Descargo: Shingeki no Kyojin y sus personajes le pertenecen a Hajime Isayama, yo solo los he tomado prestados para esta historia.
CAPÍTULO 5:
SECRETOS DESANGRANTES
Preguntar de verdad es abrir la puerta al torbellino. La respuesta puede aniquilar a la vez la pregunta y a quien la hace.
(Anne Rice).
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«Condenado a muerte».
Con aquellas palabras todavía reverberando dentro de su cabeza, Eren miró con incredulidad a Yelena, quien permanecía imperturbable luego de haberle dado aquella noticia.
No podía ser cierto… ¡Era imposible que Zeke hubiese perdido la cabeza de ese modo! Su hermano regía al clan con mano firme, sí, ¿pero llegar a tal extremo solo por su huida? No, simplemente no podía ser verdad. Yelena tenía que estarle mintiendo.
No obstante, al ver la veracidad de aquella desquiciada sentencia reflejada en los oscuros ojos de la vampira, Eren sintió como el mundo comenzaba a desmoronarse bajo sus pies, notando todo el peso de saberse responsable por lo que estaba ocurriéndole a su amigo.
—Siéntate —le ordenó Yelena al tiempo que, sin muchos miramientos, lo sujetaba del codo para obligarlo a dirigirse hacia una silla cercana, donde él se desplomó con pesadez. De inmediato los fríos dedos de la chica se posaron sobre la desnuda piel de la parte posterior de su cuello, guiándolo con firme suavidad a inclinarse un poco hacia adelante, contemplando sus propias rodillas—. Inspira —oyó Eren que esta le decía con más amabilidad de lo que se había permitido mostrarle desde que se conocían—. Tranquilo, tranquilo… Respira despacio. Hazlo poco a poco, ¿sí?
Sorprendido, sintió como las náuseas que repentinamente lo habían embargado, remitían de manera considerable. Observando lo pálidas y temblorosas que lucían sus manos a causa de los nervios, las aferró con fuerza a la tela del pantalón vaquero que llevaba, notando como los ojos se le anegaban de ardientes lágrimas que no estaba dispuesto a derramar. Un gemido —quedo al principio y que fue aumentando en intensidad paulatinamente— escapó de su garganta como si de un animal herido se tratase, y al levantar la cabeza de golpe, dolido, furioso, de inmediato percibió la alarma que se reflejó en los negros ojos de Yelena, quien retrocedió unos cuantos pasos para poner cierta distancia entre ambos.
—¡No puedes permitir que Zeke lo haga! —le gritó colérico a la mujer—. ¡Tienes que detenerlo! ¡Te ordeno que lo hagas!
El regusto levemente salobre y metálico de la sangre pilló por sorpresa a Eren, haciéndolo percatarse, solo en ese instante, del ligero dolor en su labio inferior, producto de haberse cortado con sus propios colmillos en su arranque de furia. Probablemente ese era el motivo del cauto distanciamiento de Yelena, se dijo al verla. Esta de seguro había temido que en cualquier momento él atacara, y su instinto la llevó a poner tierra de por medio.
Haciendo un enorme esfuerzo por volver a tener control sobre sí mismo, Eren intentó calmarse lo suficiente para que el velo rojo de la sangrienta furia que sentía dejara de nublarle el juicio. Un par de hondas respiraciones bastaron para que sus afilados colmillos volvieran a retraerse, mientras que sus uñas —convertidas en garras—, desaparecieron poco después, dejando un reguero de salpicaduras carmesí sobre la celeste tela que cubría sus muslos, donde estas se habían clavado sin piedad.
Comprendiendo que parte del peligro había remitido, al menos de momento, la joven vampira, como la experta que era, ocultó su miedo tras una fachada de completo autocontrol y finalmente se atrevió a hablar:
—¿Y cómo se supone que podría hacer eso, Eren? ¿Qué puedo hacer yo para detenerlo? Nadie desobedece las órdenes de Zeke. Jamás.
—¡Yo podría! ¡No me importaría tener que pagar el precio que fuese necesario con tal de detenerlo si es por una causa justa!
La inmutable expresión de Yelena pareció quebrarse un poco tras sus palabras; una pequeña rasgadura en su impenetrable armadura que, por un breve instante, hizo que él tuviese esperanzas de haber hallado en ella una aliada.
De pie frente suyo, esta cruzó los brazos sobre su pecho y sujetó su afilada y pálida barbilla con una mano, observándolo con un detenimiento evaluativo que puso a Eren ligeramente nervioso. Yelena lo observaba como si buscase algo que nadie podría ver a simple vista; algo que él desconocía por completo y, no obstante, parecía invaluablemente importante y valioso.
Incómodo bajo aquel atento escrutinio, Eren se removió un poco en su sitio, tratando de rehuir la mirada de esta. Ellos dos jamás habían sido amigos, de hecho, ni siquiera se agradaban demasiado; no obstante, en aquel momento de absoluta desesperación, aislado de todo por orden de su hermano mayor, aquella mujer era la única que podía ayudarle. Yelena era su única oportunidad de hallar una solución para poder salvar a Jean.
—Probablemente tengas razón y tú seas el único que pueda hacer algo para detener a Zeke, Eren. Después de todo, compartes su sangre y posees más poder del que crees —reconoció Yelena tras aquellos largos minutos de contemplativo silencio. No había desprecio ni burla alguna en sus palabras, por el contrario, parecía como si en el fondo albergara una total convicción sobre lo que acababa de decirle—. Entonces, la pregunta sería bastante diferente. ¿Qué puedes hacer tú para detenerlo? ¿Qué harás tú para detenerlo?
Lleno de frustración e impotencia, Eren pensó que no podía hacer absolutamente nada. Zeke lo tenía encerrado entre esas cuatro paredes hasta que decidiera lo contrario; incluso, estaba seguro de que el que Yelena le hubiese revelado lo que acontecería con Jean en las horas siguientes, no estaba para nada dentro de los planes de su hermano, quien con toda probabilidad tendría contemplado contarle sobre lo ocurrido una vez ya todo estuviese hecho. Zeke era alguien que no hacía falsas amenazas, simplemente esperaba obediencia absoluta de parte de todos quienes estuviesen bajo él, y si no era así, castigaba de tal manera que nadie volviera a pensar siquiera en desobedecerle, nunca.
Y perder a Jean iba a ser su castigo por su rebeldía.
Sin poder soportarlo más, Eren se puso de pie y se dirigió hasta la puerta. No fue una sorpresa hallarla cerrada con llave cuando giró el picaporte, por órdenes de Zeke, seguramente. Aun así, una ira creciente e indomable pareció estallar dentro suyo, amenazando con consumirlo por completo.
Enfadado, se volvió a ver a Yelena, esperando a que esta decidiera permitirle la salida. No obstante, la joven vampira lo ignoró totalmente, sin inmutarse lo más mínimo ante su evidente descontento por aquella afrenta.
—¿Así que esa es tu respuesta, Eren? —le preguntó Yelena con un ligero rastro de sorna en sus palabras—. ¿Tan solo planeas salir de aquí, desobedeciendo sus órdenes, y enfrentarlo sin más?
—¡No lo sé! —reconoció él de mala gana, volviendo su corto cabello un desastre cuando pasó frenéticamente sus manos por este—. No es como si hubiese tenido tiempo de pensar en una alternativa mejor, ¿sabes? Simplemente necesito hablar con mi hermano e intentar… algo; lo que sea con tal de conseguir que Zeke revoque esa absurda y terrible sentencia contra Jean. Lo único de lo que estoy seguro ahora mismo, es de que, encerrado aquí como me tiene, no podré ser de ayuda para nadie, Yelena. ¡Por favor, déjame salir!
La joven ayudante de su hermano negó con un gesto altivo y preciso, ante lo cual él la fulminó con la mirada.
—No voy a desobedecer órdenes directas de tu hermano, Eren.
—¡¿Entonces por qué demonios me has dicho lo de Jean?! —inquirió, notando una vez más la ira inflamándolo por dentro—. ¡¿Por qué no solo te quedaste callada si no ibas a ser de ayuda, maldita sea?!
—Porque me lo preguntaste y creí que merecías saberlo. Es cierto que Zeke estaba molesto porque Jean le mintiera para protegerte, pero eso no es todo.
Tras volver a tomar asiento en la silla que había utilizado minutos antes, Yelena le indicó, con un lánguido gesto de la mano, que hiciera lo mismo. Apartándose de la puerta de mala gana, Eren obedeció, ocupando el sitio frente a ella.
—Y bien, ¿qué fue lo que pasó realmente con Jean?
—Que el muy tonto al fin le ha dado a tu hermano la excusa perfecta para castigarlo como siempre ha deseado hacer —respondió la vampira—. Si este tan solo hubiera mantenido la boca cerrada y aceptado el castigo correspondiente por ayudarte, nada de esto estaría ocurriendo; pero no, tu amigo fue un verdadero idiota y se atrevió a desafiar a Zeke. Le dijo que no le temía en absoluto porque su lealtad estaba contigo, ya que tú eras quien realmente debería estar al mando del clan y no él.
El nudo de puro terror que Eren sintió formarse en su estómago se volvió insoportablemente doloroso, obligándolo a apretar los dientes para no gritar. ¿Qué clase de idiota era Jean? ¿Dónde se había ido toda la precaución que este siempre procuraba mostrar frente al líder de su clan? Una cosa era desobedecer las órdenes de Zeke, algo que sin duda enfurecería a su hermano, ¿pero desconocer su autoridad? ¡Eso era algo que este no le perdonaría jamás!
Demonios, ¿qué se suponía que debía hacer ahora? Porque que Zeke quisiera a su amigo muerto, era completamente entendible. La sola existencia de Jean se convertiría en un desafío a la posición y poder de su hermano si no le daba un castigo ejemplar, y eso era algo que este nunca iba a permitir.
Tenía que salvar a Jean como fuera. ¿Pero… cómo?
Debido a la enorme desesperación y angustia que lo embargaban en ese instante, Eren no estaba siendo capaz de centrar sus pensamientos lo suficiente para meditar con calma y elaborar un plan. Le aterraba la idea de estarse quedando sin tiempo, sabiendo de que en el transcurso de unas cuantas horas perdería a la única persona que verdaderamente lo apreciaba dentro de aquella fría casa. Él era consciente de que exigirle o enfadarse con su hermano no daría ningún resultado, por el contrario, solo conseguiría despertar la ira de este y que su comportamiento fuese aún peor; entonces, ¿rogarle? ¿Negociar con él? La simple idea de tener que acudir a Zeke, mostrando total sumisión luego de lo ocurrido entre ambos tras su regreso, le parecía completamente repulsiva; no obstante, si esa era la única manera de ayudar a su amigo, entonces Eren se tragaría su orgullo y lo haría.
«Te necesito aquí, conmigo. Te necesito más de lo que puedes siquiera imaginar. Si llegara a perderte…».
«Probablemente tengas razón y tú seas el único que pueda hacer algo para detener a Zeke, Eren. Después de todo, compartes su sangre y posees más poder del que crees».
Como si de una llama que encendiera de pronto entre las brasas casi extintas se tratase, una idea comenzó a tomar forma dentro de su cabeza al recordar las palabras dichas por Zeke y Yelena. Era un plan arriesgado que dependería tanto de él como de su suerte, y en el cual podría acabar perdiéndolo todo si las cosas llegaban a resultar mal. Sería un todo o nada, pero Eren había llegado a un punto de desesperación donde estaba más que dispuesto a correr el riesgo.
Armándose de valor, intentó disimular lo mejor posible la ansiedad y el miedo que empezaban a embargarlo, clavando con firmeza sus claros ojos verdes en la ayudante de su hermano.
—Necesito que me prestes tu ayuda, Yelena.
Un amago de sardónica sonrisa se dibujó en los labios de la chica; un claro indicio de que no pensaba tomar en serio su petición.
—Soy el brazo derecho de Zeke, Eren, ¿o es que acaso no lo recuerdas? Ayudarte sería una abierta traición a mi líder. Sufriría el mismo castigo que Jean, o incluso algo peor; y no creo que valga la pena arriesgarme y sacrificarme por ti.
—Lo sé, pero también estoy seguro de que sí lo harías por Zeke —replicó con total convicción. Tras unos segundos de breve vacilación, finalmente se atrevió a añadir—; después de todo, estás enamorada de él.
Con cierta retorcida fascinación, Eren contempló como el pálido rostro de Yelena se volvía aún más blanco tras su afirmación, convirtiendo sus ojos, de un negro brillante y abisal, en dos pozos desmesuradamente abiertos a causa de la consternación… y el miedo.
Pese a que él nunca había sabido con total certeza si los sentimientos que Yelena albergaba hacia Zeke eran algo tan profundo como el enamoramiento que acababa de insinuar, principalmente porque la chica era una experta en ocultar sus emociones, sí había intuido siempre que existía algo más que solo admiración y respeto tras esa devoción ciega que esta parecía profesarle a su hermano. Y al parecer, por como la vampira acababa de reaccionar ante sus palabras, Eren no estaba del todo equivocado.
El ruido sordo que provocó la pesada silla al chocar con el piso, cuando Yelena se puso de pie con un ágil movimiento, sobresaltó a Eren, que con igual rapidez se levantó de su sitio y retrocedió unos cuantos pasos, quedando a una distancia prudente de esta.
El brillo depredador presente en los ojos de la vampira provocó que un escalofrío de puro terror le recorriera la espina dorsal y se le erizara el vello de la nuca, percibiendo el peligro latente y haciéndole comprender, de golpe, el terrible error que había cometido al aventar de forma tan descuidada aquellas palabras. No existía nada más peligroso que un animal asustado y herido, y él acababa de despertar a la bestia.
Casi de inmediato, y debido al instinto, su naturaleza vampírica afloró a la superficie como un escudo protector en cuanto el miedo le exacerbó los sentidos. Sin embargo, a diferencia de otras ocasiones, por una vez Eren no temió perder el control de sí mismo. Solo quería escapar de allí sin tener que enfrentarse con Yelena, se dijo; no obstante, y pese a su determinación, fue incapaz de huir de esta, por lo que antes de que supiera que había ocurrido, se encontró tumbado de espaldas sobre la alfombra de su habitación, con la vampira sentada a horcajadas sobre su pecho mientras sus largos dedos se cerraban como un grillete de hielo en torno a su garganta.
—Repite nuevamente aquello y te mataré —le espetó la mujer con una furia fría y calmada que pareció congelarle la sangre en las venas durante unos segundos, manteniéndolo indefensamente inmóvil en su sitio—. Si le dices una sola palabra de esto a Zeke, yo misma me encargaré de… ¡Agg!
Aprovechando la oportunidad de escape que le proporcionó el puñetazo que acababa de propinarle a Yelena, él se puso de pie a toda prisa y agarró una de las copas vacías que estaba sobre la mesa, destrozándola de un golpe sordo que salpicó de rojo su mano cuando empuñó el pie de esta en dirección a la vampira. No era la mejor arma, pero seguramente era mejor que nada, se dijo. Además, Eren dudaba seriamente que volviera a tener otra oportunidad de golpear a Yelena si esta decidía atacarlo; después de todo, la diferencia entre la estatura y la fuerza de ambos era algo abismal.
Nada más ver su desafío, los negros ojos de la vampira ardieron de furia, más aún cuando se limpió el hilillo de sangre que resbalaba por la comisura de su boca. Teniéndola de pie frente a él, por completo peligrosa y salvaje, Eren comprendió perfectamente otro de los motivos por los cuales su hermano mantenía a esta a su lado: nadie querría jamás ser enemigo de Yelena.
—Nunca se lo diría a Zeke —repuso él con la mayor calma que pudo insuflar en su voz, pese al miedo voraz que aceleraba su corazón—. Solo quiero que me escuches. ¿Puedes darme cinco minutos para hacerlo, Yelena?
Un suspiro de puro alivio escapó entre sus labios al ver que la peligrosa y salvaje naturaleza depredadora de la chica volvía a su letargo, al tiempo que asentía en su dirección. Poco a poco esta comenzó a recuperar una vez más el control de sí misma, regresando a ser la de siempre.
Jean tenía razón, se dijo Eren. Yelena, descontrolada, era sin lugar a duda alguien letal.
—Dime —le ordenó la vampira con frialdad, en un vano intento de ocultar tras esta la vergüenza que había teñido de un tenue rosa sus pálidos pómulos.
—Tengo un plan —le dijo él con cierta cautela—; sin embargo, para lograr ponerlo en marcha necesitaré de tu ayuda, Yelena. —Al ver como esta parecía lista para comenzar a protestar, con un gesto de la mano Eren le pidió que esperara un poco más—. Sé que no será algo fácil y probablemente te causará algunos cuantos inconvenientes, pero estoy dispuesto a darte a cambio algo que siempre has deseado.
Un sonido de claro desdén escapó de los labios de Yelena ante su oferta, mirándolo con velados ojos ofendidos al preguntarle:
—¿Y que podría ser aquello que, según tú, me tentaría tanto como para arriesgar mi vida por ayudarte?
—La libertad de Zeke —respondió Eren, sintiendo como tras pronunciar aquello un dolor inesperado arraigaba en su pecho—. Si me prestas tu ayuda para salvar a Jean, me marcharé de este sitio para siempre. Me iré a un lugar donde mi hermano no pueda encontrarme jamás; donde ya no tenga que sufrir por mi causa. ¿Acaso no es lo que siempre has deseado para él, Yelena? Ayúdame, y entonces finalmente podrás librarte de mí. —Una leve sonrisa cargada de dolorosa tristeza se dibujó en sus labios al ver el incrédulo asombro de la vampira, sabiendo casi con total certeza cuál sería su respuesta—. Ahora dime, ¿aceptarás?
Observando alargarse paulatinamente las sombras reflejadas en el suelo de su habitación, Jean se preguntó, con desganada pereza, qué hora sería ya.
El trozo de cielo que podía vislumbrar a través del ventanal desde la posición en la que se encontraba, estaba cargado con los tonos rojizos y anaranjados del atardecer, el punto justo antes del momento en que estos comenzaran a transformarse en el azulado púrpura de las primeras horas de la noche, por lo que supuso que el crepúsculo ya estaba cerca. Aun así, suponerlo y saberlo con exactitud eran dos cosas por completo diferentes, más cuando se estaba en una situación como la suya.
Desde su detención, después del regreso de Eren a la mansión y que Zeke pidiese verlo, Jean había dormitado a ratos, sobre todo durante las primeras horas del día que eran el momento cuando su especie estaba más débil; sin embargo, hacía ya bastantes minutos que su cuerpo parecía incapaz de volver a entrar en un estado de sopor, tal vez porque el hambre que lo acuciaba le impedía hacerlo, o quizá, simplemente, porque su subconsciente ya había aceptado que en unas cuantas horas más no importaría lo descansado que estuviese; de todos modos, iba a morir.
Un gemido escapó de sus labios cuando, con gran esfuerzo, logró ponerse de pie desde el rincón junto a la puerta donde se había quedado agazapado desde que lo habían encerrado allí. Estaba adolorido y magullado tras la paliza que algunos de los miembros del clan le dieron por orden de su líder, y sin haber podido alimentarse en absoluto durante las últimas horas, sentía como sus fuerzas iban menguando poco a poco, dejándolo sin posibilidad alguna de recuperarse con la rapidez de costumbre.
A pesar de saber que sería inútil, Jean una vez más intentó liberarse de las esposas con las que tenía apresadas las manos tras la espalda; sin embargo, luego de aquella fútil tentativa y el dolor punzante que le produjo el roce constante de las laceraciones de sus muñecas contra el metal, acabó resignándose con una mueca de disgusto dibujada en el rostro, dejándose caer de lado sobre la blanca colcha de su cama e importándole una mierda las manchas de sangre que pudiera dejar en ella.
¿Qué había hecho, demonios?
Él no era alguien arrebatado como algunos de los vampiros más jóvenes del clan, ni tampoco un loco suicida como solía serlo en algunas ocasiones Eren; por el contrario, al ser consciente de lo peligrosa e inestable que era su posición dentro de aquel lugar, Jean siempre se había esforzado al máximo por mantener en paz el precario equilibrio en el cual se encontraba su relación con Zeke.
Aun así, quizá su único error había sido el abierto desafío que fue para todos el que, dos años atrás, se negara rotundamente a romper su amistad con Eren pese a la orden directa de su líder. Jean sabía bien lo muy posesivo y estricto que este solía ser con su hermano menor, ya lo ocurrido con Armin y Mikasa lo demostraba, pero él tenía una importante promesa que cumplir; además, se negaba a dejar a Eren por completo solo en aquel sitio donde jamás podrían aceptarlo del todo. Su lealtad hacia el menor de los Jaeger era algo incuestionable y que iba más allá del rango que este ostentaba dentro del clan, y tal vez era debido a ese motivo en particular, que Zeke finalmente había decidido acabar con él. Jean, sin embargo, no se arrepentía.
El inconfundible sonido de la llave girando en la cerradura lo puso en alerta de inmediato, no obstante, no hizo movimiento alguno para abandonar su lánguida posición.
Tumbado de costado sobre la cama, pudo ver con claridad la alargada silueta y la oscura tela de los pantalones de quien entraba, pero solo le bastó con tener así de cerca a aquella presencia, para que el precavido temor de alarma, disciplinado por años de práctica, hiciera de inmediato aparición dentro suyo, poniendo en guardia todos sus sentidos.
Finalmente, Zeke había llegado.
—Jean, Jean. Que lamentable es verte así. —Despacio, sin hacer ningún movimiento innecesario, Zeke se sentó a su lado en la cama y cruzó una pierna sobre la otra. Entrecerrándose apenas, sus ojos grises lo contemplaron con una calculada frialdad que no pudo ocultar por completo su satisfacción, la cual fue evidente en el cruel rictus de sus labios semiocultos tras la barba—. Luces terriblemente lastimado, pero aun así sigues siendo un chico apuesto.
Tragándose lo mejor que pudo el terror que lo invadió cuando la mano de este, de dedos delicados y fríos, recorrió su mejilla en una etérea caricia que hizo que el miedo que sentía se acrecentara todavía más, Jean logró esbozar una pequeña sonrisa al mirarlo a los ojos. El semblante de Zeke una vez más lucía impasible, no obstante, el agarre de los dedos que ahora sujetaban su barbilla, ligeramente barbada, había perdido toda su anterior gentileza, aunque sin llegar todavía al punto de hacerle verdadero daño.
—Gracias por el cumplido, Zeke —le dijo a este con despreocupado desenfado, hablándole con todo el informalismo que sabía tanto detestaba su líder, solo para molestarlo—. Es agradable saber que mi atractivo no es algo que pueda desaparecer con tanta facilidad. A pesar de las circunstancias poco favorables, claro.
Y ahí estaba nuevamente, se dijo Jean maldiciéndose por dentro; otra vez aquella deliberada y estúpida provocación de su parte.
La mirada de Zeke se tornó con rapidez en una de ira apenas contenida, y, sin miramiento alguno, la presión de los dedos de este aumentó de forma peligrosa hasta un punto de dolor insoportable que obligó a Jean a gritar pese a su firme propósito de no hacerlo. Su líder lo soltó de golpe y se puso de pie para contemplarlo desde su elevada posición de superioridad; un claro gesto para enseñarle lo poca cosa que él era ante sus ojos.
—Una lástima que nada de ese atractivo vaya a servirte cuando ya estés muerto, aunque seguramente serás un cadáver muy bello. Como lo fue la madre de Eren en su momento, ¿no?
La desagradable sonrisa despectiva de Zeke, al hablar sobre Carla, hizo que el terror que Jean sentía diese paso rápidamente a la furia.
Sin importarle las desventajas físicas en las que se encontraba, se puso de pie con fiera agilidad, lanzándose contra el otro vampiro con los colmillos ya desenfundados y un gruñido gutural pulsando en su garganta. La diferencia de estaturas y complexión entre ambos no era demasiada, ya que, pese a que su líder era alto y de contextura fuerte, él también lo era para un chico de su edad; sin embargo, fue la mirada llena de silenciosa autoridad que Zeke le dirigió, la que lo hizo sentir repentinamente vacío y sin fuerzas, como si él fuese un ser diminuto e insignificante que comenzaba a desintegrarse poco a poco.
Sin inmutarse para nada ante su amenaza, el otro vampiro dio un paso hacia adelante, acortando aún más la distancia entre ellos. No apartando aquellos grises ojos de los suyos en ningún instante, Zeke chasqueó los dedos e hizo que la sangre de Jean pareciera petrificarse pesadamente en sus venas hasta que cayó de rodillas enfrente suyo, con el corazón por completo encogido de terror y los pulmones incapaces de albergar oxígeno alguno, ¡porque se estaba ahogando!
—Conoce cuál es tu lugar, Kirstein —le dijo este con despectiva superioridad, mirándole con el mismo desagrado que siempre había guardado para él desde que Jean llegó a vivir allí—. Recuerda: mi voluntad y mis órdenes son absolutas.
La primera bocanada de aire fue casi más dolorosa que el mismo ahogo, obligándolo a hiperventilar enérgicamente al tiempo que tosía con desesperación. Por más que lo supiera, por más que se lo hubiesen inculcado en sangre desde niño, Jean no dejaba de asombrarse de lo terriblemente abrumadora que siempre era la superioridad de poder de un sangre pura comparado con cualquier otro de su especie. Zeke Jaeger se imponía ante su clan no solo por el temor que su sola presencia provocaba, sino que también porque todos eran muy conscientes de que nadie sería capaz de enfrentarlo y salir vivo de eso.
Soltando una carcajada que a sus propios oídos sonó desagradablemente rasgada, Jean se irguió lo suficiente para observar la incrédula sorpresa que se reflejó en el rostro del otro ante su actitud. Debería haberse sentido por completo aterrado de estar solo y a total merced de Zeke, lo sabía, ¿pero qué más podía perder? ¡Demonios, si solo estaba a horas de morir!
Honestamente, ni él mismo se comprendía del todo en ese momento; sin embargo, después de lo ocurrido con Eren tras su huida y de lo que se había enterado por accidente, algo pareció desatarse dentro suyo como una tormenta, tirando por la borda todos aquellos años de cautelosa precaución y haciéndolo casi tan peligroso como un arma a la que habían olvidado ponerle el seguro.
—Jean.
Dicho de aquella forma, su nombre en labios de Zeke era una clara advertencia; no obstante, pese a que él ya había dejado de reír, la mirada que le dirigió a su líder estaba cargada de burla.
—¿Qué? ¿Debo comportarme o tendré que someterme a tu castigo, Zeke? ¡Me has condenado a muerte! Perdóname, pero no creo que exista un peor castigo que ese.
—No intentes jugar conmigo, Jean —repuso el otro con tranquilidad—. Podría hacer que fuera una muerte muy lenta. Tan dolorosa que suplicarías para que acabara contigo y así poner fin a tu sufrimiento.
—Seguramente podrías hacerlo —tuvo que reconocer él—, pero ya no me importa, ¿sabes? Vivir todos estos años con el temor constante a provocar tu ira ha sido agotador, Zeke. Saber que el más mínimo error de mi parte podía costarme muy caro; esperarlo cada día como una espada de Damocles colgando sobre mi cabeza… No, nadie puede vivir así eternamente, por lo que, de cierta manera, esto es… liberador. —Un claro mechón de su castaño cabello, ahora algo apelmazado con sangre seca, le cayó sobre el rostro estorbándole la visión del otro hombre que seguía calmadamente imperturbable; Jean, sin embargo, no hizo ademán de apartárselo—. Lo único que me gustaría saber, es si finalmente has decidido actuar contra mí por lo ocurrido con Eren y su huida, o si solo lo has utilizado como una excusa para vengarte por no apartarme de su lado como tanto deseabas. Por no permitir, por orden de Carla, que solo te tuviese a ti.
—¿Importa, Jean?
Él sonrió con desprecio al oírlo.
—Supongo que no. Que sea un motivo u otro es algo irrelevante en realidad, porque de cierto modo ambos son lo mismo. Tanto Carla como Eren te han roto irremediablemente el corazón, ¿no es así, Zeke?
Aquellos ojos, grises como las nubes tormentosas, ojos que lo observaban con atención quemante, parecieron ensombrecerse un poco al oír sus palabras. Durante unos breves minutos Jean creyó percibir en ellos algo muy cercano a la vulnerabilidad, pero esta desapareció con la rapidez efímera de un pestañeo, haciéndolo preguntarse si acaso habría sido algo real o solo un producto de su agotado cerebro.
En los minutos que siguieron, Zeke continuó de pie frente a él, parado en medio de su habitación que iba oscureciéndose cada vez más a causa de la rápida llegada de la noche. Su pálido cabello rubio había tomado el tono oscuro del oro envejecido, difuminando entre las sombras los rasgos de su rostro altivo, haciendo que fuese mucho más difícil leerlo.
En aquella ocasión, cuando el otro vampiro se acercó a él, Jean no tuvo miedo. Ni siquiera intentó apartarse cuando su líder le retiró el cabello del pálido rostro con una suave caricia que terminó enredándose entre las claras hebras de su pelo, permaneciendo allí; obligándole a aceptar su cercanía.
Desde que era un niño, Jean siempre había sabido que Zeke, a pesar de ser solo un siglo mayor que él, era alguien especial y asombroso sobre el resto: el hijo mayor del líder del clan, moldeado a conciencia para llegar a convertirse en lo más cercano a la perfección, ya que sería quien cuidaría de todos ellos y los guiaría cuando Grisha ya no estuviera.
Zeke Jaeger había sido, desde que él recordaba, un ser lejano e inalcanzable al cual admirar; pero, al mismo tiempo, alguien a quien aprendió a temer después de sospechar la cruel verdad que acabó entrelazando el destino de ambos en aquel doloroso juego.
—La odiaba —le dijo Zeke, cargando sus palabras con una cadencia casi musical y una expresión de tranquila apacibilidad, como si le estuviese contando un agradable secreto—. La odiaba con cada latido de mi corazón, con cada respiración que escapaba de mis labios y con cada uno de mis pensamientos. La detestaba solo por existir, y durante años rogué por su muerte; una que fuera lo más dolorosa posible, para que ni siquiera en ella pudiese encontrar paz. La odiaba y la quería muerta, porque Carla fue la causante del sufrimiento de mi madre, Jean.
—Te equivocas, Zeke. El responsable de lo ocurrido fue tu padre —le espetó él en respuesta, con el corazón latiendo acelerado a causa de la rabia y las injustas recriminaciones contra la madre de Eren—. Fue Grisha quien la obligó.
—Fue ella quien lo sedujo y se lo arrebató —refutó Zeke con calmada severidad, y aunque el agarre sobre sus cabellos no se hizo doloroso a pesar de la firmeza, Jean captó la implícita advertencia—. La hermosa y rebelde Carla. Una maldita loba que le quitó a la mía al hombre a quien quería, trayendo deshonra a nuestro clan. Y eso la llevo a morir de tristeza.
Ambos se sostuvieron la mirada con determinación férrea, sin mostrarse dispuestos a dar su brazo a torcer. Una parte de Jean, la más sensible, podía comprender el dolor de Zeke ante la pérdida de su progenitora, porque era similar al suyo, aunque representara su contraparte; pero, por otro lado, era incapaz de estar de acuerdo con todo lo que este decía, porque a pesar de su inteligencia y de todo lo superior que el otro era, el sufrimiento de la pérdida había nublado del rojo carmesí de la venganza su buen juicio.
Y el gran culpable de todo era Grisha.
Debido a la prematura muerte de su propia madre, cuando él apenas tenía seis años, Jean, el indeseado mestizo de una humana y un vampiro que nunca se hizo responsable de él, había sido acogido y criado por la mejor amiga de esta, Carla, a quien no le importó en absoluto su condición ni que por ella no hubiera clan o manada alguna a la cual pudiesen pertenecer.
Durante cuatro años, Jean había sido criado y cuidado por Carla como si fuese su propio hijo, pese a que esta misma tenía a un niño, dos años menor que él, y el cual vivía metiéndose en problemas que volvían loca a su madre de la preocupación. Por ese motivo, Jean se había desvivido por cuidar al otro chico como una sombra, peleándose con este cada vez que era necesario y acompañándolo en sus ideas descabelladas cuando su propia curiosidad ganaba, porque Eren, siempre, siempre, conseguía salirse con la suya.
Durante aquellos cuatro años, ellos tres habían formado una extraña y feliz familia; una familia que logró que, en parte al menos, él olvidase el terrible dolor de la pérdida de su propia madre. Sin embargo, cuando el padre de Eren llegó a exigirle a Carla que entrase a formar definitivamente parte de su clan, debido al importante papel que jugaría su hijo en la futura sucesión del mando, todo lo que ellos habían conseguido construir hasta ese momento pareció derrumbarse en apenas un segundo, como un castillo de arena azotado por el mar.
Debido a que la joven mujer loba no tenía una manada a la cual acudir por protección tras ser repudiada de la suya por su emparejamiento con un vampiro, y sabiendo que la potestad de Grisha sobre Eren eran algo innegable, no tuvo más opción que aceptar la «petición» de este; eso sí, no sin antes acordar que Jean también iría con ellos, contando así con la aceptación y protección del clan Jaeger del mismo modo que lo haría Eren. Lo que Carla nunca esperó, sin embargo, fue que el precio que tuviese que pagar por ello resultara tan caro.
El oscuro secreto de la aventura amorosa de la madre de Eren con Grisha, realmente no era un secreto para nadie dentro del clan Jaeger, ya que este había salido con fuerza a la superficie tras la muerte de la madre de Zeke, Dina, quien, al verse dejada de lado por su marido, fue languideciendo poco a poco hasta que perdió por completo las fuerzas para vivir. Por ese motivo, después de su fallecimiento, el resto del clan culpó abiertamente a Carla de su muerte, acusándola a su llegada no solo de haber obtenido la posición de privilegios que ocupaba cautivando a su líder e instigándolo a abandonar a su esposa, sino que también de ser una cambiante que contaminaba la impecable estirpe de los suyos, más aún al haber traído al mundo un hijo mestizo.
El odio hacia la madre de Eren rápidamente se volvió algo colectivo, sin embargo, al ser el preciado tesoro de Grisha y la madre de su hijo menor, Carla resultaba tan intocable como la luna, ya que nadie en el clan se habría atrevido jamás a despertar la ira del líder. Jean en cambio, fue una presa mucho más fácil al ser solo un allegado bajo la protección de esta, y poco a poco comenzó a darse cuenta de cómo el desprecio que muchos de los vampiros sentían hacia la mujer lobo, se convirtió en crueldad hacia él, algo con lo que cargó en silencio por temor a provocar más dolor en el corazón de aquella que le había cuidado como si fuese su propio hijo.
En innumerables ocasiones tras su ingreso al clan, Jean le había rogado a Carla para que se fuesen de aquel sitio; para que dejaran todo aquello atrás y así pudieran comenzar desde cero en algún otro lugar, donde tanto ellos como Eren pudiesen tener una vida más feliz. Sin embargo, con su habitual amabilidad, ella se negó una y otra vez a su petición, sin darle explicación alguna en ese momento, y siendo solo, después de la muerte de Grisha, que Jean finalmente supiera toda la verdad, cuando encontró lo poco que quedaba de los diarios de esta: a cambio de la protección que el clan Jaeger podría brindarles tanto a Eren como a él, Carla había aceptado aquel castigo de humillación y encierro, tragándose el dolor y el orgullo con tal de proporcionarles a ambos la seguridad que ella no podía darles. Dejándose utilizar hasta convertirse en una lánguida sombra de sí misma; hasta que la vida se le escapó poco a poco, terminando por abandonarla.
Si por él hubiera sido, Jean habría querido gritar aquello a los cuatro vientos para que todos se enterasen de la crueldad de su anterior líder; no obstante, sabiendo bien que Carla jamás hubiese querido aquello, sobre todo porque su posición dentro del clan volvía a ser delicada tras la muerte de Grisha, y que el abierto desprecio y odio que Zeke mostraba hacia él solo era contenido gracias a Eren, Jean tuvo que obligarse a callar y permanecer cauto, esperando pacientemente a que el momento adecuado de revelar aquello llegase.
El año que siguió a la muerte de Grisha, fue realmente una cosa difícil de llevar. La autoridad de Zeke se cernió sobre el clan de una forma mucho más estricta y aterradora de lo que lo había hecho bajo el liderazgo de su padre; sin embargo, aun así, la sumisión del clan fue total y absoluta para este, llegando casi a la adoración por parte de la gran mayoría.
Y aquella fue la primera vez que Jean tuvo miedo, miedo de verdad, comprendiendo que el más mínimo error de su parte despertaría la furia del nuevo líder, y este no dudaría en tomar su vida a pesar de lo que Eren deseara y exigiera. Porque, tras la muerte de Grisha, su pacto con Carla había quedado deshecho, haciendo que él cayese desde su posición privilegiada hasta lo más bajo, y saber que a partir de ese momento su vida le pertenecía por completo a Zeke, lo había enloquecido de desesperación.
Dios, si no fuera porque había jurado a Carla no dejar nunca solo a Eren en manos de Zeke, si no fuese porque habría preferido morir antes que tener que separarse de ese maldito bastardo idiota, Jean se habría largado de ese sitio hacía mucho, mucho tiempo atrás.
—Ahhh… El amor de nuestra especie es algo verdaderamente aterrador, ¿no lo crees, Zeke? —dijo finalmente al otro, soltando un suspiro y sonriendo apenas al mirarlo—. En una ocasión, Carla me explicó que esto se debe a que vivimos mucho y sentimos mucho. Nos alimentamos de sangre y nos entregamos a través de ella. Amamos con la misma voracidad con la que bebemos, dejando que el ser amado se meta en nuestras venas hasta llenarnos y consumirnos por completo; llegando hasta lo más profundo de nuestras almas, al punto en el que ya no podemos saber con exactitud dónde acaba uno y comienza el otro.
»Ella me dijo que los vampiros amamos con el salvajismo de la bestia que llevamos dentro y la locura que nos otorga la eternidad, perdiéndonos en la carmesí lujuria que nos proporciona la sangre. —Sintiendo el ligero temblor de la mano de su líder aún asida a su cabello, producto de la rabia que seguro sentía y una inesperada muestra de debilidad en su armadura, Jean sonrió triunfante, dándose valor para continuar—: Amamos del mismo modo en que vivimos, Zeke. Una vez nos entregamos a alguien, nuestro corazón no puede dejar de amarlo, así como no podemos sobrevivir sin beber sangre, ¿verdad? Al final, ambas cosas nos destruyen.
—¿Esa es tu justificación para el comportamiento de mi padre, Jean? ¿Qué él amó tanto a esa mujer que fue incapaz de vivir sin ella y por ese motivo no le importó lo que la mía sintiera? —le preguntó Zeke con sorna.
Jean negó con un lánguido gesto.
—No lo sé, quizá sí, probablemente no. Pero de lo que sí estoy seguro, es de que Carla no amaba a tu padre. Ella amaba a Eren.
La comprensión tras sus palabras se reflejó en los claros ojos del otro vampiro. Zeke era un hombre inteligente, y Jean estaba seguro de que había entendido a la perfección aquello que él no había dicho explícitamente luego de su afirmación.
Tragándose como pudo el nudo de pena que tenía aprisionado en la garganta, dedicó una triste sonrisa al joven líder, no inmutándose en lo más mínimo cuando sintió el leve frío de su aliento rozarle la helada piel de la mejilla al posar sus labios sobre esta para besarla.
A aquella escasa distancia, Zeke levantó la mirada para mirarlo a los ojos.
—Lo sé —repuso con su habitual tranquilidad—. Carla amaba a mi hermanito más que a su propia vida. Hubiera hecho lo que fuera por él, y lo hizo, créeme. Cuando le di a elegir, prefirió sacrificarse ella misma a sufrir una muerte lenta que condenar a su propio hijo a vivir una eternidad a mi lado. Enternecedor, ¿no te parece? Carla era incapaz de vivir sin Eren, porque este era la sangre que daba vida a su corazón.
Aquella revelación fue casi como un golpe físico para él, e igual de inesperado y doloroso. Aunque en algunas ocasiones Jean había tenido alguna que otra sospecha sobre lo que había ocurrido en realidad con Carla por las entradas que quedaban de sus diarios, realmente nunca quiso creer que Zeke hubiese tenido un papel directo en la muerte de la madre de Eren, por mucho que la detestara. ¿Y ahora este le estaba diciendo que ella aceptó morir solo para proteger a su hijo de él?
Sintiendo el dolor explotar y expandirse dentro suyo, desbaratándolo por dentro en una lenta agonía, Jean gimió como un animal salvaje y herido, e igual de peligroso. Con un violento movimiento intentó ponerse de pie y abalanzarse sobre Zeke, pero la mano de este sobre su hombro se lo impidió, mostrándose impasible ante su reacción, incluso cuando él desenfundó los colmillos en una clara señal de amenaza.
—¡Maldito bastardo! ¡Tú…!
—Sí, la maté —concluyó Zeke por él—. Carla me quitó a mi madre y yo iba a arrebatarle a su hijo de la peor forma posible: reclamándolo como mío. Ojo por ojo, Jean. Sabes cuánto detesto las deudas pendientes.
Con deliberada lentitud, Zeke se puso nuevamente de pie quedando enfrente suyo. La evidente satisfacción que le producía haber causado su dolor solo conseguía inflamar aún más la rabia y el odio que él sentía, sobre todo al saber que, encadenado y prisionero como se hallaba, no podría hacer nada para conseguir que aquel maldito pagara por aquello.
—Pagarás con sangre todo el dolor que has causado, Zeke —le dijo Jean. Cada palabra cargada con todo el veneno del rencor que sentía crecer en su corazón—. Tu sufrimiento será una noche eterna.
—Palabras valientes, lo admito. Pero ya no hay nada que tú puedas hacer después de esta noche, Jean. Una vez me libre de ti, Eren solo me tendrá a mí para acompañarlo.
Una sonrisa salvaje se formó en sus labios al ver la evidente satisfacción de su líder.
—¿He dicho acaso que yo fuese a ser la causa de tu dolor, Zeke? —Su sonrisa se hizo más amplia todavía al percibir la incomodidad de este—. Él jamás va a corresponderte como tú deseas que lo haga. Nunca. Antes de que te des cuenta, Eren habrá escapado de tu lado y será finalmente libre. Y ese día conocerás lo que es la verdadera desesperación.
La bofetada pilló a Jean por sorpresa, e hizo que la piel de su mejilla ardiera antes de comenzar a sentir dolor. El regusto salino de la sangre se mezcló con el amargo sabor del odio, llenando su boca como bilis mientras Zeke lo observaba con ira perfectamente controlada inundando sus ojos.
—Nunca ha dejado de sorprenderme lo mucho que te pareces a esa mujer despreciable pese a no ser su hijo ni compartir su sangre: necios en extremo y tontamente sentimentales. Por eso te desprecio, Jean. Cada vez que te miro, puedo ver sus ojos a través de los tuyos intentando desafiarme; queriendo mantenerme lejos de Eren a pesar de saber que él me pertenece. ¿Por qué tan solo no han podido mantenerse al margen permitiéndome tenerle y ya? Habría sido tan fácil para todos. —Dando por finalizado aquel encuentro, Zeke se dirigió con ágiles pasos hacia la puerta de la habitación. No obstante, antes de salir, se volvió a mirarlo una última vez—. Por favor, compórtate como un buen chico hasta que vengan a buscarte; no me gustaría que hicieses nada que me obligara a estropear ese bello rostro que posees. Conviértete en un hermoso cadáver para mí, Jean. Quiero que Eren vea con sus propios ojos lo que ha conseguido con su desobediencia. Necesita aprender.
El ruido sordo de la puerta al cerrarse resonó en su corazón como el final de su sentencia. Sintiéndose por completo vacío, odiando su propia impotencia al saberse incapaz de proteger a quien amaba por carecer de verdadero poder, Jean notó el cansancio recorriendo su cuerpo y el dolor que seguía al entumecimiento embargarlo.
Sin fuerzas suficientes para hacer nada más, se dejó caer de lado sobre la mullida alfombra de la habitación, abandonándose poco a poco a aquella oscuridad que comenzaba a llenarlo todo.
Ardientes lágrimas inundaron sus ojos, y en aquella ocasión no hizo ningún intento por contenerlas como tampoco a los quedos sollozos que se abrieron paso a través de su pecho. En unas horas más iba a morir, pero no tenía miedo; solo se preguntaba una y otra vez si al final de aquel largo camino, Eren y él tendrían la oportunidad de encontrarse nuevamente pese a que sus almas desde un comienzo habían estado condenadas.
Al menos, se dijo, le hubiese gustado tener la oportunidad de despedirse.
Lo primero, es agradecer a todos quienes hayan llegado hasta aquí. Espero de corazón que el capítulo resultase de su agrado y valiera la pena el tiempo invertido en él.
Lo siguiente, es disculparme por el retraso en actualizar, pero la verdad es que la universidad y otras cosas personales me han tenido algo complicada, así que solo esta semana ya comienzo a retomar todo con normalidad.
Por lo demás, solo espero que el capítulo les gustase, sobre todo porque al fin apareció Jean por aquí, y bueno, que no odien mucho a Zeke, aunque sé que bastantes lo detestan en este momento, y no puedo culparlos. Es un poquito difícil quererlo y entenderlo pese a todo lo que le ha tocado pasar, jaja.
Para el siguiente capítulo ya deberíamos volver a Levi, así que espero tenerlo pronto por aquí.
Dato aparte, y disculpen el spam, es que hace poco he decidido darle uso a mi cuenta de Instagram para poder subir cosas sobre las historias que a veces no puedo u olvido compartir por aquí: referencias que suelo utilizar, datos, fanarts o algún que otro pequeño adelanto, así que, si alguien quiere pasar a mirar, se las apunto aquí: tesschan30.
Para quienes leen el resto de mis historias, aviso que hoy mismo se ha subido el capítulo 2 de Microcosmos, y para este viernes, estará el 2 de Afterglow. Ya para la siguiente semana, del 14 al 20, estaré actualizando el capítulo 3 de Microcosmos, el 3 de Pide un Deseo y un capítulo extra de In Focus. No daré fechas porque los planes me cambian a veces deprisa por la universidad, pero será algún día de la semana.
Como siempre, muchas gracias a todos los que leen, comentan, votan, envían mp's y añaden a sus listas, marcadores, favoritos y alertas; son siempre la llamita que mantiene encendida la hoguera.
Un enorme abrazo a la distancia y mis mejores deseos para ustedes.
Tessa.
