No había nada mejor que empezar el día con una rutina de ejercicio mega recargada, aquello le permitía a Bokuto recobrar energías y liberar todo el estrés acumulado en la semana de exámenes.

Aunque, en realidad, el solo inicio de las vacaciones lo emocionaba, más que nada porque durante el periodo de descanso estaba decidido a pasar el mayor tiempo posible con Akaashi.

La apretada agenda de ambos en medio de las clases y los exámenes ocasionaba que a duras penas fueran capaces de verse.

Algo contradictorio considerando que pasaban la mayoría del tiempo en el mismo campus y vivían en el mismo complejo de apartamentos.

Claro que, por mucho que quisiera adueñarse de todo el tiempo libre del menor, todavía debía considerar los días que Keiji tenía que acudir a la academia policial, pero era algo que estaba dispuesto a tolerar.

De hecho, era bastante oportuno si consideraba que quería conseguir un trabajo de medio tiempo para financiar sus planes de "conquista".

Lo que en otras palabras significaba que en el mes de libertad del que disponía tenía que reunir la suma necesaria para comprar el anhelado ramo y la edición especial del libro del que su mejor amigo no dejó de hablar por meses.

Sería pan comido.

Con esa repentina ola de positividad se dirigió animosamente a darse una ducha mientras pensaba en algún plan para arrastrar al ojiazul con él ese día.

No iba a aceptar un no por respuesta, pues ninguno de los dos podía poner la excusa de estar ocupado con asuntos de la escuela.

Si Kuroo no hubiera regresado a casa de sus padres sin duda lo habría escuchado cantar a todo pulmón canciones de amor en el baño.

No obstante, su emoción menguó cuando, después de terminar su conmovedor concierto, leyó un mensaje proveniente de Shirabu donde le comunicaba que Akaashi había amanecido enfermo y que tenía que ir a cuidar de él.

Lleno de preocupación, se apresuró en ir a la tienda de conveniencia de la otra calle, compró pastillas para el dolor de cabeza, para el resfriado, para el dolor de estómago, dolor muscular e incluso para la acidez estomacal —Kotaro siempre le decía a Akaashi que desayunar casi a las 12 los fines de semana no es bueno.

Tal y como decía el último mensaje del castaño, la puerta estaba abierta así que pudo entrar con normalidad al departamento.

A decir verdad, esa era su primera vez dentro del lugar.

Nunca había conseguido pasar del umbral de la entrada por la estúpida regla que no permitía alfas en el bloque de los omegas y viceversa.

No obstante, si Shirabu no estaba no había inconveniente, ¿no? Eso si ignoraba su corazonada de que Akaashi era un omega.

Bueno, más que corazonada o instinto era por las oportunidades en las que sentía salir sutiles feromonas del pelinegro.

El problema estaba en que al parecer nadie más parecía notar el dulce aroma que evocaba en ocasiones el chico.

Pero no era momento de reflexionar sobre sus teorías conspirativas.

No dispuesto a perder más tiempo, arrojó la bolsa de compras en el mesón de la cocina y se dispuso a buscar la habitación de Akaashi.

El primer cuarto estaba exageradamente ordenado y no había rastro del azabache, supuso que se trataba de la habitación de su roommate.

Por suerte, en el cuarto contiguo distinguió un bulto envuelto en varios cobertores que le hizo pensar en uno de esos burritos que probó cuando fue con Kuroo a un restaurante mexicano.

El pelinegro dormía profundamente con un parche adhesivo de gel refrigerante en la frente, obligándolo a permanecer boca arriba mientras al menos diez centímetros de sábanas lo protegían.

Un poco más aliviado, se dirigió a la cocina a hacer un poco de sopa, ya que supuso que el de ojos azules despertaría hambriento.

Una vez estuvieron listos los fideos regresó al cuarto a revisar cómo seguía Akaashi, esta vez, en un estado de mayor tranquilidad, notó el portarretrato sobre el escritorio en el que se veía a un sonriente Bokuto junto a un serio —pero no tanto como de costumbre— Akaashi.

No pudo evitar sonreír por el descubrimiento. Si no estuviera en el cuarto de un enfermo sin duda habría gritado de felicidad.

—¿Bokuto-san? —La voz de recién levantado del menor hizo que se sobresaltara— ¿Por qué estás aquí? —preguntó el de cabello enmarañado.

—¡Akaasheee! ¿Estás bien? ¿Te duele la cabeza? ¿Pescaste un resfriado? ¿Te duele el estómago? —Lo bombardeó con preguntas el visitante.

—Bokuto-san…

—Es el estómago, ¿verdad? ¡Sabía que tarde o temprano ibas a terminar teniendo problemas de acidez!

—Solo es fiebre —interrumpió el menor antes de que le terminara diagnosticando una ulcera o algo peor.

El de cabello bicolor lo miró con sospecha, pero la expresión inalterable de Akaashi terminó por convencerlo.

—¿Tienes hambre? —Cambió de tema.

El enfermo se limitó a asentir.

Kotaro dejó el cuenco de sopa sobre el escritorio para ayudar al de ojos zafiro a escapar de su jaula de frazadas de tal forma que pudiera incorporarse y beber el contenido con mayor facilidad.

Cuando el menor se sentó fue que Bokuto se percató de que tenía puesta la camisa que le robó hace un tiempo.

A Akaashi, al tener la espalda menos ancha y en general una contextura más delgada, las costuras de los hombros de la prenda le llegaban un poco más abajo de lo que deberían, por no mencionar que el cuello se veía algo holgado.

Y, como cereza del postre, su rostro afiebrado hacía que se viera simplemente adorable a los ojos del platinado.

Un día de estos Keiji le iba a terminar provocando un infarto al alfa por su lindura.

El mayor le hizo compañía a su amigo mientras este terminaba de comer, no sin tener una pequeña charla de por medio.

Charla en la que Akaashi se enteró que debía el honor de que Bokuto lo viera con cara de muerto viviente y sólo una camiseta por vestimenta, a su querido compañero de apartamento.

Tal vez era una venganza por la vez que Shirabu fue a comprar las pruebas de embarazo y Ushijima lo vio en pijama.

Kenjiro podía tener una apariencia angelical, pero era un ser vengativo y lleno de rencor.

Luego de aquella revelación y de que Akaashi terminara los fideos, Bokuto comprobó la temperatura del pelinegro para finalmente darle más medicina y dejarlo dormir de nuevo.

En los aproximadamente veinte minutos que le tomó al de ojos ámbar lavar los trastes ensuciados y dar una visita al baño, algo cambió en el ambiente.

De la nada, un dulce y fuerte aroma penetró sus fosas nasales, y él sabía muy bien qué y de quién era el olor.

Se apresuró en llegar al cuarto una vez más, solo que esta vez Akaashi no dormía pacíficamente sobre la cama si no que se encontraba en posición fetal mientras que abrazaba su vientre.

Era imposible no notar que toda la habitación estaba inundada de un espeso aroma a frutos rojos o pie de mora, Kotaro aún no se decidía.

—'Kaashi ¿Estás bien? —inquirió con preocupación mientras se aproximaba a la cama.

Sin embargo, en lugar de una respuesta coherente lo único que recibió del azabache fueron un par de lloriqueos.

Ahora que lo tenía más cerca, Kotaro notó las gotas de sudor frío deslizándose por la frente del menor, además de la respiración forzada que escapaba de sus labios.

Sería el mayor idiota del planeta —quizá del mismo universo— si no llegaba a la conclusión de que la fiebre de Akaashi no era resultado de un repentino resfriado, si no de su primer celo.

Ciertamente, Bokuto notó que ese día Keiji expulsaba feromonas a borbotones, mas lo atribuyó a que estaba enfermo.

Grave error de su parte.

Ahora el problema al que se enfrentaba el muchacho es que solo tenía conocimientos básicos sobre el celo de un omega, mucho menos del primero.

Todo sería más sencillo si Shirabu estuviera ahí, pero seguramente ya ni siquiera estaba en la prefectura.

En estos momentos lo más plausible es que se encontrara junto a Wakatoshi en un tren camino a Sendai.

Lo que le recordaba que acudir a Iwaizumi tampoco era una opción, pues él y Oikawa partieron ese mismo día a Miyagi. Aunque, para evitar que toparse con Ushijima, Toru decidió tomar el tren de las 6 a.m.

Evidentemente cuando Iwaizumi se enteró que había comprado boletos para esa hora casi le arranca la cabeza.

Las cosas no mejoraron mucho cuando el castaño dijo "si lo prefieres puedo mantenerte toda la noche despierto para que no tengas que madrugar, Iwa-chan".

En ese momento Bokuto pensó que era posible que Oikawa no pudiera tener hijos en el futuro, no después del golpe que recibió en sus partes nobles.

Hajime por otro lado parecía bastante satisfecho consigo mismo.

Se le ocurrió llamar a Semi, pero ignoraba si la exposición prolongada a las feromonas de celo podría afectar a un omega embarazado. Era mejor prevenir.

A estas alturas solo se le ocurría una persona que podría ser de ayuda, lo difícil sería hacerla cooperar.

Pero, antes de cualquier otra cosa, tenía que contactar a los padres de Keiji.

—'Kaashi, necesito tu contraseña —le solicitó mientras lo sostenía de los hombros para que no retomara la posición en la que lo encontró.

—Onigiris salados… —murmuró ido el otro.

Bokuto no recordaba que dentro de los efectos del celo de un omega estuviera delirar.

—Keiji, cuál es la contraseña —insistió Kotaro.

—Onigiris salados... Todo junto —añadió esta vez.

Tuvo que procesar unos segundos lo dicho por el otro para llegar a la conclusión de que el más bajo no estaba delirando, solo tenía un amor excesivo por las bolas de arroz.

Hasta el punto de que las tenía de contraseña.

Si no fuera un momento crítico seguramente se habría dado el lujo de ponerse celoso de los onigiris.

Había llegado la hora de verdad.

El momento que cambiaría el rumbo de su vida.

Y es que, por muy descabellado que sonara para todos los que lo conocían, Bokuto Kotaro se sentía exageradamente cohibido ante la idea de marcar el número de la madre de Keiji.

Normalmente su personalidad extrovertida y despreocupada le permitía hablar con desconocidos como si fueran amigos de toda la vida, sin embargo, la persona al otro lado del teléfono no era un "simple desconocido".

Era nada más y nada menos que la mujer que dio a luz al amor de su vida.

¿Y si no le agradaba al extremo de que no les daba la bendición para casarse?

¿Y si tenían que luchar por su relación —que todavía no existía— hasta el punto de tener que contraer matrimonio en secreto?

Recuerda haber leído en un libro de historia que en múltiples culturas se daban dotes al pedir la mano para ganar el favor de los padres.

Tal vez si les regalaba una docena de cabras a los Akaashi lo aceptarían…

Por suerte, contrario a lo que creyó, la mujer resultó ser bastante amable.

Si bien se mostró algo intranquila cuando estuvo al tanto de lo que pasaba, no parecía odiar al alfa.

Claro que Bokuto no mencionó en ningún momento que fuera un alfa, solo como prevención.

El único inconveniente en todo el asunto —si omitía la inquietante manera en la que el omega a su lado sollozaba su apellido— es que los padres del pelinegro se encontraban al otro lado del país y no tenían planes de regresar hasta la próxima semana.

A pesar de aquello, la madre del chico le comunicó que harían todo lo posible para estar mañana mismo de vuelta en Tokio.

Lo que significaba que él tendría que hacerse cargo de Akaashi en el entretanto. De todos modos, lo más urgente en estos momentos era lograr que este dejara de lloriquear.

Con eso en mente presionó el botón para iniciar la videollamada.

...

Kozume Kenma se esperaba muchos tipos de escenarios cuando Kuroo le dijo que Akaashi había entrado en celo y Bokuto estaba con él, más importante, que en unos minutos iban a tener una videollamada con el de cabello estrafalario porque aparentemente no conocía ningún omega que pudiera asesorarlo.

Que emoción.

Ahora bien, si no fuera porque se encontraba en casa de sus padres probablemente tendría que dirigirse directamente al departamento del susodicho en vez de mantener una videollamada desde la comodidad de su hogar y sin despegar su vista de su consola.

Al menos eso le quedaba de consuelo.

Pero regresando al tema, honestamente no se esperaba lo que veía al otro lado del celular de Kuroo.

Akaashi estaba sentado en el regazo de Bokuto, con los brazos echados a su cuello y sin la intención de soltarlo.

El chico olisqueaba intensamente el cuello del alfa.

Bokuto por su parte permanecía como una estatua, sin saber muy bien cómo reaccionar, lo que hacía toda la situación mucho más extraña.

—¡Kenken! ¿Qué debería hacer? —exclamó alarmado el de cabello bicolor.

—Yo veo todo bien-

—Kenma. —A su lado Kuroo le dirigía una mirada acusatoria.

Después decían que Kenma era el amargado.

—Bien. —Largó un sonoro suspiro—. El primer celo no tiene ninguna connotación sexual, sólo deja que huela tus feromonas para que se tranquilice —declaró con una sencillez similar a como si le estuviera diciendo a alguien con sueño que se fuera a dormir.

—¿No sería mejor llevarlo al hospital? —propuso Tetsuro.

—No es como si fuera a morir, Kuro —respondió con el ceño fruncido el teñido—. Ni siquiera le van a dar supresores porque es su primer celo, lo máximo que harán será darle algo para que duerma.

—¡Pero le duele su pancita! —se quejó Bokuto.

—No vuelvas a utilizar la palabra "pancita" en mi presencia, gracias.

—Kenma. —El azabache volvió a llamarle la atención.

«Paciencia Kenma, paciencia» se dijo.

—Tus feromonas van a calmar el dolor ¿Necesitas algo más o puedo reanudar mi partida? —preguntó con desinterés.

Kozume estaba muy ocupado intentando ganarle al estúpido jefe del nivel 73 de su juego, si no se tratara de Akaashi ni siquiera habría accedido a pausar su juego.

—¡Gracias, Kenken! —agradeció Kotaro igual de ruidoso que siempre.

¿Es que nunca se cansaba de estar tan jovial?

—Procura que los de administración no se enteren a menos que quieras que los echen —recomendó Kuroo antes de colgar.

—Me debes un pie de manzana —gruñó el menor devolviéndole la mirada a su pareja.

—Puedo darte algo mejor que eso —exclamó sugerente.

El más bajo mantuvo una expresión impertérrita, como quien considera la cosa.

—Dos pies de manzana no estarían mal —declaró antes de depositar nuevamente su atención en el juego.

...

Su cuerpo se sentía pesado. Pesado y caliente.

Se sentía como si hubiera pasado horas en el desierto bajo cielo abierto.

Su garganta también estaba seca y podía notar que sus ojos estaban hinchados.

Ese detalle en específico hizo que un torrente de recuerdos de él llorando en los brazos de Bokuto lo golpeara.

Y, lo que era peor, memorias de él encima del regazo del contrario mientras olía desesperadamente la curva entre su hombro y cuello como si su vida dependiera de ello.

Aunque los detalles más puntuales, como las palabras dichas por Bokuto y los sollozos que repetía una y otra vez, estaban todos borrosos.

Hasta que en algún momento logró quedarse dormido.

Habría continuado pensando que se trataba simplemente de una fiebre especialmente alta si no fuera porque toda la habitación estaba inundada con un espeso aroma a frutos rojos.

No podía tratarse de lo que pensaba, ¿verdad?

Temeroso, pero dispuesto a comprobar su teoría, acercó su muñeca a la nariz. Y, en efecto, un intenso aroma dulzón noqueó sus sentidos.

El hallazgo de que no era beta lo habría dejado desconcertado si un agudo dolor en su vientre no lo hubiera aturdido.

No pudo evitar que dos gruesas lágrimas escaparan sin su permiso por el ensordecedor retorcijón en su abdomen.

Sin embargo, las verdaderas ganas de llorar llegaron cuando sintió una sensación de soledad por la ausencia de Bokuto.

«Debería estar consolándome con sus feromonas mientras me abraza» dijo una voz en su cabeza. No podía llamarlo pensamiento, pues aquellas palabras las sentía ajenas a él.

Fruto o no de su propio raciocinio, el dolor físico y la angustia en su corazón no apaciguaron su llanto.

No supo cuánto tiempo estuvo sollozando mientras apretaba su barriga cuando escuchó que la puerta se habría.

—¿Akaashi, qué ocurre? —Bokuto se apresuró en llegar a su lado.

—Cuando desperté no estabas aquí. —Si Keiji estuviera en sus cincos sentidos jamás hubiese dicho eso con tanta facilidad.

El más alto ni siquiera se esforzó por esconder su expresión de sorpresa, en cambio lo envolvió entre sus brazos a modo de disculpa.

—Tengo que cocinar —expresó Kotaro después de que permanecieran un par de minutos en la misma posición.

El de ojos azules negó contra el cuello del otro, ahora húmedo por las lágrimas derramadas.

—Está bien, Akaashi ¡No me iré si no quieres! —lo reconfortó con una enorme sonrisa.

Esa sonrisa de la que nunca se cansaba el pelinegro.

Bokuto aprovechó que Keiji se despegó de su cuello para limpiar las lágrimas rebeldes, que corrían por sus mejillas, con el dorso de su mano.

Y así, sin separar ni un milímetro sus cuerpos, se tumbaron sobre la litera.

Akaashi con el rostro contra el pecho de Bokuto y este último haciendo círculos sobre la espalda del otro al tiempo que expulsaba sus propias feromonas para tranquilizarlo.

Una fragancia vibrante, producto de la mezcla entre la dulzura de los frutos rojos y la frescura de la menta, invadía el recinto.

Akaashi escuchaba de cerca el fuerte golpeteo que provocaba el corazón de la persona a su lado.

La combinación entre el rítmico sonido y el olor a menta lo calmaban. Aunque si debía ser sincero la sola presencia de Bokuto le daba paz.

Nunca había entendido la afición de los alfas y los omegas por olerse todo el tiempo, mucho menos cómo con ellas podían generar distintos sentimientos a los que eran capaces de olerlas.

Ahora sabía que no era cuestión de lógica, había que experimentarlo de primera mano.

No obstante, incluso con la serenidad que conferían las feromonas de Bokuto, algo lo molestaba hace unos minutos.

—Bokuto-san.

—¿Sí?

—Se… se siente extraño —manifestó.

—¿Eh? ¿Qué cosa? —Rompió el abrazo para mirar al chico, pero Akaashi no despegaba el rostro de su pecho.

—… Atrás —admitió.

—Oh… ¿Estás seguro? —Keiji negó— ¿Quieres comprobarlo? —Otra negación— ¿Qui-quieres que lo verifique yo? —indagó, su voz una nota más arriba de lo usual.

No consiguió una respuesta de parte del menor. Supuso que la vergüenza era menor al temor de saber si su suposición era cierta.

«Dios, perdóname por lo que voy a hacer, en mi defensa es por un bien mayor» se justificó el de ojos ámbar antes de colocar su mano sobre el trasero del omega.

Aunque su mano no permaneció ahí por más de dos segundos, el leve sobresalto de Akaashi no le pasó desapercibido.

Por otro lado, la humedad que sintió en la retaguardia del azabache confirmó que lubricante natural salía de allí.

—Parece que tendrás que darte una ducha. —Bokuto le dedicó una sonrisa forzada.

Al instante, una nueva ronda de lágrimas brotó de los ojos de Keiji, con la diferencia de que esta vez el llanto era silencioso y que miraba a Kotaro directamente a los ojos.

—¡A-Akaashi, no llores!

—No quiero que me veas así, me veo terrible —aclaró mientras retiraba las lágrimas que ya empezaban a nublarle la vista.

Keiji se sentía vulnerable. Más insuficiente y acomplejado que nunca.

Sin duda, si Kotaro no estuviera ahí estaría en medio de un ataque de ansiedad. Pero al mismo tiempo deseaba que el albino no lo viera en ese estado tan deplorable.

—No digas eso —Bokuto lo tomó de las muñecas y lo miró con una expresión terriblemente seria—. Nada de esto va a ser que te vea de manera diferente o algo así, sigues siendo el mismo Akaashi para mí. Ni un par de lágrimas ni ninguna otra cosa va a cambiar eso.

»Además hoy descubrí que te ves muy bonito hasta con cara de recién levantado ¡Eso debería ser científicamente imposible! Algunos no nos despertamos con rostros de ángeles en la mañana ¡Dios tiene a sus favoritos! —Culminó su berrinche con un puchero.

La rabieta solo consiguió sacarle una sonrisa a Akaashi, aparte de un leve sonrojo por todo el monólogo en el que Bokuto lo llamó "bonito".

Un día de estos Bokuto le iba a terminar provocando un infarto al omega por su cursilería.

—Nunca vuelvas a decir eso —repitió el de cabello claro antes de besarle la frente.

El mayor apoyó la barbilla sobre su cabeza luego de revolverle cariñosamente el cabello, lo que inevitablemente hizo que el ritmo cardíaco del contrario se descontrolara.

Después de que Keiji tomara un baño y de que ambos comieran el pollo frito que pidieron a domicilio, volvieron a recostarse en la cama de Akaashi.

Así, cuerpo contra cuerpo le dieron la bienvenida a aquella cálida noche de verano y se despidieron de los abrumantes sentimientos del día para dejarse perder en los brazos de la persona que amaban.