Richelle M. es la super mega hiper autora.
Las ideas lokitas son mías.
Revisé todo el texto y corregí lo que permite su segunda parte, que ya empecé a escribir.
Partió como un apocalipsis normal, ¡pero ya no lo es!, jeje.
Sip, lo sé. Raro, pero el papel (electrónico) aguanta todo, todito.
Y de pronto... silencio. No más ruido de llamadas. No más quejas. NO más insultos. NADA. Nada tampoco en los móviles. Nada en televisión. Nada en los computadores. Nada de electricidad. NADA. Un grito colectivo se oyó en el mundo. En la Bolsa. En los bancos. En los hospitales. En las cárceles. En todas partes. SILENCIO. CAOS.
Cuando ya fue mucha -y angustiosa- la espera, cuando los nervios estallaron, los empleadores no tuvieron más opción que dejar salir a los empleados, y, con el acuerdo tácito que cuando todo volviera a la normalidad... ellos volverían.
Las calles estaban apocalípticas. El subte, cerrado.
Todos en las calles intentando que los buses- los pocos que circulaban- se detuvieran... en vano.
Los costosos automóviles -ya sin combustible-, generaron más angustia en su orgullosos propietarios: que debían decidir si quedarse o irse. Con el paso de los minutos que se transformaron en horas, más automóviles quedaron abandonados.
Sobre todo cuando ningún bus pasaba... cuando la distancia a los hogares hizo la decisión más fácil.
Rose salió a la calle -estaba en los suburbios, comprando algunas cosas para Lissa, desorientada.
NO había buses, no había personas... bueno, tranquilas.
Todos gritaban, lloraban, gemían.
Sin más opción, caminó... y caminó.
Por todas partes, veía la misma escena apocalíptica.
Todos los locales cerrados, automóviles abandonados, personas gritando... y oportunistas. Pero con poca oportunidad.
El dinero parecía carecer de su valioso valor.
Porque no se podía comprar. NADA. Comida y Combustible. Parecía el fin del mundo conocido.
Lo que muchos habían temido, lo que demasiados pocos habían preveído, ocurría.
En el peor momento, en el momento de mayor vulnerabilidad social.
En el momento en que TODO dependía de la electricidad. Qué mayor castigo, ¿verdad?.
Durante miles de años -sólo y en algunas ocasiones- se logró evitar la catástrofe.
Pero las palabras caían en saco roto después de mucho tiempo.
Los conspiradores -o como quieran llamarles- no escuchaban, encerrados en su caparazón. ERA la hora y era así.
Lo mejor era adaptarse.
¿Lo peor...? estaba por venir.
La vuelta a la era de las cavernas de la soberbia Humanidad actual no sería fácil. Muchos morirían sin asistencia... otros... por olvido y demasiados por incapacidad de adaptación. Así era siempre. Así sería siempre.
Las grandes catástrofes de la Humanidad -registradas o no- siempre generaban un gran problema global.
¿Qué eran terremotos, huracanes, maremotos ante situaciones así?, nada, aunque todos dijeran lo contrario.
No se habían producido sustanciales cambios en la mentalidad global, había mayor separatividad si cabe.
Y ellos ya no tolerarían más espera, pese a los buenos deseos de muchas personas, que no eran más que humanos, después de todo.
No importaba el calendario gregoriano, maya, hebreo, celta, hindú.
Ellos tenían su propia agenda... y estaba marcado Catástrofe.
Simple. Efectivo.
Y si las catástrofes naturales no servían, la humanidad sufriría con sus propias herramientas... o falta de ellas.
Rose caminaba, cansada, con hambre, con miedo... pero sobre todo rápidamente.
Lissa la esperaba, seguramente. Sola y desorientada. Probablemente con miedo de haberse quedado sola.
Y Rose la acunaría hasta que pasa el miedo. Era la misión de ambas: cuidarse mutuamente. Solas contra el mundo.
Pero se tenían mutuamente para pasar el temporal... o lo que viniera.
Cuando llegó, finalmente, cansada, agarrotada, desanimada, vio a Lissa sentada, impávida. Volvió a ella su rostro y suspiró.
"¿Qué pasó? no había teléfono... cuando se fue la luz...".
"Caos. No se sabe que pasó, puede ser que se cayera una interconexión o algo... Mañana debería estar todo listo..."
Pero no lo estuvo. Y cuando no despertó a la hora de siempre y no podía preparar desayuno y Lissa le decía que tenía hambre, se aterró.
Sin gas, sin electricidad... Casi se echó a llorar.
Lissa se veía tan frágil y supo que no sobreviviría mucho si no tenía más sangre fresca, si no comía.
Y haría todo lo posible por no dejarla sola.
Así que se las ingenió. Tenían lo suficiente para un par de días. Tendrían que ser creativas para no perder comida.
Afuera, el silencio era mortal. Nadie se atrevía a salir, no sin sus costosos aparatos funcionando. No sin haber comido antes.
Algo se debía hacer.
Lissa y Rose permanecerían en su casa al menos ese día y después... saldrían a buscar sustento. Juntas.
Convirtiendo papel en fuego y manteniéndolo prendido dentro de una olla pudieron cocinar, apenas lo suficiente.
Reduciendo la dosis de sangre y dándole té de hierbas mantuvo estable a Lissa. Pero no tenían agua.
Así que Rose salió con un bidón a recorrer las calles. Sin agua morirían. Sin comida también. No encontró mucha gente, atrincherados en sus casas, ocupando sus recursos.
Encontró agua en una fuente de agua y algunas hierbas que sabía comestibles -usadas como decoración en una plaza- pero el tema de la comida le inquietaba. No había manera de saber si su mundo volvería. Por el momento, había que hervir y sanear todo.
¡Es el Apocalipsis!
Y empeora. Mucho. Mas
