¡Holiwis! Como os dije por Imaginación Fanfiction, quería subir algo tras terminar la bruja perlada y me apetecía mucho esta historia GaaSaku. Es un poco liosa, lo entiendo, pero al final os dejo ciertas anotaciones para aclarar algunas cosas. Mientras, disfrutar =)
Advertencias: OOC a rabiar. Mil perdones. No sé llevar bien a Gaara. Lemon.
Disclaimer: Derechos a Kishimoto en sus personajes. La historia es mi locura.
PAREJAS: Gaara x Sakura. Naruhina leve. Shikatema Leve. KankuTen leve.
NOTA: El fic se basa al final de la cuarta guerra y va avanzando en distintos tiempos.
El destino final
Mini prólogo
Durante la cuarta guerra mundial Ninja se perdieron muchas vidas y también, se tomaron muchas decisiones que repercutirían en el futuro de cada uno. Las lágrimas de felicidad, de dolor y las oportunidades que aparecían en el horizonte continuaron moviendo al mundo.
Muchos estuvieron ajenos a una situación que ocurrió en cierta parte de la lucha. Era algo que Gaara nunca olvidaría. Porque tomó la decisión que cambiaría para siempre su vida.
Todo ocurrió mientras observaba a Sakura, curando los brazos de sus dos compañeros de equipo. Se mostraba agotada, con el gesto tenso, mordiéndose el labio inferior. No lo demostraba, pero Gaara sabía que estaba herida y que, de vez en cuando, el que se llevara su mano diestra a su vientre indicaba que estaba llegando a su límite.
Fue así cuando cayó de bruces entre ambos chicos. Ninguno pudo sostenerla ante la falta de sus brazos. Kakashi, que estaba demasiado agotado, ni siquiera fue capaz de reaccionar y él, lo único que alcanzó a enviar fue un poco de arena que amortiguó el golpe.
—¿¡Sakura-chan!?
—Está agotada —respondió Kakashi. Jadeaba y una gota de sudor resbalaba por su mejilla—. Todos estamos agotados.
Gaara movió su mano para que el remolino levantara a Sakura hacia él. Naruto y Sasuke Uchiha se quedaron mirándole con el ceño fruncido. La sostuvo con cuidado de los hombros, usando su pierna como cojín. Sakura emitió una mueca mas no despertó.
—Voy a llevármela a Suna.
—¿¡Qué!? —Fue Naruto el que levantó la voz. Aún pálido por la sangre perdida y sin apenas poder ponerse en pie, parecía capaz de pelear de ser necesario.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Sasuke junto a él. Aunque su mirada demostró severidad, su voz tembló con ciertas dudas. Podía comprenderlo. ¿Estaba en el derecho de preguntar tal cosa?
—Chicos, un poco de calma —demandó Kakashi—. No podéis olvidar que sigue siendo el Kazekage.
—No importa el rango en este caso —indicó—. Sakura Haruno. La aldea de la arena y yo estamos en deuda. Lo menos que podemos hacer, es curarla allí.
—¿Curarla? —preguntó Naruto esa vez más centrado en observar a su compañera-
Kakashi se levantó. Caminó hasta él y, de espaldas a los otros dos, levantó la ropa de la mujer. Gaara mantuvo firme su mirada sobre el mayor hasta que volvió a cubrirla.
—¿Eres consciente de que en Konoha tenemos a Tsunade y varias de sus estudiantes?
—Sí —aceptó—. Sin embargo, están tan agotados y ocupados que no me asegura que termine bien. Esto es algo que debo devolverle. Está así por mí causa.
Kakashi pareció sopesarlo por un instante. Ignoró el llamado de Naruto a su espalda.
—De acuerdo. Pero en el momento en que Sakura decida regresar…
—Lo hará —prometió—. Tomaré responsabilidad por esto.
Kakashi asintió. Continuó observando de manera inteligente.
—Imagino que no vas a contarme cómo fue esto.
—No —negó—. Es algo entre nosotros.
Kakashi no volvió a preguntar y aunque Naruto y Sasuke no parecían del todo de acuerdo con que se la llevara, Gaara se marchó en completo silencio de regreso a su hogar.
Aquella, quizás fuera la decisión que detonase el cambio o la destrucción.
1. El despertar
Sakura no despertó hasta después de seis meses posteriormente de la guerra. Reconocía por instinto que no estaba en su tierra. Lo primero que visualizó fue el equipo que la mantenía con vida y seguridad. Las enfermeras no tardarían en acudir para ver qué ocurría con ella. Se tomó un momento para controlar sus sentimientos.
Era natural el pánico, se dijo, también la confusión. No estaba segura de qué había ocurrido tras la guerra. En realidad, sólo recordaba estar curando a Sasuke y Naruto antes de desmayarse. Fue una estúpida. Lo reconocía. Gastar tanta cantidad de chacra y olvidarse de ella misma.
Bajó una mano hasta su vientre. Notaba las gasas encima de su herida. Cerró los ojos y comprendió.
La guerra siempre se llevaba algo de una persona. De ella tuvo que llevarse esa parte.
La puerta se abrió con un brusco golpe. Bajó la mirada hacia la enfermera. Una mujer gruesa, morena y que torció el gesto al verla despierta.
—Avisa al Kazekage.
La persona que hubiera tras ella desapareció. La mujer se acercó para apagar las alarmas y revisarla.
—Imagino que no tengo que explicarte cómo vas a sentirte después de que te quite la entubación y lo demás. También te quitaremos la sonda.
Pestañeó para afirmar e intentó evadirse en sus pensamientos.
La mujer había nombrado al Kazekage. Así pues, su primera idea de no encontrarse en Konoha era correcta. ¿El motivo? No se le ocurría. Buscó con la mirada a su alrededor. No había rastro de sus padres, ni de sus amigos, ni de Kakashi. Imaginaba que no estaban muertos.
La enfermera estaba cubriéndola cuando alguien llamó a la puerta. Bajó la mirada de nuevo a los pies para verle. Resaltaba su cabello, pelirrojo y despeinado, sus ojeras pronunciadas rodeando esos preciosos ojos y su semblante serio.
Caminó hasta su altura una vez la enfermera se hubo marchado. Sakura no supo bien cómo actuar. ¿Debía de darle las gracias? ¿Disculparse? ¿Por quién debería de preguntar primero?
Gaara se sentó en la silla junto a la cama en completo silencio. No era extraño que él fuera ese tipo de hombre. Ya los conocía.
Intentó hablar. La garganta le ardió. Maldijo entre dientes y llevó su mano diestra hasta su garganta. Si las dichosas enfermeras no iban a hacer su trabajo, ella misma lo haría.
—Espera, llama…
—No es necesario —interrumpió mirándole—. Si fuera la jefa de este departamento de enfermeras, creo que más de una recibiría un severo regaño.
Continuó curándose a sí misma. Eran pocas las lesiones, aunque no podía luchar contra lo cansado que sentía el cuerpo.
—No tenemos el mismo grado de medicina que en Konoha —reconoció Gaara—. Menos tras la guerra. Tsunade ha estado ayudándonos y mientras lo hizo, esto funcionó como la seda. Pero se marchó tres semanas atrás.
Tragó, nerviosa.
—¿Es la única que ha…?
—No —interrumpió él al comprenderla—. Tus padres están en la ciudad. A esta hora tienen la obligación de ir a comer. Naruto vino de visita unas cuantas veces, aunque está hasta arriba estudiando para ser Hokage.
Sonrió. Podía imaginarlo con la nariz metida en los libros, los ojos fruncidos y terminando en protestas porque no entendía nada.
—En cuanto a Sasuke Uchiha es algo que no puedo informarte.
Tan pronto como lo dijo, su corazón dio un vuelco. Pensar en Sasuke era lo menos que había hecho al despertar. Después de que se disculpara mientras le curaba, de alguna forma, algo se desinfló en ella. Lloró. Porque tenía mucho que llorar.
—Puedo imaginar por qué —musitó abrazándose a sí misma—. Al menos me gustaría saber…
—No va a morir. —De nuevo, captaba su pregunta antes de que ella misma se la hiciera. Sorprendida, le miró al fin directamente. Gaara mantenía un gesto tenso, culpable—. Tiene un buen amigo.
Comprendió que se refería a Naruto. Él siempre daría la cara por Sasuke y, desde luego, el mundo le debía mucho tras lo que hicieran en la guerra. Incluso Sasuke podría merecer un indulto.
—Has pasado seis meses sin despertar. Tsunade nos recomendó dejarte a ti el momento en que lo hicieras. Hasta hoy.
Asintió. Comprendía la situación médica.
—¿Por qué me trajeron aquí?
Gaara se puso en pie. En completo silencio bordeó la cama hasta detenerse frente a la ventana. Sus manos se enlazaron en la espalda en un gesto señorial que años atrás, habría pensado que no le pegaba nada.
—Por mi causa —respondió al final—. Yo pedí que te trajeran aquí.
Sakura lo estudió un poco más con la mirada. Sintió el celo tirar de su piel y comprendió.
—No tienes que hacerte responsable por lo que sucedió.
—Pero lo hago.
Sakura cerró los ojos. Era irónico que en esos momentos pensara en tantas cosas y que una de ellas fuera que se sentía agradecida con él. Porque… ¿Cómo iba a enfrentar a las personas que habían esperado tanto de ella ahora?
—Gaara. No, debería de ser Kazekage.
—Gaara —rectificó él—. Gaara está bien.
Asintió y miró hacia la puerta.
—Dado que tu servicio de enfermería deja mucho que desear…
—Médico —interrumpió él—. Cuando puedas comenzar.
Ella sonrió y empujó sus piernas hacia fuera. Él desvió la mirada de una forma que se le antojó adorable.
—Puedo comenzar hoy mismo.
—No, no puedes —negó él carraspeando. Era ciertamente divertido verle intentar controlarse—. Necesitas descansar más.
Ella suspiró.
—Al menos el papeleo… sé que voy a aburrirme mucho sin hacer nada. No tienes idea de cuánto y cómo de pesada me pondré.
Esbozó una sonrisa traviesa de promesa. Gaara suspiró y caminó hasta la puerta.
—Enviaré a alguien con los informes. Si empeoras, yo mismo te ataré a la cama.
Pese a que sabía que era una promesa verdadera, Sakura no puedo evitar sonreír.
2. Decisiones
Cuando les dijo a sus padres que pensaba quedarse en Suna casi pusieron el grito en el cielo. Nada más que se enteraron que había despertado, ambos se prepararon con sumo placer con el regreso a Konoha. Un lugar al que ella no estaba dispuesta a seguirles.
Había tomado muy en serio su determinación a quedarse y ayudar a mejorar el sistema médico de Suna. Era un caos completo.
Sus padres se marcharon con la promesa de contarles al resto que estaba saludable y que estaba actuando como una niña caprichosa al no querer volver. Sakura no le dio más importancia al tema, ni siquiera cuando llegó días después una carta de Naruto. El muchacho preguntaba cosas para las que todavía no tenía respuesta y otras, para las que sí. Le devolvió una misiva simple y le felicitó y alentó a cumplir su sueño. También le aconsejó no ignorar más a la muchacha tímida que había por su alrededor.
El día que fue dada de alta, Temari acudió a recogerla. La muchacha se había convertido un poco en su confidente esos días y gracias a su presencia, dar órdenes o modificar acciones sobre las enfermeras fue mucho más factible que de estar sola.
—¿Llevas todo?
—Sí —confirmó dando un último vistazo a lo que fue su dormitorio por cuatro días más en los que se sintió encerrada, frustrada y motivada para empezar su nueva vida—. Salgamos, por favor.
—No es lo mismo ser el paciente. ¿Verdad?
—No, para nada —confirmó sonriendo.
Desde que descubriera que Temari podía ser una chica amorosa en esos días, le gustaba todavía más. Quizás debiera de agradecer ese cambio a Shikamaru. Aunque hablarle de él a Temari era casi como tener que descifrar jeroglíficos.
—Aunque la verdad, no sé dónde voy a vivir.
—En tu propio piso —respondió Temari lanzándole unas llaves—. Mi hermano ya se ha encargado de todo. Cuando te trajo tomó una decisión importante. Dependiendo de cómo resultara podría crear un caos contra Konoha o no. Que hayas decidido quedarte, era algo de lo que ninguno de nosotros estábamos seguros. No podíamos predecir eso. Igualmente, Gaara se encargó de conseguirte un piso cerca del hospital.
—Vaya… cada vez me está dejando más sin palabras —reconoció mirando las llaves mientras caminaban—. Creo que jamás tendré las palabras suficientes para agradecerle.
—Hasta yo me sorprendo —confesó Temari guiándola entre las diversas calles—. Sin embargo, no quiere decir los motivos que le llevó a traerte con él. Hemos de reconocerlo, Sakura. La última vez que le viste todavía estabas algo recelosa sobre su conducta. Y no te culpo por ello —añadió sonriéndole—. Pero mi hermano ha cambiado mucho desde entonces. Y ahora, hasta nos asusta.
—Ya…
Sakura sabía el motivo. Gaara no quiso volver a hablar de ello las siguientes veces que la visitó. Más bien, sus visitas eran cortas y directas. Preocupado por su salud, advirtiendo a las enfermeras de su trato y recordándoles que era su superior.
El piso que Gaara había encargado para ella se encontraba a pocas calles del hospital y tampoco muy lejos de la sede del Kazekage. Las vistas eran increíbles y tenía un maravilloso aire acondicionado. No era muy grande, pero era lo suficientemente espacioso como para no sentirse enlatada.
—Tienes algo de comida que traje antes, pero siempre puedes comprar cuando quieras. Hay tiendas muy asequibles en este barrio.
Sakura pegó su frente contra la ventana.
—Pareciera mentira que hubo una guerra…
—Sí —confirmó Temari acercándose para mirar—. Pero ya sabes cómo somos los humanos. Si nos caemos, volvemos a levantarnos. Suna siempre ha tenido carencias, así que levantarse de nuevo es algo que saben hacer. Y ahora, tú puedes mejorar el sistema de salud, así que es un gran progreso.
Levantó el brazo y se remangó.
—Espero poder hacerlo.
Temari asintió y esbozó una tímida sonrisa.
—Es curioso —dijo dándole la espalda poco después—. Tú vas a quedarte en Suna y… yo me iré a Konoha.
Sakura casi saltó sobre ella.
—¡Madre mía, Temari! ¿Shikamaru finalmente te lo ha pedido?
Temari asintió. Estaba adorable con las mejillas enrojecidas.
—Fue una odisea. Fue a pedirle mi mano a Kankuro y Gaara. Creía que era su obligación hacerlo. Cuando le dijeron que ellos no podían decidir por mí, casi le entra las siete cosas.
Sakura podía imaginarlo. El gran genio destrozado por la cultura de otra aldea.
Temari suspiró y le tomó las manos, palmeándoselas un poco.
—No puedo pedirte que hagas milagros, pero si de verdad vas a quedarte, quédate con el corazón y no sólo por educación o la vaga necesidad de querer esconderte o devolver favores, Sakura.
Sakura se quedó en silencio. Sabía por qué Temari se lo decía, aunque desconocía cuánto conocimiento de la verdad tenía ella. Aun así, se tomó un momento antes de afirmar.
—Lo haré. Me quedaré.
Temari se marchó poco después.
En el silencio de su nuevo hogar, Sakura se sintió extraña. En una soledad que le gustaba. Una libertad que añoraba.
Puede que Suna no fuera su hogar. Podía ser que le costara subir peldaños en el corazón de sus compañeros.
Sí, pero todo eso debía de valer la pena.
3. Un breve regreso
—¿Me lo estás pidiendo en serio?
Gaara asintió mientras dejaba la pluma en el tintero y la miraba fijamente. Sakura dio unos pasos más hasta el escritorio. Ignoró los grandes ventanales y las hermosas vistas que, cada vez que era requerida por el Kazekage para asuntos diplomáticos con la seguridad médica, solía permitirse observar gracias a que Gaara no solía indicar que su presencia de más de lo necesario le molestaba. En realidad, su relación podría decir que se había ido haciendo algo más estrecha a medida que el tiempo pasaba.
—No te haría venir hasta aquí después de tu trabajo para pedirte algo por lo que no esté hablando seriamente.
Sakura apoyó las manos sobre el escritorio cuidadosamente. Todavía le dolían un poco los dedos tras horas de operaciones.
—Entiendo que es la boda de tu hermana… —murmuró—. Más bien, me sorprende que estés aquí sentado y no allí con Kankuro.
—Soy el Kazekage. No puedo irme durante dos semanas y dejar la aldea sola. Envié a Kankuro hasta mañana, que partiré para la celebración.
—Y yo soy la jefa de cirugía —puntualizó emitiendo una sonrisa divertida que él captó, pero fingió ignorar.
—Lo sé. Por eso, tendríamos que ir y volver enseguida. Ambos somos importantes para esta aldea. Si no quieres ir, lo comprenderé. Iré solo.
—¡No puedes ir solo! —exclamó sorprendida—. Tú mismo lo has dicho. Eres el Kazekage. Deberías de llevar a alguien contigo.
Gaara la estudió con la mirada y, sin comprender bien por qué, enrojeció. Se llevó los dedos a los labios y los mordisqueó, avergonzada.
—A lo que me refiero es que… bueno… un hombre con poder a veces es más interesante si lleva a una mujer del brazo y… así quizás no intentan presionarte a bailar con otras mujeres que no deseas y puedes irte tranquilamente sin que te acosen o busquen casarse contigo por interés.
Si él hubiera tenido cejas seguro que habría enarcado una. Sakura suspiró.
—¡Vale, vale! —aceptó rindiéndose—. Iré contigo.
—¿Cómo mi compañera?
—Sí, como tu compañera.
Sakura le dio la espalda y quizás por eso no logró captar el gesto de alivio del Kazekage, pero sí que escuchó el suspiró antes de marcharse.
Gaara la recogió en piso en la fecha señalada para regresar al que fue su hogar por tantos años y al que le costó volver.
—Si no puedes…
Sakura estaba segura de que podía. Debía de poder. Pero era extraño mirar la entrada de Konoha desde fuera esa vez. No era como regresar de una misión. Era algo muy distinto, pues una vez llamó hogar a ese lugar.
Sin darse cuenta, buscó la mano de Gaara, quien le devolvió el apretón.
Tuvieron que separarse poco después. Gaara fue requerido por su hermano y hermana, cosa que era lógica, comprendía.
Se quedó a solas en calles conocidas. Caminó hasta el que fue su hogar desde siempre y vio a su madre regar algunas de las macetas que ella había conversado durante años en su pequeño balcón.
—¡Sakura! —saludó.
Poco después, ambos progenitores la abrazaron.
—¿Has regresado para quedarte?
—No —negó—. Estoy acompañando a Ga… al Kazekage para la boda de su hermana con Shikamaru Nara.
—Ah, es cierto. Es hoy —recordó su progenitor—. Sabía que tenías buenas migas con él, pero…
—Papá —suplicó sintiendo que sus mejillas enrojecían.
—Es sólo que nos preocupamos —interceptó su madre—. Tienes la manía de enamorarte de hombres problemáticos. Después de lo de Sasuke Uchiha…
—Vale —zanjó tomando de nuevo las cosas que había dejado. Pensaba usar su dormitorio como lugar de descanso hasta que regresaran a Suna. Incluso había rechazado la invitación de Gaara—. Solo pasaba de visita —mintió—. Iré a reunirme con los demás.
Se detuvo antes de salir.
—Ah, y otra cosa —añadió—. Gaara no es como Sasuke. Nunca lo será.
—Claro, porque uno tiene dinero y el otro es un vago que da vueltas por el mundo —protestó su padre bufando—. Al menos, escoge al que tiene dinero.
Sakura cerró de un portazo.
Le molestaba. Realmente.
Se percató que era más por Gaara que por Sasuke. De alguna misteriosa forma, su corazón parecía estar cambiando las prioridades.
—¡Ah, Sakura!
Se detuvo al darse cuenta de que había caminado lo suficiente como para dejar atrás su antiguo hogar. Hinata la sostenía de la muñeca justo antes de golpearse contra una de las farolas. Miró el poste y luego a ella.
—¿Hinata? Madre mía. Acabas de salvarme de una buena.
—Sí —farfulló ella. Una mueca de sorpresa marcaba su gesto—. Me alegro de verte —confesó—. Yo…
De repente, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Hinata? —cuestionó sorprendida.
—¡Perdón! —se disculpó—. Es que… hacía tanto tiempo que no te veía que no he podido contenerme —confesó limpiándose con el dorso de la mano.
Sakura no pudo evitar sentir calidez en el corazón.
—Hinata. Me alegro mucho que no hayas cambiado —felicitó—. Perdona por no responder ninguna de tus cartas. Las he leído todas —aseguró—, pero en Suna hay mucho trabajo y apenas llego a casa lo que más deseo es dormir.
—¡Oh, no, no! No te preocupes —suplicó—. Siempre te escribiré. Necesitaba contar a alguien cómo me sentía estos días y… Realmente no esperaba una respuesta. Creo que Suna te da la oportunidad de otro mundo y que necesitabas eso.
—¿De verdad? —preguntó. Se sentía más ansiosa por una afirmación de lo que le gustaría.
—Sí —reconoció Hinata inocente—. Creo que te sobrecargaste con tus propios sentimientos. Sé que no soy la más indicada para decirlo, pero creo que durante la guerra ambas descubrimos cosas que nos hicieron cambiar. También se nos abrieron caminos nuevos y tomamos las direcciones que quisimos o vimos adecuadas para el momento.
—Dios, Hinata. Me gustaría tanto abrazarte. ¡Qué diablos! ¡Voy a abrazarte! —sentenció y actuó. Hinata se rio entre sus brazos y le devolvió el gesto.
—Ey, ey, Sakura-chan. Vas a terminar aplastando a la pobre Hinata a este paso.
Ambas se separaron. Sakura parpadeó varias veces para poder distinguir al mismo joven que vio por última vez. Hinata caminó hasta él, sonriente, con una felicidad radiante y se aferró a su brazo.
Recordaba las cartas. Las había leído todas, no era mentira. Hinata había expresado sus sentimientos por Naruto y cada vez que el chico daba un paso o aceptaba parte de su amor, ella se lo relataba. La última carta estaba llena de confesiones. De la felicidad de Hinata o de la confesión de Naruto.
—Vaya, vaya —canturreó frotándose el mentón—. Quizás pronto tendremos otra boda más.
Ambos chicos enrojecieron de diversas formas adorables.
—No lo descarto —aseguró Naruto—. Pero, ¿cómo es que estás aquí?
—Shikamaru —resumió y añadió con cierto temblor en el corazón—. Soy la acompañante de Gaara. Fui a ver a mis padres, pero… digamos que no parecen capaces de cambiar de racionamiento.
—Ya… —murmuró Naruto—. Temari nos contó cosas sobre ti cuando vino. Dijo que estabas bien y que Gaara te cuidaba muy bien. La verdad, en aquel entonces nos quedamos muy sorprendidos cuando él dijo que iba a llevarte con él. Verte tan bien significa que cumplió su promesa, así que le debo una.
Sakura se mordió el labio inferior. Había partes de la historia que se le escapaban. Ni Gaara ni Temari le contaron cómo fue su llegada a Suna. La segunda porque alegaba que era cosa de su hermano explicarlo y el primero, porque parecía que necesitaba fórceps para sacarle esa información.
—Gaara… Él parecía sentirse culpable por algo —añadió Naruto.
—Y no debería —aseguró cruzándose de brazos—. Pero es algo entre él y yo.
—¡Pero…!
—Naruto-kun —interrumpió Hinata tirando de su brazo—. ¿Qué te parece si vamos a prepararnos? Nosotros también estamos invitados y todavía tenemos cosas que preparar.
Sakura se lo agradeció silenciosamente. Aunque Naruto intentó interceptar de nuevo la conversación, bastó un gesto de Hinata para que terminase cediendo.
Decidió continuar su camino. Esa vez, sin farolas de por medio. Llegó a aquel lugar. No esperaba encontrarlo ahí y, sin embargo, él estaba. Se había detenido frente al banco, con el ceño fruncido y el semblante serio.
—El banco no va a tenerte miedo por más que le mires.
Él la miró.
—Sakura.
Ella le sonrió.
—¿Te marchas?
—Sí. Solo vine a entregar un informe.
Asintió y dejó sus cosas sobre el banco, acariciando la tosca superficie.
—Ha pasado mucho tiempo desde ese día. Ya no somos unos niños.
—No —confirmó. Sakura notó su mirada.
—Es tarde —dijo. Jamás pensó que diría algo así en su vida.
Le miró directamente a los ojos. Pensaba que se acobardaría, que terminaría de nuevo extendiendo sus brazos hacia él esperando algo que no llegaba. Sin embargo, no fue así. Se llevó una mano al vientre, ahí donde había quedado una cicatriz.
—Sasuke, yo no puedo seguir atada a ti y tampoco puedo darte el futuro que deberías de tener.
—Sakura, tú…
—No lo digas —suplicó—. No quiero que tú seas quien lo digas.
Sasuke apretó los labios. Mantuvo la mirada en la de ella hasta que se rindió.
—Si no me hubiera ido…
—Sí, probablemente sí —reconoció.
—Pero me fui.
—Lo hiciste, sí.
—Sakura.
—Sasuke-kun. —Le dolió la boca. La garganta. El alma.
Sasuke le dio la espalda para marcharse. Se detuvo.
—¿Él te hace feliz?
Sakura parpadeó, confusa.
—¿Quién?
—Gaara.
El corazón le dio un respingo. Aunque supiera que eso era imposible, la sensación fue casi real. Notó el rubor en sus mejillas.
—Tu cara lo dice todo. No necesitas contestar.
—No, espera, Sasuke-kun —demandó extendiendo una mano hacia él—. No es lo que crees.
Sasuke se detuvo.
—¿Realmente vas a decir eso mientras tienes esa cara? —preguntó—. Esa misma. La que ponías hacia mí hace años. —Bajó la mirada, como si acabara de recibir una de las peores noticias de su vida—. Ahora es de otro.
Sakura bajó la mano para llevarla hasta su falda. Apresó la tela.
—Lo siento —se disculpó. Aunque realmente sabía que no debía de hacerlo.
—Adiós.
No tardó mucho en sentir unos pasos tras ella. El viento llevó su aroma. A sol, a arena cálida y a colonia de hombre. Cuando se volvió, Gaara miraba hacia lo poco que se apreciaba ya de Sasuke. Ella sonrió, ahuecando un mechón rosado tras su oreja.
—No pensé que fuera a encontrármelo aquí todavía.
—Vi a Naruto. Me contó que, aunque le han dejado irse, tiene que enviar mensajes al Hokage. Hace días pidió un permiso especial para ir a Suna que yo mismo firmé —explicó. Se mantenía firme, con las manos en los bolsillos y los hombros tensos—. No denegué su entrada y avisé a los guardias, pero no llegó. Hoy pensaba preguntar por qué y es que se detuvo para enviar su informe.
—¿Por qué iría a Suna? —preguntó.
Gaara no necesito responderle con palabras.
—Entiendo —comprendió—. Él no sabía que yo vendría. Esperaba encontrarme allí.
—Sí…
Sakura se lamió los labios, acercándose más a él.
—¿Has logrado escuchar nuestra conversación? —Inquirió inclinándose levemente hacia delante. De alguna forma, aprendió que eso conseguía que Gaara la mirase con detenimiento y, ser capaz de captar un leve rubor que siempre aparecía cuando estaba más cerca de él.
—No —negó. Supo que no había mentira en sus palabras—. Si es algo que yo deba de saber, seguramente llegue el momento en que quieras contármelo.
Su sonrisa se hizo más amplia.
—Cuenta con ello, Gaara. Cuenta con ello —prometió.
Él desvió la mirada hasta sus maletas.
—¿No has ido con tus padres?
Sakura siguió su visión y afirmó, cruzándose de brazos.
—Lo hice. Pero de nuevo discutí con ellos. Creen en cosas muy… no encuentro ni la palabra exacta. Así que estaba pensando en ir a un hotel o algo.
—No —negó él. Se acercó hasta sus cosas y con una sola de sus manos, las asió—. Mi hermana pidió que prepararan una habitación para ti también. Sigue ahí. Irás.
Sakura le miró. De espaldas, mientras cargaba sus bártulos y caminaba sin esperar siquiera una negativa, que claramente ignoraría, como si su palabra fuera ley.
Se miró los pies, sonriendo de una forma que sentía que hacía mucho no pasaba. Quizás Sasuke tuviera razón. Quizás ya no tuviera esa cara para él, pero sí para otro.
La boda de Shikamaru y Temari fue hermosa. Temari estaba increíble y fue recibida por el clan Nara con mucho respeto. Aunque Shikamaru tuvo que disculparse diversas veces frente a Gaara por las descorteses familiaridades de los ancianos de su clan, Gaara se mostró educado y ajeno a cualquier interés político.
Y tampoco tuvo necesidad de bailar con nadie gracias a su compañía.
Sakura descubrió que era divertido ver otra parte diferente de Gaara que no fuera su figura sentada tras un escritorio, con el atuendo del Kazekage o con el gesto cansado de tanto trabajo. Sin embargo, verle sentado a su lado, con un brazo colgando mientras en el otro sostenía una copa a la que daba pequeños sorbos y mirar a su hermana feliz del brazo de su marido, era algo nuevo e inesperado.
—Creo que Kankuro ha encontrado algo interesante —le dijo de repente.
Sakura dejó de observarle para buscar al otro hermano. Para su sorpresa, el nombrado estaba entablando una larga conversación con Tenten, quien reía de lo que fuera que este le decía, hasta aceptó una invitación a bailar y varias copas.
—Si no fuera porque no sé si es capaz, diría que está intentando ligarse a Tenten.
Gaara se inclinó más hacia ella. Quizás fuera por el alcohol o por el hecho de fingir que estaba más ocupado en su pareja que en las que parecían muy defraudadas porque hubiera traído compañía a la boda.
—Y sería algo divertido de ver, si lleva a alguna parte eso, porque esa misma mujer fue a la que mi hermana casi mata y, por lo que tengo entendido, siguen odiándose la una a la otra.
—Bueno, en un tiempo pasado sí que fue peligroso —reconoció—. Pero eso significaría, entonces, que tú y yo estamos por igual. Intentaste matarme una vez y aquí estoy, a tu lado, como tu acompañante, trabajo también para ti, me has dado un piso y me has salvado la vida.
Él se quedó en silencio. Con la mirada brillante y la boca tensa. Masculina, firme. Sakura apenas pudo quitarle la copa de las manos antes de levantarse.
—Creo que será mejor que aprovechemos este momento para irnos —recomendó—. Mañana tenemos que madrugar para volver a casa.
Él se levantó, con cierta torpeza que llevó rubor a sus mejillas. Por suerte, nadie les prestaba ya atención. Caminaron hasta el hogar preparado para los invitados. Dudaba que fuera una suerte, pero sus habitaciones estaban una frente a la otra.
Se detuvo antes de entrar para verlo apoyarse contra el quicio de la puerta mientras intentaba dar con el cierre.
—No se te da nada bien el alcohol. ¿Verdad?
Gaara negó con la cabeza.
—Beber no me gusta. Lo hago cuando no queda más remedio —explicó cubriéndose la boca con la mano—. Es asqueroso.
—Deja que te ayude —se ofreció.
Pensó que se negaría. ¿Un hombre orgulloso como él?
Sin embargo, Gaara se echó hacia atrás para permitirle acceso al cierre de su puerta y tampoco se quejó cuando lo ayudó a sentarse en la cama.
—¿Puedes desnudarte sólo?
—Puedo —respondió rápidamente.
Casi sonrió ante su prudencia.
—¿Eres consciente de que veo hombres desnudos a todas horas en mis días?
Gruñó. Tal y como esperaba. Bendita borrachera.
—Eso no es justo lo que quiero escuchar.
—Lo sé —reconoció. Posó su mano sobre su frente, echando hacia atrás sus cabellos—. Ahora, duerme y descansa.
Posó sus labios sobre su frente despejada y, después, lo dejó a solas. Con el calor bailando en sus labios y una sonrisa que no se le borró ni en sus sueños más cansados.
Despedirse de Konoha, por supuesto, no fue difícil. Le dio la espalda con facilidad, se despidió de Naruto e Hinata, a quienes prometió acudir a su próxima boda.
—¿Seguro que quieres irte? —le preguntó Gaara antes de que pasaran la barrera de hojas y pisaran la arena—. Todavía podrías.
Ella dio el primer paso.
—Volvamos. A casa.
4. Sentimientos
—Siento traerte más trabajo, Sakura.
La muchacha bostezó mientras abría la puerta para que Kankuro pudiera dejar la gran pila de informes sobre la mesa del comedor. Tras medio año viviendo en ese lugar, decidió modificarlo a su gusto en cada rato libre y al final, consiguió la suficiente armonía como para dejar de molestar a los vecinos con movimiento de mobiliario.
Como Gaara la había obligado a que tomara sus merecidas vacaciones, el tiempo libre se le acumulaba. Hizo el suficiente turismo como para conocer Suna a la perfección y decidió entrometerse un poco en la oficina del Kazekage, a lo que Gaara respondió con dejarle algunos de los trabajos que Kankuro, quien inexplicablemente tenía algunos intereses en Konoha, solía dejar de lado y se le acumularon.
—No me importa ayudarte —respondió mientras le observaba—. Pero vas a tener que plantearte un poco mejor el tiempo. Cuando comience a trabajar, tendrás de nuevo una gran pila de informes que rellenar y un hermano al que no es bueno cabrear.
Si Kankuro sintió vergüenza no fue capaz de captarlo gracias al maquillaje. Era interesante ver como los tres hermanos eran tan diferentes, pero con similitudes que los hacía verse hermosos.
—Ambos sabemos por qué mi hermano te ha pedido que hagas este trabajo en realidad —interceptó Kankuro antes de que volviera a instigar más sobre sus viajes—. ¿Cuándo vais a dejar de fingir y levantar las cartas de vuestros sentimientos?
Sakura tomó la taza de café que había dejado sobre la mesa para recibirle. Dio un sorbo antes de responder.
—No sé de qué estás hablando.
Kankuro suspiró.
—Sí, ya, seguro que no lo sabes —aceptó sarcástico—. Mira, a mi hermano se le van los ojos por una vez en su vida detrás de una mujer y ella, eres tú. Y a ti te gusta mi hermano, pero imagino que algo te retiene. Si es porque es el Kazekage y crees que la gente va a tirarse encima de ti, estás equivocada.
—Claro, porque eso no pasaría de ser cierto —recalcó devolviéndole el mismo sarcasmo.
—Vale, no te mentiré diciéndote que no pasará —dijo encogiéndose de hombros—. Pero los demás no somos ciegos. Haced algo, por el amor de dios. ¡Tened una cita o lo que sea! Invítalo a cenar o algo. Aclararlo y si luego no es nada, darlo por zanjado.
El problema es que podía ser algo, se dijo a sí misma.
—Y si lo es —continuó Kankuro—, entonces, vividlo.
—No es tan fácil —expresó sin pensarlo.
Kankuro sonrió de oreja a oreja. Sakura maldijo. ¡Fue capturada!
—¡Simplemente es…! ¡Lo mismo que tú y Tenten! —acusó.
—No —negó él—. Yo solo tengo que preocuparme de que mi hermana no mate a su cuñada, nada más. Tú tienes que preocuparte de hacer frente a una realidad más inmensa como el hecho de que te gusta un Kazekage.
—Son muchas más cosas de las que preocuparse que sólo gustar… —murmuró. Se llevó la mano al vientre—. Olvídalo, Kankuro.
—No lo voy a hacer —zanjó—. Es más. Ahora iré a verle y le diré que lo has invitado a cenar. A las ocho y media, seguramente, llegará. Su plato favorito ya lo conoces.
Antes de que se pudiera negar, Kankuro se marchó. Sakura miró la pila de informes y luego la cocina. Después su dormitorio y la ducha.
¡Iba a matarlo!
Pero Gaara no se presentó a las ocho y media y ella estaba sentada, vestida con un vestido que nunca pensó ponerse y vais descalza, con los pies sobre la mesa. Eran las doce y media cuando el timbre de su casa sonó. Gaara finalmente había aparecido.
Las ojeras pronunciadas, oliendo a jabón, con el cabello húmedo y restos de tierra en la mejilla que se quitó disimuladamente.
—Ocho y media —dijo ella dándose golpecitos en el codo tras cruzarse de brazos—. Imagino que con un Kazekage siempre será algo que suceda. Por suerte, este piso cuenta con un horno que mantiene la comida caliente hasta que una decide cuándo apagarlo, sin quemarlo ni dañarlo.
Se hizo a un lado.
—Bienvenido, Kazekage.
—Gaara —corrigió él—. Gaara es suficiente.
Sakura se mordisqueó los labios para no sonreír. Sirvió la mesa y en una charla trivial a cuenta de cómo funcionaba el horno o qué tal vivía en ese lugar, ambos terminaron con los platos y, agotados y llenos, se sentaron en el sofá.
—Siento que Kankuro te haya forzado a esto —se disculpó él aceptando la taza de té que le ofreció—. A veces se entromete demasiado en cosas que no debería.
—Sólo se preocupa por su hermano. Es natural.
Dio un soplo a su propia taza.
—Además, tenía razón en ciertas cosas de las que me dijo.
Gaara la miró interesado.
—Por ejemplo, si no soluciono los problemas que voy creando terminarán pasando factura a lo largo del tiempo.
—¿Es un problema una cena conmigo?
—Lo es —confirmó rápidamente—. Porque podría confirmar cosas para las que no tengo seguro. Es como saltar desde lo alto de un punto y no estar seguro de que tu chacra va a funcionar al final y vas a poder parar. O te estrellas o consigues frenar.
—Comprendo.
—¿De verdad? —cuestionó sorprendida.
Gaara asintió y elegantemente, dejó la taza sobre la mesa. En realidad, parecía que todo en él era de esa forma. La elegancia, la pulcritud y la perfección que quería mostrar.
—Sí. Porque si dijera que estoy enamorado de ti desde hace tiempo, seguramente habría la posibilidad de que me despreciaras o que me aceptaras. Y ambas cosas pueden resultar aterradoras.
Tragó un gemido de sorpresa. ¿Ambos estaban pensando exactamente igual?
—Quizás, teniendo en cuenta que casi parece que te secuestré al traerte aquí para expiar mi culpabilidad, pienses que hace que confunda el amor. Sin embargo, no es así. Soy consciente de lo que es amar y desear sólo desde que estás tú.
Se cubrió la cara, echándose hacia atrás. Podía sentir que le ardían las mejillas.
—Lo siento —se disculpó algo incómodo—. Expuse mis sentimientos de una forma más clara de la que querías debatir. ¿No es así?
—No, no —negó abanicándose el rostro—. Simplemente, yo pensaba que era imposible que me comprendieras o que pudieras sentir si quiera algo por mí. Siempre te afanas en mantenernos lejos que pensaba que era imposible y aunque Kankuro o Temari dejaron caer cosas y yo sospechaba, nada puede compararse a lo que es escucharlo salir de tu boca.
—Ah, eso —reconoció desviando la mirada—. Simplemente, cuando estás en el despacho me cuesta concentrarme porque pienso en otras cosas que en trabajo.
Estaba tan, pero taaan tentada a preguntar qué clase de cosas, que tuvo que morderse el labio para evitar hacerlo. Gaara ya había hecho un esfuerzo enorme por contarle sus sentimientos, darle a entender que la correspondía de amarlo.
—Entonces. ¿Está bien si soy yo? —preguntó.
Gaara volvió a mirarla. La sorpresa reflejada en su rostro.
—¿De verdad has de preguntar eso?
—Sí —respondió rápidamente—. Cuando estuvimos en Konoha por la boda de tu hermana y me despedí de Sasuke, descubrí que ya no sentía lo mismo por él. Pensé que él debería de sentirse aliviado de que alguien como yo no le amase más. Pero él dijo que ponía la misma cara contigo que hacía con él cuando me gustaba. Y me da pavor comportarme de la misma forma que lo hice hacia él.
Gaara levantó su mano y la posó sobre su mejilla. Una tierna caricia que la estremeció por completo.
—Sakura. Has madurado desde entonces. Sasuke fue un amor en el que no sabías qué pasos dar o cómo actuar. En realidad… no sé de qué estoy hablando —terminó, suspirando y retrocediendo más contra el sofá. Casi parecía desear hundirse.
—¿Qué quieres decir?
—Eres mi primer amor —confesó—. ¿Cómo puedo saber que has madurado? ¿Que no haré las mismas cosas que hiciste?
Esa vez, ella le tocó. Suavemente, un roce delicado en su barbilla que subió hasta su mejilla. Gaara parpadeó.
—Entonces, estamos un poco a mano.
Apoyó su cabeza en su hombro y sus dedos se enredaron en sus manos.
No necesitaron palabras típicas ni una conversación elástica.
5. El Kazekage
Sakura aprendió rápido qué consecuencias traía consigo el hecho de estar saliendo con Gaara. Que sus visitas a la oficina del Kazekage aumentaran, que éste acudiera más veces a su piso o que se les viera caminar por la calle juntos, llamó más la atención de lo que esperaba.
Hasta el punto de salir en las noticias.
Aquel día se había levantado tarde aprovechando que era su día libre. Después de una visita nocturna por parte de Gaara en la que tomaron té e intercambiaron historias de su infancia, se sentía algo más realizada. Podía pensar que las cosas iban demasiado lentas con él, pero de alguna forma, ninguno de los dos terminaba por avanzar más.
Kankuro había optado por curiosear mucho más de lo debido, hasta convertirse casi en el cocinero de su casa esos días. Lo vio salir de la cocina con un plato a rebosar de tortitas con mermelada que provocó que su estómago rugiera.
—¿Esperamos a un regimiento para desayunar? —preguntó sirviéndose una taza de café—. O tienes intenciones de ponerme gorda.
—Ni lo uno ni lo otro. Hasta donde sé, sólo seremos nosotros dos.
Se limpió las manos en el delantal y la detuvo cuando la vio caminar hasta la televisión.
—Comamos en la mesa esta vez, anda —indicó—. Para eso la tienes y le das poco uso.
—Vale, pero deja que ponga las noticias.
—No creo que sea buena idea que lo hagas —reflexionó—. Escuchar noticias con el estómago vacío no es saludable.
—Kankuro —advirtió apretando el mando con la suficiente fuerza como para que crujiera un poco. El muchacho retrocedió.
—Vale, luego no digas que no te advertí.
—¿De qué? —protestó encendiendo el televisor al final.
Lo primero que vio fue un plano de su cara alejarse y, a continuación, de su edificio. El mando resbaló hasta sus pies.
"... la información que tenemos acerca de ella es que es la hija de dos ninjas retirados, alumna de la afamada Tsunade Senjû y entrenada a la par por Kakashi Hatake, el actual Hokage de Konoha. Tiene dieciocho años y ya es jefa médica en cirugía, cuyas proezas son reconocidas. También participó en primera división en la cuarta guerra ninja…"
—¿Están… hablando de mí? —balbuceó atónita.
Kankuro atrapó la taza de café de sus dedos.
—Sí —respondió.
—¿Por qué? —masculló mirándole con la boca abierta.
La televisión respondió por él.
"... Según fuentes anónimas se cree que su relación comenzó por entonces. Nada más finalizar la guerra, el Kazekage la trajo a Suna para que aquí la trataran nuestro sistema médico. Después, no sólo le proporcionó un puesto de trabajo, sino que, además, le buscó un hogar. ¿Será esto un amor desarrollado por la dependencia del dinero?"
Maldiciendo entre dientes, se volvió en dirección a su dormitorio. Sacó algo de ropa.
—Espera. Espera. ¿Qué va a hacer? —cuestionó Kankuro persiguiéndola.
—Resolver esto.
—¿Cómo? ¿Acaso planeas dar una charla de prensa? Porque van a comerte.
—¿Y qué hago? —Inquirió quitándose la parte superior del pijama. Kankuro desvió la mirada para darle la espalda—. ¿Me quedo de brazos cruzados mientras a causa de la reputación que quieren darme va a afectar a Gaara?
—Es el Kazekage, Sakura —le recordó.
Se colocó los pantalones a patadas.
—¿Y eso lo hace inmune? La prensa del corazón es horrible. Llevo leyéndola desde que era niña porque, estúpidamente, me gustaban las cosas que contaban. Son crueles y dañinos.
—Y no tendrán nunca la verdad de lo que hay entre ustedes —añadió Kankuro mirándola al fin—. Dale tiempo a Gaara de controlar esto. Dará una rueda de prensa y amansará las cosas.
Sakura se detuvo. Pestañeó.
—He de hablar con él.
—¿Qué? ¡No, espera vas a…!
Lo que tuviera que decir no logró escucharlo. Ser ninja tenía esas ventajas en esos momentos. Sabía por dónde y cómo moverse. Y también, cuándo hacerse notar.
—Sakura.
Salió de las sombras. Gaara levantó la mirada de las hojas frente a él para mirar hacia ella.
—No debías de salir de casa.
—¿No? ¿Y qué hago? ¿Quedarme viendo cómo te destrozan o mienten a cuenta de quién soy o qué quiero de ti? Eres el Kazekage, no puedes permitirte un escándalo así.
Gaara dejó la pluma sobre la mesa antes de levantarse. Caminó hasta la puerta para cerrarla y regresó a su puesto, sentándose cansado. Sakura cerró las cortinas y notó que parpadeaba aliviado.
—¿He de decir que todo fue mentira? —preguntó a medida que se acercaba a él—. Que no eres nada para mí.
—No, pero… —Se mordió los labios—. Es tan difícil todo esto.
Se apoyó con la cadera sobre el escritorio y extendió sus manos hasta atrapar su rostro. Le acarició con los pulgares las mejillas.
—Gaara, tengo miedo de que te destroce el hecho de que estés conmigo.
Él la asió de las muñecas, sin fuerza, pero sí con firmeza. Sus ojos perfilaron su rostro y se detuvieron en sus labios. Sakura se inclinó hacia delante, con su collar tintineando en el aire y sus labios buscando el contacto de los contrarios. Gaara la besó con torpeza, la misma inexperiencia que ella podría tener. Dios, no era lo mismo un RPC que besar a la persona que amabas.
Gaara era fresco, dulce y sabía a té.
La soltó de las manos y sus manos se dirigieron al instante hasta sus caderas. Sakura accedió a la invitación y como nunca pensó que haría, se sentó a horcajadas sobre un hombre. Rodeó sus hombros, metió su mano en sus cabellos y buscó más de sus besos, hasta que sus bocas se separaron y ella miró al techo y él, él se perdió en el sendero de su cuello.
Suspiró, se lamió los labios y arqueó su cuerpo contra él. Sus pechos aplastándose contra su pecho. Tiró el gorro hacia atrás, sobre la mesa y, después, con torpeza, asió el fular hasta que liberó su cuello.
Abrirle la túnica fue mucho más fácil de lo que pensaba, aunque las manos de él se movían con torpeza sobre su cuerpo, caminando senderos que no terminaban ahí donde lo deseaba. Las tomó y las aplanó contra sus cumbres. Gaara tragó, sorprendido, cuando se levantó la camiseta y la piel quedó completamente expuesta a su placer.
—Dios… Sakura —masculló. La miró un instante antes de bajar su boca sobre ella.
Fue tan excitante ver cómo se apoderaba de su pezón. Primero uno, luego el otro, con sus dedos ásperos rozando el que liberaba. Una y otra vez.
Entonces, en un arrebato de locura sorprendente, él se levantó y la empujó contra el escritorio. Avergonzada por la situación, lo empujó de los hombros hacia ella, mientras las manos masculinas luchaban contra sus pantalones y ahuecaban el secreto humedecido de su interior.
Abrió la boca, sorprendida. Por un instante, el techo se oscureció y tuvo que parpadear, moviendo sus caderas como respuesta.
Con sus pies, empujó los pantalones hasta que quedaron colgando de su pernera en su pierna derecha junto a la ropa interior. Bajó la mirada entre ellos y lo vio. Duro, en medio de una pequeña mata de pelo tan rojo como sus cabellos.
Conocía la anatomía humana lo suficiente y, aun así, la loca idea virginal de preguntarse si eso entraría en ella provocó que se riera por un instante.
—¿Qué ocurre? —preguntó él, confuso.
—Nada —respondió acariciando su mejilla, sus hombros, bajando por su vientre hasta sus ingles. Lo tomó en su mano y él siseó su nombre en advertencia hambrienta. —Ven. Dentro de mí.
Lo guio hasta el lugar adecuado, donde su humedad lo recibiría y comprendiera lo que era, al fin, tener un hombre en ella.
Gaara fue lo más delicado que un hombre como él podía ser en su primera vez. La besó y colmó de caricias torpes en intentos de calmar su dolor. Esperó pacientemente, con el gesto tenso por el esfuerzo y el sudor cayendo de su mejilla. Podía sentirlo dentro, invasor, adecuándose a ella.
—Sakura —masculló—. ¿Puedo…?
Asintió con un parpadeo. Él obedeció. El dolor fue disipando levemente. Continuó hasta que el placer colapsó la sensación.
El escritorio se tambaleó bajo ella. Los documentos se arrugaron y empaparon bajo su trasero y sus cuerpos se acercaron y separaron, se tocaron. Gaara sucumbió antes. Con los dientes rechinando y las caderas empujando con fuerza en su interior. Sakura lo sintió, cálido húmedo y como si fuera una invitación, el orgasmo tan ansiado la destruyó en bocados de falta de aire y susurros de nombres interminables.
Ambos se quedaron muy quietos por un momento. Con él todavía sobre y dentro de ella. Gaara tardó en recomponerse y sólo alcanzó a caer sobre la silla por un instante, mientras que, avergonzada, intentó encontrar la mejor forma de levantarse sin parecer una desvergonzada. Hasta que sintió la túnica cubrirla. Y luego, sus manos asirla hasta sentarla sobre sus piernas.
—Definitivamente, no puedo decir que no hay nada. Que digan lo que les dé la gana.
Sakura se acurrucó sobre él.
Estaba dispuesta a lidiar con eso.
Y con más.
6. Sí o no
La prensa se terminó cansando varios meses después. Después de que Gaara diera una rueda de prensa y no desmintiera su relación con ella, que no se escondieron y no provocaran habladurías de más, terminaron aburriéndose lo suficiente como para dejarles respirar tranquilos. Eso significó que sus vidas continuaron avanzando con el mismo paso del tiempo.
La rutina en sus trabajos regresó, pero sus encuentros se intensificaron en algo más candente. Pasaron de sólo sentarse a charlar y ver la televisión a enredarse en las sábanas o darle otro uso a la mesa del comedor. Ahora, no podía pasear por su piso sin recordar alguna escena interesante en uno de sus muebles.
Gaara continuaba igual o más ocupado. Muchas eran las veces en que terminaba dormido antes de terminar una película o que se acurrucaban para terminar enseguida dormidos. Sakura enseguida tomó decisiones pertinentes en cuanto a su alimentación y horas de descanso y aunque Gaara protestó alguna que otra vez, sabía que era mejor no llevarle la contraria.
Sakura, por supuesto, se había habituado a la vida en Suna. Aceptaba sus creencias, su forma de vida y aprendía cada vez más.
Su trabajo solía absorberla lo suficiente y a veces, se lo tomaba demasiado personal. Justamente, uno de los peores días, también sucedió algo que no habría esperado. Quizás tuviera que ver el hecho de que Gaara era tan reservado como para mantener en buen recaudo un secreto como ese.
Cada vez que tenía un mal día, Sakura había tomado por costumbre subir al edificio más alto de Suna. Solía sentarse ahí para mirar las luces, a las personas que parecían diminutas en comparación al mundo y, de necesitarlo, llorar.
Ese día era un mar de lágrimas.
Gaara se sentó a su lado en completo silencio. Ella se aferró a su brazo y rozó sus húmedas mejillas en su hombro.
—¿Qué ha ocurrido?
—Hoy ha sido un día horrible —confesó—. Resulta que el médico anterior a mí no advirtió a una paciente de que para su salud era recomendable no quedarse embarazada. La mujer ha llevado el embarazo cuesta arriba, con dolores y sufrimiento. No sé por qué nadie la advirtió. Cuando la han traído a mi mesa debía decidir entre el hijo o ella. Por supuesto, ha escogido al bebé, pero… cuando he abierto… Dios.
Se llevó las manos al rostro. El llanto era incontrolable.
—Ese bebe… ese bebé no ha podido sobrevivir. La madre ha muerto también. No he conseguido salvar a ninguno de los dos. Los datos, la información. ¡Todo estaba mal! Y lo peor de todo es que no puedo decir nada porque ese médico murió durante la guerra y lo tienen como un héroe de guerra.
Tragó y miró a lo lejos.
—Con la cantidad de niños huérfanos tras la guerra que quedaron, podrían haberle dado otra idea a esa mujer para ser madre. Podría haber experimentado esta etapa. Comprendo que no es lo mismo que sea tuyo, pero el amor a veces no marca ese hecho. Y no habríamos tenido que perder dos vidas en vano.
Dejó que el viento se llevara sus lágrimas.
—Lo siento —se disculpó él.
—Tú no tienes la culpa —dijo—. Ni yo, lo sé. Pero no sé, es la impotencia. Comprender el sentimiento también afecta. Se supone que como médico debes de advertir y cuidar a tus pacientes. Es cierto que ellos luego hacen lo que quieren, pero en este caso, nadie la avisó a tiempo. Incluso podrían haber optado por el aborto. Cuando se lo comenté la mujer estaba muerta de pánico. ¿Sabes qué dijo?
Gaara negó.
—" ¿Por qué nadie me lo dijo antes? No habría gestado un hijo que sé que va a morir". "Por favor, sálvele a él si puede".
Se levantó para caminar en círculos. Gaara la observó mientras lo hacía, comprendiendo que necesitaba un momento.
—No quiero que esas cosas vuelvan a suceder en Suna. —Se sentó a su lado de nuevo—. Así que me esforzaré porque no se repitan.
Quedaron en silencio por poco tiempo. Gaara la tomó de la mano.
—Hay algo que quería decirte. Sé que no es un buen momento, pero no sé realmente cuándo va a serlo. Sabes que no soy bueno con estos asuntos.
Sakura le miró interesada. Hasta que sintió algo caer sobre su mano. Frío y brillante. Se quedó en silencio hasta que comprendió.
—No tienes que aceptar si no quieres.
—Gaara —masculló emocionada—. ¿Estás pidiéndome que me case contigo?
—Lo hago —confirmó encogiéndose de hombros. — Lo llevo pensando desde hace mucho tiempo.
¡Dios! Y ella había pensado que… no debería de pedírselo.
Gaara debió de leer su gesto, porque apoyó su mano sobre la suya.
—Si no es el momento, lo entenderé —dijo.
Sakura observó sus manos unidas antes de volver la suya y entregarle de vuelta el anillo.
—¿Y cuándo será el momento, Gaara? —preguntó calmadamente—. Tú mereces una mujer que continúe tu linaje no algo como… yo.
—¿Qué?
La perplejidad en su voz pasó a su rostro.
—¿Crees que quiero una esposa como vientre? —preguntó casi sin voz—. ¿O pensabas que iba a tomarte solo como amante?
Fue como si ella fuera un libro y él conociera el interior sin necesidad de abrir sus páginas. Enrojeció, culpable y sorprendida.
—Pensé que sí, que tú…
—No. —Gaara se puso en pie y miró la ciudad—. Es imposible que haga algo así, Sakura. O eres mi esposa o nada más. Podría soportar incluso amistad.
—Sabes que no puedo darte hijos —le recordó llevándose las manos al vientre—. Aquella herida… lo sabía en ese momento, pero no quise pensar en ello.
Él se arrodilló y posó una mano sobre la suya.
—No quites mi parte de culpa —susurró.
—Eso no quiere decir que quieras casarte porque te sientas responsable. ¿Verdad?
—No, no lo dice —confirmó mirándola a los ojos sin rastro de mentira—. No me importa si no puedes traer hijos. Un matrimonio no se basa sólo en eso. Mi hermana no se casó porque quisiera darle hijos a Nara. Se casó porque le amaba.
Sakura le besó. Aprovechó la altura de su rostro, buscó sus labios.
—Me casaré contigo, Gaara. Porque también te amo.
—Yo no he… —protestó avergonzado. —Aunque ya lo sabes.
Esa vez, ella ganó la batalla. Aunque algo la dejó intrigada. Cuando regresaban a su piso, con ideales de desnudarse en rápidos gestos, Gaara dijo algo extraño que no comprendería hasta más tarde.
—Las bodas en Suna no son como las de Konoha...
Continuará…
n/a:
Lo que quería aclarar es que, como avisé arriba, sucede en distintos tiempos. Pero se basa en la cuarta guerra. Ocurrió un incidente en que Sakura fue herida en su vientre. No pudo curarse bien y perdió su matriz. Se contará mejor qué sucedió en el siguiente y último capítulo, pero por ahora quería aclarar esto.
Otra cosa: Este fic ignora el suceso de la película NH.
Comisiones abiertas =D
