Capítulo 11

Las suelas de sus botas hacían un ruido sordo al contacto de la suela con la piedra, mientras subía los tres escalones que comunicaban a la entrada del la "Casa de Blanco y Negro" desde el atracadero, y se situó frente a la puerta blanca y negra. Detrás de ella, el barco que la había transportado hasta allí había girado y salía silenciosamente hacía la oscura noche, como si quisiera irse de allí indemne. Ante ella se alzaba la enorme estructura de piedra que era la "Casa de Blanco y Negro", y era aun más atemorizante en la oscuridad de la noche. Suspiró y tragó saliva, percibiendo en seguida lo nerviosa que estaba.

"No debería estar nerviosa. Se acabó, ellos no tienen nada que ver contigo y así lo voy a dejar en claro. Van a dejarme en paz de una vez."

¿Pero entonces por que la habían llamado?, ahora lo averiguaría, pero el mal presentimiento que tenía no había hecho más que aumentar. Se dio valor y golpeó dos veces la pesada argolla contra la puerta. Contra todo pronóstico, las dos enormes puertas se abrieron lentamente de par en par, haciendo las bisagras un horrible chirrido producto del oxido, acompañado del crujido de las maderas. Entró y, una vez su vista se habituó a la penumbra, observó que todo seguía igual. Todo seguía en silencio, solo el ruido que hacían sus botas mientras andaba por el suelo de piedra señalaba algo de vida. Las antorchas encendidas como si no se hubieran apagado nunca, las enormes figuras en piedra de los miles de dioses que representaban las mil caras de "El Que Tiene Muchos Rostros", los nichos de piedra a los que iban a parar los que solicitaban la misericordia al dios, el manantial negro... caminó dando pasos pequeños, tensa, mientras las puertas se cerraban pesadamente de nuevo haciendo el mismo ruido. Al fondo, haciendo un semicírculo, vio las figuras de varios sacerdotes de la casa esperándola, todos tapados con sus capuchas y evitando con su sombra que pudiera verles los rostros de adorno que portaban.

"Parecen fantasmas sin rostro..."

De pronto, uno de ellos se acercó. Arya se percató que ese sacerdote sería el portavoz de la casa, quien le hablaría a ella y a quien debía dirigirse.

- Bienvenida de nuevo, Arya Stark de Invernalia.

Debería haber saludado de forma protocolaria, pero estaba demasiado nerviosa y preocupada como para acordarse de ello. Seamos concisos, cuanto antes sepa por qué estaba allí mejor.

- ¿Por qué me habéis llamado?

- ¿Acaso los hombres aquí presentes no pueden llamar a un servidor de "El Que Tiene Muchos Rostros"?

Esa pregunta dejó a Arya lívida y perpleja. Suerte que la penumbra que había hizo que estos no vieran su cambio de color.

- Ya no soy uno de los vuestros.- Contestó confundida.

- Todos los hombres aquí presentes no pensamos lo mismo...

"¿Que pretenden...?" Pensó dubitativa. Pero no se iba a dejar amilanar por esos servidores de la muerte.

- Pues siento decepcionaros, pero no, ya no lo soy. Llegamos a un acuerdo, yo ofrecí la vida de quien me adiestró como regalo a "El Que Tiene Muchos Rostros", así como su rostro, y a cambio conseguía mi libertad. Ese era...

De pronto, uno de los acólitos salió de la penumbra situada a su izquierda y se acercó con una bandeja. Era una sencilla bandeja de madera, sin adornos, y esta portaba una máscara, un rostro de alguien antaño vivo.

- Coged la máscara.- Señaló quien antes le estaba hablando.

Arya pensó en negarse a ello. Pensó en mandarlos a los siete infiernos, en volcar la bandeja y salir corriendo de allí. Era una locura, por supuesto, pero podría tener una oportunidad. Aunque luego pensó que sería imposible. Frente a ella tendría a diez o doce sacerdotes, pero sabía que, en la oscuridad, escondidos pero atentos, habían muchos más. Seguramente se habían franqueado frente a la puerta para rodearla, prácticamente se había metido en una trampa de la que no podría escapar viva. Cambió de opinión y decidió cogerla.

- Ponérosla.- Ordenó entonces el portavoz.

Arya observó el rostro. Era un rostro muy común, ni joven ni viejo, ni guapo ni feo, con unos rasgos tan neutros que podría ser perfectamente una mujer o un hombre joven. Se la colocó, y tal y como acabó, una serie de murmullos se escucharon por toda la sala. Decidió quitársela.

- Todos los hombres aquí presentes creemos que ya lo habéis comprobado vos misma. Aun seguís siendo un instrumento de "El Que Tiene Muchos Rostros".

Arya negó con la cabeza, sintiendo que había caído en la trampa como una aprendiz.

- No, me niego rotundamente. Mentís... mentís todos, sois una panda de mentirosos.- Masculló enfadada mientras lanzaba con ímpetu el rostro al suelo, recogiéndolo diligentemente uno de los aprendices y desapareciendo con la misma discreción.- ¡Me habéis engañado, esto no fue lo que...!

- Lo que se acordó con "una chica" fue que podía recuperar su rostro con el que nació de forma permanente, así como su identidad con la que llegó al templo. - Interrumpió el portavoz con autoridad.- Lo cual, "un hombre" ha de decir, es un lujo muy importante, dadas las circunstancias. Sin embargo, para nuestra sorpresa, aun conserváis el Don. Si "El Que Tiene Muchos Rostros" no precisara de vuestros servicios, os lo habría quitado.

- ¿Qué queréis decir?- Masculló Arya asombrada.

- No somos los hombres aquí presentes quienes concedemos o quitamos el don, nosotros solo somos instrumentos de "El Que Tiene Muchos Rostros", y solo cumplimos su voluntad. Es el Dios de Muchos Rostros quien concede el Don a quien considera digno de servirle, y quien se lo quita a quien es indigno. El hecho de que aun conservéis el Don significa que "El Que Tiene Muchos Rostros" aun desea que sigáis a su servicio.

Arya se sintió mareada. Esto no podía estar pasando, tenía que ser una broma pesada y no le estaba haciendo nada de gracia.

- ¡NO, ES MENTIRA!- Rugió entonces acusándolos a todos con la mirada.- ¡MALDITA SEA, PAGUE CARO EL PUTO PRECIO. CASI PAGUÉ CON MI VIDA, TENGO CUATRO CICATRICES EN EL ESTOMAGO QUE LO DEMUESTRAN...!

- No es a los aquí presentes con quien debáis descargar vuestras frustraciones.- Contestó el portavoz con toda la tranquilidad del mundo, como si aquel exabrupto no fuera con él.- Hace unos días Arya Stark de Invernalia utilizó el Don para ir al Arsenal de Braavos y convencer al armador personal del Señor del Mar de ir con ella al Norte. Si pudisteis hacerlo es porque "El Que Tiene Muchos Rostros" así lo ha querido, y os ha dejado utilizar el Don por alguna razón que solo él conoce. Por lo tanto, mientras podáis utilizar el Don, seguiréis siendo una acolita de los "Hombres sin Rostro", tanto si os gusta esa idea como si no. Por supuesto, vuestro caso es muy especial, no es necesario que os presentéis aquí a rezar cada cierto tiempo, ni tenéis que dar explicaciones de vuestras acciones. Oficialmente, Arya Stark de Invernalia ya no es una "Hombre sin Rostro", y así debe ser para todo aquel que os conozca.

"¿Pero cómo han sabido que fui a ver al armador?"

Sabía que tenían ojos y oídos por todas partes, pero se había tomado todas las molestias para que aquellos viajes pasaran lo más desapercibidos posibles. Era evidente que tenían a acólitos infiltrados o personal que trabajaba para ellos entre el personal del servicio, o tal vez como aprendices en los astilleros, y alguien debió espiarla sin percatarse de ello.

- ¿Entonces qué queréis de mí?- Preguntó frustrada.

- Cuando los aquí presentes nos pongamos en contacto con vos, debéis acudir sin falta. Si se os solicita para cumplir un encargo, debéis ejecutarlo sin pensar. Si debéis espiar a alguien de vuestro entorno estáis obligada a hacerlo e informar a la casa lo antes posible, si se requiere de un objeto debéis apropiaros de él y enviarlo a la casa con la máxima celeridad posible. No se acepta un "no" por respuesta, ya sabéis las consecuencias.

- Es decir, un espía en la sombra...- Escupió con asco.

- Solo alguien dispuesto a servir diligentemente a "El Que Tiene Muchos Rostros", llegado el momento. - Respondió el portavoz.- A partir de aquí no tenemos más que informaros, esperamos los aquí presentes que tengáis un buen viaje de regreso a vuestro hogar. Podéis retiraros.

De pronto, los acólitos presentes se giraron y empezaron a entrar en el templo, así como todos los acólitos restantes que vieron la reunión en la sombra. Solo ella estaba inmóvil, petrificada como una estatua mientras digería como podía todo aquello que le habían dicho, mientras se vaciaba la estancia. Pronto se quedó sola, aun en aquel estado, hasta que el ruido que hicieron las puertas al abrirse la despertó de su ensimismamiento. Entonces sintió que aquella sala la asfixiaba y que debía salir de allí a como diera lugar. Se giró y a paso firme salió del templo, cerrándose las puertas tras ella nada más salir, con lentitud, chirriando fuerte aquellas malditas bisagras oxidadas, dando un fuerte golpe cuando se acabaron de cerrar. Allí estaba el mismo barco que la había llevado, con el mismo piloto silencioso esperando a que montase. Por un segundo pensó si aquella persona también era alguien que trabajase para la casa de "Blanco y Negro", percatándose que, mientras estuviese en Braavos, estaría desnuda frente a ellos y a su merced. No habría forma de escapar, nada saldría de su control, si daba un par de pasos ellos lo sabrían. Se montó en el barco que la llevaría al palacio de ´"El señor del Mar", no viendo la hora de llegar allí para recoger sus cosas e ir al puerto para volver a su casa lo antes posible.

-1-

Cuando Ser Davos bajó con sus pertenencias se sorprendió de ver a la joven en el Puerto, ya preparada y esperándole para embarcar. Estaba sentada en un asiento de piedra junto con sus pertenencias, mirando el puerto con rostro solemne.

- Nada que ver con la otra vez ¿Eh?- Preguntó con ironía, acordándose de la noche anterior a embarcar para ir a Braavos.

Pero encontró a la chica algo tacituna, a pesar de que esta esbozó una ligera sonrisa para contestarle.

- Observo con tristeza que esta noche no ha sido como esperabais...- Comentó el diplomático.

- Pues no, Ser Davos. No ha sido como esperaba.

- No siempre pueden salir bien las cosas, en eso consiste en arriesgarse...

Decidió no contestarle, era mejor que siguiera pensando que se había ido de juerga y que la cosa no había salido como esperaba. Se levantó y le informó que el armador y su familia ya habían embarcado y que ya procedían a salir. Se dirigía al barco cuando Ser Davos le informó de lo siguiente.

- Debéis disculparme, pero no voy a embarcar con vos.

Arya se giró y lo miró sorprendida.

- ¿Y eso?

- Veréis... estuve pensando, y consideré que no valía la pena que atracarais en Desembarco para dejarme en tierra, sería un viaje para vos innecesario. Pero no os preocupéis, ya me he tomado la molestia de buscar un pasaje. Hace un momento he hablando con un capitán que va directamente a Desembarco para que me lleve, de ese modo podéis ir directamente a Puerto Blanco.

Arya suspiró de decepción. Le había cogido cariño al diplomático, y esperaba al menos tener su amena compañía en el viaje de regreso, pero se reconoció que tenía razón. Por practicidad el debía embarcar en otro barco que lo llevara directamente a Desembarco del Rey para informar a su hermano lo más pronto posible de todo lo que había pasado, lo mismo pasaba en su caso con su hermana. Aun así no pudo evitar sentirse triste.

- Bien... pues entonces esto es una despedida...- Se acercó a él

- Nos veremos pronto, ya lo veréis..

- Eso espero.- Contestó Arya, esbozando una sonrisa triste.- Que tengáis buen viaje.

- Lo mismo os deseo.- Hizo un ligero saludo con la mano.- Le daré recuerdos a su majestad de su parte.

Arya asintió para después ver como se alejaba en dirección al puerto del Trapero. Eran ya las cinco y debían partir ya hacía Puerto Blanco, así que subió por la tarima ágilmente para embarcar. Ya estaban saliendo de la ciudad y cruzando las piernas del Titán de Braavos cuando los primeros rayos de sol empezaron a salir por el horizonte. El mar abierto estaba en completa calma igual que un espejo, y el graznido de las gaviotas pescando su desayuno presagiaba un primer día de navegación tranquilo. El Titán hizo sonar su cuerno a modo de despedida, y ella pensó abruptamente en lo mucho que deseaba salir de aquella ciudad. Era irónico, cuando era más joven soñaba con venir aquí y ver todo lo que Syrio le había explicado de su lugar natal, pero después de varios años y experiencias, había comprobado que todos los sitios, hasta los más idolatrados, tenían sus luces y sus sombras, ningún lugar era perfecto.

- Adiós, Braavos.- Masculló mirando cómo se alejaba de la ciudad.- Espero no volver a verte durante mucho tiempo.

-2-

Habían pasado tres semanas desde que había llegado de Puerto Blanco y la vida en Invernalia seguía tranquila, al menos para ella. Cabalgar, algo de caza, entrenar...Sansa, sin embargo, tenía mucho trabajo que hacer, como correspondía al cargo de la Reina en el Norte. Principalmente tenía que resolver los conflictos entre las casas menores que nunca se acababan, entre otros muchos asuntos. Muchas veces, cuando quedaban en el comedor para cenar juntas, la notaba cansada y con pocas ganas de hablar. Una vez comentó que ser la Reina en el Norte era mucho más agotador de lo que ella esperaba.

- ¿Te arrepientes de haber aceptado?

Sansa la miró como si hubiera dicho un exabrupto.

-¿Cómo? No, que va... Por supuesto que no me arrepiento. Sé que vengo muchas veces cansada, pero sinceramente es lo mejor que me ha podido suceder en la vida.

Pero no todo eran malas noticias, por suerte. Aparte de poder haber traído al armador Braavosi con el "beneplácito" del Señor del Mar, había comprobado nada más atracar cómo iban las obras para la construcción de puerto. Aprovechando que tenía que dejar al armador y su familia bajo la hospitalidad y las órdenes de los Manderly, acompañó al arquitecto y a Lord Wylis Manderly para que la pusieran al día de las obras. No iban adelantados, pero tampoco retrasados, ya habían construido el camino que uniría el nuevo puerto con la ciudad. Estaban empezando ya a poner los pilares del puerto y preparando el terreno de tierra para construir las casas aledañas y los servicios. Aun quedaba mucho por construir, pero iba todo por buen camino. Cuando informó a Sansa de cómo estaba todo después de llegar a Invernalia, esta sonrió, comentando que al menos, ese puerto le estaba dando alegrías.

Una semana después llegó un cuervo con un mensaje. Casualmente lo vio volar en dirección a Invernalia mientras cabalgaba, por su posición intuyó que provenía del Oeste, tal vez de la "Costa Pedregosa" pero pensó que sería un mensaje para Sansa y se olvidó del tema. Hasta que llegó a Invernalia y se encontró con el maeste Wolkan, el cual era evidente que la estaba esperando.

- ¿Que desea?- Preguntó mientras descabalgaba de su yegua y le daba las bridas al mozo de cuadras.

- Buenos días, Lady Arya.- Saludó cortésmente el maestre mientras se dirigía a ella. Hemos recibido un mensaje para vos.

Eso a Arya la extrañó, ya que no era muy común para ella recibir mensajes.

- ¿Quien me lo envía?- Preguntó mientras agarraba el rollo que le acercaba el maestre. Este mantuvo la callada por respuesta.

Mientras lo leía, sonrió. Estaba claro que las noticias vuelan, y la emisora del mensaje ya sabía que había regresado, apremiándola a cumplir su "promesa de sangre". En el mensaje, le informaba que tenía un navío esperándola en las inmediaciones de un puerto de pescadores de la "Costa Pedregosa", una barca la estaría esperando para embarcar. Al avisar a su hermana vio que se quedó algo triste.

- Pensaba que te gustaría que me fuese...

Pero Sansa se quedó callada. Después suspiró.

- Bueno... acabas de regresar de Braavos, esperaba que te quedaras un poco más.

- No te preocupes, no tardaré más de tres semanas o un mes a lo sumo.- La consoló.- Quedamos en vernos cuando estábamos en Desembarco, y debo cumplir mi promesa.

Se levantó para dirigirse a la puerta, cuando su hermana la llamó.

- ¿Que pasa?- Preguntó después de girarse para ver que quería.

Pero vio a su hermana mayor muy seria, con gesto preocupado y tacítuno. Eso nunca era buena señal, algo estaba pensando y seguramente no le iba a gustar.

- Solo una cosa... ¿Qué clase de "amistad" tienes con Asha Greyjoy...?

-¿Y a tí que te importa?- Le soltó con un exabrupto.

- Personalmente, nada.- Respondió Sansa con frialdad.- La relación que tengas con ella me importa absolutamente nada, excepto que Asha Greyjoy tiene la mejor flota naval de Poniente, y es alguien que si supiera lo que estamos haciendo en Puerto Blanco podría ponerse muy nerviosa..

Arya suspiró.

- Tienes un pésimo concepto de Asha.- La defendió.- Ella no es como tú crees...

- Es una hija del Hierro.- Enfatizó Sansa mientras la interrumpía.- Una pirata que se dedica a saquear barcos. Y aunque tu pongas la mano en el fuego por su integridad, no puedes hacer lo mismo con los nobles que la rodean. Aunque tuvieran su palabra, es muy fácil que entre todos la llenasen de ideas extrañas sobre nuestras "verdaderas" intenciones...

- Ella no se dejaría manipular así.- Volvió a defenderla.- Por favor, no es una hija del Hierro cualquiera, es una Greyjoy, le cortaría la lengua a cualquiera que osara malmeter contra mi o contra las intenciones de nuestra casa.

Sansa suspiró.

- Solo digo que tengas mucho cuidado con decir según qué cosas. Hemos tomado todas las precauciones posibles para que los demás no se enteren de lo que estamos haciendo, precisamente, para evitar malentendidos y generar una guerra innecesaria. Eso sin contar en el enorme problema que meteríamos a Bram si falláramos ¿Entiendes lo que quiero decir o harás como siempre e irás a tu aire sin pensar en las consecuencias?

- En resumen, discreción...

Sansa la miró atentamente.

- Exactamente. No tiremos todo por la borda por quedar bien con la Greyjoy. ¿Puedo entonces confiar en tí?

Arya la miró atentamente.

- Tranquila, puedes confiar en mí. No soy tan imbécil como crees.

Volvió a girarse nuevamente y salió de la estancia, pensativa. No quiso reconocerlo delante de Sansa, pero su hermana tenía mucha razón. Aunque Asha se tomara bien lo que estaban haciendo, no necesariamente las casas nobles de las Islas del Hierro debían pensar lo mismo. Debía andarse con cuidado al respecto, y quien sabe, a lo mejor Asha aun no se había enterado y podían pasar unos días muy parecidos a los que pasaron en Desembarco del Rey...

Arya sonrió. Le vendrían bien unos días de diversión, dormir de día, beber de noche, divertirse un poco y a lo mejor encontraba a algún hijo del Hierro lo suficientemente apetecible como para entretenerse con él. Además, tenía ganas de ver a Asha y que le contase que había pasado después de que se separasen.