A|N: Yyyy oficialmente el capítulo más largo que escribo, casi doce hojitas y un poco más de 5,000 palabras 😅
SEXTO: La mercader del Este, Amrita y una propuesta.
Al exterminador se le había ocurrido la estupenda idea de salir de la posada justamente unos momentos antes del alba —para fastidio de Kirara y Rin.
El mismo se había levantado, aseado y cambiado en cuestión de minutos; dejando una calamidad a su paso. Ambas —intentando ignorar al hombre—, se acomodaron una vez más dentro del futón, cubriéndose totalmente para intentar conciliar un poco más de sueño.
Unos pocos minutos después, a ambas les habían arrebatado de un tirón la manta, a Rin por su parte, le habían arrojado un kimono y un juban limpio al rostro, acción que ocasionó que se levantara de golpe. Con sosiego se había alistado, peinado con los dedos y cambiado. Silenciosamente protestando de la necesidad de Kohaku de madrugar.
Con los párpados aún pesados, se había dispuesto a seguir a su amigo, entre la pequeña muchedumbre que empezaba a hacinarse en el lugar.
De modo a no volver a sentir desespero ante la cantidad de personas que cada vez se hacía mayor, ella se concentró en seguirlo. Ahora entendía el motivo por el cual habían salido temprano de la posada que se situaba al otro extremo de la capital. Si no conociera lo suficientemente a su amigo —y, se jactaba que lo hacía, claro— pensaría que el exterminador conocía algo...más bien, demasiado el lugar.
Un momento ¿No había mencionado algo de esto, de haber venido «un par de veces»? Huh.
Sumergida en sus pensamientos, se dejó guiar por él, frágilmente agarrándose de su haori para no perderlo. No sabía a dónde la estaba exactamente llevando, pero tenía una idea de a quién iban a ver.
Frente a ellos, se encontraban varias casas amontonadas, todas con doseles de colores sirviendo de techo para los puestos. Comida, pescado, artilugios y baratijas varias eran ubicados en las mesas para las ventas del día. Notó que Kohaku se había detenido, justo frente a una de las casas, la del medio —la única sin alguna mesa de exhibición al frente.
Aclarándose la garganta, y tomando la mano de Rin ambos ingresaron a la pequeña casa —o, local— por lo que la joven pudo descifrar al ingresar.
Kohaku tenía demasiada familiaridad con esto ¿Por qué le ocultaría algo así a ella?
Acaso, ¿no le había dicho que la quería volver a ver? En aquel entonces era como si en realidad no la había visto desde aquella ocasión en la aldea, en el casamiento de su prima. Sin embargo, mencionó que había venido al Este un par de ocasiones. ¿Por qué ocultar la relación con la joven Hisa?
Soltando la mano de su amigo en un jalón suspiró profundo con algo de molestia. En verdad estaba confundida.
Rin observó de nuevo al exterminador, arqueado una ceja y silenciosamente reprochando su actuar. Cuando abrió la boca para empezar los reclamos, una voz la interrumpió:
— ¡Buenos días, disculpe la demora!
La joven —Hisa—, ingresó al local de su familia desde la puerta trasera, anudando un delantal verde sobre su impecable kimono de color más claro. — ¡Ya estoy con ustedes, sean bienvenidos! —sonrió, al fin advirtiendo la presencia de ambos.
De un segundo a otro, la joven mercader había quedado casi pálida al verla, para apartar su mirada y dirigirse a Kohaku.
«En verdad ¿Qué está pasando?» se cuestionó Rin.
Hisa lentamente se acercó a él. Ignorando completamente la presencia de Rin.
—Hola, Hisa... Y-yo—saludó Kohaku, casi en un susurro. Y antes de poder completar la oración, la mujer se arrojó a sus brazos; murmurando palabras ilegibles para la más joven.
Kohaku le devolvió el abrazo aún más fuerte. Respondiendo a las palabras que su amiga jamás descifraría. Después de todo, era como si ambos estuviesen envueltos en su propio mundo, una dimensión en dónde sólo ellos dos existían; una conexión profunda que solo ellos podrían entender.
Ruborizada y apenada de estar observándolos, decidió dirigirse al otro lado del pequeño local. Se había quedado estática cual estatua en el medio de ambos. Sin embargo, sentía que si hacía un movimiento en falso rompería la burbuja de ambos enamorados.
¿Acaso eso era estar enamorado? Tal vez, ella realmente aún no comprendía de esas cosas.
Al primer paso que dio, el suelo viejo de madera húmeda crujió bajo sus sandalias.
Mortificada, Rin volteó de nuevo para verlos — ¡Lo siento, lo siento, lo siento!— se disculpó una y otra vez inclinándose un poco, de repente sintiéndose mucho más incómoda. Hisa rio y se apartó de su amigo, para acercase a ella.
— ¡Es un gusto verte de nuevo, Rin!—exclamó Hisa, situando toda su atención sobre ella —disculpa la grosería de mi parte—procedió algo avergonzada—, es que no los veía desde hace tanto tiempo—explicó, mordiéndose los labios y mirando al suelo.
Rin le sonrió. Podía comprender claramente la emoción de la mujer—No…no ¡está bien!— respondió, agitando sus manos frente a ella — ¡Tienes una tienda muy bonita, Hisa-san! —continuó, en verdad que no sabía qué tema de conversación sacar. Más que afirmaciones, tenía como mil preguntas para ambos.
Hisa sonrió ante el halago — ¡Muchas gracias! Hacemos nuestro mayor esfuerzo en mantenerla, han sido tiempos difíciles—mencionó sacudiendo su delantal.
Kohaku se acercó a ambas, tomando el hombro de Rin. Involuntariamente, la misma volteó frunciendo el entrecejo.
—Hisa, — procedió el exterminador, pasando de alto el gesto de su amiga—Rin y yo estamos de paso—explicó mirándola fijamente. Ante su mirada, Rin notó el pequeño rubor de parte de la mayor, por lo que no pudo evitar sonreír.
— ¿Oh?— dijo la mujer, con algo de tristeza —Entonces, ¿por cuánto se quedarán en el Este?
—En la capital, dos días —continuó Rin. Si es que encontraban algo más del Monte Musubi, agregó en sus pensamientos. Aún no contaban con un mapa o indicaciones certeras de dónde podrían encontrar tal lugar…Tal vez… —Hisa-san, ¿Conoces algo del Monte Musubi? —cuestionó con precaución.
Hisa quedó callada por unos segundos, mirándola atentamente. Rin se sintió apocada de repente ante la profunda mirada.
—Nunca había escuchado de ese lugar—decretó la mayor con una mueca —Sin embargo…—procedió— mi padre conoce a un hombre. Pero cobra por la información.
—¡Está bien! —Dijo emocionada Rin — ¿Dónde podemos verlo? —inquirió.
—Uhm, tendré que preguntarle a mi padre —explicó—este hombre suele venir a tomar sake con él y jugar shogi por horas. Un fastidio en verdad—dijo suspirando.
—Te agradeceríamos cualquier información—respondió Kohaku con una sonrisa.
Al momento de responder, un cliente había ingresado a la tienda. Detrás del mismo, otro con una máscara de Oni —un yōkai, sin dudas.
Ambos saludaron a Hisa con algo de familiaridad implícita— ¡Ya estoy con ustedes! —exclamó la mujer, tomando un frasco lleno de lagartijas disecadas —Bien, los tengo que dejar—dijo con una sonrisa a sus amigos —Ah, ¿quisieran salir a cenar? —Se detuvo, antes de dirigirse a sus clientes —si vienen al ocaso, podremos ir a comer a un lugar cerca—explicó murmurando —nada peligroso, descuiden—agregó con una sonrisa.
Kohaku asintió, aceptando la invitación silenciosamente.
La biblioteca sin duda era grande.
Por supuesto, no tan majestuosa como la del palacio del Oeste, o el suyo. Un montón de libros se apilaban cuidadosamente en grandes estanterías rústicas y con aquel estilo occidental que prevalecía en la decoración del Palacio del Este.
Libros en varios idiomas: chino, latín y varios más cuyos nombres no le interesaba recordar a la formal Señora del Oeste. Irasue agitó su elegante abanico distraídamente mientras se disponía a revisar los tomos en los estantes. Fingiendo buscar desinteresadamente algo que leer para aplacar su aburrimiento, pasó su abanico por el dorso de cada ejemplar.
Esta mañana temprano, luego de acompañar a su hijo hasta el gran salón del ala este del palacio con el objetivo de saludar a los demás lores por diplomacia, había liberado una vez más a Jaken, y pretendiendo estar distraída había llegado hasta este lugar.
No necesitaba que el pequeño kappa se entrometiese en sus asuntos. Ladeando, llegó hasta un ejemplar que había llamado su atención.
Amrita, se leía en la tapa del ajado libro.
Arqueando una ceja, tomó el pesado ejemplar cuidadosamente, guardando el libro disimuladamente entre su fino kimono sin ni siquiera preocuparse de que alguien la viera, o de esconder su aroma.
El clan de los Kirin nunca había sido famoso por su sentido del olfato, así mismo estaba segura que nadie sería lo completamente idiota en cuestionar acerca de su actuar. Los inciensos que atestaban el palacio contribuían inocentemente a su plan. Claramente aquello de poner inciensos tan fuertes para que a cualquier Inuyōkai le incomodara era obra de la princesa del palacio.
Zero, por primera vez había entrado a la reunión de lores esta mañana —muy a pesar de los demás—, distrayendo lo suficientemente a los sirvientes del establecimiento. Ayudando a que ninguno levantara sospechas sobre la formal Señora del Oeste.
Irasue agradeció su buena fortuna silenciosamente, saliendo de la biblioteca. Tener que lidiar o deshacerse de otros demonios ciertamente sería fastidio.
Llegando al ala en dónde la habían hospedado, tomó asiento en la pequeña terraza que daba con el jardín flotante del palacio. Vertiendo más del té que había traído de su propio hogar —negándose a tomar lo del Este—empezó a revisar el contenido de aquel libro.
—Amrita—farfulló, pasando sus delicadas manos sobre el dorso del libro. Había hecho su tarea antes de llegar al Palacio. No le había mencionado nada a Sesshomaru, pero había investigado exactamente todos los andares de los demás reyes. Lo básico, su hijo ya lo sabía: el lord del Norte Takeshi, andaba en sus andanzas de siempre; doce concubinas y una esposa oficial. Y, solamente los dioses sabiendo la cantidad de hijos reconocidos y bastardos bajo su manto. El Lord del Sur, Kimuramaru, había «desaparecido» por algún tiempo. Siendo Inuyōkai, y ella una de las líderes del clan, a sus informantes no le había costado averiguar que el Lord, de hecho, se encontraba retirado en otro palacio; dejando como regente al dócil de su hermano menor Shinobu.
Sin embargo, la corte del Este… el mes anterior, antes de ser informada que la reunión de cada trescientos siglos se realizaría, envió a sus informantes secretamente a cada corte; pero puso un especial cuidado al investigar sobre la última.
Zero, la princesa de los yōkai del Este se había posicionado como regente los últimos diez años; dejando atónitos a las demás regiones. No solo por el hecho de que, en efecto, se trataba de una mujer si no que; un rey como Kirinmaru no dejaría relegado el puesto porque sí. Ella conocía al formal rey, él y Toga había sido buenos amigos. La última vez que lo había visto habían sido unos doscientos veinte años atrás. El Este había sido el primero en solidarizarse ante la pérdida de Inu no Taisho. En aquel momento, a Irasue tal acto no le había importado tanto. Su mente estaba enfocada en su hijo y su eterna terquedad.
Sin embargo, con Zero a la cabeza y jactándose de ser la regente de la región, toda la paz entre las cuatro regiones corría peligro. En especial para ellos, cuyo rencor de Zero para la familia de Inu no Taisho era ampliamente conocida entre las cortes. Después de todo, la princesa del Este había causado un bochorno en la última cumbre.
Irasue rio un poco al recordar lo ridícula que Zero había quedado frente a todos.
«Mujeres que arden por amor… Patético» Pensó.
Buscando en el libro lo que su informante le había indicado, se dedicó a leer con cautela cada párrafo.
Unos minutos después, la misma esbozó una amplia sonrisa al encontrar lo que buscaba.
Una mariposa. Aquella capaz de controlar los sueños.
—Interesante—masculló Inukimi. Su informante resultó tener razón. La princesa del Este se encontraba en la búsqueda de la mariposa de los sueños.
Paradójicamente, su hermano mayor se encontraba en un letargo desde hacía una década.
Cerrando el libro y ocultándolo bajo las almohadas, vertió un poco más del dulce té de Jazmín, analizando cuidadosamente su siguiente movimiento. Debía hablar con su hijo una vez que la dichosa reunión culminara.
—Creí que lo resolverías tú mismo —masculló la joven, al mismo tiempo de acariciar al pequeño demonio que se encontraba en su regazo. Disimuladamente, cortó trozos del pescado que había pedido para cenar —, ella no dirá que no —le aseguró, esperando pacientemente a que el pequeño gato demonio comiera los trozos para luego cubrirla con una pequeña mantita que había traído con ella.
Kirara se encontraba cómoda en el regazo, no había ninguna necesidad de esconderla a los ojos del pequeño gentío que se encontraba en la posada.
En el día y medio, habían aprendido que la convivencia entre yōkais y humanos era hasta natural en el puerto del Este. A Rin, no le incomodaba. Los dioses sabían que ella había tenido su parte en convivir entre ambos mundos, sin embargo; Kohaku literalmente era un taijiya. Un exterminador de demonios— el arroz, pescado y platos de sopa que se encontraban en la mesa eran gracias a ese trabajo. Por tal motivo que no podía evitar estar un poco más alerta de lo normal.
Los tres se encontraban esperando a Hisa, la habían alcanzado al ocaso; así como ella había indicado. No obstante, la mercader se había disculpado alegando que tardaría un poco más en reunirse con sus amigos. Les había dado las indicaciones de la pequeña posada en dónde se encontraría con ellos, recomendando probar su sopa del día. Una hora más tarde, y sin Hisa en la mira, el exterminador se encontraba ansioso. Sobre todo, porque el exterminador le había indicado de sus intenciones con Hisa esa mañana.
«Le propondré matrimonio» había dicho casi en un susurro. Rin había parado abruptamente ante la confesión, por poco tropezando y atragantándose con el pastel de arroz que habían comprado dos puestos atrás.
Kohaku estaba decidido. Y, no había dejado que su amiga respondiera, ya que luego simplemente declaró con una sonrisa:
« ¡Está bien! Lo tengo todo resuelto y planeado.»
Ni una sola palabra más se había dicho. Ella simplemente le devolvió la sonrisa, silenciosamente vitoreando en su interior. Estaba segura que si hacía hincapié al asunto, él no se animaría a dar el siguiente paso.
La joven hizo espacio sobre la mesa, desplazando los palillos y platos hacia el exterminador. De su pequeño bolso de tela, sacó su diario con una sonrisa. Estaba ansiosa de poder llenarlo con nueva información. Por desgracia no había nada nuevo con qué.
La peli castaña suspiró al abrir e inspeccionar sus notas. Creía que al venir aquí finalmente tendría un indicio. Algo con lo que fijar un norte hacia su objetivo. Pero, luego de un día y medio estaban aquí: comiendo arroz y pescado. Con uno de ellos con los nervios de punta, y ella más impaciente de lo normal.
—Rin, ahí viene—dijo su amigo, agitando una de sus mangas para llamar su atención.
Levantando la vista de su diario, con una mueca cerró el libro para luego voltear con cuidado de no molestar a Kirara.
Y ahí estaba: Hisa, eficazmente entablando conversación con uno de los hombres que los había recibido más temprano. Cautivante y encantadora. Tal como una vendedora nata. No en vano tenía enamorado a Kohaku.
Volteando a su amigo, la misma le ofreció una pícara sonrisa.
—¡Buenas Noches! —saludó Hisa, al llegar a su mesa. Kohaku se levantó de golpe para recibirla, casi llevando consigo lo poco de sopa que quedaba.
Rin arrugó su nariz divertidamente ante la torpeza. —Buenas noches, Señorita Hisa —devolvió el saludo.
—Hola Hisa—saludó el exterminador, dándole paso a la joven para que los acompañase.
Hisa se encontraba en verdad deslumbrante. Se notaba que había puesto el mejor esmero en su apariencia: vestía un kimono azul claro, con un estampado de flores rosas; acompañadas con un obi mucho más claro y pequeños detalles en plateado. Su cabello, a diferencia de esta mañana, se encontraba cuidadosamente trenzado sujeto delicadamente con un listón rosa tan largo que llegaba hasta el obi. Sobre ella, un impecable haori rosa la abrigaba. Y ¿era eso maquillaje? Sus párpados se encontraban tenuemente pintados con un rosa claro, haciendo que sus ojos avellanas resalten combinando con el color de sus labios.
De repente, la sensación de estar incómoda había vuelto. Ser el mal tercio sí que era inoportuno.
— ¿Y pudieron recorrer más? —la escuchó preguntar.
—Sí. Rin me arrastró a tres tiendas —explicó su amigo, con una sonrisa tonta.
—¡Solo fue una! —se excusó rápidamente.
—Fueron tres. Una estaba llena de telas, la segunda de accesorios que jamás usas y la tercera de tabis. Nunca te vi usar más que un solo par de tabis en tu vida.
— ¡Oh! Pero en la de tabis fuiste tú quien se compró un par — devolvió, mostrando infantilmente la lengua.
Hisa resopló burlonamente ante esto —Ustedes sí que se llevan bien —notó.
Rin la miró pestañeando, Hisa soltó otro respingo ante la reacción de la más joven.
—No te preocupes —dijo, tomando un sorbo del té que se había servido—. Sé que ustedes dos son bastante unidos—explicó tranquilamente para luego dirigirle un guiño a la pelicastaña.
—Hmm. —afirmó Kohaku, cruzándose de brazos y asintiendo devolviéndole la misma sonrisa pícara de más temprano —.Aparte, a Rin le gusta alguien más.
La más joven de los tres palideció ante el atrevido comentario, pero no respondió. Simplemente se encogió de hombros con indiferencia, tomando su taza de té. Hisa sonrió ampliamente de nuevo, y con una mano llamó a un hombre que trabaja en la posada. Pidió carne frita y la famosa sopa del día.
La tarde-noche pasó de manera casi fugaz. Varios platos de comida más pasaron por la mesa en ocasiones distintas. Rieron ante las ocurrencias de la mayor, Hisa era bastante divertida y altamente extrovertida—por lo que Rin pudo notar. Era una faceta distinta —más relajada—de la que había visto en la boda de su prima. Un par de veces llamó al dueño del establecimiento, tirando un par de mons sobre la mesa; y en menos de un minuto un tukkuri lleno de sake había aparecido en su lugar.
Ella no tomaba. Solamente en ocasiones bastante especiales, siendo la última vez en el aniversario de nacimiento de Kagome; una festividad que la miko insistía en celebrar.
—Bien—anunció Hisa, sirviendo a los tres un poco de la bebida — ¡brindemos! —exclamó, entregando a cada uno el sakazuki de cerámica.
Los tres brindaron con entusiasmo y bebieron. Kohaku e Hisa vaciaron el cuenco en una sola pasada; ella sin embargo solamente tomó un sorbo y disimuladamente lo dejó sobre la mesa.
El ambiente era relajado. Era como si solo ellos tres estuvieran en la posada, la mercader hacía todo lo posible para que Rin se sintiese cómoda, gesto que agradecía. Pero no era como si la menor ignoraba esas miradas cómplices, muecas y gestos que de tanto en tanto los enamorados se dedicaban. De repente, pasaban de estar entablando una conversación sobre el puerto entre los tres, y en pocos segundos; Hisa hacía un gesto, una pequeña mueca para que Kohaku supiese qué hacer. Un pequeño gesto para poder ofrecerle su haori y que no pasara frío, un movimiento de manos para que él le sirviera más sake, un pequeño pestañeo para que ella se apoyara en su hombro mientras seguía concentrada en la conversación. No había palabras, eran gestos. Como si un hilo invisible los conectara.
Eso debía ser lo que era estar enamorado. Profundamente enamorado: cuidar del uno al otro, entenderse con pequeños detalles.
Rin no sabía si era la bebida, y ante las dudas alejó más el recipiente frente suyo que aún no había terminado. Se preguntó, se cuestionó —ingenuamente, si es que ella realmente podría llegar a sentir ese tipo de sentimiento. Aclaró su garganta, cerrando los ojos rápidamente para disipar el sentimiento. ¿Qué le pasaba?, ¿acaso no había resuelto ya lo que su corazón dictaba?
Cambiando de opinión, tomó el cuenco y tomó lo que restaba de bebida. Se aclaró la garganta ante la amarga sensación del licor.
Había perdido el hilo de la conversación. Al observar al frente se encontró con la imagen de Hisa y Kohaku riendo de sinsentidos para ella, apoyados uno contra otro. Hisa recostada sobre su hombro, mirándolo fijamente. Tan acaramelados como aquella vez en la aldea. Había vuelto a ser el mal tercio. Acarició a Kirara suavemente quien ronroneaba en su regazo, durmiendo plácidamente. Mirándolos por un segundo más, los sentimientos de celos llegaron a ella. No celos de sus amigos, celos de eso. Sea lo que sea eso; lo quería, quería estar tan conectada a alguien. Se ruborizó ante la acción.
Aprovechó que ambos se encontraban distraídos, se levantó para salir de la posada. Necesitaba aire.
Abrazó más al gato demonio a su pecho, cuidando de que no la aceche el frío. Suspiró al salir del lugar, aliviada.
No tenía tiempo para pensar sobre esas cosas. Aún no. Tenía que enfocarse en su objetivo. No había tiempo para demonios y enamoramientos, propuestas o matrimonio. Se le erizó la piel al pensar en eso.
Suspiró de vuelta, para luego hacer una mueca. La capital del Este sí que era tranquila. Pocas personas se encontraban afuera, caminando o terminando sus quehaceres de la jornada. Unos minutos después, sintió una tibia mano sobre su hombro, causando que se asustara un poco.
Hisa rió ante el susto de la menor. Kohaku le entregó su bolso que había olvidado en la posada. Hisa tomó su brazo derecho y lo entrelazo con el de ella y, los tres se dispusieron a ir hacia el puerto.
— ¡Casi lo olvido!—anunció Hisa de repente —Rin… Mi padre planea en encontrarse con su amigo mañana. Tomarán sake y ugh será un fastidio, pero aprovecharé y le consultaré sobre lo que-uhm… hablamos esta mañana—lo último lo dijo susurrando, como si se tratase de un secreto.
—Muchas gracias, Señorita Hisa —le agradeció la menor.
—Mañana tenemos muchas cosas que hacer. Tenemos que comprar algunas cosas e ir a investigar un poco más —agregó su amigo, quien las seguía.
—Sé a quién más preguntar —agregó la mercader—, los ayudaré en todo lo que pueda averiguar —determinó con entusiasmo.
Caminaron —bueno, más bien Rin fue arrastrada por unas cuadras más, o dando brincos y canturreando junto a Hisa—por unas cuadras más hasta llegar a una esquina, y al dar vuelta se encontró con la persona —demonio—a quien menos deseaba encontrar.
Se detuvo de golpe, tragó saliva. Hisa intentó estirarla hacia adelante para continuar. Sin embargo, no logró mover un músculo. La reacción del demonio fue la misma.
Kohaku se adelantó a ambas, quedando casi de la misma manera.
—¡Rin! —el quejido no se hizo esperar.
Rin cerró los ojos fuertemente, deseando que la tierra la tragara a lo más profundo.
Kohaku se aclaró la garganta, para saludar:
—¡Señor Jaken! ¿Qué hace por aquí?
Rin no abrió los ojos. Los cerró más de ser posible.
—Kohaku. Tú y esta niña tonta metiéndose en mis nervios desde chamacos ¡Ay, me van a dar un infarto!
Hisa se quedó mirando la escena atentamente — ¡Rin, abre tus ojos! No te harás invisible — reclamó el Kappa de nuevo.
Rayos, pensó Rin. Abriendo lentamente sus ojos. Intentó hablar pero Kohaku la interrumpió:
—Hace tanto que no lo veo, Maestro Jaken —continuó—Oh. Ella es Hisa—explicó el exterminador —m-mi… ¿amiga?
—¿Eh? ¿a-amiga? —escuchó a la mayor reprochar escandalosamente, todavía sin abrir los ojos.
—Rin, ven conmigo —lo ignoró Jaken. Tomando la manga de la pelicastaña con fuerza, apartando a la misma del grupo.
—Yyyy entonces ¿quién es el pequeño Kappa? —preguntó curiosa la mercader.
Kohaku suspiró, había tantas cosas que ella aún no sabía —Él es… uhm, como el padre de Rin—explicó, tomando la mano de Hisa y arrastrándola al suelo para sentarse y esperar a su amiga.
Hisa se quedó observando distraídamente a la joven y al Kappa —Oh.
—¿Qué hace aquí, Señor Jaken? —cuestionó la joven, estirando la manga de su kimono e intentando no soltar a Kirara.
El pequeño demonio la miró escandalizado — ¡Qué! ¿Cómo te atreves? Soy yo quien debe preguntar —, dijo agitando su báculo escandalosamente de un lado a otro —Acaso, ¡¿es-es eso alcohol lo que huelo?!—prosiguió, gritando todavía más fuerte.
Rin se tapó el oído de un lado con un hombro, haciendo un mohín.
—Solo bebí unos sorbos —explicó.
—…Eres una niña rebelde. Quedarte en esa aldea causó esto. Lo sabía, le dije al Amito que no te dejara allí. Bajo mi tutela hubieses sido más obediente...—siguió, ignorándola.
«Aish, en verdad que no iba a callar»
Rin suspiró, rodando los ojos. Últimamente se encontraba a sí misma cada vez haciendo más y más aquel gesto ante los reclamos de su guardián. Tratando de cambiar el tema, rápidamente lo interrogó una vez más: — ¿Y usted qué hace aquí, Señor Jaken?
Funcionó, porque el pequeño demonio guardó silencio, causando que Kirara ronroneara de nuevo.
—No te concierne —musitó, con la voz más fría que jamás había escuchado de su parte.
¿Acaso estaba intentando imitar a su señor? Huh. —Está bien —afirmó Rin, cerrando los ojos y dando vuelta para volver junto a Kohaku.
— ¡No me respondiste! Deberías estar en la aldea de Kaede. No aquí.
Rin volteó —Uh, sí. Pero verá… —empezó, ladeando la cabeza —es un secreto. No sé si deba decirle…
— ¡Dímelo! —reprochó, agitando su báculo.
— ¿Ve a aquella joven? Kohaku le va a proponer matrimonio.
— ¿El niño pecoso se va a casar? —cuestionó su guardián, abriendo sus grandes ojos amarillos con sorpresa.
—Ya no es un niño —repuso Rin asintiendo.
Se dio cuenta que su guardián se quedó mirando a los lejos a Kohaku con sus ojos saltones. —Yo solo veo un niño pecoso —decretó, devolviendo su atención a la joven. — Qué extraños son los humanos.
¡Y, qué extraños en verdad eran! Parecía haber pasado apenas unos meses desde aquella ocasión en donde aquel joven subió sobre Ah-Un para adentrarse—peligrosamente—a esa araña en el cielo. Observó a Rin detenidamente. Cada vez se le hacía más difícil aceptar que ella ya había dejado de ser aquella niña quien lo sacaba de sus cabales para hacer cuantas travesuras u obligarlo a jugar trabalenguas, en verdad; la miko tenía razón: tanto como Rin, Kohaku también era un adulto. Seguían metiéndose en problemas, pero ambos seguían su propio camino.
—Es por eso que estoy aquí —continuó la joven encogiéndose de hombros. En verdad odiaba mentirle a Jaken, pero sabía de las consecuencias que vendría si es que le decía la verdadera razón. Y, honestamente…no se encontraba lista para las reprimendas que seguramente vendrían de parte del demonio. Claro, que si se lo pensaba detenidamente; no era una mentira. Kohaku sí le propondría matrimonio a Hisa, y luego irían a buscar el Monte Musubi, dondequiera que se encuentre.
Jaken la observó entrecerrando los ojos. Está bien. Le daría el beneficio de la duda.
— ¿Y tú qué tienes que ver en esto?
— ¡Necesita mi ayuda, Señor Jaken!
—Está bien. No entiendo el por qué necesitaría de tu ayuda, pero omitiré esto.
— ¿Entonces…? — empezó Rin, fingiendo mirar a otro lado distraídamente.
— ¿Entonces, qué? Habla chamaca.
— ¿Qué hace aquí? — repitió.
—Me mandaron por comida y té.
Rin abrió los ojos ante esto, para luego hacer una mueca de duda.
Sesshomaru no comía, podía contar los dedos de una sola mano las veces que, de hecho; lo había visto comer alguna fruta. Una vez intentó comer pescado, unos pocos meses después de haberla conocido, para que la niña en ese entonces dejará de insistir tanto—, pero; recordaba claramente como había comido un solo bocado para luego disimuladamente dejarlo olvidado a un costado.
—No es para él —dijo el demonio. Adivinando fácilmente lo que pasaba por la mente de la joven.
—Lo sé. Es para usted, ¿verdad? — replicó Rin con una sonrisa.
—No es para mí. Si deseas saber, estoy en una estricta dieta…
Rin rio, tapándose los labios para disimularlo— Está bien, Señor Jaken— dijo, volteando de nuevo para regresar con los demás.
Al regresar sus amigos se levantaron. Kohaku los observó —Señor Jaken. Si quiere podemos esperar a que termine para acompañarlo — le ofreció amablemente. Hisa lo observó. ¿Qué acaso él no era un exterminador?
Jaken negó con la cabeza —Estaré bien. Terminaré rápido. No me quiero quedar en este horrible lugar ni un minuto más.
Hisa se mordió la lengua ante el comentario. La más joven se dio cuenta de la expresión de la mayor, por lo que empujó al pequeño demonio con una pierna.
—Ah—respondió Kohaku, frotándose el cuello nerviosamente— ¿Y, en dónde se hospeda?
—Obviamente en el Palacio del Este. Nada menor para mi Amo Bonito.
Kohaku asintió con una sonrisa — ¡Claro! Por favor, envíele mis saludos al Señor Sesshomaru.
« ¿Palacio del Este? ¿Hablaban de señores feudales?» Pensó Hisa.
— ¡Oh! Es la reunión que me había comentado —dijo Rin, emocionada.
—Sí. Es en verdad terrible, me causa una jaqueca horrible —respondió el kappa, casi al borde de las lágrimas.
— No llore, Señor Jaken —respondió Rin con una voz pequeña y con unas palmaditas en la cabeza de su guardián.
— Soy el Gran Jaken. Estaré bien —afirmó —Bien, me voy.
—Si quiere, y está libre podemos almorzar mañana —ofreció Kohaku.
No, no, no se te ocurra imploro Rin en su mente. Si su guardián estaba con ellos, ella no sería capaz de investigar sobre la mariposa. Se aclaró la garganta e interrumpió: — Aja, seguramente el Señor Jaken tiene mucho que ayudar a nuestro Señor, Kohaku.
—La chamaca tiene razón. Pero estaré libre para cenar —respondió.
Rayos.
—Bien, entonces nos veremos mañana, Maestro Jaken.
—Rin, aún tengo pendiente una conversación contigo —advirtió el kappa causando que la más joven rodara los ojos—, no te metas en problemas. Y abrígate más —dijo volteando en dirección a la posada—Kohaku, suerte con eso de proponerle matrimonio a la joven de tu lado.
Los tres se quedaron helados, en especial Kohaku. El sake de más temprano los había abandonado.
Y, desde lejos se escuchó a la mujer gritar:
—¡¿M-matrimonio?!
Rin suspiró. Aún faltaban varios días en el Este.
A|N: ¡Hola! No tengo excusas por haber estado tan desaparecida, más que simplemente justificar que la inspiración se fue por un ratito 😅 Hace unos días, con pupilas dilatadas en el medio de mi consulta oftalmológica anual, me llegó la inspiración. Ya tengo los próximos cuatro capítulos listos y en cola para edición. Mi plan original era que este ff sea cortito, pero como va… creo que superará los 25 capítulos. Ahora entramos al arco del Este de llenito. Dentro de muy poquito empezará la aventura de Rin y la dichosa mariposa también, Hisa ya es parte de la historia. Es la primera OC que creo en años 😅
Espero lo disfruten y bendecida semana✨😊
