Capítulo 2
Me hubiera encantado volver a dormir al llegar a mi casa pero lo único que pude hacer fue pensar, había ganado los juegos, no solo yo, Peeta.
El chico del pan, si quiera pensar en que ambos participamos de los juegos del hambre me provocaba el mayor terror que podría sufrir en toda mi vida. Habíamos salido pero a que costo, vivir aterrada y la distancia que he creado con mi familia y Gale.
Todo era demasiado complicado y fuera de mi control, por alguna razón estábamos leyendo ese estúpido libro, sin embargo, no tenía idea.
Al llegar el amanecer estaba de mal humor, me dolí la cabeza y apenas tenía la fuerza suficiente para levantarme pero no podía desperdiciar un día de caza, no cuando las cosas estaban tan mal.
La libertad en el bosque me trajo el alivio que necesitaba, todavía estaba tensa pero no podía estar agradecida de tener un momento a solas para pensar.
- Catnip –me tensé.
- Gale.
Se quedó a mi lado por un momento, tal vez el creía que ya lo había perdonado. Ahí estaba mi amigo, compañero de caza y más cercana persona y a la vez sabía que llegaría un momento en el que ya no sería lo mismo. Mi primo, eso es lo que sería.
- Aún estás molesta conmigo.
Quería contarle todo pero no podía, no aún, no conocía los riesgos de exponer algo así, si algo le pasaba a Prim por haber hablado nunca me lo perdonaría. Así que le respondí secamente un sí.
Me levanté con rapidez, ya no tendría que inventar una excusa, no por el momento, Gale me conocía, me daría un tiempo para que la ira disminuyera y tal vez ya no tendría que engañarlo para ese entonces.
Las clases pasaron lentamente aunque no recuerdo casi nada de ellas, veía como mi vida se desmoronaba y mientras más se acercaba la hora de volver a leer, mis nervios saltaban, no quería saber lo que pasaría con el presidente pero a la vez me sentía curiosa ¿por qué estaba en mi casa? ¿qué había hecho?
A la salida me encontré con Prim, le dije que tenía que hacer unos negocios y que no la podría acompañar. La miré caminar sola hacía la Veta y me mentalicé para seguir con la lectura.
Peeta ya me estaba esperando fuera de la casa, no me dijo nada, lo cual agradecí.
- Leeré yo.
"Capítulo 2
En mi cabeza, el presidente Snow tiene que aparecer delante de unas columnas de mármol cargadas de banderas de tamaño excesivo. Resulta chocante verlo rodeado de los objetos normales de una habitación. Es como levantar la tapa de una olla y encontrar dentro una víbora en vez de un estofado.
¿Qué estará haciendo aquí? Vuelvo a los primeros días de las demás Giras de la Victoria y recuerdo ver a los tributos con sus mentores y estilistas, incluso a veces con algunos altos cargos del Gobierno, pero nunca con el presidente Snow. Él asiste a las celebraciones en el Capitolio y punto.
Si ha hecho un viaje tan largo sólo puede significar una cosa: tengo graves problemas y, si los tengo, también los tiene mi familia. Noto un escalofrío al pensar en lo cerca que están mi madre y mi hermana de este hombre que tanto me odia. Siempre me odiará, porque fui más lista que sus sádicos Juegos del Hambre, dejé al Capitolio por idiota y, por tanto, socavé su control".
Lo volví a leer en voz alta ¿qué hice?
"Lo único que yo pretendía era mantenernos vivos a Peeta y a mí. Cualquier acto de rebelión fue pura coincidencia, pero, cuando el Capitolio decreta que sólo puede vivir un tributo y tú tienes la audacia de desafiar esa norma, supongo que eso en sí mismo se considera una rebelión."
- Ahora entiendo lo que hiciste –miré a Peeta confundida- gracias, puede que te hayas puesto en el lado malo del gobierno pero me salvaste.
- Sí, e inicié una especie de rebelión –seguí leyendo más adelante solo para mí y agregué-además no creo que sigas tan agradecido conmigo luego de leer todos mis pensamientos.
- No sé a qué te refieres…
"Mi única defensa fue fingir que mi apasionado amor por Peeta me había vuelto loca, así que nos permitieron seguir vivos a los dos. Nos coronaron vencedores, nos llevaron a casa y saludamos a las cámaras hasta que nos dejaron en paz. Hasta ahora".
Antes de que Peeta pueda decirme algo suelto.
- No pienses que me estoy perdonando –mis sentimientos hacía el chico del pan eran confusos, más confusos que los del libro pero no me disculparía por no amarlo de vuelta.
- No te estoy pidiendo tu compasión, Katniss, tú me salvaste.
Quería reclamar contra su declaración, él también me había salvado, dos veces y ahora estaba metido conmigo leyendo este maldito libro, conociendo mis pensamientos y sabiendo mi rotundo rechazo y actuaba como si le hubiera pagado todo y eso me molestaba.
"Ya sea por la novedad de la casa, por la conmoción de verlo o porque ambos comprendemos que podría ordenar mi muerte en un segundo, el caso es que me siento como una intrusa, como si éste fuera su hogar y yo la que se ha presentado sin invitación. No le doy la bienvenida, ni le ofrezco una silla, no digo nada. De hecho, lo trato como si fuese una serpiente de verdad, de las venenosas. Me quedo muy quieta, mirándolo a los ojos y pensando en planes de huida.
—Creo que esta situación será mucho más sencilla si acordamos no mentirnos —dice—. ¿Te parece bien?
Creo que mi lengua se ha quedado helada y no podré hablar, así que me sorprende contestar en un tono firme:
—Sí, creo que eso nos ahorrará tiempo.
El presidente Snow sonríe y me fijo en sus labios por primera vez. Aunque habría esperado unos labios de serpiente (es decir, inexistentes), lo cierto es que los suyos son muy carnosos, con la piel demasiado estirada. Me pregunto si han alterado su boca para hacerlo más atractivo. De ser así, es una pérdida de tiempo y dinero, porque no resulta atractivo en absoluto.
—A mis asesores les preocupaba que dieses problemas, pero no piensas hacerlo, ¿verdad? —me pregunta.
—No.
—Eso es lo que yo les dije. Les dije que una chica que se toma tantas molestias por conservar la vida no estaría interesada en perderla de la manera más tonta. Además, les recordé que tenías que pensar en tu familia: tu madre, tu hermana y todos esos... primos. —Por la forma en que se detiene en la palabra primos, está claro que sabe que Gale y yo no compartimos árbol genealógico".
Ni siquiera íbamos a la mitad de capítulo y yo quería salir corriendo, estaba amenazando a mí familia
- ¿Por qué no me mata a mí? –dije sin darme cuenta.
La mirada de Peeta estaba sobre mí pero le hice entender que no esperaba que me respondiera.
- Si quieres puedo yo puedo seguir leyendo –me contestó.
- Yo puedo.
"Bueno, ya están las cartas sobre la mesa. Quizá sea mejor así, no me gustan las amenazas ambiguas, prefiero saber qué está en juego.
—Sentémonos. —El presidente Snow se sienta detrás del enorme escritorio de madera pulida en el que Prim hace los deberes y mi madre sus cuentas. Como es nuestra casa, tiene a la vez todo el derecho del mundo y ninguno a ocuparla. Me siento frente al escritorio, en una de las sillas de respaldo recto de madera tallada. Está hecha para alguien más alto que yo, de modo que los pies no me llegan al suelo.
—Tengo un problema, señorita Everdeen —me dice el presidente Snow —. Un problema que empezó en el instante en que sacaste esas bayas venenosas en la arena.
Estaba hablando del momento en el que supuse que los Vigilantes de los Juegos, obligados a decidir entre observar cómo Peeta y yo nos suicidábamos (quedándose ellos sin vencedor) o dejarnos vivir, elegirían la última opción.
—Si el Vigilante Jefe, Seneca Crane, hubiese tenido algo de cerebro, os habría reducido a polvo al instante. Sin embargo, tenía una desafortunada vena sentimental, y aquí estáis. ¿Sabes dónde está él?
Asiento porque, por la forma en que lo dice, no cabe duda de que lo han ejecutado. El olor a rosas y sangre se ha hecho más fuerte ahora que sólo hay un escritorio entre nosotros. El presidente lleva una rosa en la solapa, lo que al menos sugiere una explicación para el perfume a flores, pero debe de estar modificada genéticamente, porque ninguna rosa de verdad apesta de semejante manera. En cuanto a la sangre..., ni idea.
—Después de aquello no quedó más remedio que dejaros representar vuestra pequeña comedia. Y la verdad es que lo hiciste bien con la historia de la escolar loca de amor. La gente del Capitolio se quedó bastante convencida. Por desgracia, en los distritos no todo el mundo se tragó tu actuación.
Debo de haber puesto cara de asombro, porque él se da cuenta y sigue hablando.
—Eso tú no lo sabes, claro. No tienes acceso a la información sobre la situación en los demás distritos. Sin embargo, en algunos la gente interpretó tu truquito de las bayas como un acto de desafío, no como un acto de amor. Y si una chica del Distrito 12, nada menos, puede desafiar al Capitolio y salir indemne, ¿qué va a evitar que ellos hagan lo mismo? ¿Qué puede evitar que se produzca, digamos, un levantamiento?
Tardo un momento en asimilar su última frase, hasta que me golpea todo el peso de la pregunta.
—¿Se han producido levantamientos? —indago; la posibilidad me aterra, aunque también me llena de alegría".
- ¿Levantamientos? –La alegría de Peeta era desconcertante, se lo hice saber- no lo entiendes Katniss, les diste esperanza.
- No esperaba hacer eso. Lo único que hago es tratar de mantener a salvo a mi familia y al parecer a ti pero ni siquiera eso puedo hacer. Tú no entiendes Peeta, no puedo ser la que genera levantamientos, no ahora y tampoco en el futuro.
Continué leyendo.
"—Todavía no, pero se producirán si no cambia el curso de los acontecimientos, y se sabe que los levantamientos a veces conducen a la revolución. —El presidente Snow se frota un punto sobre la ceja izquierda, el mismo punto en el que suelo sufrir yo mis dolores de cabeza—. ¿Tienes la más remota idea de lo que eso significaría? ¿De cuánta gente moriría? ¿De a qué condiciones tendrían que enfrentarse los supervivientes? Sean cuales sean los problemas que los ciudadanos tienen con el Capitolio, créeme cuando te digo que, si aflojamos nuestro control sobre los distritos, aunque sea por poco tiempo, todo el sistema se derrumbará.
Me sorprende lo directo e incluso franco que es conmigo, como si su principal preocupación fuesen los ciudadanos de Panem, cuando no hay nada más lejos de la realidad. No sé cómo me atrevo a pronunciar mis siguientes palabras, pero lo hago.
—Debe de ser un sistema muy frágil, si un puñado de bayas puede hacer que se derrumbe.
El presidente me observa durante unos instantes.
—Es frágil, aunque no de la manera que tú supones.
Alguien llama a la puerta, y el hombre del Capitolio se asoma.
—Su madre pregunta si desea tomar un té.
—Sí, me encantaría —responde el presidente. La puerta se abre más y ahí está mi madre, llevando una bandeja con un juego de porcelana que se llevó con ella a la Veta cuando se casó con mi padre-. Déjelo aquí, por favor –le dice él, colocando su libro en la esquina del escritorio y dándole una palmadita en el centro.
Mi madre pone la bandeja en el escritorio. Encima hay una tetera y tazas de porcelana, leche y azúcar, y un plato de galletas con una preciosa cobertura de flores en tonos claros. Un glaseado así solo puede haberlo hecho Peeta.
—Cuánto se lo agradezco. ¿Sabe? Tiene gracia lo mucho que la gente tiende a olvidar que los presidentes también necesitamos comer — comenta el presidente Snow, adulador. Bueno, al menos parece haber servido para relajar un poco a mi madre.
—¿Le traigo algo más? Puedo prepararle algo más sustancioso, si tiene hambre —se ofrece ella.
—No, esto es simplemente perfecto, gracias —responde él. Mi madre sabe que ya ha terminado con ella, así que asiente, me lanza una mirada y desaparece. El presidente Snow sirve dos tazas de té y llena la suya de leche y azúcar, para después pasarse un buen rato removiendo. Noto que ya ha dicho lo que tenía que decir y espera mi respuesta.
—No quería iniciar ningún levantamiento.
—Te creo. Da igual, tu estilista resultó ser profético en su elección de vestuario. Katniss Everdeen, la chica en llamas, ha encendido una chispa que, si no se apaga, podría crecer hasta convertirse en el incendio que destruya Panem.
—¿Por qué no me mata y ya está? —le suelto".
- Eso mismo me pregunto yo.
"—¿En público? Eso no haría más que añadir combustible a las llamas.
—Pues prepare un accidente.
—¿Y quién se lo tragaría? Tú no lo harías, si lo estuvieses observando desde fuera.
—Entonces dígame qué quiere que haga y lo haré.
—Ojalá fuera así de simple —responde. Levanta una de las galletas con flores y la examina—. Encantadoras. ¿Las ha hecho tu madre?
—Peeta —respondo, y, por primera vez, soy incapaz de mirarlo a los ojos. Voy a por la taza de té, pero la dejo en la mesa cuando oigo que tintinea sobre el plato. Para disimular, elijo una galleta.
—Peeta. ¿Cómo está el amor de tu vida?
—Bien.
—¿En qué momento se dio cuenta de hasta qué punto te era indiferente? —pregunta, mojando la galleta en el té.
—No me es indiferente.
—Sin embargo, quizá no estés tan prendada del joven como intentas hacerle creer al resto del país.
—¿Y quién dice que no lo esté?
—Yo —responde el presidente—. Y no estaría aquí si fuese la única persona con dudas. ¿Cómo le va a tu guapo primo?
—No lo sé... No... —Me ahoga el asco que me produce esta conversación, tener que hablar con el presidente Snow de lo que siento por dos de las personas que más me importan en este mundo".
Esto era demasiado, odiaba leer mis pensamientos, en especial si una de las personas que al parecer más me importaban en este mundo estaba conmigo, no quería mirar a los ojos de Peeta.
- No tienes que leer en voz alta, nos dijeron que leyéramos pero no es necesario que yo escuche esta conversación.
- ¿Por qué eres tan bueno conmigo? –le incriminé- lo único que he hecho en este libro posiblemente ha sido lastimarte e ignorarte y eso es lo que he estado haciendo toda mi vida, no me conoces Peeta, no merezco tu apoyo o dulzura. Cada vez que te miro recuerdo que no hubiera odio vivir sin tu ayuda y lo que yo te devuelvo es más complicaciones a tu vida.
- Katniss, solo quiero que estés bien, además no podría recriminarte por algo que aún no has hecho y tampoco sin entender las circunstancias, solo déjame ayudarte sin deberme nada a cambio.
Me detuve a mirarlo, decía la verdad, parecía tan preocupado. Me dio miedo porque en mi interior crecía un fuerte sentimiento que no reconocía, además no deseaba que se fuera, no aún.
- De todos modos dije que podía seguir leyendo y lo haré.
"—Habla, señorita Everdeen. A él puedo matarlo fácilmente si no llegamos a un acuerdo satisfactorio. No le haces ningún favor desapareciendo con él en el bosque todos los domingos.
Si sabe eso, ¿qué más puede saber? ¿Y cómo lo sabe? Mucha gente podría decirle que Gale y yo pasamos los domingos cazando. ¿Acaso no volvemos al final de cada excursión cargados de presas? ¿Acaso no lo hemos hecho desde hace años? La verdadera pregunta es qué cree él que pasa en el bosque que rodea el Distrito 12. Seguro que no nos han seguido hasta allí, ¿no? ¿Podrían habernos seguido? Me parece imposible, al menos si se trata de una persona, pero ¿y cámaras? Nunca se me había pasado por la cabeza hasta ahora. El bosque siempre ha sido nuestro lugar seguro, nuestro lugar fuera del alcance del Capitolio, donde teníamos libertad para decir lo que quisiéramos, para ser quienes éramos en realidad. Al menos antes de los juegos. Si nos llevaban vigilando desde entonces, ¿qué habían visto? A dos personas cazando; haciendo comentarios poco legales sobre el Capitolio, sí, aunque no a dos personas enamoradas, que es lo que parece insinuar el presidente. Somos inocentes de esa acusación. A no ser..., a no ser...
Sólo pasó una vez. Fue rápido e inesperado, pero pasó".
Siempre que pensaba que no podía estar más avergonzaba leía algo peor, no me podía imaginar en nada romántico con Gale.
- No digas nada –amenacé a Peeta.
No quería que se esparcieran rumores sobre algún tipo de enamoramiento con Gale, no era necesario estropear nuestra relación. Tampoco deseaba que Peeta creyera que yo lo amaba, no era así, no de esa forma.
"Después de que Peeta y yo volviésemos de los juegos pasaron varias semanas antes de ver a Gale a solas. Primero estaban las celebraciones obligatorias: un banquete para los vencedores al que sólo estaban invitadas las personas de puestos más importantes; unas vacaciones para todo el distrito, con comida gratis y entretenimiento traído desde el Capitolio; el Día de los Paquetes, el primero de doce, en el que se entregaban paquetes de comida a todas las personas del distrito. Aquélla fue mi celebración favorita, ver a todos esos niños hambrientos de la Veta corriendo de un lado a otro agitando latas de compota de manzana, carne e incluso caramelos. En casa estarían los alimentos más pesados, como los sacos de cereales y las latas de aceite. Saber que una vez al mes durante todo un año recibirían otro paquete... Fue una de las pocas veces que me sentí realmente bien por haber ganado los juegos."
- ¿Quién diría que puedes ser dulce?
La interrupción de Peeta podría haber sido innecesaria y su comentario igual pero me dejaron desconcertada. Ahí estaba de nuevo, dejando de lado sus sentimientos y quitando la espesura del ambiente. Parecía saber bien que decir para romper la tensión.
Tenía que poner también de mi parte, me recordé. Él estaba conmigo sin su consentimiento y aun así hacía las cosas amenas y yo simplemente le quitaba las horas en las que podría estar descansando.
"Así que entre las ceremonias, los acontecimientos y los periodistas que informaban sobre todos y cada uno de mis movimientos, de cómo presidía, agradecía y besaba a Peeta para el público, no tenía nada de intimidad. Al cabo de unas semanas las cosas se calmaron. Los equipos de televisión y los periodistas hicieron las maletas y volvieron a casa. Peeta y yo iniciamos la fría relación que hemos mantenido desde entonces. Mi familia se mudó a nuestra casa de la Aldea de los Vencedores. La vida diaria del Distrito 12 (trabajadores a las minas, niños al colegio) reanudó su ritmo habitual. Esperé hasta asegurarme todo lo posible de que no había espías a la vista y, un domingo, sin decírselo a nadie, me levanté varias horas antes del alba y me fui al bosque.
El tiempo era todavía lo bastante cálido para no necesitar chaqueta. Me llevé una bolsa llena de comida especial: pollo frío, queso, pan de panadería y naranjas. En mi antigua casa me puse las botas de cazar. Como siempre, la alambrada no estaba electrificada y me resultó fácil meterme en el bosque y recuperar el arco y las flechas. Fui a nuestro lugar de reunión, donde Gale y yo habíamos compartido desayuno la mañana de la cosecha que me envió a los juegos.
Esperé al menos dos horas y empecé a pensar que se habría cansado de esperarme en aquellas semanas, o que ya no le importaba, incluso que había llegado a odiarme. Y la idea de perderlo para siempre, de perder a mi mejor amigo, a la única persona a la que le había confiado mis secretos, me resultó tan dolorosa que no pude soportarlo, sobre todo si lo sumábamos a todo lo demás que me había sucedido. Noté que se me llenaban los ojos de lágrimas y que se me formaba un nudo en la garganta, como me pasa siempre que estoy disgustada.
Entonces levanté la vista y allí estaba él, a unos tres metros, observándome. Sin pensar siquiera, me levanté de un salto y lo abracé, haciendo un sonido extraño, mezcla de risa, ahogo y llanto. Él me sujetaba con tanta fuerza que apenas le veía la cara, pero pasó un buen rato hasta que me soltó, y fue porque me había dado un hipo muy sonoro y no le quedaba más remedio que dejar que bebiera algo.
Aquel día hicimos lo que hacíamos siempre: desayunamos, cazamos, pescamos y recolectamos. Hablamos sobre la gente del pueblo, no sobre nosotros, ni sobre su nueva vida en las minas, ni sobre mi tiempo en la arena. Sólo sobre otras cosas. Cuando llegamos al agujero de la alambrada que más cerca está del Quemador, creo que ya empezaba a creer que las cosas volverían a ser como eran, que seguiríamos como siempre. Le había dado todas las presas a Gale para que las cambiara, porque en casa teníamos mucha comida. Le dije que no iría con él al Quemador, aunque estaba deseándolo, porque mi madre y mi hermana ni siquiera sabían que me había ido a cazar y estarían preguntándose dónde estaba. Entonces, de repente, mientras le sugería encargarme de repasar las trampas todos los días, él me sostuvo la cara entre las manos y me besó.
Me pilló completamente por sorpresa. Después de todo el tiempo que había pasado con Gale, de observar cómo hablaba, se reía y fruncía el ceño, cabría esperar que supiese todo lo que había que saber de sus labios. Sin embargo, no me había imaginado el calor que desprendían al unirse a los míos. Ni que aquellas manos, las manos que podían montar la más intrincada de las trampas, también pudieran atraparme a mí con la misma facilidad. Creo que hice un ruido con la garganta y recuerdo vagamente tener los dedos cerrados sobre su pecho. Entonces él me soltó y dijo:
—Tenía que hacerlo, al menos una vez. —Y se fue".
Me encontraba mortificada, hoy no era mí día, nunca lo era. Odiaba mi futura yo por ser tan sentimental, acaso no recordaba sus promesas de no casarse, ella tenía que cuidar a Prim, esa era su mayor prioridad.
"A pesar de que el sol se estaba poniendo y de que mi familia estaría preocupada, me senté junto a un árbol al lado de la alambrada. Intenté averiguar lo que sentía con respecto al beso, aunque sólo recordaba la presión de sus labios y el aroma a naranjas que se le había quedado pegado a la piel. No tenía sentido compararlo con los muchos besos que había intercambiado con Peeta, porque todavía no sabía si ésos contaban. Al final, me fui a casa.
Aquella semana me encargué de las trampas y dejé la carne en casa de Hazelle, pero no vi a Gale hasta el domingo. No llegué a usar el discurso que tenía preparado para contarle que no quería un novio, que no pensaba casarme nunca. Gale actuó como si el beso no hubiese pasado. Quizá estaba esperando a que le dijese algo o a que lo volviera a besar. En vez de eso, yo también me limité a fingir que no había pasado nada. Pero sí que había pasado algo: Gale había derribado una barrera invisible entre nosotros y, al hacerlo, había destruido cualquier esperanza de volver a nuestra antigua amistad sin complicaciones. Daba igual que fingiese, nunca podría mirar de nuevo sus labios de la misma manera.
Todo esto me pasa por la cabeza en un instante, mientras los ojos del presidente Snow se clavan en los míos, después de amenazar con matar a Gale. ¡Qué estúpida he sido pensando que el Capitolio se olvidaría de mí cuando llegase a casa! Puede que no supiera lo de los potenciales levantamientos, pero sí sabía que estaban enfadados conmigo. En vez de actuar con la precaución extrema que exigía la situación, ¿qué he hecho? Desde el punto de vista del presidente, he pasado de Peeta, he dejado clara mi preferencia por la compañía de Gale delante de todo el distrito y, al hacerlo, he demostrado que, de hecho, estaba burlándome del Capitolio. Ahora he puesto en peligro a Gale y su familia, y también a Peeta y mi familia, todo por mi descuido.
—Por favor, no le haga daño a Gale —susurro—. Sólo es un amigo. Es mi amigo desde hace años. Es lo único que hay entre nosotros. Además, ahora todos creen que somos primos.
—Sólo me interesa cómo afecta eso a tu dinámica con Peeta, que, a su vez, afecta al estado de los distritos.
—Será lo mismo durante la gira: estaré tan enamorada de él como antes.
—Como siempre —me corrige el presidente Snow.
—Como siempre —confirmo.
—El problema es que tendrás que hacerlo aún mejor si queremos evitar los levantamientos. Esta gira será tu única oportunidad para darle la vuelta a la situación.
—Lo sé. Lo haré. Convenceré a todo el mundo de que no estaba desafiando al Capitolio, de que estaba loca de amor.
El presidente Snow se levanta y se limpia los hinchados labios con una servilleta.
—Apunta más alto, por si te quedas corta.
—¿A qué se refiere? ¿Cómo voy a apuntar más alto?
—Convénceme a mí —responde."
- No puedo creerlo –los ojos de Peeta se encontraron con los míos en simpatía- Creo que si los hiciste enojar.
- No hagas bromas sobre eso, es serio. Mis acotos imprudentes los afectan a todos yo…
- Sé que esta es tu historia Katniss pero en cierto modo nos afecta a ambos, si me dejas apoyarte no te dejaré sola.
No estaba sola, esa era la mayor mentira que me podría creer, siempre que una persona se colaba a mi vida ella desaparecía o resultaba herida.
Contuve las lágrimas.
"Suelta la servilleta y recupera su libro. No me vuelvo para verlo acercarse a la puerta, así que doy un respingo cuando noto que me susurra al oído—. Por cierto, sé lo del beso. — Después oigo cómo se cierra la puerta. "
- Ya está –dije cerrando el libro.
Se formó un silencio incómodo. Peeta se empezó a levantar, antes de perder el valor le dije.
- No le digas a nadie sobre eso –esperaba que el entendiera a lo que me refería.
- Pensé que querrías que corriera el rumor, tal vez así tendrías la oportunidad de estar con él.
Lo miré a su cara sorprendida, pero no parecía molesto ni malvado, sonreía.
- Es una broma, te guardaré el secreto. Adiós.
- Peeta espera –se dio la vuelta. Me revolví incómoda- gracias.
Su expresión lo decía todo, salí corriendo por la puerta antes de que pudiera seguir avergonzándome más. Era posible que un sonrojo bañara mis mejillas pero se lo atribuiría a la caminata.
