Capítulo 4
No llegué muy lejos corriendo, estaba tan distraída que choqué contra Gale.
- Catnip –su voz era vacilante, como si no supiera que reacción tendría.
Cuando lo vi a la cara recordé el beso que no le había dado pero sabía que me daría, traté de que no se notara mi sonrojo o por lo menos que creyera que se debía por correr por las calles.
Era todo tan confuso, primero estaba atada al hecho de que debía casarme con Peeta y luego estaban los complicados sentimientos que nacieron de la lectura, no veía a Gale como un potencial novio, él era mi amigo, un hermano y llegar a pensar románticamente en él me estresaba y enojaba.
Creía que tendría más tiempo para aclarar mis sentimientos pero me lo topo de frente, tenía que decir algo, sin embargo, la escena del beso se repetía una y otra vez.
Gale notó mi ceño fruncido, probablemente creyó que aún estaba enojada con él, mejor me dije a mí misma, así tendré más tiempo de pensar.
Antes de poder decir alguna excusa para irme la voz de Peeta resonó tras de mí.
- Katniss, espera.
Ahora el del ceño fruncido era Gale. Sabía que odiaba a los comerciantes, sin excepción.
Peeta pareció notar lo angustiada que estaba por la situación, caminó tranquilamente hasta mi lado y murmuró una mentira sin siquiera trabarse.
- Mi padre cree que no fue un trato justo –los matices en su voz eran perfectos, esperaba que Gale no notara nada raro.
- ¿Eres el hijo del panadero?
- Peeta –digo, lo que no ayuda mucho.
Salí disparada en la dirección que me llevaría a la panadería.
- Luego hablamos Gale –le grité.
Peeta venía tras de mí y no aminoré el paso, no le daría la satisfacción de alcanzarme tan fácilmente a pesar de que me hubiera ayudado. Sus pasos resonaban tras de mí en un trote inconstante, no me gritó para que lo esperara lo que encontré magnifico porque no estaba de humor para iniciar otra escena en medio de la calle.
Después de andar largo rato y desviar mi camino nuevamente llegamos a la Veta, el hecho de que un comerciante hiciera de guardaespaldas me incomodaba, muy pocas veces los comerciantes entraban a esta parte de Distrito. No me detuve hasta llegar a la Pradera, era el lugar más privado de todo el 12 (no podía llevarlo al bosque) y allí solté todo el discurso que vine haciendo en el camino.
- Mira yo no me quiero casar, no quiero tener hijos, no para mandarlos a esa arena y tampoco quiero obligarte a nada…
- Mi propuesta anterior fue verdadera –me interrumpió, lo cual fue indignante porque por fin sentía que las palabras me acompañaban- mira Katniss, no me importa morir en esa arena, haré todo lo posible para que puedas volver con tu familia.
Era un gesto tan desinteresado pero causó el efecto contrario en mí, me hirvió la sangre ¿por qué tenía que ser tan amble conmigo?
- No necesito tu lástima y crees tan poco de mí que me permitiré verte morir conociendo el hecho de que podrías haber vivido. Odio el futuro que nos depara pero no te voy a dejar morir a sangre fría.
Eso último salió en un casi grito, había mantenido mi voz neutral para no llamar la atención de ningún intruso.
- No te tengo lástima y no creerías que sería mejor estar muertos.
No es que no hubiera pensado en aquello, sería más sencillo pero por un momento miré las cosas buenas que estaban pasando, arreglé mi relación con mi madre, el distrito 12 tuvo dos ganadores lo que significaba que todas las familias tendrían un descanso por el día de paquete, al parecer estábamos cerca del borracho Haymitch y lo que me causaba más terror y anhelo, se había iniciado un levantamiento, por mí culpa, pero aun así, si no ocurría si seguíamos viviendo de las misma manera… tenía tanto miedo sobre esa idea.
- Siento que te esté obligando a casarte conmigo –dije finalmente- no es justo para ti.
- Tampoco lo es para ti –el tono de Peeta era más calmo.
- Lo sé, no es justo para nadie, sin embargo ninguno de los dos tiene que morir, buscaremos una manera de que todo funcione.
Era sorprendente que pudiera convencer a una persona con las palabras Peeta parecía querer creer lo que le estaba diciendo y por primera vez me sentí calmada con la idea del futuro, aunque fuera momentáneo.
Me empecé a sentir incómoda, ya no estábamos al calor de las emociones y sin embargo había algo que estaba bien, una cálida sensación que se expandía por mi cuerpo, antes de descubrir que era llamé a Peeta para despedirme.
- Nos vemos mañana –susurré.
- Nos vemos mañana –me confirmó.
Al día siguiente, al salir de la escuela, me topé con Gale.
- Debemos arreglar lo que sea que está pasando entre nosotros.
Era cierto pero la verdad es que era más sencillo mentirle evitándolo.
- ¿Qué está pasando? –pregunté.
- Aún sigues enfadada, creía que era una simple discusión que tuvimos y luego aparece ese chico Mellark.
Me tensé, desde el incidente de ayer no había parado de pensar en todo lo que le dije, era verdad que no quería que muriera, era verdad que estaba dispuesta a hallar una manera de arreglar todo y también era cierto que no estaba segura de que era lo que sentía por él.
- Solo me vino a buscar por un acuerdo con su padre –traté de esquivar el tema.
- Sí, pero también conoces su nombre.
- Eso que tiene que ver, somos compañeros.
Gale no parecía querer creer sobre mis respuestas, entonces recordé lo que Peeta me había dicho el día anterior "no eres buena mentirosa". Traté de ganar confianza, cómo hacía él para mentir, me lo imaginé frente a mí, su voz nuestra y alegre sin duda de lo que diría.
- Ya no estoy molesta contigo pero tengo muchas cosas que hacer.
- ¿Cuál es ese proyecto súper secreto en el que has estado trabajando y ni siquiera me has contado?
- Como dijiste tú, es secreto.
Me di unas cuantas vueltas por si Gale me estaba siguiendo y cuando creí que lo perdí, fui corriendo a la casucha.
Ahora era Peeta el que me estaba esperando fuera, lo tomé de su ropa y lo llevé corriendo adentro.
- Eso para qué fue.
- Por si nos seguían. Yo leeré
Me senté en el duro suelo lo más alejada de Peeta que podía estar in tener que gritar para que me escuchara.
"Capítulo 4
Caminamos trabajosamente de vuelta al tren, en silencio. Cuando llegamos a mi puerta, Haymitch me da una palmadita en el hombro y dice:
—Podría ser mucho peor, ya lo sabes.
Después se va a su compartimento, llevándose consigo el olor a vino.
En mi cuarto me quito las zapatillas, la bata y el pijama, porque todo está mojado. Hay más en los cajones, pero me meto debajo de las mantas de la cama en ropa interior y me quedo mirando la oscuridad, pensando en mi conversación con Haymitch. Todo lo que ha dicho es cierto: las expectativas del Capitolio, mi futuro con Peeta e incluso su último comentario. Por supuesto que acabar con Peeta no es lo peor que podría pasarme, ni mucho menos, aunque ésa no es la cuestión, ¿no? Una de las pocas libertades que tenemos en el Distrito 12 es el derecho a casarnos con quien queramos o a no casarnos, y hasta eso me lo han quitado. Me pregunto si el presidente Snow insistirá en que tengamos hijos. Si los tenemos, tendrán que enfrentarse a la cosecha todos los años, y ¿no sería emocionante ver cómo seleccionan al hijo no de un vencedor, sino de dos? Los hijos de los vencedores han salido elegidos varias veces. Atrae mucho a la gente, que comenta que la suerte no está de parte de la familia. Sin embargo, sucede con demasiada frecuencia para que se trate de mala suerte. Gale está convencido de que el Capitolio lo hace a propósito, que amaña el sorteo para que sea todo más dramático. Teniendo en cuenta todos los problemas que he causado, seguro que cualquier hijo mío tendrá garantizado un sitio en los juegos.
Pienso en Haymitch, soltero, sin familia, escondiéndose del mundo en la bebida. Podría haber tenido a cualquier mujer del distrito y, sin embargo, eligió la soledad. No, la soledad no, eso suena demasiado idílico. Más bien eligió la reclusión solitaria. ¿Era porque, después de pasar por la arena, sabía que la alternativa sería peor? Yo disfruté de un anticipo de esa alternativa cuando dijeron el nombre de Prim el día de la cosecha y la observé acercarse al escenario, camino de su muerte. Pero, al ser mi hermana, podía ocupar su lugar, una opción que no le estaba permitida a mi madre.
Le doy vueltas como loca a la cabeza en busca de una solución. No puedo dejar que el presidente Snow me condene a esto, aunque signifique quitarme la vida. En cualquier caso, antes de llegar a eso, intentaría huir. ¿Qué harían si desapareciese sin más? ¿Si desapareciese en el bosque y no volviera? ¿Podría llevarme a todos mis seres queridos y empezar una nueva vida en la naturaleza? Bastante improbable, aunque no imposible".
- Podríamos hacerlo –dice Peeta- si eso significa que no tendrás que casarte conmigo. Nos escapamos antes de los juegos.
- Acaso no has escuchado lo que leí. Tampoco has ido por el bosque, no tienes idea de lo que es vivir ahí y he escuchado tus pisadas, nos atraparían de inmediato.
Eso último lo dije para aplastar cualquier esperanza que tuviera. No parecía herido,así continué leyendo.
"Sacudo la cabeza para despejarme. No es el mejor momento para idear huidas demenciales, tengo que concentrarme en la Gira de la Victoria. El destino de muchas personas depende de que ofrezca un buen espectáculo.
El alba llega antes que el sueño, y Effie empieza a llamar a la puerta. Me pongo la primera ropa que veo en el cajón y me arrastro hasta el vagón comedor. No entiendo qué más da a qué hora me levante, ya que viajaremos todo el día, pero resulta que los arreglos de ayer sólo eran para llevarme hasta la estación. Hoy me toca la sesión completa.
—¿Por qué? Hace demasiado frío para lucirme —gruño.
—En el Distrito 11 no —responde Effie.
El Distrito 11, nuestra primera parada. Preferiría empezar por otro, ya que éste era el hogar de Rue. Sin embargo, así es como funciona la Gira de la Victoria. Normalmente comienza en el 12 y avanza en orden descendente hasta el 1, seguido del Capitolio. El distrito vencedor se salta y se deja para el final. Como el 12 suele tener la celebración menos fastuosa (normalmente se trata de una cena para los tributos y una concentración en la plaza, donde nadie parece pasárselo bien), supongo que prefieren quitarnos de en medio lo antes posible. Este año, por primera vez desde que ganara Haymitch, la última parada de la gira será el 12, y el Capitolio se volcará en las festividades.
Intento disfrutar de la comida, como me dijo Hazelle. Está claro que el personal de cocina quiere agradarme, porque me han preparado mi estofado favorito de cordero con ciruelas, entre otros manjares. Zumo de naranja y una cafetera llena de chocolate caliente me esperan en la mesa. Así que como mucho y la comida es perfecta, pero no la disfruto. También me molesta que nadie, salvo Effie, haya llegado todavía.
—¿Dónde está todo el mundo? —pregunto.
—Bueno, vete a saber dónde está Haymitch —responde Effie. La verdad es que a él no lo esperaba, porque seguramente estará acostándose en estos momentos—. Cinna trabajó hasta tarde para organizar tu vagón de ropa. Debe de tener más de cien trajes para ti. Tu ropa de noche es exquisita. Y es probable que el equipo de Peeta siga dormido.
—¿Él no necesita prepararse?
—No como tú.
¿Qué quiere decir? Pues que al final me paso la mañana dejando que me arranquen el pelo del cuerpo, mientras Peeta duerme como un tronco".
- Creo que alguien está celosa.
- Por supuesto, tú puedes dormir más y yo tengo que sufrir a manos de unos estilistas que no se callan.
Salió con un gruñido pero la verdad es que si me alivio el ánimo.
"No había pensado mucho sobre el tema, pero en la arena al menos algunos de los chicos se quedaron con su vello corporal; las chicas no. Ahora recuerdo el momento en que bañé a Peeta junto al arroyo. Estaba muy rubio bajo la luz del sol, una vez eliminados la sangre y el barro; sólo la cara permanecía completamente suave. A ninguno de los chicos le creció la barba, y muchos tenían la edad suficiente. Me pregunto qué les hicieron.
Estoy destrozada, y mi equipo de preparación se encuentra en peores condiciones, bebiendo café tras café y compartiendo pildoritas de colorines. Por lo que veo, nunca se levantan antes de mediodía, a no ser que se trate de una emergencia nacional, como el vello de mis piernas. Lo cierto es que me alegré mucho cuando volvió a crecerme, como si fuese una señal de que las cosas regresaban a la normalidad. Me acaricio la suave pelusilla rizada por última vez y me entrego al equipo. No empiezan con su charla habitual, así que oigo cómo arrancan cada uno de los pelos de sus folículos. Tengo que meterme en una bañera llena de una solución espesa y apestosa, mientras me cubren la cara de cremas. Después me meten en otros dos baños, con mejunjes menos desagradables. Me depilan, restriegan, masajean y untan hasta dejarme en carne viva.
Flavius me levanta la barbilla y suspira.
—Es una lástima que Cinna no permita ninguna alteración.
—Sí, podríamos hacerte algo muy especial —añade Octavia.
—Cuando sea mayor —dice Venia, casi en tono lúgubre—. Entonces tendrá que dejarnos.
¿Dejarlos hacer qué? ¿Hincharme los labios para que sean como los del presidente Snow? ¿Tatuarme los pechos? ¿Teñirme la piel de magenta e implantarme gemas en ella? ¿Grabarme diseños decorativos en la cara? ¿Ponerme garras arqueadas? ¿O bigotes de gato? Vi todas esas cosas y más entre los ciudadanos del Capitolio. ¿De verdad no se dan cuenta de lo monstruosos que nos parecen a los demás?".
- Ni siquiera podrán acercarme a mí –odiaba la idea de tener un oído construido por el Capitolio y esperaba que me hiciera mejoras para seguir su moda, simplemente me confirmaba lo locos que podían ser.
- Claro que no. Además ya eres linda tal y como estás.
Era el primer cumplido que me decía y dado el humor que traía no era el mejor momento para decirlo, incluso así, sentí como me sonrojaba. Sabía que le gustaba, eso estaba más que claro pero él no lo había confirmado en ningún momento por lo que pensé que habría una forma de evitar todo aquello, eso también significaba que yo le gustaba de antes ¿por qué?
Hice caso omiso de su impertinente comentario y luego de quitarme el asombro continué leyendo como si nada.
"La idea de quedar a merced de los caprichos estéticos de mi equipo de preparación no es más que otra desgracia que se suma a las que ya luchan por mi atención: mi cuerpo maltratado, la falta de sueño, mi inevitable matrimonio y el terror de no ser capaz de satisfacer las exigencias del presidente. Cuando llego al comedor, donde Effie, Cinna, Portia, Haymitch y Peeta han empezado sin mí, estoy demasiado agobiada para hablar. Están poniendo la comida por las nubes y no dejan de hablar de lo bien que se duerme en los trenes. Todos parecen entusiasmados con la gira; bueno, todos menos Haymitch, que soporta la resaca mientras le da pellizquitos a una magdalena. Yo tampoco tengo mucha hambre, ya sea porque esta mañana me he atiborrado de platos pesados o porque estoy muy triste. Le doy vueltas a un cuenco de caldo, aunque sólo me tomo un par de cucharadas. Ni siquiera puedo mirar a Peeta, mi futuro marido, a pesar de que sé que no es culpa suya.
La gente se da cuenta e intenta meterme en la conversación, pero me los quito de encima. En cierto momento el tren se detiene y nuestro ayudante nos informa de que no es una parada para repostar: se ha estropeado una pieza del tren y deben reemplazarla. Necesitarán al menos una hora. Eso hace que a Effie le dé un ataque; saca su horario y empieza a calcular cómo afectará el retraso a todos y cada uno de los acontecimientos del resto de nuestras vidas. Al final no puedo soportar seguir escuchándola.
—¡A nadie le importa, Effie! —le suelto. Todos me miran, incluso Haymitch, con el que yo creía poder contar, ya que sé que Effie le destroza los nervios. Me pongo de inmediato a la defensiva—. ¡Es verdad, no le importa a nadie! —exclamo; después me levanto y salgo del vagón.
De repente, el tren me parece sofocante y, sin duda, me noto mareada. Busco la puerta de salida, la abro a la fuerza (disparando alguna alarma, a la que no hago caso) y salto al andén, esperando caer sobre nieve. Sin embargo me encuentro con un aire cálido y suave. Los árboles todavía tienen hojas verdes. ¿Tan al sur hemos llegado en un solo día? Camino junto a las vías, entrecerrando los ojos para protegerme de la brillante luz del sol y arrepintiéndome de haberle hablado así a Effie. La verdad es que ella no tiene la culpa de mis problemas. Debería regresar para disculparme, porque mi exabrupto ha sido el colmo de los malos modales, y los modales son algo que a ella le importa muchísimo. Sin embargo, mis pies siguen caminando hasta llegar al final del tren y dejarlo atrás. Un retraso de una hora. Puedo andar al menos veinte minutos en una dirección y volver con tiempo de sobra. En vez de hacerlo, al cabo de unos doscientos metros me dejo caer al suelo y me siento, con la mirada perdida en el horizonte. De haber tenido arco y flechas, ¿habría seguido avanzando?
Al cabo de un rato oigo pasos detrás de mí. Será Haymitch que viene a regañarme. Aunque me lo merezco, no quiero oírlo.
—No estoy de humor para un sermón —le digo, con la vista fija en las malas hierbas que tengo junto a los zapatos.
—Intentaré ser breve —responde Peeta, antes de sentarse a mi lado.
—Creía que eras Haymitch".
- Al parecer tengo el mismo caminar de un borracho, no me extraña que no quieras llevarme a los bosques, alertaría a cualquiera de que estuve allí.
Iba a ser un comentario sarcástico pero luego recordé una de las razones por su fuerte caminata, su falsa pierna, eso bastó para dejarme con la boca cerrada. Pero Peeta estaba haciendo un gran esfuerzo para mantener el buen humor en el ambiente, lo único que yo había hecho era no explotar por todo el cansancio y malestar que sentía.
"—No, sigue trabajando en esa magdalena —contesta, y observo cómo coloca su pierna artificial—. Mal día, ¿eh?
—No es nada.
—Mira, Katniss —dice, suspirando—, quería hablar contigo sobre mi comportamiento en el tren. Es decir, en el tren anterior, el que nos llevó a casa. Sabía que tenías algo con Gale, ya estaba celoso de él antes de conocerte oficialmente, así que no fue justo pedirte cuentas por algo que pasó en los juegos. Lo siento".
Quedé patidifusa mi lengua decidió no volver a moverse en mi boca y ni un sonido salió de mi garganta.
En primer lugar Peeta creía que yo tenía algo con Gale, ya se lo había dicho, no era mi novio pero, claro, capítulos después leímos que él me había besado y yo no me apartaba.
En segundo lugar y que me impactaba más era que él estaba celosos de Gale y me pedía disculpas por eso.
Quería preguntarle si era cierto, si lo que él decía en esas páginas también me lo diría ahora en esta pequeña habitación, pero no podía pronunciar ni una sola palabra.
Peeta no estaba mejor, evitaba mi mirada y su buen humor decayó de un golpe, sin embargo, sus labios se abrieron con una explicación.
- Eso es verdad –dijo respondiendo a mis preguntas- yo…
Esta vez no me permití guardar silencio.
- ¿todo aquello? ¿de verdad creías que yo estaba enamorada de Gale?
Sus ojos suplicaban para que cambiara de tema ¿por qué lo torturaba de esta manera?
- Todos en el distrito esperaban que te casaras con él.
- Pero te dije que no quería casarme.
- Lo sé pero… no lo sé, pensé que era una probabilidad con él. La forma en que te mira Katniss.
- ¿Cómo me mira?
Una risa se escapó de la garganta de Peeta.
- No te das cuenta del efecto que tienes en las personas.
- No sé a qué te refieres.
- ¿podrías volver a leer Katniss? Esto es una tortura.
"Su disculpa me pilla por sorpresa. Es cierto que Peeta me dio de lado después de que le confesara que mi amor por él en los juegos había sido fingido, pero no se lo tomé a mal. En la arena interpreté el romance todo lo que pude, y hubo veces en las que realmente no sabía qué sentía por él. La verdad es que sigo sin saberlo.
—Yo también lo siento —le digo, aunque no sé por qué exactamente. Quizá porque existe una posibilidad muy real de que acabe destruyéndolo.
—No tienes nada que sentir. No hacías más que intentar mantenernos a los dos con vida. Pero no quiero que sigamos así, sin hacernos caso en la vida real y cayéndonos en la nieve cada vez que aparece una cámara. Así que he pensado que si dejaba de comportarme tan..., ya sabes, tan dolido, podríamos intentar ser sólo amigos.
Es muy probable que todos mis amigos acaben muertos, y negarme al ofrecimiento de Peeta no lo mantendrá a salvo.
—Vale —contesto. Su propuesta me hace sentir mejor, menos falsa, de algún modo. Habría estado bien que me lo hubiese dicho antes, antes de saber que el presidente Snow tenía otros planes y que ser simplemente amigos ya no bastaría. Sin embargo, me alegro de que volvamos a hablarnos.
—Bueno, ¿qué te pasa? —me pregunta. No se lo puedo decir, así que tiro de la mata de malas hierbas—. Vale, empecemos con algo más básico. ¿No te parece raro que sepa que eres capaz de arriesgar la vida por salvarme..., pero no tenga ni idea de cuál es tu color favorito?
—Verde —respondo, esbozando poco a poco una sonrisa—. ¿Y el tuyo?
—Naranja.
—¿Naranja? ¿Como el pelo de Effie?
—Un poco más apagado. Más como... una puesta de sol".
- Es un lindo color.
La idea de ser amiga de Peeta no era tan mala pero sabía que en un futuro estaría más desesperada que ahora. Una parte de mí deseaba hacer las cosas menos incómodas con él y la otra solo quería alejarse, alejarlo lo más posible para que ninguno de los dos saliera lastimado.
- Siempre lo veo desde mi casa, es precioso –parecía perdido en la belleza de un atardecer.
Su concentración era tan pura que me inspiró un nuevo respeto por el chico del pan, él también tenía cosas que lo apasionaban y dejaban anonadado.
"La puesta de sol. Lo veo de inmediato, el borde del sol que desciende, el cielo surcado de rayos en suaves tonos naranja. Precioso. Recuerdo la galleta con el lirio y, ahora que Peeta me habla de nuevo, estoy deseando contarle toda la historia sobre el presidente Snow. Sin embargo, como sé que Haymitch no querría que lo hiciera, me limito a charlar sin más".
- Tal vez Haymitch no lo querría, pero sigo creyendo que sería mejor decírmelo.
- Lo sé –luego agregué- por lo menos ya lo sabes.
- Es mejor que no saber nada.
"— ¿Sabes qué? Todos hablan maravillas sobre tus cuadros. Me da pena no haberlos visto —le digo.
—Bueno, tengo un vagón lleno —me explica, ofreciéndome una mano—. Vamos.
Sienta bien notar de nuevo sus dedos entre los míos, no para fingir, sino con una amistad verdadera. Volvemos de la mano al tren y, en la puerta, lo recuerdo:
—Primero tengo que pedirle disculpas a Effie.
—No te cortes, exagera todo lo que puedas —sugiere Peeta.
Cuando volvemos al vagón comedor, donde los otros siguen comiendo, le ofrezco a Effie una disculpa que a mí me parece excesiva, pero que en su cabeza apenas compensará mi fallo de protocolo. Debo reconocer que la acepta con elegancia. Me dice que está claro que sufro mucha presión, y sus comentarios sobre la necesidad de que alguien esté pendiente del horario sólo duran unos cinco minutos. La verdad es que he salido bien parada.
Cuando termina, Peeta me conduce unos cuantos vagones más allá para enseñarme sus cuadros. No sé qué me esperaba, quizá versiones más grandes de las galletas de flores, pero lo que me encuentro es algo completamente distinto: Peeta ha pintado los juegos".
- ¿por qué querrías plasmar algo tan horrible?
Peeta se detuvo a pensarlo
- No lo sé… ¿para que no sea tan aterrador?
"Algunos no se ven a la primera si no has estado en la arena: agua cayendo a través de las grietas de nuestra cueva; el lecho seco del estanque; un par de manos, las suyas, excavando en busca de raíces. También hay otras imágenes que cualquiera reconocería: el cuerno dorado al que llaman la Cornucopia; Clove ordenando los cuchillos dentro de su chaqueta; uno de los mu—tos, sin duda el rubio de ojos verdes que tendría que ser Glimmer, rugiendo mientras se acerca a nosotros. Y yo. Estoy por todas partes: en lo alto de un árbol; golpeando una camiseta contra las piedras del arroyo; tumbada inconsciente en un charco de sangre; y una que no logro ubicar (quizá me veía así cuando tuvo la fiebre muy alta), surgiendo de una niebla gris plateada del mismo color de mis ojos.
—¿Qué te parece? —me pregunta.
—Los odio —confieso. Casi puedo oler la sangre, la suciedad, el aliento antinatural del muto—. No hago más que intentar olvidar la arena, y tú la has devuelto a la vida. ¿Cómo recuerdas tan bien los detalles?
—Los veo todas las noches.
Sé a qué se refiere: las pesadillas, que ya me perseguían antes de los juegos, ahora me acosan cada vez que cierro los ojos."
Otra cosa que los juegos habían traído a nuestras vidas, odiaba que tuviéramos que pasar por esa situación, odiaba que el Capitolio enviara niños a los juegos, que los hiciera pasar por eso.
- Oye Katniss ¿qué sucede?
Probablemente notara cuan devastada y enfadada me sentía.
- Es simplemente nefasto, el hecho de tener que luchar contra niños y luego cuando crees que ganas algo de tranquilidad a tu vida te das cuenta de que nadie gana esos juegos y nadie se beneficia solo el presidente y…
Me detuve, nunca había expresado mis pensamientos dentro del Distrito, no los compartía con nadie a menos que fuera Gale.
- Al fin y al cabo siempre somos simples piezas en su juego. Me encantaría, encontrar la manera de demostrarles que no soy una de ellas.
Si me hubiera dicho eso hace unas semanas atrás me reiría en su cara, aquello no me ayudaría a sobrevivir pero leyendo todo lo que pasaba en un futuro lo entendí.
- A lo mejor ambos hallamos una forma de demostrar que no somos parte de su juego.
Justo en el momento en que terminé de decir aquello me di cuenta de que en realidad el hecho de que los dos sobreviviéramos a la arena demostraba que los estábamos desafiando. Una sonrisa de satisfacción se asomaba en mi rostro.
"que ya me perseguían antes de los juegos, ahora me acosan cada vez que cierro los ojos. Sin embargo, la más antigua, la de mi padre volando en pedazos en las minas, es menos frecuente. La han sustituido las distintas versiones de lo que pasó en la arena: mi intento fallido de salvar a Rue, Peeta muriendo desangrado, el cuerpo hinchado de Glimmer desintegrándose entre mis manos, el horrible final de Cato con las mutaciones. Ésas son las visitas más frecuentes.
—Yo también. ¿Te ayuda pintarlo?
—No lo sé, creo que me quita un poco el miedo de dormir por la noche, o eso me digo, aunque no se van.
—Quizá no lo hagan. Las de Haymitch no se han ido. —A pesar de que Haymitch no lo diga, estoy segura de que por eso no le gusta dormir a oscuras.
—No, aunque yo prefiero despertarme con un pincel en la mano en vez de con un cuchillo —dice Peeta—. ¿Así que los odias?
—Sí, pero son extraordinarios, de verdad —respondo, y lo son, sólo que prefiero no seguir mirándolos—. ¿Quieres ver mi talento? Cinna ha hecho un gran trabajo con él".
- Quisiera ver alguna de tus pinturas –comenté antes de que me diera cuenta de lo que decía- no esas, sin embargo me gustaría ver de lo que eres capaz.
- Tengo dibujos en carboncillo, no llegan a ser una obra maestra pero algo es algo.
Peeta lucía nervioso, comosi caminara frente a un depredador, no quería dar ni un paso en falso.
- Tendrás que mostrármelos –dije antes de que toda mi confianza desapareciera.
Sus hombros cayeron y su postura se relajó.
- Está bien.
"—Después —contesta Peeta, entre risas. El tren da una sacudida y veo que los campos avanzan por la ventanilla—. Venga, ya casi estamos en el Distrito 11. Vamos a echar un vistazo.
Nos metemos en el último vagón del tren, donde hay sillas y sofás, y las ventanas traseras se introducen en el techo para dejarte viajar al aire libre y observar mejor el paisaje. Enormes campos abiertos con rebaños pastando. No tiene nada que ver con nuestro hogar, lleno de árboles. Frenamos un poco; cuando creo que se trata de otra parada, veo una valla que se eleva delante de nosotros. Tiene al menos diez metros de altura y está rematada con crueles bucles de alambre de espino, lo que hace que nuestra alambrada del Distrito 12 parezca infantil. Examino rápidamente la base, que está cubierta de enormes placas metálicas. De allí no se podría salir a hurtadillas para cazar. Entonces veo las torres de vigilancia colocadas a intervalos regulares y custodiadas por guardias armados, completamente fuera de lugar entre los campos de flores silvestres que las rodean.
—Esto sí que es nuevo —comenta Peeta.
Por lo que me había contado Rue, ya me imaginaba que las reglas del Distrito 11 se aplicaban con más severidad, pero no estaba preparada para aquello.
Empezamos a ver los cultivos, que se extienden hasta el horizonte. Hombres, mujeres y niños con sombreros de paja para protegerse del sol se levantan, miran hacia nosotros y se toman un momento para estirar la espalda mientras el tren pasa junto a ellos. Veo huertos a lo lejos y me pregunto si allí será donde trabajaba Rue recolectando fruta de las ramas más frágiles y altas de los árboles. Pequeñas comunidades de chozas
(comparadas con ellas, las casas de la Veta son un lujo) salpican el paisaje, aunque están todas vacías; deben de necesitar todas las manos disponibles para la recolección.
No se acaba nunca, el tamaño del Distrito 11 me parece increíble.
—¿Cuánta gente crees que vive aquí? —me pregunta Peeta. Sacudo la cabeza. En el colegio dicen que es un distrito grande, nada más; no dan cifras exactas sobre la población. Sin embargo, los chicos que vemos en la tele cada año, esperando al sorteo, tienen que ser una representación de los que de verdad viven aquí. ¿Qué hacen? ¿Tienen sorteos preliminares? ¿Seleccionan antes a los ganadores y se aseguran de que estén entre la multitud? ¿Cómo acabó Rue en aquel escenario, sin nadie más que el viento para presentarse por ella?
Empiezo a cansarme de lo vasto e interminable que es este lugar. Cuando Effie viene para decirnos que nos vistamos, no pongo objeciones. Me voy a mi compartimento y dejo que el equipo de preparación me peine y maquille. Cinna llega con un bonito vestido naranja con hojas de otoño pintadas. Pienso en lo mucho que le gustará el color a Peeta".
Quería recordar aquello, no conocía los distritos pero me di cuenta de que era una gran oportunidad para descubrir cómo vivían los demás. Volví a leer la descripción guardando en mi memoria cada palabra.
"Effie nos reúne a los dos y repasa con nosotros el programa del día una última vez. En algunos distritos, los vencedores recorren la ciudad en desfile y los residentes los vitorean, pero en el 11 (quizá porque tampoco hay una ciudad propiamente dicha y las cosas parecen bastante desperdigadas, o quizá porque necesitan a todo el mundo para la recolección) las apariciones públicas se limitan a la plaza. Se celebra delante de su Edificio de Justicia, una enorme estructura de mármol. Aunque en el pasado debió de ser una belleza, el tiempo le ha pasado factura e, incluso en la televisión, se ven las enredaderas que se adueñan de la fachada rota y el hundimiento del tejado. La plaza en sí está rodeada de tiendas cochambrosas, la mayoría abandonadas. Vivan donde vivan en este distrito, no es aquí.
Toda nuestra aparición pública se representará en el exterior, en lo que Effie llama la veranda, es decir, el espacio embaldosado que hay entre las puertas principales y las escaleras, que está cubierto por un techo sujeto con columnas. Nos presentarán a Peeta y a mí, el alcalde del distrito leerá un discurso en nuestro honor y nosotros responderemos con un agradecimiento escrito por el Capitolio. Si un vencedor ha tenido aliados especiales entre los tributos muertos, se considera de buena educación añadir también algunos comentarios personales. Debería decir algo sobre Rue y Thresh, pero cada vez que intentaba escribirlo en casa acababa con una hoja en blanco mirándome a la cara. Me resulta difícil hablar sobre ellos sin emocionarme. Por suerte, Peeta ha preparado algo y, con unas ligeras modificaciones, podría servir para los dos. Al final de la ceremonia nos entregarán algún tipo de placa y podremos retirarnos al interior del edificio, donde nos servirán una cena especial.
Cuando el tren está metiéndose en la estación del Distrito 11, Cinna le da los últimos toques a mi traje, cambiando mi diadema naranja por una dorada y prendiéndole al vestido el broche de sinsajo que llevé en la arena. En el andén no hay comité de bienvenida, sino una patrulla de ocho agentes de la paz que nos dirigen a la parte de atrás de un camión armado. Effie bufa un poco al cerrarse las puertas.
—Ni que fuésemos todos delincuentes —dice.
«Todos no, Effie, sólo yo», pienso.
El camión nos deja en la parte de atrás del Edificio de Justicia y nos meten dentro a toda prisa. Huelo que están preparando una comida excelente, pero eso no tapa la peste a moho y podredumbre. No nos dan tiempo para echar un vistazo; mientras nos ponemos en fila para ir a la entrada principal, oigo que empieza a sonar el himno en la plaza. Peeta me da la mano derecha. El alcalde nos presenta y las enormes puertas se abren con un gruñido.
—¡Sonreíd! —ordena Effie, dándonos un codazo. Nuestros pies empiezan a llevarnos hacia delante.
«Ya está, aquí es donde tengo que convencer a todo el mundo de lo mucho que amo a Peeta», pienso. La solemne ceremonia está bastante organizada, así que no sé bien cómo hacerlo. No es momento para besos, aunque quizá pueda meter alguno.
Se oyen grandes aplausos, pero no las respuestas que obteníamos en el Capitolio, nada de vítores, aullidos y silbidos. Cruzamos la veranda hasta que se acaba el techo y nos quedamos en lo alto de unos grandes escalones de mármol, bajo el sol ardiente. Cuando se adaptan mis ojos, veo que los edificios de la plaza están cubiertos de banderas que ayudan a cubrir su mal estado. Está lleno de gente, aunque, de nuevo, sólo es una pequeña parte de los que viven aquí.
Como siempre, han construido una plataforma especial en el fondo del escenario para las familias de los tributos muertos. Del lado de Thresh sólo hay una anciana encorvada y una chica alta y musculosa, supongo que su hermana. Del de Rue..., no estoy preparada para la familia de Rue: sus padres, con el dolor todavía vivo en la cara; sus cinco hermanos pequeños, que se parecen tanto a ella, con sus figuras ligeras y luminosos ojos castaños. Son como una bandada de pajaritos oscuros".
Paré de leer, era muy buena ocultando mis sentimientos pero esta vez se me quebró la voz, Rue era una niña y desde el momento en que la comparé con mi pequeña hermanita Prim se volvió en un problema personal.
No quería que nadie parecido a mi hermana muriera, no quería que fuera mi responsabilidad, que no pudiera hacer nada para evitar el sufrimiento de una familia de una niña.
Peeta que todavía estaba bastante alejado de mí, se levantó de su puesto y se sentó a mi lado, tomó el libro entre sus manos y continuó leyendo.
Fue un gesto que agradecí porque no sabía si era capaz de poder mantenerme estable mientras leía sobre el sufrimiento de una aliada, de una niña tan pequeña.
"Por fin acaban los aplausos y el alcalde da el discurso en nuestro honor. Dos niñitas nos ofrecen grandes ramos de flores. Peeta cumple con su parte de la respuesta acordada y yo consigo mover los labios para concluirla. Por suerte, mi madre y Prim me han ayudado a ensayarla tantas veces que lo podría hacer dormida.
Peeta tenía sus comentarios personales escritos en una tarjeta, pero no la saca, sino que habla con su estilo sencillo y adorable sobre cómo Thresh y Rue quedaron entre los ocho finalistas, sobre cómo los dos ayudaron a mantenerme con vida (manteniéndolo así con vida a él) y sobre cómo se trata de una deuda que nunca podremos pagarles. Entonces vacila y añade algo que no estaba en la tarjeta, quizá porque pensaba que Effie lo obligaría a quitarlo.
—Aunque no servirá para compensar vuestras perdidas, como muestra de agradecimiento, me gustaría darle a cada una de las familias de los tributos del Distrito 11 un mes de nuestras ganancias cada año durante el resto de nuestras vidas".
Estoy tan sorprendida que me siento mareada, la cercanía de Peeta no ayudaba a calmarme tampoco. El pan que me regaló no se podía comparar con tal muestra de generosidad, quería decir algo pero nuevamente mis palabras se enredaron en mi lengua.
Peeta escuchó mi intento de pronunciar una palabra y sonrió con ternura.
- ¿Qué? ¿estás bien?
¿Qué si estaba bien? Estaba conmocionada, mi corazón se apretaba y dolía por su gesto. Antes de que se preocupara aún más asentí con la cabeza.
"La multitud no puede evitar responder con gritos ahogados y murmullos. Lo que ha hecho Peeta no tiene precedentes, ni siquiera sé si es legal. Seguramente él tampoco lo sabe y por eso no ha preguntado, por si acaso. En cuanto a las familias, nos miran boquiabiertas. Sus vidas cambiaron para siempre cuando perdieron a Thresh y Rue, pero aquel regalo las volvería a cambiar. Un mes de ganancias de tributos serviría para alimentar a una familia entera durante un año. Mientras nosotros vivamos, ellos no pasarán hambre.
Miro a Peeta y él esboza una triste sonrisa. Oigo la voz de Haymitch: «Podría ser mucho peor». En este momento me resulta imposible imaginar algo mejor. El regalo... es perfecto. Así que cuando me pongo de puntillas para besarlo, no me siento obligada en absoluto".
- ¿estás ahora tentada a besarme? –preguntó Peeta en broma.
- Ja, ja. Si te acercas demasiado a mí una flecha te atravesará.
A pesar de la amenaza inminente no se alejó ni un poco y siguió leyendo con una, muy poco disimulada, sonrisa.
"El alcalde da un paso adelante y nos da a cada uno una placa tan enorme que tengo que dejar el ramo para sostenerla. La ceremonia está a punto de acabar cuando me doy cuenta de que una de las hermanas de Rue me mira. Debe de tener unos nueve años y es una réplica casi exacta de Rue, hasta en la postura, con los brazos ligeramente extendidos. A pesar de las buenas noticias sobre el regalo, no está contenta. De hecho, parece reprocharme algo. ¿Es porque no salvé a su hermana?
«No, es porque no le he dado las gracias.»Me muero de vergüenza. La niña tiene razón: ¿cómo voy a quedarme aquí, pasiva y muda, y dejarle todas las palabras a Peeta? Si Rue hubiese ganado, no habría dejado mi muerte sin cantar. Recuerdo cómo me preocupé en la arena de cubrirla de flores para asegurarme de que su pérdida no pasara desapercibida. Sin embargo, aquel gesto no significa nada si no hago algo más ahora".
- Eso debió de ser hermoso e increíble, darle una despedida a alguien que ni siquiera era de tu distrito.
- Pero era mi aliada.
- Lo sé, pero si lo has notado cada vez que muere alguien de una alianza nadie llora, nadie se inmuta, solo se alegran porque están un paso más adelante para el final. Tú hiciste ver esa muerte, los hiciste responsables de su vida –tomó aire para decir las siguientes palabras- Por eso el presidente te debe odiar tanto.
Era verdad lo que decía, las vidas en la arena no significaban nada pero al despedirme de la pequeña Rue le había dado valor. Al menos no hacía todo mal.
"—¡Esperen! —exclamo, dando un paso inseguro adelante, con la placa apretada contra el pecho. Da igual que el tiempo que me han asignado para hablar ya se haya acabado, debo decir algo. Les debo eso, por lo menos. Ni siquiera habiéndoles prometido hoy todas mis ganancias a estas familias tendría una excusa para callarme—. Esperen, por favor. — No sé cómo empezar, pero, una vez que lo hago, las palabras brotan de mis labios como si llevasen mucho tiempo formándose dentro de mi cabeza—. Quiero dar las gracias a los tributos del Distrito 11 —digo. Primero miro a las mujeres del lado de Thresh—. Sólo hablé con Thresh una vez, lo suficiente para que me perdonara la vida. Aunque no lo conocía, siempre lo respeté. Por su fuerza, por negarse a jugar en unos términos que no fuesen los suyos. Los profesionales querían que se uniese a ellos desde el principio, pero él no quiso. Lo respetaba por eso".
Me perdonó la vida. Me sorprendía por aquello pero al escuchar mis palabras, sabía que era una persona noble, me dolió aún más saber que él tendría que morir.
"Por primera vez, la anciana encorvada (¿será la abuela de Thresh?) levanta la cabeza y esboza la sombra de una sonrisa.
La multitud guarda silencio, tanto que me pregunto cómo lo consiguen. Deben de estar todos conteniendo el aliento.
Me vuelvo hacia la familia de Rue.
—Sin embargo, me parece que sí conocía a Rue, y ella siempre estará conmigo. Todas las cosas bellas me la recuerdan. La veo en las flores amarillas que crecen en la Pradera, junto a mi casa. La veo en los sinsajos que cantan en los árboles. Y, sobretodo, la veo en mi hermana, Prim. —No me fío mucho de mi voz, pero casi he terminado—. Gracias por vuestros hijos —digo, y levanto la barbilla para dirigirme a la multitud—. Y gracias a todos por el pan".
El dolor que sentía se intensificó.
- ¿Por qué sigues diciendo que eres mala con las palabras? Ese ha sido el discurso más conmovedor que he escuchado.
Peeta me miraba con un nuevo respeto, como si se hubiera desbloqueado una nueva parte a la cual admirar, lo que me cohibió.
Nuevamente me quedé sin palabras, por eso lo decía, solo salían en los momentos que menos esperaba.
- Bueno tal vez no puedas hablar ahora, pero eso fue hermoso –Peeta me sonrió dulcemente.
- Solo vuelve a leer.
"Me quedo donde estoy, sintiéndome rota y pequeña, con miles de ojos clavados en mí. Después de una larga pausa, alguien entre la multitud silba la melodía de cuatro notas de Rue, la que repitieron los sinsajos, la que marcaba el final del día de trabajo en los huertos, la que en la arena significaba que estábamos a salvo. Al final de la melodía ya sé quién la canta, un anciano marchito con una camiseta roja descolorida y un mono. Me mira a los ojos.
Lo que pasa después no es un accidente, está demasiado bien coordinado para que resulte espontáneo, porque todos lo hacen a la vez. Todas las personas de la plaza se llevan los tres dedos centrales de la mano izquierda a los labios y después los extienden hacia mí. Es la seña del Distrito 12, el último adiós que le di a Rue en la arena.
Si no hubiese hablado con el presidente, aquel gesto me habría hecho llorar. Sin embargo, con su orden de calmar a los distritos todavía fresca, la escena me aterra. ¿Qué pensará de este saludo tan público a la chica que desafió al Capitolio?
Me doy cuenta de la importancia de lo que acabo de hacer. No ha sido a posta, sólo quería darles las gracias, pero acabo de despertar algo peligroso, un acto de rebeldía de la gente del Distrito 11. ¡Es justo lo que se suponía que debía evitar!
Mientras intento pensar en algo que reste importancia a lo sucedido, que lo niegue, oigo un chispazo de estática en mi micrófono, lo que significa que lo han apagado y que el alcalde ha tomado la palabra. Peeta y yo aceptamos unos últimos aplausos, y él me conduce hacia las puertas, sin darse cuenta de que algo va mal.
Me siento rara y tengo que detenerme un segundo, mientras unos puntitos de brillante luz de sol me bailan en los ojos.
—¿Estás bien? —me pregunta Peeta.
—Mareada, el sol brillaba mucho —respondo, y veo su ramo—. Se me han olvidado mis flores —mascullo.
—Voy a por ellas.
—Puedo hacerlo yo.
Ya estaríamos a salvo dentro del Edificio de Justifica de no haberme detenido, de no haberme dejado las flores fuera. Sin embargo, lo vemos todo desde las profundas sombras de la veranda.
Un par de agentes de la paz arrastran al anciano que silbó hasta la parte superior de los escalones, lo obligan a ponerse de rodillas delante de la multitud y le meten un balazo en la cabeza. "
Mi respiración se cortó, miles de ideas se posaron en mi mente.
- ¿Qué hice?
- No lo hiciste tú.
Peeta estaba tratando de ser lo más convincente pero lo único que podía pensar era en el anciano muriendo por mi discurso.
- ¿Por qué siempre que hago algo termina siendo un acto revolucionario?
No esperaba que Peeta respondiera mi pregunta, era una acusación hacía mí pero él siempre tenía algo para decir y era tan magnético.
- Porque eres una persona dulce Katniss –se detuvo a ver mi reacción y luego agregó- y también eres fuerte. Siempre te guías por tus ideales y eres natural. Es por eso que nunca podría iniciar una revolución, yo sé mentir, jugar con lo que tengo pero tú, tú eres demasiado pura para saber mentir, nadie creería que lo que haces es porque te dijeron que lo hagas.
Quería refutar lo que expuso, engañé al capitolio para que creyeran que amaba a Peeta, pero era el capitolio así que no contaba. Lo que le dije después fue algo que ni siquiera estaba en mi mente en ese momento.
- ¿podemos ser amigos? –instantáneamente me entró el pánico pero me obligué a quedarme donde estaba, no saldría corriendo no hoy. Además ver la cara de Peeta valía oro.
- Sí, es decir, si es lo que quieres, no tienes que…
- Sé lo que dije, podríamos intentar ser amigos como lo intentamos en un futuro, sería más sencillo para los dos –me detuve, estaba sonriendo- ¿qué?
- Siempre haces parecer que las cosas sirven para beneficio pero en realidad eres más sentimental de lo que pareces.
- Oh, para que pregunto.
- Pero de todas formas seré tu amigo.
Se levantó con rapidez y me extendió su mano, la tomé.
- ¿Será demasiado acompañarte hasta tu casa? –preguntó.
- Sería demasiado.
Antes de que cada uno se fuera por su propio camino, nos sonreímos, este día no había iniciado de la mejor manera pero pudo mejorar.
