Disclaimer: Todos los personajes de Naruto y Naruto Shippuden pertenecen a Masashi Kishimoto.

.

.

.

—Su vuelo a Tokio está listo, señor.

—Gracias, Kabuto. Puedes retirarte.

El hombre de cabellos plateados y lentes de marcos oscuros hizo una reverencia y se dio la vuelta para retirarse de la habitación, dejando a la otra presencia sola en el lugar.

Sonrió.

Una sonrisa retorcida y satisfecha.

La marca al fin se había activado, aunque ya no le fue necesaria para localizar a su objetivo.

Esos niños habían sido muy imprudentes permitiendo que imágenes de ellos se filtraran en los medios. El mismo día que se habían reunido, él los había encontrado.

Uchiha Sasuke.

Ese era el nombre que el Espíritu de la Luna había adoptado en esta vida.

Namikaze Naruto.

Ese era el nombre de su principal obstáculo, la reencarnación del Espíritu del Sol.

Había estado tan cerca antes de conseguir su cometido. Consiguió separarlos, consiguió que no pudieran reunirse de nuevo en sus siguientes vidas, pero se le escapó un detalle. A pesar de haber quitado al Sol de por medio, no podía encontrar a la Luna sin él.

Sin que se encontraran, no había manera de localizar su objetivo. Las almas de la Luna y el Sol solo despertaban al encontrarse, sino permanecían dormidas hasta llegar al lecho de muerte, y ahí ya era demasiado tarde. Así que tuvo que replantear su estrategia.

Necesitaba al Sol para encontrar a la Luna, pero debía descubrir alguna manera de evitar que se repitiera el desastre de mil años atrás. Tenía que deshacerse del chico Namikaze de una vez por todas para que dejara de interferir con su objetivo.

—Uchiha Sasuke. —murmuró, saboreando su nombre en sus labios mientras observaba la imagen enmarcada que tenía sobre su escritorio.

La había obtenido del registro escolar. En cuanto tuvo a su disposición los nombres de ambos jóvenes no perdió tiempo e investigó profundamente a ambos adolescentes.

Uchiha Sasuke, segundo hijo de Uchiha Fugaku y Uchiha Mikoto. Ambos fallecidos hace ya cinco años. Vivía con su hermano mayor, Uchiha Itachi, en un departamento en el centro de Tokio.

Tenía los cabellos tan negros como la noche, dos mechones largos a cada lado de su rostro, enmarcándolo. Sus ojos eran negros y profundos con forma almendrada, delineados por oscuras y espesas pestañas. Piel pálida, como la porcelana más fina. Un rostro de facciones elegantes y masculinas. Definitivamente seguía conservando su belleza a pesar de haber dejado atrás su vida inmortal.

El retrato mostraba a un joven serio e impasible, sin ningún otro tipo de emoción en su expresión. Una obra de arte, definitivamente. Una que tenía que ser suya a toda costa. Ahora que se le había presentado en bandeja de plata, con un cuerpo más joven que la última vez que le vio, era su oportunidad.

Recordaba con claridad la primera vez que le había visto. Vivía solo, como la mayoría de los de su clase. Junto al sol se le había encargado la tarea de cuidar de la Tierra y de la vida que ahí habitaba. Desde que lo vio en aquel entonces, sus largos cabellos con reflejos azules y el aura de divinidad que le rodeaba, supo que lo quería para él. Lamentablemente estaba en un lugar donde no podría alcanzarlo fácilmente.

Tuvo con conformarse con verlo desde lejos, rabia instalándose en lo más profundo de su ser cuando se dio cuenta que aquel al que deseaba solo veía hacia aquella estrella refulgente que iluminaba los días de aquel patético planeta que ambos cuidaban. Lo peor es que el sol respondía del mismo modo, añorando desde lejos a lo que debía ser suyo.

Miles de años los observó. Incluso cuando encontraron la forma de reunirse una vez cada cientos de años durante unos cuantos minutos, los observó.

Y entonces ocurrió algo que no esperó jamás.

Vio al Sol bajar a la Tierra y a la Luna seguirle. Eso era algo que jamás se había hecho, no que él supiera. Abandonaron sus puestos y se mezclaron entre los mortales.

Vio ahí su oportunidad.

Tomando la forma de una serpiente bajó a aquel planeta custodiado por la Luna y el Sol, y por años la recorrió en busca de su objetivo, pero no pudo encontrarlo.

La luna y el sol siguieron iluminando el dichoso planeta, pero sus espíritus jamás volvieron a ellos.

Y se dedicó a buscarlos. Durante años y años los buscó, disfrazado como una de las tantas creaturas que convivían en ese lugar. Por cientos de años no supo qué fue de ellos, hasta que un día reconoció sus energías lo suficientemente cerca de él para encontrarlos. Al llegar a la fuente de dicho poder, lo que encontró fue a dos hombres, pero los reconoció.

Esos dos habían roto una de las reglas más sagradas y, como consecuencia, ahora vagaban por la Tierra como mortales. Pero lo que no pudo comprender fue las sonrisas en sus rostros. Lo habían perdido todo, pero sonreían como si al fin estuvieran experimentando la verdadera felicidad y la dicha. Y eso lo hizo podrirse de odio por dentro.

Declaró en ese instante que encontraría algún modo de romper el vínculo que les unía y les separaría para siempre. Conseguiría que la Luna fuera suya, no importaba el precio. Creyó que lo había conseguido cuando, miles de años después, forzó al Sol a asesinar a la Luna, pero, oh, no todo sale como uno lo planea.

Ahora tenía una nueva oportunidad y no la desperdiciaría.

Sus pálidos dedos se deslizaron por el borde del marco con la imagen de su obsesión y su vista se desvió ligeramente hacia la derecha.

Al lado de la elegante retratera había otra fotografía, esta sin enmarcar. En ella se dibujaba el rostro de un muchacho alegre y brillantes ojos como el cielo. Cabellos alborotados que caían sobre su rostro, tan dorados como el sol. Su piel estaba ligeramente bronceada y tenía tres marcas en cada una de sus mejillas. Observaba a la cámara con una deslumbrante sonrisa, demostrando su expresividad.

Namikaze Naruto. Pensó con remordimiento.

Todo lo opuesto a la imagen del retrato.

Donde en uno había vida y color, en el otro había frialdad y elegancia. Tan diferentes como el yin y el yang, mas complementándose mutuamente.

Pero no por mucho tiempo. Ahora que había conseguido despertar el sello maldito, solo era cuestión de tiempo. Utilizaría el hecho de que ambas almas eran parte la una de la otra para utilizar la maldición de su marca en el cuerpo del Uchiha en contra del chiquillo Namikaze. Al fin su dichoso lazo le sería útil. No pasarían más de un par de horas para que ese niñato notara la gravedad de la situación.

Sus ojos brillando con malicia, se colocó su abrigo y tomó su maletín, sabiendo que el resto de sus pertenencias ya estarían en su avión privado. Decidido, salió de su oficina, preparado para arribar en Tokio lo antes posible.

Sus labios se curvaron hacia arriba peligrosamente.

Su presa lo estaba esperando.

SNS

— ¿No tienes la sensación de que algo malo va a pasar?

Todo el tiempo.

—Sí, que nos manden a detención por llegar tarde. Apresúrate.

—Lo digo en serio. —apuró el paso, sintiendo una ligera molestia en su pie herido pero nada de gravedad.

El pelinegro suspiró y se detuvo en medio del pasillo. Estudiantes corrían a su alrededor, desesperados por llegar a sus salones antes de que sonara el timbre.

Su mano se alzó para cubrir una acanelada mejilla y su rostro se inclinó hacia adelante para besar con suavidad los labios de su alma gemela. Ojos azul zafiro se cerraron automáticamente, perdiéndose momentáneamente en el toque cálido de la boca de su novio contra la suya.

—Lo sé. —murmuró el Uchiha, su respiración contra sus labios. —También tengo un mal presentimiento. —la profunda mirada del rubio se desvió a su hombro, donde aquella horrible marca yacía oculta bajo su camisa escolar.

Sasuke volvió a besarlo, esta vez en la mejilla, y, sin decir nada más, tomó su mano y lo jaló con él en dirección a su respectiva aula. La mano del rubio apretó la suya con fuerza y lo siguió, como siempre hacía. Pero ni ese beso, ni ver a Iruka-sensei de nuevo, ni un día entero de clases pudieron apartar de su mente la preocupación y la incertidumbre.

Algo malo estaba por pasar, y su corazón latía temeroso contra su pecho.

Su vista se fijó en la parte de atrás de la cabeza de Sasuke, quien estaba sentado en el pupitre frente a él, poniendo el cien de su concentración en el tema del día.

Naruto apretó los labios, observándole. Sentía que si no lo alcanzaba a tiempo, desaparecería frente a sus ojos.

Inquieto, comenzó a rascarse la palma de la mano, vagamente registrando el ligero escozor que sentía en ella.

Las palabras del maestro no llegaron a ser captadas por sus oídos, todo parecía haberse quedado en silencio para él. Todo a su alrededor se movía en cámara lenta, como si el tiempo no quisiera avanzar.

Sintió como si le estrujaran el corazón, y no supo si sería solo su mente ofreciéndole ideas locas o una especie de ataque pánico o algo. Tal vez eran sus instintos intentando advertirle sobre algo, pero ¿qué?

Y entonces lo notó.

Donde antes el sol de su palma derecha brillaba de un color reluciente y cálido, ahora refulgía de un tono rojo como la misma sangre.

.

.

.

N/A: Cortito, pero me pareció bien dejarlo así para dar más suspenso xd