1. aquí, a mi lado


—¡Buenos días, Asahi-san! —La voz alegre de Nishinoya llenó sus oídos, como todos los días a esa hora, desde que se había graduado.

Iniciaba el verano, una temporada que a Asahi estaba lejos de quedarle bien.

En el pueblo de montaña, los inviernos son congelantes, y los veranos infernales. No hay sitio donde el sol no se refleje y la variación entre humedad y sequía es terrorífica. Además, tiende a sudar mucho.

Pero todo eso está bien, decidió con una sonrisa mientras barría la entrada del pequeño local.

—Buenos días Nishinoya, ¿quieres lo de siempre? —preguntó Asahi, abriendo la puerta a de la panadería en la que trabajaba todas las mañanas.

—¡La verdad quisiera llevarte en mi mochila de regreso a Karasuno, Asahi-san, pero un pan de melón bastará! —La sonrisa de Nishinoya iluminó su día al igual que el sol... como todos los días desde que lo conocía.

—Un pan de melón en camino —Con escoba en mano y delantal, Asahi entró. Nishinoya le siguió justo después.

Desde su graduación —a ver, desde un poco antes si quería exactitud—, había estado buscando trabajo.

En las mañanas atendía una pequeña panadería; un automercado en las tardes; por las noches, cuidaba un sembradío. Últimamente, tenía una vida ajetreada.

Cada día despertaba con los nervios alborotados y teniendo más ganas de llorar que el día anterior, pero no tenía tiempo. Así que en su lugar, preparaba la orden usual de Nishinoya, limpiaba el pasillo de los congelados y maldecía bajo su aliento al cargar cajas que fácilmente podrían igualar el peso de Nishinoya, Yachi y Hinata juntos.

Una vez salido de la preparatoria, Asahi sabía que ya no tenía el lujo de acobardarse y huir si un problema se volvía demasiado grande para sus volátiles nervios. Por eso era que seguía en el pueblo.

Y tal vez porque muy en el fondo, no quería que Nishinoya lo llamase cobarde, nunca más.

—¿Te estás esforzando en las clases, Nishinoya? —Preguntó Asahi desde la cocina, mientras esperaba que el pan de melón de Nishinoya estuviera listo.

Uuuugggghhhh —escuchó, y no pudo evitar reír un poco.

—Sabes que tienes que poner de tu parte en los entrenamientos y, aunque no te guste, en las clases —repite por la que cree debe ser la milésima vez en el curso de un mes—. De lo contrario te suspenderán del equipo y no estarás en los torneos para que los reclutadores te echen el ojo.

—Es que las clases son muy difíciles... ¡y todavía me echan la bronca por lo de mi cabello! —solo para hacer énfasis, Nishinoya señaló las nuevas hebras rubias que adornaban su pelo. Decía que el Rolling Thunder ahora estaba también en su cabello. Asahi opinaba que lo hacían lucir aún más atractivo, pero jamás diría algo así en voz alta.

—A mí también me regañaban mucho por el cabello largo y la barba —Asahi sonrió amargamente con el recuerdo—. Ah, ¿creo que me decían que no lucía como alguien decente...?

—¡No dejes que las palabras de esos viejos anticuados lleguen a ningún sitio, Asahi-san! Yo creo que tu cabello largo es realmente genial. ¡Es más, deberías hacerte también perforaciones! —exclamó el otro de forma energética y golpeando la mesa por el bien del énfasis.

Asahi dejó escapar una risa—. Nishinoya, sabes que no me gustan las agujas.

—¡No seas miedoso, Asahi-san!

Trabajaba lo suficientemente duro como para siquiera tener tiempo de preocuparse por caer en una rutina. Veía a sus ex compañeros de equipo con frecuencia. A Nishinoya, casi todos los días. No tenía una relación amorosa de la cual preocuparse...

A Asahi le habría gustado decir que su vida era sencilla así.

—Aquí tienes tu pan de melón, Nishinoya —Le entregó el pan dulce con una sonrisa cálida, la misma sonrisa que siempre le daba cada día.

—¡El primero del día como siempre, Asahi-san! —exclamó Nishinoya con quizás demasiado entusiasmo por un simple dulce—. Take-chan está tratando de reunir a la asociación de vecinos para un partido de entrenamiento, Ukai-san quiere poner a los de primer año en línea. ¿No quieres venir, Asahi-san?

—Ah, me encantaría Nishinoya, pero el gerente del mercado no es nada flexible con mis días libres —Asahi se llevó una mano al cuello, algo nervioso. Allí lo tenían pendiendo de un hilo por su apariencia de delincuente. El jefe decía que estaba espantando a todos los clientes—. En cuanto tenga un día libre, te lo haré saber.

—¡Tu jefe es un explotador, Asahi-san! ¿No te puede dejar libre por unas horas? ¡Estoy seguro de que eres el mejor empleado que jamás ha tenido! ¡Iré a decírselo, sostén mi mochila!

—¡Noy–Nishinoya, espera!

A Asahi le habría encantado decir que su vida era sencilla, pero no era así y tampoco tenía tiempo para quejarse, así que simplemente aguantaba. Lo mejor que podía.

Habría deseado volver en el tiempo a la preparatoria, y disfrutar de esa época solo un poco más.

Echaba de menos a Suga y Daichi, quienes se habían mudado a Sendai para continuar con la universidad. Echaba de menos el vóleibol, ahora que ya no tenía ni un segundo de su tiempo para seguir practicándolo. Echaba de menos al equipo.

Y, por sobre todas las cosas, echaba de menos a Nishinoya.


Asahi había llegado a términos con su sexualidad cuando cumplió 16 años y ninguna chica le hizo tilín, mientras que los chicos le ponían el ático patas para arriba y le removían hasta el más pequeño átomo.

Shimizu no contaba.

Con el manojo de nervios que era, no fue una sorpresa que saliera del closet en medio de un ataque de ansiedad y luego pasara el resto del día aterrado de que sus amigos decidieran cortar relaciones con él, comenzaran a acosarlo, o peor, lo delataran e hicieran que lo echaran del equipo.

Para su sorpresa, Suga y Daichi se sinceraron con él.

Lo mantuvieron todo como un secreto.

Asahi también se había prometido a sí mismo que no prestaría más atención de la necesaria a sus compañeros de equipo, más que nada para evitar que las cosas se pusieran extrañas. Durante un tiempo, eso funcionó.

Luego conoció a Nishinoya Yuu, el líbero estrella de Chidoriyama y la nueva deidad guardiana de Karasuno, quien se llevó todos sus planes de por medio con una sonrisa y lo desmoronó con la gracia con la que un castillo de naipes cae al suelo.

Suga fue el primero en notarlo.

De hecho, lo notó antes que él mismo, y cuando lo mencionó, sufrió otro colapso nervioso. Le duró poco la sorpresa, porque en palabras de Suga, todo el mundo quiere a Noya.

No tenía familia con la cual salir del closet. Vale, falso, sí que tenía familia, pero su vieja abuela ya no estaba para cosas así.

—Azumane-kun, tengo que supervisar el despacho de mercancía, ¿puedo confiarte la tienda?

—Sí, señor.

Si cualquiera le preguntara si tenía planeado estudiar una carrera universitaria, habría dicho que sí. De un tiempo al presente, realmente había considerado la idea de volverse psicólogo.

Pero entonces las cosas se complicaron en su vida.

Las cuentas empezaron a apilarse y, de pronto, se encontró a sí mismo encarando un mundo adulto para el que aún no estaba preparado. Para el cual, estando solo, probablemente jamás estaría preparado.

Había llegado su hora de crecer.


—Sinceramente Asahi, si sigues estresándote de esta forma quedarás calvo —El tono preocupado de Suga era evidente hasta por teléfono. Casi podía oír a Daichi fruncir el ceño y asentir.

—Y yo que pensaba que me felicitarían por cómo estoy manejando la situación —medio gruñó, con el manoslibres pegado al oído, cargando y descargando cajas de un camión.

—Eres un viejo prematuro, eso es lo que eres —esa vez fue el tono autoritario de Daichi el que resonó—. Eres menor que nosotros dos y suenas como si treinta años ya te hubieran arrollado.

—Eres apenas un día mayor, Daichi.

—Mayor es mayor —Asahi se rió junto con Suga en el fondo.

Cuando se graduaron, Daichi y él recibieron cartas de universidades que ofrecieron becas deportivas. Suga no paraba de repetir que los envidiaba, sobre todo a Asahi- oh, en especial a Asahi.

Pero cuando no aceptó, no se sorprendieron tampoco. Que es que eres tú, le dijeron, ya sabíamos que no tenías ningún plan.

Nunca les dio el por qué. Ellos tampoco preguntaron.

Asahi no tenía del todo claro qué habría dicho si hubieran preguntado, si alguien se hubiera detenido a mirar más allá del "Es Azumane, no tiene planes".

Pero no tiene tiempo para meditar eso, llega otro cargamento.

—Ah, me tengo que ir, llegó otro camión —dice al manoslibres, notando vagamente que Daichi seguía hablándole pero él no escuchaba.

—¡Tómate un descanso hombre! ¡Te vas a morir si sigues así! —grita el otro, probablemente iracundo. Aún a distancia, se estremece y se prepara para un golpe en las costillas que jamás llega—... Nos preocupas, Asahi.

—¡Azumane, las cajas!

—Tengo que cortar chicos, hablamos luego.

—¡Espera, Asahi-!

Pasa la tarde, entre carga y descarga.

Pasa la tarde, deseando que llegue una mejor fortuna en su vida.


Las dos horas libres que tiene entre el supermercado y su trabajo nocturno, las pasa en una habitación de hospital blanca y claustrofóbica. Arrodillando y rezando a cualquier deidad que pueda estarle escuchando, por un milagro, o sentado y esperando que ese sea un buen día.

—Nana, tienes que comer —dice con calma, sujetando cuidadosamente un plato de sopa.

En los días buenos, recibe respuesta. En los días buenos, ella habla, le dice que se corte el pelo y que se cuide la espalda. Le pregunta cuándo le presentará una novia y qué tal el trabajo.

Asahi se aferra a la esperanza que inunda su corazón, durante esos días buenos.

—Nana, ¿me escuchas? —pregunta acercándose con calma e intentando captar la mirada que se queda perdida. Blanca como los muros de la claustrofóbica habitación—. Nana, te he traído tu favorita. Es sopa de puerco y jengibre. ¿No vas a comerla?

Ella lo mira, pero sus ojos están vacíos. Lo mira, como si no fuera diferente de las paredes blancas, del techo desnudo y las luces fluorescentes. Siente cómo su pecho se comprime hasta que duele. Duele respirar.

Duele saberse inútil.

—Nana —repite, intentando mantener una sonrisa serena en su rostro. Le han dicho que alterarse la va a alterar a ella, y eso es peor—, te gusta la sopa de puerco y jengibre, ¿te acuerdas?

—¿Puerco y jengibre? —repite ella robóticamente, sin expresar ninguna preferencia o reconocimiento en las palabras.

—¿Te acuerdas? —pregunta nuevamente, acercando la cuchara a su rostro. Ella sorbe, por acto reflejo—. Siempre la preparabas para mamá y para mí. Y luego, solo para mí.

—¿Mamá?

—Tu hija —responde. Muchas veces, Nana ya no recuerda a su hija ni siquiera en los buenos días. Asahi perdió la esperanza de que la reconozca, en los días malos—. Ella se parecía a ti... y yo me parezco a ella.

—Mi hija... —Nana sorbe nuevamente la sopa y se queda en silencio. Asahi le limpia los bordes de la boca, tratando de no llorar desesperado ante esa mirada que no le reconoce—. ¿Quién eres?

Duele ser olvidado.

—Asahi —dice, y una lágrima cae por sus mejillas. No puede detenerla—. Soy tu nieto, Nana.

—Oh, ya veo... no me acuerdo de ti —Se las arregla para sonreír levemente. Al menos hoy, ella puede mantener una conversación coherente. Al menos hoy, las cosas no parecen totalmente perdidas—. Asahi, ¿no?... deberías cortarte ese pelo, está muy largo.

Suelta una risa, sin poder evitarlo. Incluso cuando no reconoce su rostro en absoluto, ella sigue pensando que su cabello está demasiado largo—. Lo haré, lo haré. Termina tu sopa, ¿sí? —repite la misma promesa de cada día. La promesa que no se atreve a cumplir.

—Mmm, ¿yo cocinaba esto antes? —pregunta pensativa, comiendo con un poco más de soltura—. Lo cocinaba mejor, ¿verdad?

—Tu sopa de puerco es la mejor de todo Miyagi, Nana —dice, feliz de que su abuela siga siendo tan exigente con la comida como sería en cualquier día.

—Ah, si tú lo dices muchacho.

Asahi reza. Y espera.


Cuando la alarma suena de nuevo, no sabe si es lunes o si es miércoles. Sabe que tiene que salir a trabajar de nuevo, con unas pírricas cuatro horas de sueño encima.

Reconoce vagamente que, la ropa sucia se está apilando monstruosamente junto con los platos sucios y la basura. Todo en la casa está recolectando polvo a una rapidez vertiginosa y Asahi ya no sabe cómo mantener nada en orden.

Su cabello ha visto mejores días, junto con su barba.

Vagamente, reconoce que esta vez lo que lo ha despertado ha sido una llamada entrante en su teléfono y no su alarma. Con la vista medio borrosa, reconoce el número de su jefe en la panadería —y de paso, que es una hora más temprano de lo que debería estar despierto—.

—¡Asahi! —jovial, el hombre le habla. Suena demasiado alegre—. Muchacho, ¿te despierto?

—... Un poco, señor —responde. Su garganta le duele un poco y su voz suena medio tono más grave de lo usual. Buena parte de su cuerpo, sigue bien dormida.

—Ah, lo lamento entonces. ¡Pero, al que madruga Dios le ayuda! —Asahi observa el reloj. 4:30 de la mañana. Ha dormido dos horas—. Escucha chico, hoy la panadería no abrirá. Uno de los hornos se ha echado a perder.

—Oh, ya veo —responde, sintiendo cómo el sueño empieza a reclamar su cuerpo nuevamente.

—El viejo Shimada dice que eres bueno con las reparaciones, ¿qué crees que puedas hacer? —Asahi se siente con muy poco poder mental para tomar esa clase de decisiones—. Con la pasta que me ahorrarías, podría darte los fines de semana libres ahora, chico.

—... ¿Y me los paga? —murmura, medio dormido.

—¡Claro, claro! Soy un tipo justo. ¿Qué me dices? ¿Pones las manos al fuego?

—... Voy en camino, señor —responde, arrastrando los pies fuera de la cama.

Tozudo, cansado y algo desesperado, aguanta. Espera al día, en que regresen a su vida los buenos días.


TAMARINDO IN YOUR AREA

¡FELIZ CUMPLEAÑOS A AngieBrightside! Le iba a publicar esto el día después de su tesis, pero bueno ella insistió.

Un Asanoya bien bonito bien soft bien uwu que llevo como un año con la idea y finalmente le di uso JFLASKJFLAKSJFL

Te voy a decir la verdad, estaba entre esto y un Asanoya Stripper AU. Ese sigue por allí agarrando polvo. Pude haber usado la vaina de la piñata. En fin.

FELIS CUNPLEAÑOS ANYI AAAAAAAAAAAAAAAAAA TQM MUCHO, A TI Y TUS RANTEOS ESPONTÁNEOS SOBRE HYPMIC QUE A VECES ENTIENDO Y A VECES NO. ERES UN SOLCITO NUNCA TE APAGUES UWU

Stay tunned!

;Tamarindo Amargo