Capítulo 3
Peeta Mellark era un extraño caso en mi vida, no lo conocía del todo pero me había salvado la vida, no solo la mía, la de Prim también.
Muchas veces busqué la manera de agradecerle por lo del pan, hallar la manera de saldar mi cuenta, sin embargo, el primer favor era el más difícil de pagar. Él me había dicho que estábamos a mano por sacarlo con vida de los juegos, por otro lado él fue quien dio el paso y creó la estrategia de los trágicos amantes y si no fuera por él probablemente ninguno de los dos podría llamarse vencedor.
A penas pasé dos días con Peeta ni siquiera los días enteros y ya me estaba removiendo mi suelo. Su amabilidad era desconcertante, no la apreciaba pero tampoco me disgustaba, era raro.
No esperaba mucho de él, sé que es un chico dulce y encantador, no por nada era popular. Me dio dos hogazas de pan por el cambio de un golpe en su ojo.
Eso explica la gratitud que siento cada vez que lo veo pero no podía hacer encajar en mi vida el hecho de la cálida sensación cuando bromeaba conmigo, cuando me hacía un cumplido o simplemente daba por hecho de que yo era capaz de cualquier cosa.
Peeta Mellark podría ser un molesto pero no lo desecharía de mi vida aún.
Todo eso pensaba mientras caminaba de vuelta a mi casa, Necesito bajar el rubor de mis mejillas antes de que Prim me viera, no era buena mintiéndole a ella.
No me tuve que preocupar porque Prim notara cualquier cambio en mis emociones, ella estaba embobada con el gato. No hizo ninguna pregunta, solo me saludó como siempre y luego de ese breve intercambio me fui a la habitación.
No era el lugar más privado pero por el momento me permitiría pensar con claridad. La noche anterior mi mente estaba llena preguntas y también temores.
Faltaban menos de tres meses para la cosecha, la primavera, que antes significaba un respiro, se estaba volviendo tediosa, su fresco viento no hacía más que marearme. Antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo me encontraba en el bosque, mis manos agarraban con fuerza el arco que una vez mi padre fabricó.
El verde llenó mi visión y me sentí respirar con más calma, ahora tenía el control de la situación. Ganaríamos los juegos y solucionaríamos lo que sea que estuviera pasando en los distritos. Con eso en mente me puse a cazar.
A la mañana siguiente decidí quedarme un rato más en mi cama, nuevamente tenía escuela y nuevamente tendría que leer el libro, pero quería disfrutar de la compañía de Prim, ella durmiendo pacíficamente y yo sin estar preocupada por su vida, haría todo lo posible para que nadie le hiciera daño. Si el leer mis pensamientos frente a Peeta significaba la seguridad de mi patito lo haría.
- Lo siento –dice Peeta al llegar- me retuvieron por un tiempo pero me escapé discretamente.
Por un momento olvidé el hecho de que Peeta tenía más amigos y pensé en lo difícil que sería inventar una excusa a tantas personas.
- Estoy aquí hace poco –mentí.
Sus labios se apretaron en una media sonrisa.
- ¿Qué es gracioso?
- No eres una buena mentirosa –fruncí el ceño- en serio, dísculpa.
Me levanté antes de decir algo de lo que me arrepienta.
- Hoy leerás tú –le tiré el libro en el regazo de Peeta.
Simplemente bien, hoy comenzamos estupendamente.
"Capítulo 3El olor a sangre... era su aliento.
«¿Qué hace? —me pregunto—. ¿Se la bebe?»
Me lo imagino bebiendo traguitos de sangre de una taza de té, mojando una galleta en el líquido y sacándola manchada de rojo.
Al otro lado de la ventana, un coche cobra vida haciendo un ruido suave y tranquilo, como el ronroneo de un gato, hasta perderse en la distancia. Se va como ha llegado, sin que nadie lo vea.
La habitación me da vueltas lentas y torcidas, y me pregunto si me desmayaré. Me inclino hacia delante y agarro el escritorio con una mano, mientras sostengo la preciosa galleta de Peeta con la otra. Creo que tiene dibujado un lirio naranja, pero la he dejado hecha migas dentro del puño. Ni siquiera me había dado cuenta de que la aplastaba, aunque supongo que tenía que sujetarme a algo mientras mi mundo giraba fuera de control.
Una visita del presidente Snow, distritos a punto de levantarse, una amenaza directa a Gale y las que vengan detrás, todos mis seres queridos condenados y ¿quién más pagará por mis acciones? A no ser que lo cambie todo en esta gira. Tengo que calmar el descontento y tranquilizar al presidente. Y ¿cómo? Pues demostrándole a todo el país sin dejar lugar a dudas que amo a Peeta Mellarle.
«No puedo hacerlo —pienso—. No soy tan buena.»Peeta es el bueno, el que gusta a todo el mundo. Puede hacer que la gente se crea cualquier cosa".
- No pensé que creyeras eso de mí –comentó con un tono de sorpresa.
- No lo hago –era la verdad, no completamente, sabía que era popular y muy cortés, sin embargo, yo desconocía el poder que poseía con las palabras- me refiero a que…
Dejé que mi intento de explicación muriera en mi boca.
"Yo soy la que se cierra, se sienta y deja que él se encargue de hablar. Sin embargo, no es Peeta el que tiene que probar su devoción, sino yo.
Oigo los pasos ligeros y rápidos de mi madre en el vestíbulo. «No puede enterarse —pienso—. No debe saber nada de esto.»Pongo las manos sobre la bandeja y me sacudo los trocitos de galleta de la palma y los dedos. Después le doy un tembloroso trago a mi té.
—¿Va todo bien, Katniss?
—Sí, en la televisión no se ve, pero el presidente siempre visita a los vencedores antes de la gira, para desearles suerte —respondo, muy animada.
—Ah —dice mi madre, aliviada—. Creía que había algún problema.
—No, qué va. El problema empezará cuando llegue mi equipo de preparación y vea que he dejado que me crezcan las cejas. —Mi madre se ríe, y yo pienso que no hay marcha atrás, que ya decidí cuidar de mi familia cuando tenía once años. Que siempre tendré que protegerla".
- Sabes –empezó a decir Peeta- no creo que tengas que hacer todo sola, sé que no confías en mí ahora y en el futuro probablemente sea a la última persona que quieras ver pero tú también necesitas de alguien que se preocupe por ti.
No dijo nada más y ambos nos quedamos en silencio, tal vez esperaba que absorbiera sus palabras, lo hice. Él no dijo que necesitaba a alguien que me cuidara, dijo que se preocupara por mí, aun así no necesitaba a nadie, podía lidiar con las cosas que se me aparecieran en el camino.
Me fastidiaba que Peeta pensara tan poco de mí, pero por otro lado estaba el hecho de que ambos pasaríamos por un infiero y tal vez él también quería que alguien se preocupara por él.
Antes de que volviera a iniciar la lectura me vino un pensamiento ¿Quién se preocuparía por Peeta?
"—¿Por qué no empiezo a prepararte el baño? —me pregunta.
—Estupendo —le digo, y veo que le encanta mi respuesta.
Desde que volví a casa he intentado con todas mis fuerzas arreglar la relación con mi madre. Le pido que haga cosas por mí, en vez de apartarla cada vez que se ofrece a ayudar, como hice durante muchos años por culpa de mi rabia. La dejo manejar el dinero que he ganado. Respondo a sus abrazos con abrazos, en vez de limitarme a tolerarlos. Mi tiempo en la arena me ha servido para darme cuenta de que necesito dejar de castigarla por algo que ella no podía evitar, es decir, por la profunda depresión en la que se sumió después de la muerte de mi padre. Porque, a veces, a las personas les ocurren cosas que no están preparadas para afrontar.
Como yo, por ejemplo, ahora mismo".
Me costaba imaginar el perdonara a mi madre, la forma en la que se replegó casi nos costó la vida, sin embargo, yo estaba a punto de ser cosechada para los juegos y no habría manera de consolar su herido corazón al ver que una de sus hijas partiera, puede que se me instalara la idea de mejorar mi relación con mi madre antes de que todo sucediera.
- ¿Cómo te llevas con tu familia Peeta? –le pregunto sin pensar.
Sus azules ojos me miran con confusión pero se estabiliza en seguida.
- Bien, supongo –se detiene, eligiendo sus palabras con cuidado- siempre bromeo con mis hermanos, yo soy el menor así que se burlan de mí pero no lo hacen con mala intención, luego está mi padre, él me enseñó a decorara los pasteles, me daba pequeños pedacitos de tiza para que pudiera dibujar en el suelo, creo que podría orgullecerlo y está mi mamá con la cual no hablo mucho pero sé que me ama, tal vez no como a mis otros hermanos pero lo hace.
Eso último sale en un susurro y no puedo evitar que la ira me invada, Peeta era por lejos el hijo más dulce y considerado y el hecho de que pensaran que no era lo suficientemente bueno que los demás me provocaba una sensación de malestar.
"Además, hizo algo maravilloso cuando llegué al distrito. Después de que nuestras familias y amigos nos saludaran a Peeta y a mí en la estación de tren, permitieron que los periodistas nos hiciesen algunas preguntas. Alguien le preguntó a mi madre qué le parecía mi nuevo novio, y ella contestó que, aunque Peeta era todo lo que un joven debería ser, yo no era lo bastante mayor para tener novio. Después de decirlo le lanzó una mirada severa a Peeta. Se oyeron muchas risas y comentarios de los periodistas al estilo de: «Alguien se ha metido en un lío». Peeta me soltó la mano de inmediato y se apartó un paso de mí, aunque no duró mucho (había demasiada presión para actuar de otro modo), pero nos dio una excusa para ser un poquito más reservados de lo que habíamos sido en el Capitolio, y quizá ayude a explicar lo poco que se me ha visto en compañía de Peeta desde que se fueron las cámaras. "
Peeta no dijo nada al respecto lo cual agradecí.
"Subo al piso de arriba, al cuarto de baño, donde me espera una bañera humeante. Mi madre ha añadido una bolsita de flores secas que perfuman el aire. Ninguno de nosotros está acostumbrado al lujo de abrir un grifo y tener un suministro ilimitado de agua caliente a nuestra disposición. En nuestra casa de la Veta sólo teníamos agua fría, y un baño suponía tener que hervir el resto del agua en el fuego. Me desvisto, me meto en el agua sedosa (mi madre ha echado también algún tipo de aceite) e intento organizarme.
La primera pregunta es a quién debo contárselo, si es que debo contárselo a alguien. Ni a mi madre, ni a Prim, eso está claro; se morirían de preocupación. Ni a Gale, aunque pudiera encontrar la forma de hacérselo saber. De todos modos, ¿de qué le serviría la información? Si estuviese solo, quizá pudiera convencerlo para que huyera, ya que no le resultaría difícil sobrevivir en el bosque. Sin embargo, no está solo y nunca abandonaría a su familia, ni a mí. Cuando vuelva a casa tendré que decirle algo para explicarle por qué nuestros domingos son ya cosa del pasado, pero ahora mismo no puedo pensar en eso, sino en mi siguiente movimiento. Además, Gale ya está tan furioso y frustrado con el Capitolio que a veces creo que organizará su propio levantamiento. Lo que menos necesita es un incentivo. No, no puedo contárselo a nadie que deje atrás, en el Distrito 12.
Todavía me quedan tres personas en las que podría confiar, empezando por Cinna, mi estilista. No obstante, creo que Cinna ya podría estar en peligro y no quiero aumentar sus problemas haciendo que se acerque más a mí. Después tengo a Peeta, que será mi compañero de engaños, aunque ¿cómo comienzo la conversación?: «Oye, Peeta, ¿recuerdas que te dije que fingía un poco estar enamorada de ti? Bueno, necesito que lo olvides ahora mismo y hagas como que estás todavía más enamorado de mí, porque, si no, el presidente matará a Gale». No puedo hacerlo. En cualquier caso, Peeta lo hará bien, sepa lo que se juega o no."
- Podrías decírmelo –me aseguró Peeta- con más tacto pero te ayudaría Katniss
Lo decía de verdad, su mirada era seria y a la vez dulce ¿Por qué era tan desconsiderado? Acaso no le importaba el hecho de que nunca me acerqué para siquiera agradecer su amable gesto y que luego de los juegos yo le cerraría las puertas de mi vida sabiendo que él está locamente enamorado de mí.
- Nunca he sido buena con las palabras –le digo.
- Bueno eso lo he notado, sin embargo, creo que merezco saberlo, también tengo personas a las que cuidar.
Mis ojos se alzaron a su rostro, no había pensado en ese hecho y la culpa se quiso asentar en mi estómago, por mi culpa Peeta y su familia también sufrirían. Tal vez si lo alejaba lo suficiente, si no jugábamos a los trágicos amantes del Distrito 12 él saldría librado de todo el tormento, pero por otro lado él volvería a entrar en esa arena y sin mí no podría salir y sin su táctica no sobreviviría lo suficiente para salvarlo.
"Eso me deja con Haymitch. El borracho, malhumorado y peleón de Haymitch, al que acabo de echarle un cubo de agua helada en la cabeza. Como mentor en los juegos, su deber consistía en mantenerme viva, así que espero que siga dispuesto a hacer el trabajo.
Me sumerjo en el agua y dejo que bloquee todo lo que me rodea. Ojalá la bañera pudiera expandirse y permitirme nadar, como solía hacer en los calurosos domingos de verano, cuando estaba en el bosque con mi padre. Aquellos días eran especiales. Salíamos a primera hora de la mañana y nos adentrábamos en el bosque más de lo normal, hasta un laguito que él había encontrado mientras cazaba. Ni siquiera recuerdo haber aprendido a nadar, era demasiado pequeña cuando me enseñó. Sólo recuerdo tirarme al agua, hacer volteretas y chapotear por allí. El fondo embarrado del lago debajo de los pies. El olor a flores y vegetación. Flotar boca arriba, como estoy ahora, mirando el cielo azul mientras la cháchara del bosque queda ahogada por el agua. El metía en la bolsa las aves acuáticas que construían sus nidos en la orilla, yo buscaba huevos entre la hierba, y los dos excavábamos en la parte poco profunda en busca de Katniss, la planta acuática a la que llaman saeta y por la cual eligió mi nombre. Por la noche, cuando llegábamos a casa, mi madre fingía no reconocerme al verme tan limpita. Después preparaba una cena asombrosa de pavo asado y raíces de saeta al horno con salsa.
Nunca he llevado a Gale al lago, aunque podría haberlo hecho, ya que las aves acuáticas son presas fáciles que pueden compensar por el tiempo de caza perdido en el largo camino de ida. Sin embargo, es un lugar que nunca he querido compartir con nadie, un lugar que nos pertenecía a mi padre y a mí. Después de los juegos, cuando no tenía mucho con lo que entretenerme, he ido un par de veces. Todavía me gusta nadar, pero, en realidad, ir allí me deprime. A lo largo de los últimos cinco años, el lago ha permanecido básicamente igual, mientras que yo estoy irreconocible.
Incluso bajo el agua puedo oír el alboroto: bocinas de coches, saludos a gritos, puertas que se cierran de golpe. Sólo puede significar que mi séquito ha llegado. Tengo el tiempo justo de secarme con una toalla y ponerme una bata antes de que mi equipo de preparación entre en tromba en el cuarto de baño. Aquí no existe la privacidad; cuando se trata de mi cuerpo, estas tres personas y yo no tenemos secretos.
—¡Katniss, tus cejas! —exclama Venia al instante, y, a pesar de la nube negra que se cierne sobre mí, tengo que reprimir la risa. Se ha peinado el cabello, color turquesa, de modo que sale disparado en afiladas puntas por toda su cabeza, y los tatuajes dorados que solían limitarse a las cejas ahora le rodean también los ojos, lo que contribuye a darle una expresión de verdadero horror ante mi vello facial.
Octavia se acerca y le da unas palmaditas en la espalda; su figura curvilínea parece más rellena de lo normal al lado del cuerpo delgado y anguloso de Venia.
—Vamos, vamos. Se las puedes arreglar en un segundo, pero ¿qué voy a hacer yo con estas uñas? —Me toma la mano y la coloca entre sus dos palmas color verde guisante. No, su piel ya no tiene ese tono, es más como el de una hoja verde clarito. Seguro que el cambio de color responde a un intento de mantenerse al día de las caprichosas tendencias de la moda del Capitolio—. De verdad, Katniss, podrías haberme dejado algo con lo que trabajar".
- Eso suena terriblemente abrumador ¿Qué voy hacer yo con estas uñas? –luego de fingir el acento del capitolio y levantar mis manos con uñas en mal estado me doy cuenta lo que hice.
La risa de Peeta tarda en llegar, debatiendo si reír o dejar pasar mi pequeño desliz. Sus ojos se cierran y de su garganta brota un tono grave.
- No puedo creerlo, ese acento fue demasiado parecido –siguió riendo- es aterrador.
Una pequeña sonrisa se pega en mi cara lo que hace que mi ceño fruncido parezca más una mueca "Es cierto, me he mordido las uñas hasta la raíz en los últimos dos meses. Pensé en intentar dejar el hábito, pero no se me ocurrió ninguna buena razón.
—Lo siento —mascullo. No me había parado mucho a considerar cómo afectaría eso a mi equipo de preparación.
Flavius levanta unos cuantos mechones de mi pelo húmedo y enredado. Sacude la cabeza con desaprobación, lo que hace que sus tirabuzones naranja reboten sobre ella.
—¿Te ha tocado alguien esto desde la última vez que nos vimos? —me pregunta, muy serio—. Recuerda que te pedí específicamente que no te hicieras nada en el pelo.
—¡Sí! —exclamo, agradecida por poder demostrarles que no me había olvidado de ellos por completo—. Quiero decir, no, nadie me lo ha cortado. Lo recordé. —En realidad no lo había
recordado, sino que el tema nunca había surgido. Desde mi llegada a casa lo he llevado en mi trenza de siempre.
Eso parece ablandarlos, y todos me besan, me sientan en una silla de mi dormitorio y, como siempre, empiezan a hablar como cotorras sin detenerse a comprobar que los estoy escuchando. Mientras Venia reinventa mis cejas, Octavia me pone uñas postizas y Flavius me masajea el pelo con una porquería, yo me entero de todo lo que pasa en el Capitolio. Qué éxito tuvieron los juegos, qué aburrido ha sido todo desde entonces, todos están deseando que Peeta y yo los visitemos de nuevo al final de la Gira de la Victoria. Poco después, el Capitolio empezará a prepararse para el Vasallaje de los Veinticinco.
—¿A que es emocionante?
—Qué suerte has tenido, ¿verdad?
—Tu primer año de vencedora ¡y vas a ser mentora en un Vasallaje de los Veinticinco!
Se atropellan al hablar, llenos de emoción.
—Oh, sí —respondo, neutral. No puedo hacer más. En un año normal, ser mentor de los tributos supone una pesadilla. No puedo pasear cerca del colegio sin preguntarme a qué chico tendré que entrenar. Encima, para empeorarlo todo, éste es el año de los Septuagésimo Quintos Juegos del Hambre, y eso significa que también toca el Vasallaje de los Veinticinco. El vasallaje tiene lugar cada veinticinco años, para festejar el aniversario de la derrota de los distritos con celebraciones fastuosas y, mejor que mejor, con alguna sorpresa desagradable para los tributos. Nunca he vivido ninguno, pero recuerdo haber oído en el colegio que, para el segundo Vasallaje de los Veinticinco, el Capitolio exigió que enviáramos a la arena al doble de tributos de lo normal. Los profesores no entraron en más detalles, lo que resulta sorprendente, porque precisamente ése fue el año en que nuestro Haymitch Abernathy, del Distrito 12, ganó los juegos.
—¡Será mejor que Haymitch se esté preparando para recibir toda la atención! —chilla Octavia.
Haymitch nunca me ha mencionado su experiencia personal en la arena, y yo nunca se lo preguntaría. Si alguna vez han repetido sus juegos en la televisión, debía de ser demasiado joven para recordarlos. Sin embargo, el Capitolio no le permitirá olvidarlo este año. En cierto modo, es bueno que Peeta y yo estemos disponibles como mentores durante el vasallaje, ya que seguro que Haymitch estará como una cuba.
Después de agotar el tema del Vasallaje de los Veinticinco, mi equipo de preparación se lanza de lleno a parlotear sobre sus vidas, que son tan tontas que me resultan incomprensibles: lo que había dicho alguien acerca de otra persona de la que nunca he oído hablar y qué clase de zapatos acababan de comprar, además de una larga historia de Octavia sobre lo mala que fue su idea de que todos vistieran con plumas para su fiesta de cumpleaños.
Al cabo de un rato me pican las cejas, tengo el pelo suave y sedoso, y las uñas listas para pintar. Por lo visto han recibido instrucciones de preparar sólo las manos y la cara, seguramente porque llevaré cubierto todo lo demás, con el frío que hace. Flavius se muere por ponerme su pintalabios morado, de creación propia, pero se resigna a un color rosa cuando empiezan a maquillarme la cara y las uñas. Veo, por la paleta que Cinna me ha asignado, que vamos a por el enfoque infantil, no sexy. Bien, nunca convenceré a nadie de nada si intento ser provocativa. Haymitch me lo dejó muy claro cuando me preparaba para mi entrevista en los juegos.
En ese momento entra mi madre, en actitud algo tímida, y dice que Cinna le ha pedido que le enseñe al equipo de preparación cómo me peinó el día de la cosecha. Todos responden con entusiasmo y la observan, completamente absortos, mientras ella explica paso a paso el elaborado proceso de las trenzas. En el espejo veo sus caras concentradas cuando les toca intentar uno de los pasos. De hecho, los tres son tan respetuosos y agradables con mi madre que me siento mal por estar siempre considerándome superior a ellos. ¿Quién sabe cómo sería yo o de qué hablaría de haberme criado en el Capitolio? Quizá mi mayor preocupación también sería lo mal que había salido la idea de las plumas en mi fiesta de cumpleaños.
Una vez listo el pelo, me encuentro con Cinna abajo, en el salón, y sólo con verlo me siento mucho más esperanzada."
Ya me había sorprendido del hecho de que en mi lista de personas de más confianza estuviera mi estilista, me preguntaba cuál era la diferencia.
Estaba tan concentrada pensando en ello que no me di cuenta de que Peeta paró de leer.
- ¿Qué pasó?
- Has estado mirando a la nada por un tiempo, solo pensé que querrías pensar y no perderte lo que sigue.
Con un asentimiento le di a entender que podía proseguir.
"Parece el mismo de siempre, con su ropa sencilla, el pelo corto moreno y una ligera sombra de lápiz de ojos dorado. Nos abrazamos y apenas puedo evitar contarle todo el episodio con el presidente Snow. Pero no, he decidido hablar primero con Haymitch. Él sabrá mejor que yo a quién cargar con la información. Sin embargo, es muy fácil charlar con Cinna. Últimamente hemos hablado mucho por el teléfono que venía con la casa. Es como un chiste, porque casi nadie tiene uno: está Peeta, al que obviamente no llamo; Haymitch arrancó el suyo de la pared hace años; mi amiga Madge, la hija del alcalde, tiene un teléfono en su casa, pero, si queremos hablar, lo hacemos en persona. Al principio el cacharro apenas se usaba, hasta que Cinna empezó a llamar para trabajar en mi talento.
Se supone que todos los vencedores deben tener uno. Tu talento es la actividad a la que te dedicas, puesto que ya no hace falta que trabajemos ni en el colegio, ni en la industria de nuestro distrito. En realidad puede ser cualquier cosa, cualquier cosa que sirva para que te pregunten por ella en una entrevista. Resulta que Peeta sí que tiene un talento: la pintura. Lleva años glaseando pasteles y galletas en la panadería de su familia, pero, ahora que es rico, puede permitirse manchar lienzos con pintura de verdad. Yo no tengo ningún talento, a no ser que cuente la caza ilegal, que creo que no. O quizá cantar, aunque eso no lo haría para el Capitolio ni en un millón de años. Mi madre intentó que mostrará interés por varias alternativas viables de una lista que le envió Effie: cocina, arreglos florales, flauta.
Finalmente intervino Cinna y se ofreció a ayudarme a desarrollar mi pasión por el diseño de ropa, lo que costó lo suyo, ya que dicha pasión no existe. Sin embargo, dije que sí, porque así podía hablar con Cinna; él prometió encargarse de todo el trabajo".
Y ahí estaba una de las razones, el simple hecho de que me quitaran una carga de encima que ni siquiera estaba cargando en este momento me contestó la pregunta. Cinna parecía ser una persona fabulosa y si mentía y tenía más trabajo por ayudarme era fantástico, aunque en parte me sentía mal, de alguna manera debía retribuir toda su cooperación.
"Ahora mismo está colocando varias cosas por el salón: ropa, telas y cuadernos con diseños que ha dibujado él. Levanto uno de los cuadernos de bocetos y examino un vestido que, supuestamente, he creado yo.
—¿Sabes qué? Me parece que soy una artista prometedora —digo.
—Vístete, so inútil —me responde, tirándome un montón de ropa.
Puede que no me interese el diseño, pero sí que me gusta la ropa que Cinna me hace. Como la que tengo ahora: unos pantalones negros anchos hechos de una tela gruesa y cálida; una cómoda camisa blanca; un jersey tejido con hilos de lana verde, azul y gris, suave como la piel de un gatito; botas de cuero con cordones que no me aprietan los dedos.
—¿Lo he diseñado yo? —pregunto.
—No, tú aspiras a diseñar tu propia ropa y ser como yo, tu héroe de la moda —responde Cinna. Me pasa un montoncito de tarjetas—. Las leerás fuera de cámara mientras ellos filman la ropa. Intenta hacer como si te importase.
Justo entonces aparece Effie Trinket, ataviada con una peluca de color naranja calabaza, para recordarle a todo el mundo:
—¡Vamos según lo previsto!
Me da un beso en cada mejilla mientras hace gestos al equipo de televisión para que entre, y después me ordena ponerme en posición. Effie es la única razón por la que llegábamos a tiempo a todas partes en el Capitolio, así que intento seguirle la corriente. Empiezo a moverme como una marioneta, sosteniendo trajes y diciendo cosas sin sentido, como: «¿A que es encantador?». El equipo de sonido me graba leyendo las tarjetas con voz alegre, de modo que puedan insertar los comentarios, y me echan de la habitación para poder filmar mis diseños (los diseños de Cinna) sin que los moleste".
- ¿De qué te ríes? –bufo.
- Solo me imagino a ti diciendo eso ¿no eres simplemente encantadora? –trata de imitar mi voz, lo que resulta terrible, dado que nunca me ha escuchado con mi tono encañador.
Esta vez sí que me sale bien el ceño fruncido pero Peeta no parece inmutarse.
- Espero poder ver eso en la televisión.
Esperé a que dejara de reírse y volviera a leer. No entendía su sentido del humor.
"Prim salió pronto del colegio para estar presente en el acontecimiento. Ahora está en la cocina, donde otro equipo de televisión la entrevista. Está preciosa con un vestido celeste que resalta sus ojos y el cabello rubio sujeto con un lazo a juego. Se apoya ligeramente en la punta de sus relucientes botas blancas, como si estuviera a punto de echar a volar, como...
¡Pam! Es como si alguien me golpease en el pecho. No lo ha hecho nadie, claro, pero el dolor es tan real que tengo que dar un paso atrás. Cierro los ojos con fuerza y no veo a Prim, sino a Rue, la chica de doce años del Distrito 11 con la que me alié en la arena. Podía volar como un pájaro de árbol en árbol y agarrarse a las ramas más delgadas. Rue, la chica a la que no pude salvar, a la que dejé morir. La veo en el suelo, con la lanza todavía sobresaliéndole del estómago...
¿A quién más no podré salvar de la venganza del Capitolio? ¿Quién más morirá si no complazco al presidente Snow?"
La sonrisa de Peeta se iba borrando a medida que leía, hasta que su mirada se tornó oscura y tormentosa, podía ver como trabajaban sus ideas, a mí no me iba mejor, no conocía a Rue pero me dolía no poder salvarla.
- Hasta el momento no había pensado en el peso de sus muertes.
Solo habían pasado unos días desde que nos enteramos que éramos ganadores de los juegos del hambre y aunque fue fácil darse cuenta de que no era la mejor vida aún no asimilaba el hecho de que probablemente tuvimos que matar personas para salir con vida, cargábamos con la muerte de jóvenes.
Por primera vez entendí a Peeta, nunca ganaríamos, solo ocultaríamos el constante dolor de la "victoria".
"Me doy cuenta de que Cinna está intentando ponerme un abrigo, así que levanto los brazos. Noto una piel que me rodea, por dentro y por fuera, aunque no reconozco de qué animal.
—Armiño —me dice, mientras yo acaricio la manga blanca. Guantes de cuero. Una bufanda rojo vivo. Algo peludo me cubre las orejas—. Vas a poner de nuevo de moda las orejeras.
«Odio las orejeras», pienso. Te dificultan la audición y, desde que me quedé sorda de un oído en la arena, las odio todavía más. Cuando gané, el Capitolio me curó el oído, pero sigo sin confiar del todo en él."
Por un segundo me sentí completamente desprotegida, mi audición, un sentido muy preciado para una cazadora y lo había perdido. Odiaba no tener el control de las cosas.
- A lo mejor podemos evitar eso.
- Ni siquiera sabemos cuando pasó –gruñí- sería mejor leer sobre nuestro tiempo en la arena y así sobrevivir de manera más sencilla.
Peeta no respondió nada, puede que no estuviera de acuerdo conmigo pero no escucharía ninguna de sus explicaciones.
"Mi madre llega corriendo con algo en la mano.
—Para que te dé buena suerte —dice.
Es el broche que Madge me dio antes de irme a los juegos: un sinsajo volando en un círculo de oro. Rue no lo aceptó cuando intenté regalárselo, decía que había decidido confiar en mí por ese broche. Cinna me lo pone en el nudo de la bufanda.
Effie Trinket está cerca, dando palmadas.
—¡Atención todo el mundo! Estamos a punto de hacer la primera toma de exteriores, en la que los vencedores se saludan al principio de su maravilloso viaje. Bien, Katniss, gran sonrisa, estás muy emocionada, ¿verdad? —Me da un empujón para que salga por la puerta, literalmente.
Al principio no veo bien por culpa de la nieve, que está cayendo con fuerza. Después distingo a Peeta saliendo por su puerta principal. Oigo en la cabeza la orden del presidente: «Convénceme a mí». Y sé que debo hacerlo.
Esbozo una enorme sonrisa y empiezo a andar hacia Peeta. Después, como si no pudiera aguantar un segundo más, comienzo a correr; él me agarra al vuelo y me empieza a dar vueltas, hasta que resbala (todavía no controla del todo su pierna artificial)"
Miro a Peeta buscando cualquier reacción, él deja de leer pero parece como si quisiera asimilar la situación antes de explotar en una bomba confusa de sentimientos. No dice nada y temo que esté demasiado pasmado para hacer cualquier cosa.
Con un ligero temblor trata de hablar pero se encuentra casi incapacitado y siento como una gran bola se asienta en mi estómago. De repente sentí la necesidad de decir algo, de arreglar su deprimente situación pero no podía hacer nada y lo odiaba, detestaba el ser poco asertiva.
Lo único que se me ocurrió decir fue:
- ¿Quieres que siga leyendo yo?
Por lo menos pude sacar una expresión de su rostro, una pequeña sonrisa débil surgió.
- Ahora yo seré el terco que dirá no.
- No sé a qué te refieres –resoplé.
Valió la pena. Sus ojos volvieron a brillar.
"y los dos caemos en la nieve, conmigo encima, y nos damos nuestro primer beso desde hace meses. A pesar de estar lleno de pieles, nieve y pintalabios, bajo todo eso noto la fortaleza de Peeta y sé que no estoy sola. Por mucho daño que le haya hecho, no me dejará en evidencia delante de las cámaras, no me condenará con un beso a medias. No sé por qué, pero esa idea me da ganas de llorar, aunque me contengo y lo ayudo a levantarse, metiendo mi guante por debajo de su brazo y tirando de él".
Sentía mi piel calentándose y bajé mi mirada a mis manos, era bastante vergonzoso, es decir, sabía que había besado a Peeta, pero no tenía idea de los sentimientos que conllevaba ello, era demasiado personal para que el chico cuyos afectos no correspondo pero de todas maneras debo fingir que lo amo, se entere de todo lo que pienso sobre eso. No acabaría bien de todas formas.
"El resto del día es una imagen borrosa del camino a la estación, las despedidas, el tren que sale y el viejo equipo (Peeta y yo, Effie y Haymitch, Cinna y Portia, la estilista de Peeta) tomando una cena tan deliciosa que resulta indescriptible, y de la que yo después no me acuerdo. Más tarde me pongo el pijama y una voluminosa bata, me siento en mi lujoso compartimento y espero a que los demás se duerman. Sé que Haymitch estará levantado durante varias horas, porque no le gusta dormir de noche.
Cuando el tren se queda en silencio, me pongo las zapatillas y voy hasta su puerta. Llamo varias veces hasta que me abre, con el ceño fruncido, como si estuviera seguro de que se trata de malas noticias.
—¿Qué quieres? —me pregunta; los efluvios del vino están a punto de tirarme al suelo.
—Tengo que hablar contigo —susurro.
—¿Ahora? —pregunta, y yo asiento—. Más te vale que sea importante. —Se queda esperando, pero yo estoy segura de que todo lo que decimos en el tren del Capitolio está siendo grabado—. ¿Y? —me ladra.
El tren empieza a frenar y, durante un instante, pienso que el presidente Snow me observa y no aprueba que confíe mi secreto a Haymitch, por lo que ha decidido matarme de una vez por todas. En realidad, sólo paramos para repostar.
—Hace mucho calor en el tren —digo.
Aunque es una frase inocente, veo que comprende y entrecierra los ojos.
—Sé lo que necesitas.
Me empuja a un lado y recorre el vestíbulo hacia una puerta. Cuando consigue abrirla, una ráfaga de nieve nos golpea; Haymitch tropieza y cae al suelo.
Un ayudante del Capitolio corre a ayudarlo, pero él lo aparta con un gesto amable y se aleja tambaleándose.
—Sólo quiero un poco de aire fresco, será un minuto.
—Lo siento, está borracho —digo, para disculparlo—. Yo iré a por él.
Bajo de un salto y avanzo como puedo detrás de él, por el andén, empapándome de nieve las zapatillas; me dirige a la parte de atrás del tren para que no nos oiga nadie y después se vuelve hacia mí.
—Dime.
Se lo cuento todo: la visita del presidente, Gale, que todos moriremos si fallo.
Una nube cae sobre su cara, que envejece a la luz roja de los faros traseros.
—Entonces no puedes fallar.
—Si pudieras ayudarme en este viaje... —empiezo.
—No, Katniss, no es sólo el viaje.
—¿Qué quieres decir?
—Aunque lo logres, volverán dentro de unos cuantos meses para llevarnos a todos a los juegos. Ahora Peeta y tú sois mentores, lo seréis todos los años a partir de este momento. Y todos los años volverán a revivir el romance y a televisar todos los detalles de vuestra vida privada, así que nunca jamás podrás hacer otra cosa que no sea vivir feliz para siempre con ese chico".
Peeta me da una mirada de disculpa.
- Si no hubiera declarado frente a todo Panem que te amaba no tendrías que fingir para siempre.
Yo estaba demasiada sorprendida para dar una respuesta, deseaba que fuera borrado aquel suceso y eso no es lo que Peeta estaba diciendo, sin embargo, si él no declaraba su amor por mí ninguno de los dos saldría con vida.
- No creo que podamos cambiar aquello, no si eso significa que los dos moriremos.
- Tampoco es como si viviéramos de la mejor manera, ya nos han bastado tres capítulos para saber que ganar los juegos no es mejor que morir en ellos.
- No puedo dejar a Prim –digo rápidamente y añado antes de que Peeta pueda interrumpirme y pierda el valor para decir las siguientes palabras- y no podría cargar con el hecho de que pudimos salir juntos de esa maldita arena y no lo hicimos por una ridícula simulación. Ahora sigue leyendo.
No lo miro, no permitiré que trate de convencerme de lo contrario.
"Por fin noto el impacto real de lo que me dice: nunca viviré con Gale, aunque quiera. Nunca podré vivir sola. Tendré que estar enamorada para siempre de Peeta. El Capitolio insistirá en ello. Quizá me queden unos cuantos años de libertad para estar con mi madre y Prim, porque sólo tengo dieciséis, pero después... después...
—¿Entiendes lo que te digo? —insiste Haymitch.
Asiento. Lo que me dice es que sólo hay un futuro para mí si deseo mantener con vida a mis seres queridos y seguir viva yo misma: tendré que casarme con Peeta".
- Ya está –dijo cerrando el libro
Eso último no ayudó a calmar las ideas de Peeta. También me entraban ganas de no sacar el tema de los amantes a la luz, nunca quise casarme, no quería tener hijos y ahora el Capitolio esperaba que los tuviera.
Sentí que lo poco que había avanzado en mi relación con Peeta se iba, yo me cerraba, necesitaba correr, necesitaba irme de aquí.
- Katniss espera –eso fue lo último que oí antes de escapar de la pequeña casa.
