ZD World 10 años después.
El griterío ensordecedor de la plebe resonaba en los oídos de Codexis. Sin quererlo, sin darse cuenta exactamente del momento en que el fervor general era comunicado a su propia nervadura, también palmeó con sus manos ásperas de tantos combates y quedó afónico al unir su grito extático al de la multitud. El sol ardiente y certero del mediodía era tan encarnizadamente hegemónico que había devorado todas las sombras y lustrado las frentes de la enloquecida turba con gruesas gotas de sudor. Un viento atroz y seco levantaba ásperas bocanadas del polvo de la arena y por momentos los combatientes se veían inmersos en un torbellino que se dispersaba al cabo, cercenado por el plomo de las balas o el fuego líquido de los rifles de plasma. Había una capa finísima, un campo impenetrable que protegía a la populosa concurrencia del estadio: el plomo, la plasma (que por instantes asemejaba eléctricos erizos o extraños moluscos bioluminiscentes atravesando las densas columnas marinas a una velocidad inusitada), o el fuego de los lanzallamas, o los grandes cohetes perdidos: todo era neutralizado con la facilidad de un gran insecticida, aunque el efecto visualmente producido era como el de una gran telaraña que paraba al vuelo a una despistada mosca, dejando ver en circuito la tela policromada por el rocío y el oblicuo sol del atardecer. Era un efecto maravilloso que pasaba por alto para la mayoría, a la que el combate mantenía en una alternativa que iba de la catatonia a la excitación más escandalosa. Entre los que no perdían la oportunidad para vislumbrar el fenómeno de la irradiación de halos multicolor en torno al punto de colisión, estaban algunos miembros de ONX, situados en la última fila, cara al oriente: ONIXG224, Cyclo, Ram, Codexis. Solo estos dos últimos permanecían del todo atraídos por el reñido combate librado, pero las miradas brillaban con intereses muy dispares. Ram se apartaba los largos cabellos, iracundo, cuando estos interferían con su incisivo análisis de la destreza y los elementos a los que recurrían los expertos combatientes. Procuraba tomar nota mental de cuanto veía. El interés de Cyclo era menor. Pensaba en su novia, que lo esperaba en una de las más lejanas Urbes. Pensaba en el tacto de su maravillosa Squier Bullet Mustang, que lo esperaba tanto como su novia, apoyada contra el muro del armario, protegida de las ratas y las abundantes bacterias gracias a su camisón de plástico. El combate no lo dejaba indiferente, pero su interés no era tan intenso como el de Codexis o Ram. Después de todo, quienes protagonizaban el frenético duel no eran otros que los antipáticos Hugo y Selam.
El marcador presentaba frecuentes alternativas. Primero Hugo, después Selam dominaban el puntaje. Selam podía rebasar a su viejo amigo, y después invertir a su favor el resultado. Nadie sabía quién iba a ganar. Casi todo el mundo estaba en vilo.
ONIXG224 se había zampado una anvorguesa triple de carne de Cacodemon con tocino de Pinky, y esto le había provocado una modorra incontenible: dormitaba; solo las efímeras rutilancias del campo de energía lo mantenían despierto. Fuera de ahí, la única pregunta que revoloteaba con la pesadumbre de un murciélago herido en el fondo de una caverna, no era otra que ¿y cuándo van a terminar…? Pero también una maldición, de vez en cuando, era dirigida a Codexis, el cabeza de huevo que había insistido en ir a aprender de los grandes que se estarían batiendo en el torneo que daría inicio aquél caluroso día de verano… uno de esos días que no invitan sino a la inmovilidad, a dormitar junto a la playa, bajo una parra o a la sombra de esa choza que se habían construido a manera de refugio, con vista al lago Aegis, pocos kilómetros al norte del Distrito J-01, al que habían emigrado como los estigmatizados nómadas que eran. Pero Codexis se había enterado de que Selam, su gran amigo, su ídolo, su maestro desde hacía algunos años, estaría abriendo junto a Hugo uno de los tantos Torneos con que la Capital aspiraba a recobrar el interés de la exhausta ciudadanía de las provincias que tenían bajo su dominio pocos años. Si bien el aspecto ofrecido por el estadio podía resultar esperanzador para los Altos directivos, lo cierto es que es aquella plebe ávida de emociones no representaba un porcentaje sustancial de la población. Era más bien como si se hubiera reunido a un gremio fanático, a un sector muy específico, como a los fanáticos de la lucha libre. Aun estos eran pocos en comparación a los casuales: los que asistían en familia o con amistades, por curiosidad, pero se quedaban embriagados por la emoción todopoderosa del violento deporte. El contagia se hacía inminente salvo en pocas individualidades, que sabían reclamarse para sí mismas nada más.
Codexis gritaba como loco cuando Selam ganaba un frag aunque la circunstancia hacía prever una derrota inminente; cuando este deslumbraba a la audiencia con una maniobra espectacular e inesperada. He ahí los elementos de los que se valían ambos campeones: la espectacularidad de lo inesperado, la estocada imprevisible, la agilidad inusitada, la sorpresa. Y todo brotaba de una fuerza extraordinaria. Esta fuerza se manifestaba en aquellos cuerpos en constante movimiento, en constante arritmia como en una danza salvaje donde no había otro ritmo que las violentas pulsaciones de los instintos y el furtivo cálculo de la estrategia. Los cuerpos vigorosos casi no cesaban en su danza. Ram estudiaba a ambos combatientes, pero Codexis miraba atento a uno solo. Su emoción en la victoria, su arrobo en los profundos silencios de expectación, su sobrecogimiento indefinible cuando Selam era superado por Hugo, tenía una intensidad inusual y muy diversa a los sentimientos sanguinarios de aquella loca audiencia. No solo su espíritu se agitaba con aquella turbación multitudinaria, con aquél incendio humano que lo rodeaba, sino que su corazón bombeaba la sangre con una fluctuación inusual, ardiente, cuando miraba el sol reverberar en los brazos fornidos de Selam.
Poco después, el clamor general favorecía al turco, al hijo de los monos nómadas del desierto, al favorito de Alá, y el corazón de Codexis se estremecía de placer. Los combatientes cerraron el combate estrechándose las manos. A continuación se anunciaba el orden de los combates siguientes. Onix manifestó su descontento, se largaba a una taberna o a un puticlub. Cyclo secundó el aburrimiento del líder. Ram no se movió. Quería continuar con obstinación su aprendizaje. Codexis pidió a Onix y Cyclo que lo esperaran en la salida.
Antes de partir, quería visitar los vestidores para felicitar a su buen amigo Selam.
