Era temprano por la mañana y ya se comenzaba a sentir el frío del invierno aproximándose. En la habitación de Levi, que compartía con su madre, no había ningún tipo de calefacción, por lo que Kuchel ya había sacado las sábanas gruesas de armario y ponerlas sobre las delgadas que ya estaban instaladas. Algunos días, cuando el frío era tan grande que imposibilitaba el dormir, su madre tomaba una tela que llenaba de arroz y la calentaba en los restos de calor que quedaran del horno a leña, pero normalmente el calor corporal individual era lo único que tenían para apañárselas durante las noches frías. Dobles calcetines, o un chal de lana sobre la espalda también ayudaba.

El invierno le recordaba a Levi las épocas más duras. Usualmente su madre se descompensaba más seguido por el frío, especialmente cuando sentía dolores en su cuerpo. Él no sabía que hacer al respecto: de niño solía ir a abrazar a Kuchel, quien le agradecía el gesto y a veces en lágrimas lo atraía hacia su cuerpo y le abrazaba durante varios segundos. Hoy en día prácticamente no tenía contacto físico con su madre, ya que la idea le hacía sentir extraño. No es que no la quisiera, pero al pasar por la adolescencia y descubrir que tu madre te mintió por tantos años, no era agradable y creó distancia en su relación. Nunca se lo dijo, tampoco, y la verdad no era tonto como para no entender por qué Kuchel le había mentido respecto de que ella era prácticamente una esclava de los reyes, y él por extensión estaba en una situación igual o aún más precaria.

Una vez se preguntó por su padre. Al observar a su madre, al observar su cuerpo de mujer, fruncía el ceño al pensar en cómo un hombre podría haberle engendrado. Su madre tampoco parecía gustar del contacto físico, por lo que Levi a veces pensaba lo peor de sus orígenes. Quizás su madre nunca quiso quedar embarazada. A veces pensaba que él era la única razón de que ella estuviera obligada a trabajar bajo las ordenanzas de los reyes, ya que, si Levi no existiera, ella podría encontrar una mejor vida: realmente nadie querría a una mujer que ya tuviera un hijo y que esté más avanzada en edad. Seguramente Kuchel fue hermosa de joven, pero con forme pasaban los años, el brillo de sus ojos se fue apagando, su frente comenzó a marcarse, y su actitud ante la vida era desganada.

Nunca le preguntó a ella quien era su padre. Esa información parecía sobrar en este punto, y a demás quizás ni ella lo sabía. No quería provocarle malos recuerdos a su madre.

"Gracias a ese muchacho tenemos mucha leña", dijo su madre, sacándolo de sus pensamientos. Ambos estaban en la cocina, Levi pelaba y cortaba algunos tomates y ajos, mientras la mujer amasaba sobre el gran mesón de madera. "Estoy segura de que este invierno no será tan frío para los amos gracias al señor Smith", agregó luego.

Levi levantó la mirada para verla sonreír. Usualmente su madre no sonreía.

Luego miró hacia afuera por la ventana que daba al patio, donde se podía ver a Erwin leñando. Otra vez, como cada mañana.

"Todos los días viene a trabajar con nosotros, no puedo creer que un aristócrata se rebaje de esa manera… es una persona tan humilde", siguió comentando la mujer.

El muchacho frunció el ceño. Regresó su vista a los ajos.

"No es aristócrata", comentó Levi, en el tono más plano que pudo emitir.

Su madre dejó de amasar un momento, se giró a mirarlo con rostro de confusión.

"¿Cómo sabes tú eso, Levi? No me gusta que mientas", advirtió ella.

"Me lo dijo el mismo 'señor Smith'. Su padre es un profesor de escuela, nad-…"

Iba a agregar un 'nada más', pero se mordió la lengua. Los profesores hacían una gran labor sin duda. Y él no sabía leer, por lo que no podía verse a sí mismo desprestigiando a una persona que conoce tanto.

Su madre volvió a amasar.

"De cualquier manera, Levi, no vayas por ahí comentando esas cosas. Ellos viven aquí y son nuestros patrones, y les debes lealtad en lugar de hablar a sus espaldas", regañó, posteriormente golpeó la masa ya hecha bola y la dejó reposar.

El muchacho suspiró, pero no agregó nada, después de todo su madre tenía razón.

Al poco rato se escuchó la puerta que daba al exterior abrirse. Erwin entró por la cocina, sacándose sudor de su frente con la manga de su camiseta. Kuchel corrió hacia él, pidiéndole que no ensuciara su ropa y le ofreció un pañuelo. El otro le sonrió y aceptó la tela, limpiándose.

"Levi, un vaso de agua, rápido", exclamó Kuchel. Levi, desde su cómoda posición, puso los ojos en blancos y maldijo entre dientes, poniéndose de pie para obedecer a su madre. "Por Dios, Levi, tienes que ser más atento, ¿cómo es posible que tenga que decírtelo y no lo pienses por ti mismo?", agregó la mujer, sonando molesta.

El aludido la ignoró, limitándose a seguir su orden. Tomó un vaso y lo llenó de agua. Caminó hacia Erwin y se lo entregó.

"Gracias", dijo el rubio, sonriéndole, pero luego entrecerró un poco los ojos con una intención que el otro no tuvo clara, y agregó: "… Levi."

Antes de que pudiera decir algo, su madre habló: "¿Hay algo más en lo que pueda servir, señor Smith?"

El aludido rio un poco, casi atorándose con el agua.

"Por favor, señorita Kuchel, señor Smith es mi padre. Puede llamarme Erwin, ¿está bien?", pidió.

La aludida pareció sacada de onda por un momento.

"Sólo quería saber qué hay para almorzar hoy", soltó el muchacho, alegre, "en estos días me he convertido en un verdadero fan de su cocina, señorita Kuchel, espero no le moleste si paso a observar cómo prepara las comidas de vez en cuando" comentó, ofreciendo una pequeña reverencia.

Levi miró a su madre. La pobre mujer no sabía que responder: estaba quieta, sonrojada y abrumada por la actitud del muchacho en frente de ella.

"Y-yo, n-no, ¡por supuesta que no me molesta, señor Erwin!", gritó al final, dándose la media vuelta y volver a amasar sobre el mesón, pero esta vez dándole la espalda a ambos muchachos.

Erwin notó que debió haberla incomodado, pero realmente sentía todas las palabras que decía.

"Vaya, aún con 'señor'", comentó antes de girarse hacia Levi. Este le devolvió la mirada, "… y aún no sé qué hay de almuerzo".

El otro muchacho suspiró.

"Pasta con salsa de tomates", respondió.

Erwin se quedó de pie mientras Levi caminaba de vuelta a su mesa donde continuaba rebanando los tomates y ajos.

Concentrado en su trabajo, no notó que Erwin se quedó observando lo que hacía hasta que le sintió cerca de su mesa. El muchacho se inclinó sobre la mesa y afirmaba su peso sobre sus antebrazos, ojos pegados en cómo las manos de Levi quitaban la cáscara de los tomates.

"Creo que hay cosas más fascinantes que ver esto", soltó Levi, volviendo a su quehacer, "como ver a los caballos defecar, por ejemplo", agregó en voz baja, que Erwin escuchó perfectamente.

También su madre.

"¡Levi!", gritó Kuchel, volteándose y llegando hasta la posición de su hijo. Le tomó por un hombro y lo alejó de la mesa de una sola vez. "¡Discúlpate en este instante!", ordenó ella.

Levi se mantuvo en silencio, con el ceño fruncido hacia Erwin, quien solo podía reír a carcajadas mientras la mujer estaba con la cara roja del enojo.

"No hay problema, señorita Kuchel", dijo Erwin, recobrando el aliento luego de haber reído tanto, pequeñas lágrimas apareciendo en sus ojos, "me gusta mucho el sentido de humor de Levi", aseguró.

Levi notó como alguien más se asomaba por la cocina. Se sorprendió al ver al padre de Erwin, que estaba mirando la escena en frente de ellos.

"Erwin, ven aquí, deja de estorbar en la cocina", dijo el hombre. El aludido le miró y sonrió suavemente, haciendo caso de inmediato y caminando hacia su padre.

"Estaba interesado en cómo preparaban los alimentos", explicó el joven. "Debería aprender yo también a cocinar", dijo.

Su padre asintió.

"Está muy bien que quieras aprender, pero recuerda que este es el espacio de trabajo de la señorita Kuchel y joven Levi, por lo que si estás aquí los desconcentras", le explicó, poniendo una mano sobre la cabeza de su hijo y acariciar su cabello.

Levi notó ese gesto.

"Lamento mucho el comportamiento de mi hijo, señorita Kuchel", dijo el hombre, ofreciendo una suave reverencia. Erwin se inclinó de igual forma.

La mujer negó con la cabeza.

"¡No se disculpe, por favor! Su hijo ha sido de mucha ayuda, no debería más que agradecerle a usted y a él por sus tratos", contestó ella, inclinándose hacia adelante también.

Solo Levi se mantuvo en su posición. Erwin lo notó y se paró derecho otra vez.

"No es ningún problema, gracias por su trabajo", dijo el hombre adulto, ahora volteándose y abandonando la cocina. Erwin fue tras él.

Levi aún sentía la mano de su madre sobre uno de sus hombros. La miró de reojo: Kuchel estaba sonrojada y tenía una mano sobre sus labios, con la mirada perdida en la puerta por donde había desaparecido Erwin y su padre.

"Qué hombre más amable", murmuró, y ante notar lo que dijo, agitó su cabeza y volvió su atención hacia su hijo. "No quiero que vuelvas a hacer comentarios de ese tipo, Levi. Sabes que nuestra situación aquí es complicada, y un mal comportamiento podría costarme este trabajo", indicó, frunciendo el ceño.

Ante la nula respuesta de su hijo, Kuchel volvió a la zona donde estaba amasando. Levi parpadeó un par de veces, una de sus manos fue a la corona de su cabello y palmó un par de veces, tal como el padre de Erwin había hecho.

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El invierno estaba en su clímax. Los vientos estaban fuertes y la lluvia no daba descanso.

Concorde a eso, en la mansión de los reyes se vivía una terrible conmoción, Levi lo sabía solo porque él tuvo que encargarse de prácticamente todas las labores de cocinar, dejando de lado su tarea favorita de limpiar todo el piso de abajo. El vapor de las ollas y el calor de los hornos contrarrestaba el frío del invierno, por lo que ni había salido de la cocina más que para indicarle a las mucamas que las comidas estaban listas.

Su madre había hecho su rutina usual hasta que cerca de las nueve de la mañana, una mucama se acercó a la cocina para hablar con ella. Después de una charla que Levi no pudo escuchar, Kuchel se devolvió hacia él y le dijo que ella no podría encargarse de la cocina y necesitaba que Levi lo hiciera, sin dejarle mucha opción.

El desayuno y el almuerzo ya habían pasado, y su madre aún no volvía. Sabía que algo tenía que estar pasando, pero no tenía la suficiente energía o real interés para ir a consultarle a alguna mucama o al mayordomo del señor Reiss, quienes eran los que usualmente revisaban de vez en cuando que la cocina estuviera funcionando y estuviera haciéndose el aseo en la mansión. Levi cocinó sin supervisión alguna. Cocinó el pollo como recordaba que se hacía, sazonó con cuidado la sopa de verduras y revisó varias veces el pan para asegurarse de que no se quemara. Esperaba que nadie tuviera quejas de su estilo culinario, porque en realidad no tenía demasiada idea de lo que hacía, solo repetía lo que por años observó a su madre hacer, porque sí, él ayudaba a preparar los alimentos de vez en cuando, pero siempre eran tareas menores como cortar verduras o vigilar que no se pase de cocción una olla. Jamás había preparado carne o panadería.

Así que estaba de más afirmar que Levi estaba cansado. Cocinar para tantas personas y asegurarse de que las porciones estén correctas y equilibradas era bastante pesado.

No sabía cómo su madre lo hacía ver tan fácil.

Levi se recostó sobre la mesa de la cocina, sintiendo el calor del horno en su cuerpo y cerró los ojos, intentando exhalar el cansancio de sus músculos. Realmente debía comenzar a ayudar más a su madre, aunque ella negara su ayuda.

… No notó que se había quedado dormido, hasta que escuchó a alguien más en la cocina. Despertó con un pequeño sobresalto.

"Disculpa, no quise despertarte", dijo Erwin, "solo vine por un tentempié para mi padre", explicó.

Levi pestañeó.

"No debería haberme dormido", respondió el muchacho, poniéndose de pie. Realmente, si su madre le hubiera descubierto así, el regaño hubiera sido supremo. Si una mucama lo descubría así… "¿Estas buscando algo en particular?", preguntó Levi, dispuesto a ayudarlo.

"Descuida, sé que debes estar cansado después de hacer todo tú solo. El almuerzo estuvo exquisito, por cierto", dijo Erwin, "y, fruta está bien, o una tostada con agua".

El aludido se sintió extraño al escuchar como el rubio alabó su comida. Nunca nadie había hecho un comentario al respecto, y, ahora que Levi lo pensaba, los reyes seguramente disfrutaban la cocina de su madre, ya que es solo lógico que mantengan por años a alguien que satisface sus papilas gustativas…

Levi buscó el pan y cortó dos rebanadas, poniendo el trozo a calentar en el horno. Por otro lado, cortó dos manzanas y las sirvió en un pequeño pocillo. Tomó dos vasos y los sirvió con jugo de naranja que su madre había preparado ayer. Volvió por el pan ya caliente y lo ubicó en un plato, untados en mermelada. Puso todo sobre una bandeja y caminó hacia Erwin.

El otro recibió la bandeja, pero le miró con duda.

"Es solo para mi padre, ¿por qué hay dos porciones?", preguntó el rubio.

"Por guardarme el secreto… de que dormía", explicó Levi, sintiéndose algo avergonzado por el gesto que hizo.

Erwin le sonrió. El otro miró hacia otro lado.

"Gracias, lo comeré con mucho gusto", soltó, antes de darse la media vuelta y salir de la cocina.

Levi volvió hacia su posición anterior. Pensó en que Erwin era realmente amable. Y no era aristócrata, por lo que quizás no era necesario ser tan frío con él. Su padre tampoco estaba mal. Ambos habían demostrado que sabían agradecer el trabajo de su madre, y también disculparse si había algún inconveniente. El rey jamás le pediría disculpas por algo, y la ama Alma menos le diría las gracias. Con suerte los miraba. Las mucamas solían solo dar órdenes, jamás pedían las cosas. Qué decir del mayordomo o de los visitantes también de una posición social alta.

Nunca había conocido a personas así, siempre había vivido a costa de ordenes y algunos malos tratos. Miradas despectivas o comentarios entre dientes por su estrato social. ¿Realmente a todos les importará eso?, ¿o era solo las personas con las que justamente se rodeaba?

Erwin no era así, por lo menos.

Levi suspiró. Volvió a cerrar los ojos, cansado. Deseaba que su madre volviera pronto o tendría que preparar la merienda y la cena él solo.

Dejó el tiempo pasar, estando ahí tranquilo, sentado, sin ganas de ponerse a limpiar. El calor de la cocina lo ponía a gusto y si quisiera podría volver a dormir. Pero sabía que no podía. Sabía que no correría con la misma suerte si lo descubría otra persona, así que justo cuando estaba por ponerse de pie y comenzar a revisar las notas de su madre para ideas de meriendas, notó la puerta interior de la cocina abrirse bruscamente: Era Kuchel, quien venía con sus ropas mojadas y respiraba algo agitada.

No dio ninguna explicación antes de solicitarle a Levi que calentara agua y la llevara a la primera recamara del segundo piso, antes de desaparecer por la puerta otra vez.

Levi se quedó pasmado un momento. Cuando reaccionó, obedeció la orden de su madre. Al parecer sí que estaba pasando algo terrible de lo que no tenía la menor idea. Llenó una olla mediana con agua de la reserva y la puso a calentar al horno, poniendo más leña para vivar el fuego y que así el proceso fuera un poco más rápido. Por la forma en que su madre le había pedido las cosas, parecía que era algo urgente.

Luego de diez minutos, el agua comenzó a desprender burbujas, por lo que Levi tomó ambos lados de la olla con un paño y se encaminó al segundo piso. En el camino notó al padre de Erwin mirando desde arriba cómo subía.

"Ten mucho cuidado, joven Levi", pidió el adulto, dudando en ir a ayudarle o no, mal que mal, el agua caliente podía ser peligrosa y era obvio que Levi tenía experiencia.

Levi asintió y llegó hasta el segundo piso.

"Ven, por aquí", le dijo el hombre, llevándole hasta la primera recámara como le había dicho su madre. "Aquí está el agua, doctor Yeager", indicó el adulto.

Dentro de la habitación, lo primero que notó fue a la ama Alma llorando de pie, su rostro en dirección a la cama en frente de ella. A su lado había una mucama, haciendo un pobre intento por calmarla. Sobre la cama estaba la pequeña Historia, respirando agitadamente con su rostro rojo y un paño sobre su frente. Al otro lado de la cama había un señor revisando a la menor, tocándole el estómago sobre su ropa, y un joven al otro lado, mirando a Levi entrar, quien rápidamente le recibió la olla con agua.

"Gracias", dijo el joven, volviendo al lado del otro señor.

Levi se quedó de pie ahí observando, algo impresionado por lo que veía. La menor se quejaba del dolor. El señor a su lado, quien aparentemente era el doctor, comenzó a preparar algo con el agua caliente en un plato aparte con elementos que sacaba de su maletín abierto en el suelo.

"¿Dónde está la abhaka?", preguntó el señor, con voz calmada.

"Todavía no llega", respondió el muchacho a su lado, quien parecía ser su ayudante.

Y justo en ese momento, Levi escuchó a alguien subir por la escalera. Su madre venía empapada, subiendo a toda prisa, con Erwin tras ella, también completamente empapado.

Levi no entendía que pasaba.

"¿La encontraste, hijo?", preguntó el hombre rubio a su lado. Erwin asintió con la cabeza. Kuchel se dirigió directamente a la habitación, pasando de su hijo, para entregarle una hierba a las manos del muchacho que acompañaba al doctor, quien rápidamente la lavó en el agua caliente que quedó en la olla y se la dio al señor a su lado.

Levi observó como el doctor utilizó sus manos y mezcló las hojas verdes con lo que estaba preparando anteriormente. Su ayudante le pasó una taza, donde el otro rápidamente dejó toda la mezcla junta, para luego dársela de tomar a la pequeña Historia.

"Puede estar un poco amarga, nena, pero te va a hacer muy bien", dijo el doctor, que con ayuda de una mucama incorporaron a la niña, quien a penas entendiendo la situación, bebió de a poco lo que le ofrecían.

Se formó un tenso silencio luego de que Historia terminó de beber y se volvió a recostar. Todos reaccionaron cuando tosió un poco y de a poco su agitada respiración comenzó a disminuir.

"¿Estará bien, doctor?", preguntó Kuchel en un hilo de voz.

El aludido asintió con la cabeza.

"Será necesario que la monitoreé por unos días, pero debería estar bien si reacciona favorablemente a la medicina", explicó, "es una chica fuerte, esta fiebre estaba muy alta. No podemos permitir que siga subiendo", acotó luego.

Sumado al llanto de Alma, se escuchó como Kuchel comenzó a sollozar también, mientras murmuraba aliviada.

Levi la miró desde un poco más atrás. Sintió el impulso de consolarla, pero se detuvo. No sabía bien qué hacer.

Por otro lado, el padre de Erwin pasó por su lado y puso la chaqueta que él había estado usando, ahora sobre los hombros de su madre.

"Por favor vaya a cambiarse, está tiritando de frío", dijo el hombre.

Y era cierto, su madre estaba temblando en su llanto. El vestido suelto que usaba todos los días estaba completamente mojado y se ceñía a su figura, al igual que su cabello negro despeinado y su calzado que seguía mojando el suelo.

Kuchel miró al hombre y agradeció suavemente, tal vez sin energía de negarse a recibir la atención. Se giró para salir por la puerta y bajar por las escaleras. El padre de Erwin la escoltó hasta las escaleras, intentando tranquilizarla.

Él permaneció quieto hasta que una mano se posó sobre su hombro. Levi miró los ojos azules de Erwin.

"Deberíamos irnos también", dijo en voz baja, indicando luego a Historia que estaba dormida.

Levi asintió y se giró. Solo al salir de la habitación volvió a darse cuenta de que Erwin también estaba completamente empapado. Seguramente había estado buscando la hierba en el jardín al igual que su madre, mientras seguía lloviendo a cántaros.

Su pecho se sintió algo apretado al notar eso. Kuchel hacía las cosas porque sentía compromiso hacia la familia… ¿Cuál era el motivo de Erwin?

¿Sería por su bondad?, ¿qué lo motivaba?

"Vaya, estoy empapado", comentó Erwin para sí, como si recién los estuviera notando. "Me iré a cambiar. Cuida de Kuchel, podría agarrar un resfriado al haberse mojado así", pidió el rubio a Levi.

Vio como el muchacho comenzaba a caminar por el pasillo opuesto a las escaleras.

"Es mi madre", soltó Levi.

Erwin, al escucharlo se giró hacia él.

"Kuchel es mi madre", agregó. No sabía por qué estaba diciendo eso. "Es mi madre, y nunca la vi así por…", soltó, sin terminar la idea.

Nunca la vi así por mí

Erwin se volvió y se puso frente a Levi. Con una mano retiró un poco del cabello del muchacho que cubría parte de su rostro. Miró intensamente su rostro, ante lo que Levi no supo qué hacer.

"Ahora veo el parecido", comentó el rubio, sonriéndole amablemente. "Cuida a tu madre, Levi", musitó, llevando su mano ahora a la cabeza del otro y palpar dos veces.

Luego del gesto, Erwin se giró y se marchó hasta el fondo del pasillo.

El otro se quedó ahí, de pie, mirando el suelo. Pronto reaccionó y bajó las escaleras lentamente.

Tenía que ir a cuidar a su madre.


Notas de autora: gracias por leer! y gracias a quienes están leyendo, nos vemos al siguiente capitulo!