Serie: Boys.
Fandom: Kuroko no Basket {AU}
Rating: M.
I.- Bienvenido a Tokio.
El shinkansen de la línea Tohoku se deslizaba sobre las vías como si flotase, dejando atrás paisajes como el monte Atago, con su bruma misteriosa entre los resquicios de su bosque, los múltiples templos y santuarios a pie de carretera o las numerosas montañas de Shibata, y que el tren atravesaba en línea recta como una exhalación, sin vacilar.
La trémula luz de un sol perezoso se iba colando entre las casas y la arboleda, reflectando en los cristales y abriendo camino en las vías a medida que la mañana iba ganando fuerza.
Había salido desde la estación de Sendai exactamente a las cinco y veintiocho de la mañana, sin un segundo de retraso, después de cargar a los pocos pasajeros que se disponían a embarcarse en su poco más de una hora de trayecto. Entre ellos estaba Kiyoshi Teppei, quién tras haber hecho un titánico esfuerzo por madrugar sin (muchas) repercusiones, dejaba sus babas de forma muy poco elegante contra el cristal de su ventanilla. Había salido de casa de sus abuelos sin afeitar, pues ya había sido un milagro el haberse podido vestir con la ropa al derecho; con un equipaje equivalente a un mes o dos de mudas, aunque supiera que estaría ausente mucho más tiempo. Arrasando con el suculento bentô que su abuela le había colado como tentempié para el camino, se quedaba dormido tras la primera media hora de viaje.
El tiempo que había invertido para poder estar allí sentado había sido tan crucial como largo, pero había merecido la pena. Kiyoshi recordaba muy bien lo nervioso que estaba la noche anterior, mientras preparaba las maletas tras haber confirmado el horario de los trenes. Riko, cuya voz reverberaba a través del altavoz puesto en manos libres de su móvil, le explicaba los trasbordos que debía coger para no perderse, así como recordarle de forma insistente que tenía que madrugar y que más le valía no acostarse tarde. Para desgracia de Riko, Teppei parecía más concentrado en el cambio que había dado el tono de su voz que en lo que decía, lo que suponía una serie de amenazas muy gráficas por parte de su exnovia.
—¡Céntrate o a saber dónde terminarás! —le había reprochado—. A ver, desde el principio. En la estación de Yamagata…
—… A las cinco —completó Teppei, doblando una de sus camisas favoritas.
—¿Primera línea?
—Senzan.
—¿Segunda? —insistió ella.
—Tohoku. En Shinkansen.
—Genial. ¿Y cuando llegues a Ômiya?
—Eh… ¿Tozai?
—¡NO!
Y allí empezaban los insultos que mencionaban desde su poca atención al escaso conocimiento de su entorno. Al final, tras un suspiro exasperado y un "ahora te llamo", Riko le colgaba por segunda vez aquella noche sin dar más explicaciones. Para, minutos más tarde, proponerle un plan más acorde a su poco intelecto. Uno que se limitó a aceptar dados los gritos de Kagetora de fondo.
Era obvio que la solución le había relajado lo suficiente como para dormirse, dado que el Shinkasen era un tren sin paradas y que iría directo a Ômiya sin más desvíos. Eso aseguraba una buena siesta sin interrupciones y una oportunidad para recuperar el descanso del que le había privado el madrugón.
Si tuviera que definir sus sueños, les pondría la forma de Izuki, cuya ayuda e insistencia habían quedado grabadas en una de las primeras capas de su subconsciencia. Tendrían forma de su abuelo y su abuela, que disimuladamente ofrecían su apoyo y le ayudaban a tener días fáciles y tranquillos; forma de enfermeras amables y fisioterapeutas atentos, que le habían hecho regresar a aquella parte de su infancia en la que era el centro de todo, en la que le decían que no debía tener miedo, pero que siempre tendría un lugar seguro de tenerlo.
Si sus sueños tuvieran forma, se desplegarían una y otra vez, capa por capa como un folio doblado hasta hacerse diminuto, sólo para ver seis años de su vida empujados por un objetivo en concreto, y al que se le fueron sumando varios más con una importancia similar.
Arropado por ello, el viaje se le hizo corto.
[…] El cielo de Ômiya le recibió de forma pesada y gris, con un nubarrón que proclamaba su avance desde las montañas de Saitama. Teppei no tardó en soltar el equipaje y frotarse las manos, notando el descenso de la temperatura y el airecillo helado que le entumecía la nariz. Aún así, apreció la estación como un turista fascinado antes de echar a andar, siguiendo al pequeño grupo que había viajado con él hasta la salida.
Pese a ser consciente de que estaba a sólo una hora de casa, le pareció que cuanto más cerca de la capital estaba, más inmensas eran las cosas. Él, que no había salido tanto como quisiera del hueco de Yamagata desde su infancia, vio aquel despliegue de arquitectura moderna como la entrada a un museo que quería resultar familiar, pero a la vez no lo era. Un sentimiento curioso, porque Yamagata no era especialmente un pueblo sin avances, así que atribuyó toda aquella emoción a un entorno nuevo y por descubrir.
—Cierra la boca, Teppei. Pareces un extranjero.
Ante la puya, no pudo evitar dejar de atisbar a sus alrededores con el mentón en alto y buscar el origen de una voz que sí le resultaba absoluta y completamente familiar.
Una mujer de largo pelo castaño, ataviada con un abrigo a juego con las botas y una bufanda a cuadros le saludó desde una furgoneta aparcada en primera línea de calle. Llevaba unas gafas de pasta color rojo y un muy ligero lápiz de labios resaltando su boca pequeña.
—¡Vaya! —Kiyoshi no dudó en acercarse—. ¿Riko? ¡Qué guapa! —apreció con una sonrisa afable—. Pero sigues súper plana.
Riko le demostró que había cosas que no cambiaban cuando le hundió el codo en el estómago.
—Arrástrate hasta el coche, Iron Heart… —dijo, con una mirada cargada de rencor venenoso mientras se hacía crujir los nudillos.
—¿¡Qué has dicho!? —Kagetora se escurrió desde la ventana del conductor, sacando medio cuerpo fuera sólo para amenazar con una pistola desde el techo—. ¡Los pechitos de mi niña son los más bonitos del mundo!
—¡Y tú que sabrás! —Riko tuvo ganas de cerrarle la ventanilla y dejarlo atascado allí de por vida—. ¡Cállate y guarda eso, viejo pervertido!
Kiyoshi respiró (dolorosamente) la agradable esencia de los viejos tiempos.
Equipaje en el maletero y carretera aún de por medio, la furgoneta se puso en marcha.
Dado que fue imposible hacerle memorizar las líneas de metro que debía coger para llegar sin escalas innecesarias, Riko optaba por la opción más sencilla, que era recogerlo en Ômiya y hacer la ruta restante por carretera. Así contaba, de paso, con media hora para ponerse al día y para poder explicarle los pasos a seguir una vez se instalase.
Dos años atrás, Teppei había contactado con ella con una petición que se salía, cuando menos, de las habituales. La conversación había empezado con preguntas sobre el día a día, sobre temas banales y acontecimientos de poca influencia, hasta que había sido Teppei el primero en abordar el tema con un tono más pesado de lo habitual. Después de la noticia que le daba días atrás sobre su éxito al sacarse su FP superior, a Riko le preocupaba que hubiera perdido la motivación, o que se sintiese perdido después de dos años enteros teniendo aquello como objetivo.
—El FP no me sirve de nada sin cursos de respaldo y el examen de la federación —le había explicado a una atenta Riko—. Ahora que estoy en condiciones para volver al terreno, me gustaría poder involucrarme directamente, y no se me ocurre mejor persona que tú para ayudarme con eso.
Riko había conseguido varios títulos deportivos a lo largo de aquellos seis años. Dado su fanatismo y sus ganas de colaborar de forma oficial en el gimnasio de su padre, se hacía, entre carreras y cursos, con todo aquello que la capacitase de forma oficial. Así pues, el gimnasio de los Aida contaba con una entrenadora capaz, una mánager en potencia para aquellos que buscaban competir, una fisioterapeuta entendida y una nutricionista insistente.
Teppei no encontraría a nadie mejor para guiarle en aquel proceso de aprendizaje. Y menos con las influencias del propio Kagetora, fundador y jefe de su franquicia.
—Entiendo la situación —le había dicho ella inmediatamente después—. Haré unas llamadas para conseguirte hueco con los examinadores. Es mejor hacerlo mientras tengas aún frescos tus conocimientos. Los cursos serán cosa fácil; mi padre tiene potestad para ofrecerlos y evaluarte.
—Wow… Entonces, ¿así de fácil?
—Nada es fácil, Teppei. Tendrás que esforzarte y aprender cuanto puedas mientras estés aquí. De momento, haz la maleta.
Había tenido suerte. Pero dado su intento fallido de entrar a la universidad y de su poca motivación para encontrar algo a lo que dedicar su futuro, Kiyoshi pensó que no estaba de más tener un poco.
—La licencia que quieres conseguir es la de la federación estatal de baloncesto nipón, ¿no? —preguntó Kagetora diez minutos de viaje después, lanzando una mirada hacia atrás por el retrovisor. Teppei, acomodado en los asientos traseros, le devolvió la mirada y asintió.
—No me veo jugando a otra cosa.
—Ahora podrías ser jugador —añadió Riko, girándose desde el asiento del copiloto para lanzar una mirada a su rodilla—. Lo sabes, ¿verdad?
—Ya, bueno… —la sonrisa que esbozó Kiyoshi fue melancólica, como si por su mente pasaran buenos recuerdos—. Entraría un poco tarde a la selección, ¿no te parece?
Todos en aquel coche sabían que tenía razón. Lo veinticuatro no es que fueran una mala edad para empezar una carrera deportiva, pero tristemente sería eclipsado por reclutas prometedores que apenas hubieran acabado la secundaria.
Teppei se sonrió, porque precisamente conocía a uno de esos jovenzuelos que se comerían el mundo con su imparable talento. Se preguntó qué había sido de él…
—¿Qué tal la rehabilitación? —añadió Riko poco después.
—Larga —destacó, con un levantamiento de cejas. Luego se llevó la mano a la rodilla y sonrió—. Fue difícil después de la operación, y me arrepentí muchas veces de habérmela hecho, pero ha merecido la pena. Ahora estoy mejor que nunca.
Riko sonrió, recordando las llamadas rechazadas y las conversaciones cortas; todo para evitar que ella notase el estado tan lamentable en el que se encontraba. Imaginaba el malestar, la frustración y el desasosiego al pensar que aquello hubiera sido una mala idea, que el dolor se incrementaría, que sería aún más difícil sobrellevarlo. Aquella sonrisa era el mejor resultado posible tras todo aquello.
—Tienes el examen la semana que viene —informó ella —. Me encargaré de que repases bien repasado lo que has estudiado estos últimos dos años.
—Viniendo de ti, parece una amenaza…
—Y lo es, Teppei. Lo es —Riko se hizo crujir los nudillos—. Tienes que conseguirlo esta vez, ¿vale?
—Dalo por hecho.
La metrópolis, el epicentro de la cultura popular japonesa, le recibió en sus veintitrés ciudades con ruido, con un apiñamiento generalizado de edificios altos y letreros enormes y con multitudes. Con muchas multitudes.
Allá donde mirase, Teppei supo que no se exageraba el nombre de su capital en vano, pues tras el primer vistazo podía afirmar que era el centro de la economía del país dada su concentración diversa de sedes. Sólo desde la ventana de la furgoneta pudo contar un par de instituciones, corporaciones, museos, colegios, puntos de referencia para el turismo y comercios, tanto enclaustrados en pequeñas y discretas cafeterías como expuestos en edificios ostentosos con pantallas que, juraría, eran más grandes que toda la casa donde se crió.
Era acojonante. Pero a la vez tan emocionante como un viaje de fin de curso, donde sabes que tienes un tiempo limitado y una ruta casi preestablecida para ver cuantas más cosas puedas antes de volver a la rutina de tu pueblecillo. Se preguntó si aquello era lo que había sentido Hyuuga al pisar aquella ciudad por primera vez. O si aquel cosquilleo en la tripa lo había sufrido también Riko al mudarse y empezar de cero absolutamente todo.
Esa vacilación que evoluciona a un sentimiento de querer hacerlo todo al mismo tiempo, pues daba la impresión de que no habría tiempo de conocer todo lo que resulta nuevo e inquietante. Y pese a detenerse en una calle cuyo centro neurálgico no saturaba la vista, Kiyoshi seguía teniendo la impresión de que los edificios de su alrededor querían plegarse sobre sí mismos solo para engullirle.
—¿Sientes el vértigo? —preguntó Riko, con tono divertido, mientras Kagetora descargaba el equipaje con una sonrisilla burlona—. Bienvenido a Tokio.
