Ranma ½ no nos pertenece.
.
.
.
Advertencia: La historia que leerás a continuación contiene escenas de sexo explícito, si eso te incomoda, este es el momento para dejar de leer.
.
.
.
.
.
Fantasy Fiction Estudios
presenta
…
..
.
..
…
un fanfic escrito para la dinámica
#mix_and_match_lemon
de la página Mundo fanfics Inuyasha y Ranma
.
.
.
.
.
.
.
.
Por
Randuril
y
Noham
.
.
.
.
.
.
.
El ángel
.&.
La bestia
.
.
.
.
.
.
.
Final
.
.
.
La situación era extraña, incómoda a lo menos, inconfesable. Ryu apretó los puños, incapaz de comprender del todo lo que había sucedido. ¿Qué demonio se había apoderado de su cuerpo? Él no era un crío ingenuo, como otros de su edad. Tampoco un adolescente que se dejaba atrapar por fantasías indecentes, húmedas y pegajosas. No, él era un artista marcial. Había sometido los deseos de su cuerpo a las órdenes de su mente. Así había sido siempre. Así tenía que seguir siendo.
Pero se había equivocado, engañándose a sí mismo, creyéndose un tipo de hombre que ahora comprobó que nunca fue. Aquello que lo había alejado de mirar, desear o perseguir las pasiones que, como a todos, lo habían atormentado alguna vez, no se debía a su entereza, su disciplina o entrenamiento. Había sido una obsesión tan grande en conseguir la técnica secreta faltante que, casi enfurecido contra sí mismo, no se permitió durante años pensar en nada más.
No se había permitido vivir.
Desde que se vio libre de ese asunto se sintió perdido. Sin una meta clara, un objetivo, su propia existencia no tuvo razón de ser. Desde su niñez se había dedicado a entrenar y buscar. Creció sobreviviendo a duras penas, un huérfano viviendo de la caridad de una anciana que se preocupó de educarlo y vestirlo, y darle de comer. Hasta que tuvo la edad suficiente para trabajar a medio tiempo y, finalmente, viajar un poco más lejos del barrio donde nació, de manera más constante, persiguiendo a un tal Genma Saotome. Ya nada de eso importaba. Las técnicas secretas resultaron inútiles para su propósito y desde entonces solo se había dedicado a continuar con una insípida rutina. Una que acababa de terminar, para bien o para mal, de una manera escandalosa.
¿Y ahora qué?, se preguntó.
Alzó los ojos por encima de la mesa, más allá del té que se enfriaba delante de él. Del otro extremo de la mesa estaba ella. Muy lejos. Con el rostro inclinado y una mano sosteniendo el borde del yukata con que se había vestido a la rápida, tirando con temeroso celo. Se miró a sí mismo, se sentía extraño usando también un yukata que ella le había prestado mientras se secaba su ropa. Recordó otra vez lo sucedido en el baño y su cuerpo ardió. En realidad, nunca se apagó. Las volutas del té le recordaron al vapor del ofuro envolviéndolos, abrazándolos, como también la había abrazado a ella. Todo le parecía ahora un sueño, uno muy real. Una fantasía deliciosa que había vivido tras mirar a una chica hermosa que se había dejado llevar del todo.
Ella también lo miraba, sus ojos se encontraron y, con el rostro enrojecido, la muchacha lo inclinó de nuevo. Él sonrió antes de darse cuenta de que lo hacía. ¿Por qué? ¿Sentía alguna clase de satisfacción con la tímida sumisión de esa chica? Nunca, con ninguna de sus peleas o victorias, sintió tanto placer en la conquista más que en ese día. Demonios, quiso golpearse con fuerza, en ese momento debería estar postrado ante esa chiquilla, con el rostro pegado al tatami, suplicando su perdón. Hasta hacía un momento esa muchacha había sido virgen, él la había profanado, en el hogar donde lo acogió como a un invitado. Fiel al estilo de combate que cultivó erróneamente durante años, él la había asaltado, invadido y robado. No tenía honor, era un criminal.
Aun así, a pesar de todo lo que su consciencia y razón le decían, no se arrepentía.
Le había gustado, sí, cada maldito segundo que había estado con ella. Se había sentido otra vez vivo. La siguió observando. La había visto antes, desde la calle, cuando llamó su atención. Algo especial tenía esa muchacha que le fue imposible ignorarla. No fue una coincidencia, por algo la había seguido durante cuadras antes de que el destino le diera una oportunidad para hablarle. La había examinado, al moverse, al caminar, al gesticular, al abrir y cerrar los pequeños labios, al pestañear, al exclamar siempre con una inocencia que, sabía ahora, siempre fue real.
Era tan infernalmente inocente…
Apretó los puños bajo la mesa, sobre sus muslos tensos. Sabía lo que estaba sucediéndole. Porque fue lo mismo que experimentó antes. Pero esta vez no era rápido. Lento, astuto, metiéndose en sus pensamientos, atizando el horno en el que se había convertido su corazón. Los latidos comenzaron a golpear el interior de su pecho. Recordó como era aquella piel ahora escondida por una delgada tela. Repasó mentalmente las formas sinuosas que recorrió antes con los dedos. Todo había sido tan intenso que ahora lamentaba no poder recordarlo con la exactitud de una cámara de video. Aquellas sensaciones se le estaban escapando, al ser racionalizadas por su cerebro perdían su esencia, el efecto que le habían provocado, los sentimientos, aquello que lo inundó de placer. ¡Recordarlo no era lo mismo!
Sabía que no debía hacerlo, se suponía que estaba armándose de valor para hablarle, para disculparse con ella por lo que había hecho. Pero en ese momento tan solo podía observarla, más que eso, desgarrar aquella prenda con sus ojos queriendo ver, otra vez, lo que ya recordar no le bastaba. Apretó los dientes. Cada vez más y más sumergido en un pozo de deseos que sabía debía resistir.
Y no quiso hacerlo.
—Kasumi.
—Ryu…
Ambos se quedaron paralizados, mirándose, uno perdido en el otro. Todo ese tiempo de ansiosa tortura, él no había querido intentar adivinar lo que ella tenía en su mente. ¿Y sí se arrepentía? ¿Si reclamaba su honor? O peor, ¿si no quería volver a verlo? Pero al escuchar su nombre, pronunciado por los labios que vio moverse tan lentamente, como si quisiera grabar cada segundo de ellos, un escalofrío recorrió su espalda y toda su piel se erizó. Ella de pronto lo hizo sentir más débil que cuando recibió un fuerte golpe durante una pelea. Creía haber tenido poder sobre ella, pero ahora descubría que era todo lo contrario.
Estaba perdido del todo. Ella se había adueñado de él.
La miró como si lo hiciera por primera vez. Las mejillas de Kasumi estaban encendidas, el cabello, húmedo todavía, caía sobre sus hombros. La tela había absorbido parte de esa humedad y se pegaba a la piel, trasluciéndose un poco. Los labios los tenía entreabiertos y sus manos temblaban, agarrándose de los bordes del yukata, jugando también con un largo mechón de su cabello. Ella parecía tan confundida como él. Tan ansiosa como él. Aquello que sucedió en el baño estaba ocurriendo de nuevo ahora. Ryu lo sabía, ¿Kasumi también?
Sí, también, no podía estarlo imaginando. Si fuera otra la situación ella estaría gritándole, maldiciéndole, o llorando. A lo menos evitándolo con pudor. No, Kasumi era una chica honesta, lo comprendía al verla. Tan cristalina como la más hermosa piedra preciosa. Sus ojos, su rostro, sus labios, su cuerpo, todo ella era honestidad. Todos sus gestos se lo estaban diciendo, a él, que aquello nunca fue un error. Lo vio entonces, apenas un ligero gesto, tímido, pero más valiente que cualquier acción peligrosa que él pudo haber tomado durante años de viajes y desventuras.
Kasumi le sonrió. Una sonrisa sincera, que incluso le pareció tonta, porque ella parecía un poco perdida. No, no era confusión o algún estado de inconsciencia. Lo que ella estaba padeciendo era lo mismo que a él, seguramente, temía le estuviera obligando a poner una cara de tonto.
Deseo.
La deseaba.
La quería de nuevo.
Un ligero jadeo hizo coro en ambos, rompiendo el silencio de la sala. El fuurin que colgaba del borde del techo, cortando con su pequeña silueta contra una gran nube blanca de verano, se estremeció con la repentina brisa que entró. Las hojas del árbol danzaron, el césped cambió de tono. El fuego se avivó.
Al diablo con pensar tanto. Después se haría responsable por lo que fuera a suceder, total, ya había pasado. ¡Y juró por Kamisama que lo haría! Porque…
—S-Se… se enfría el té…
—Te deseo, Kasumi.
Sus palabras habían escapado sin pensar. Con voz ronca, ansiosa. Salidas directamente desde sus entrañas. Kasumi se estremeció. La vio acurrucarse, temblar de pies a cabeza, abrir los ojos y mover las manos sobre su pecho, asustada por palabras tan directas, fuertes, vulgares, que no eran propias de ser escuchadas por oídos de una mujer tan pura. Pura, porque ella era pura, no importaba lo que ya habían hecho. No importaba lo que él quisiera hacerle ahora. Esa muchacha tenía la capacidad de convertir en sagrado el acto más vil, como si fuera en realidad la encarnación de una diosa. Y sí que lo era a sus ojos, porque tenía el cuerpo de una. Pero la vio tan asustada que de pronto la razón volvió a su cabeza afiebrada, y dudó.
—Yo… lo siento.
Ryu apretó los dientes, no quería decirlo. Recurrió a toda su fuerza de voluntad para conseguirlo, porque de pronto se sintió más preocupado por ella que por su propio deseo, tan imperioso como aterrador.
—Si quieres… puedo marcharme…
—¡No!
La voz cantarina de Kasumi fue como un trueno. ¿O habían escuchado un trueno real? Ninguno de los dos notó que las nubes de pronto se habían reunido en el cielo, que la brisa se convirtió en un viento constante, que los paneles de papel de arroz comenzaron a vibrar con fuerza, insistentes, como los latidos rápidos de dos corazones enredados por culpa de inútiles pensamientos.
—¿Qué dijiste? —preguntó Ryu. Se sintió un imbécil tras hacerlo.
Ella volvió a inclinar el rostro. Esta vez él entendió el mensaje. No era rechazo, o un acto de timidez. Era sumisión. La fortaleza inexpugnable abría sus puertas para el conquistador. La diosa se entregaba como una rea a los brazos de un escalofriante demonio. Y él no esperó.
—Kasumi…
Ella volvió a estremecerse al escuchar su nombre de labios de Ryu. Otro trueno rasgó el cielo y las primeras gotas de verano cayeron en el jardín. El viento pareció cobrar más fuerza, la suficiente para ponerlo a él de pie y empujarlo hacia ella. Cuando Kasumi movió la cabeza, él caía de rodillas a su espalda. Cuando su rostro giró, el mentón de Ryu se deslizaba por su hombro, llevando sus labios a su encuentro. Sus ojos se encontraron, apenas un instante, con la respiración agitada. Kasumi contuvo el aliento respondiendo al ansioso movimiento de Ryu. Este la tocó en la espalda, deslizó los dedos alrededor de la cintura, apoderándose de la cadera de la chica.
—Ryu…
La escuchó llamarlo, no pudo interpretar si fue con miedo o anhelo, pero ambos le parecieron tentadores. Respondiendo a su llamado, empujó su mano más allá de la cadera. Acercó sus labios a los de ella. La mano de Ryu, grande, caliente, se extendió sobre el vientre de Kasumi, cuando el brazo la envolvió. Si alguna vez tuvo la posibilidad de escaparse de él, ya era demasiado tarde. Ryu ya no podía pensar con claridad, al percibir el aliento dulce de esa muchacha tan cerca de su boca.
—Kasumi…
—Sí…
Presionó tan fuerte con su mano que casi tiró de todo el cuerpo de Kasumi contra su pecho, cuando sus labios se fundieron en un beso. Este primer beso no fue como el otro primer beso. Aquí no hubo prisa, desesperación o locura. El calor de sus cuerpos contrastaba con el viento frío que entraba por las puertas abiertas que daban al jardín, impregnado con la humedad de la lluvia que también salpicaba el tatami interior. Fue un beso lleno de sabor, de labios acariciándose mutuamente. Lento, contenido, sin deseos de derramar una sola gota de sus alientos. Ryu siguió presionando contra el vientre de Kasumi, arrugando el doblez del yukata, queriendo abrazarla con tanto deseo como si quisiera de pronto meterla dentro de su corazón. Ella se dejó llevar, sus piernas perdieron la postura correcta, y cayó un poco hacia atrás, hacia él. Entonces, ya no resistiéndose a su instinto, Kasumi levantó su brazo doblándolo, para abrazar por detrás la cabeza de Ryu. Él la sintió empujarlo hacia ella, haciendo que sus labios perdieran todo espacio de aire que todavía podía quedar entre ellos. Ryu se sentía envuelto en aromas y sensaciones, entre el frío y el calor, entre el cuerpo sólido de Kasumi y el aire tan etéreo como sus pensamientos, que se arremolinaban a la velocidad del viento. Quería más, cuando finalmente la tenía, quería mucho más. Kasumi se tensó, sus piernas la levantaron apenas un poco del tatami y su mano se cerró agarrando con fuerza el cabello de Ryu cuando él invadió su boca. Pero al momento Kasumi cedió, abriendo más su boca, dejando que la lengua de ese hombre, tan fuerte como todo su cuerpo, tomara dominio de lo poco que quedaba de su cordura. Sus lenguas se enredaron, al principio en un torpe juego de empujar de un lado al otro, para convertirse en una danza de giros, de dos músculos trenzándose, inundándolos a ambos de sabores que se sentían más allá del paladar, en el corazón y en el resto de la piel. Ambos se estremecieron.
Pero él quería más.
Su otra mano se apoderó del costado de Kasumi. La deslizó rápidamente, ya no sentía ningún reparo o pudor, ya no pensaba. Todo lo que quería era entrar, invadir, tomar todo de ella. Entonces metió los dedos bajo el borde del yukata. Kasumi se sobresaltó otra vez, la sintió debatirse entre sus brazos, mover un poco las piernas. Lo que creyó en un principio un acto de temor para alejarlo, en realidad fue uno muy distinto, porque ella giró dentro de sus brazos. Ahora ya no la abrazaba por la espalda, sino que la acunaba contra su pecho. Las piernas de Kasumi se doblaron juntas, una delante de la otra, pasando por sobre uno de los poderosos muslos de Ryu. Él se acomodó para cobijarla mejor, pasando su mano por detrás de ella para sostenerla, pero no permitió que sus labios se separaran. Apenas lo hicieron unos cuantos instantes en que recobraron el aliento, buscándose, chocando y besando sus mentones, mejillas y narices, antes de volver a encontrarse y fundirse otra vez, entremezclando sus lenguas con dulzura.
Aquello lo hizo sentirse dueño y vencedor de un nuevo territorio conquistado. Esta vez lo haría con calma, quería disfrutar, saber que era real todo lo que antes ya había vivido, porque entonces había sido esclavo de un instintivo deseo, como víctima de un sueño etílico.
Los dedos de Ryu se deslizaron sobre la piel de Kasumi, desde el vientre hacia arriba. Los bordes del yukata se separaron con el movimiento de su mano, como si el mar y la tierra se distanciaran, más y más, acumulándose la energía que luego se liberaría en una poderosa marejada. Sintió las manos de Kasumi aferrándose a sus hombros cuando la yema de sus dedos dibujó una línea de suaves ondulaciones en el vientre de la muchacha. Era como en sus viajes, cuando descalzo recorrió las suaves pendientes formadas por las dunas frente al mar, la arena caliente que se deslizaba entre los dedos y bajo la planta de sus pies. Así sentía ahora, un cosquilleo en la piel, en su palma desnuda, en la punta de los dedos cuando acariciaban la piel suave y palpitante de Kasumi. Una sensación tan placentera como angustiante, pero adictiva, que se extendía hacia su brazo, luego inundaba su pecho y su propio vientre. Seguía hacia sus piernas, tensando los músculos, y una molestia más intensa, dolorosa y violenta impulsaba la sangre hasta su virilidad, que ya amenazaba con escaparse de la endeble protección de su propio yukata.
Tocarla le resultó una experiencia más exquisita e indescriptible que cualquier otra caricia, aumentada por la embriagadora necesidad de apoderarse de ella, de aquel cuerpo, de la mente y de todos los pensamientos que esa carita de mirada inocente pudiera albergar y esconder. Él quería estar en todos ellos. Quería descubrir sus verdaderos anhelos, arrancárselos a través del aliento, con cada uno de los ansiosos besos que intercambiaban, quedarse con su alma y así avergonzarla. Porque de pronto sintió tanto o más placer en descubrir en Kasumi a una mujer deseosa de su hacer, que respiraba a grandes bocanadas entre besos, que inflaba el pecho de aire y lo retenía cuando sus dedos rozaban el inicio de los pujantes senos. Estaba tensa, conteniendo el aliento, a la expectativa, con la espalda arqueada, paralizada. Los bordes de la tela amenazaban deslizarse, revelando las rosadas cúspides de su feminidad y él no contuvo más su deseo. y deslizó su mano bruscamente para apoderarse de ellos.
Tan pequeña pero insolente acción, le provocó a Kasumi un repentino estallido de tensión, que paralizó su rostro, haciendo vibrar sus labios con un sonoro gemido, tardíamente contenido por el poco pudor que aún sobrevivía en el fondo de su mente casi inconsciente. Ryu la sintió debatirse víctima de inquietantes temblores. Apartó el rostro. Quería observarla así, extendida en sus brazos, luchando por liberarse, con el cuerpo arqueado tras el fuerte espasmo de placer, clavándole las uñas en los hombros, empujándolo pero queriendo atraerlo a la vez, en una extraña contradicción, como si él fuera la encarnación del fuego y ella una flor que intentó evitar el contacto entre los dos para no consumirse.
Ella se desplomó jadeante, pasando de la intensidad a la total laxitud, con la piel pálida mostrándose en un canal ondulado y perlado de sudor, formado por la abertura de los bordes del yukata. El nudo del cinturón de género estaba a medio deshacer, colgando entre el ombligo y el borde de la tela blanca y triangular de la pequeña prenda íntima, de bellos encajes traslúcidos que lo invitaban a imaginar lo que todavía osaba esconderse de sus lujuriosos ojos. La última de todas las débiles barreras entre él y el deseo que palpitaba vehemente entre sus piernas, cada vez más furioso bajo su vientre, queriendo liberarse de la prisión de la molesta ropa. Aquel deseo ordenaba, no pedía. Lo instaba a buscar sin reparos más allá del borde de la prenda de Kasumi. Seguir la tenue sombra de vello virginal, el camino hacia las estancias sagradas, a las que únicamente podía acceder un temible dios destinado a apoderarse de aquella muchacha, encarnación del alma de un ángel.
Cuando volvió el rostro, descubrió a Kasumi observándolo. Las mejillas las tenía enrojecidas, los ojos brillaban como lago en quietud, que durante la noche reflejaba un cúmulo de estrellas, y los labios entreabiertos como si se hubiera quedado a la mitad de un susurro. Como si un resplandor de razón lo sacudiera, al verla así, postrada en sus brazos, el deseo cedió al miedo y a la responsabilidad. ¿Qué había hecho… de nuevo? ¿Qué oni perverso se apoderó de su cuerpo?
Pero ella actuó, como si hubiera adivinado sus dudas, llevando una mano que posó en su mejilla. La caricia de Kasumi lo hizo de pronto sentir un candor distinto al del deseo. Un sentimiento que le fue desconocido desde su infancia, una extraña mezcla de seguridad y deseos de sumergir su cabeza en el pecho de esa mujer y abrazarla hasta quedarse sin aliento. Algo que, al probarlo por primera vez, le supo tan dulce que casi se tornó adictivo.
Era ternura.
—Ryu…
Jamás había escuchado su propio nombre pronunciado de aquella manera. Casi pudo ver cada pequeño movimiento de los suaves y sonrojados labios de esa chica, curvándose, cerrándose y abriéndose, al son de la melodía de una única sílaba. De pronto ella, con solo decirlo, había atrapado toda su existencia.
—No me dejes sola —continuó la chica, perdiendo de pronto la sonrisa, con la voz quebrada.
Había ansiedad además de deseo en su mirada, auténtico temor por algo que parecía haber cargado por siempre, pero que recién ahora salía a la superficie. Sobrepasar los límites, romper las cadenas que el pudor y una buena crianza impusieron sobre su persona, ahora le permitía llenarse de otros sentimientos y pensamientos que emergieron finalmente a la luz. Él podía verlo, después de todo le estaba sucediendo lo mismo, ambos se estaban transformando más allá de un simple acto de amarse carnalmente.
Era liberador.
—No quiero volver a estar sola —suplicó Kasumi insistiendo.
La mano que antes acarició la mejilla de Ryu, subió y se apoderó de su cabello, aferrándose con fuerza a él, al peso de su cuerpo más grande y fornido, como si de pronto ella ya no pesara nada en absoluto, convertida en alguna clase de espíritu. Ryu entendió que ya no se trataba de remordimientos, no, eso había quedado atrás. Se avergonzó siquiera de haber guardado algún deseo de disculparse por lo que había hecho; primero, porque él no se arrepentía de nada, y segundo, eso hubiera sido una excusa para escabullirse, para así completar su fechoría.
Él debía hacerse responsable de lo que había tomado, como un usurpador que terminaba convertido en un emperador. Ella ahora le pertenecía, y él también a ella. Esa mujer, su cuerpo fértil como los campos, sus piernas largas como torres, sus pechos amplios como montes, su rostro iluminado como el sol, la humedad de su cuerpo que respondía a sus caricias como un canal de vida, como un río. Toda ella era un país rico y tierno, ansioso de ser gobernado. Y él era un tirano ansioso también por poseerla.
—Eres mía —fue su única respuesta.
La sintió estremecerse en sus brazos, casi como si hubiera querido encogerse. Pero Kasumi no lo hizo, porque algo en sus ojos grandes y en el gesto de sus labios sonrosados le decían a él que ella era sensible a su mirada intensa. Ella se sentía todavía observada por su conquistador, como si fuera una especie de trofeo de guerra. Y aquella sensación, el trato brusco y posesivo de Ryu, pareció no provocarle ningún desagrado.
Advertido de cada pequeño gesto de esa chica, no era ignorante de sus sentimientos, porque en parte los sentía también y todavía más lo excitaba esa sumisión enloquecedora. Ryu quiso probar su suerte. Se inclinó un poco más sobre Kasumi. Su brazo ancho y fuerte, con el que la rodeaba por la espalda, la presionó en la cintura atrayéndola a su cuerpo. Con su otro brazo rodeó las piernas de la muchacha, tan suaves y llenas que se sintió gozoso de poder agarrar esos muslos con su mano abierta, apretándolos hasta marcarle la piel, atándola a sus deseos. Acercó su rostro al de ella, como si quisiera besarla otra vez, pero para sorpresa de Kasumi que lo esperaba ansiosa, él pasó de largo y acercó su boca a la pequeña oreja enrojecida.
Y susurró otra vez, pero diferente, desde su corazón encendido como el fuego, como si lo hubiera dicho por vez primera:
—Eres… mía.
.
.
.
La lluvia caía con fuerza, mezclándose el aire cálido de verano con el frescor del agua. El viento que agitaba las hojas de los árboles entraba apoderándose de los oscuros y silenciosos rincones de la casa. Todo estaba en penumbras, el eco de la tormenta y el sonido del papel de las paredes estremeciéndose dominaba el lugar. Una canasta de ropa sin lavar quedó abandonada en el baño. La olla destapada, la tabla para cortar, una cebolla y algunos otros ingredientes, estaban esparcidos junto a un cuchillo encima de la mesa de la cocina.
El pasillo tenía las puertas correderas a ambos lados abiertas, quedando expuestos al jardín y a la tormenta los secretos que se revelaban en la habitación de visitas. La pesada mochila de viaje tirada en una esquina opuesta. Las puertas del clóset estaban entreabiertas y uno de los futones colgaba por el espacio a medio desenrollar, formando una diagonal contra el tatami, prueba de la prisa y fuerza con que el otro futón fue arrancado. En el centro de la habitación, el delgado colchón estaba extendido, teniendo como única sábana las yukatas abiertas y enredadas de sus dueños.
Los cuerpos desnudos danzaban perfilados contra la poca luz que entraba del exterior.
Ryu se apoyó en las manos y extendió los brazos para apartarse, y degustarse en el cuerpo que tenía bajo el suyo. El aire de lluvia entraba con fuerza, erizando su piel. El aroma de la tierra mojada se mezclaba con el perfume cándido y dulce de la mujer. La tormenta era el único testigo de la fechoría que estaba cometiendo… otra vez. Kasumi, recostada de espaldas, lo miraba con una extraña sonrisa, como embriagada, con las mejillas enrojecidas y los ojos brillando, reflejando su rostro.
—Maldición, eres hermosa —susurró.
Ella lo escuchó y actuó como si de pronto fuera consciente otra vez de su desnudez, y de lo que estaba haciendo. Juntó sus piernas y las cruzó apenas un poco. Con los brazos se cubrió los abundantes senos y los labios pequeños se curvaron, temerosos, víctima de un pudor imposible. Giró un poco el rostro y pareció recién darse cuenta de que estaba todo abierto hasta el jardín. Un trueno la hizo estremecer. Ryu adivinó sus pensamientos y la vergüenza que debía estarla consumiendo. Pero, por alguna malsana razón, a él le gustaba aquello. Había descubierto en Kasumi a una chica contenida, esclava de una imagen angelical, intachable, una mujer perfecta. Ahora, él sentía un indecible placer en tirar esa pared, como si estuviera asaltándola de frente con uno de sus ataques. Quería más que desvestirla, exponerla, abrir sus pensamientos, quemarla de vergüenza y encender el deseo en ese rostro de ángel. Deseaba verla sometida bajo su cuerpo… Era la primera vez que Ryu se sentía tan poderoso, seguro, ella le provocaba todos esos nuevos sentimientos. Si al final él era una clase de monstruo, o un auténtico demonio, ya no le importaba. Se acababa de revelar su auténtica naturaleza y ya no dudaría ni sentiría remordimientos.
La deseaba completamente, a esa mujer de rostro infantil y cuerpo hermoso de carne caliente. También quería su alma, su corazón, sus pensamientos. Lo quería todo de ella e iba a obtenerlo.
Kasumi susurró, cohibida, como la súplica de un condenado a muerte:
—La… puerta...
—No —sentenció Ryu cortando sus palabras.
La sintió estremecerse bajo su cuerpo. No sabía si era por la vergüenza, por el aire frío de la lluvia o por el miedo que le impuso su autoritario tono de voz. Como fuera, le agradó torturarla y la boca se le hizo agua. No le dio la oportunidad de volver a hablar y descendió su boca sobre ella. La silenció con un beso. Él no era suave, tampoco tierno, pero a ella pareció gustarle su brusquedad, porque al momento se olvidó de todo y respondió. Lo rodeó con los brazos alrededor del cuello, con las manos delicadas acarició su espalda dura, marcada por viejas cicatrices.
Sus cuerpos volvieron a reunirse, se agitaron, comenzaron un torpe juego, chocando entre ellos mientras se acariciaban. Él quería aplastarla. Ella parecía desear colgarse de él. Poco a poco sus caricias y roces llevaron a sus pieles a unirse del todo, balanceándose en sinuosos movimientos, como dos serpientes entrelazadas, símbolo de amor y poder en antiguas civilizaciones que adoraban la fertilidad como algo natural. Cuando la carne, la sangre y el espíritu no pertenecían a planos separados. Ellos también se hacían uno, el amor y la ternura se acoplaban a la fuerza implacable. La infinita paciencia se hacía presa de la violencia, y la violencia cedía con besos y susurros a la amorosa paciencia. Dialogaron con sus cuerpos, lo que sus bocas no estaban acostumbradas a decir.
Las manos de Ryu se apoderaron otra vez de los senos pujantes. Apretó con fuerza y ella se quejó. La acarició entonces un poco más suave, pero no menos demandante, mientras apartaba su boca para dedicarse a besar el delgado cuello. La escuchó quejarse otra vez, pero no de dolor, sino de algo más profundo. Apartó un poco el rostro para verla de reojo mordiéndose el labio inferior, arqueando la cabeza hacia atrás, revolviendo su cabello suelto sobre el tatami. Eso le gustó.
Raspó con sus yemas callosas la piel tierna de los senos, con movimientos circulares, insinuándose hacia la cúspide, pero alejándose en el momento preciso. Ella se retorció de expectación con cada acercamiento, despegando la cintura del colchón, para caer de nuevo ansiosa y decepcionada con sus retrocesos. Él dejó de besarla, quería observarla debatiéndose entre el pudor que todavía le quedaba, asomándose en sus ojos entreabiertos pegados en el techo, y el deseo que la dominaba cuando los cerraba y gemía, cada vez que él acercaba sus dedos al centro. Entonces, con su pulgar, tocó la punta erecta de uno de los pezones. Kasumi dio un gritito y se estremeció, arqueó la espalda y agarró con fuerza el yukata debajo ella. Ryu tragó una gran cantidad de saliva acumulada en su boca, de puro deseo contenido. Ya no tuvo fuerza de voluntad para seguir con ese juego y con su mano la tomó con más fuerza, acariciando sus pezones sonrosados. Ella comenzó a agitarse bajo el cuerpo del joven, con las manos lo buscó, acariciando los brazos fornidos, el costado marcado por los músculos tensos, la cadera desnuda y varonil. Ryu echó la cabeza atrás cuando sintió las manos de Kasumi acariciarlo como nunca nadie lo pudiera haber hecho, tomando sus duras nalgas con una fuerza inconcebible para una chiquilla tan diminuta. Sorprendido al principio, se sintió luego provocado por el desafío.
Kasumi inclinó el rostro, buscándolo, quería besarlo como si buscara la droga que la hacía olvidarse de sus aprensiones. Parecía estar disfrutando tanto como él al tocar el cuerpo del otro, acariciándolo con torpe anhelo. Pero Ryu no respondió a su beso, sino que buscó más abajo y con su boca se apoderó del otro seno de Kasumi. Ella gritó quedándose sin aire y con las manos agarró la cabeza del joven, enterrándole lo dedos en el cabello. Él succionaba como un animal sediento, se apartaba apenas un poco para gruñir y lamer, antes de volver a morderla y devorarla como si de verdad quisiera arrancarle un pedazo de carne.
—Ryu… Ryu…
—Kasumi —gruñó entre dientes, antes de apoderarse con ellos del tierno y enrojecido pezón.
—¡Ah!... Ah, no…
Él deslizó su mano por el abdomen de la chica. Temblaban sus dedos de expectación. Ella reaccionó demasiado tarde tratando de juntar sus piernas con fuerza, pero él insistió con una fuerza implacable.
—¡Ryu!
Ryu sintió su mano humedecerse de néctar y ansioso comenzó a acariciarla, no importándole la lucha que ella le estaba dando. Con su boca volvió a torturar los senos latentes de la chica. Kasumi luchó, pero no para liberarse, sino como si algo estuviera estallando en su interior. Las piernas tensas que querían aprisionar su mano, cedieron ante sus caricias, incluso se abrieron como invitándolo. Los gemidos se hicieron cortos, rítmicos, tan melódicos y fuertes como la lluvia. Los truenos se convirtieron en gritos más fuertes con la forma de su nombre. Ella parecía estar a punto de llegar a algo, él también lo sentía cuando toda la sangre de su cuerpo se había endurecido en sus venas y dolía, algo que no tenía explicación, pero que ambos querían. Los muslos de la chica volvieron a aprisionar su mano y arqueó tanto el cuerpo que casi se despegó del todo del futón. Cayó inerte, jadeando, con la piel perlada y una sonrisa en el rostro transfigurado. Esa ya no era una chiquilla ingenua y temerosa, era una mujer complacida que le sonreía desde un nuevo tipo de altar, porque Ryu sintió en ese momento que necesitaba adorarla.
Pero a diferencia de ella, él no estaba satisfecho. Su cuerpo seguía latiendo con fuerza y su virilidad desafiaba todo pudor, ansiosa e implacable. Una extraña y oscura idea se apoderó de su mente febril.
—No —susurró, apartándose de ella.
Kasumi, como aturdida, lo observó levantarse del colchón. El cuerpo masculino, desnudo, esculpido por los músculos, se presentó de espaldas ante ella, iluminado por la luz del exterior. Otro trueno estremeció el tejado. Kasumi ni siquiera reaccionó, tendida en el futón, apenas levantó un poco una pierna y se mordió uno de los dedos, con el cabello revuelto alrededor de su cabeza. Tenía curiosidad en su extraño estado de sopor. Ryu se acercó a la mochila. Ni siquiera el aire que entraba frío desde el jardín, impregnado por la humedad de la lluvia, podía apagar el fuego de su piel. No se sentía para nada satisfecho y no quería hacerlo igual que antes, como sucedió en el baño. Tenía… ideas.
Abrió la mochila y tragó con dificultad, metió la mano y su virilidad latió dolorosamente cuando encontró aquello que buscaba. Al sacar la mano de la mochila, tenía una cuerda aprisionada entre los dedos, aquella que antes usaba para luchar. Pero ahora le daría un uso mucho más imaginativo.
—Kasumi, yo…
Ella le devolvió la mirada. Al principio confundida, después con un reflejo de miedo, cuando Ryu tensó la cuerda entre las manos. Pero al bajar los ojos y ver aquel deseo todavía fuerte y punzante, entre las piernas del hombre que se había hecho dueño de ella, pareció recobrar su personalidad servicial y sumisa. Ryu recobró el valor que había perdido al enfrentarla con su nuevo juguete. Más que sumisa, el rostro de Kasumi, su cuerpo desnudo y expectante, le pareció, sobre todo, erótico.
—Puedes hacerme lo que quieras, Ryu.
Kasumi se sentó doblando las piernas juntas hacia un lado y cuando se encontró de frente con Ryu, con una rodilla en el colchón frente a ella, levantó ambas manos juntando las muñecas.
—Lo que tú quieras —insistió Kasumi. Pero más allá de su tono de voz humilde, había un poco de curiosidad y un fuego que comenzaba otra vez a encenderse.
Él se sintió halagado, poderoso y complacido. Se inclinó delante de ella y la besó con deseo, pero también con ímpetu, como si estuviera recordándole a quién le pertenecía. Sin acabar de besarla, la ató delicadamente por las muñecas y acabó con un fuerte apretón. Kasumi apartó sus labios quejándose, más por el repentino susto que por dolor. Ryu la rodeó con un brazo por la cintura y la alzó sin esfuerzo, poniéndose ambos de pie. Con la otra mano arrojó diestramente la cuerda sobre una viga de madera que cruzaba el techo. Y tiró, enrollando la cuerda en el brazo.
Kasumi acusó con un gesto de sorpresa el jalón en sus manos cuando quedó con los brazos extendidos por encima de la cabeza. Con un segundo tirón de la cuerda, su peso pendió de las muñecas y sus pies apenas rozaban la suave tela del futon. Ryu la sintió temblar, debatiéndose por mantenerse sobre la punta de los pies y jadeando ansiosa. Se sintió un poco culpable por lo que estaba haciéndole, quizás a ella le resultaba más doloroso que placentero, como a él lo hacía sentir verla suspendida en el aire solo por su fuerza. Pero sus nuevas dudas murieron cuando la chica levantó el rostro, del todo enrojecido, con los labios entreabiertos, con los ojos otra vez brillando por el deseo.
—Kasumi, yo…
—Sí… —musitó. Respiró profundamente, como si luchara otra vez con aquella fuerza explosiva en su interior—. Siempre quise… saberlo.
Inundado por un sentimiento más profundo que el deseo de su cuerpo, Ryu se acercó a ella. Con una mano sostenía la cuerda enrollada en su brazo, con la otra acarició la mejilla de ella. Otra vez se sentía dueño de ella y su voz lo reflejó con un tono imperioso.
—¿Qué? —preguntó Ryu, con la voz ronca, acercándose a su oído—. Kasumi, dímelo.
La vio inclinar el rostro hacia un costado, como avergonzada de sus propios pensamientos. Pero si él le estaba revelando ese lado más oscuro que acababa de descubrir de sí mismo, también quería conocer las sombras en ella.
—Qué se sentía… ser… secuestrada… ¡Oh!
La silenció con un beso, en el que buscó desesperadamente la lengua de ella. Kasumi respondió con mayor intensidad, más libre que en las ocasiones anteriores. Bbalanceó su cuerpo colgada, realmente parecía una serpiente, no, no como un ser viviente, Ryu corrigió sus pensamientos. Ella era más como la encarnación de una llama, cálida, hipnótica, que se meneaba buscando acercarse a él. Iba a consumirlo, y él iba a dejarse consumir. Con la mano libre la rodeó por la cintura, la recorrió desde la cabeza hasta el final de la espalda, deseoso de ella. Kasumi también lo deseaba, su cuerpo, sus susurros entre besos, su respiración entrecortada, todo en ella se había vuelto más salvaje, más instintivo, como si tan solo verse atada la hubiera liberado en realidad de las otras ataduras que llevaba en su vida. Ryu pudo entenderlo porque él también había vivido atado por promesas, que al final no significaron nada.
Ahora se ataba a ella, como a ella la había atado él.
Respondió al llamado del cuerpo de Kasumi y se apegó. Ambos de pie, ella colgando, con los brazos casi dolorosamente extendidos, pero que parecían no molestarle, por el contrario, se meneaba con más intensidad, como si quisiera frotar su cuerpo contra el de Ryu. Él bajó la mano y la rodeó por las caderas, tomó con fuerza aquellos glúteos amplios, firmes. Bajó un poco más el brazo y la rodeó por los muslos y, alzándola al mismo tiempo, tiró con su otra mano de la cuerda dándole un rápido giro para acortarla. Kasumi quedó en el aire, pero tanto era el deseo que la hipnotizaba, que casi pudo leerle el pensamiento, porque abrió sus piernas y lo abrazó con los muslos alrededor de las caderas viriles y desnudas. Su hubiera tenido las manos libres, también lo hubiese abrazado, pero se contentaba con buscar la boca de Ryu, queriendo retenerlo con sus besos. Él la sostuvo con la mano por debajo de los muslos, muy cerca de la cálida feminidad. Su virilidad rozó aquel mar de aguas cálidas, abundantes, posicionándose con pequeñas embestidas. Repitieron aquel juego de insinuación y desilusión, porque Ryu no dejaba de controlar la cuerda que separaba sus sexos por tan solo un par de centímetros, que se tocaban y se retiraban como hacían sus bocas también.
Kasumi fue la que despegó sus labios primero y recostó su rostro sobre la cabeza de Ryu, cuando este la levantó más al tirar la cuerda y se apoderó con su boca de los pezones de Kasumi. Los lamió y beso, tirando de ellos. La chica gritó el nombre de ese hombre que se había adueñado de ella. Dejó caer la cabeza atrás. Ryu comenzó a perder la batalla ante la fiebre, entre el sabor de la piel de Kasumi que inundaba su paladar o la escalofriante pulsación de su miembro al rozar la entrada del cuerpo de ella, tan caliente como el agua termal a los pies de un volcán. Sus propias piernas temblaban como si de pronto ya no pudieran sostenerlo.
—Por favor... ¡Ryu!
Kasumi gimió su nombre cuando sintió que aquella unión se hacía más prolongada que los escasos segundos de las insinuantes embestidas anteriores, con un sonido húmedo, en que bajaba y subía la cuerda, como si estuviera simulando el acto de amar.
—No —contestó él, infantil, con infinita maldad.
La lluvia rompió más fuerte, como una cortina densa de agua que apenas dejaba ver el jardín. Pero ninguna frescura los alcanzó. Más cálido era el néctar de la intimidad de Kasumi, que lo abrazaba, invitándolo a hundirse en ella.
—Ryu…
—No —gruñó él, mordiéndole el pezón.
—¡Ryu, por favor!... ¡Ryu!
—Maldición… ¡Kasumi!
No aguantó más, perdiendo la batalla contra su propio deseo, y soltó un poco la cuerda, abrazándola con fuerza. Kasumi ahogó un suspiro, tragando aire como si se hubiera estado ahogando en la profundidad del océano y de pronto saliera a la superficie. Aquello no fue suave ni dulce, todo lo contrario, como si la hubiera atravesado hasta sus entrañas.
Los muslos de la chica presionaron con fuerza alrededor de su cadera. Él se apoderó con codicia de las nalgas de ella, atrayéndola con fuerza. Ambos temblaron.
—Oh… Sí… ¡Sí! —exclamó Kasumi entre lágrimas, libre, con una voz que no parecía ser la de ella, poseída por algo superior a su conciencia.
Ryu se sintió envuelto por un calor húmedo, un abrazo imposible de ser replicado de otra manera, que presionó con fuerza su virilidad. Apretó los dientes y contuvo la urgencia que hizo temblar sus piernas. No, se dijo, no acabaría tan rápido. Aquella insolencia debía castigarla, porque en su pequeño juego él debía ser el amo y ella la esclava. Con la cuerda y con su otro brazo que la sostenía la levantó un poco, sintiendo en la prisión de la intimidad de ella un roce delicioso. La escuchó gemir, a punto de reclamar por comenzar a abandonarla. Y entonces la dejó caer otra vez, acomodándose, hasta tocarla en lo más profundo de su salvaje feminidad.
—¡Sí! —repitió Kasumi, sin aliento, al borde de una risa demente.
La alzó y dejó caer otra vez, presa de su lujuria inacabable.
—Sí, más, ¡más! —exigió Kasumi, como si de pronto hubiera enloquecido, o quizás al revés, recobrado la cordura perdida muchos años atrás.
—Maldita mujer —dijo Ryu, dándose cuenta de que, en ese juego, él ya no era el dueño de sus deseos.
Tiraba y aflojaba la cuerda, como sus músculos. Los muslos de Kasumi se aferraban más y más alrededor de sus caderas, cruzando los tobillos a su espalda, aprisionándolo, atrapándolo, haciendo de él también un prisionero en su propio juego. Los senos de ella se alzaban y bajaban una y otra vez con el movimiento, justo delante de su rostro, excitando sus sentidos ante semejante vista. Pero el gesto lujurioso recién despertado en ella era más erótico que cualquier otra cosa. El cabello largo y castaño de Kasumi revoloteaba alrededor de sus hombros y su espalda, entre los brazos extendidos a los lados de su cabeza, con cada rítmica y fuerte sacudida. El cuerpo de ella subía y bajaba, y ambos parecían sentir el vértigo de estar en una montaña rusa. El sudor y la humedad se mezclaba en ellos. De pronto, la lluvia se convirtió en música que imitaba el ritmo de sus cuerpos agitados. Ya no había palabras, solo balbuceos, gemidos, besos rápidos y mordidas, mientras sus cuerpos se movían al ritmo de la antigua danza para la que fueron creados.
—Ya no…puedo…
—¡Kasumi…!
—Ryu… ¡Ah!
Él bramó guturalmente, sintiendo un temblor desde sus entrañas y toda la fuerza de su cuerpo flaqueó, como si el calor que atravesara todos sus miembros se concentrara en un único punto y lo abandonara en un poderoso estallido. Soltó la cuerda y Kasumi cayó sobre él, con las muñecas todavía atadas, juntando sus brazos. Ella gritó, embestida con una fuerza bestial, estremeciéndose, nublados sus pensamientos, aullando como una mujer demente al sentir que un fuego llenaba su vientre. Incapaz de contenerlo, lo dejó escapar al inclinar el rostro y morder el hombro de Ryu con todas sus fuerzas. Él no sintió dolor, cualquier otro sentido fue reemplazado por un placer incomparable.
Cayó doblando las rodillas, abrazando a Kasumi, que no se separó un centímetro de su cuerpo, envolviéndolo con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos detrás de su espalda, con el rostro escondido en su hombro. La cuerda siseó al deslizarse rápidamente alrededor de la viga en el techo y caer. Se quedaron así, abrazados, en silencio, en un mutuo intento por respirar entre jadeos. Él no quiso salir de ella. Ella no quiso dejarlo ir, pues a pesar de la intensa liberación, aún una llama seguía latiendo en su interior. Ambos se mantuvieron abrazados, con ella sentada sobre las piernas de él.
Kasumi gimoteó, parecía llorar, pero cuando él quiso preguntar ella giró el rostro y lo silenció con un profundo beso. Sus cuerpos comenzaron a moverse, a deslizarse, a rozarse, muy lentamente. Él la rodeó con sus manos por debajo de las caderas y, apoderándose de ella, la levantó apenas un poco, para dejarla caer otra vez. Ella tensó las piernas y movió las caderas para ayudarlo.
Y la danza comenzó de nuevo.
La lluvia siguió, fuerte, imparable, acompañada por un nuevo trueno que hizo vibrar el tejado.
.
.
.
Hubo apenas un último beso entre ellos, y Kasumi lo acompañó a la puerta con el corazón dividido. No quería separarse de él, de su boca y su cuerpo, y de la sensación que despertaba en ella cuando la amaba. Sin embargo, necesitaban despedirse para que hubiera después un reencuentro.
Ella nunca hubiera imaginado siquiera que su vida iba a cambiar de esa manera, pero él había hablado de matrimonio, porque sus actos tenían consecuencias y no podían escapar a la realidad. Sus besos y sus caricias eran mágicas, pero el fruto de la unión era completamente real.
Kasumi se imaginó dueña de su propia vida, cuidando su pequeña casa, preparando la comida para ese hombre que la apreciaba y la llenaba de halagos. Oh, amaba a su familia, no quería abandonarlos, pero más fuerte era el deseo de convertirse en esposa, en madre, en amante, como había sido y siempre sería.
¡Oh, Ryu Kumon! Qué fuerte se aceleraba su corazón al mirarlo, qué complicadas pero intensas eran las emociones que él le despertaba. ¿Era amor? Si la presionaban para responder, Kasumi hubiera admitido que amaba a ese hombre, ese desconocido, ese compañero que el destino había elegido para su vida. Pero, por ahora, solo un beso más, una última vez sus manos se juntarían por ahora. Mañana habría planes, un después; hoy, solo compartían el secreto de su pasión.
Kasumi abrió la puerta de la casa. Anduvieron juntos por el camino de piedra que llevaba al portón de entrada, con los dedos entrelazados sin querer soltarse. La lluvia había pasado, y en el camino se formaban charcos, donde caían, mecidos suavemente, los pétalos arrancados de alguna flor y las hojas de los árboles. Kasumi alzó el rostro y dejó que la brisa de después de la tormenta le rozara los labios y le alborotara el cabello.
Ese era el mejor día de su vida.
Un último beso y un murmullo amoroso y Kasumi abrió el portón. Resguardada por la puerta lo despidió, pero él se giró una última vez hacia ella.
—Espérame —pidió—. No me olvides. —Era una frase áspera, casi una orden, pero Kasumi sabía lo que quería expresar con ella.
—Nunca te olvidaré —susurró la chica rozando sus labios con los dedos.
Ryu Kumon tomó su mano y depositó un suave beso en su palma.
Y entonces, como un rayo, una voz resquebrajó la magia de ese instante.
—¿Kasumi…?
Ryu y ella se congelaron y se giraron lentamente, muy lentamente, hacia el sonido de la voz.
—¿Akane? —preguntó Kasumi, el nombre sonó entrecortado por la vergüenza.
Aún estaba solo con el yukata puesto, no había sido necesario ponerse más ropa, y la pasión le sonrojaba las mejillas y le hacía brillar los ojos. Ryu Kumon ni siquiera le había soltado la mano todavía. ¡Aquello no podía ponerse peor!
—¡¿Tú?! —exclamó de pronto una voz varonil con sorpresa.
No, ¡Ranma! ¿Él también la había visto?
—Tú —repitió Ranma incrédulo.
—Es el Ranma falso —dijo Akane señalando con el dedo a Ryu Kumon.
—¡¿Tú, aquí?! —exclamó Ryu observando a los prometidos que, con el uniforme escolar ella y la camisa roja china él, estaban en medio de la acera, con la boca abierta.
Ryu Kumon se volvió hacia Kasumi y ella esbozó una sonrisa con sus pequeños labios.
—Tú y ellos… —mumuró Ryu Kumon sin terminar la frase.
—¿Los conoces? Son mi hermana y su prometido.
Oh, rayos.
—¡Kasumi! —un grito dramático desde el otro lado de la calle hizo que todos giraran la cabeza.
¡Su padre! Kasumi palideció de golpe.
—¡Es ese chico! —dijo Genma Saotome junto a su amigo Soun. Traía una bolsa de papel con manzanas que quién sabía cómo había conseguido, y mordió una observando el espectáculo.
—¡Saotome! —exclamó Ryu Kumon, señalando hacia los hombres del otro lado de la calle.
—¡Hija!
—Papá… yo…
—El hombre de bigote —dijo después Ryu, moviendo el dedo para indicarlo.
Kasumi se cerró el yukata un poco más. La gente que iba andando por la calle se había detenido y observaba la escena con interés. La vecina de enfrente descorrió la cortina para no perderse nada de lo que pasaba.
—Oh…
—¡No es posible! Mi Kasumi… ¿qué está haciendo? ¡Noooo! ¡NOOOO!
El llanto desbordó sus ojos y Genma, que no necesitaba convertirse en panda porque, por primera vez, él no tenía la culpa de nada, le palmeó la espalda.
—¿Qué estás haciendo aquí? —exigió saber Ranma mirando al otro muchacho.
El flash de una fotografía los encegueció por un instante, y todos pestañearon, mirando alrededor. Excepto Genma y Soun, que seguían del otro lado de la calle, uno comiendo y el otro llorando.
—¿Nabiki? —se espantó Kasumi llevándose las manos al rostro— Na-Nabiki...
—¿Y esa quién es? —preguntó Ryu Kumon confundido.
—Esto se está poniendo muy interesante —murmuró la chica de cabello castaño disparando de nuevo con la cámara.
Oh, Kamisama…
¿Estaría bien desmayarse ahora?, pensó Kasumi, ¿o esperaba cinco minutos más?
.
.
.
.
.
.
.
Fin
.
.
.
.
.
.
.
Nota de Randuril y Noham: Bueno, ¿qué esperaban? Es un fic de Ranma ½ después de todo XD.
No tenemos excusa para haber tardado tanto, les rogamos que nos perdonen. En realidad, el fic estaba escrito por completo desde hacía rato y las cosas de la vida nos tenían ocupados y sin poder subirlo.
Muchas gracias a todos por leer, comentar, agregar a favoritos y seguir esta historia, muchas gracias a quienes se animaron a leer a esta pareja inusual. Ojalá les haya gustado.
Nos leemos en la siguiente historia. Saludos.
Randuril y Noham
