Nunca antes me había enamorado...
Las palabras se escaparon de entre los labios de Draco como un suspiro.
Un suspiro de alivio.
Recorrió con su mirada la tez fina de Hermione, que le miraba con los labios entreabiertos.
Durante una milésima de segundo, Draco dejó de respirar, sorprendido por haberlo dicho en voz alta finalmente. Habría tenido miedo, pero antes de que pudiera reaccionar, sus pensamientos se nublaron por la enorme sonrisa que se dibujaba en la cara más bonita que había visto nunca.
Hermione recorrió los centímetros que les separaban con los ojos empañados, y antes de que pudieran romper el silencio, recorrió la cara del chico con sus dedos, acariciando sus mejillas acercándose hacia ella, y le besó de nuevo con suavidad, pero con tanto cariño que el corazón del chico se derritió de nuevo.
Su suspiro había sido más bien una bocanada después de una larga apnea. Y no recordaba cuánto tiempo llevaba aguantando la respiración.
Draco deslizó las manos por la cintura de la chica, acercándose más a su pecho, y entreabrió sus labios carnosos con la lengua, mientras el fuego de la leona le recorría por dentro. Ella le agarraba fuerte, pero con una delicadeza conmovedora, su respiración se agitaba y pronto comenzó a reír. Él la miró sin separarse demasiado, sonriendo.
- Yo también te quiero- respondió.
Y se acabó.
Draco había perdido definitivamente la cordura.
Una sensación de plenitud le llenó el pecho y sintió ganas de reír, de llorar, de gritar. Se rieron juntos todavía abrazados, y él volvió a besarla. No deseaba hacer otra cosa.
La tomó en volandas, sin dejar de besarla. Solo le dejaba respirar cuando ella necesitaba reírse, y la llevó suavemente hacia el sofá más cercano. La tumbó con suavidad y se recostó junto a ella sin dejar de besar sus labios, sus mejillas, su frente.
Los ojos de la chica brillaban de felicidad.
La contempló con cariño mientras acariciaba su pelo suave, ese pelo enmarañado y castaño que llevaba meses buscando en cada rincón de la escuela. Ella recorría su rostro sonriente con las yemas de los dedos.
- ¿Sabes? Me encanta que seas tan valiente, inteligente, ambicioso y cariñoso, pero además eres tremendamente bello.
Draco dejó escapar una risa socarrona. Valiente. Inteligente. Ambicioso. Llevaba años haciéndole la vida imposible, y ella aún tenía buenas palabras después de todo.
- No soy ninguna de esas cosas. Bueno, puede que guapo sí.- dijo mientras besaba la mano de la chica.
Ella se rió con complicidad, sin dejar de acariciarle.
- Créeme, se me da bien leer entre líneas a las personas. Y he tenido años para pensar en ti
- Así que ¿Pensabas en mí, eh? - rió triunfante
- Bueno, no de esa manera - gruñó sonriente, y le mordió suavemente la mano mientras él esbozaba una mueca fingida de dolor
- Vaya Granger, parece que alguien ha desarrollado síndrome de Estocolmo - murmuró.
- Más bien alguien está siendo más valiente que de costumbre, y está soltando la coraza por fin.
Draco volvió a besar a Hermione con suavidad, apoyando su frente en la de la chica, y sintiendo su respiración. Gracias a Merlin, era la bruja más maravillosa de su época
- Sé que ha sido muy difícil crecer así, tener que proteger a tu familia. - continuó - Sé cuánto te duele. Y sé lo valiente que eres para enfrentarte a ello, y protegerlos de verdad. Lo sé. Y yo estoy contigo.
Unas lágrimas tímidas comenzaron a deslizarse por el rostro del chico, y ella las besó con cariño.
- Háblame de Sirius - murmuró
Hermione lo miró sorprendida. Recordó aquella conversación en los pasillos en sus rondas de prefectos. Sirius era primo de su madre, Narcissa, un black desheredado por traición a la sangre, y recordó cómo Draco reconoció no saber mucho de él.
El chico se tumbó en el sofá a su lado y ella comenzó a narrarle cómo le conocieron la noche de la Casa de los Gritos y cómo descubrieron la verdad de su pasado. Las noches en Grimmauld Place y el cariño que le dedicaba a Harry. Hablaron de la orden del fénix, de sus ideales. De justicia.
El rubio la escuchaba con atención mientras la acariciaba.
En cada anécdota de las noches en la Madriguera, reconocía un poder más fuerte que cualquier supremacía, el amor. Un poder repartido en cada una de las personas valientes que componía a aquellos que había reconocido siempre como traidores a la sangre.
Sirius pertenecía a una familia como la suya. Una de las sagradas veintiocho familias de sangre pura. Sin embargo, discrepaba sobre la pureza de la sangre, y eso le había llevado mucha soledad, pero también a encontrar una familia de magos capaces de proezas brillantes para toda la sociedad mágica.
Draco recorría cada palabra de la chica con la mirada perdida en los ojos miel de la chica, que miraba el techo de la Sala de los Menesteres mientras recordaba pequeños detalles del padrino de Harry.
- Quiero hablar con Dumbledore - susurró él finalmente
La chica se calló sorprendida, y le miró sonriente, ocultando su sorpresa y su alegría, pues reconocía en los ojos vidriosos del chico el miedo que suponía ese paso.
- Voy a estar a tu lado.
El chico contuvo las lágrimas y volvió a besarla suavemente.
- Tengo miedo. Él querrá matarnos, Hermione.
- No podrá hacerlo, no podrá, Draco.
La abrazó y ella notó cómo temblaba entre sus brazos.
Joder, ¿Cómo podía un chico de dieciséis años soportar esa carga? Lord Voldemort era la maldad pura en cada una de sus decisiones. Tenían que protegerles. Dumbledore, la orden del fénix, todos. Pero no iba a ser fácil, y sabía quién era la primera frontera para conseguirlo.
Harry Potter.
Las horas avanzaron sin pedir permiso, y los últimos rayos de luz abandonaron la sala de los Menesteres, que quedó alumbrada por la ténue luz de algunas velas, que la Sala les regaló, a aquellos polizones que disfrutaban de una suspensión efimera de la realidad.
Draco y Hermione se besaban lentamente abrazados en aquel sofá, susurrando y riendo tí leona sabía que la decisión de Draco era peligrosa, y que probablemente peligraba si no la llevaban a cabo aquella misma noche.
Así que cuando llegó la hora de cenar, hundió su cabeza en el fornido pecho del chico, mientras pensaba cómo tratar el tema con sus amigos.
Sabía que iba a ser un infierno, lo mucho que se iban a enfadar. Podía predecir sus reacciones, y seguramente Dumbledore sería el único capaz de mediar en aquella situación.
Pero habían vidas en juego.
Y a juzgar por los últimos eventos, la de Draco, la que ella más valoraba, estaba en peligro.
Era importante que comprendieran que detrás de esa máscara de odio, no había más que un chico criado entre violencia, al que le quedaba mucho por aprender sobre el amor y todo por vivir.
Draco, en cambio, no quería pensar.
Deslizaba los dedos de una mano por el sedoso pelo de la leona y con la otra acariciaba su espalda por debajo de la camisa del uniforme. Su piel era aterciopelada, y se erizaba cuando la recorría con sus manos frías.
Hermione era lo poco de felicidad que le quedaba en ese momento. El poco amor que conocía más allá de lo incondicional de su madre y la sobreprotección de su padre.
Una pequeña luz en medio de una oscuridad tan densa, que le ahogaba como respirar momento de la verdad se acercaba, el armario estaba funcionando, y si no hablaba con Dumbledore, pronto pesaría sobre él un peso más grande que el de una amenaza de muerte. Un crimen que marcaría para siempre su posibilidad de conocer alguna luz más allá de aquella penumbra. Una vida condenada.
Cuando la medianoche resonó entre los muros del castillo, en sus pasillos vacíos de un alumnado somnoliento, Hermione tomó con fuerza a Draco y le besó con una gran sonrisa.
- Valiente... - dijo tomándole la mano mientras se sentaba en el sofá
- Inteligente - contestó él incorporándose, recordando las palabras de la castaña - y ¿Bello, decías? - prosiguió tratando de ocultar el pánico que sentía.
La piedra fría del despacho de Dumbledore se irguió ante ellos antes de que Draco pudiera recular en el camino. El chico titubeó al ver los escalones, pero Hermione subió al primero de ellos y le tendió la mano con una sonrisa. Ambos respiraron y rieron nerviosos, subieron las escaleras y se pararon frente a la puerta del despacho del director.
- Bueno, seguramente seguir siendo un mortífago no sea tan malo después de todo… - susurró Draco mientras fingía dar un paso atrás.
La chica le sonrió, y le besó con cariño sin soltar su mano.
La leona llamó a la puerta mientras al serpiente se le volvía a cortar la respiración. No había vuelta atrás. La puerta se abrió suavemente.
Hermione dejó que Draco pasara primero.
La estancia era más agradable que cuando Umbridge había estado allí.
Las estridencias se habían disuelto, y el su lugar una serenidad solemne invadía la sala como una brisa fresca de la playa.
- Señorita Granger, señor Malfoy ¿A qué debo este honor?
La voz de Dumbledore, aunque calmada, estremeció a Draco que lo encontró en su escritorio, sentado cómodamente en su sillón. Trató de romper el silencio pero ningun sonido emergía de su garganta. Hermione notó que estaba petrificado y le tomó más fuerte de la mano.
- Profesor Dumbledore, Buenas noches. - saludó la leona con voz dulce.
El chico la miró. Allí estaba ella, acompañándole en el momento más duro de su vida. Con el hilo de la vida de su madre y su padre entre sus manos, que ella no soltaba. Ella, que le había devuelto una mirada valiente a cada ofensa, que le había demostrado que la grandiosidad no proviene de la sangre, ni del linaje, siendo una bruja excepcional incluso aunque trataran de negarle el derecho. Esa pequeña maraña de pelo insufrible, preciosa, con la sonrisa más bonita que había visto nunca. Ella, rompiendo el silencio por él.
- Profesor, necesito su ayuda - admitió sintiendo que la valentía de la leona le inundaba. Ahora el valiente sería él, por ella.
El director sonrió y le invitó a sentarse en la silla de su escritorio.
El chico se giró y tomó a Hermione de las dos manos, y le dio un beso en la frente agradeciendo que le hubiera acompañado hasta ahí.
- Preferiría que Hermione estuviera a salvo sin conocer los detalles de lo que tengo que contarle - anunció sin desviar la mirada de ella.
- Ya veo - musitó el profesor ocultando una sonrisa - estoy seguro que la señorita Granger le esperará contenta mañana para desayunar - añadió invitándola a volver a su dormitorio.
La chica le deseó suerte con una sonrisa, y salió del despacho con la respiración agitada.
Todo saldría bien. Seguro. Por favor.Sí, seguro que sí. Dumbledore. Él sabría lo que hacer.
Sus pasos resonaban en las paredes del pasillo mientras se dirigía a la Sala de Gryffindor.
La emoción de las últimas horas se disolvió al ver que Harry y Ron le esperaban a solas junto a la chimenea.
Los chicos la miraban seriamente mientras sostenían el Mapa del Merodeador entre las manos. Lo sabían todo. Bueno, todo no. Por eso la esperaban.
Y cómo demonios iba ella a enfrentar esta situación.
Deseaba agachar la mirada y subir a la habitación fingiendo no haberles visto. Pero recordó el beso en la frente de Draco, y lo que él estaba haciendo en ese mismo instante, y supo que ella también podía con esto.
Los chicos se levantaron mientras ella se acercaba, sus rostros parecían enfadados, pero lo que estaban era preocupados. La chica los abrazó sin comenzar a hablar y les pidió que se sentaran.
Concluyó que era mejor comenzar a hablar, antes de que los chicos comenzaran con sus teorías y acusaciones.
- Tenía 8 años cuando mis abuelos me llevaron por primera vez a Belle Dune. Visité la casa de mi familia, disfruté sus fiestas de verano, y pasé horas interminables jugando en la playa. Allí conocí a un niño amable, generoso, que no dudó en enseñarme cada escondite y entretenimiento de aquel lugar maravilloso.
Ese niño, se llamaba Draco Malfoy.
Harry y Ron se miraron boquiabiertos y confusos. deseosos de formular numerosas preguntas.
- Ese año, fue el primero, y después, lo siguieron otros tres, en los que nos convertimos en inseparables. Siempre estabamos deseando que llegara el verano. A él le encantaba que le contara lo que había aprendido ese curso en la escuela y en secreto, me enseñaba las cosas fantásticas que había aprendido, y lo más fascinante, me enseñaba y yo conseguía hacerlas. Magia infantil, por supuesto. Fue él gracias a quien aprendí tanto de Hogwarts antes de descubrir que era una bruja - Hermione ahogó un sollozo silencioso - ese fue el problema. Cuando me llegó la carta, estaba tan contenta que corrí a su casa, sin pensar que sus padres me verían. Después de aquello no pude volver a hablar con él. Solo una vez. Después de pasar un mes encerrado con sus padres, Draco me dijo que no creía que tuviera que estudiar magia, que no era una bruja. Cuando llegué a la escuela, la generosidad y amabilidad de aquel niño que conocí parecía haber sido aplastada y consumida.
El resto ya lo conocéis.
Los chicos se sentaron a su lado, Ron la envolvió con su brazo y Harry le cogió de la mano.
- Este año, en cambio las cosas han cambiado. Draco está en peligro. - comenzó conteniendo las lágrimas, mirando a Harry confirmando sus teorías - le he acompañado a hablar con Dumbledore. Llevo meses hablando con él, sí. No ha sido fácil. Y…
- ¿Y qué Hermione? - preguntó Ron de forma cortante
La chica le miró, conteniendo sus lágrimas y le respondió una mirada desafiante.
- Tenemos que ayudarle.
Ron había tenido suficiente. Maldito psicópata.
- ¿Ayudar a Draco Malfoy?
- Ron… - interrumpió Harry
- ¿ Al puto Draco Malfoy, que lleva martirizandonos desde primer curso?
- Ronald… suplicó Hermione.
- Esa maldita serpiente puede esperar en su cloaca de mazmorra si espera que le ayude. O mejor, en Azkaban con su padre.
- RONALD WEASLEY! - Gritó Hermione
- BASTA YA - Sentenció Harry - tú sientate - dijo señalando a Ron - y tú… - dijo mirando a Hermione, cuyas lagrimas brotaban de sus ojos como cascadas - haz el favor de respirar.
- Lo siento, pero no, no sé qué estáis pensando pero me niego. Voy a dormir y mañana cuando estemos en el mundo real de nuevo, me despertáis y hablamos - añadió Ron mirando la cara enrojecida de su amiga, y se subió mientras negaba con la cabeza.
Harry esperó a que desapareciera, mientras Hermione se secaba las lágrimas y se dejaba caer en el sofá. Demasiadas emociones para un solo día. Harry se sentó a su lado, abrazándola. Hermione sabía que Harry era orgulloso y tozudo, pero ante todo, era su mejor amigo, y la escucharía. - Harry, no es solo por Draco, no me han dejado quedarme pero sé que hay un grave peligro, y sé que él no quiere colaborar con Voldemort. Su familia está en una situación muy grave y le han obligado a hacer cosas horribles. pero está hablando con Dumbledore, él sabrá qué hacer.
-`Pese a todo, está haciendo lo correcto - asintió Harry tratando de comprender porqué Hermione estaba tan afectada.
La chica lo miró en silenció mientras recuperaba su respiración. Dudaba si contárselo pero sabía que era necesario si pretendia que Malfoy tuviera un apoyo real que le ayudara.
- Ese niño inocente, sigue ahí. Dolido. Ha hecho cosas horribles, pero sigue ahí atrapado sin poder escapar. Llevo meses hablando con él y lo sé, sé que no ha desaparecido. Y Harry, estoy enamorada de él, y sé que él me quiere también.
Harry Potter palideció abrazado a su mejor amiga. Las palabras se le grababan más afiladas que las plumas de Umbridge en la piel. Hermione Granger era muchas cosas, pero tonta no era una de ellas, pero esta situación era demasiado grande como para poder asimilarla.
- Herms… ¿Estás segura? - consiguió decir
La castaña sonrió como nunca antes lo había visto. Siempre había sido muy inteligente, pero había algo más en aquella mirada, algo que reconocía en los ojos grises de Dumbledore. Sabiduría. Ese momento era una lección de vida para él, y lo único que sabía es que quería que su amiga estuviera segura. La abrazó con fuerza y miedo.
- Joder, ¿Malfoy?- bromeó con voz burlona - ¿No podías tener peor gusto?
La chica soltó una risa desahogada. Por fin.
- Vale, pero creo que tenemos que tener algo más de cuidado con Ron - añadió mirando las escaleras - no está preparado.
Hermione apoyó la cabeza en el pecho de Harry dejando que el peso se deshiciera lentamente, mientras él la abrazaba en silencio.
- ¿Sabes cuánto de peligrosa es esta situación?
- No, y me temo que estando en manos de Dumbledore, tampoco lo sabré, pero si algo sé es que él sabrá qué hacer. Pero Draco ha tomado muy malas decisiones, y necesitará todo el apoyo posible a partir de ahora para salir de la tumba que ha cabado.
