Era un día como cualquier otro en la vida de un estudiante de secundaria americana, ir al colegio, estudiar, ver a los amigos, etc. Ese mismo día corría –como casi siempre- por las calles de la tranquila ciudad, una chica de cabellos rubios, la llamada pecosa rebelde, Candy White Ardley.
Se suponía que debía llegar más temprano ese día porque tendrían un examen del álgebra el cual debía pasar y ella quería estudiar con la chica más inteligente del curso; la irlandesa nacionalizada Patricia O´Brian, pero también quería que la joven pelinegra –que tanto la enloquecía- estudiara con ellas.
Al llegar, divisó la figura de la castaña de gafas a la entrada del salón la cual hablaba algo un poco serio con otra compañera, una también rubia de frente ancha y ojos azules, la estrella del club de teatro, Susana Marlowe.
-¡Oh! Hola Candy, ¿Otra vez tarde? –dijo la irlandesa al notar la presencia de la rubia pecosa.
-Si ¡Lo lamento mucho! –Puso su mano en su nuca- Es que me levanté tarde porque anoche no dormí muy bien, jejejeje –Rió nerviosa
-Bueno no te preocupes, todavía tenemos tiempo de estudiar, el examen es hasta después del receso. –Afirmó Patty.
-¡De acuerdo! En el descanso estudiaremos –Exclamó alegremente Candy.
Las tres chicas entraron al salón ya que el timbre de entrada a clases, inundó la escuela. Al entrar, Candy se dio cuenta que hacía falta la presencia de alguien muy especial llamada Annie Britter. La rubia pecosa inspeccionó por todo el salón buscando una pista sobre donde estaba SU chica de cabellera azabache mientras que sus amigas la miraban algo extrañas.
-Etto… Susana, ¿Tú sabes dónde está Annie? –Preguntó Candy preocupada.
-No lo sé, la verdad no es muy normal que ella llegue tarde, ella es muy puntual –Dijo- Muy al contrario que tú, Candy –Susurró para sus adentros.
- Bueno, gracias. – le respondió a la rubia ojiazul-
"Annie ¿Dónde estás?", pensó bastante preocupada.
Y así empezaron las clases para los jóvenes estudiantes de una escuela secundaria de Chicago, excepto para una chica que estaba preguntándose dónde diablos estaría su 'amiga'.
(…)
En las mismas transcurrió el día para la muchacha, la cual se preocupaba –y estresaba- más y más porque la pelinegra no apareció en ningún momento y nadie sabía dónde estaba y si se encontraba bien. Cuando –al fin- el día acabó, la rubia pecosa salió corriendo de la escuela y aprovechando que no tenían práctica de baloncesto (Club en el cual estaba), fue a visitar a Annie a su casa.
Al llegar, Candy tocó la puerta de la casa de la 'desaparecida' y una mujer de cabellos rubios hasta la cintura, vestida formalmente; la recibió con afecto y la condujo a la sala del susodicho hogar de la pelinegra .
-Buenas tardes Candy, que bueno verte por aquí –Dijo amistosamente la mujer.
-¡Buenas tardes señora Britter! –Dijo la joven jadeante- Disculpe la molestia, pero…-
-Vienes a ver a Annie, ¿Cierto? –Interrumpió la madre. –No te preocupes, está en su habitación durmiendo. Amaneció con mucha fiebre esta mañana y no pudo ir a la escuela y tampoco pudo avisarles a ustedes para que no se preocuparan. Si quieres puedes seguir a verla, despertará dentro de poco.
-¡Muchas gracias señora Britter! ¡Le agradezco mucho! –Exclamó con entusiasmo para dirigirse a la habitación.
-¡Candy! Espera un momento por favor. –La interrumpió otra vez.- Tengo que ir a una reunión urgente fuera de la ciudad pero no la puedo dejar sola y menos cuando está enferma, no quiero internarla en el hospital, ¿Así que puedo pedirte que la cuides hasta que regrese?- Al decir esto, la rubia pecosa por poco quiso saltar de un edificio de 80 pisos ¡Se iba a quedar sólo con su pelinegra!
¡Sería lo mejor que le haya pasado en su vida!
-¡Si por supuesto que la cuidaré! –Exclamó con mucho entusiasmo la joven de ojos verdes
- Muchas gracias, Candy, regresaré mañana en la tarde. En la cocina y en el baño está todo lo necesario y si necesitas mi número está pegado en la mesa del comedor. –Tomó su bolso y abrió la puerta- ¡Adiós! ¡Cuídense! –Se despidió y se fue.
Candy no perdió el tiempo y salió disparada al segundo piso para ir al cuarto de Annie.
Al fin, después de la carrera hacia el segundo piso que pudo haber sido calificada como record olímpico, llegó a la última habitación del pasillo. Abrió lentamente la puerta, viendo así como su bella pelinegra dormía plácidamente en una cama doble que estaba en el centro de la habitación.
Entró silenciosamente para no despertar a su amada, ¡La quería demasiado! Se veía tan tierna y apacible durmiendo allí, con sus ojos cerrados, sus largos y oscuros cabellos sueltos junto con ese listón rojo que llevaba siempre que se esparcían por toda la almohada que apoyaba su cabeza, sus mejillas levemente rosadas por la fiebre y algo de sudor por la misma; sin ignorar que llevaba sobre la frente una toalla humedecida para bajar su temperatura.
Se acercó lentamente hacia la cama de la pelinegra tratando de no caer y hacer un escándalo como regularmente lo hacía, agarró una silla que estaba cerca y la colocó al lado de la cama de la anteriormente nombrada y se le quedó mirando detenidamente. Amaba cada parte de su ser, para los ojos de Candy White, Annie Britter era la perfección en carne propia. ¡Ya creía que era un ángel caído!
Amaba su blanca y dulce sonrisa la cual parecía solo estar dirigida a la rubia pecosa, sus ojos zafiros con los cuales observaba con felicidad los suyos, su delicadamente detallado rostro que demostraba todas sus emociones, su delgada figura que dejaba a más de uno temblando en el proceso; en fin.
Al ver ese rostro dulcemente adormecido, la rubia atolondrada estaba –inútilmente- aguantándose las ganas de acariciar a su 'princesa', pero tenía miedo de que ésta despertara aunque pareciera que estuviera profundamente dormida. Luego se armó de valor y puso su mano sobre la mejilla de la ojiazul, empezando a acariciarla suavemente. Con su mano libre acarició también suavemente sus cabellos.
Estaba disfrutando tocar la suave piel de la mejilla de la chica tímida y, tan concentrada estaba haciéndolo que no se percató de que su amado pelinegra había despertado.
"¡Qué estoy haciendo! ¡No puedo creer que lo hice! ¡Al fin!", Se decía mentalmente la rubia pecosa hasta que una débil voz la sacó de sus pensamientos- ¿Eh?
-¿Candy? ¿Qué haces? –Dijo Annie con apenas voz y más sonrojada de lo que estaba por lo que la de cabellos rubios ondulados hacía.
-Em… Pues yo…- Dijo nerviosa la rubia pecosa- ¡Quise venir a visitarte porque no habías ido a la escuela hoy! Jejeje –Continuó tratando de esconder su nerviosismo.
-Je, lo siento mucho si las preocupé es que esta mañana no me sentí muy bien y pues no pude asistir – Se sentó en la cama dejando caer la toalla que había en su frente y después de decir esto la pelinegra hizo una mueca de no poder ver muy claramente, la cual no fue desapercibida por Candy – Tal vez regrese en dos días por que ahora…
-¿Ahora qué? Annie, ¿Te sientes bien? –Dijo aún más preocupada y mirándola de la misma forma.
-Pues yo… Me siento algo mareado… Creo…-Dijo (o alcanzó a decir) la enferma antes de desmayarse de espaldas sobre los protectores, fuertes y 'rescatistas' brazos de Candy
-Candy…
-Annie será mejor que descanses un poco más- La rubia pecosa lo recostó sobre su cama otra vez y recogió la pequeña toalla y fue a humedecerla en un recipiente que contenía agua fría con un poco de hielo que estaba sobre la mesa de noche del cuarto de la pelinegra. La estrujó para sacarle el exceso de agua y la volvió a poner sobre la frente de la tímida.
-Con eso estarás mejor y te refrescarás.
-Gracias Candy…-Dijo para volver a cerrar los ojos, pero no para dormir- Candy-la llamó y los abrió.
-¿Dime?
"Me pregunto qué querrá, será posible que…"- Respondió al llamado amigablemente.
-Te tengo que confesar algo… Y espero que no lo tomes a mal ni que te asustes…-Mencionó
-¿Que tienes que decirme Annie? –Preguntó la rubia pecosa nerviosa otra vez.
-Pues… Yo… Te quería decir que… -Se empezó a tensionar- Te quiero… -Se sonrojó bastante.
-¿Cómo?- Aún no captaba la idea aunque esa fuera la respuesta a todos los revoltijos que tenía en su cabeza y su corazón- ¿Qué quieres decir con eso?
-Quiero decir que me gustas Candy White…- Dijo suave y tiernamente a su amiga pecosa - ¿Yo te gusto? –Continuó con nerviosismo volteando la vista hacia otro lado.
Su interior estalló en alegría, ¡Estaba siendo correspondida! ¡Su pelinegra se estaba confesando! ¡Carajo! ¿Cómo fue que ella fue tan cobarde para no darse cuenta de sus sentimientos? No desaprovechó ni un segundo y respondió con toda la alegría que había en su interior:
-¡Sí, si me gustas! -Gritó a los cuatro vientos casi cayéndose de la silla donde se encontraba sentada.
-¿Enserio?- Dijo no creyéndoselo.
-¡Sí! ¡Te amo Annie! –Dio la más grande y alegre de sus sonrisas a su pequeño aún no 'Neko'
-Qué bueno, porque quería hacer esto desde hace mucho tiempo…- Y sin más, se volvió a sentar en la cama y miró fijamente a los ojos verdes de Candy- Te quiero mucho Candy –Dijo para poner su mano delicadamente sobre la mejilla de la pecosa y besarla tiernamente en la comisura de los labios.
Candy… –Como siempre- Estaba tratando de procesar la información de lo que estaba pasando, ni si quiera se dio cuenta cuando la chica tímida puso su mano en su mejilla y menos cuando la besó. Fue ahí cuando –finalmente- recapacitó lo sucedido, se sonrojó y tímidamente le correspondió.
Por falta de aire se separaron, pero la rubia pecosa no lo iba a dejar así; se paró y fue a la puerta y la cerró con llave. Regresó a donde la estaba esperando su chica y la volvió a besar.
El beso era simple e inocente, aunque las dos querían más de la otra. La chica de ojos verdes se adelantó y tomó la iniciativa. Presionó sus labios contra los de Annie mientras tomaba de la nuca a la última para no dejarla ir. La pelinegra por su parte, rodeó con sus brazos el cuello de la rubia castaña para acercarla más a ella; estaban tan cerca que podían sentir los pechos de la contraria contra el suyo.
Ese beso tan tierno se tornó más violento cuando la rubia pecosa presionó demasiado sus labios contra los de la pelinegra hizo que esta abriera la boca y gimiera, lo cual la ojiverde aprovechó para meter su juguetona lengua en la cavidad bucal de su neko.
Estaba explorando cada milímetro de esa bien templada cavidad, sus lenguas bailando lentamente y chocando entre sí, la de la tachi acariciando suavemente los dientes y las mejillas internas de la pelinegra. Estuvieron así por quien sabe cuánto tiempo y se separaron –otra vez- por el oxígeno habiendo entre ellas un hilo de saliva que demostraba su prueba de 'amor'. Seguidamente se abrazaron.
-¿Annie? –Llamó la atención de la pelinegra.
-Dime, Candy –Respondió con ternura la chica tímida.
-¿Tú… Me quieres tanto como yo creo?
-¿A qué te refieres con eso? –Preguntó la de cabellera larga sin entender del todo la pregunta de su amada.
-Me refiero a que… ¿Serías capaz de hacer cualquier cosa sólo por mí? –Preguntó tímidamente la chica de ojos verdes
-¡Claro que sí! ¡Tú eres la persona a la que más quiero y he querido en todo el mundo! –Exclamó- Soy toda tuya, Candy.
Con esas últimas palabras pronunciadas por la menor, la rubia no dudó ni un segundo y lo volvió a besar, pero este fue un beso más salvaje y rápido. Y, lanzándose sobre la chica tímida tumbándola precipitadamente sobre la cama a su lado. La otra estaba muy, muy sorprendida; pero no dudó en corresponder.
Ambas empezaron a 'comerse' entre sí y no pararían hasta que el –maldito- aire no les llegara a los pulmones. Lo cual pasó en cuestión de minutos.
-Annie, ¿Estás lista? –Dándole doble sentido a sus palabras.
-Hmpf depravada –Bufó- Para ti siempre. –Y con eso la rubia pecosa empezó a besar el cuello de la pelinegra ganándose ligeros gemidos y suspiros reprimidos como recompensa. Obviamente deseaban más, pero no iban a hacerlo tan rápido ¿O sí?
