Flashback.

St. Vladimir.

Días antes de ser capturadas

"... Pero Milord...", la Directora Kirova titubeó, por enésima vez.

¿Cómo le llegó tan pronto el chisme?.

Recién las habían divisado en Portland.

Recién las podrían interceptar...

¿Y el mismísimo hermano de La Princesa Szelsky le vociferaba por teléfono?, pidiendo.

¡No, exigiendo!, que no le tocara ¡ni un pelo! a la (rebelde) hija de su guardiana.

Sip. A Rose Mary Hathaway.

¡Claro, a Rose! (o se comería cruda a la Directora y ni esperaría al desayuno, glup).


St. Vladimir, en el presente

"¡Por última vez, Directora!, ¿dónde ESTÁ Rose?"; y Vasilissa puso sus manos en la cintura, intentando parecer dura.

Y no resultaba mucho.

"¡Y por última vez, Vasilissa!, es que no LO sé. ¿OK?. Sólo sé que entré a mi oficina y encontré el acta de retiro de Rose, indicando que ella estaba independizada, y -por tanto- ya no necesitaba su escolaridad, al menos acá. ¡Y con mi timbre, y todo!. Así que hice llamarla. La buscaron. Rose ya no estaba acá, Vasilissa. Y no hay nada que nos permita encontrarla".

"¡Pero algo DEBE haber!".

"Rose... ya no existe en esta Academia, Vasilissa".

"¡Cómo puede ser tan cruel!", lloriqueó Vasilissa.

"Es que... Rose ya NO existe. Es como si... nunca la hayamos tenido acá, Vasilissa. No hay ficha de inscripción, certificados o documentos. Nada, salvo nuestra palabra y nuestros recuerdos de ella".

"Lo hizo usted, ¿cierto?, ¿quién lo ordenó?", y presionó su compulsión a un punto de no retorno, furiosa.

Dimitri parpadeó, el golpe de la compulsión recorriendo su espalda.

Pudo percibir su furia, su molesta y su... egoísmo.

Porque Rose... ¡ERA SUYA!, suya para decidir su destino.

SUYA, y de nadie más.

Corrección, pensó Dimitri con una sonrisa privada, Roza ya fue mía.

Y yo la dejé ir... porque ya la amaba -descubrió-, sorprendido.

"Nadie lo ordenó", entraba el Príncipe Dashkov, con sus guardianes y su hija, Natalie. "Aunque sea una rebelde, aunque... cualquier cosa, Rose era -es- parte de nuestra comunidad. Pero es la verdad. Rose... ya no existe en nuestros registros, Vasilissa. Y pedir reportes afuera es... algo engorroso, como debes saberlo. Después de todo, ustedes dos vivieron afuera, en ¿Oregon, verdad?".

"Chicago, Oregon y en otras partes".

"¿Chicago?", sus cejas se levantaron, levemente, y Dimitri puso atención al rápido cambio facial del clan Dashkov. "Eso... no lo sabía".

"Rose me dijo que oyó unos perros, ¿Psi hounds, dijo que eran?, en fin. Se asustó y nos sacó de allá, y llegamos a Oregon. Ahí se debe haber... descuidado".

"De hecho, Vasilissa, te encontramos a tí", explicó Alberta, cansada de oír que hablaran mal de Rose, "No encontramos nada de Rose, en ninguna parte. Pero te rastreamos y así te encontramos. Dejaste transacciones atrás, me temo".

"¡Y eso es rastreable!", abrió los ojos, la muy ¿tonta?, "¡es que quería algunas cosillas, y Rose no me dejaría gastar mucho. ¡Era mi dinero!, ¿OK?, ¡pero eran unas pocas cosillas, no más!, ¡y debí decirle que vendí o intercambié algunas cosas de las mías!, ¡Qué injusto!", y se apoltronó en su silla, mascullando como un cachorro molesto.


U K, presente

Rose POV

"Edinburgh, acá estamos", me dije, mientras bajaba del tren, con todo y mis pilchitas aglutinadas.

Pude costearme el pasaje -Dimitri lo reservó en línea, para que no sospecharan nada. (Guardian Secrets, me decía a cada rato).

Y por poco y no me envió en un avión de carga... para que viajara cómoda.

Él mismo depositó los dólares en su cuenta, pagó el pasaje, y me devolvió el vuelto; pero como Libras, de suerte que tengo algo de inicio.

De Londres a acá las opciones eran otro vuelo y el tren, y preferí éste, para imbuírme de los paisajes, acentos, y demases.

Escucho a mi madre por doquier.

Su acento -incluso su pelo- se repiten constantemente.

El cliché del Kilt no lo es tal, al menos en el avión o en el tren, pero los hay de todas las formas y colores.

Pero igualmente me agencié un colgante con algo como un corno, que es parte del escudo de los Hathaways, y compré un suéter -de segunda mano- en rojo y gris, que son los colores del escudo.

Soy Hathaway, ¿y qué?.

Mi primer destino fue difícil.

La academia de mi madre.

No podía preguntar a cualquiera por una escuela en dónde forman caza vampiros, mientras los otros tipos (de vampiros) se esconden, ¿cierto?.

Tenía sólo la dirección.

Y un mapa caminero, que indicaba que extensiones, buses, caballos y doshpatis necesitaba para llegar.

Me bajé de la carreta -literal- como a medio kilómetro (hectárea, o la medida que acá usen), y caminé por el lugar, siempre buscando algún lugar que fuera como Hogwarts.

No es mi culpa que la dieran en el vuelo.

¡Y zas!, me encuentro con el Hogwarts de los vampiros, casi de golpe.

Era -o fue, claramente- algo así como una Mansión, Manor, Palacete, o Casa de campo de hace muchísimo tiempo atrás.

Tenía una reja actualizada, pero ningún logotipo que permitiera identificarla.

Lo que era claro, era que no era una granja.

O una fábrica.

Porque el lugar... apestaba a vampiros (eh, morois. Nop. ¡vampiros!, los fampirs de los galeses. Sip. Fampirs).

¡Era increíble la diferencia con los humanos!.

Olían diferente.

Los fampirs tenían impregnado algo más... y no era el olor a la sangre, era algo diferente de explicar.

Algo que ni una dhampir -y SK, como yo lo era- podía explicar.

Así que me acerqué a la portería.

Me erguí, saqué pecho y busqué -muy en mi interior- el acento perdido escocés.

¡Y apareció un dhampir!

No parecía guardián o novicio (¿les llamarían así, acá?).

Sólo parecía -o era- un dhampir.


¡Muy buena pregunta, querida Lizzie!, aún no sé si el Padre A., pueda registrarlo, como ocurre en algunas capillas.

No se si en una academia haya acceso a registro... matrimonial, como tal.

Las correcciones de los primeros capítulos permiten seguir de mejor manera la historia, así que no dejen de leerlos ¡y comentar!