¿Cómo llegaron a eso? Realmente Akaashi no tenía idea.
Ese día fueron a un museo —primer y único lugar elegido por Akaashi entre todos los sitios a los que fueron él y Bokuto durante las vacaciones.
En realidad, Akaashi solo propuso aquella salida debido a la insistencia de Bokuto en que escogiera un sitio al que ir por ser la última vez que podrían disfrutar de tiempo libre, ya que culminaban las vacaciones.
El par de amigos aprovechó muchos días de las vacaciones para pasar el rato juntos —Bokuto de alguna forma siempre lograba convencer a Akaashi.
Normalmente iban a algún centro comercial o un parque, con dos excepciones:
La primera fue un parque de diversiones en el que Kotaro terminó tan mareado que casi vomitó en la montaña rusa, sin tener en cuenta ese detalle, en general, la pasaron bastante bien.
La otra excepción fue justamente la dichosa salida al museo.
Al principio Akaashi notó a Bokuto Bastante interesado en las exhibiciones, pero en algún punto del recorrido el de cabello bicolor se mostró algo inquieto —no podía esperar menos de alguien tan hiperactivo.
Keiji supuso que ir a un museo no estaba entre las actividades favoritas de su amigo, pero le alegró de sobremanera que de todas formas hubiera accedido a acompañarlo.
Aunque, pensándolo bien, si le hubiera mencionado a Bokuto que iría solo a algún lado, el chico habría hecho un berrinche hasta que aceptara su compañía.
Kotaro había estado casi tan sobreprotector como su padre después de enterarse de que Keiji era un omega.
Akaashi sabía mejor que nadie que la preocupación de ambos se debía a su incapacidad de controlar las feromonas todavía.
Bokuto había tratado de enseñarle cómo evitar expulsar feromonas, pero, luego de un par de intentos, decidió que por lo pronto lo más efectivo sería ayudarlo a aprender cómo regular el flujo de las feromonas que emitía en vez de concentrarse en evitarlo totalmente.
Su padre también le había dado algunos consejos para controlar sus feromonas y le habló de lo importante que era mantener la calma si aún no tenía pleno dominio de sus feromonas.
Evidentemente, la teoría no era tan complicada como la práctica.
Por lo general, Akaashi era perfectamente capaz de estar tranquilo y aquello se reflejaba en su impasible expresión, sin embargo, en ocasiones simplemente era capaz de disimular que no estaba para nada calmado.
La gran diferencia era que ahora si sus emociones empezaban a desbordarse un dulce aroma a frutos rojos también hacía su aparición.
Las ocasiones en las que había ocurrido aquel imprevisto no había pasado a mayores, y en dado caso Bokuto lo terminaba cubriendo con sus feromonas.
Gracias al cielo que solo había ocurrido estando en compañía de Kotaro, de haber estado con su padre seguramente no lo dejaría salir de la casa hasta que fuera un profesional en el control de las feromonas.
Además, por suerte las dos ocasiones en las que Bokuto había tenido que cubrirlo con sus feromonas su padre había estado fuera de Tokio, si no, no habría estado muy feliz con el descubrimiento.
Su madre, por otro lado, había estado en casa ambas veces, afortunadamente era una mujer beta por lo que no tenía forma de saber que Keiji regresó con un fuerte olor a menta.
Pero, regresando al presente, todavía no terminaba de comprender cómo es que Bokuto se encontraba cenando en su casa.
En la misma mesa que su padre y madre.
De hecho, no había una explicación muy profunda detrás del asunto.
Simplemente olvidó que le había pedido a Kotaro que le guardara el teléfono mientras iba a un área del museo en la que no se permitían aparatos electrónicos, petición que el chico aceptó porque:
1) desde afuera podía seguir los pasos de Akaashi —ya que solo los separaba una pared de vidrio;
2) su cerebro ya no podía retener más información sobre la historia de la literatura francesa.
¿Y qué tiene que ver su celular con Bokuto cenando en su casa? Tampoco era nada del otro mundo.
Un par de calles después de la casa de Akaashi —el azabache siempre insistía en que no lo acompañara más allá de la esquina de la acera de su casa con la excusa de que "no era necesario", aunque solamente quería evitar la situación en la que se encontraban ahora—, Kotaro se percató que se había quedado con el teléfono del chico.
Estuvo a punto de enviarle un mensaje a Akaashi diciéndole que se había quedado con su celular —afortunadamente no lo hizo—, en su lugar, aprovechando que todavía estaba cerca de donde vivía el pelinegro, decidió regresarle él mismo el aparato.
Para bien o para mal, Kotaro siempre esperaba a que Akaashi entrara a la casa para después irse con la tranquilidad de que el chico había llegado a salvo, así que sabía a cuál casa debía acudir.
Con lo que no contaba es que fue recibido por un hombre muy parecido a Keiji.
El padre de Keiji, asumió, aparentaba estar en sus cincuenta y lucía una expresión mil veces más seria que la de su hijo —quizá tenía algo que ver que sus ojos fueran de un café casi negro en vez de azules.
Ignoraba la conversación que había tenido su padre con Bokuto, lo único que vio cuando salió del baño con dirección al comedor fue que su amigo ya estaba sentado en la mesa, listo para cenar.
El de apariencia de búho tenía una enorme y brillante sonrisa, desconociendo lo que probablemente tendría que pasar en un futuro no muy lejano.
—Hola, 'Kashee —saludó sin tener en cuenta que todos los allí presentes eran Akaashi.
—¿Qué está haciendo aquí, Bokuto-san? —preguntó Keiji tras unos segundos de desconcierto.
—Olvidaste que tenía tu celular —explicó Kotaro mientras señalaba el aparato sobre la mesa.
—De acuerdo, pero ¿Cómo es que todavía estás aquí?
—Yo lo invité a cenar —respondió a su espalda Kenji Akaashi, su padre.
El menor se giró para confrontar al hombre, quien tenía entre sus manos un recipiente de macarrones con queso.
Antes de que el chico pudiera hacer algún comentario apareció su madre, Umeko, al rescate y con algunos acompañamientos para la pasta.
—¡Ah, Keiji! —dijo algo emocionada, ya que por fin había conocido al famoso amigo de su hijo—. Trae algunos vasos, por favor.
Se suponía que, entre Kenji y Umeko, el hombre era el de carácter relajado y alegre, mientras la mujer solía mantener una expresión seria.
Al parecer la situación era completamente opuesta cuando se trataba de Bokuto.
Aunque ninguno perdió el tiempo a la hora de interrogar a Bokuto, o al menos eso fue lo que concluyó Keiji cuando regresó de la cocina.
En el comedor de cuatro puestos, Umeko estaba sentada a la izquierda del chico, mientras que Kenji eligió el asiento de al frente —Keiji sospechaba que solo con la intención de fulminarlo con la mirada con mayor facilidad.
El omega observó atónito la impresionante coordinación con que sus padres se turnaban para hacerle preguntas a Kotaro, la beta con genuina curiosidad y el alfa más bien para verificar que era un vándalo o algo por el estilo.
Cualquiera creería que era la primera vez que Keiji llevaba a un amigo a su casa, lo que de hecho era cierto, pero ese no era el punto.
Debido a la extraña y extrovertida personalidad de Bokuto, las cosas no se pusieron incómodas, sino todo lo contrario.
El de ojos ámbar contestaba con entusiasmo a las preguntas del señor y la señora Akaashi, desde su edad hasta si tenía antecedentes criminales.
—Estoy en tercer año de medicina, señor —contestó Bokuto cuando Kenji preguntó si estudiaba algo.
—No tiene que responder nada, Bokuto-san —intervino el azabache cuando por fin se sentó en la mesa.
—Solo queremos conocer a tu amigo, Keiji —exclamó con fingida inocencia su madre, ni siquiera se tomaban la molestia de disimular que lo estaba interrogando.
—Eso, eso —concordó su padre—. Entonces, ¿qué hay sobre tu familia?
Bokuto abrió la boca, dispuesto a responder; sin embargo, se vio incapaz de hacerlo después de que Keiji pusiera una rebanada de pan en su boca.
—¿Sabe bien? —preguntó el de ojos azules como si fuera lo más normal del mundo.
El invitado asintió múltiples veces como respuesta. Así mismo, sus padres captaron el mensaje y desistieron con el interrogatorio.
El resto de la cena fue más silenciosa, solo algunas preguntas de cómo les había ido en el día e intervenciones de Bokuto para decir que la comida estaba deliciosa.
Luego de que todos terminaron su plato de macarrones —en el caso de Bokuto y Akaashi ambos comieron dos porciones—, la madre de Keiji le pidió que la ayudara a traer el postre.
Pasado un tiempo madre e hijo regresaron al comedor con un vaso de helado en cada mano.
Para su sorpresa, Kenji los recibió con una gentil sonrisa mientras que la de Bokuto había desaparecido, o para ser más precisos se veía algo forzada.
Por no mencionar que el rostro del joven estaba verdaderamente pálido.
Ni siquiera los dejaron solos por más de cinco minutos ¿Qué tanto podrían haber hablado? Por lo visto, lo suficiente para que Kotaro pareciera que hubiera visto un fantasma.
—Deberías volver en otra oportunidad, Bokuto-kun —le sonrió Umeko al chico cuando este estaba por irse.
—Sí, te estaremos esperando —añadió Kenji.
Si Keiji no estaba imaginando cosas Bokuto había tragado con fuerza, igual que hacía siempre que le costaba hablar.
Como aquella vez donde se negaba a admitir que guardarse una bola de nieve en el bolsillo de su abrigo había sido una mala idea.
Aun cuando había pasado una semana resfriado por eso.
—Ya veo —dijo antes de reír nerviosamente—, entonces con gusto volveré.
Tras aquella breve despedida, Keiji acompañó a Kotaro hasta la puerta.
Pese a que recorrieron el breve trayecto por fin a solas, Bokuto permaneció extrañamente en silencio.
—Bokuto-san. —El llamado hizo que el de ojos ámbar se sobresaltara un poco— ¿Mi papá le dijo algo para que esté tan nervioso?
Un escalofrío recorrió la espalda del aludido.
—No, por supuesto que no, Akaashee —volvió a reír sospechosamente.
—Eso quiere decir que sí —Keiji lo miró con los ojos entrecerrados.
—Fue solo… una conversación normal —insistió el mayor mientras movía sus manos como si tratara de calmarlo—. Pero, pst, 'Kaashi.
Esta vez el de ojos dorados hizo un gesto con su mano para que se acercara, Keiji le siguió la corriente.
—Tengo el extraño presentimiento de que no le agrado mucho a tu padre —"susurró" Bokuto en un tono bastante audible, tanto que no se le podía decir susurró a eso.
—Está siendo un tanto sobreprotector, lo siento si te hizo sentir incómodo, Bokuto-san —se disculpó el azabache, pero no había ninguna señal de que le apenara la situación.
Era como si hubiera predicho que eso era lo que iba a pasar si Kotaro se acercaba a su casa —que en efecto era lo que pasaba.
Repentinamente sintió la tibia mano de Bokuto sobre su mejilla, haciéndolo sobresaltar.
Debido a que Akaashi no se apartó del lado del más alto luego de que este le pidiera que se aproximara a él, quedaron un tanto cerca, por lo que el ojiazul no pudo evitar sentirse hiperconsciente de la situación.
Bokuto parecía estar por decir algo cuando de la nada volvió a apartarse bruscamente.
—Me tengo que ir, no vemos Akaashee —se despidió apresuradamente el mayor, no sin olvidar regalarle una hermosa sonrisa al chico antes de darse la vuelta y marcharse por donde vino.
—Papá —exclamó con frialdad Keiji tras cerrar la puerta.
—¿Sí? —respondió la persona que hace un tiempo permanecía a su espalda.
El pelinegro se giró para verlo a los ojos.
—Si no dejas de molestar a Bokuto-san no voy a quedarme a dormir los fines de semana —declaró con indiferencia.
Kenji Akaashi sabía mejor que nadie que su hijo no estaba bromeando en ese momento, solo bastaba con ver sus oscuros ojos azules para darse cuenta.
…
El inicio del nuevo semestre no fue ninguna novedad para él considerando que ya estaba en su segundo año, cuarto semestre para ser más exactos.
Por no mencionar que ahora él, Semi y Shirabu almorzaban algunas veces en la mesa que Ushijima compartía con el dichoso grupo de amigos al que también pertenecía Bokuto.
Ciertamente a Akaashi no le sorprendió la noticia de que Shirabu y Ushijima fueran pareja, honestamente era cuestión de tiempo para que pasara.
Por lo que veía, Kenjiro estaba bastante contento con su relación con Wakatoshi, así que Keiji se sentía feliz por él.
Aparentemente, Shirabu empezaba a gozar de buena suerte en lugar de la mala suerte que siempre lo perseguía.
Honestamente, Akaashi no podía decir lo mismo de su persona.
La tercera semana después de iniciado el nuevo semestre empezó a sentirse un tanto afiebrado cuando llegó al departamento, tras haber concluido con su última clase del día.
Ignorante de la situación, tomó una pastilla para el malestar y se echó a dormir.
Ya entrada la noche empezó sentir una sensación similar a la del primer celo que había experimentado hace aproximadamente dos meses.
A los pocos minutos, Shirabu irrumpió en su habitación, probablemente alertado por las feromonas.
El castaño intentó calmarlo con sus feromonas, sin embargo, Akaashi siguió sintiendo prácticamente el mismo nivel de dolor.
—Voy a llamar a Bokuto —le avisó Kenjiro, quien ya había comenzado a teclear algo en el teléfono.
—No llames a Bokuto-san —le rogó el azabache, lágrimas rodando por sus mejillas.
—Dudo que prefieras que tus padres armen un escándalo a mitad de la noche para sacarte de aquí —argumentó Shirabu.
Al ver que la única respuesta que obtuvo del de ojos azules fueron más lágrimas, dejó escapar un suspiro.
—¿Quieres que llame a algún otro alfa? —inquirió—. No hay mucho que pueda hacer para ayudarte como omega, ¿sabes?
No recibió más quejas por parte del menor.
Unos minutos más tarde, Kenjiro abandonó el cuarto de su amigo luego de escuchar el sonido del timbre.
Lo último que supo Akaashi antes de caer dormido fue que un intenso aroma a menta invadía sus fosas nasales y que unos fuertes y familiares brazos lo envolvían con cariño.
Kotaro tenía el sueño realmente ligero, por eso cuando sintió que Keiji se removió contra su pecho, despertó de inmediato.
Sobre todo, por la sensación húmeda de las lágrimas en su camisa.
—Hey, ¿qué ocurre? —preguntó Bokuto a la vez que se separaba un poco del chico.
Tomó el rostro de Akaashi por las mejillas para alzarle la cara y poder verlo a los ojos.
—Últimamente solo soy una molestia —sollozó el azabache.
Aunque era la segunda vez que el mayor lo veía en ese estado todavía no se acostumbraba al comportamiento que adoptaba el chico.
—Me he vuelto muy patético —agregó.
—No digas eso, sigues siendo el mismo Akaashi sin importar qué —dijo Bokuto con una sonrisa.
Depositó un pequeño beso en la frente del contrario tal y como había hecho la ocasión anterior, al parecer ese gesto lograba aplacar en cierta medida la inquietud del pelinegro.
Después de aquel vergonzoso episodio Akaashi ni siquiera tuvo tiempo para mortificarse por su comportamiento, pues sintió la extraña necesidad de sacar toda la ropa del closet y desparramarla sobre la cama.
No obstante, sentía que seguía faltando algo, pero no entendía qué.
Toleró una semana de creciente ansiedad por aquel montón de ropa hasta que se lo mencionó al doctor Takeda en la cita programada para ese mes.
Más que sorprenderle el hecho de que inconsciente había hecho un nido, le sorprendió lo poco que sabía sobre los omegas.
Takeda le comentó que los omegas suelen hacer nidos cuando se sienten vulnerables, por lo que era común que las personas lo asociaran a los embarazos —estado en el que los omegas suelen sentirse especialmente expuestos por cuenta de la vida que tienen que proteger.
Se preguntó si Semi también tenía un nido.
Sin embargo, lo que lo dejó aún más desconcertado fue que, de hecho, solo los omegas que tenían alfas eran capaces de crear un nido.
Cuando le mencionó al doctor que, en realidad, no tenía ninguna relación con un alfa, este lo miró sin disimular la sorpresa.
—No suele ser común, pero puede presentarse el caso donde el omega y el alfa forman un vínculo sin necesidad de una mordida o de consumar el acto —explicó Takeda—. Creo que ese puede ser el caso con el alfa que mencionaste que te ayudó en las dos ocasiones.
Adicionalmente, mencionó que probablemente había hecho un nido por su estado de constante estrés por no tener pleno control de sus feromonas y porque no sabía cuándo iba a hacer acto de presencia su primer celo sexual.
Lo más plausible sería que, una vez se solucionaran estas dos cosas, su omega interno volvería a sentirse tranquilo y no necesitaría más de un nido.
En pocas palabras tenía un nuevo problema: necesitaba conseguir prendas impregnadas con las feromonas de Bokuto.
Aquella conversación había tenido lugar el día anterior.
Pasó toda la noche intentando pensar en una forma de pedirle ropa a Bokuto sin que este lo viera como un completo maníaco.
No le parecía muy oportuna la idea de tocar el tema justamente el día del cumpleaños de Bokuto, pero si pasaba un día más con ese sentimiento de intranquilidad estaba seguro de que iba a perder la cabeza.
Aprovechando que él y Kotaro estaban al final del grupo que regresaba al complejo universitario luego de salir de un restaurante de comida italiana para celebrar el cumpleaños de albino, empezó a caminar un poco más despacio para separarse un poco.
Cuando consideró que estaban lo suficientemente alejados para que nadie entendiera su conversación sobre por qué el helado de vainilla era mejor que el de chocolate, se detuvo.
—Bokuto-san, ¿puedo pedirle un favor? —Akaashi interrumpió el monólogo del contrario.
Al darse cuenta de que Keiji se había detenido, Kotaro retrocedió hasta posicionarse nuevamente a su lado.
—¡Todo lo que quieras, Akaashee!
El más bajo se tomó un momento para repasar mentalmente las palabras que había practicado antes de decirlas en voz alta.
—Necesito que me des tu ropa —dijo totalmente serio.
La primera reacción de Bokuto fue cubrirse el pecho con los brazos en forma de equis.
Bien, eso había sonado mejor en su cabeza.
Más que un loco, ahora parecía un acosador.
Akaashi se apresuró en explicar todo el malentendido de la manera más breve posible y sin entrar en demasiados detalles para poder proteger la poca dignidad que le quedaba.
—Así que se trataba de eso. —resopló aliviado Bokuto.
No obstante, la enorme sonrisa que tenía lo hacía ver más bien contento con la situación en la que se encontraba Akaashi.
—Lo siento —exclamó de todas maneras el azabache.
No sabía si por el malentendido o por lo que le estaba pidiendo como tal.
—¡No te disculpes! —le restó importancia el mayor—. Pero tengo una petición.
—¿Sí, Bokuto-san?
—¿Puedo verlo cuando esté terminado?
—Supongo que sí…
—¡Excelente!
Keiji casi era capaz de ver como los ojos de Kotaro se convertían en estrellas de lo brillantes que estaban.
—¡Ah! Ya nos quedamos atrás —notó alarmado el de cabello bicolor.
Tomó a Akaashi de la muñeca y empezó a arrastrarlo calle abajo antes de que perdieran de vista a los demás.
—No me molesta que nos quedemos atrás —murmuró el ojiazul para sí mismo, al tiempo que intentaba seguirle el paso al otro.
