Wufei continuo con sus días, parecía que nada hubiera sucedido, estaba tranquilo, demasiado para los que lo conocían, incluso Sally sospechaba de tanta calma. Pero realmente lo estaba, asumió totalmente el hecho de que Duo no le respondería, lo comprendía, no era tonto, no soñaba con hipótesis ridículas, siempre fue pragmático y en eso debía serlo por completo. Sobre todo, sabiendo que Quatre requería de un hombro amigo que estuviera con sus facultades mentales optimas. No había querido cuestionar al rubio por el hecho de que lo llamase a él y no al trenzado, era mejor no hacerlo, el chico tenía sus razones.

Llamaba al rubio de vez en cuando, solo para saber su estado mental, suponía que el trenzado lo haría de esa forma, varias veces se encontró preguntándose por ese otro chico, por cómo se encontraría, suponía muchas cosas, lo imaginaba gritando por todos lados durante las horas del trabajo, para luego beber con amigos y seguir riendo hasta quedar solo y sumirse en esa soledad característica de Duo, Heero había marcado de tal forma al chico que el pobre viviría siendo un fantasma toda su vida si no lograba asumir que ese soldado perfecto jamás volvería. Tuvo la esperanza de obtener una respuesta la tarde en la que robo aquel beso, creyó que podría obtener al menos un quizás. Esa parte del romance en las vidas, era una real pérdida de tiempo, el estar pensando en otra persona quitaba productibilidad, eso de imaginar las situaciones en las que las cosas pudiesen haberse torcido era patético y eso se repetía cada vez que se encontraba en ese mismo estado.

Los días fueron más amables con él, el trabajo lo agotaba tanto que no le daba tiempo para pensar en ese tonto trenzado y sí así era, lograba quitárselo gritándole a algún pobre soldado que pasaba. Sally era su conciencia, siempre dejando palabras al aire que le devolvían la calma, esa mujer era muy importante en su vida, quien empujaba sus emocionas a ser más tangibles.

—A estado preguntando por ti, ¿qué le puedo decir?

El oriental guardó silencio, el rostro pálido de Quatre sonreía esperando alguna respuesta. Después de un mes, ese maldito se atrevía a preguntar por él. Honestamente no tenía idea de la razón de todo eso o de que debía decirle a Quatre, suspiro molesto, arrugando la frente, dejando ese trabajo al rubio, que le dijese lo que él consideraba mejor. El árabe sonrió divertido por eso, no era secreto que algo estaba pasando. Pero para el oriental eso le molestaba, sentía que no tenía por qué estar consultando por él, si estaba vivo o no, no debía importarle. Aquello lo tuvo en la mente todo el día, golpeándose en la cabeza para detener una marea de supuestos que no llegaban a nada.

Una tarde en la que estaba por terminar su jornada, entro una llamada al comunicador, un número desconocido, pensó en Sally que seguro le llamaba para confirmar algo desde algún punto de las colonias.

—Dime, ya me voy

—Hola… yo, solo quería hablar contigo