Antes de alcanzar su sueño
Disclaimer: Todo pertenece a George R. r. Martin, escepto los personajes, que son míos.
Esta historia participa en el II certamen de los originales del foro Alas negras, palabras negras. Escogí defectos, así que escribí sobre la arrogancia y la impulsividad de Arthur.
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Arthur se levantó de su catre sin hacer ruido. Algunos otros chicos estaban haciendo lo mismo, pero era de vital importancia no despertar a los que aún dormían. Lo que iban a hacer podría considerarse alta traición. Luego, cuando volvieran triunfantes después de haber liberado el castillo, todo el mundo los felicitaría, pero hasta entonces lo que estaban haciendo era desobedecer las órdenes del consejo de la reina.
En realidad nadie estaba seguro de si Daenerys Targaryen era en ese momento la reina de Poniente, pero era la única reina que quedaba viva y por ahora los grandes señores tenían cosas más urgentes de las que preocuparse. De todos modos, fuera la reina quien fuera, las órdenes habían sido tajantes. Esperarían sin salir del castillo hasta que las nuevas armas a distancia estuvieran construidas y solo entonces atacarían. No obstante, las armas tardaban más de lo previsto en estar acabadas y cada vez más espectros rodeaban la fortaleza.
Los miembros del consejo insistían en que atacar en ese momento era una locura porque había demasiados enemigos y que un ataque a distancia con las armas nuevas surtiría más efecto, pero Arthur, como muchos otros, pensaba que esperar tanto era una locura aún mayor, ya que cada día, o cada noche, ya hacía tiempo que no había distinción, llegaban más y más Caminantes.
–Para cuando esas armas estén terminadas serán demasiados –había dicho Will Ríos–. Todos esos grandes señores tienen miedo. Están acostumbrados a que sean sus soldados los que luchen por ellos y ahora prefieren encerrarse tras las paredes del castillo y luchar a distancia. Son unos cobardes, pero nosotros no lo somos.
Después Will, que había sido nombrado caballero hacía un año, el mismo día que el propio Arthur, procedió a explicarles su plan a sus jóvenes compañeros. A la noche siguiente saldrían del castillo por un pasadizo que él conocía, no en vano era hijo, aunque bastardo, de uno de los hijos de lord Vance, en cuyo castillo habían quedado atrapados al verse rodeados por los caminantes blancos. Irían armados con antorchas y prenderían fuego al campamento, si es que a eso se le podía llamar campamento, que los Otros habían montado rodeando la fortaleza. Causarían todos los estragos que pudieran y entonces, cuando en el castillo vieran el fuego, los señores comprenderían que era una buena oportunidad para atacar y saldrían a luchar rematando el trabajo que ellos comenzarían.
Arthur había escuchado a Will con fascinación. Era un chico un año mayor que él que no destacaba especialmente por su físico, era bajito y de rasgos anodinos, pero tenía un carisma y una seguridad en sí mismo que incitaba a los chicos de su edad a seguirlo. Además, había demostrado ser bastante inteligente al escoger a sus compinches. Ninguno se echó atrás ni se fue de la lengua. Todos estaban deseosos de poner en marcha el plan.
Arthur pensó que Lyonel seguramente lo habría encontrado demasiado precipitado y que le habría dicho algo así como que seguro que el consejo habría barajado ese plan y lo habría descartado por algo. No obstante, apartó esos pensamientos de su cabeza. Los miembros del consejo eran grandes señores, como decía Will, y además eran viejos. Eran demasiado cobardes para arriesgarse. Ellos eran más jóvenes y más valientes.
Arthur se sintió henchido de orgullo cuando salió del pasadizo junto con los demás y encendió su antorcha. Iba a pie, ya que el pasadizo no comunicaba con las cuadras y en cualquier caso era demasiado estrecho para que cupieran los caballos, pero no le importó. Will fue el primero en lanzarse a la carga. El resto lo siguió.
Entonces comenzó el caos. Armados con la espada en una mano y la antorcha en la otra, comenzaron a expandir el fuego a diestro y siniestro. Sin embargo, los espectros estaban por todas partes y mientras el fuego terminaba de quemarlos seguían luchando salvajemente. Arthur pensó que las cosas irían mejor cuando el incendio se hiciera más grande, pero en lugar de eso el caos se hizo mayor. El fuego para ese punto era incontrolable. Arthur había perdido de vista a los demás. No podía ver nada con el humo y las llamas y se encontró aterrado con que no tenía ni la más mínima idea de cómo salir de allí.
Avanzó a ciegas intentando desandar sus pasos. El humo le dificultaba respirar y el fuego se acercaba peligrosamente casi rozándole la piel. No llevaba armadura, sino las pieles que los hombres del Norte solían utilizar para la guerra. Hacía mucho que ya no estaban en el Norte, pero hacía tanto frío como si aún siguieran allí.
A su alrededor escuchó voces, voces graves que no pertenecían a sus compañeros. Se preguntó si el resto de los caballeros se habría unido a la lucha como ellos habían planeado. Deseó que no. A esas alturas ya había comprendido que el plan era un absoluto fracaso. Sin posibilidad de controlar el incendio, era imposible que pudieran pelear con los Caminantes, pero a la vez el fuego no se había extendido lo suficiente como para acabar con ellos.
Sintió que las fuerzas comenzaban a fallarle. La espada se le cayó de la mano y comenzó a toser mientras intentaba respirar con desesperación. Entonces notó una mano justo delante de sus ojos. Se agarró a ella sin pensar y pronto se vio arrastrado por alguien fuera de las llamas.
Las puertas del castillo estaban abiertas y pronto Arthur se encontró atendido por un maestre. Solo entonces pudo ver que quien lo había sacado del fuego no era otro que su padre. Más tarde se enteraría de que el consejo pretendía en un principio dejar a los muchachos a su suertte, pero que la mayoría de los jóvenes caballeros tenía parientes que no habían estado dispuestos a dejar morir a sus chicos aunque hubieran cometido semejante estupidez.
En ese momento, no obstante, solo pudo observar el ceño fruncido de su padre.
–Aún tienes mucho que aprender, Arthur –escuchó que le decía.
Solo pudo asentir con la cabeza. Ya era un caballero, pero todavía faltaba mucho para ser un héroe digno de leyendas y canciones. Antes de alcanzar su gran sueño tendría que aprender aún muchas lecciones.
