Billy estaba sentado en el suelo alfombrado de una habitación a oscuras, con la espalda apoyada contra la base de madera de una cama. Tenía las piernas flexionadas, y el rostro escondido contra sus brazos, que mantenía cruzados sobre sus rodillas. Su bo estaba a su lado, maltratado y aún manchado de sangre, porque el joven no había tenido ni tiempo ni energías para limpiarlo, pese a que la última vez que había usado su arma en una pelea había sido varios días atrás.
En la final del King of Fighters...
El torneo que tanto él como su jefe habían perdido...
Un sonido de angustia escapó de sus labios, seguido de un ruido que fue como una risa seca pero que evidenciaba dolor, porque a consecuencia de la pelea tenía algunas costillas fracturadas que iban a tardar un tiempo en sanar.
Los calmantes estaban sobre el velador junto a la cama, pero Billy no hizo un intento por alcanzarlos. No se movió.
Cuando recordaba la noche antes de la final del torneo, Billy no podía creer su propia ingenuidad. Había estado seguro de que él conseguiría detener los planes de los Bogard. Había recibido el permiso de Geese-sama para enfrentarlos primero, y eso significaba que garantizar la seguridad de su jefe estaba en sus manos.
Billy había confiado en su propia habilidad y en su deseo de cumplir con su trabajo. Había estado seguro de que lo conseguiría.
Pero había fallado.
Le había fallado a Geese-sama. Otra vez.
No sólo durante la pelea preliminar contra el equipo de Terry, sino también después de ésta. Cuando no había podido deshacerse de Andy y Joe, quienes le cerraban el camino y no le permitían subir a lo alto del rascacielos para ir a reunirse con su jefe, quien se enfrentaba en ese momento a Terry Bogard.
Había llegado demasiado tarde. No había estado al lado de su jefe para protegerlo, y la pesadilla recurrente que no lo había dejado tranquilo en todos esos meses se había vuelto realidad.
La baranda de madera rota y astillada era como la representación de todos sus miedos.
O eso había pensado en un inicio, hasta que había descendido al primer piso y se había abalanzado a buscar a Geese, y lo había encontrado...
La sangre se veía negra sobre el empedrado. Los ojos celestes de su jefe habían estado abiertos y fijos en el cielo. Billy había esperado que sólo estuviera herido, como la primera vez, pero no había tardado en darse cuenta de que el cuerpo de su jefe había sufrido toda la violencia del impacto contra el suelo.
Billy nunca iba a olvidar lo que había visto y sentido durante los siguientes minutos. La negación y la culpabilidad, las ganas de gritar que lo ahogaban. Los reproches, contra sí mismo y contra su jefe. La frustración, la rabia.
La desesperación.
Los secretarios lo habían ayudado a llevar a Geese a uno de los hospitales clandestinos antes de que alguien pudiera ver lo que había sucedido. En el trayecto, Billy había buscado aunque fuera un leve pulso y no lo había encontrado. Al acariciar el cabello rubio de Geese-sama, sus dedos habían encontrado sangre y trozos de hueso.
En todo el camino, Billy había intentado mantener la mirada apartada del rostro de su jefe porque sentía que no podía encararlo después de haberle fallado de esa manera. Pero, al mismo tiempo, no podía dejar de observarlo. La mirada perdida, la curva en sus labios, como si sonriera tenuemente con una expresión mezquina.
Había vuelto a buscar un pulso e intentado sentir su respiración, mientras la sangre continuaba brotando de heridas que Billy no podía ver y manchaba el asiento del auto y sus ropas.
La posibilidad de que aquel hombre al que tanto estimaba ya estuviera muerto había hecho que Billy perdiera el dominio sobre sí mismo durante una parte del trayecto. Lo había llamado, como si eso fuera a servir de algo. Y había seguido llamándolo, repitiendo aquel nombre querido que disfrutaba tanto diciendo a diario.
—Geese-sama... —susurró Billy en la habitación a oscuras, alzando el rostro unos milímetros sólo para volver a bajarlo, golpeando su frente repetidamente contra sus brazos, como si aquel gesto pudiera mantener alejadas de su mente a las imágenes que no lo dejaban en paz.
En el hospital, los médicos no habían perdido tiempo. Sorprendentemente, habían encontrado un débil pulso.
Billy no necesitaba que le hablaran sobre la severidad de las heridas ni la grave hemorragia interna. Podía verlo. Pero todo lo que importaba en ese momento era que mantuvieran a Geese con vida, y ésa fue la orden que Billy dio.
Su voz sonó áspera e intimidante de un modo que él no había esperado. El personal reaccionó como si él los hubiese amenazado a todos de muerte si ellos dejaban morir a Geese.
Y tal vez sí los había amenazado. Billy no recordaba gran parte de esa noche en el hospital.
Lo que sí recordaba era a una enfermera que había llegado corriendo para anunciar que no contaban con sangre suficiente para una transfusión. Estaban intentando contactar con otros hospitales, pero conseguir sangre entre establecimientos clandestinos iba a tomar un tiempo que ellos no tenían.
"Tenemos el mismo tipo de sangre. Usen la mía", había intervenido Billy con tono autoritario, sin necesidad de pensarlo.
"Pero usted también está herido..." había intentado protestar la enfermera, observando el cuerpo maltratado del joven, su rostro magullado.
"No importa, sólo háganlo".
"Pero...".
"¡Obedece, maldita sea!". Su voz fue un grito, pese a que Billy sentía como si la persona que hablaba no era él. "¡Geese-sama no debe morir!".
Su autoridad en la jerarquía de Howard Connection era ahora respetada por todo el personal, y la enfermera obedeció, aunque viéndose sumamente preocupada por él.
Mientras la enfermera preparaba la aguja, Billy se sentó en una camilla e indicó: "Tomen toda mi sangre si es necesario. Pero sálvenlo".
Billy había creído que la mujer se negaría, pero ella sólo había asentido y respondido: "Sí, señor Kane".
Sus órdenes habían sido obedecidas. Billy despertó varias horas después, sintiéndose débil y adolorido. Hopper lo acompañaba junto a la camilla.
Al preguntarle por Geese-sama, Hopper había respondido que estaba vivo, pero muy grave. El tenue alivio de Billy no duró demasiado. Un poco después, un médico se presentó para informarle en mejor detalle, y Billy escuchó como en un trance mientras aquel hombre le decía que era probable que Geese no volviera a despertar.
Billy tampoco necesitaba que le dijeran eso. Por sentido común, lo sabía. Pero, a la vez, una incesante voz dentro de sí insistía en que mientras Geese-sama estuviera vivo, la posibilidad de una mejoría existía. Porque se trataba de Geese-sama. Las personas que no eran Billy no tenían idea de lo que Geese era capaz de hacer.
Pero los días habían pasado, y el estado de Geese no había cambiado. El empresario había sobrevivido a la caída, pero continuaba en peligro de muerte porque cualquier complicación, incluso una simple infección, podía acabar con él.
El personal médico estaba sorprendido. No podían creer que una caída desde esa altura no lo hubiese matado al instante.
Al inicio, los secretarios habían sugerido que Geese permaneciera en el hospital, ya que requería de supervisión médica que ellos no podían proveerle. Billy también necesitaba un tiempo para recuperarse de las heridas que había recibido.
Cuando la condición de Geese se estabilizara, quizá podrían ir a un lugar más seguro y mejor protegido.
Sin embargo, los planes de permanecer en ese hospital se vieron frustrados en los días siguientes. En la ciudad, el rumor de la caída de Geese había sido confirmado por alguien que aseguraba ser un doctor del hospital donde éste había sido atendido. Aquella información podía ser verídica o no, pero la posibilidad de que South Town hubiese quedado nuevamente sin su gobernante sumió a la ciudad en un estado de caos incluso peor que el de la primera vez.
Y para complicar las cosas, la ubicación del hospital donde Geese estaba internado también fue revelada.
Los secretarios se enteraron de esto a tiempo gracias a los informantes de Howard Connection. Tuvieron margen suficiente para coordinar el traslado de Geese-sama a otro lugar. Aún no sabían dónde, pero al menos consiguieron sacarlo del hospital en una ambulancia cuyo aspecto exterior se veía como una camioneta cualquiera.
Encontrar un lugar seguro, lejos de personas que pudieran volver a filtrar información, resultó ser más complicado, porque la ausencia de Geese en la ciudad había desatado no sólo una brega por hacerse con el poder, sino también un nuevo intento de las autoridades federales para sacar a la luz los negocios ilícitos del empresario. El rascacielos había sido cerrado, y distintas divisiones enviaban a sus inspectores con órdenes de cateo que los autorizaban a investigar las distintas propiedades de Geese-sama.
De manera similar a lo que ya había sucedido tiempo atrás, algunos miembros de Howard Connection revelaron información confidencial a las autoridades. Las cuentas bancarias de la empresa y de varios de sus empleados fueron congeladas. La operación fue más agresiva y efectiva que la de la primera vez, porque los investigadores ya conocían los trucos que Howard Connection usaba, y las leyes y medidas que invocaría para intentar proteger sus cuentas y activos.
La rabia que Billy sintió al oír eso quedó medio opacada por el entumecimiento general en que estaba sumido el joven esos días y que no se debía sólo a las heridas sufridas. Era como si la abrumadora desesperación que Billy sentía por su jefe no le permitiera sentir nada más. Mientras Geese-sama estuviera a salvo, a Billy no le importaba si sus propias cuentas de ahorros habían sido confiscadas. No le importaba perder todo lo que había conseguido en esos años, mientras Geese estuviera vivo.
Los secretarios fueron los que se encargaron de encontrar la casa donde Billy se alojaba actualmente. Buscaron un lugar que no llamara la atención y que no estuviera asociado con Geese ni sus empresas, y se decidieron por una casa unipersonal de sólo una planta, en un complejo habitacional que apenas estaba terminando de construirse, y donde no había demasiados inquilinos aún.
La casa olía a adhesivos y pintura fresca, pero era funcional y ofrecía las comodidades suficientes. El exterior no se diferenciaba de las otras casas idénticas que se alineaban a lo largo de la calle.
En el interior, el empapelado beige de las paredes y las alfombras de color claro creaban una ilusión de atmósfera cálida. La sala, el comedor y la cocina compartían un único ambiente, pero al menos la habitación era espaciosa.
Ese aspecto le había parecido primordial a Billy la noche en que él y los secretarios llevaron a Geese-sama ahí. Necesitaban espacio en la habitación, por si en algún momento el estado de Geese-sama empeoraba aun más y debían instalar equipo médico, como un monitor de signos vitales, o un respirador artificial...
Pero, al final, Geese-sama no había requerido nada de eso. No había despertado, pero tampoco había empeorado. En la habitación, junto a la cama, sólo había una cómoda y un par de porta sueros, de los cuales Billy se ocupaba a determinadas horas del día y de la noche, y un estrecho sofá, que el joven casi no utilizaba porque prefería sentarse en el suelo, junto a la cama.
La vida que el joven había conocido hasta ese entonces se había reducido a pasar los días en esa habitación, sin separarse de su amo, siempre temiendo que llegara un momento en que dejara de escuchar su débil respiración.
Los secretarios llegaron a la casa una noche, después de asegurarse varias veces de que nadie los estuviera siguiendo.
Habían reemplazado el usual auto negro de la compañía por un discreto sedán de color celeste, y no llevaban sus ropas de trabajo. Sus trajes no eran precisamente casuales, y aún consistían de pantalones de vestir y camisas, pero no llevaban ni saco ni corbata, y no llamaban la atención.
Muy pocas de las casas de ese vecindario estaban ocupadas, pero, aun si hubiese habido a alguien mirándolos, nadie habría pensado nada en particular al ver a dos hombres descender y comenzar a llevar bolsas con provisiones hacia el interior de la vivienda.
La diminuta sala-comedor estaba a oscuras, y Hopper encendió la luz mientras Ripper llevaba las bolsas al área de la cocina.
—¿Billy? —llamó Hopper.
La puerta de la habitación se abrió y Billy apareció. Su aspecto era decaído pero sus ojos celestes se veían despejados y su mirada era intensa. Aunque quizá demasiado fija.
—¿Cómo está Geese-sama? —preguntó Ripper.
—Igual, no ha empeorado —dijo Billy con voz ronca y un tono extrañamente neutro—. ¿Consiguieron el suero?
Ripper sacó los contenidos de una de las bolsas y los dejó sobre la mesa. Había bolsas de suero, soluciones de nutrientes, antibióticos y vendajes.
—Esto alcanzará sólo para unos pocos días —reprochó Billy—. ¿Han tenido problemas con los suministros?
—Nuestros hospitales han sido cerrados y los proveedores se han vuelto más exigentes con sus precios —indicó Ripper.
—¿Y? Paguen lo que piden. El dinero no es problema.
Ripper y Hopper intercambiaron una mirada apesadumbrada.
—¿Qué sucede? —preguntó Billy al notar sus expresiones. El joven se veía cansado, pero hablaba como si estuviera completamente centrado, como si aquélla fuera una conversación de trabajo.
—Las cuentas de la empresa han sido bloqueadas, y algunas de nuestras cuentas personales también están bajo vigilancia.
—¿Qué significa eso? ¿No tenemos dinero?
—Por el momento sí. Tenemos nuestros ahorros. Pero no podemos mover grandes cantidades sin levantar sospechas.
Billy gruñó algo entre dientes y apartó la mirada con molestia.
—No te preocupes, Billy —intervino Hopper con tono apaciguador—, encontraremos la manera.
—Róbenlos si es necesario —señaló Billy ásperamente, y los secretarios asintieron, conscientes de que el joven no estaba bromeando.
Ripper se dirigió a la habitación llevando los suministros. Hopper permaneció en la cocina y comenzó a guardar las provisiones que habían traído para Billy en las alacenas.
—Billy, ¿has estado comiendo? —preguntó Hopper al encontrar los estantes bastante bien abastecidos.
—No he tenido hambre —respondió Billy.
El joven se había acercado a la ventana de la sala y observaba el tranquilo vecindario.
—Has perdido peso, estás más delgado —dijo Hopper. Su tono fue respetuoso y desaprobador a la vez—. Te prepararé algo.
—Dije que no tengo hambre —gruñó Billy con impaciencia, pero aún con una voz más apagada y menos impetuosa que la usual.
Hopper hizo como que no lo oía y sacó un cartón de huevos.
—Nosotros tampoco hemos cenado, ¿quizá unos omelettes estarían bien? La señorita Lilly me mostró una receta...
Billy respondió con una exhalación exasperada y Hopper lo miró de soslayo.
El joven se veía calmado, pero todo su cuerpo denotaba una profunda tensión. Había perdido peso, su rostro estaba demacrado, y su piel pálida. Su cabello rubio estaba desordenado, como si se lo hubiese mesado en un momento de desesperación.
Sin embargo, su voz apagada y su mirada fija no expresaban lo que el joven estaba sintiendo. Hopper sabía que Billy estaba angustiado por Geese-sama, pero no podía ver esa angustia cuando lo miraba.
La primera noche en el hospital había sido así también. Billy había estado alterado y molesto, pero no había manifestado su profunda inquietud delante del personal médico. Les había gritado, sí, pero Hopper había creído que el joven reaccionaría de otra manera. Había esperado agobio y lágrimas, porque conocía a Billy, y sabía cuánto estimaba a su jefe.
Pero Billy no se había venido abajo pese a la situación. Nunca hubo lágrimas en sus ojos.
—¿Cómo está Lilly? —preguntó el joven, mientras Hopper se encargaba de la comida.
—Bien. Un poco preocupada por todo lo que está ocurriendo en la ciudad, pero Anika la está vigilando. No corre ningún peligro. —Hopper hizo una pausa, dudó, y luego continuó—: ¿No piensas ir a verla? Nosotros podemos encargarnos de vigilar a Geese-sama por algunas horas.
Billy no respondió y continuó mirando por la ventana.
—Hopper tiene razón. Podemos relevarte —dijo Ripper, saliendo de la habitación pero dejando la puerta sin cerrar—. No tienes por qué encargarte tú solo.
—Es mi deber —murmuró Billy.
El secretario fue a la cocina a revisar las alacenas mientras Hopper se ocupaba de la comida.
—Entiendo que pienses eso, pero también necesitas distraerte y descansar —señaló Ripper con voz severa.
—No voy a dejarlo solo.
—No estará solo, nosotros estaremos aquí.
Billy se volvió y miró a Ripper fijamente.
Sin decir nada, el joven regresó a la habitación y cerró la puerta tras de sí.
Varias horas más tarde, cuando los secretarios ya se habían retirado, Billy encontró un plato de comida fría para él en la mesa. Intentó comer, porque sabía que necesitaba las fuerzas, pero el primer bocado le supo a arena y apenas consiguió tragarlo.
Optó por llenar un vaso con agua y volver a la habitación.
No sabía cuántos días habían transcurrido ya. Podían ser semanas o meses. Los secretarios lo mantenían al tanto de todo lo que ocurría en el exterior, pero las noticias eran siempre las mismas: Howard Connection en poder de las autoridades, otros señores del crimen disputándose la ciudad.
Tanto Ripper como Hopper parecían haberse acostumbrado a la situación. Seguían trabajando para la organización pese a no saber cuándo recibirían su siguiente salario, pero no creían que el empresario se recuperaría. Esperaban que Billy decidiera qué hacer y, cuando el joven les daba órdenes, como esa noche les había ordenado irse, ellos le obedecían.
La actitud de los secretarios encolerizaba a Billy, pero el joven procuraba mantener esa rabia bajo control, porque comprendía que en realidad eran Ripper y Hopper los que estaban actuando de forma racional al aceptar la realidad. Ambos secretarios habían estado con Billy cuando los médicos listaron las lesiones que Geese había sufrido. Debido a la fractura del cráneo y el consecuente daño, incluso si despertaba, dijeron que nunca volvería a ser el mismo. Tenía múltiples fracturas en las extremidades. Se había roto el cuello al caer.
Y aun así, Billy seguía pensando que Geese quizá podría recuperarse milagrosamente, aunque tomara tiempo. Porque su jefe poseía el poder de los pergaminos y, si había podido curar profundas heridas cuando sólo tenía el primer documento, ¿de qué no sería capaz al tener el juego completo?
Sin embargo, Billy no sabía si ese poder también se manifestaría si su jefe estaba inconsciente. Tal vez alguien tendría que utilizar el poder en él.
Los pergaminos estaban ocultos en una bóveda que sólo Geese y Billy conocían, fueran de las propiedades que estaban oficialmente bajo el nombre de Geese. El joven había considerado ir por ellos, pero no se había atrevido a separarse de su jefe en caso algo sucediera durante su ausencia. Y, aun si traía los pergaminos, ¿podría hacer algo con ellos? Él no era capaz de leerlos, y dudaba de que pudiera dominar su poder, especialmente después de ver el esfuerzo que le había costado inicialmente a su jefe. Es más, incluso si hubiera tenido un control sobre su energía como Geese-sama, no tenía idea de cómo invocar el poder que dormía en esas viejas reliquias.
A veces, esperar le parecía la mejor opción, pero el tiempo pasaba y no veía ningún cambio.
Y le agobiaba la posibilidad de que fuera demasiado tarde y los pergaminos no tuvieran ningún efecto.
Él ya había tomado la decisión de no separarse de Geese, pero pensar en que la vida de su jefe había acabado lo llenaba de una abrumadora apatía. Era como si su vida hubiera terminado también.
Le apesadumbraba admitirlo, pero era como si hubiese perdido el interés de vivir en un mundo donde Geese ya no estuviera.
Los pensamientos de Billy fueron interrumpidos por el sonido de una explosión a lo lejos. Unos segundos después, las luces de la habitación se apagaron.
El joven sujetó su bo y se acercó más a la cama donde su jefe yacía inconsciente.
En la distancia, comenzó a oírse el sonido de sirenas.
Billy bajó la guardia poco a poco. Esto no era nada nuevo. El suministro de electricidad de la ciudad había estado bajo ataque por algunos grupos que buscaban sembrar el caos. La luz volvería al cabo de algunas horas.
Con un suspiro, Billy apoyó su bo junto a la cama. Los faroles del vecindario estaban apagados también, y la oscuridad en la habitación era casi total.
El joven agradeció que Geese-sama no necesitara de dispositivos médicos para seguir con vida, o de lo contrario esos cortes de electricidad habrían sido otra fuente constante de preocupación.
Tanteando la cama en la oscuridad, Billy encontró la mano de Geese bajo las sábanas. Acarició los fríos dedos inertes.
Últimamente, evitaba mirar a su jefe en lo posible. Pero en la oscuridad apenas podía percibir su forma bajo el cobertor. No veía los vendajes alrededor de su cabeza, ni los que inmovilizaban las múltiples fracturas.
Billy hizo un poco de presión, pero la mano de Geese no respondió a su contacto.
El pensar que esa situación nunca iba a cambiar hizo que las ganas de gritar volvieran.
Estaba agotado por todo lo que había sucedido y por los pensamientos que se arremolinaban en su cabeza. Tenía miles de preguntas que quería hacerle a Geese, y también algunos reproches. Cuando recordaba la facilidad con que Geese había aceptado dejarle participar en el torneo, sentía cólera. Estaba seguro de que Geese le había permitido pelear porque sabía que él perdería. Geese había sabido que él no podría detener a Terry. Que participara o no era irrelevante.
Y Geese había estado en lo cierto y eso era algo que Billy no podía perdonar, ni a su jefe, ni a sí mismo. Había perdido, y todo lo que había ocurrido se debía a su incapacidad para detener a los enemigos de su jefe.
Pero, por mucha rabia que sintiera, Billy no podía odiar a Geese. Al contrario, lo que había sucedido le había hecho darse cuenta de algo: no concebía un mundo sin Geese. Ahora se le hacía imposible imaginar una vida donde no estuviera con él.
En el hospital, había preferido morir por salvarlo, antes que perderlo. No había titubeado, y en esos momentos de desesperación, no había pensado en Lilly, su única familia. Mucho después, cuando había reflexionado al respecto, se había sentido como una persona muy baja, pero no había cambiado de parecer. No tenía control sobre esas emociones que lo abrumaban.
Simplemente había llegado a querer a Geese-sama a ese extremo.
Una voz odiada vino a su mente en ese instante; la voz de Terry. Habían intercambiado algunas palabras después de que Billy llegó jadeante a lo alto del rascacielos y se quedó paralizado al ver la baranda rota, y ningún rastro de Geese-sama. Terry había estado ahí, con la respiración agitada y cubierto de heridas, apoyado en una columna como si apenas pudiera tenerse en pie.
En medio de su confusión, Billy había considerado atacarlo, matarlo por lo que había hecho con Geese. Pero Terry sólo había dicho con tono cansino: "Tu jefe prefirió morir antes que dejarme ayudarlo..."
La perplejidad que Billy había sentido en ese momento se equiparaba a su odio. Intentó lanzarse contra Terry, pero, incluso lastimado, Terry seguía siendo superior a él.
"No tienes que hacer esto. ¿No te das cuenta? Esta ciudad, sus habitantes. Tú. Finalmente. Todos son libres de él", dijo Terry después de esquivar su golpe y hacerlo caer al suelo.
Terry había hablado como si hubiese hecho una buena acción. Como si no sólo hubiese cobrado venganza, sino también salvado a la ciudad.
Billy intentó dejar de pensar en Terry, en vano. Ahogando un gemido de agobio, acarició la mano de su jefe una vez más.
Billy sólo percibía el paso del tiempo cuando el cajón donde guardaba los suministros médicos comenzaba a quedar vacío. Los días transcurrían sin que él los notara. Tenía una rutina para ocuparse de Geese-sama, pero el resto de las horas las pasaba a su lado sin hacer nada realmente. No podía centrarse. No le interesaba usar el televisor que estaba en la sala, ni oír la radio. Hasta la música le molestaba.
Un par de días a la semana, dedicaba algunas horas a lavar las sábanas y la poca ropa que utilizaba. La casa tenía un diminuto patio trasero, visible desde la ventana de la habitación de Geese. Billy dejaba esa ventana y las cortinas abiertas mientras lavaba la ropa, y así podía vigilar a su jefe mientras también se dedicaba a esos quehaceres, que en el pasado a menudo lo habían ayudado a relajarse.
Sin embargo, ahora ni siquiera su pasatiempo favorito ayudaba a calmarlo. En su mente, repasaba una y otra vez todo lo que había sucedido.
Las palabras de Terry, a las que no había prestado atención en un inicio, cobraban mayor significado mientras más pensaba en ellas. Terry había dicho que Geese había preferido morir antes que aceptar ayuda. Aquella frase no sonaba a una excusa de parte de Terry para liberarse de toda culpa por lo que había pasado con Geese. Terry no necesitaba una justificación. Geese había matado a su padre adoptivo, y Terry había querido matar a Geese. El odio que Billy sentía no era un obstáculo para que entendiera la sed de venganza de Terry.
Más bien, las palabras de Terry sonaban como una descripción adecuada de algo que Geese-sama haría. ¿Aceptar ayuda de un enemigo? ¿En particular de uno al que no había podido derrotar en dos ocasiones? No. El orgullo de Geese-sama jamás permitiría algo así.
A Billy no se le hacía difícil imaginar a su jefe prefiriendo la muerte antes que la ayuda de Terry.
Y además... Si Terry había intentado ayudarlo, ¿eso significaba que Terry había cambiado de parecer, y en realidad su intención ya no era matar a Geese?
Si era así... Tal vez Geese lo había comprendido también. Terry había intentado ayudarlo, salvarlo, tal como pretendía "salvar" a la ciudad, y a Billy, y Geese le había negado esa posibilidad.
En vez de permitir que Terry acabara siendo un íntegro héroe salvador, Geese había buscado que ese joven se manchara las manos con sangre para siempre.
Y, al parecer, había estado tan empeñado en lograr eso, que no había hecho un intento por salvarse. No había frenado el descenso como la primera vez, pese a que tenía los medios.
Billy sólo podía concluir que Geese-sama había estado dispuesto a morir.
Ese pensamiento lo abatía hasta un punto en que no podía respirar. Los logros que Geese había alcanzado durante su vida no eran razón suficiente para que su jefe quisiera seguir viviendo. Las convicciones y el orgullo lo eran todo para él. Las empresas, el poder y el dinero no significaban nada.
Y el muchacho que Geese había encontrado en una calle de Londres, que se había consagrado a él con sencilla devoción, tal vez tampoco era lo suficientemente importante.
"¿Quieres recriminarme algo, Billy?"
Para el joven era fácil imaginar la voz de Geese-sama en su mente, el tono desdeñoso, acompañado de una mirada dura y una sonrisa burlona.
—No, Geese-sama. Soy su empleado y no tengo derecho de exigirle nada.
Billy se dio cuenta de que había respondido en voz alta, y rio con amargura.
Estaba sentado en el suelo de la habitación, junto a la cama, pese a que no recordaba cómo había llegado ahí. En el sillón junto al cabezal había un montículo de sábanas limpias, dobladas con esmero, que despedían un tenue olor a detergente.
—Billy, tienes que comer.
—No tengo hambre.
Billy se dirigió a la habitación, pero Ripper le cerró el paso, lo sujetó de los brazos y comenzó a llevarlo al comedor.
—¿Qué diablos haces...? —gruñó Billy.
—Yo me encargaré de vigilar a Geese-sama, tú come algo.
—Pero dije que...
—¿Qué va a pensar la señorita Lilly si ve lo delgado que estás? —señaló Hopper, poniendo un enorme plato de comida en la mesa, delante de Billy.
—Tal vez sería buena idea permitir que la señorita venga por una semana. Estoy seguro de que ella conseguiría que Billy se alimentara, sin necesidad de rogarle —señaló Ripper con tono serio.
—¡No usen a mi hermana para chantajearme! —masculló Billy, mientras Ripper lo obligaba a sentarse.
—Come. Yo estaré con Geese-sama —dijo el secretario con firmeza.
Billy miró el simple plato de huevos revueltos, pero ni siquiera su ingrediente favorito consiguió abrirle el apetito.
Hopper decidió darle espacio y fue a sentarse al sillón.
Billy movió la comida con el tenedor, sin ganas de probarla. Era consciente de que la alimentación inadecuada y la falta de entrenamiento estaban comenzando a menguar sus fuerzas, pero aunque sabía que debía alimentarse y dormir mejor, no conseguía hacerlo.
—Billy, ¿cuánto tiempo más piensas encargarte tú solo del jefe? Podemos relevarte... —dijo Hopper—. Deberías ir a ver a tu hermana.
—Iré a verla pronto.
—Dijiste eso hace meses.
Billy ocultó su sorpresa. No sabía cuánto tiempo llevaba viviendo en esa casa, porque su vida se había detenido, en el momento en que había visto a Geese-sama yaciendo al pie del rascacielos.
Los secretarios cumplieron su amenaza y llegaron con Lilly una noche, sin previo aviso.
La expresión adusta de Billy se tornó en una de sincera sorpresa, y su mirada se tiñó de pesar y algo de culpabilidad.
Lilly ocultó al instante la preocupación que le causó ver a su hermano más delgado, pálido y ojeroso, como si hubiese estado enfermo, y lo estrechó con la misma efusividad de siempre, encontrando algo de alivio al notar que, pese a su delgadez, Billy no se encontraba físicamente débil.
La muchacha había traído algunos platos ya preparados y no perdió tiempo en organizar la cena. Incluso había traído un mantel propio, que extendió sobre la mesa, logrando que en un segundo esa casa pasara a ser de un refugio improvisado a un lugar acogedor.
Billy permaneció con ella en la cocina, y los secretarios se retiraron a la habitación de Geese.
—¿Cómo está Geese-sama? —preguntó Lilly mientras calentaba un poco de arroz en una sartén y lo mezclaba con un par de huevos.
—Igual —dijo Billy, manteniendo su voz libre de angustia. No necesitaba entrar en detalles porque ya le había explicado todo a Lilly durante sus llamadas telefónicas—. No hay mejoría, pero tampoco empeora.
—¿Crees que puedo entrar a verlo?
Billy tardó unos segundos en responder, pensó en el cuerpo maltratado de Geese que los vendajes no podían ocultar, y luego murmuró:
—No creo que a él le agradaría que lo vieran así.
—Tienes razón —dijo Lilly con una sonrisa algo triste, y dejó la sartén por un momento para buscar algo en una de las bolsas con comida y ropa que había traído—. ¿Crees que le gustaría tener esto en su habitación?
Lilly mostró un fardo holgadamente envuelto en papel y sacó algunas flores rojas, celestes y amarillas, aún frescas. La muchacha había sido juiciosa y había incluido también un florero de cerámica.
—Sí, supongo que no le molestará. Son las mismas flores que ponías en su dormitorio en la mansión, ¿no?
—Lo notaste —sonrió Lilly.
Billy asintió, mirando la sonrisa de su hermana. Al igual que los secretarios, parecía que Lilly también se había acostumbrado a que Geese-sama pasara los días inconsciente. Pero que hubiese traído flores como un detalle hacia Geese le hizo sentir un profundo afecto hacia ella.
Y también una profunda culpabilidad al recordar que en el hospital él había estado dispuesto a morir por Geese si era necesario, sin pensar que la dejaría a ella sola en el mundo.
—Lamento no haber ido a casa en todos estos meses, Lilly... —murmuró Billy, azuzado por la culpa. Lilly lo miró un momento mientras arreglaba las flores con delicadeza en la pequeña vasija. Como ella no dijo nada, Billy continuó—: Sé que te lo prometí muchas veces, pero...
Billy temió empezar a hablar más de la cuenta. No quería acabar pidiendo perdón por haberse centrado tanto en salvar a Geese-sama que el mundo, y ella, habían pasado a un segundo plano.
Lilly negó con la cabeza, empujando el florero suavemente hacia Billy.
—Geese-sama necesita que lo cuides, ¿no? No puedes dejarlo solo.
Aquello tomó a Billy por sorpresa. Lilly había sonado tranquila, pero el joven tuvo la fuerte impresión de que su hermana estaba escondiendo su propia preocupación y soledad para evitar que él se agobiara.
—¡Ah, la comida! —dijo Lilly, apresurándose a ocuparse de la sartén—. Además —continuó la muchacha, apagando la cocina—. Si vinieras a casa de seguro estarías todo el tiempo preocupado por Geese-sama. Es mejor que te quedes aquí.
Billy se sintió incluso peor. Lilly era su propia sangre, pero él priorizaba a otra persona. Y aun así, era Lilly quien lo consolaba a él.
—Sería más fácil si yo te visito a ti, ¿no crees? —preguntó la muchacha—. Puedo venir algunos días y ayudarte a cocinar.
—Eso suena bien —respondió Ripper saliendo de la habitación, sin dar tiempo a que Billy dijera nada.
—¿Verdad? —sonrió Lilly
Billy intentó protestar, pero tanto la muchacha como los secretarios comenzaron a llevar los platos a la mesa.
—Hice tu comida favorita —sonrió Lilly.
—Ah... —Billy seguía sin sentirse hambriento, pero se contuvo de mencionarlo—. Gracias.
Lilly lo contempló por unos largos segundos y luego continuó con lo que hacía. Billy tuvo la clara sensación de que no estaba consiguiendo engañarla, pero ella iba a seguirle el juego porque lo conocía bien. Si él quería actuar con naturalidad, ella no iba a indagar en sus inquietudes o miedos. Y no iba a mostrar cuán preocupada estaba por él o por Geese, porque eso a su vez agobiaría incluso más a Billy.
Podían sentarse a comer y simular que ésa era una noche normal, y no mencionar en ningún momento las decisiones que Billy pudiera haber tomado con respecto de la persona que dormía en la habitación.
El tiempo continuó avanzando, y la monotonía era interrumpida por las visitas de Lilly dos veces a la semana. A Billy le pesaba admitirlo, pero los secretarios habían tenido razón al recurrir a ella para poder sacarlo de su ensimismamiento.
Dejarlo a solas con Geese, a merced de la culpabilidad y la desesperación, no era saludable.
El dinero con el que contaban seguía siendo limitado, pero Ripper y Hopper se esforzaban para que nada le faltara a Geese. Lilly se encargaba de ayudar con la comida. Billy se ocupaba exclusivamente de Geese-sama.
Las semanas pronto se convirtieron en meses, y la rabia del joven amainó un poco. Le parecía inadmisible, pero él también comenzaba a acostumbrarse a esa situación, o, al menos, su desesperación se había calmado y sólo quedaba la apatía.
Podría haber pasado el resto de su vida así, sin cambiar aquella rutina, sólo esperando a que Geese-sama despertara.
Pero, después de casi un año y medio, el cambio ocurrió.
Las heridas y fracturas habían sanado, y el joven ya no tenía que vendarlas. Cuando miraba a su jefe, le parecía que Geese solamente estaba dormido.
Sin embargo, esto no le daba tranquilidad, porque a simple vista no podía asegurar si todas las fracturas habían sanado adecuadamente. Cuando los doctores habían atendido a Geese, no habían tenido esperanzas de que volviera a despertar, y no habían inmovilizado los huesos rotos por completo, ni siquiera la lesión cervical. La apresurada salida del hospital tampoco les había dado tiempo para proveer una mejor atención.
A veces, Billy no conseguía dormir pensando que un día Geese despertaría y estaría atrapado en un cuerpo inservible, sin posibilidades de moverse o comunicarse.
Cuando tomaba la mano de Geese, a menudo pensaba que quizá su jefe no podría sentir el contacto de sus dedos si su cuello estaba roto. Y era por ese motivo que había reunido el valor de acariciar su cabello ocasionalmente, pese a que tocar a Geese-sama en ese estado, sin consentimiento, lo hacía sentir incómodo.
Y una noche, Geese parecía haber reaccionado a ese contacto, y había abierto los ojos.
—¡¿Geese-sama?! —había exclamado él, con voz demasiado alta por la sorpresa.
Y luego sus miedos se habían visto confirmados. Los ojos claros de su jefe estaban dirigidos hacia la nada, vidriosos e inmóviles. No hubo ninguna señal de reconocimiento. Billy lo observó con el corazón acelerado por varios minutos, pero era como si Geese continuara inconsciente.
—Geese-sama... —volvió a llamar Billy, dividido entre aferrarse a la esperanza o sumirse en la desesperación otra vez.
Los ojos de Geese se cerraron lentamente, como si no pudiera oír la voz que lo llamaba.
Unos días después, los secretarios se mostraron profundamente sorprendidos cuando Billy les contó lo que había sucedido. Ellos eran realistas y sabían que alguien que había sufrido ese tipo de lesiones no tenía muchas probabilidades de recuperarse. Se lo habían repetido a Billy varias veces para que el joven no guardara vacías esperanzas.
Billy no les discutía, porque era imposible asegurar que los secretarios no estaban en lo cierto, pero parte de su fe se mantenía, pese al dolor y la constante angustia. Geese-sama era Geese-sama. Ese hombre era capaz de lograr cosas que para las personas comunes eran imposibles.
Ahora, mientras Billy explicaba que Geese había estado "despierto" sólo por unos segundos, los secretarios intercambiaron una mirada cargada de pesar.
—Billy, no has olvidado que los doctores dijeron que aunque despierte... es probable que él no sea el mismo, ¿no? —preguntó Ripper lentamente, intentando no sonar duro.
—Ya lo sé —masculló Billy con impaciencia.
—¿Qué piensas hacer si no vuelve en sí? ¿O si no nos reconoce?
—¿Cómo que qué pienso hacer? —preguntó Billy sonando molesto—. Seguiré cumpliendo mi deber. ¿Por qué? ¿Acaso ustedes piensan dejar la organización?
—Será lo que tú decidas —dijo Hopper con un tono que buscaba calmar al joven—. Si decides continuar con las empresas, seguiremos trabajando para ti.
Billy se quedó de una pieza y luego sintió que la rabia que llevaba días adormecida volvía a crecer en su interior. Señaló la puerta de la habitación con un ademán brusco.
—Geese-sama está ahí. Ustedes trabajan para él, no para mí.
—C-Claro, no quise decir...
Billy acalló la voz de los secretarios y se dirigió a la habitación. No tenía ganas de seguir hablando con ellos.
Desde la puerta, vio que Geese estaba despierto otra vez y eso casi lo hizo correr hacia la cama.
—Geese-sama... —Su voz fue un murmullo que sonó como un ruego.
Y, en esta ocasión, Geese lo oyó y volvió lentamente la mirada hacia él.
Billy no vio ninguna señal de reconocimiento o comprensión en esa mirada. Los ojos celestes de Geese no se veían duros, o fríos, o confundidos. Su expresión era vacía.
Pero lo estaba mirando, y eso en sí era mucho más de lo que Billy se había atrevido a esperar.
—¿Cómo se siente, Geese-sama? —preguntó el joven, intentando mantener sus emociones bajo control.
Geese no respondió. Era difícil decir si miraba a Billy, o si miraba a través de él.
Billy sintió de golpe el agotamiento de aquel año y medio. Quería que aquella pesadilla acabara de una vez. No se sentía capaz de soportar el que Geese lo mirara así, sin verlo.
—¿Me recuerda? —preguntó Billy en voz baja. Algunos segundos pasaron. Lentamente, la mirada de Geese pareció despejarse, y Billy se encontró con su jefe mirándolo a los ojos. El joven temió una respuesta negativa o, peor aún, una completa falta de reacción—. ¿Sabe quién soy? —apremió.
La respuesta que anhelaba llegó lenta.
—Billy...
La voz que el joven había estado deseando poder oír durante tanto tiempo estaba ronca y había sido muy suave, casi como una exhalación, pero causó un efecto inmenso.
Los ojos de Billy se humedecieron.
—Sí, Geese-sama... —murmuró el joven con la voz quebrada, inclinándose hacia la cama para ocultar su rostro contra el pecho de su jefe.
Los secretarios oyeron un gemido dentro de la habitación que claramente precedía a un llanto, y corrieron a ver qué pasaba, esperando lo peor.
Se detuvieron en seco en el umbral al ver a Billy derrumbado sobre Geese en la cama, sollozando incontrolablemente. Por un momento, creyeron que algo había ocurrido y que Geese había muerto, pero entonces notaron que el empresario estaba despierto y una de sus manos, aunque débil, descansaba en el cabello de Billy.
Los hombros del joven se sacudían, y los dedos de Billy estaban retorciendo las sábanas, pero el rostro de Geese se veía calmado. Su mejilla estaba apoyada en la cabeza del joven. Guardaba silencio, como si estuviera esperando a que Billy se tranquilizara.
—Geese-sama... —murmuraron los secretarios.
Geese no miró hacia la puerta en ningún momento. Era como si no hubiese notado que ellos estaban ahí.
Los secretarios se retiraron sin hacer ruido, demasiado sorprendidos para hablar.
Nota: Lamento la demora. Si he de ser completamente sincera, no quería escribir esta parte de la trama. Geese cayendo del edificio otra vez. El punto de vista de Terry y su equipo. El sufrimiento de Billy.
Lo tenía todo planeado desde hace meses e incluso escribí la escena del enfrentamiento de Geese contra Terry antes de empezar este fic y ha estado ahí, al pie de mi archivo, esperando el momento en que pudiera empalmarla al resto.
Pero me rehusaba a narrar esta parte, y por eso no escribí nada desde enero ú_ù.
Llegué al extremo de considerar ponerle final al fic en el capítulo anterior, que suena a un "cierre", pero lo pensé bastante y no quiero abandonar esta historia de forma definitiva.
En realidad, nunca hubo necesidad de describir la pelea contra Terry, porque ya sabemos lo que ocurrió.
No alargué mucho el dolor de Billy porque ponerme en situación es malo para el estado de ánimo, y los días son lo suficientemente duros como para querer sentirse miserable también en los mundos ficticios que se usan de escapismo.
Lo que quiero es tener una historia donde Billy sea feliz. Lo dije al inicio, y eso no ha cambiado ^^.
Gracias por seguir leyendo.
Miau
P.S. La idea de Billy dando su sangre para salvar a Geese la tomé prestada de una novela publicada por NeoGeo Freak ^^.
