—Quiero la maldita epidural o los voy a matar a todos.
Aquello fue lo primero que escuchó Kenjiro cuando estuvo a punto de abrir la puerta en la que le indicaron que estaba Semi.
Luego de la llamada de Tendo las cosas pasaron relativamente de prisa, les tomó aproximadamente cuatro horas llegar a Tokio y tardaron unos quince minutos más en llegar al hospital donde estaba Eita.
Debido a la cantidad de feromonas que los omegas solían liberar cuando estaban en trabajo de parto, solo dejaron entrar a Shirabu a la habitación donde estaba Semi.
Ushijima, por su parte, esperaba a Satori en la sala de espera, porque así era la suerte del pelirrojo.
Justamente ese día se encontraba en Miyagi por asuntos familiares y no se encontraba tan cerca de la estación de trenes como Shirabu y Ushijima, por lo que todavía no llegaba al lugar.
—Eita, cálmate.
—Si no sabes cómo es traer un bebé al mundo no me pidas eso Koshi —replicó con molestia el contrario.
Todavía podía huir de la sed de sangre de Eita considerando que una puerta los seguía separando, sin embargo, tuvo un poco de compasión por Sugawara y terminó ingresando al lugar.
—¿Todo en orden? —preguntó asomando apenas la cabeza por la puerta.
Que se hubiera compadecido de Sugawara no significaba que tuviera ganas de morir o de ser el objeto de la ira de Semi ese día.
—Solo descubriendo que el milagro de la vida no es tan lindo como lo pintan —resopló Sugawara.
«Así que incluso él puede perder la paciencia» pensó.
Luego de comprobar que Semi "bomba de tiempo" Eita no era una amenaza inmediata, entró al cuarto y se acercó a los dos omegas.
A juzgar por la respiración pausada y la expresión de dolor, el embarazado estaba sufriendo una contracción en ese momento así que no tenía la motivación para responder a la pregunta de Shirabu él mismo, de haber sido el caso definitivamente no habría sido recibido de la mejor manera.
—Hijo de su… No puedo decirlo porque es mi hijo —chilló Semi.
—Te tendrás que acostumbrar a no poderle decir eso —se burló Suga, lo que le concedió el honor de ser mirado con desprecio por Eita.
Shirabu estaba cada vez más seguro de que el platinado tenía instinto suicida.
—Le diría que va a poder descansar después de nueve meses de embarazo, pero es más que seguro que el bebé no los deje dormir por ahora —comentó Kenjiro.
—Odio cuando tienes razón —se quejó Eita.
—Nadie dijo que iba a ser fácil traer una vida al mundo —dijo Sugawara mientras le pasaba un vaso de agua a Semi en un intento por calmarlo.
—Nunca pensé que fuera sencillo, pero estaría mucho más feliz si no fuera yo el que tuviera que traerlo al mundo —suspiró el chico.
—Es lo que hay —se encogió de hombros Suga.
Recostado en la camilla y vestido con una bata quirúrgica azul pastel todo se sentía más real para Eita, por no mencionar las contracciones que se hacían cada vez más regulares.
—Será mejor que se parezca a mí, es lo mínimo que puede hacer luego de lo que me hizo pasar los últimos meses —exclamó con recelo.
Un padre normal tendría la esperanza que su hijo se parezca a su pareja, Eita pues… aparentemente no opinaba igual.
Aunque probablemente sólo estaba hablando en medio del dolor de las contracciones y no con sus verdaderos deseos.
—Yo ya estoy bastante conforme con que se llame Kenjiro —admitió Shirabu, Suga no pudo evitar soltar una suave risa.
Cuando se enteraron de que el bebé era un niño su destino ya estaba decidido en lo que a su nombre se refería.
Eita pudo haberse negado a ponerle a su hijo el nombre de Kenjiro, pero terminó accediendo por dos simples razones:
La primera era que no quería escuchar las quejas de Shirabu sobre el tema por el resto de su vida.
La segunda era que eso le ahorraba toda la travesía de tener que encontrar un nombre para su bebé, de cualquier forma "Kenjiro" le parecía un buen nombre, sería mucho mejor si no fuera también el nombre de Shirabu, pero no se podía tener todo en la vida.
Al final había valido la pena haberse aparecido como un vagabundo en aquella farmacia la mañana de un sábado que marcó el rumbo de la vida de Semi.
Luego de quince minutos en los que los tres jóvenes conversaron un poco y Kenjiro estuvo más al tanto de cómo llegaron al hospital, todavía no había rastro de Satori.
Obviamente Semi aprovechó cada oportunidad para quejarse de eso, lo único que lo detuvo fue una contracción tan fuerte que incluso le hizo llorar.
—Después de esto no voy a tener más hijos —se quejó entre lágrimas.
—Sí, sí, lo que digas —le siguió la corriente Koshi al tiempo que le daba instrucciones para normalizar su respiración.
—¡¿Dónde está Satori?! —lloriqueó Semi— ¡Lo necesito aquí!
A Shirabu aquella declaración le pareció extrañamente ¿tierna? Sobre todo, viniendo de Semi.
—Tendo-san le dijo a Ushijima-san que ya estaba a unos minutos del hospital —dijo Kenjiro después de revisar su celular.
—¡Ah! —Semi jadeó por el dolor—. Lo necesito aquí… ¡Tengo que castrar a ese idiota!
Sí, ahora tenía mucho más sentido que Semi quisiera al pelirrojo ahí.
—Es su culpa —continuó despotricando contra Satori—. Duele demasiado.
—Tranquilo, respira. Todo es culpa de Satori, pronto vendrá y yo mismo lo castraré por ti —lo consoló Sugawara.
El castaño no sabía con certeza si estaba bromeando o no al decir eso.
Unas lágrimas más tarde, Sugawara y Shirabu ya no sabían cómo hacer que Semi se calmara, sin embargo, más que adolorido se podría decir que estaba molesto por la ausencia de su pareja.
Justo en ese momento escucharon unos pasos acelerados venir desde el corredor.
—¡Estoy aquí! —el muchacho de cabello rojo brillante irrumpió abruptamente en la habitación.
Tenía una sonrisa demasiado grande considerando que parecía a punto de derretirse, lo que era aún más extraño que su expresión considerando la baja temperatura de ese día.
Desafortunadamente para Satori, adentro tampoco la esperaba exactamente una cálida bienvenida.
Eso quedó más que claro cuando Eita le lanzó lo que tenía más cerca de su alcance, que en este caso era un almohadón —afortunadamente para el más alto el objeto no había sido uno potencialmente peligroso.
Como si ya hubiera predicho cuál sería la reacción de Semi al verlo llegar, Tendo atrapó el cojín con toda la naturalidad del mundo y se acercó de inmediato a la camilla donde estaba el muchacho.
—¡¿Por qué tardaste tanto, idiota?! —lo regañó el de cabello gris— ¡Tu hijo me va a volver loco!
—Está bien, lo siento. Es mi culpa, toda mi culpa —aceptó la responsabilidad Satori mientras limpiaba con delicadeza las lágrimas del de cabello cenizo.
Un momento después el embarazado tenía el rostro contra el abdomen del más alto —quien todavía permanecía de pie junto a la camilla.
Satori, por su parte, agradeció silenciosamente a las otras dos personas en la habitación con una pequeña reverencia y una sonrisa, y les dijo en voz baja que podían dejarle el resto a él.
Antes de cerrar la puerta tras de sí, Shirabu escuchó el fragmento de una conversación:
—Duele mucho.
—Lo sé, lo sé, solo resiste un poco más, ¿sí? —decía Satori—. Pronto todo habrá valido la pena, amor.
Así que incluso Satori podía dejar de lado las bromas y apoyar a su pareja en momentos críticos como ese, ¿eh? Kenjiro se había topado con más de una sorpresa ese día.
De regreso a la sala de espera, Ushijima ya aguardaba por ellos con las llaves del auto de Satori.
No tenía caso que esperaran más de doce horas a que naciera el bebé si de todas formas no era buena idea que lo visitaran con apenas unas horas de vida, así que irían por algo de comer y dormirían en la casa de Tendo y Semi para que todo estuviera en orden cuando les dieran de alta.
Muchas horas —y varias variantes de "No me digas que inhale y exhale ¿Por qué mejor no lo das a luz tú?", "Te odio" y "Te voy a romper las pelotas"— después, recibieron una llamada de Satori en las que les comunico que todo había salido a la perfección.
Tendo Kenjiro había nacido.
...
Cinco grados centígrados no era una temperatura especialmente fría al ser finales de febrero, pero de alguna forma Sugawara sentía las manos más heladas que de costumbre.
No estaba seguro de sí la sensación de entumecimiento en sus extremidades se debía a que no llegaba ni un rayo de sol al estacionamiento de maternidad donde acababa de terminar su sándwich o porque tenía una llamada entrante de su madre.
Lo que en pocas palabras significaba problemas, de todas formas, tenía la esperanza de que no fuera el caso por una vez en la vida.
—Sí, ya nació el hijo de Eita. —Se mantuvo callado mientras escuchaba a la mujer del otro lado del teléfono—. Está bien, le preguntaré cuándo puedes venir a verlo… Ya te dije que no tengo planeado tener hijos por ahora, mamá. No, mamá, eso no significa que quiera hacerte sentir mal porque la tía ya es abuela…
A veces Koshi se preguntaba cómo su madre siendo una persona tan inteligente, y con diplomas académicos hasta para regalar, podía ser tan insistente con algunas cosas.
Sin duda su hermano menor había heredado su terquedad de ella.
—¿Qué tú qué? Ah. —Largó un suspiro de resignación al escuchar las palabras de su madre— ¿Por qué decidiste la fecha de mi propia boda sin siquiera consultarme? Ya Goshiki-kun y yo estábamos… ¿Cómo que ya le informaste cuando sería?
El platinado se revolvió el cabello de manera errática al igual que hacía siempre que estaba al límite de su paciencia.
—Ya sé que solo quieres lo mejor, pero aun así… Sí, está bien. Tengo que colgar, te quiero mamá. Bien, te llamaré luego entonces, adiós —dijo antes de que su madre diera por terminada la llamada.
Luego de escuchar el pitido que indicaba que ya no había nadie del otro lado de la línea, permaneció con el celular contra su oreja quizá más tiempo del que debería.
No podía decir que le sorprendía el comportamiento de su madre, después de todo la idea de casarse no era precisamente suya.
Más bien se sentía como si estuviera siendo extorsionado.
Sabía que estaba cayendo a merced del juego de manipulación de su madre para hacer que las conexiones de la familia crecieran, pero también sabía que sus padres eran perfectamente capaces de comprometer a su hijo de tan solo 18 años si él se negaba.
Al menos él tenía veintiuno, y ese año iba a cumplir veintidós; su hermano menor tan solo había cumplido dieciocho años hace unos días. Si tenía que sacrificarse por su hermano estaba más que dispuesto a hacerlo.
Lo que no incluyó en la ecuación fue la confesión de Daichi, o la reacción de Daichi cuando se enteró del compromiso, o… Bueno, en pocas palabras no tuvo en cuenta a Sawamura cuando accedió a casarse.
Koshi no se consideraba pesimista o algo por el estilo y por supuesto que sabía de los sentimientos de Daichi —¿El moreno siquiera se esforzaba por ocultarlo? Aunque tenía que admitir que él tampoco era la persona más discreta cuando se trataba de sus sentimientos por su mejor amigo.
Al final el único sinsentido aquí era que Dachi nunca se percatara de que sus sentimientos eran correspondidos desde hace mucho.
Si tan solo Sawamura se hubiera confesado antes… No, tenía que afrontar la realidad.
No era cuestión de tiempo oportuno, porque él mismo pudo declarársele al menor desde mucho antes, para ser sinceros jamás esperó que Daichi tomara alguna vez el valor para hacerlo.
Suponía que su primer amor terminaría sin éxito alguno, como la mayoría.
Que después de un tiempo dejaría esos sentimientos atrás, como cualquier otra persona.
No le temía a dar el siguiente paso por miedo a que no funcionara —al menos no más que una persona promedio—, el verdadero problema era que él tenía la certeza de que no funcionaría.
Porque tarde o temprano iba a comprometerse con alguna persona de su misma clase social, tal como hicieron sus padres, sus tíos e incluso sus abuelos.
Solo que no esperaba que fuera tan pronto y tampoco que la persona de la que estaba enamorado le dijera que lo quería de manera romántica una semana después de que se confirmara su compromiso.
Por otro lado, se sintió como un asaltacunas cuando le dijeron que su prometido apenas estaba por cumplir diecinueve en el momento del compromiso ¡Estaba comprometido con un menor de edad!
[N/A: la mayoría de edad en Japón son 20 años, Tsutomu tiene 19]
De la noche a la mañana su vida se volvió un caos, y si no tuvo suficiente con que Daichi se distanciara de él luego de que lo rechazara, las cosas se pusieron peores cuando se enteró de su compromiso.
No culpaba a Sawamura por querer curarse luego de un golpe como ese, pero eso no significaba que no le doliera que ya no estuvieran tanto en contacto, aunque al final la peor parte de todo era que por su culpa su mejor amigo estaba sufriendo.
Si había algo más doloroso que el amor no correspondido era sin duda que fuera correspondido, pero que de todas formas no pudieran estar juntos.
Era como tenerlo todo y al mismo tiempo no tener nada.
Si Sugawara tuviera que describir el sentimiento diría que se asemejaba a tener agua en las palmas de las manos mientras veía como lentamente se le escapa entre los dedos, solo que estaba sediento, a mitad de un desierto y esa era su última oportunidad de beber el líquido cristalino.
Tener poder sobre los sentimientos de una persona es una responsabilidad demasiado grande, un error y podías destrozar el corazón de alguien —lo que en este caso también implicó que el corazón de Sugawara sufriera en el camino.
El rumbo de su vida estaba en sus manos, podía decirle la verdad a la persona que amaba o podía asumir su papel como hermano mayor y casarse con una persona a la que no conocía hace mucho —y que de paso también estaba enamorada de alguien más.
Al final, por mucho que siempre se hubiera regodeado por su honestidad y valentía, no tenía el valor para tomar ninguno de los dos caminos.
Los seres humanos son seres frágiles que viven para dar y recibir amor, a sus veintiún años Sugawara Koshi descubrió que el amor necesitaba mucho más que solo "amor".
Pero el estacionamiento del ala de maternidad no era el lugar más adecuado para empezar a cuestionar todas las decisiones que había tomado a lo largo de su vida, se suponía que solo había ido por un sándwich para almorzar.
Luego de los estudios típicos que venían con el nacimiento de un bebé, les informaron que el recién nacido gozaba de una excelente salud, aun así, Eita y el bebé debían permanecer hasta el día siguiente en el hospital para mantenerlos en observación.
Esa noche Sugawara sería el único que se quedaría en la casa de Eita y Satori, pues Ushijima y Shirabu regresarían a Sendai esa misma tarde.
Los padres primerizos permanecerían en el hospital otra noche antes de embarcarse en la hermosa aventura mejor conocida como "crianza".
Realmente les deseaba suerte, porque por supuesto que iba a ir directo a su casa en Miyagi al siguiente día.
Tenía mejores planes que dormir en la casa de un recién nacido que muy seguramente iba a llorar toda la noche, gracias.
Cuando regresó al cuarto donde estaba Semi se encontró con una situación un tanto inesperada.
—¿Qué ocurre? —inquirió al ver que Eita tenía los ojos llorosos.
—Tuvo que alimentar a su hijo —comentó Shirabu con un tono monótono, en realidad estaba más concentrado en su teléfono.
El chico se levantó de la silla cerca de Semi y se dirigió hacia la puerta, por ahora lo mejor era que la menor cantidad de personas posibles estuvieran dentro del cuarto y era el turno del castaño para ir por algo para almorzar.
—¿Todavía no regresan? —preguntó Suga, Shirabu se limitó a negar con la cabeza antes de abandonar el lugar.
Ushijima y Tendo salieron a comprar algunas cosas de último minuto debido a que no contaban con que el bebé naciera unos tres días antes de lo planeado.
—¿Fue doloroso? —preguntó Sugawara con curiosidad tomando asiento en la única silla de la estancia.
—Un poco —respondió Semi con total seriedad—, pero al final vale la pena.
Eita acariciaba con delicadeza la cabeza de su hijo, una pequeña sonrisa surcaba por su rostro.
El pequeño Tendo Kenjiro había heredado la vivaz cabellera color rojo de Satori, con la diferencia de que tenía las puntas uno o dos tonos más oscuras, al igual que Eita.
Sugawara no podía decir con seguridad a quién se parecía. Es un recién nacido, todos eran iguales, ¿no?
Aunque tenía que admitir que —contrario a lo que siempre había pensado de los bebés— su sobrino no se veía feo, al menos en comparación con otros recién nacidos.
Tampoco podía decir que se veía lindo cuando de hecho parecía una ciruela pasa.
El pelirrojo hasta ahora parecía ser bastante tranquilo y un poco dormilón, pero sería muy apresurado decir que no les iba a hacer pasar un mal rato a sus padres por las noches.
Lo que sí le impresionó fue el tamaño del bebé ¡Era muy largo y rechoncho! Con razón que en el último trimestre parecía que Eita estaba a punto de caer hacia delante por el tamaño de su vientre.
Probablemente tenía que ver algo con la genética de Tendo y sus 190 cm de estatura.
Lo del peso se lo atribuía más bien a todo lo que comía Eita durante el embarazo, parecía que más bien comiera para tres personas en lugar de dos, pero no era un experto en el área neonatal así que solo era una suposición suya.
Todo el mal humor que Eita había tenido hace unas horas antes de dar a luz había desaparecido, ahora únicamente observaba al ser entre sus brazos como si fuera la ciruela pasa más hermosa y especial de todo el mundo.
Aparentemente era cierto que cuando sostienes a tu hijo entre tus brazos experimentas otro nivel de amor que es imposible expresar con simples palabras.
Suga todavía estaba algo estupefacto por el rumbo que había tomado su vida y la de su primo en menos de un año: Eita había tenido un hijo y él estaba a unos cuantos meses de casarse.
—¿No son preciosos?
La voz de Satori a su espalda hizo que Suga se sobresaltara un poco.
El más alto tenía una bolsa de compras en la mano y una sonrisa idéntica a la de Eita en la cara, a su lado venía Wakatoshi —quien se acercó a Kenjiro en vez de entrar.
—Eita se ve como un zombi por el cansancio y Ken-chan parece una ciruela pasa —respondió Koshi con total honestidad.
Incluso parecía que hubiera estado esperando todo este tiempo a que le preguntaran por el estado de padre e hijo.
—Supongo que sí —rio Satori—. Pero son mi zombi y mi ciruela pasa. —El pelirrojo le dio una pequeña palmadita en el hombro para luego dirigirse hacia su pareja y a su bebé.
Koshi no pudo evitar preguntarse si alguna vez sus padres se vieron igual de felices con su nacimiento y el de su hermano, probablemente no tanto —o al menos al platinado se le hacía imposible imaginarlo.
¿Si él llegara a tener hijos algún día también se vería igual de feliz? Esperaba que sí.
En estos momentos le era imposible imaginarse a sí mismo en esa situación, mucho menos con su prometido como el padre, aunque tampoco se veía con Daichi en un futuro así.
Definitivamente la vida adulta era más difícil de lo que sonaba, sobre todo cuando tu familia esperaba demasiado de ti y no precisamente en la manera que tenías planeada para tu vida.
