Se bajó del tren, sintiendo las miradas intensas de las personas que lo rodeaban. Tampoco servía que al lado suyo caminaban aquellos a los que alguna vez consideró amigos y que, en conjunto, eran los más odiados del mundo mágico. Aquellos traidores. Los que no lucharon. Los que huyeron del conflicto. Los que no fueron lo suficientemente buenos para defenderse ni suficientemente malos para atacar. Era claro que no eran del todo bienvenidos allí en el colegio que fue testigo del odio entre bandos, aquel lugar que marcó un papel importante en la historia y en donde la última guerra tuvo lugar. Juntos, caminaron hasta los carruajes, escuchando murmullos. Muchos se preguntaban que hacían allí. Otros no disimulaban y les criticaban a vivas voces.
Draco, Blaise y Pansy se sentaron en el carruaje, manteniendo la cabeza en alto. Los tres sabían que iba a ser un año difícil, pero no les importaba. Era un último año, una última oportunidad para redimirse, o al menos hacer las paces. No eran hipócritas y no tratarían de hacer amigos y quedar como víctimas del lado oscuro. Blaise y Pansy nunca tuvieron contacto con el señor Tenebroso, a pesar de que el padre de la chica era algo así como el proveedor de artículos oscuros predilecto. Draco, en cambio, llevaba en su brazo la horrible marca. Hace cinco meses, luego de la Batalla de Hogwarts, había intentado por todos los medios arrancarse ese pedazo de piel. No quería ver aquella estúpida decisión que había tomado su padre por él. Su padre, a quien había admirado tanto en su vida, le había fallado desde hace dos años al obligarlo a ingresar al clan de los mortífagos. Tenía claro que se debía a que este había fallado en su misión en la Sala de Misterios, pero poco le importaba a Draco.
Desde que había ingresado a Hogwarts, su actitud pedante y prepotente se debía tan solo a ser sangre pura, sin siquiera cuestionarse por un segundo qué significaba realmente aquello. Ahora, la pureza de sangre le interesaba un pepino. Tan solo tenía un propósito para haber ingresado a Hogwarts luego de la guerra: huir de la Mansión Malfoy de una vez por todas. Luego de graduarse, buscaría trabajo en el extranjero, lejos de su madre y de la prisión que tenía cautivo a su padre.
El castillo se veía lastimado, a pesar de haber sido restaurado. Todavía se podía ver la triste infraestructura dañada por la magia. Aun así, debía admitirse, tenía un cierto encanto exótico agradable. Se dirigieron al Gran Comedor. Draco observó el techo encantado, maravillado por la noche estrellada. Se sentó junto a Blaise y Pansy en la mesa de Slytherin. La ceremonia de bienvenida comenzó. Ignorando las miradas y murmullos de sus compañeros, los tres tratando de ponerle atención a las palabras del viejo Sombrero Seleccionador. Sus palabras de aliento y celebración no les afectó en lo más mínimo. Sin embargo, tan solo dos chicos y una chica fueron seleccionados en la casa verde. Aquello era algo nuevo, aunque de esperar. Probablemente la mala fama que tenía la casa hacía que todos quisieran huirle. El banquete empezó.
Al llegar a la sala común de Slytherin, ninguno de sus integrantes se detuvo a charlar en los sillones acogedores. Al estar en su habitación, Draco miró la cama que solía pertenecerle a Crabbe y sintió un vacío en el estómago. Dijo buenas noches a Blaise y cerró las cortinas de su cama. Pero no durmió. Su mente se llenó de recuerdos relacionados a su gordo acompañante que vio como amigo hace tanto tiempo. Le parecía que había pasado una vida entera desde que había estado en aquella cama. Su mente divagó un poco, trayéndole todas aquellas cosas que él tan desesperadamente quería olvidar. Todo lo que había sucedido en los últimos nueve meses antes del fin de la guerra lo acosaba siempre que estaba solo. Cayó en un sueño tormentoso.
Despertó a la mañana siguiente bañado en sudor. Blaise se estaba colocando la corbata verde, mientras se miraba en el espejo. Ambos se miraron por un segundo y el moreno asintió con la cabeza a modo de saludo. Draco se tomó su tiempo alistándose. Al ducharse, miró la calavera en su antebrazo por un segundo. La odiaba. Se vistió, feliz de cubrir aquella marca, y en pocos minutos alcanzó a sus compañeros de casa en el Gran Comedor.
Su primera clase del día era Pociones. Siempre había sido excepcional en el colegio, pero ahora su falta de interés le hacía preguntarse si aquello valdría la pena. El profesor Slughorn, más flaco que antes, los recibió en la puerta, saludándolos alegremente. La clase estaba más llena que de costumbre. Tenía esa clase con los Gryffindors. Desinteresado, tomó asiento al lado de Blaise. Se dijo a sí mismo que tan solo sería por un año más y todo terminaría.
- Estoy muy feliz de ver sus caras de nuevo – dijo el profesor y sonó genuino. – Como ya saben, este año hay una situación especial para los de sétimo año. Las generaciones 98 y 99 se encuentran cursando su último año en Hogwarts. El primer trimestre será el más fácil de todos, ya que se necesita que todos mantengan un mismo nivel. Por eso, empezaremos hoy, en parejas, con la poción…
Draco miró la pizarra. Las parejas ya estaban hechas. Su alma dejó su cuerpo un segundo. Ginevra Weasley. Miró a la pelirroja, que también parecía sorprendida. Luego de la instrucción, todos buscaron a su respectiva pareja. Draco se sentó junto a la pelirroja. Futura señora Potter. Patética.
- Ok. Ve por los ingredientes y yo alisto todo – dijo ella.
No había asco en su voz. No sonaba siquiera resentida. Draco, sorprendido, hizo lo que ella dijo y en poco tiempo comenzaron a trabajar. Nunca se imaginó trabajar junto a ella, pero la verdad es que le daba igual. No le molestaba y, al parecer, a ella tampoco. Incluso, fueron los mejores en esa clase junto con Granger y Thomas. Al finalizar la clase, él comenzó a recoger todos los materiales. No se había percatado que la pelirroja seguía allí.
- ¿Malfoy? – él tan solo se limitó a verla. - ¿Por qué fuiste al funeral de Fred?
Draco se irguió, incómodo. En su rostro no había ni pizca de esa emoción, él era todo un experto en pretender.
- Él era gracioso. Siempre recordaré cómo se quitaron a Umbridge de encima… No pretendía estorbar.
La Weasley se sorprendió. ¿Draco Malfoy disculpándose? Ella tan solo salió de allí.
El resto del día pasó sin más trabas. Antes de la cena, Draco se dirigió al campo de quidditch. No volvería a jugar, estaba seguro de eso, pero tenía buenos recuerdos ahí. Todo el campo había sido restaurado, y se notaba que los postes y las bancas para el público eran nuevas. Probablemente alguien había hecho una donación grande de dinero. Probablemente el padre de algún Slytherin tratando de salvar el apellido. Caminó distraído, observando a lo lejos el atardecer. Sentía cierta paz a pesar de lo agotado que estaba.
Durante la cena, las personas hablaban animadamente, disfrutaban sus días en el colegio. Blaise, Pansy y él conversaron poco. Draco miró a la mesa roja y vio a Granger, la Weasley y la chica rubia, Lovegood. Quitó la mirada rápidamente, decidiendo que no era el momento de tratar con eso. Pero sabía de antemano que esa noche soñaría con la rubia y el cómo fue torturada dentro de la Mansión.
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4 mayo 1998
A pesar de la distancia y de estar debajo de un árbol, Draco podía ver ocho cabezas con el mismo tono rojizo en sus cabelleras. Podía distinguir a personas que, hasta hace poco, detestaba y de la que ahora huía. El héroe del momento abrazaba a su novia, la pelirroja pequeña, y las lágrimas corrían por su rostro mientras veía por primera vez un funeral mágico. El día era nublado y triste, como si el mundo entero supiera que hoy, en este cementerio, al igual que en muchísimos otros en Gran Bretaña, se le decía adiós a alguien querido.
Había pasado dos días desde la Batalla de Hogwarts y había funerales por montón.
Su propia familia acababa de vivir una experiencia terrible al tener al Ministerio hurgar en su casa, clasificándola como inhabitable y decomisando cualquier artefacto oscuro. Draco observó, con un poco de asco, cómo los aurores destrozaban aquel lugar que una vez amó. Su padre fue encarcelado; su madre y él se acomodaron en su casa en el centro de la ciudad. Incluso, Andrómeda, su tía, se reunió con su madre para despedir el recuerdo de su tía Bellatrix. Draco nunca las había visto juntas, siquiera en la misma habitación. Todo esto sucedió el día anterior y, sin embargo, él se encontraba en aquel momento siendo testigo de lo que era amar a alguien y sufrir una pérdida. Sabía que no debía estar ahí, que aquella familia odiaría verlo ahí, pero sentía que era el único lugar donde necesitaba estar.
Esperó a que terminara la ceremonia y vio, mientras se escondía, que se marchaban. La madre lloraba y sostenía a su hijo, el otro gemelo, aferrándose a él. Draco, que llevaba una gorra, se cubrió su cabellera rubia un poco más, como si eso fuese a engañarlos. No pasaron cerca suyo, pero vieron en su dirección. Cuando los perdió de vista, se acercó a la lápida, que era poco visible con tantas flores. Fred Weasley. Draco se arrodilló, y depositó un ramo de flores blancas.
- Perdón – murmuró. Su voz se quebró y, sin siquiera poder evitarlo, comenzó a llorar. – Perdón por odiarte sin conocerte… Lamento que hayas muerto y yo haya estado en el otro bando, vivo y sin un rasguño… No te merecías esto… Tu familia… Mi padre se hubiese sentido avergonzado si yo hubiese muerto, pero ellos… Te lloraron y te extrañaran todos los días… Lamento no estar en tu lugar. El mundo necesita más gente como tu y menos como yo.
Draco permaneció allí hasta que el llanto se detuvo, luego se apareció en su casa, entró a su habitación y no salió de allí en las siguientes treinta y seis horas.
