cumplirás cuatro años, y yo no podría estar más feliz. He leído las cartas que me envían los padres de Friedrich informándome sobre tu crecimiento y tus cambios. Aún recuerdo cuando dijiste tu primera palabra y diste tus primeros pasos, y lamento no estar ahí para enseñarte muchas otras palabras ni poder levantarte cuando tropieces por mí mismo, pero me reconforta saber que ésto lo hago por tí, como Mamá y Papá lo hicieron por nosotros.

Con cariño desde el fondo de mi alma: Tu hermano mayor

-¿Mina? -la nombrada se sobresaltó. Miró hacia la entrada y apreció a Niko-. Lamento haberte hecho esperar, es que… ¿qué tienes ahí?

-Uhm… yo… nada, nada -el chico se acercó-. Lo siento, fue un accidente.

-Hm, debe haberse caído del escritorio sin que me diera cuenta. ¿La leíste?

-Uhm… sí, perdóname -el chico negó con la cabeza.

-No, está bien, no es nada grave.

-Es muy hermoso lo que le escribiste a tu hermana -dijo Mina ya más calmada.

-Gracias -contestó él con un semblante que rayaba lo consternado.

-¿Estás bien?

-Sí. Sólo que creo que sido muy cerrado conmigo mismo, es todo.

-No comprendo.

-Verás, Eren ya les ha contado a todos lo que sucedió en Shiganshina y cómo quedó huérfano. Pero yo no he dicho ni una palabra.

-No tienes que forzarlo. Cuando te sientas seguro lo podrás decir sin miedo, tranquilo -lo animó ella, sonriendo con contagioso optimismo.

-De acuerdo -Niko se sentó junto a ella en la cama y aclaró la garganta-. Mis padres eran parte de la Legión de Reconocimiento -comenzó-. Se conocieron aquí en estas barracas. Y al graduarse, se unieron juntos a la Legión. Unos cuantos años después nací yo y una década más tarde llegó Verónica. Pero hace dos años ocurrió algo terrible en una expedición, ellos sufrieron un accidente y los titanes los asesinaron. Mi hermana y yo quedamos solos de no ser por las familias de Dosu y Friedrich, aunque jamás accedí a mudarme con alguno de ellos, mi padre me enseñó a ser alguien autosuficiente y quise poner sus enseñanzas en práctica. Y como no quería quedarme sentado esperando a que la muralla de Trost cayera y esas bestias vinieran por mí, me uní a la milicia para proteger a Verónica -concluyó su corto relato, el cual se había apresurado por contar.

-Es muy noble de tu parte arriesgarte por ella.

-Todos… o la mayoría tenemos causas nobles, la cuestión radica en si permaneceremos fieles a ellas o moriremos antes de acercarnos a nuestro objetivo.

-Tienes razón -la chica tomó su mano. Los ojos de ambos se encontraron. Niko, por primera vez desprendió inseguridad y nerviosismo. Algo había cambiado en él-. ¿Quieres saber algo?

-Claro.

-Mi padre y mi hermana fallecieron también -le confesó, ahora con voz temblorosa pero manteniendo su bella sonrisa-. Fue el día de la caída del Muro María. En ese momento vivía en Shiganshina. Estaba jugando con Brisa, mi hermana de dos años -la chica se secó las lágrimas-. Y entonces… todo ocurrió muy rápido. El titán colosal apareció y mi padre tomó a Brisa en sus brazos mientras que mi madre me agarró de la mano y nos alejamos del lugar. Fue ahí cuando… una roca… -las miradas de ambos se cruzó otra vez-.

Sin mediar palabra, Niko limpió las lágrimas de las mejillas de Mina y la abrazó. Ella correspondió el gesto, apoyando su cabeza sobre su hombro.

-Tenemos que ir a entrenar, Niko -dijo ella con un hilo de voz, mientras la aflicción lentamente la abandonaba.

-Claro, sí.

Transcurrió otro año.

Los chicos estaban tocando con la punta de sus dedos el fin de su entrenamiento. Pronto serían soldados, que forjados a base de agresiones verbales y dolor físico, estarían dispuestos a ofrecer su vida por el Rey y por la humanidad.

Friedrich cortó con agilidad la nuca de dos maniquíes de titanes. Se lanzó a por un tercero pero Annie se le adelantó fulminando al que había avistado, dejándolo embelesado. Entonces recibió un suave golpe metálico en su cabeza.

-Concéntrate -lo reprendió Dosu.

-¡Oye! Yo puedo arreglármelas solo. Además, estaba ocupado admirando la maestría de Annie.

-Claro. Y si ya terminaste de "admirarla", Niko te supera por cinco maniquíes, tendrás que hacerle la cama el resto del mes.

-¡Maldición, es cierto! ¿Y tú por qué no te esfuerzas?

-Porque ya he cumplido mi objetivo de diez maniquíes en menos de dos minutos y yo no tiento a la suerte con apuestas tontas. Si perdiera, cosa que contra Niko es muy probable, echaría por el caño mucho tiempo, tiempo valioso que podría ocupar en perfeccionar mi proyecto -los anteojos del chico brillaron misteriosamente.

-Ajá… -a pesar de conocerlo desde siempre, el rubio seguía sorprendiéndose por lo extraño que podía llegar a ser Dosu.

Niko se dejó caer como un rayo sobre un maniquí, cercenando la nuca del mismo. Rebanó el palo que sostenía otro titán falso a su derecha y de vuelta lo acabó en un santiamén.

Unos metros detrás de él, Mina clavó las anclas de su equipo de maniobras en la espalda de un maniquí y rajó su nuca enseguida para pasar a otro objetivo.

Eren y Mikasa se movían con vertiginosa velocidad por el campo, cortando nucas por doquier.

El instructor veía cómo sus reclutas habían mejorado considerablemente. Casi estaban listos para graduarse.

Ya era entrada la tarde. Niko ingresó en la habitación de Dosu, encontrándolo postrado sobre el escritorio, trabajando en algo que desconocía. Se acercó lentamente por detrás.

-Oye -dijo. El objeto que el de lentes estaba trabajando explotó en sus manos, llenando su rostro de un color negro ceniciento-. Ups -Dosu suspiró y se acomodó los lentes.

-¿Se te ofrece algo, Niko? -preguntó, extrañamente relajado.

-Quería saber si ibas a venir a merendar con nosotros.

-Sí. Sólo deja que vaya a lavarme la cara.

-Hey. ¿Qué es todo esto? ¿De que se trata tu "proyecto"?

-Supongo que debería decírtelo. Estoy desarrollando una nueva arma contra los titanes.

-¿Una nueva arma? ¿Cómo es eso?

-Aún no la perfecciono, pero así debería verse el modelo final -Dosu le extendió una hoja de papel a Niko.

-Ya veo. ¿Cómo funcionaría?

-Sólo tienes que encender la mecha y arrojarla. El impacto contra la nuca o la propia llama de la mecha al consumirse debería ser suficiente para hacerla estallar.

-Ajá. ¿De qué materiales la estás haciendo?

-El exterior será de cerámica. Y necesito conseguir pólvora para meter en el interior. Si la consigo, podré probarla a su máximo de capacidad.

-Luce funcional.

-Lo será, sólo necesito tiempo. Como sea, vámonos.

-¿No te molesta que Armin vea tu trabajo?

-Nah, él siempre observa tranquilamente mis progresos, es muy inteligente y curioso. Tal vez pueda ayudarme a encontrar la pólvora que necesito. Pero por favor, no lo menciones cerca de los instructores, no quiero tener problemas.

-Cuenta conmigo.

Aquella noche Niko y Mina tenían planeado salir a caminar al bosque, pero el chico decidió cambiar un poco los planes.

-¿Subir al árbol? -cuestionó ella.

-Sí. Anda, será divertido.

Ella accedió feliz sin importarle lo alto que fuera. Cuando ambos alcanzaron la copa del pino, él se aferró con una mano al tronco dejando la otra suelta, como si esto ya fuera habitual para él.

-Mira, ¿no es maravillosa la vista? -habló él. Mina se acomodó al lado de Niko y al instante quedó muda de asombro.

La luna resplandecía llena e imponente. La luz platinada bañaba el bosque y los cuarteles. No había un sólo dejo de viento. La noche era perfecta.

-Es… hermoso, Niko.

-Sí. Igual que tú -ella lo miró con las mejillas rojas. Inclinó su cabeza y le dedicó una inigualable sonrisa para luego devolver su atención a la espectacular escena que la naturaleza les ofrecía.

Llegó el día de la graduación.

Luego de la ceremonia y las típicas formalidades, los reclutas de la División 104 se reunieron en el patio a celebrar, era su último día formando parte de la división. Los mejores integrantes ya habían sido seleccionados en el siguiente orden:

1- Mikasa Ackerman

2- Nikolai Gradost

3- Reiner Braun

4- Bertholdt Hoover

5- Annie Leonhardt

6- Friedrich Lowstein

7- Dosu Akane

8- Marco Bott

9- Eren Jäeger

10- Jean Kiristein

Era su última noche en el cuartel antes de ir a sus respectivas ramas. Los chicos prendieron una fogata y se sentaron a su alrededor. Sasha se encargó de llevar una buena cantidad de carne (hurtada de la cocina) la cual asaron en el fuego al más puro estilo campestre, pinchándola en unas varas de madera. La chica pelirroja sintió un ligero piquete de nostalgia en el pecho al recordar cómo solía comer así con su familia.

Todos estaban joviales.

-¿Así que, Legión de Reconocimiento, Fred? -preguntó Christa.

-Ajá, dispuesto a entregar mi vida junto a mis camaradas -respondió Friedrich muy orgulloso, aunque trataba de mantener sus pensamientos alejados del hecho de que cierta rubia prodigiosa no aparecía por ningún lado.

-Me alegro de que hayas quedado entre los mejores -le dijo la rubia angelical-. Quizás seamos compañeros de unidad.

-Sería un honor estar junto a tí o junto a cualquiera de los aquí presentes. O bueno, exceptuando a… -el rubio ladeó su cabeza señalando a Jean, quien no lo notó.

-Oh, claro.

-Oigan, ya que estamos por irnos de aquí para no volver, tengo que preguntarlo: ¿A qué te has dedicado en tus ratos libres, Dosu? -preguntó Sasha. Todas las miradas se cernieron sobre el chico calvo. Los anteojos del mismo (los llevaba puestos incluso de noche) centellearon en la luz de la fogata.

-Creo que deberías mostrárselos, es bastante impresionante -añadió Armin.

-¿Tú ya lo has visto? -inquirió Mikasa.

-Ajá.

-Anda, yo también quiero ver -habló Mina.

-Por favor -le pidieron todos.

-Bueno. Si insisten -Dosu se levantó, tomó un palo encendido de la fogata e hizo una seña con la mano para que lo siguieran.

El grupo se internó unos treinta metros en el bosque.

-Aquí está bien -los detuvo Dosu. Él extrajo un objeto de su bolsillo y acercó el palo ardiente para que todos pudieran apreciarlo mejor.

Se trataba de una pelota de cerámica gris del tamaño de un puño adulto cerrado. Tenía un diminuto cilindro en lo que debía ser su parte superior del que sobresalía una mecha de cinco centímetros de largo.

-¿Qué es eso? -preguntó Connie. El de lentes respondió encendiendo la mecha con el fuego, la cual empezó a consumirse con bastante rapidez.

De inmediato, Dosu arrojó con fuerza el objeto contra un árbol seco delante suyo. Al impactar, la pelota de cerámica provocó una gran explosión, reduciendo el árbol a astillas y ramitas calcinadas. Todos (excepto Armin) ahogaron un grito de asombro.

-¡¿Qué demonios acabas de hacer?! -exclamó Sasha.

-Pues, hice explotar un árbol. ¿Dudas?

-¿Cómo funciona esa cosa? -cuestionó Ymir.

-Es simple: La pólvora explota al hacer contacto con la chispa de la mecha, si la granada se rompe la pólvora se dispersa y la zona de impacto incrementa su tamaño, si permanece intacta, el rango de la explosión disminuye pero su fuerza está más concentrada.

-¿Eso lo inventaste tú? ¿Es lo que has estado desarrollando desde hace tres años? -inquirió Eren.

-Sí.

-Vaya, no eras tan rarito como pensaba, tienes potencial verdadero -agregó Reiner.

-¿Cómo lo vas a llamar? Parece ser útil contra los titanes -expuso Niko.

-Estaba pensando en ponerle… Granada.

-Me gusta -comentó Friedrich.

-Eso fue muy peligroso, pudiste provocar un incendio -dijo Mina.

-No lo creo. Llovió ayer, por lo tanto el suelo y los árboles siguen húmedos. No hay riesgo alguno -Dosu pisó una pequeña brasa en el suelo antes de poner sus manos en los bolsillos de su chaleco y volver hacia la fogata.

Todos comieron hasta casi reventar. Se abrazaron y despidieron para luego dirigirse a sus respectivas habitaciones.

-Niko… -el nombrado volteó.

-¿Qué pasa, Mina?

-Sólo… quería decirte que… será un placer ser tu compañera en la Legión de Reconocimiento -el chico sonrió tras su cuellera.

-El placer será todo mío, Mina. Y ha sido una hermosa experiencia entrenar a tu lado. Eres una gran compañera y amiga -los ojos de ella brillaron bajo el brillo de la luna.

La joven agarró suavemente sus manos, y se quedó inmóvil. Ambos apreciaban el rostro del otro como si nunca más fueran a verse. Entonces ella dejó caer su cabeza en el pecho de Niko.

-Te veré mañana -susurró, antes de correr hacia su cabaña-.

El de pelo atado la observó, aún hechizado por sus orbes color azabache.

Cuando se percató de que estaba parado en medio del campo, sacudió su cabeza y gruñó levemente, frunciendo el ceño.

"A ver, a ver, ¿qué mierda me pasa?" Se reprendió mentalmente mientras enfilaba hacia su habitación.


El caldo comenzaba a hervir en la hornalla. La mujer de dorada cabellera se apuró a revolverlo.

Sentada en un pequeño sillón de mimbre en la sala de estar se encontraba una niña de cinco años leyendo un libro infantil.

Se dejaron oír unos golpes en la puerta. El hombre se levantó de su asiento, dejando el diario sobre la mesa. Caminó hasta el umbral y abrió la puerta. Inmediatamente su rostro fue iluminado por la sorpresa y la felicidad.

-Hola, Pa -dijo Friedrich.

-¡Friedrich! ¡Niko! ¡Han vuelto! -exclamó extasiado. La mujer corrió hasta el lugar donde se encontraban los chicos y no los dejó emitir palabra cuando los abrazó cálidamente.

-¡Mis niños, están sanos y salvos!

-Mírense nada más, ya son dos auténticos soldados -comentó el padre de Friedrich al ver los equipos de maniobras en las cinturas de los chicos.

-Esperé mucho para verlos así -dijo la mujer al borde de las lágrimas.

-Ansiaba volver a Trost, señora Lowstein, se siente bien estar de vuelta -dijo Niko.

-Oh, pasen por favor. ¡Verónica! Ven un segundo, por favor -la llamó la mujer rubia mientras los chicos entraban a la casa.

-¿Qué pasa? -llegó la niña, con un tierno vestido floreado color azul puesto. Cuando su mirada se cruzó con la de su hermano, el tiempo se detuvo.

El pecho de Niko se hundió y las lágrimas se le asomaron. Por el contrario, la inocente carita de Verónica reflejó alegría pura. Ella se lanzó a sus brazos.

-¡Niko! -dijo ella mientras el nombrado lloraba a mares.

-Verónica, hermanita, te extrañé tanto.

-Yo también. Ya casi no me acordaba de tu cara -comentó ella, sin disminuir su entusiasmo.

-Bueno, tomen asiento, cuéntenme, ¿cómo les ha ido? -preguntó la mujer.

-Lo lamento, Mamá, pero no podemos quedarnos mucho tiempo, sólo nos escapamos un poco para saludar.

-¿Qué? ¿Ya te vas otra vez, Niko? Pero quiero estar contigo, tengo muchas cosas que contarte -le pidió ella.

-A mí también me encantaría quedarme, pero tengo cosas que hacer. Vendré en un rato y podrás mostrarme todo lo que quieras. Y si quieres, iremos a comer algo, ¿qué tal? -la niña sonrió ilusionada.

Entonces un gran temblor sacudió toda la casa.

-¡Oh, no, terremoto! -exclamó la mujer. Verónica se aferró a su hermano, aterrorizada.

-No, no es eso -dijo Friedrich-.

-¿Tú crees que… -el rubio asintió. Afuera se oían los gritos desesperados de la gente-. ¡Tenemos que irnos!

-Papá, llévate a Mamá y Verónica de la ciudad, vayan hacia la Muralla Sina, ¡AHORA! -ordenó el joven.

-Pero…

-No hay tiempo, corren peligro aquí -interrumpió Niko.

-¡No te vayas, no quiero que me dejes! -suplicó Verónica.

-Volveré, estaré bien, te lo prometo, pero ahora quédate con la Señora y el Señor Lowstein. Yo te buscaré luego.

Entonces los dos chicos cruzaron la puerta y desaparecieron entre los tejados.

La Muralla Rose había caído.

Niko y Friedrich se dirigieron hacia una armería donde se encontraron con sus amigos y recibieron sus instrucciones: Protegerían a los civiles todo lo que pudieran hasta que el último sea evacuado. La pena capital les aguardaba si huían o desobedecían las órdenes. Todos excepto los mejores de la ex-División 104 se retiraron corriendo a sus posiciones, pero los recién promocionados aún tenían que reagruparse.

Niko chocó con alguien mientras caminaba desesperado a ver a Mina.

-¡Fuera de mi camino, suicida de mierda! -espetó Jean.

-¿Qué pasa, marica del Interior, te dan miedo unos cuantos descerebrados? Qué bajo el nivel de la Policía Militar, pero era obvio desde el principio, todos son igual de maricones.

-Allá tú si quieres morir siendo devorado por un titán.

-¿Sí? Pues bien, quédate a esperar tu sentencia mientras ves a los auténticos salvadores de la humanidad hacer el trabajo sucio, estropajo sin convicción -Jean lo tomó por el cuello.

-¡Eres sólo un maldito suicida!

-¡Es más de lo que tú jamás serás! -Niko respondió con un cabezazo en la nariz-. Bastardo -el futuro policía cayó de espaldas al suelo, sangrando por las fosas nasales.

-¡No, alto! -quiso intervenir Christa, pero Fred la detuvo. Niko pisó el pecho de Jean, sus botas parecieron estar a punto de resquebrajarle el esternón.

-PENA DE MUERTE PARA QUIEN DESOBEDEZCA O RENUNCIE. Esa es la norma -sentenció el de cabello atado, siendo secundado por las miradas indiferentes de Dosu y Friedrich-. He soportado tu maldita altanería por tres años. Y durante ese tiempo jamás creí que fueras merecedor de un puesto en la defensa de la humanidad. Pero ahora ya no creo eso. No llegas ni siquiera llegas a un puto soldado raso, ¡eres lo más bajo de la cadena alimenticia! ¡Basura sin mérito, eso es lo que eres! ¡Has sobrevivido tres años siendo poco más que un lastre! -todos sus compañeros ya estaban reunidos alrededor de la pequeña riña-. Eres un desperdicio, tu puesto podría estarlo ocupando alguien verdaderamente valeroso, y esperaba que así le dieras un mínimo de importancia, pero claramente estaba equivocado.

El aspirante a policía lo miró con una mezcla hiriente de odio, ira y vergüenza. Los ojos de Niko parecían desprender chispas.

-¿Qué vas a hacer, Jean? ¿Vas a luchar, o vas a sangrar?

Los dos sostuvieron un pequeño duelo de miradas. Entonces Niko quitó su pie de donde estaba.

-Correcto -dijo, dando media vuelta y caminando hacia Mina-. Haz lo que quieras -habló de vuelta, girando su cuello-. Pero si vas a morir hoy, por lo menos haz que no sintamos pena por tí -ese fue el último golpe al orgullo de Jean que el chico dio antes de que llegara un oficial y los enviara a él, Mikasa y Friedrich a la retaguardia.

Antes de que todos se dispersaran, Dosu reunió a todos sus compañeros de división y les entregó una granada a cada uno.

-Ya saben cómo usarlas -dijo-. Sólo enciéndanlas y láncenlas.

-Pero, ¿qué pasa si no logramos lanzarlas a tiempo? -cuestionó Christa-. ¿Nos explotarán en la cara?

-Sí. Pero confío en que ninguno de ustedes es tan estúpido para dejar que eso pase -respondió con total serenidad el chico calvo-. Sólo tienen una cada uno, úsenlas bien.

-Claro. Ten suerte allá afuera, hombre -dijo Friedrich.

-Como digas. Ustedes igual -los tres amigos de Trost se dieron las manos y chocaron hombros, antes de dirigirse a sus posiciones.

-Niko -lo detuvo Mina-. Por favor, vuelve con vida -le dijo ella.

-Confía en mí, no me pasará nada. Tú también ten cuidado, y si la cosa se pone dura, vé a buscarme a mí o a alguno de nuestros compañeros.

-Lo haré -Mina tomó las manos de Niko y las besó, como si eso fuera una forma de guardarse algo de él, algo de su esencia, dejándolo impávido.

Los cañones habían sido destrozados, igual que toda la primera línea de defensa. Niko, Friedrich, Mikasa y otros tres soldados observaban desde un tejado.

-Son bastantes -expuso el rubio.

-Dos, cuatro, seis… diez en total -los contó un soldado con barba al ras y pelo negro alborotado.

-Mikasa, Fred, tú, él y yo nos podemos encargar de ellos. Los otros dos harán de vigías y nos informarán si se acercan más titanes. ¿Estamos de acuerdo? -preguntó Niko. La respuesta fue afirmativa-. Bien… ¡Vamos!

El joven Gradost lanzó sus anclajes contra el cuello de un titán. Lo acabó de un solo golpe y se lanzó hacia otro de diez metros, al cual también eliminó sin problemas.

En su mente no había nada más que muerte. Sus hojas rebanaban las nucas de sus oponentes con gracia y brutalidad. Era como un joven e imparable dios combatiendo entre una tropa de mortales.

Quienes luchaban a su lado, procuraban no distraerse al tener frente a sí a un guerrero de tal magnitud.

Sólo Mikasa lo igualaba.

En menos de dos minutos había reducido a cinco titanes a simples montículos sanguinolentos que expulsaban vapor.

Pero unas calles más adelante, un pequeño pelotón estaba siendo masacrado.

-¡Hay que moverse! -exclamó el soldado de cabello negro.

Niko y los demás llegaron justo para ver cómo una joven rubia y otro muchacho de la misma edad de los recién promocionados eran devorados entre gritos de agonía y crujidos repugnantes.

La sangre de Fred se caldeó. Desenvainó sus hojas. Era un auténtico gigante con su salvaje cabellera rubia colgándole hasta los hombros y su altura que superaba el metro noventa.

-¡Oigan, estúpidos deformes! -rugió, llamando la atención de los titanes. Uno incluso se detuvo a punto de atrapar a una chica pelirroja, quien se cubría el rostro, presa del pánico y con los ojos empapados-. ¡Vengan aquí, cómanme!

El rubio saltó, clavando sus anclajes en un tejado y precipitándose hacia él. Corrió hacia un titán y se deslizó sobre el suelo esquivando su manotazo, pudiendo llegar a su nuca y matarlo.

Niko destrozó los tendones de los pies de un titán de doce metros y, como si fuera un rayo parido desde el abismo celestial, pulverizó a su enemigo, salpicando por doquier sangre que comenzó a desintegrarse en vapor.

Mikasa no tuvo problemas en deshacerse de dos titanes de cinco metros en un parpadeo.

Para cuando se dieron cuenta, ya habían matado a todos los titanes.

Las bestias habían diezmado a toda una unidad. La única sobreviviente era la chica que Friedrich había salvado.

Fue en ese momento que una alarma sonó en la cabeza de Niko al oír un griterío algunas calles al norte, cerca del mercado.

-Ahí es donde están Eren y los demás -dijo Fred.

-Habrá que ir y corroborar que todo esté en orden -sentenció el joven Gradost-.

-Hey, ¿cómo te llamas? -le preguntó el rubio a la chica desconocida.

-Fri-Frida -balbuceó ella.

-Bien, Frida, a partir de ahora vendrás con nosotros -le notificó Friedrich. Ella asintió.

El pelotón de Niko llegó hasta el mercado. Ya no se oían los gritos tan cerca, sólo el habitual alboroto de la batalla.

-¿Armin? -preguntó Mikasa al ver al nombrado arrodillado sobre las tejas a unos pocos metros de ellos. La pelinegra se acercó-. ¿Está todo en orden? ¿Dónde están todos? ¿Dónde está Eren? -Niko se mostró muy turbado por la ausencia de Mina.

Escaneó el área con la vista, pero ni rastro había de ella.

Friedrich sintió una atmósfera funesta cernirse sobre la ciudad, ocasionada por la cercanía de los negros nubarrones que traían consigo la lluvia.

Armin alzó la vista, derramando lágrimas y frunciendo el ceño con rabia y angustia a la vez.

-¡La unidad 34 de cadetes conformada por Thomas Wagner, Nac Tius, Milo Zeramuszki, Mina Carolina… -los ojos de Niko se dilataron y perdieron todo sentimiento-. Y Eren Jäeger… ¡HA CUMPLIDO CON SU DEBER, Y HA CAÍDO HEROICAMENTE DEFENDIENDO A LA HUMANIDAD! -exclamó el pequeño rubio. Connie, Christa e Ymir palidecieron. Mikasa estaba destrozada por dentro, pero se mantuvo fuerte.

-¿Qué carajos dijiste? -preguntó Nikolai, con la voz alterada.

-¡Lo siento, en verdad lo siento! -se disculpó Armin.

Niko no logró hacer lo mismo que Mikasa. No logró ocultar el aura de locura que desprendía. Lucía como un auténtico desequilibrado, con la mirada perdida, apretando las empuñaduras de sus hojas y sufriendo pequeños espasmos ocasionados por la impotencia.

"Eren… Mina… ¡NO!" Gritó en su interior, tragándose las lágrimas.

Las hojas de Niko brillaron con intensidad gracias al cada vez más ausente sol.

Todos a su alrededor lo miraron un poco intrigados y aterrorizados.

El soldado de pelo negro se interpuso en su camino al ver que comenzaba a caminar lejos de allí.

-Alto -dijo-. No puedes retirarte -Niko no contestó, ni se movió.

Cuando el soldado se acercó un poco más, el chico lo tomó por la garganta ejerciendo una fuerza descomunal. Lo arrojó hacia atrás y con suma rapidez lanzó sus anclajes para retirarse.

El joven sorteaba los tejados de la ciudad, cortando nucas a su paso, empapándose de sangre que contrastaba con sus ojos oscuros y aún así resplandecientes de demencia e ira. Todos los titanes que se cruzaba eran abatidos en el acto.

Entonces oyó un sonido que lo hizo parar en seco y mirar a su derecha. Había oído un grito.

-¡Ayuda, socorro!

No cabía duda. Ella aún vivía. Sus cuerdas vocales se tensaron, casi hasta cortarse dejando salir un alarido ensordecedor. La sangre salpicó a Mina en el rostro. El titán cayó muerto, pero Niko seguía apuñalándolo.

-¡Maldito! ¡Hijo de puta! ¡Infeliz! -gritaba mientras su rostro se llenaba de un color rojo oscuro.

-¡Niko! -el nombrado se detuvo en seco. Como si despertara de un trance, sus ojos recuperaron la cordura, igual que su mente.

-Mina -los dos se abrazaron. Sus almas estaban a punto de hacer contacto, tanta era la presión que invertían envolviendo al otro con sus brazos-. Creí… que habías muerto.

-Yo creí que iba a morir… pero tú… ¡Gracias! -ella se dejó caer sobre sus rodillas, sollozando-. Están muertos, Niko, todos se han ido. No queda nadie.

-No, yo estoy aquí contigo. Estamos juntos aún, y debemos volver con Armin y Mikasa -acarició el delicado rostro de la chica, limpiando sus lágrimas como ya lo había hecho antes.

Cuando los chicos volvieron adonde se encontraban sus amigos, el soldado de cabello negro estaba esperando a Niko con expresión asesina. El de pelo atado se le acercó y levantó las manos como si estuviera siendo arrestado. En respuesta recibió un puñetazo en la mejilla que lo hizo caer sentado.

-¡Niko! -Mina se acercó a auxiliarlo pero él la apartó gentilmente.

-Podría denunciarte por lo que has hecho -habló el agresor-. Pero visto y considerando que lograste traer de vuelta a Mina, me conformaré con esto.

-Suena bien -dijo Niko. Él y el soldado asintieron-. ¿Cuál es tu nombre, por cierto?

-Arthur. Arthur Achillea.

-¡Mina! -exclamó Armin, acercándose a ella.

-Armin, estás vivo.

-Sí… -el ánimo del chico Arlert se desplomó por un momento-. Pero creí que tú habías… bueno, ya sabes.

-Está bien, Niko llegó justo a tiempo.

-Si ya terminaron de hablar, tenemos que movernos -intervino Arthur.

Dosu se detuvo sobre un tejado. Había alguien en mitad de la calle llorando sobre un cuerpo ensangrentado.

Descendió hasta allí.

-Hannah -dijo.

-¡Dosu! ¡Por favor, ayúdame, Franz no despierta! -la chica le dio respiración boca a boca al nombrado y siguió presionando contra su pecho.

El de lentes se acercó y tocó con sus dedos índice y mayor el cuello de Franz. Estaba seccionado desde encima de la cadera. Lo habían partido a la mitad. Y aunque sabía lo fútil que era comprobar lo obvio, quiso fingir colaborar con Hannah al menos un poco.

-Muerto -concluyó.

-¿Qué? ¡No, nada de eso! ¡Despierta, Franz, por favor!

-No hay nada que podamos hacer, ya basta.

-¡Por favor, no!

-Detente -el chico la jaló hacia atrás.

-¡Franz! -Dosu cargó el cadáver en su espalda y la miró con total falta de expresión.

-Vamos, sígueme.

Los chicos se alejaron del lugar hasta llegar a una pequeña pradera. Frente a ellos se erguía un solitario roble con cinco montículos de tierra removida de considerable tamaño en el piso.

Dosu se acercó al árbol y dejó a Franz en el suelo. Tomó una pala y comenzó a cavar un hoyo. Hannah se inclinó sobre Franz y siguió llorando en silencio.

-Te dejaré a solas para que puedas despedirte -habló el calvo una vez terminó de cavar, y se alejó unos metros contemplando la ciudad destrozada.

Hannah pasó suavemente su mano por el rostro de Franz.

-Lo lamento… -musitó con pesar-. Habrías sido un excelente padre… uno maravilloso, mi amor -besó sus gélidos labios y lo tomó en brazos, depositándolo con sumo cuidado en su improvisada e indigna tumba.

Dosu tapó el agujero de vuelta, y para cuando Hannah se dio cuenta, Franz se había ido para siempre.

-Vámonos. La batalla continúa -dijo el de lentes.

-Dosu, ¿dónde está tu unidad? -él se volteó. Su mirada, fría como siempre, se había vuelto mucho más rígida de lo normal. El chico hizo un movimiento con su cabeza indicándole que volteara.

Entonces vio las cinco tumbas junto a la de Franz. Se sintió estúpida por preguntar algo tan evidente.

Caminó rápido hasta Dosu, quien siguió su paso, volviendo a internarse en la batalla.

Un titán se precipitó imparable hacia la multitud aglutinada a las puertas de la ciudad. Los gritos de pánico se levantaron como la niebla en un páramo.

Niko y Friedrich volaron por los aires igualando la velocidad de la bestia. El rubio pasó al ras del suelo y llegó a adelantársele diez metros al titán. Lanzó sus anclajes contra la pared de una casa y tiró de ellos para comprobar su tensión. Se aferró a una columna de madera a su lado para más seguridad. Como habían previsto, la criatura cayó de bruces para ser rematada por las hojas de Nikolai.

Él, Friedrich, Mina, Armin y Mikasa se acercaron a la multitud.

-¿Qué carajos es esto? -cuestionó el rubio.

-¿Por qué está la carreta tapando la salida? -inquirió Niko con tono severo.

-No es su trabajo preguntar, reclutas, sólo ayúdenme a empujar y a mantener a la chusma apartada. Si lo hacen, los recompensaré bien -replicó el hombre obeso que tenía toda la pinta de ser un empresario poco interesado por la situación real.

-¡Usted no puede hacer eso! -exclamó Mina-. ¡Si sigue retrasando la evacuación los titanes acabarán con todos aquí!

-No me digas lo que hacer con mi propiedad, mocosa.

En ese momento Niko sintió que alguien le jalaba la mano.

-¿Verónica? -preguntó al ver a su hermana queriendo abrazarlo.

-¡Niko, Niko! -gritaba ella. El chico se agachó y la envolvió con sus brazos al tiempo que los padres de Friedrich se abrían paso entre la multitud y alcanzaban a los hermanos.

Mina y los demás vieron asombrados cómo la fachada de piedra del joven prodigio se venía abajo al estar junto a la pequeña niña.

-¡Friedrich, hijo! -exclamó la mujer.

-¡¿Mamá?! ¿Qué hacen aquí? Ustedes deberían haber evacuado la ciudad.

-Hemos estado la última hora esperando a que muevan este condenado carro de lugar, a este paso nos encontrarán antes de que escapemos -explicó el padre.

-¡¿A qué demonios esperas?! -rugió Fred, ahora desesperado por asegurar el escape de sus padres-. ¡Muevan el maldito carro ahora!

-De eso nada -se mofó el hombre-. Y ustedes, civiles, no pueden estar aquí. Saquen a la chiquilla y a los otros dos de mi vista.

Un hombre fornido se acercó a Niko y Verónica y otro más se aproximó a la familia de Friedrich.

Niko desenvainó su hoja y apuntó peligrosamente cerca de la tráquea del sujeto, asustando a su hermana. Por su parte, el rubio asestó un brutal puñetazo en el estómago del agresor, dejándolo así fuera de combate.

-Te mataré, los mataré a todos si se atreven a tocarla -amenazó el de cabello atado con voz gruesa y fría.

-Hermano, tengo miedo -susurró la pequeña.

-Verónica, vé con los padres de Fred -ordenó, con suavidad pero firmeza al incorporarse sin dejar de empuñar su arma.

-Pero…

-Ahora. Te buscaré después, confía en mí -los hermanos trabaron miradas por un segundo. La niña asintió y corrió junto a la pareja.

-Ustedes no tienen idea de con quién están tratando. ¿Cómo se atreven a atacar a mis hombres?

-Ahórrate la perorata, si no mueves el carro, lo haremos nosotros -interrumpió Friedrich.

-No empiecen a creerse que son héroes sólo porque algunos de ustedes han muerto -los chicos casi estallaron de furia.

-Esta es mi última advertencia: Mueve. La. Carreta -dijo Niko.

-Sigue hablando, haré que te cuelguen por alzarme la voz a mí.

Niko se acercó a grandes zancadas. Dos guardaespaldas trataron de detenerlo, pero el de pelo atado tomó a uno por el brazo y le dio vuelta, quebrándoselo. Al otro lo tomó por el cuello y le dio un fuerte cabezazo en la nariz, que lo dejó inconsciente. Arrojó al déspota al suelo y presionó el filo de su arma contra su garganta.

Verónica cubrió su rostro con sus manos y se escondió detrás de la madre de Friedrich.

El matrimonio a duras penas reconocía a aquel chico que conocían desde hace años, ahora metamorfoseado en un guerrero que habría degollado a cualquiera de esos hombres sin dudarlo.

-Debes ser un hombre importante -dijo Niko-. El nombre de una persona importante siempre se vé bien cuando está grabado en una lápida. ¿Por qué no vemos qué tal luce el tuyo?

-¡Ahh! ¡Basta, quiten el carro, quítenlo! -exigió el hombre.

La gente logró evacuar a tiempo. Los padres de Friedrich no tuvieron la oportunidad de despedirse de su hijo, sólo le dedicaron una mirada de orgullo mientras cruzaban la puerta, y Verónica hizo lo propio con su hermano.

Nikolai levantó levemente su mano para saludarla, antes de perderla de vista entre la gente.

El dueño del carro se incorporó, y antes de que tuviera tiempo de reaccionar, los chicos ya se habían retirado.

Las campanas de retirada sonaron.

Pero un gran problema surgió.

-¡Oh, maldición! -gritó Friedrich.

-El puto cuartel general está rodeado, y casi estoy sin gas -dijo Niko.

-¿Qué podemos hacer? -preguntó Armin.

-Por ahora nos queda acercarnos lo más posible y examinar la situación. Mikasa, tú eres quien por ahora tiene el tanque más lleno, vé si logras encontrar a más gente, necesitamos reunir a todos los que podamos para reabastecernos y atacar -ordenó el de pelo atado, como si se tratara de un general-.

-Bien -respondió la nombrada, que sin más se lanzó a cumplir la indicación-

-Lo de Eren la afectado -dijo Fred.

-Sí, a todos nosotros, pero más que nada a ella -añadió Mina.

-Oigan -todos voltearon.

-¡Dosu, qué alegría verte! -dijo Niko, que se apresuró a saludarlo como lo había hecho antes.

-Lo mismo digo. Las cosas están jodidas. Mi unidad fue masacrada.

-Carajo, no has sido el único -comentó el rubio.

-¿De qué hablas?

-Eren, Thomas... toda la unidad de Mina está muerta excepto por ella y Armin -explicó Niko. Dosu suspiró.

-¿Dónde están Connie y los demás?

-No sabemos, pero con suerte deben estar esperando que surja una manera de entrar en el cuartel -respondió Mina.

-Nunca entraremos si nos sentamos a esperar, tendremos que abrirnos paso -concluyó Dosu.

-¿Cómo? -preguntó Armin.

-¿Aún conservan sus granadas? -todos asintieron-. Hay que encontrar a los demás.

-¿Y qué hay de Mikasa? -volvió a preguntar Arlert.

-Ella es inteligente, sabrá encontrarnos. Pero no perdamos tiempo ahora.

El grupo de Niko logró encontrar a Jean, Connie, Reiner, Annie, Bertholdt, Marco y Sasha junto a una buena cantidad de reclutas desconocidos.

-¿Qué pasa? ¿Por qué nadie mueve un solo músculo? -cuestionó Friedrich.

-¿Con qué objeto? -replicó Jean-. Estamos jodidos; Casi no tenemos gas y el cuartel general está rodeado. Es una pérdida de tiempo.

-Pues tú quédate a morir de autocompasión si quieres. Ya no tengo que exigirte nada -espetó Niko-. Sólo dame tu granada y podrás largarte de aquí -le extendió la mano al aspirante a policía.

Jean lo miró confundido y aún con vestigios de sangre seca en su rostro. La mirada de Niko era implacable, inspiraba pavor y de una forma muy extraña, seguridad.

Se paró y negó con la cabeza.

-¿Cuál es el plan? -preguntó. Niko retiró su mano y asintió.

-Que Dosu te lo explique -dijo el de pelo atado.

-Esto es sencillo -inició el calvo-. Concentraremos todas las granadas en un punto que llame la atención de los titanes y las detonaremos. Luego simplemente habrá que ser rápidos e ingresar en el cuartel. Así que síganme, todos, manos a la obra.

Nadie respondió. Todos los reclutas estaban sumamente afectados.

-No quiero sufrir el mismo destino que la unidad 34, esto es un suicidio -dijo uno de ellos al cabo de unos segundos.

-No los harán cambiar de opinión -dijo Annie-. Están demasiado…

-Cállate -la interrumpió Niko-. ¿Quién eres? -le preguntó al insolente recluta-. ¡QUE QUIÉN MIERDA ERES, PÁRATE DERECHO Y CONTESTA! -rugió, provocando que todos los que estaban a su alrededor temblaran.

-Mi… Milo Ratdeski -balbuceó el recluta.

-¡¿QUIÉN CARAJOS TE HAS CREÍDO PARA HABLAR ASÍ DE NUESTROS CAMARADAS CAÍDOS?! ¿Crees que murieron sólo para que pudieras tener una excusa de retirarte? ¡NO TIENES NINGÚN DERECHO PARA REFERITE A ELLOS DE ESA FORMA!

Hubo un silencio sepulcral luego de que Niko terminara de mellar verbalmente el orgullo de Milo.

-¿Y el resto que? -se dirigió a los demás reclutas.

-¿Pero qué mierda pasa con ustedes? -habló Friedrich-. Son soldados, éste es su trabajo, es por lo que han sufrido tanto, no puedo creer que estén actuando de esta manera.

-¿Para qué soportaron el calvario del entrenamiento por dos años? -inquirió Niko, dirigiéndose a todos-. ¡¿Para rendirse ahora?! -los soldados lo vieron tan imponente como siempre, y ellos se sintieron reducidos e insignificantes-. ¿Acaso dejarán que sus familias mueran de hambre o en un altercado en la Muralla Sina? Porque lo harán… -ese fue un durísimo golpe a sus compañeros moralmente devastados-. A no ser que levanten sus putos culos del suelo y hagan algo para mejorar la situación. Si quieren permanecer aquí a esperar que pase lo inevitable, ¡pues bien por ustedes!, pero piensen en sus familias cuando tomen la decisión.

Aún siendo tan duras e hirientes, las palabras del joven lograron despertar el ímpetu adormecido de sus camaradas. Dosu, Niko, Mina, Fred y los demás se lanzaron hacia el cuartel. Entonces un gran grito de guerra se alzó desde sus espaldas y los reclutas antes inofensivos se les unieron.

La pequeña hueste iba dejando cadáveres gigantes a su paso, acercándose a su destino con una furia vertiginosa.

Pasó media hora de combate a la velocidad del rayo. Varios reclutas habían caído pero la mayoría aún seguía plantando cara.

-Aquí -habló Dosu. El batallón se detuvo en seco detrás de un edificio a una distancia peligrosamente cerca del cuartel-. Las ventanas superiores serán fáciles de atravesar -analizó-. Una granada tarda de diez a quince segundos en estallar. Entréguenme las suyas y vayan a posicionarse. Debemos ser rápidos, los titanes no le prestarán atención por mucho tiempo sabiendo que hay gente dentro del cuartel. Y manténganse alejados, será una gran explosión.

-¿Y no sería mejor matar a todos los titanes y abrirnos paso? -cuestionó Connie.

-¿Tienes idea de lo letales que son esos titanes de quince metros? Hay al menos diez allí, y somos menos de cuarenta con los tanques casi vacíos, un ataque directo sería ofrecerles un buffet gratis.

-Te callaron, eh -se burló Sasha.

-No me molestes, chica patata -ella rió y dio un suave codazo en el hombro de Connie.

Dosu juntó todas sus pequeñas invenciones en un rincón detrás del edificio. Encendió la mecha de una de las granadas y de un salto trepó a un saliente sobre su cabeza para luego alejarse unos quince metros junto a Niko y Mina.

-Preparados… -Friedrich inhaló profundamente, intentando relajarse-. Listos… -Niko posó su mano sobre el hombro de Mina y asintió con la cabeza, y ella repitió el gesto en respuesta.

Las granadas estallaron. Los titanes dejaron de asediar el cuartel y comenzaron a voltear hacia el lugar de la explosión.

-¡YA!

Una andanada de anclajes se clavó en las paredes externas del cuartel. Los soldados atravesaron las ventanas como si fueran de papel, y para cuando se dieron cuenta, habían llegado a salvo.

Los reclutas que ya estaban dentro gritaron aterrorizados, pero se detuvieron al ver que se trataba de humanos como ellos.

-¿Están todos bien? -preguntó Dosu. Reiner le respondió asintiendo sorprendido de que la incursión hubiese sido un éxito-. ¿Qué hay de Armin y Connie? No los veo por aquí.

-Estaban preocupados por Mikasa. Fueron a buscarla -contestó Mina.

-Insensatos, no pueden estar solos allí fuera y sin gas -dijo el de lentes.

-Habrá que reponer y salir a ver dónde están de inmediato -expuso Niko.

-¡Imposible! -exclamó uno de los reclutas que ya estaba dentro del cuartel-. ¡El depósito está infestado de titanes de tres y cuatro metros, bajar allí es una muerte segura!

-Eso hace las cosas innecesariamente difíciles -dijo Friedrich.

-No si tenemos los materiales necesarios -aclaró Dosu.

-¿De qué hablas? -preguntó Niko.

En ese instante el rostro de un titán atravesó la pared.

-¡Todos salgan de aquí, todos al elevador! -ordenó Dosu.

-Tendremos que actuar rápido, sea cual sea tu plan -dijo Niko desenvainando sus hojas.

Fue ahí cuando el mundo de los chicos dio un giro de ciento ochenta grados. Un descomunal puño se hundió en el rostro del titán, lanzándolo lejos y haciéndolo aplastar a otra criatura de igual tamaño.

Las mandíbulas de Niko, Fred, Dosu, Mina, Jean y Reiner tocaron el suelo.

Para sumarle más emoción al momento, Armin, Connie y Mikasa atravesaron una ventana, aterrizando al lado de los chicos.

-¡Lo logramos por poco! -exclamó Connie, verificando que se había quedado sin gas-

-¿Qué… mierda es esa cosa? -preguntó Dosu, que tenía los ojos muy abiertos bajo sus lentes.

-No lo van a creer -dijo Connie otra vez, muy exaltado -. Ese titán no se muestra interesado en humanos, sólo ataca a otros titanes. Si tenemos suerte, nos ayudará a salir de ésta con vida.

-¿Un titán que mata titanes? No tiene ningún sentido -expuso Niko-.

-¿A quién le importa si no tiene sentido? Mira eso, está destrozando a esas cosas -agregó Friedrich-.

-¿Confiaremos en un titán? -cuestionó un recluta-.

-Si nos ayuda a retomar Trost, sí -respondió Mikasa-. Sea un titán excéntrico o no, rechazar esta oferta del destino sería una ridiculez.

-¡Wajuu! ¡Miren eso, está aniquilando a los de tres metros! -festejó Fred al ver cómo el extraño titán pateaba a sus semejantes diminutos, enviándolos muy lejos-.

-Arreglaremos esto después, tenemos que despejar el depósito -dijo Dosu-.

-¿Cómo lo harán? -cuestionó Armin-.

-Esperaba que tú nos ayudaras con eso -los ojos de Armin quedaron abiertos de par en par.

-¿Cómo podría yo colaborar? Tú eres muy inteligente, yo no... -cuestionó el pequeño rubio.

-Porque yo sé qué materiales usar, pero no sé de qué forma desplegarnos para atacar. No creas que no te presté atención durante estos tres años. Eres brillante, Armin, sólo una persona con verdaderas convicciones e ideas como las tuyas nos sacará de ésta.

El joven Arlert sintió una punzada en su pecho. Por primera vez, a pesar de que se sentía un parásito sin derecho a existir, alguien depositaba su confianza en él, y se trataba de una persona a la que admiraba mucho.

Los dos genios debatieron por un largo rato en la sala del elevador, hasta que al fin el plan cuajó en algo que sólo podía ser producto de esos dos jóvenes intelectuales.

La idea de Dosu y Armin fue la siguiente: Utilizar los rifles de la armería y unas granadas improvisadas (botellas de vidrio con pólvora dentro y un trapo mojado con combustible a modo de mecha para cegar y debilitar a los titanes del depósito y dejarles la oportunidad a los soldados más habilidosos (Niko, Fred, Jean, Mikasa, Reiner y Annie) para rematarlos.

Tal y como el plan de las granadas para entrar en el cuartel, todo resultó según lo previsto por el joven Akane.

-Oye… -Jean se acercó a Dosu mientras éste recargaba su tanque de gas.

-¿Qué pasa?

-Quería decirte que… eres un genio. Tu plan para ingresar en el cuartel fue perfecto y evitaste muchísimas muertes. De haber sido por mí, nos habría lanzado a atacar sin más, jeje…

-Ajá. ¿Tú crees que habrías sido culpable de muchas muertes?

-Bueno, en parte sí. Si el mando hubiera sido mío, no se me habría ocurrido otra cosa.

-Llegar a tu objetivo dejando un reguero de cadáveres de tus camaradas. Es bizarro. Pero factible como último recurso.

-¿Qué?

-No, de hecho es estúpido. Un líder no puede ser tan descorazonado -razonó Dosu-. Alguien así debe saber valorar la vida de sus hombres. Dudo ser alguna clase de líder, no tengo esa madera. ¿Quién sabe? Tal vez deba aprender a comprender mejor a mi propio corazón, y el de los demás. Tal vez deba aprender más de tí. Como sea, carga tu tanque y alístate, no estamos descansando -Dosu comenzó a caminar, alejándose de él-. Oh, y… -el de lentes se dio media vuelta para verlo con su habitual semblante misterioso-. Yo no fui quien diseñó este plan del depósito, Armin sí. Yo sólo agregué las granadas.

Mina se acercó a Niko, quien estaba reemplazando sus hojas.

-Me asustaste ahí atrás -dijo.

-¿Por qué dices eso?

-Cuando me salvaste. Te excediste un poco con el titán.

-No existen límites de crueldad con esas cosas, pero lamento si fue desagradable.

-Ok -la de coletas recordó lo que él le había contado el día anterior-. Tu hermana sí parecía haberte extrañado.

-Sí.

-Es muy bonita.

-Se parece a mi madre. De ella sacó el cabello claro.

-¿Tu padre tenía el pelo oscuro?

-Sí, aunque él siempre lo mantenía corto. Ese nunca fue mi estilo.

-Quisiera haberlos conocido. Y me encantaría que tú conocieras a mi madre.

-Lo haré, me muero de ganas por saber quién es la madre de mi estimada compañera -Niko pasó su mano con cariño por el rostro de Mina.

-¿Y yo podré conocer a Verónica más a fondo? -preguntó ella muy ilusionada.

-Por supuesto. Ustedes dos se llevarán de maravilla, te lo aseguro.

La chica rió llena de felicidad, reluciendo la belleza de sus rasgos faciales, sus mejillas regordetas y sus ojos tan profundos como embriagantes a la vista.

El trío de Trost volvió a presentar batalla seguidos por Mikasa, Armin, Jean y la unidad de Reiner.

Se detuvieron en el tejado de un edificio a observar cómo el titán "amigable" hacía trizas a los demás de su especie. Pero se encontraron con que este estaba siendo acorralado contra un edificio y devorado por varios titanes.

-¿Cómo es posible? -preguntó Marco-

-Al parecer ha agotado sus energías. No sabía que a los titanes les pasaba también -dijo Dosu-

El titán anti-titanes lanzó un ensordecedor bramido y, como si de la nada se recuperara de sus heridas (que eran tan graves que ya le faltaba su brazo izquierdo), se deshizo de sus atacantes y se precipitó contra un titán rubio del otro lado de la calle.

Lanzó un feroz mordisco a la nuca de la criatura y con un devastador movimiento de su cuello lo desnucó, para luego lanzarlo contra otro titán.

Dejó escapar un último alarido antes de desplomarse, inerte y sin vida.

Los chicos estaban mudos.

-¿Se murió? -preguntó Friedrich-

-Imposible, su nuca aún no… -las palabras de Niko fueron interrumpidas por un suceso tan extravagante como terrible-

El punto débil del titán se abrió, como si hubiera sido cortado. Una persona emergió entre los tejidos y la sangre en proceso de evaporación.

Mikasa sufrió un pequeño espasmo, seguido de un leve y casi imperceptible susurro casi quebrado por el impulso a duras penas reprimido de romper en llanto.

-Eren.

La pelinegra sostuvo entre sus brazos a su amigo inconsciente y, de alguna forma, aún vivo, mientras emitía sollozos que a todos sus compañeros impresionaban.

-¿Cómo es esto posible? -preguntó Mina.

-No lo sé -contestó Niko.

Armin estaba inmóvil. Lo había visto morir. Eren había muerto en su lugar, pero ahí estaba, con todas sus extremidades intactas.

-No debemos decir ni una palabra sobre esto -habló Dosu.

-¿De qué hablas? -cuestionó Reiner.

-Es más seguro que si algún superior se entera de esto intentará matarlo antes que dejarlo explicarse. Todos los que están aquí, deben jurar por sus vidas que mantendrán el secreto. ¿Entendido? -todos asintieron.

Eren sintió que volvía en sí. No como si despertara de un sueño, simplemente estaba recuperando gradualmente su conciencia, susurrando una única frase.

-Los mataré… los mataré… -repetía.

-¡Eren, reacciona! -dijo Armin-

El nombrado se recuperó por completo y alzó la vista.

Estaba rodeado por Nikolai, Friedrich, Dosu y Mina, quienes le daban la espalda al estar viendo a una hueste de soldados que expectaba amenazante.

-Al fin despiertas, desgraciado con suerte -le dijo Niko.

-¡Bajen sus armas, o los volaremos en pedazos con la artillería por los crímenes de alta traición e insubordinación! -exclamó el comandante Kitz.

-Vete a la mierda, ni siquiera le has dado la oportunidad de explicarse a Eren -replicó Friedrich.

-¡No necesitamos explicaciones, mis hombres lo vieron salir de ese titán! ¡Es un peligro para la humanidad, igual que todos ustedes!

-No tiene prueba alguna de que nosotros también nos podamos convertir en titanes -dijo Mina.

-No arriesgaré la supervivencia de la humanidad por un puñado de reclutas y un titán disfrazado de muchacho. De hecho no tenemos garantía de que sus familias no sean peligrosas. Deberíamos ajusticiarlas también -Mina ahogó un grito de horror. Friedrich y Dosu apretaron la mandíbula con ira. Pero Niko sólo agachó la cabeza.

Sus amigos lo miraron atemorizados.

-Si te acercas a mi hermana… -dijo, con un manto de oscuridad manchando sus palabras-. ¡TE PARTIRÉ EN DOS JUNTO A TODOS ESTOS SOLDADOS, MALNACIDO! -la voz del joven retumbó en las murallas al tiempo que extraía sus hojas de un rabioso tirón. Un escalofrío recorrió la espina de Kitz.

-¡Serás…

-¡Adelante, ven aquí, te mataré! -interrumpió Niko, fuera de sí-. ¿Te crees demasiado al estar rodeado de hombres? ¡No habrías durado ni un minuto allí afuera!

-Cumplí con mi deber como oficial al mando, es lo que dicta el reglamento.

-¡Mientes! No dejaste a un sólo subordinado para que te sustituyera, sólo huíste como la rata cobarde que eres, y morirás como tal si te atreves a tocar a mi hermana o a alguno de mis amigos.

-Tu actitud no evitará nada, estás perdiendo el tiempo -habló una mujer pequeña y con anteojos junto a Kitz.

-¡¿Y A TÍ QUIÉN MIERDA TE DIRIGIÓ LA PALABRA?! -ladró el de cabello atado-. ¡No eres más que un simple esbirro de éste pelele, no me hables con superioridad!

-Escuchen -dijo Dosu-. Esto podría ponerse feo. A mi señal, aléjense lo más rápido que puedan.

-¿Qué vas a hacer? -preguntó Mikasa.

-Me tomé la libertad de guardarme dos granadas. Servirán para hacer tiempo.

-¿Más del que está haciendo él? -Mina señaló a Niko, que seguía increpando a los oficiales.

-Tal vez.

El intercambio de gritos no llegó muy lejos. Kitz se hartó y dio la orden de que se abriera fuego.

-¡Todos acérquense! -ordenó Eren.

Cuando todos estuvieron a una distancia justa y justo antes de que la bala de cañón impactara, Eren mordió su pulgar hasta hacerlo sangrar. Un haz de luz cegó a todos. Cuando el polvo se disipó el terror comenzó a aflorar. Los chicos estaban entre los huesos y tejidos de una burda e incompleta imitación del Titán Colosal.

-Interesante -dijo Dosu, examinando con la vista el producto de la transformación de Eren.

Niko golpeó ligeramente una costilla con sus hojas y soltó un silbido.

-Macizo -dijo-.

-¡Bestias, malditas bestias! -gritó Kitz.

-Carajo, ese idiota no cierra la boca -se quejó Dosu.

Entonces Armin salió de entre todo el polvo, muy para la sorpresa de todos.

Niko trató de alcanzarlo, pero lo tomó distraído.

Al salir a la vista de los soldados, la mira del rifle junto a Kitz se fijó en él.

Armin, con una fuerza inhumana golpeó su pecho con el dorso de su mano cerrada haciendo el saludo militar.

-¡He jurado servir al Rey y entregarle mi vida de ser necesario! -arengó, dejando pasmados a los expectadores-. ¡Y no hay nada más honorable para mí que morir por esa causa! ¡Pero le ruego, señor, que le permita a Eren explicarse! ¡Ésta es una oportunidad única de hacerle frente a los titanes y retomar Trost! ¡Permítame por favor detallarle su importancia estratégica!

Cuando el joven terminó de hablar, los soldados parecieron deponer su actitud amenazante y bajaron sus armas.

-Armin, eso fue impresionante -dijo Friedrich.

Al ver que sus hombres bajaban la guardia, Kitz volvió a exhortar:

-¡No lo escuchen, es una trampa, quiere hacernos pensar que no es el enemigo! -los soldados volvieron a empuñar sus armas.

La mujer de anteojos le informó que los cañones estaban cargados otra vez, por lo que volvió a alzar su mano, listo para ordenar la muerte de los chicos.

-Oh, no… aquí viene otra vez -dijo Mina.

-Estamos sin chances ahora -expuso Niko al ver que Eren mostraba signos de agotamiento y era auxiliado por Mikasa-. Bien, él lo pidió.

-¿Qué vas a hacer? -inquirió Armin.

-Algo muy, muy estúpido. Cuando vean la oportunidad, huyan y no miren atrás -ordenó el de cabello atado.

-Niko, no -dijo Mina-. Es peligroso, te arriesgarás demasiado.

-Sí, y eso les dará tiempo a ustedes.

El joven Gradost inhaló profundamente e hizo girar sus hojas en sus manos. Miró con intenciones asesinas al oficial que estaba por bajar su mano.

Sus pies se despegaron del piso como si fuera gatillado fuera de su lugar.

Kitz sintió el terror más grande en toda su existencia al tener su mano apresada por detrás y la hoja de Niko presionada contra su yugular.

-Ya basta, Kitz -dijo una voz tranquila-. Siempre tan miedoso e impulsivo. No has cambiado nada.

-Co--Comandante Pixis -balbuceó.

-Veo que la situación es desesperada. Yo me haré cargo de ésto ahora, deja que me ocupe de los jóvenes.

-Claro, señor.

Niko envainó sus armas y cruzó miradas con Pixis.

-Buena técnica, chico -lo felicitó el hombre.

Los siete muchachos estaban derechos e inmóviles, sobre la muralla y con una de las máximas autoridades dentro de la muralla observándolos de frente.

-Veo que para ustedes el reglamento no es tan importante como la camaradería -habló Pixis-, eso puede considerarse tanto una ventaja como una desventaja. Su actitud podría salvar vidas pero su insubordinación los arriesga a estropear las operaciones a las que sean designados -el hombre extrajo de su bolsillo una pequeña petaca de metal que destapó y de la que bebió con ganas-. Ahora, díganme, ¿cuáles son sus nombres?

-Nikolai Gradost.

-Friedrich Lowstein.

-Dosu Akane.

-Mina Carolina.

-Mikasa Ackerman.

-Armin Arlert.

-Eren Jäeger.

-Ajá. Y díganme, ¿ustedes tienen familias? -todos los muchachos asintieron-. ¿Dónde está tu familia, Dosu? -preguntó al azar el hombre.

-Mi padre se fue cuando yo tenía cinco años. Y mi madre se encuentra en la Capital recibiendo atención médica por padecer esclerosis múltiple.

-Ya veo. ¿Qué hay de tí, Mikasa?

-Eren es mi familia, y yo soy la suya, eso es todo lo que importa -el nombrado la vio con una mezcla de tierna vergüenza y cariño.

-Mina, dime, ¿dónde está tu familia?

-Mi madre se encontraba en la Capital atendiendo asuntos de trabajo.

-¿Nada más?

-No, señor -el comandante sospechó que indagar sobre ella más sería innecesario por el momento.

-¿Niko? -dijo Pixis.

-Mis padres murieron en una expedición, eran parte de la Legión de Reconocimiento. Mi hermana ha escapado del ataque de los titanes esta mañana junto con los padres de Friedrich.

-¿Tú morirías por tu hermana?

-Haría frente a cualquier horror y quitaría cualquier vida com tal de protegerla.

-¿Qué hay del resto? ¿Morirían por sus familias? -todos respondieron afirmativamente y al unísono-. Entiendo. Eren, acompáñame -Pixis se alejó, caminando por la muralla acompañado del joven "mitad-titán".

El resto de sus compañeros permanecieron en el lugar, algo confundidos.

-¿Qué creen que harán con Eren? ¿O con nosotros? -preguntó Friedrich.

-No nos matarán, eso es seguro -dijo Dosu.

-¿Por qué lo crees? -cuestionó otra vez el rubio.

-Por algo Pixis nos hizo ese pequeño interrogatorio. Ahora sabe que tenemos algo que perder en esta lucha, y que haremos lo que sea para conservarlo. Tiene nuestra cooperación asegurada, el problema serán las habilidades de Eren.

-¿Quién nos asegura que podremos controlarlas? -dijo Armin.

-Nadie, no podemos controlarlas -expuso Niko-. Sólo podemos ayudar a Eren para que él lo haga.

Pixis terminó su pequeña reunión con Eren y se dirigió a todos sus soldados, que de no haber intervenido con un grito marcial que pareció resquebrajar el cielo, habrían roto filas y huido de sus puestos en ese momento.

Aunque más tarde todos comenzaron a cuestionar al propio comandante, pues Eren estaba a su lado, y no les inspiraba confianza. Entonces Niko se adelantó, con los ojos en llamas.

-¡SOLDADOS! -vociferó-. ¿Qué sucede con todos ustedes? ¿Acaso no es suficiente la arenga del comandante aquí presente para alentarlos a seguir con la misión? ¿Qué mal los alfige e incapacita? ¿Es acaso el miedo? ¿El mismo temor que aprieta mi propio corazón cuando mis pensamientos se detienen en mi deber como parte de esta guerra? -todos, incluyendo a Pixis, estaban mudos-. Lo veo en sus ojos, lo veo y lo comprendo. Pero el miedo no puede ser más fuerte que nosotros. Podemos ser los que le otorguen a la humanidad su primera lucha ganada contra los titanes. ¿No es un hermoso título? -la muchedumbre asintió-. Nuestras familias y amigos indefensos cuentan con nuestra victoria, la cual será la primera en mucho tiempo para la humanidad. ¿Dejaremos que vuelva a morir tanta gente por la propia decisión o mano del hombre? ¿O acaso llevo puesto el uniforme del cobarde? -cuestionó, señalando su chaleco-. ¡PRUÉBENME QUE NO ES ASÍ! ¡LOS LLAMO A LUCHAR, HERMANOS MÍOS! ¡MUERAN JUNTO A MÍ CON HONOR!-concluyó, con la voz vuelta un trueno, desenvainando sus hojas. Un millar de voces se fundieron en un alarido valeroso.

El joven apuntó sus armas hacia arriba y sumó su voz al multitudinario rugido.

Sus compañeros lo miraron absortos, petrificados, y con sus pechos bullientes de ánimo.

Mina más que todos, sintió el impulso de abrazarlo. Pero no era el lugar y el momento.

El plan fue trazado por Armin y Dosu: Deberían distraer a los titanes y alejarlos de Eren para que éste pudiera transformarse y colocar una enorme roca en el agujero de la muralla. Los titanes serían atraídos a uno de los vértices del muro de la ciudad, donde se plantarían explosivos sacados del depósito de armas, y serían detonados una vez hubieran suficientes titanes.

El trío de Trost se tomó un momento para conversar antes de proceder como lo habían planificado.

-No estoy seguro de ésto -inició Friedrich-. ¿Cómo podemos saber que Eren se transformará a tiempo? ¿O que no perderá la cabeza?

-Como bien dijo Niko, no podemos saber eso. Pero es nuestra única chance de avanzar al menos un poco en esta batalla -acotó Dosu-.

-No debes temer, hermano, porque pase lo que pase hoy, será definitorio no sólo para nosotros, sino para la humanidad.

-Sigues inspirado, al parecer -comentó el rubio.

-En efecto -los tres amigos se miraron y sonrieron-. ¡Por muerte, furia y sangrienta victoria! -los tres amigos formaron un abrazo antes de volver a repetir esa última frase.

Fue una cruenta lucha. Una lucha que se llevó la vida de muchísimos camaradas de Niko, incluyendo la de Marco Bott.

En las hojas de los jóvenes combatientes había residido el destino de su gente, y a costa de mucha sangre y dolor, lograron alcanzar su objetivo.

Con mucha dificultad, Eren logró tapar el hueco en la muralla, y Dosu activó los explosivos, matando al instante a la mayoría de titanes, siendo los restantes asesinados por los refuerzos enviados una vez calmadas las aguas.

Niko se paró frente a la roca, empapado en sangre vaporosa y sudor.

Miró fijamente la carnicería a su alrededor. Friedrich, Mikasa, Mina, Armin, Eren (inconsciente) y el Capitán Levi de la Legión de Reconocimiento veían intrigados como solía estar ajeno a todo y a todos.

Entonces oyeron un susurro, una risa silenciosa que en un segundo pasó a un grito alocado y eufórico.

-¡ESO NO ES TODO, MALDITOS HAMBRIENTOS! -se burlaba el chico, sin dejar de reír-.

Antes de que se dieran cuenta, el trío de Trost, Mina, Armin y Mikasa eran escoltados hacia un tribunal. Ya habían sido indultados por alzar sus armas contra un superior, pero el destino de Eren aún pendía de un hilo.

Los chicos tomaron asiento del lado que le correspondía a la Legión de Reconocimiento, de cara al de la Policía Militar, y más para el disgusto de Niko y sus dos amigos, algunos renombrados miembros de El Culto.

Eren fue encadenado en un poste en medio de la sala. El pavor estaba reflejado en sus ojos. Niko cruzó miradas con él por un instante, y asintió para tranquilizarlo.

El juez del caso era el reputado Darius Zackly, el máximo líder militar dentro de los muros. Su palabra entre las filas de la humanidad era ley absoluta.

-Gracias a todos quienes asisten hoy a este lugar -inició Zackly-. Ahora, formalidades aparte, demos comienzo al juicio: Eren Jäeger, tú eres un soldado ya registrado que juró dar su vida por el Rey, ¿estás consciente de eso?

-Sí… sí, señor, lo estoy -contestó tembloroso el joven-titán.

Bien. Tu situación es… muy particular, muchacho, por lo cual he convocado a un jurado debidamente particular -el hombre acomodó algunos papeles frente a sí, y luego hizo lo mismo con sus anteojos-. Ahora, procedamos. La Policía Militar dará su propuesta sobre cómo tratar el caso de Eren, y luego la Legión hará lo propio. Del veredicto final me encargaré yo. Comandante Nile, lo escuchamos.

-Sí, señor -se paró un hombre de cabello corto y rostro austero-. Yo, Nile Dawk, extiendo la conclusión a la que ha llegado mi rama a cargo de que Eren debe ser eliminado, así lo han determinado los estudios realizados al sujeto. Se trata de una amenaza para toda la humanidad, y debe ser tratada como tal.

-¡Abominación, eso es lo que es! ¡Un demonio infernal, que lo quemen y arrojen fuera! -exclamó un hombre del Culto.

Unas risas despectivas se hicieron sonar en toda la habitación. Todas las miradas cayeron sobre Niko.

-¿Ocurre algo, joven? -preguntó Zackly.

-General, si me permite, tengo una duda -dijo Niko sin dejar de reír.

-Diga.

-¿Qué hacen estos ridículos fanáticos aquí? ¿Por qué tienen derecho a mostrar sus desagradables caras frente a todos? -los del lado opuesto a la Legión lo miraron con odio.

-¡Pequeño hereje! -gritó otro hombre de Dios.

-Aquí hemos venido a hablar en serio, niño -espetó Nile. En respuesta Niko aplastó su puño contra la madera, sobresaltando a todos en la sala.

-¡Yo también! -gritó encolerizado-. ¡Reformularé mi pregunta! ¡¿QUIÉN MIERDA SE HAN CREÍDO PARA DECIDIR SOBRE EREN?! ¡COBARDES, RATAS!

-El Culto y la Policía Militar no ha perdido nada en esta pelea -añadió Dosu-. Sólo se mantuvieron al margen y dejaron que pasara lo que tenía que pasar. No enviaron un solo refuerzo a auxiliarnos, aún cuando perdimos casi trescientos camaradas ahí fuera. Yo que ustedes evitaría los espejos -los anteojos del calvo centellearon.

-Somos los cadetes quienes salieron a morir -dijo Friedrich-, nosotros fuimos quienes intervinieron y logramos evacuar a los civiles de Trost, no ustedes. De hecho, recuerdo su cara, padre Alfred -el rubio señaló al que había insultado a Niko y sonrió-. No olvidaría su rostro de entre la multitud cuando un desgraciado se negó a mover su vagón de riquezas. Sí, es usted, que ahora con tanta osadía se cree con el derecho de opinar siquiera sobre el destino de Eren. ¡No lo tiene, ni usted ni ninguno de los lamesuelas a su lado!

-¡Son unos…

-¿Acaso no sienten vergüenza de ustedes mismos? -se metió Mina-. Se han dedicado a hacer crecer sus arcas y a darle falsas esperanzas a los desamparados que acuden a ustedes en busca de ayuda. ¡El Culto no tiene ni voz ni voto aquí!

A la discusión se sumó la mayor Hange Zoe, quien acotó que El Culto no veía más allá de sus propias narices, y que se valía de la Policía Militar para respaldarse, y Levi tuvo un encontronazo verbal con un comerciante corto de miras.

Muchas voces se alzaron, hasta que Zackly hizo sonar su mano sobre la mesa.

-¡SILENCIO! -ordenó-. No estamos en condiciones de discutir, no importa a qué rama u organización pertenezcamos, si están aquí presentes es por una buena razón. Ahora, que la Legión exponga su conclusión.

El coronel Erwin argumentó que Eren no era sino la oportunidad perfecta de la humanidad para recuperar el territorio perdido e incluso formar una verdadera ofensiva contra los titanes, haciéndolo a él y a sus compañeros miembros de la Legión de Reconocimiento.

-Eren -habló Zackly, otra vez-, ¿estás tú en condiciones de controlar tu capacidad de transformarte en titán?

-Sí, señor.

-Porque según mis informes intentaste atacar a tus compañeros, Mikasa Ackerman y Nikolai Gradost. ¿Fue eso un acto consciente de tu parte? -Eren palideció.

-Claro que no, yo jamás les haría daño a ellos.

-Aún así, lo contrario se evidenció durante la misión de sellado del muro. ¿Están Mikasa y Nikolai aquí presentes?

-Sí, general, aquí estoy -dijeron los dos a la vez.

-¿Pueden confirmar o negar que lo dicho es cierto? -la pelinegra titubeó un momento y agachó la cabeza.

-Es cierto -voces acusatorias volvieron a alzarse por lo bajo. Niko no emitió palabra.

-¿Qué tienes para decir en tu defensa, Eren?

-¡General, a pesar de eso Eren salvó mi vida en dos ocasiones! Una de ellas fue cuando me quedé sin gas frente a un titán, y la otra cuando el oficial Keith ordenó que nos dispararan con la artillería. -intervino Mikasa-. Creo que no debería olvidar además que gracias a él no estamos lamentando la pérdida de Trost.

-Lo tendré en cuenta.

-General, ese testimonio rebosa de afecto, es poco objetivo -expuso Nile.

-¿Puedes asegurar que miente? -habló Dosu-. ¿Dices que Eren no la salvó?

-Digo que su testimonio es poco confiable por tener una relación cercana con el acusado. Además, según los documentos, Eren y Mikasa asesinaron a tres contrabandistas de personas de personas a la edad de nueve años. ¿Podemos confiar en ellos, habiendo cometido un acto tan considerablemente inhumano a pesar de haber sido en legítima defensa?

-Es un punto a su favor, prueba que saben actuar en situaciones de riesgo -añadió Levi.

-¿Aunque hayan cometido tres homicidios a tan corta edad?

-Sí -nadie replicó.

-Aún así, ¿quién nos dice que esos reclutas no son titanes? -abucheó un oficial de la Policía Militar.

-¡Es cierto! ¡Deberíamos ejecutarlos en el acto! -exclamó el padre Alfred.

-No tienen prueba alguna de que nosotros seamos el enemigo, es una acusación sin fundamentos -defendió Mina.

-Por su insensatez deberíamos llevar a cabo la sentencia ahora, comenzando contigo -el padre Nick señaló a la de coletas. Dosu, Friedrich, Armin y Mikasa fruncieron sus ceños, pero Niko volvió a poner su rostro demencial.

-Gusano miserable… -gruñó-. ¡TE ARRANCARÉ LA CABEZA! -su voz retumbó en cada rincón del tribunal. Los del lado opuesto al suyo lucían aterrados, y más lo estuvieron cuando un golpe metálico se hizo oír.

-¿Por qué me tienen miedo? -cuestionó Eren-. Si nunca han visto un titán en sus vidas. El fuerte es quien va a luchar, así son las cosas. Si temen por sus vidas, apártense de mi camino… COBARDES -Niko y Fred esbozaron una sonrisa satisfactoria.

-Reitero: ¿Qué tienes para decir en tu defensa, Eren? -dijo Zackly.

-¡Nada, no tiene nada! ¡Es una bestia, debe ser exterminada! -gritó el padre Nick-. Su sola presencia es profana para las magnánimas Murallas de Dios.

-Si vuelve a abrir la boca, juro que le arrancaré la lengua de un tirón, viejo entrometido -amenazó Niko, con sus dos orbes azabache casi lanzando chispas.

-¡Blasfemia!

-¿Blasfemia? ¡¿BLASFEMIA?! -vociferó, volviendo a descargar su puño-. ¿Sabe lo que me parece blasfemo? Que usted incite a la gente a vivir una vida sin libertad, confinados dentro de estos asquerosos muros.

-¡Insolente, hereje, te colgarán por tu actitud!

-Pasaré el resto de mi vida repitiéndolo: Las Murallas son una condena, estamos sentenciados a vivir y morir en cautiverio, la paz que creíamos tener era una mentira, y la esperanza murió junto con la gente de Shiganshina.

-No puedes comprender la excelencia divina de estos muros que son nuestro hogar. ¿Cómo podrías, estando del lado de los demonios?

-¡Antes muerto que pasar el resto de mi vida en esta puta cárcel!

-Muchacho, padre Nick, conténganse -le advirtió Darius.

-Escuche, general, Eren difícilmente puede controlarlo porque según veo, su poder está enlazado directamente con sus instintos ocasionados por la ira y el dolor físico. Esos estímulos no son ni por asomo controlables para alguien de esta edad, pero si le da la oportunidad, tal vez, con arduo entrenamiento quizás logre tener algo de autoridad sobre su poder.

-Explícate: ¿De qué manera podría tener un mínimo de control sobre un estímulo causado por el dolor? ¿Sugieres que debe ser sometido a situaciones de estrés físico para acostumbrar su mente y cuerpo?

-Es… una forma de decirlo, sí.

-Bien, hagamos una prueba, aquí y ahora. Será un punto a su favor si todo sale bien. Capitán Levi, ¿podría?

-Claro.

Todos en el tribunal vieron cómo Levi le daba una paliza a Eren, y concluía haciéndole un corte horizontal en la frente, del que chorreó la sangre como si fuera avena al rasgarse un saco. Mikasa intentó lanzarse a defenderlo, pero Niko la tomó con brusquedad por el brazo.

-No -dijo tajante.

Nada ocurrió, por más que el chico se quejaba del dolor. Con mucho menos que eso se había transformado exitosamente durante la batalla.

Niko y todos los de su lado, excepto Armin y Mikasa sonrieron.

-Levi… -balbuceó Nile.

-¿Qué pasa?

-¿Acaso siente pena, comandante? -preguntó Fred-. No puedo creerlo, tan decidido que estaba a ejecutarlo, ahora siente compasión por él, jejeje.

-¡Esto no implica nada, sigue siendo un peligro para todos! -exclamó el padre Alfred.

-¿Y qué hará usted cuando caiga el muro la próxima vez? Que claro, lo hará -cuestionó Dosu-. ¿Saldrá a combatir o a aportar algo? ¿O repetirá su penoso accionar? No responda, sabemos que optará por la segunda opción.

-Es un arma de doble filo -acotó Nile.

-Nombre una que no lo sea en estos días, comandante -replicó Hange.

-No, de hecho puede tener razón en eso, Nile -reconoció Niko-. Pero como todas las de su tipo, puede amaestrarse lo suficiente para volver muy eficaz al filo contrario a nosotros, y mantener alejado al que nos apunta directamente. Por eso, general, confío en que tomará la decisión que más le conviene a la humanidad. Pienso además, que el capitán Levi es quien debe estar a cargo de Eren, parece ser el único con la suficiente templanza para… entrenarlo.

-¿Y de qué manera sugiere que pongamos a prueba ese entrenamiento, joven?

-No es algo que me corresponda decidir, tal cosa es asunto de mis superiores de la Legión a la cual planeo integrarme. Hasta entonces, los detalles deberán analizarlos ellos. Esto es todo de mi parte.

Zackly miró con detenimiento al joven soldado y repasó una de las hojas frente a sí.

-Nikolai Gradost -dijo-. Nacido el 15 de enero del año 834, hijo de los difuntos Iván Gradost y Teodora Zimraíl, ambos capitanes de la Legión de Reconocimiento. Graduado con honores de la academia de reclutamiento en la unidad 104, posicionado en el segundo lugar como el mejor de su clase por debajo de Mikasa Ackerman. 30 titanes eliminados en total, teniendo apenas una misión cumplida en su haber. En cuanto a Mikasa, no puede ser menos. Se tienen contariados 35 titanes muertos por tu mano, y tu participación en la misión de sellado del muro fue clave -las miradas se volvieron a clavar sobre Niko y Mikasa, más que nada las de Hange, Levi y Erwin-. Soldados así merecen ser escuchados -hubo un largo e incómodo silencio-. Bien, he tomado una decisión.

Niko sintió cómo su mano era agarrada con fuerza. Miró a Mina. Ella lucía muy nerviosa, y lo veía con dicha expresión. Él acercó sus labios a su oído y susurró:

-Saldremos de esta, y bien librados, ya lo verás.

-Mi sentencia es la siguiente: Eren Jäeger quedará a cargo de la Legión de Reconocimiento, quienes atenderán su situación como mejor lo consideren -la ovación fue total en el lado de la Legión-. Sin nada más que añadir, se levanta la sesión -concluyó Darius, dando tres golpes con su martillo.

Eren había sido salvado.

Niko caminó a paso tranquilo por el pasillo hasta llegar a la puerta indicada. Tocó y se le indicó que pasara.

-Ah, Niko, que alegría -festejó Hange.

-Al fin llegó el niño prodigio. Te recordaba un poco más bajo -comentó el oficial Mike, mientras lo olfateaba de cerca y sonreía. Niko decidió pasarlo por alto.

-¿Desde hace dos horas? -cuestionó divertido el muchacho.

-Eso creo.

-Eres todo un bocafloja, al parecer -habló Levi-. No te reservaste nada con los del Culto, eh.

-No, hace rato venía esperando esta oportunidad de descargarme, y la aproveché.

-Ahora que estás aquí, Niko -dijo Erwin-, puedo extenderte mi petición de que te unas a la Legión de reconocimiento.

-Será un honor, comandante -Niko hizo el saludo militar-. Aunque si me lo permite, creo que este no es el único motivo por el que me ha mandado a llamar.

-Ciertamente no. Ya que has aceptado formar parte de nuestra rama, debes saber que…

-La Policía Militar estará sobre mí como moscas sobre una fruta podrida. Lo sospechaba.

-Exacto. Además, según estuve revisando, tus amigos también tienen la intención de integrarse a la Legión.

-Sí.

-Entonces ellos también estarán en la mira. No podemos hacer mucho por ahora, sólo mantener un perfil bajo… o en su caso, no mostrar su cara en público hasta que se calmen las aguas -dijo Mike.

-¿Qué hay de mi hermana? ¿Pueden garantizar su seguridad?

-No si no hay indicios de que ella esté en peligro. Pero podemos dejar algunos ojos extra cerca de ella para que nos mantengan al día de su situación -respondió el coronel.

-Eso será suficiente. Me conformaré con saber su paradero, no sé qué fue de ella luego de que evacuó en Trost.

-Pondré algunos hombres a investigar, te informaré en cuanto me sea posible -dijo Erwin.

-Se lo agradezco, señor -Erwin sonrió-. ¿Qué hay de Eren?

-Acabamos de estar con él. Sus heridas han sanado sorprendentemente rápido -respondió Hange, muy feliz de sus propias palabras.

-No debes preocuparte por él, está a mi cargo -dijo Levi-. Como lo estarás tú.

-Confío plenamente en su juicio, capitán. Sin embargo, él es mi amigo, me preocupa su situación. En cuanto a mí, estoy a su servicio.

-Por supuesto, pero puedes estar tranquilo -dijo Erwin-. Pero volviendo al tema inicial: No podemos aceptarte en la Legión así como así, pero ¿podemos contar con que nos escogerás en la ceremonia de iniciación? -Niko sonrió bajo su mascarilla, no de forma altanera, sino satisfecho por los acontecimientos sucedidos.

-Sin lugar a dudas. Será un honor luchar junto a ustedes.

-El placer será todo nuestro -el rubio extendió su mano, y Niko la estrechó amistosamente.

El verdadero desafío estaba a punto de presentarse para los jóvenes guerreros.