CAPÍTULO 6
...
Lovino alzó un poco la cabeza cuando entraron en la discoteca, la luz le deslumbró por un momento, pero rápidamente se acostumbró a las luces.
–¡Este sitio es donde solía ir con mis amigos!– Antonio explicó a gritos, intentando hacerse oír.
La música estaba incluso más alta que en el otro club a donde habían ido. La cabeza de ambos retumbaba a cada golpe de base.
–¡¿Solías?! ¡¿Te sientes tan viejo?!
Antonio se rio y siguió a Lovino entre la multitud.
–¡Simplemente hace mucho tiempo que no venimos!– Intentó explicar, pero Lovino se encogió de hombros con una mueca. Se acercó más a él– ¡He dicho...!
Lovino le sujetó la cara con ambas manos, haciendo que el corazón de Antonio se agitara más que la discoteca en sí.
–¡No importa!– Dijo, y miró en redor– ¡Vamos a apartarnos un poco!
El español asintió y terminaron de atravesar la muchedumbre. Estaba especialmente lleno de gente, un poco agobiante. Lovino seguramente se habría sentido ansioso si no hubiera estado borracho.
Se detuvieron cerca de la barra, aunque no demasiado como para permitir que Lovino pidiera otra bebida.
–¿Qué decías?
–Que hacía tiempo que no venía. Pero está prácticamente igual que la última vez.
Lovino asintió y dio un vistazo al lugar, luego echó una ojeada al español.
–¿Quieres bailar entonces? No hace falta que te quedes conmigo– Antonio dijo, sonriendo.
–Imbécil. Quiero que tú vengas. Si no me habría ido solo. Que dinero para un taxi tengo. ... creo.
Antonio se rio ante la cara de duda que Lovino tenía.
–Vale, te sigo.
Lovino gruñó un poco y dio media vuelta, entrando en el grupo de nuevo mientras intentaba buscar un hueco. De pronto, alguien lo jaló al interior del tumulto. Y así, desapareció a ojos de Antonio.
–¿Lovi?– Llamó, aunque sabía que iba a ser imposible que lo escuchara.
No habían pasado ni cinco minutos y ya había perdido a su amigo.
Se imaginó que estaría entretenido con alguien o algo. Quizás se había encontrado a un amigo. Siguió avanzando por el tumulto, moviendo la cabeza al ritmo de la música. Vio hacia un lado, luego al otro. Era difícil encontrarlo, Lovino era relativamente corto de estatura y de complexión delgada, además que no llevaba ropas que llamaran la atención. Al cabo de unos minutos consiguió vislumbrar a lo lejos el rostro afilado del ítalo.
Antonio se acercó un poco más y pudo distinguir los brazos de alguien sobre la cintura de su amigo. Un hombre lo sujetaba relativamente cerca, mientras le sonreía con una mirada maliciosa. Lovino no se apartaba, pero parecía molesto, quizás incómodo.
Ambos estaban hablando, obviamente era imposible escuchar qué decían. Incluso si se hubiera podido, Antonio habría preferido no inmiscuirse. No era su asunto, al menos no directamente.
Una pequeña parte de él dolía. No se esperaba que alguien fuera a flirtear con Lovino, al menos no el día que habían quedado. Lo más interesante era que quien flirteaba era un hombre. Quizás sus sospechas tenían razón y Lovino era gay después de todo.
De todas formas, las otras posibilidades tenían menos sentido, en general.
Vio como el hombre se acercaba un poco al rostro del italiano, y como este apartaba la mirada con hastío. Parecía agobiado e irritado.
Antonio dudó en ir. Lovino era capaz de defenderse por sí mismo, y aquel asunto no iba con él, aunque quisiera intervenir. Su mente cambió de opinión al instante cuando sus miradas se cruzaron y Lovino le dedicó una mirada rogante.
Cruzó la multitud un poco a empujones y tocó el hombro a Lovino, el cual se aferró a Antonio, apartándose de aquel hombre. Aunque era difícil de entender, pudo escuchar qué decían.
–¡No sabía que tenías novio!– Le dijo el otro, arqueando una ceja.
–¡Mis asuntos no te competen!– Con poco disimulo, se deslizó detrás de Antonio y le susurró algo.
"Sígueme el rollo", le pidió, y sujetó uno de sus brazos con los suyos.
–¡Podías habérmelo dicho antes!– El desconocido insistió, molesto.
–¡Fuiste tú quien no me soltaba, gilipollas de mierda!– Le enseñó el dedo del medio, asomándolo por encima del hombro de Antonio.
El otro frunció el ceño y dio un paso hacia delante, pero Antonio lo detuvo. No entendía qué estaba pasando. ¿Era conocido? ¿O desconocido? ¿Tenía que fingir ser su novio o había entendido mal? El asunto daba vueltas en su cabeza por lo confuso y repentino de aquella intrusión, pero una cosa la tenía clara, y era que aquel hombre había perturbado a su amigo.
–¡Déjale en paz! ¡Le estás molestando!
El hombre apretó los puños y miró hacia Antonio. Le sacaba casi una cabeza de altura, y posiblemente era más ancho que el de ojos verdes En una pelea seguramente Antonio hubiera perdido si fuera por fuerza. No obstante, no hubo violencia. Lovino empujó a Antonio poco a poco, alejándose del punto de tensión de aquella zona.
El español pudo respirar de nuevo, aliviado. Lo que menos hubiera deseado en aquel momento era llegar a los puños con alguien, y además sin saber qué estaba ocurriendo.
Lovino suspiró con pesadez, repetidas veces. Su cuerpo temblaba levemente mientras sus brazos no soltaban al de Antonio.
–¡Qué asco de tío!
El mayor se inclinó un poco, para poder hablar con él mejor.
–¿Quién era? ¿Qué pasaba?
Lovino frunció el ceño, molesto.
–Un ex. Me vio y quiso hablar conmigo. Quería librarme de él, pero no quería arriesgarme a que hiciera algo peor– Explicó, mirando hacia donde antes el hombre estaba–. Menos mal que te vi. Gracias por eso.
–De nada...– Respondió, hilando pedazos de conversación con la nueva información. Estaba todavía un poco bloqueado por la situación.
Quizás debería volver al gimnasio.
–¿Antonio?– Lovino chasqueó los dedos frente a los ojos verdes, tratando de llamas su atención aunque la música tapara el sonido.
–¡Ah, sí! Perdona. Ha sido un poco violento.
–Siento haberte entrometido– Liberó a Antonio y se cruzó de brazos, todavía encogido.
–No, no. No es tu culpa– Le palmeó el hombro.
–Es tuya. No, suya. Por existir– Gruñó, molesto–. Que le jodan. No, mejor que se le pudra el pene.
Antonio sonrió de lado. El Lovino borracho seguía ahí, aun tras aquella escena.
–Que se le pudra el pene– Repitió, consiguiendo que Lovino sonriera de nuevo. Al menos un poco.
Antonio comenzó a mecerse con la música, luego pareció convertirse un poco a bailar. Alzó una mano un poco, instando a Lovino a hacer lo mismo. El ítalo rodó los ojos y le siguió el juego, dándole la mano para dejarse guiar.
Aunque no hubiera prácticamente contacto físico, la escena se sintió cercana. Ambos compartieron un baile juntos, y otro. Lo pasaron bien, bailaron bastante. Lovino sabía cómo moverse, quizás había estudiado danza. Antonio se anotó la pregunta mentalmente. Mientras, el español optaba por un estilo más libre, parecido al resto de la discoteca. Algo como "no tengo ni idea de lo que estoy haciendo, pero me lo paso bien", en pasos de baile.
Poco a poco la noche fue avanzando, y la escena al comienzo fue prácticamente olvidada. Al menos por parte de Antonio. No reparó en que el otro echaba miradas fugaces en redor.
Lovino vació su copa y soltó un bufido. Había conseguido convencer a Antonio, y ahí estaban ellos. Uno con un cocktail, y el otro con un agua del tiempo. Antonio no era especialmente fan del alcohol, pero maldijo el hecho de tener que conducir más de una vez en su cabeza.
–¿Ya estás cansado?– Antonio le preguntó, todavía sin tocar su agua. Era absurdamente caro pedir una botella de agua en un club. Daban ganas de guardarla y mostrarla a la gente de importancia, aunque obviamente no lo iba a hacer. Quizás la hora de irse a dormir le hacía divagar más de lo normal. ¿Qué estaba diciendo?
–Un poco – Lovino bostezó, sintiéndose todavía más somnoliento mientras el alcohol de esa copa iba haciendo efecto–. Pero mañana tengo que trabajar de mañana. Creo que alguien va a estar enfermo, mala suerte para Feliciano– Sonrió, quizás pensando para sí.
–Deberías avisarlo y ya trabajarás de tarde.
Lovino gruñó.
–No quiero. Tengo cosas IMPORTANTES que hacer.
–¿Como tocar ese instrumento misterioso?
El ítalo lo fulminó con la mirada, o al menos eso intentó. Estaba demasiado borracho como para ello. Lo único que hizo fue entrecerrar los ojos mientras se mecía un poco. Antonio no pudo evitar reírse.
–Mi instrumento no tiene nada que decir. Quiero decir, eso es la cosa mía. Mi vida, mi secreti– Empezó a decir, mezclando sin sentido palabras y composiciones italianas en su español. Se dio cuenta de su error, no había sido demasiado obvio por suerte, y soltó varios tacos en su idioma.
–No hace falta que me lo cuentes, Lovino. Sólo he preguntado– Le sonrió y palmeó su hombro.
Lovino hinchó sus mejillas en un mohín infantil, quizás por el enojo. Antonio todavía no entendía qué efectos tenía el alcohol en su amigo, pero parecían variar.
–Te lo diré– El menor le dijo, poniéndose un poco de puntillas para llegarle mejor a la oreja de Antonio. Cuando se inclinó, el moreno pudo sentir la respiración y el aliento cálido contra su oreja. Una parte de él se estremeció ante aquel contacto.
–Dime que es la zambomba, por favor– Antonio bromeó, haciendo que Lovino soltara una pedorreta justo al lado de su oreja.
–No, no. Es el acordeón.
Se apartó y descansó su espalda contra la barra de nuevo, esperando una reacción. Antonio lo miró con desconcierto. ¿Por qué tanto secretismo por aquel instrumento?
–¿Y qué pasa? Ese instrumento es complicado.
Lovino alzó los brazos en símbolo de derrota ante el corto intelecto de Antonio, al menos a su parecer.
–Los tíos raros tocan el acordeón. Es un piano que apretas para que suelte ruidos.
–Lo dices como si fuera malo.
–Es raro. La gente rara toca ese instrumento, como yo. Fíjate en las pelis. ¿Quiénes tocan el acordeón? Sólo los que intentan emparejar a la pareja de la película, metiendo música "romántica" de por me, medu, medio– Se corrigió al final.
–Estás fatal, Lovino– Se rio, entretenido ante aquella explicación–. Yo creo que es un instrumento genial, de verdad. Tiene un sonido único. Yo no sería capaz de aprender a usarlo.
Lovino fue alzando su sonrisa poco a poco.
–Davvero?– Preguntó en voz baja.
Antonio asintió.
–Todo el mundo toca la guitarra, o el piano. Suelen ser instrumentos comunes. Hey, enorgullécete de conocer uno que poca gente sabe usar.
Lovino sonrió.
–Grazie– No tardó demasiado en mostrar su usual expresión y apartarse de la barra–. Es tarde. Deberíamos irnos. No quiero que te duermas de camino por mi culpa.
Antonio se rio.
–No te preocupes. No estoy tan cansado por ahora. Vamos.
Lovino enganchó su mano con la de Antonio, quizás por reflejo o quizás porque quería, pero dejó que el otro lo guiara hasta la salida. Antonio, por su parte, no se molestó ante eso. Lovino estaba borracho, ya había hecho cosas parecidas ese día. Además, no era desagradable.
Eso era buena señal, cada vez eran más cercanos.
Antonio salió del establecimiento, siendo golpeado por una fuerte frisa invernal. Lovino se sacudió de frío y se puso la cazadora al instante.
En ese momento atisbó a cierto individuo con quien habían estado hablando antes, acercándose. No pudo evitarlo y corrió a esconderse detrás de Antonio. Estaba demasiado borracho como para encararse a su ex de nuevo.
–Está aquí– Le dijo a Antonio, empujándolo un poco– Vamos de prisa.
Antonio echó una mirada a los alrededores. Había unos contenedores, y cerca un grupo de jóvenes liándose unos cigarros. Mejor dicho, porros. Saliendo de la entrada, estaba aquel hombre.
Lovino correteó hacia delante, intentando llevarse a Antonio, pero este se quedó en el sitio. No tenía sentido huir. En caso de que aquel individuo quisiera atacarlos, sería capaz, yéndose o no.
No obstante, tenía miedo. No quería una confrontación. No quería tener ninguna clase de problema. Era de lo peor que podía hacer con su trabajo. ¿Quién confiaría en un profesor con conductas violentas?
El hombre no dudó un segundo y lo empujó.
– ¿De qué vas, basura?– Le dijo, con una expresión presa del alcohol y enfado.
–¡Eh, eh, eh!– Antonio alzó los brazos un poco, en gesto de paz– Mira, no hay razones para ponerse así.
–¡Metiste las narices en una conversación entre él y yo!
–¡Lovino estaba incómodo!
Lovino asintió, todavía algo apartado.
–¡Sí! Tú no me dejabas en paz– Dijo, alzando el dedo para señalarlo.
–Me da igual. ¡Estaba hablando con él!– Volvió a empujar a Antonio, haciendo que este se sintiera más ansioso.
¿Qué podía hacer? La violencia no tenía sentido. Primero, porque es siempre mala opción. Segundo, porque no había tenido una pelea desde hacía quince años, y aquel hombre era bastante más grande que el chaval que se había metido con Francis en segundo de ESO.
–Mira. Me imagino qué es lo que quieres, y te aseguro que no lo conseguirás– Antonio empezó a decir, tratando de mantener la calma–. No puedes forzar algo que no es, o anclarse en el pasado. Obsesionarse pensando en lo que podría haber sido sólo nos hace peor.
Y era verdad. Antonio había estado cerrándose junto un pasado idealizado. Sabía que era tóxico, e inútil, pero era tan difícil deshacerse de aquello.
Tampoco tuvo tiempo a decir nada más. Un puñetazo en el ojo cortó sus palabras.
Antonio se tambaleó con el golpe, consiguiendo mantener el equilibrio y no caerse. El ojo le dolía horrores. Observó como el otro le sonreía con sorna.
El grupo comenzó a murmurar cosas, alguno comenzó a corear la palabra "pelea", echando más leña al fuego.
Aguantó el deseo de agarrarle el cuello y golpear su cara contra el muro. Sólo por borrarle aquella asquerosa sonrisa. No lo hizo. Antonio no era alguien violento, y meterse en problemas sólo lo haría mucho peor.
Siquiera tuvo tiempo a decir algo de vuelta, pues el otro volvió a golpear. Por suerte, el moreno consiguió esquivarlo. Los sentimientos pacifistas iban disipándose mientras más rabia cubría su mente.
Levantó el puño, bloqueando otro ataque en la cara.
Entonces, Lovino acabó la pelea. Se acercó por atrás y dio una patada lo más fuerte que pudo, justo entre las piernas de su ex, consiguiendo que este se doblase sobre sí debido al dolor.
–¡Que te jodan!– Lovino dijo, soltando varias palabrotas antes de darle otra patada.
Antonio permaneció unos segundos en shock ante aquella reacción, y se dejó llevar cuando Lovino tiró de él para irse.
Ambos permanecieron en silencio hasta que llegaron al coche de Antonio. Lovino fruncía el ceño de forma más notoria que lo habitual. Dedicó una rápida mirada a su amigo, el cual parecía un poco aturdido, o dolido por el golpe. Su ojo estaba entrecerrado. Debía de dolerle.
Lovino alzó una mano para acercarse y sujetar el rostro de Antonio y ojear la herida.
–¿Estás bien?
–Sí. Bueno, podría estar mejor, pero también peor– Se rio un poco, aunque soltó un quejido quedo. Lovino lo había visto. Había recibido otros golpes. No directos, por suerte, pero sus brazos habían cubierto algunos ataques.
–Tu ojo no parece estar mal, por suerte.
–Celebraré que al fin tendré un ojo morado.
Lovino frunció el ceño y le liberó.
–Siento haberte metido en esto, ahora más que antes– Se sujetó la cabeza y soltó un gruñido–. Maldito idiota, ojalá se le pudra el pene de una buena vez– Volvió a dirigir su mirada al mayor–. ¿Por qué no te defendiste, si se puede saber?
Antonio suspiró y abrió las puertas delanteras del coche.
–No quiero meterme en problemas. No soy un crío, no hay razones para resolver las cosas con violencia.
–A mí me fue bien al final– Se sentó como copiloto–. Tendría que haberle dado con el tacón de mi zapato.
–Estuve cerca de perder los papeles, pero no. Mejor así. No quiero más problemas. ¿Qué clase de profesor sería si me pasara por el forro los valores en contra de la violencia que enseño? – Negó con la cabeza. Mala idea, su ojo comenzó a doler de nuevo–. Mejor intentar hablar las cosas...
–No fue muy bien, pero me ha gustado el mensaje que has dicho, machote– Lovino mostró una sonrisa socarrona–. La próxima recítale un poema o algo.
Antonio sonrió un poco, luego dirigió la atención al menor.
–Oye, Lovino. ¿Vives lejos?
Lovino golpeteó los dedos en el reposabrazos y desvió la mirada.
–Un poco sí. Es en la dirección del bar, algo más lejos.
–¿Te importaría si te pagara un taxi o algo?
Ya. La herida, de noche. Comprensible.
–No tienes que pagar nada– Gruñó y sacó la cartera, luego la cerró y volvió a dejarla en su bolsillo, sin añadir nada más.
–Lovino.
–¿Qué?
–¿Seguro que no quieres que te pague el taxi?
Lovino hizo un pequeño puchero, molesto.
–Puedes quedarte en mi casa, si quieres–Antonio prosiguió, ya que no parecía que fuera a recibir respuesta–. Ya has visto que está relativamente cerca, y tengo un sofá donde dormir.
El italiano soltó un suspiro y alzó los brazos en señal de rendición.
–Está bien.
Antonio sonrió de forma leve y puso el coche en marcha.
El trayecto volvió a ser silencioso. El alcohol en las venas de Lovino hacía que se adormeciera un poco, ahora que la adrenalina se había disipado y la hora del reloj se hacía notar. La música estaba baja, calmando todavía más su estado. Debería estar nervioso, pues iba a pasar la noche en casa del español. ¿Era aquello acaso importante? Quizás no demasiado.
Cerró los ojos de forma intermitente, hasta que sintió que el coche se detuvo. Bostezó con pesadez, cubriendo parte de su boca con la mano, y dirigió su atención a Antonio.
–Ya hemos llegado.
–Ya veo. Estoy borracho, pero no soy idiota.
Ambos salieron del coche y fueron hacia el interior del apartamento.
–Bueno– Antonio empezó, y señaló al final del amplio pasillo–. El baño esta hacia la derecha, y a la izquierda está la habitación. Puedes usar alguno de mis pijamas si quieres. Yo dormiré en el sofá.
–No– Dijo cortante.
–Eres mi invitado, Lovino. No me importa usar el sofá. Es cómodo.
–Pues lo puedo usar entonces.
–Lovino...
El italiano soltó un bufido.
–Vale, vale. Prefiero no discutir más– Hizo un gesto con la mano y se dirigió hacia el baño–. Buenas noches.
–Buenas noches, Lovino.
–Puedes llamarme Lovi, si te gusta usarlo– Soltó, y entró en el baño, cerrando la puerta.
Antonio sonrió, sintiendo una sensación cálida en el pecho. Ah, quizás era dolor. Debía ir a aplicarse una crema y hielo.
Lovino levantó la cabeza de la almohada, sin ser capaz de ver más que las líneas de luz que sus mechones no cubrían. Su cabeza latía con fuerza, el estómago se retorcía y sus articulaciones no querían funcionar bien. Había dormido tan fuerte que su cuerpo todavía no reaccionaba.
Se sacudió un poco para tratar de desentumecerlas. Vio en redor, tratando de recordar dónde estaba. La casa de Antonio, su cama, mientras llevaba uno de sus cómodos pijamas, que olían tan bien. Los recuerdos vinieron a su mente y frunció el ceño. Menuda noche.
Trató de acomodarse el flequillo y salió de la habitación con pies pesados. Antonio estaba sentado en el sofá, con el móvil en la mano, una bolsa de guisantes en la otra.
–Ya, tengo que empezar a ir al gimnasio, la verdad…– Antonio soltó con molestia, contestando a quien estaba al otro lado del intercomunicador– Ya sé, ya sé. Pero no quería hacer las cosas peores– Hizo una pausa y se dejó caer un poco en el sofá–. Te lo agradecería. La verdad es que no estoy en mi mejor momento.
Lovino dio unos pasos hacia delante, intentando no molestar en exceso. Necesitaba ir al baño.
Antonio alzó la cabeza un poco y le sonrió.
–Hey, buenos días, Lovi– Dirigió su atención al teléfono–. ¿Qué? No, no. Joder, Francis. Que no ha pasado nada– Cubrió parte del móvil con la mano y volvió a ver a su invitado–. ¿Qué tal has dormido?
Lovino mostró una mueca de dolor al ver como el bonito ojo de Antonio estaba algo inflamado, comenzando a tomar aquellos tonos rojizos y morados.
–Bien. Tu cama es cómoda.
Antonio soltó un suspiro cuando escuchó gritos de emoción por el altavoz de su móvil.
–Me alegro. No he preparado nada para desayunar. Me acabo de despertar.
–No te preocupes. Ya haré algo– Dijo, y no tardó en escabullirse al interior del baño.
Antonio sonrió de lado. Lovino recién despertado tenía un aspecto curioso. Pelo sacudido, ojeras marcadas, una ligera rojez en su rostro, quizás por el calor de las sábanas, o quizás por haber dormido con la cara pegada a la almohada.
De todas formas, se veía bastante bien en su pijama…
Decidió contestar a la llamada antes de que a Francis le diera algo.
–¿Qué pasa?
–/¡No mencionaste que llevaste a tu "amigo" a tu piso!/
–Estaba cansado, y me habían pegado– Gruñó, volviéndose a poner el hielo sobre el ojo–. Le invité a pasar la noche en mi apartamento, ya que vivía lejos y no quiso aceptar el dinero para el taxi. Eso es todo.
–/¿No pasó nada más?/
–¿Qué esperabas? Sólo somos amigos, Francis. Estoy demasiado ocupado lidiando con mis pensamientos como para plantearme ligar con alguien– Se frotó un poco la bolsa de hielo, con bastante cuidado–. Quiero llevarme bien con él.
–/Pero él parece interesado en algo más, y sabes que, por lo menos, es gay. ¿No te atrae, siquiera un poco?/
Antonio se mordió el interior de la mejilla y ojeó la puerta del baño. Todavía cerrada, por suerte
–No lo sé– En parte sí lo sabía–. Pero eso no importa. ¿Sólo porque sea gay tiene que atraerme?
–/Sabes a qué me refiero, mon cheri/
–No, no lo sé. Bueno, te dejo. Ya nos veremos a la tarde.
Finalizó la llamada y dejó el teléfono a un lado del sofá. La puerta del baño se abrió poco después, mostrando un Lovino un poco menos mortecino.
–Bueno. ¿Qué tienes para que prepare algo?
–Depende de lo que pienses hacer– Se levantó y fue a la cocina, acompañado del menor. Dejó la bolsa de guisantes a un lado y abrió los brazos un poco–. Cualquier cosa que quieras coger, adelante. Gracias por ofrecerte a cocinar, por cierto. Iba a preparar café pero me llamaron.
–¿Un amigo?
–Sí... Se preocupó cuando le conté que me habían dado un puñetazo– Se rio–. Tuvo que asegurarse de que estaba bien.
–Ya.
Lovino tomó un vaso y lo llenó de agua, para bebérselo del tirón. Luego comenzó a buscar en cajones varios, sacando algún que otro ingrediente genérico. Podría preparar crêpes como un bizcocho de ocho capas.
–¿Qué vas a cocinar?
–Algo sencillo. Seguramente tortitas. O gofres. ¿Tienes gofrera?
–No. ¿Debería?
La mirada que Lovino le lanzó le dejó bien claro que aquella pregunta había sido ofensiva.
–Ignoraré eso. Tortitas serán… ¿Dónde están las sartenes?
Antonio señaló los sitios en concreto y dejó que Lovino comenzara su "arte", también llamado caos. Sabía perfectamente lo que hacía, pero todo lo desordenaba a su paso. No parecía demasiado acostumbrado a tener cuidado. Una parte de él sintió pena por Feliciano.
–¿Ayer avisaste a tu hermano?
Lovino se detuvo y negó con la cabeza.
–Cazzo. Me va a matar– Prosiguió con lo suyo–. Ahora ya es tarde.
–Son las diez. Tienes tiempo de decirle que vaya él a abrir.
El italiano gruñó, sacó su móvil para teclear algo rápido y lo volvió a guardar.
Antonio no dijo nada más, pero permaneció cerca mientras preparaba café. Lovino le echaba rápidas ojeadas, se detenía, luego volvía a su ocupación.
–¿Te duele?
El español soltó un suspiro y se encogió de hombros.
–Pues claro, pero al menos es un dolor tolerable.
–Qué asco me da tu positividad.
Antonio se rio ante el cometario.
–Oh, vamos. Sabes que es cierto. Además, salvaste la situación. Podría haber acabado pateado por él. O él pateado.
Lovino detuvo sus quehaceres y se limpió las manos.
–¿Tú crees que podrías haberle ganado?
–No creo. No me meto en peleas, y él era...– Hizo unos gestos, como representando un rectángulo, o cuadrado.
–Sí. Me da asco de recordarlo – Soltó un gruñido y miró a su amigo–. Menudo idiota.
–Todos tenemos ese tipo de ex– Antonio dijo, yendo a tomar la cafetera y verter un poco de café en dos tazas.
–Lo sé, lo sé– Se sujetó las sienes, molesto–. Es sólo que... No me esperaba esa reacción.
–Quizás estaba borracho.
–¡Yo también lo estaba, y no me puse a acosar a personas y a pegar a sus parejas! Es imbécil, es lo único que puedo decir de él.
Puso la sartén sobre los fogones, bastante molesto. Prácticamente echaba chispas. Además, tenía resaca, así que tenía razones para quejarse de cualquier cosa en ese momento.
Bueno, más de lo normal.
–No te preocupes por eso– Antonio dijo, mostrando una sonrisa amigable–. Yo no le doy importancia. Eres mi amigo, qué mínimo que intentar ayudarte.
–Eres demasiado dulce– Soltó, comenzando a cocinar el desayuno.
–Qué va.
Lovino hizo un gesto con la mano.
–Réstale importancia si quieres. Ahora, tráeme un plato o algo– Le echó una rápida mirada–. Por cierto, seguramente me vaya después del desayuno.
–Puedes quedarte todo lo que quieras, Lovi.
El menor dudó durante unos segundos.
–Bueno. Supongo que puedo quedarme un poco más, hasta que tu amigo venga, claro. Aunque en silencio, que no tengo ganas de escuchar ruidos con esta jaqueca.
–Podemos ver algo en la televisión, si te apetece.
Lovino soltó un bufido.
–No sé. Eso es ruido.
–No si lo escuchas bajito– Antonio susurró tras acercarse un poco, consiguiendo que su amigo sonriera.
–Menudo idiota eres.
Antonio se rio y fue a por la bolsa de hielo de nuevo.
–Quizás sí. Oye, no sé si es cosa de mi imaginación, pero ¿a veces me insultas como si fuera un halago?
–Me has descubierto– Se mofó el italiano–. Bobo.
–Muchas gracias– Se llevó una mano al pecho, sonriendo.
–Uh, le quitas la gracia– Le dio un empujoncito a la cara del mayor y luego decidió volver con la tarea de cocinar el desayuno–. Añádeme cuatro cucharaditas de azúcar al café. Casi he acabado.
–¿Cuatro?– Antonio preguntó, yendo a emprender su labor– Eso es bastante.
–Me gusta dulce, ¿vale? Pero la leche le quita el sabor.
El moreno se rio y añadió el azúcar correspondiente a cada taza.
– No te juzgo.
–Perfecto, porque si no, me comería el desayuno solo– Llevó la pequeña torre de tortitas a la mesa y se sentó, tomando la taza con ambas manos–. No bromeo.
–Hey, tiene buena pinta.
–¿Qué te esperabas? ¿Que hubiera quemado la masa por dentro?
Antonio rodó los ojos y se rio.
–¿Quieres algo? Tengo mantequilla, miel, chocolate, mermelada de fresa... Y creo que ya está.
Lovino dudó un momento, torciendo su boca en una ligera mueca.
–Déjalo estar. Tomaría chocolate, pero sería incluso peor para la jaqueca.
–¿Y el azúcar y el café no?– Dejó el resto de ingredientes en la mesa y se sentó cerca de Lovino.
–Esos dos son indispensables si quiero ser persona– Alzó un dedo–. In. dis. pen. sa. bles– Repitió lentamente, marcando cada sílaba–. Así que no, no afectan.
Antonio soltó una carcajada por lo bajo.
–Entonces, ¿qué vamos a hacer hoy?– Lovino preguntó, tomando la primera tortita para él.
–Depende de si estás muy mal o no.
–Eres tú el tullido.
–Ja, ja.
Lovino se rio con malicia.
–A mí me da igual, mientras no haya demasiado ruido. Y bueno, necesitaré agua. Grandes cantidades de agua.
–Podemos ir a jugar al billar.
–¿Billar? Hace mucho que no juego– Entrecerró los ojos, pensativo, y le dio un mordisco a su desayuno.
–Es una bocatería, pero tienen billar, diana para dardos, y un futbolín.
–Ugh, mucho ruido...– Lovino se quejó, levantando la mano para llevársela a la sien–. Ya la próxima, si eso.
–Me lo anoto. Hoy podemos jugar a las cartas.
–No sé cómo funciona vuestra estúpida baraja.
–Pensé que en Italia se usaba.
–No mucho– Gruñó.
–Te puedo explicar cómo usarla. Es muy sencillo.
Lovino rodó los ojos. Antonio podía ser persistente, pero eso le agradaba, en parte. Además, tampoco debía ser muy duro ese día. Por su culpa, su amigo tenía un ojo amoratado.
Debido a esto, y nada fuera de aquel razonamiento según él, aceptó pasar parte de la mañana jugando a las cartas con Antonio. Y por alguna casualidad, se le daba bastante bien.
...O...O...O...
...
...
Bueno, pues se ha quedado buen día, ¿no creeis?
VALE. Me disculpo por la tardanza a los pocos que prosigáis leyendo mi historia (os quiero) después de un año y medio de inactividad. Entendería el enfado, de verdad... Pero todos sabemos que estos años han sido difíciles. Este capítulo fue escrito hace muchísimo, y no tuve fuerza para publicarlo hasta que encontrara motivación para escribir más.
Han pasado muchas cosas. Desmotivación, separarme del fandom, estudios, un proyecto personal que me mantiene mayormente ocupada... No obstante, no quiero abandonar esta historia, de veras que no.
Recientemente me he leído la historia entera, para volver a sentir esa conexión que tuve hace tanto. Por suerte, así fue. Estoy enamorada de estos personajes, y no los quiero dejar morir, así como no quiero dejar que se pierda esta historia. Sabiendo que es tan cercana a mí, sabiendo que hay personas increíbles leyéndola...
Lo máximo que os puedo decir ahora mismo es que os cuidéis, y que seáis fuertes. Estamos viviendo un periodo duro, que está durando mucho más de lo que nos esperábamos la gran mayoría. Es deprimente, pero pasará, y cosas mejores vendrán.
Sé que pocos leerán este comentario. Si lo habéis hecho, tenéis mi más sincera gratitud. No puedo escribir todo lo ocurrido en este periodo, pero si seguís aquí después de tanto, muchísimas gracias. Y para los nuevos, bienvenidos. Intentaré escribir más a menudo... :'D
Respuesta a NAZAPI:
¡Muchas gracias! Intento representar a un Lovino realista, uno que, bueno, tiene mal genio pero principalmente le gusta bromear y molestar a Antonio.
Y si, efectivamente. Lovino va a acabar arruinando a Antonio. Totalmente xD
