Disclaimer— Shingeki no Kyojin no me pertenece, es propiedad de Hajime Isayama.

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Capítulo 1. Atisbo


Jean no recordaba con claridad la primera vez que escuchó hablar del Síndrome Hanahaki. No estaba seguro de si fue esa tarde de otoño particularmente fría en que un amigo, entre cómplices cuchicheos, le contó aquello que había oído de sus padres, o si le habían hablado de él fugazmente en clases de biología hace un par de años.

Sí recordaba, sin embargo, el momento en que fue completa e indudablemente consciente de su existencia. Recordaba las sirenas de las ambulancias, el alboroto en su barrio, el inaudible sollozo de su madre. Jean, de 13 años, veía cómo retiraban el cuerpo sin vida de su vecino desde la casa de al lado. Su nombre era Tim si mal no recordaba, tenía tan solo 15 años.

— ¿Habrá sido un suicidio? — escuchó la voz de la señora Miller, su vecina de en frente.

— No lo creo. Dicen que llevaba un buen tiempo enfermo — respondió otra persona.

— ¿Enfermo? Pero si era compañero de instituto de mi hijo, sólo había faltado una semana a clases.

El rubio se escondió tras las faldas de su madre. No sentía correcto escuchar esa conversación, mucho menos ser testigo de ese espectáculo. La camilla descendió desde la escalera del pórtico de la cálida casa, mientras los padres de Tim la seguían con cómplice amargura. Precisamente en ese momento, en que la madre del chico fallecido posó su mano sobre el plástico que cubría su cuerpo, que cayó al suelo un diminuto, casi imperceptible pétalo de amapola. La multitud completa ahogó un grito.

— Síndrome de Hanahaki — afirmó segura la señora Miller —, pobre chico. Dios lo ha librado de todo dolor.

— Al menos ahora descansa en paz.

Jean miró a su madre. La mujer, una señora rechoncha y de facciones amigables, mantenía la vista enfocada en el pétalo abandonado en el suelo. Las patas de la camilla pasaron sobre él, aplastándolo; su color, intenso rojo, parecía querer emular la sangre derramada. Sintió como su progenitora lo acercaba contra ella, envolviéndolo en un abrazo protector.

— ¿Mamá? ¿qué es el Síndrome Hanahaki? — recuerda haberle preguntado.

— Es mejor que no sepas, hijo — le había contestado —, nada bueno viene de saber sobre esa maldita enfermedad. Vamos adentro, ¿quieres?

Él desvió la mirada hacia la ambulancia, la cual ya emprendía su camino hacia el hospital.

— Pero quiero saber que le pasó a Tim...

Sintió como el agarre de su madre se profundizó aun más, volviéndose casi doloroso.

— Basta ya, Jean. Es hora de preparar la cena.

Lo soltó, dándole una corta caricia en la mejilla. Le hizo un ademán para que entrara a la casa junto a ella, pero Jean negó levemente con la cabeza. Su madre lo miró severo, pero al cabo de unos segundos se adentró en el hogar sin dirigirle otra palabra. El chico se sentó, agobiado, en la escalera del pórtico, mientras miraba el camino en que la ambulancia se había perdido.

No fue hasta que cumplió los 15 años que volvió a escuchar de él. A esa edad, era obligatorio que todos los adolescentes pasaran por una clase especial en que les enseñaban sobre la enfermedad y las formas de prevenirla.

— El Síndrome Hanahasaki es una enfermedad causada por el amor no correspondido — su maestro, el señor Gobin, había dicho —. Normalmente, la persona que lo sufra experimentará fuertes dolores, tos y vómito de pétalos de flores. Si no es tratada, la probabilidad de que el enfermo fallezca es casi del 100%.

La clase había quedado atónita ante sus palabras. Jean solo podía recordar con amargura la muerte de su vecino Tim.

— Es importante que recuerden que esta enfermedad es extremadamente letal. Una vez que es contraída, el enfermo morirá en un lapsus de tres meses a un año. Por favor, estén atentos a los síntomas que les he mencionado y recuerden hacerse el chequeo pulmonar anual. Es gratuito en todos los hospitales de Trost.

Historia, la líder de las porristas de su instituto, levantó la mano. Su profesor asintió.

— ¿Esta enfermedad tiene cura? Porque, ya sabe, si se tratara básicamente de "morir por desamor", no habría personas en la Tierra — preguntó. Se escucharon un par de risas desde atrás del salón.

— Excelente pregunta, señorita Reiss — contestó acomodándose sus gafas —. Efectivamente, tiene cura, pero es importante que les señale algo. Esta enfermedad no se produce por la típica desilusión amorosa que a veces experimentamos. Es un estrago total manifestado físicamente cuando nuestro cuerpo reconoce a quien solemos llamar "alma gemela". Es, básicamente, una muerte por deprivación de aquello que nos permite permanecer con vida.

Cuchicheos se escucharon por todo el salón.

— Es verdad, no suena muy lindo. La fase terminal del síndrome se produce cuando flores y raíces llenan el sistema respiratorio de quien lo padece; es decir, la persona morirá ahogada en su propia sangre y pétalos de flores — tosió. Un gusto amargo recorrió la garganta de Jean —. Pero, como dije, esto tiene cura. Como se imaginarán, el principal método es que la persona amada corresponda sus sentimientos.

— ¡Como en una historia de amor! — gritó alguien.

El maestro rio nervioso.

— Claro, como en una historia de amor. Pero no hay que agarrarle gusto a este cliché, niños — el hombre cambió su tono a uno más severo —, esta enfermedad es muy grave y la mayoría de las veces la persona morirá de ella. Actualmente, es la segunda causa de muerte del país.

— Pero…

Una voz tímida y nerviosa se escuchó desde la primera fila. Como pensó, se trataba de Armin Arlet.

— ¿Sí, señor Arlet? Díganos.

— Mis padres me habían hablado de otra cura para el Síndrome Hanahaki. Una cirugía.

El señor Gobin lo miró con recelo. Cerró el libro que había estado leyendo, y se volvió a su escritorio. Miró a la clase, sin saber qué decir ante la intromisión del rubio.

— Ese es un tema complicado, señor Arlet. No estoy autorizado para hablarles sobre esa cirugía, pues podría afectar la objetiva decisión que pudieran tomar algún día sobre ella. Para efectos de esta capacitación especial, la principal cura del Síndrome Hanahaki es el amor correspondido.

Armin se revolvió en su asiento, incómodo. Él era un chico extraño que no solía agradar a los maestros, pues consideraban que estaba "envenenado" con las teorías conspirativas de sus padres científicos, ambos abiertamente criticados por la comunidad. Era común que realizara preguntas de ese tipo, y que el señor Gobin las contestara con especial desdén.

— Bien. Si nadie tiene más preguntas comenzaremos con el examen.

Se trataba de un cuestionario de 25 preguntas de "sí" o "no". Junto con escuchar la clase, era obligatorio aprobar la pequeña evaluación sobre la enfermedad. Fallar significaba repetir ambas instancias y no poder ser promovido al siguiente año escolar. Jean contestó con pereza, hasta llegar a la pregunta 24.

"Pregunta 24. Debo tener especial cuidado al enamorarme: Sí/No".

Vaya pregunta de mierda. Por supuesto que era sencillo marcar "sí" en la casilla del examen, pero Jean pensaba que cuando el amor llegaba ni siquiera el temor acérrimo a una terrible enfermedad podría detenerlo. Lamentablemente, una especial mañana de abril, caería en cuenta que su desafortunada reflexión no era más que el grito desesperado de la más amarga verdad.

— Soy Mikasa Ackerman. Encantado de conocerlos.