¡Hola mis queridos y queridas lectoras!

Espero que este mes haya sido bueno para ustedes y que estén bien en todo lo que cabe.

Se sintió como un día muy completo. Tuvo una plática significativa con Echizen y…

La hizo sentir cómoda con su declaración. Era la primera vez que el "eres bienvenida" la hacía sentir… justamente de esa manera.

Saber que no era odiada le daba paz de una manera u otra, pero también le decía que ya era hora. Tomó su computadora y la abrió. Dio clic al sobrecito con el círculo rojo y se preparó para su destino.

Capitulo 8. Última Vuelta

La luz del sol la despertó. Giró en su lugar y gruñó. Una parte de ella quería hacer esto y otra no, pero sabía que debía. Era ahora o nunca. Además, la tentación de dejar de ser una carga para los demás era demasiada. Tomó una ducha rápida y se vistió. Si sus cálculos eran correctos, Rinko-san debía estar fuera de casa al igual que Echizen-san. Nanako debía estar en el trabajo y los hijos osos debían estar en el quinto sueño. Salió de su cuarto en silencio, no podía arriesgarse a despertarlos.

Bajó a la cocina y escribió rápidamente. Salió volando de la casa y se subió a un taxi. Tan pronto perdió de vista su hogar temporal, pudo respirar. Se sentía como un espía escapando de una prisión de máxima seguridad. La prisión más linda del mundo, una que, de hecho, la protegía y la cuidaba del mundo exterior.

Miró su reloj, era demasiado temprano. No importaba, perder el tiempo no sería difícil.

El sol brilló sobre su ventana, directamente sobre sus ojos, despertándolo incómodamente. Maldita sea, le había dicho a Ryoga que cerrara las persianas por completo. En momentos como este extrañaba su cuarto, pero ahora no se despertaba tan de mal humor como antes. Las costumbres eran horribles, especialmente en él. Odiaba y amaba su habilidad para adaptarse.

— ¡Ryoma! ¡Ryoga! — gritó su madre desde la cocina. Se enderezó un poco, notando que su hermano aún se encontraba profundamente dormido. Lo pateó un par de veces, despertándolo también. Un quejido salió de él —. ¡Ryoma! ¡Ryoga!

Llamó por segunda vez y tan rápido como pudo, se puso los tenis y bajó. Su madre no era de las personas que disfrutara verse en la necesidad de llamar una tercera vez. Pateó de nuevo a su hermano, quién al igual que él, como pudo se colocó pantalones y pantuflas. Ambos bajaron corriendo, encontrándose a su madre parada con los brazos cruzados al final de las escaleras.

— ¿Saben a dónde iba a ir Sakuno? — les cuestionó tan pronto cruzaron miradas. La pregunta los extrañó, se miraron el uno al otro para después darle la respuesta negativa a su madre. Sacó el teléfono de su bolsillo y notó que ya casi iba a ser medio día. Era raro, esta vez no los despertó. No escuchó ni un ruido —. Tuve que salir temprano y apenas voy viendo esto.

Tomó la nota, totalmente escrita por Ryuzaki y decía:

"Rinko-san, tengo una cita.

Pensaba avisarle en persona, pero veo que salió. Nanako-san y Echizen-san tampoco están en casa y los chicos están dormidos, así que me veo en la necesidad de dejarle esta nota. Iré al centro, cualquier cosa que necesite de allá, puede mandarme un mensaje a mi celular.

Prometo que iré con cuidado y no regresaré tarde.

Con amor, Sakuno."

— ¿Cuál es la preocupación? Aquí dice que fue al centro —dijo Ryoga mientras soltaba un bostezo y se rascaba el cuello.

— Hace unos días me comentó que hoy saldría y le dije que ustedes deberían acompañarla. Saben que me preocupa que salga sola. Y me respondió que les preguntaría. Claramente no les dijo nada — está bien, eso sí era raro. Al parecer esta era una cita donde debía y quería ir sola —. Dios, ¡¿qué tal si de verdad tiene una cita?! ¿Será el cartero?

— ¿Cuál cartero? — miró a su hermano, cuya voz sonó demasiado seria. Su ceño se unió. La sonrisa de su madre fue todo lo que necesitaba —. Voy al centro a buscarla.

Ryoga subió corriendo las escaleras. Y él se quedó solo con su madre.

— Lo del cartero es una broma, ¿sabes? — cerró ligeramente los ojos, intentando pensar con qué palabras su madre lograría que él fuera también detrás de Ryuzaki. Su hermano era simple, así que le iba a costar mucho más que esto moverlo a él —. Es en serio. El pequeño apenas va a cumplir 18 años, aunque técnicamente ya está en la edad de dar amor, dudo que sea el estilo de Sakuno.

— ¿Qué es lo que quieres decir, madre? — preguntó con frustración, si pensaba que iba a darle un show de celos como su hermano estaba muy equivocada. La expresión divertida de su madre murió y lo miró seriamente.

— Sakuno realmente nos ocultó todo acerca de su "cita" de hoy.

— Es una niña grande. No necesita darnos detalle de cada segundo de su vida. Creo que puede salir sola sin tener a dos hombres de chaperones, ¿no crees? — se iba a dar la media vuelta para regresar a su cuarto, cuando esa última frase resonó en él.

El estilo de Sakuno. Un pelirrojo, ese era el estilo de Sakuno.

Y esa conversación de la última vez.

"… sé que, si se lo pido, volvería a ser la mejor persona del mundo para mí".

No, no. Obviamente esto no tenía nada que ver con eso… ¿verdad? Maldición. Subió las escaleras y se encontró con su hermano, ya vestido. Puso su mano sobre su hombro y lo miró.

— Dame diez. Voy contigo — algo le decía que iba a lamentar haber ido. Probablemente era estúpido pensar que ese pelirrojo estaba involucrado y si así lo era, no tenía nada que ver con él. Es solo que algo le decía que no estaba bien, pero no lo diría en voz alta.

Jamás iba a dejarle saber que Ryoma Echizen estaba preocupado por Sakuno Ryuzaki. Nunca.

Sakuno miró a su alrededor, había demasiada gente, aunque era de esperarse. Fin de semana, en el corazón del centro. Y lo había hecho con toda la intención del mundo. Cuando Kintarou le respondió el correo dándole hora y lugar, había aceptado sin queja alguna, pero conforme las horas pasaron, algo le decía que debía tomar sus precauciones, así que ayer en la noche le cambió el lugar de la cita. Optó por un lugar donde hubiera gente… testigos, en caso de que algo llegara a suceder. Incluso se vio en la tentación de pedir ayuda a Ryoma o Ryoga, pero si… algo realmente sucediera, era mejor hundirse sola que llevarse a personas inocentes con ella.

Checó su reloj. Doce en punto. Pronto sería la hora del encuentro. Así que comenzó a repasar lo que quería decir. Era obvio. Kintarou querría formar parte de la vida de este bebé y ella… podría esforzarse en cooperar con eso, formar una familia. No era lo que quería, pero podría… vivir con ello. Aunque había muchos cabos sueltos. En primera estaba el viejo Kin. No aceptaría esto, así como así. Y estaba segura que cumpliría su amenaza de "no ser tan amable".

Por eso le contaría a Kintarou todo lo que pasó ese día con su padre. Después de eso, debían discutir las posibilidades de mantenerla fuera del registro. Podía vivir intentando ser familia, pero no podía atarse a todas las responsabilidades que ser parte de SK conllevarían.

Eso no lo aceptaría de ninguna manera.

Negó suavemente. Hoy simplemente tendrían una conversación, no debía ser tan negativa.

Restregó ambas manos por su cara. Odiaba su situación, detestaba la razón por la que todo esto estaba pasando. Un pequeño golpe en su estómago la hizo saltar, estos días había empezado a sentirlo. Y no estaba segura de que eso le gustara, pero tenía que aceptarlo. No tenía otra opción.

Su estomagó gruñó. Esto le pasaba por no almorzar, pero de verdad debía evitar a Rinko-san. Era claro que le iba a cuestionar a dónde y con quién, era demasiada mala mintiendo, así que con no verla antes de salir era suficiente. Miró a su alrededor, justamente enfrente había una linda cafetería. Picaría algo en lo que llegaba.

El tiempo pasó, demasiado lento para su gusto. Jugó con su popote antes de mirar el reloj una vez más. Era la una y quince. ¿En serio la había dejado plantada? También cabía la posibilidad de que se arrepintiera y al final de cuentas no quisiera tomar la responsabilidad. Cosa que, honestamente, simplificaba su vida en muchos sentidos. ¿Verdad?

Se llevó una mano a su pecho. No, por supuesto que no. Eso que sentía no era decepción. Estaba a punto de levantarse para pagar la cuenta e irse a casa, cuando dos hombres se metieron en su campo de visión, su primer instinto fue correr, pero se controló lo suficiente para notar que los dos gigantes en realidad eran dos tontos conocidos.

— ¿Qué hacen aquí? — les preguntó mientras los veía tomar asiento en su mesa —. Yo ya acabé de comer y estoy a punto de irme. Así que los veo más tarde.

— ¡Saku! ¡Venimos aquí solo por ti! ¿Y así es como nos tratas? — dijo Ryoga fingiendo un puchero mientras solicitaba la carta a la mesera. Ryoma solo levantó los hombros mientras veía que iba a ordenar para comer. Verlos tan despreocupados aquí, mientras ella casi se ahogaba en un vaso de agua, la molestó. Los miró con frustración al ver como la mesera les sonreía ampliamente mientras les tomaba la orden, el guiño que le dio Ryoma y la mirada lasciva de Ryoga a su amplio… trasero mientras la chica caminaba hacia la cocina, fue la cereza del pastel.

— ¿Y quién les dijo que vinieran? — se puso de pie y caminó. Hasta que una mano que la detuvo. Inesperadamente era Echizen, sus ojos la miraron expectantes —. Voy al baño.

Gruñó. Ambos hombres pusieron una expresión en blanco. Sabiamente, el menor de los Echizen soltó su muñeca lentamente. Continuó con su camino, tratando de subsidiar la erupción de enojo que amenazaba con explotar. Estúpidas hormonas.

Ryoma la vio alejarse, casi podía imaginarse el humo saliendo de sus orejas. Contuvo una risa, verla enojada era como ver a un chihuahua ladrar mientras intentaba jalar la orilla de su pantalón. Tan pronto la mesera trajo sus bebidas, tomó el vaso y le dio un buen trago. Ignoró el segundo intento de ligue de la chica, mientras ponía su hamburguesa sobre la mesa.

Miró hacia la calle, había apresurado a su hermano a llegar aquí. Habían buscado a la mujer por todo el centro, cuando recordó que esa fuente era su lugar favorito, porque tenía un juego de fuentes y luces de colores. A veces olvidaba que era una mujer, especialmente con el rugir de ahorita. Dio otro trago más. La habían buscado fervientemente, al no encontrarla, le preocupó el estar en lo correcto. Tal vez se había ido para siempre con él.

Cuando la encontraron en ese café, sentada y con su usual expresión en blanco. Un suspiro de alivio se le escapó. Algo muy estúpido considerando que todo era una simple suposición de su parte. Había echado su imaginación a volar por las razones incorrectas.

— ¿De qué te ríes? — preguntó Ryoga mientras mordía su hamburguesa —. Sakuno ya se tardó, ¿no?

Miró su reloj, quince minutos habían pasado. Considerando que se supone que era mujer y que estaba embarazada eso sonaba a un tiempo decente. Tomó el último trago. Esa cerveza estuvo genial, llamó a la mesera de nuevo para pedir otra. Se la merecía. Se la trajo rápidamente, la ventaja de gustarle a las mujeres. Ahora que lo pensaba, esta se la dedicaría al misterioso hombre. Gracias a que él no apareció es que podían estar aquí comiendo tranquilamente.

— Wow, ¿qué sucede ahí? — preguntó su hermano mientras se ponía de pie para ver mejor. Miró a la misma dirección, de nuevo la fuente. Solo que, esta vez, un grupo de hombres estaban peleando entre sí. Se veía tan intenso que juraba que era una secuencia de acción. Escaneó el área para ver si lograba descubrir donde se encontraban las cámaras, justo en el momento en que se acercó más a la ventana, la persona que menos deseaba ver en este momento cruzó su campo de visión. Ese pelirrojo, aun con su traje caro y su peinado hacia atrás, corría detrás de un grupo de hombres de negro. Estaba sudando increíblemente. De alguna manera conectaron miradas por un segundo, logrando que se detuviera abruptamente. Lo miró por largos segundos a través de la ventana, para después escanear el resto del local.

Entró bruscamente y corrió a su mesa.

— ¡¿Y Sakuno?! ¡¿Dónde está Sakuno?! — exclamó sujetándolo de los brazos. Abrió la boca para negar que estaban con ella, cuando el idiota de su hermano la llamó. Justamente venía caminando hacia ellos, pero la expresión que puso no le indicaba que fuera… alguien indeseado.

Su presencia era bienvenida, demasiado para su gusto.

Su cita sí era con este hombre.

Okey. Esa era una escena que jamás creyó presenciar. Kintarou había entrado por la puerta de la cafetería para después dirigirse a su mesa y empezar a sacudir por los hombros a Echizen de una manera muy brusca. ¿Qué demonios? Cuando volteó a verla, solo pudo sonreírle por inercia. De pronto no estaba lista para lidiar con él. Especialmente porque su enojo ya se había subsidiado y ahora solo quedaban los nervios y las ansias.

— Debemos irnos — la tomó bruscamente de la mano y la jaló, pero no iban hacia la puerta. Se adentraron más en el local, hasta entrar por la cocina y salir hacia un callejón. Justo cuando iban a emerger a una calle, sintió como la sujetaron de su otra mano libre —. Debes dejarnos ir, no tenemos tiempo para esto.

Habló de nuevo Kintarou, pero no la miraba a ella. Le habla a alguien sobre su hombro. Cuando regresó la mirada, pudo ver que era Ryoma y Ryoga, quienes le seguían el paso.

— ¿Quién eres? ¿Cómo puedo confiar en ti? Por lo que sé, puedes ser un idiota peligroso y obviamente no la dejaría en tus manos. ¿No lo crees? — respondió Ryoma con un tono bastante inusual y agresivo en él.

Kintarou lo miró irritado. Ahora que lo notaba estaba sudando demasiado, miró hacia abajo y había una mancha roja, que se abría camino sobre su camisa blanca — Sakuno, los hombres de mi padre están aquí. No podemos…

De pronto se desvaneció, cayó al suelo con un golpe seco a las rodillas mientras soltaba una maldición. Se llevó una mano al abdomen y su respiración se tornó más apresurada e irregular.

— ¡¿Qué demonios?! — preguntó Ryoga en un exclamo mientras se agachaba para revisarlo. Abrió su saco y movió la mano de Kin, dejando ver una herida sangrante. Sus manos temblaron mientras se arrodillaba y miraba mejor la situación. Su mano tomó la de él por inercia.

— ¿Q-qué sucede, Kintarou? ¿Qué es esto? — no pudo controlar su voz, se quebró en la última silaba. Rápidamente rompió una orilla de su vestido y la llevó a la herida. La apretó, intentando detener el sangrado. Kintarou soltó un quejido mientras se intentaba poner de pie —. Tenemos que llevarte a un hospital.

Miró a los hermanos Echizen con seriedad, ambos asintiendo, Ryoma menos convencido que Ryoga. Ambos hombres lo tomaron de un brazo, levantándolo por completo. Le tomó un par de segundos registrar la intención de llevarlo al hospital, con un respiro profundo comenzó a ponerse de pie por su cuenta y de un brusco jalón se soltó del agarre de Ryoma. Dio un paso hacia ella y la tomó del hombro, mirándola seriamente. Ryoga dio un paso también, aun sujetándolo del otro brazo.

— Yo no te envié ese correo, Sakuno. Ambos sabemos lo que eso significa. Debes huir de aquí y encontrar un lugar seguro — con otro movimiento se soltó de Ryoga y se enderezó por sí mismo —. No pienso dejar que nos separe, no otra vez. Te amo y haré todo lo posible por mantenerte a salvo.

Sus sentimientos se revolvieron, no estaba segura de cómo reaccionar a eso. De pronto, Ryoma aventó lejos la mano de Kintarou de ella.

— ¿De qué demonios hablan? No pueden seguir en su discusión secreta mientras dices que Ryuzaki está en peligro — exclamó con frustración el peliverde. Sakuno comprendía bien su actitud, esto había escalado de maneras que jamás pensó. Especialmente porque jamás se le ocurrió que ese hombre sería capaz de lastimar a su propio hijo.

Kintarou lo miró, sin decir una sola palabra. Su color había cambiado radicalmente, estaba seriamente lastimado. Su complexión no auguraba algo bueno.

— Es… es una larga historia, Echizen. — soltó Sakuno en un suspiro mientras una punzada atravesaba su abdomen, ligera y molesta, pero nada más —. Una que en realidad no te incube, ni a ti ni a Ryoga.

— Estás muy equivocada si crees que nos vamos quedar sentados y cruzados de brazos mientras alguien dice que te van a hacer daño, Saku — dijo Ryoga dando un paso hacia adelante. Soltó otro suspiro pesado.

Estaba a punto de mandarlos muy lejos, no quería herirlos. Por fin confirmaba que este señor era sumamente peligroso y no tenía reparo de a quién le hacía daño mientras cumpliera sus objetivos. Miró la calle, había más gente. Sería simple mezclarse con la gente y tomar el transporte público. Incluso un hombre como él sabría no meterse con las multitudes inocentes. Así podría alejarse de ellos y evitar que los hirieran, especialmente Kintarou. De pronto una manada de hombres de negro emergió por la puerta que habían salido hace unos minutos y el pánico la inundó.

— ¡Corran! — exclamó Kintarou tomándola de la mano y metiéndose entre la gente. Ryoga y Ryoma los siguieron de cerca. El flujo de gente era demasiado y tuvieron que meterse en un callejón oscuro para poder escapar. Se arrodillaron y solo vieron pasar la decena de pies en el mar de personas. Un suspiro de alivio salió de ella mientras apretaba más fuerte la mano de Kintarou.

— ¡Dios! ¿Vieron eso? Por un segundo me sentí Neo en Matrix. ¿Cuántas personas eran? ¿veinte? — susurró Ryoga mientras se limpia un par de gotas de sudor. Miró a su alrededor, era un callejón pequeño y sucio con una gran reja de metal al fondo. Había un par de botes de basura y unas cuantas cajas de cartón. Esa puerta probablemente daba a un restaurante, pero no podía ubicar bien cuál. En realidad, con la adrenalina, no estaba segura ni en qué calle se encontraba ya.

— Sakuno — la llamó seriamente Ryoma —. Es hora de que nos expliques que sucede. Esos hombres estaban en la fuente anteriormente, por lo que veo esto es algo realmente serio. ¿Qué demonios está pasando?

Le cuestionó duramente.

— No es el momento, ni el lugar — susurró Kintarou. Mientras analizaba su alrededor también —. Esto es mi culpa, así que después te responderé yo mismo todas las dudas que tengas. Lo único que necesitas saber es que, hay una camioneta dos calles abajo esperándome… Esperándonos.

Se corrigió Kintarou a sí mismo antes de soltar otro suspiro. Habían visto a los Echizen con ellos, ahora estaban involucrados y él debía protegerlos. Si algo les pasaba, Sakuno jamás se lo perdonaría.

Ryoma gruñó mientras que Ryoga solo la miró. Dios, debió haber huido de Kintarou esa vez en el estadio. O correr y asegurarle al anciano que nada iba a pasar, que no iba a regresar con su hijo, que ambos irían por caminos separados. De pronto entendió que todo esto fue gracias a ese correo. Donde escribió su última esperanza de hacer de su vida… lo correcto.

— Todo fue mi culpa. Todo por escribir ese estúpido correo — soltó en un lloriqueo. Las lágrimas amenazaban con salir y ella… no podía romperse, no en este momento. Tomó un respiro profundo, mientras contenía las lágrimas. Miró hacia la multitud de gente, aún se distinguían un par de hombres de negro.

— ¿Alguno de ellos no pertenecían de tu lado? — preguntó Ryoga mientras seguía escaneando la calle.

— Si, pero a este punto no sé quién es quién. El anciano hizo bien en unificarlos para confundirme. No pienso tomar la mano de alguien y que resulte ser de sus guardias — soltó Kin con dificultad. Su herida, ¿qué más podían hacer? A este paso estaría en verdadero peligro.

— No podemos quedarnos más tiempo aquí, es un callejón sin salida. Si nos encuentran, estamos atrapados — mencionó Ryoma. Eso era verdad, pero ¿cómo podrían escapar? Aun había demasiados hombres en la calle —. Lo mejor es separarnos. Yo llevo a Ryuzaki sobre la reja y ustedes bajan sobre la calle.

— Es mejor movernos juntos, tenemos más probabilidades de protegerla entre 3 hombres que solo tú, Echizen — habló Kin mirando seriamente a Echizen.

— Claro, porque en tu estado serás capaz de pelear como el hombre que eres — respondió sarcásticamente Ryoma. Podía notarlo, su paciencia se estaba agotando.

— Necesitan relajarse — los regañó Ryuzaki —. No es tiempo para pelear. Lo mejor será que me separe yo de ustedes, es a mí a quién quieren. Aún no sabemos que tiene planeado, estamos asumiendo cosas. Existe la posibilidad de que… no pase nada, en realidad.

— Por lo que tengo entendido, Saku. El señor padre apuñaló a su propio hijo, así que no podemos decir que sus intenciones son buenas — se sumó Ryoga al tono sarcástico —. Dejarte a su merced para que nosotros podamos escapar no es una opción. Nadie aquí aceptará eso.

El silencio reinó en el callejón. Nadie sabía que más decir, nadie tenía más buenas ideas. Ahora… ¿Qué iban a hacer? De verdad… ¿qué podían hacer?

De pronto vio como otro grupo de hombres venían hacia ellos. Y justo cuando iban a correr de vuelta hacia la calle, más hombres los rodearon. Los tres se pusieron de pie sobre ella, lista para protegerla, pero no los dejaría. Aprovechó que la ocultaron detrás de ellos y corrió hacia la reja. En segundos la escaló y saltó hacia el otro lado, miró hacia atrás y vio como los hombres de negro pasaban de largo a los chicos y saltaban la reja también. Gracias a Dios. Corrió lo más rápido que pudo, mezclándose entre la gente.

Logró entrar a una tienda de ropa y sentarse dentro de un probador. Tomó un par de respiros. Las punzadas comenzaron de nuevo, solo que, esta vez se estaban haciendo más agudas conforme pasaba el tiempo. Alguien tocó a su puerta y su estómago se apretó aún más.

— ¿Señorita, todo bien? — era la voz de una mujer. Un suspiro de alivio salió de ella, abrió la puerta lentamente, intentando estar preparada para todo, pero solo se encontró con una empleada con sonrisa amable. Aprovechó su situación, cambió su vestido de flores y tacones por un pantalón de mezclilla, sudadera y tenis. Al momento de pagar, dudó. ¿Qué debería hacer después de huir de aquí? ¿A dónde debería ir? ¿A quién podía recurrir sin ponerlo en peligro? — ¿Señorita?

Volvió a la realidad, pestañeando un par de veces y mirando, paranoicamente, a su alrededor. Soltó una pequeña disculpa y le tendió su tarjeta de crédito. Recibió las gracias por su compra y se dirigió a la salida. Observó un poco más la calle, el número de personas había aumentado y no veía ningún hombre de traje. Soltó un último respiro, se colocó la capucha y salió. Procuró caminar lo más normal posible. De pronto, dos hombres cruzaron su campo de visión. El pánico la inundó y un escalofrío corrió por su espalda. Continuó caminando y pasaron de largo, se tragó un suspiro de alivio. Intentó buscar discretamente a los hermanos Echizen y a Kintarou. Conociéndolos, si lograron escapar, debían estar buscándola. Aunque honestamente, le preocupaba el bienestar de Kin más que los Echizen, él estaba herido.

Continuó caminando por unos minutos, hasta que una mano la sujetó del cuello y la obligó a caminar hacia otro callejón sin fondo. ¿Realmente debía morir en un callejón? Cuando la liberó del cuello, su primer instinto fue pelear. Como pudo conectó un puñetazo a la cara de su atacante, para solo sentirse culpable segundos después.

— Buena derecha, Ryuzaki — soltó el menor de los Echizen mientras se sobaba la mejilla y movía su mandíbula. Iba a empezar a disculparse fervientemente cuando su mano se posó sobre su boca —. No tenemos tiempo para esto. Logramos evadir a los hombres salidos de Matrix gracias a tu escena de sacrificio. Ryoga llevó a tu novio a la camioneta y nos están esperando. Será más fácil movernos solo tu y yo.

Sacó su teléfono de su bolsillo, jugueteó con él un par de segundos para después mostrarle un mapa.

— Aquí estamos y debemos dirigirnos hacia allí. Se supone que la camioneta está al final de esa calle, nos subimos y arrancan. No sé lo que haremos después de eso, pero lo importante es salir de aquí. ¿Entiendes?

Asintió con energía. Por supuesto que sabía que lo primero era salir de aquí. Una vez más escaneó rápidamente la calle, la tomó de la mano y se prepararon para correr. Cuando sintió el pequeño jalón dio un paso con fuerza, solo para estrellarse en la espalda de este hombre.

— ¡Echizen! — exclamó mientras sobaba su nariz. Levantó la mirada y se encontró con esos orbes color ámbar, la miraban fijamente y algo dentro de su garganta se atoró —. ¿Echizen?

Se dio la media vuelta y se acercó hacia ella, la tomó por los hombros arremetiéndola con firmeza en la pared.

— Nunca… nunca lo vuelvas a hacer, Sakuno — le habló duramente sin siquiera pestañear —. Si algo te llega a pasar porque intentaste salvarnos, mi madre, tu abuela, mi padre, Nanako, Ryoga… especialmente yo… nunca me lo perdonaré. Así que jamás, jamás vuelvas a hacer eso. Eres lo más importante aquí, ¿de acuerdo?

Sakuno se quedó mirándolo con detenimiento, pues esas palabras movieron algo dentro de ella y no estaba segura si era su estómago queriendo protestar una vez más o si era algo más.

¿De acuerdo, Ryuzaki? — le preguntó con fuerza una vez más y ella asintió ligeramente, sorprendida ante este lado intensamente protector que veía en Ryoma por primera vez. Aunque bueno, a pesar de la naturaleza narcisista de este hombre, siempre había visto por su bienestar a su manera.

Tomó su mano y empezaron a caminar. El número de hombres de traje había disminuido, por alguna razón, entonces fue relativamente fácil el escabullirse hasta la calle correcta. Dieron la vuelta a la esquina para correr hacia donde debía estar la camioneta pero un grupo de hombres venía caminando en su dirección. Su primer instinto fue tomar a Ryoma del brazo y jalarlo hacia él.

Ryoma en un reflejo, levantó su brazo, evitando el impacto y accidentalmente atrapando a Ryuzaki debajo de él. La pequeña mujer bajó su capucha, dejando ver un par de largas trenzas y lo miró con esos grandes ojos.

— Bésame — le susurró mientras lo atraía hacia ella. Ryoma se sorprendió demasiado por el gesto, intentó retroceder, pero ella ya lo tenía en su lugar —. No es enserio, idiota. Acércate, pretende que me estás besando, la gente tiende a incomodarse con este tipo de gestos, así pasaremos desapercibidos.

Ryoma se acercó más, quedando a escasos centímetros de tocarse. Podía sentir su respiración sobre sus labios y sus mejillas tomaron un color rosado que se hacía más intenso a cada segundo, sin embargo, nunca bajó la mirada. Le daría puntos a esta mujer por su valentía y coraje. Cuando estuvieron libres para moverse, continuaron con su camino. Caminando lo más rápido, pero naturalmente posible hacia el final de la calle. Finalmente visualizaron una camioneta roja sobre la acera derecha.

El impulso de alivio ganó sobre ellos, corrieron hacia el vehículo, pero la realidad fue otra.

Al abrir la puerta se encontraron con Kintarou inconsciente en el asiento trasero. Sakuno entró, apresurándose a checar su estado. Estaba a punto de tocar su cuello en busca de pulso, cuando un grito la espantó.

— ¡Ryoga! — exclamó Ryoma mientras abría la puerta del copiloto y tomaba a su hermano en sus brazos, sacudiéndolo —. ¡Ryoga! ¡Despierta!

Se apresuró a checar los puntos vitales de Kintarou, un suspiro de alivio salió de ella al sentir su pulso. Se bajó del carro, hizo a Ryoma a un lado y revisó de igual manera a Ryoga. Una paz la llenó al instante al comprobar que también estaba vivo. Volteó a ver a Ryoma y decirle que todo estaría bien, pero su sonrisa nunca llegó a sus ojos, pues se encontraba inconsciente en los brazos de un hombre de traje. Intentó llegar a él, pelear para salvarlo, pero dos hombres más fueron suficientes para someterla. El hombre que tenía a Ryoma lo dejó caer al suelo y se acercó a ella peligrosamente. En un movimiento abrió su chamarra con ambas manos, arrancando el cierre de su lugar.

Tragó saliva y tomó un respiro profundo, probablemente el último de su vida pues sabía claramente que ella era su objetivo. Matarla sería la solución más fácil y sencilla. Lo miró a los ojos cuando levantó una mano, miraría a su ejecutor hasta el último segundo le haría saber que, aunque se moría de miedo, tendría el coraje de mirar a la muerte a los ojos.

De pronto, Sakuno soltó un grito ahogado, pues los dedos del hombre se clavaron dolorosamente en su costado derecho, justamente entre sus costillas y su panza. Esta vez fue un quejido gutural, el hombre repitió la acción en su costado izquierdo. Cuando su mano se retiró, notó otro dolor en ella, miró hacia abajo. Los hombres que la tenían sujetada habían clavado sus dedos corazón y anular en su cadera, justo al lado de los huesos de su pelvis. Esta vez el grito de dolor salió de ella duro y crudo. Las lágrimas se empezaron a acumular.

— Respira, casi hemos terminado — susurró el hombre enfrente de ella. Casi terminaban… a que… ¿a qué se refería? Levantó la mirada, intentando observar sus movimientos, pero sentía que su consciencia se estaba venciendo. Sacudió la cabeza y lo notó, había colocado sus dedos pulgares justo arriba y debajo de su ombligo. Se tensó y tomó otro respiro más, sabía… que iba a doler. Sus expectativas no la traicionaron, este fue peor que todo lo demás combinado, al punto en que sentía que iba a vomitar. Sentía como sus dedos entraban profundamente en su piel, casi al punto de perforarla. Después se movieron en sentidos opuestos, estirándola dolorosamente y volvieron a presionar. Ya no sabía siquiera, si estaba gritando o no. Finalmente la soltaron, dejándola caer al suelo. Sus rodillas chocaron con el pavimento, pero eso ya no lo podía sentir. Todo empezaba a oírse lejos, los pasos desaparecieron y el silencio reinó. Volteó a su izquierda y vio al menor de los Echizen, aun inconsciente, pero podía distinguir su pecho levantándose y bajando lentamente. Todos estaban bien, en lo que cabía. El alivio la llenó una vez más. Miró a la nada y sintió como algo tibio caía por sus labios. Se llevó una mano a la boca y sintió algo líquido. Levantó la mano y el rojo brilló.

Sangre.

Volvió a tocarse, encontrando que era su nariz la que sangraba. ¿Qué? De pronto un dolor recorrió todo su cuerpo, una y otra vez la punzada viajaba por todo su abdomen. No podía, no quería sentir más, así que simplemente se dejó llevar por la oscuridad.

Los y las amodoro.

¡Muchas gracias!

¡Nos vemos en el siguiente capítulo!

Con amor, Zhikizzme.