CAPÍTULO 6


Luffy se quedó en el sitio con una expresión notable de contrariedad, sin embargo como Sanji estaba buscando la ropa para los dos, no se percató de la incomodidad del otro. Es más, siguió hablando como si nada.

—Eres más petiso que yo, así que tendrás que arremangarte el pantalón. Por aquí tenía uno deportivo —dijo revolviendo los cuatro cajones de la cómoda. Solo los trajes colgaban de perchas dentro de un ropero, inmaculadamente planchados y lavados con sus respectivas camisas y corbatas, pero el resto de la ropa era un caos.

—Creo que mejor me quedo así.

—Hace un frío de cagarse, te vas a enfermar si no te cambias. —Sanji finalmente encontró el pantalón negro y se lo dio—. Ten, una toalla. —Se la colocó en la cabeza, donde unos mechones de pelo húmedo todavía chorreaban agua.

—Con el calor de la cocina se me va a secar la ropa. —Luffy trataba de esquivar ese momento, tal como lo intentaba con Zoro, aunque en esos casos, sin éxito. Su mirada se paseaba nerviosa una y otra vez por los escasos objetos de la habitación, hacia el piso y las súper interesantes vetas de la madera del mismo.

—¿Qué pasa? —Sanji rio un poco mientras se quitaba la camisa de mangas largas. Ahí Luffy reparó en él con otros ojos, notando que el muchacho rubio tenía un cuerpo trabajado. Ni se notaba ese cuerpo de infarto con las ropas que portaba, tan elegantes—. No me digas que eres de esos a los que les da vergüenza desnudarse delante de otras personas.

—N-No es eso —mintió a medias—. Es que tengo novio y se va a enojar si se entera que me desnudé delante de otro tipo. Tiene un temperamento de los mil demonios. Y es muy celoso.

Sanji estaba a punto de bajarse los pantalones cuando escuchó esa confesión, ¿había oído mal o el novato le acababa de confesar que era gay? Ahora el incómodo era él y ya no podía quitarse la ropa. De pronto Sanji también encontró que las vetas del piso de madera eran dignas de su atención.

—No digas aquí tan abiertamente que tienes novio, idiota. —Reaccionó, pasado el pequeño shock inicial.

—¿Por qué, qué tiene de malo? —Luffy se encogió de hombros.

—Aparte, no entiendo cómo tu novio podría llegar a enterarse si no le cuentas. —No tenía ningún sentido eso; negó con la cabeza, tratando de entender la lógica inexplicable del muchacho.

—Es que me hizo jurar que siempre le diría la verdad, y bueno… pero no me contestaste. ¿Qué tiene de malo?

—Es que… verás… son todos ex convictos… —Sanji hizo una mueca con los labios, mitad gracia, mitad ironía—. Odian a los putos, aunque en la cárcel no dudan en cogerse entre ellos, los muy hipócritas.

—Sí, me di cuenta que hacen muchos chistes sobre putos.

—Por eso, para no tener problemas, ni menciones que tienes novio. Aunque te pregunten —aclaró lo último con énfasis, dándose cuenta de que Luffy era demasiado sincero y algo ingenuo—. Me iré así te cambias tranquilo. Avísame cuando termines.

Sanji salió del cuarto y se quedó tras la puerta, vestido con el pantalón solamente y calado de frío hasta los huesos. A los pocos minutos Luffy salió vistiendo el pantalón deportivo negro y una camiseta blanca. Tenía las sandalias empapadas, pero al menos ahora solo sentía el frío en los pies y no en todo el cuerpo.

Cuando ambos terminaron de cambiarse volvieron al restaurante para seguir trabajando. El recorrido de regreso a Sanji se le hizo eterno e incómodo, todavía le hacía eco la confesión del muchacho, no porque le molestara la misma, era más bien la desfachatez y soltura con la que se lo había contado, como quien comenta que va a llover. Aparte estaba más preocupado por los celos del novio que por otra cosa, era un chico extraño.

Mientras que Luffy era totalmente ajeno a los pensamientos del cocinero aprovechó el ritmo más tranquilo para chusmear todo lo que iban cruzando a su paso, ojeando como quien no quiere la cosa en todas las direcciones posibles, tarareando una canción cuyo nombre no recordaba.

Ninguno de los dos se salvó de la reprimenda de Zeff por tardar tanto. «¿Estaban cogiendo o qué?», fue el comentario desatinado de Paty y la sartén en la que trabajaba voló cuando una de las patadas de Sanji dio directo en el estómago del cocinero. El rubio atajo la sartén con una velocidad que a Luffy le pareció envidiable y dejó la misma sobre unos de los mostradores de metal. Luego descubriría que a Sanji tirar comida le gustaba incluso menos que esa clase de comentarios.

(…)

Al final del día la rutina del restaurante se volvía más brutal, si es que era posible. Zeff era despiadado con el nivel de exigencia, pero lo hacía porque sabía que nadie les daría, a personas con condenas, una oportunidad de trabajar en blanco. Además su lugar tenía una buena reputación que mantener. Daban un servicio impecable y eso solo se lograba con trabajo arduo.

Se levantaron todas las mesas del comedor, se pusieron todos los manteles, servilletas de tela y delantales a lavar, se baldeó toda la cocina y se lustró con cera el piso de madera del salón.

A veces, si los empleados habían estado muy mal portados, los obligaba a lustrar también todos los muebles de madera y a desengrasar la campana de la cocina, sin olvidar cada uno de los azulejos, pero por lo general eso se hacía una vez cada cierto tiempo, dependiendo del trajín de la cocina y de la temporada.

Al salir los cocineros fueron cada uno por su lado, mientras Sanji y Zeff cerraron el lugar. Luffy caminó hasta la estación, mirando sus ropas cambiadas y preguntándose qué le diría Zoro. La noche estaba fría, pero eso hacía que las estrellas brillaran más. Los celos de su novio quedaron atrás por un momento, mientras Luffy recopilaba el día mirando el cielo nocturno por la ventana del tren, sintiendo el frio en las manos y en los pies.

Cuando Luffy regresó a casa ya era medianoche y por eso se sorprendió al verlo a Zoro despierto. Quizás este se había quedado levantado para charlar con su pareja y saber cómo le había ido en su primer día.

—¿Y esa ropa? —cuestionó el policía cuando lo vio vestido así. Luffy llevaba en la mano una bolsa con sus prendas húmedas.

—¿Y esas botellas? —contraatacó Luffy, viendo sobre la mesa dos de cerveza ya vacías—. Tomas mucho, Zoro.

—¿Ahora eres mi padre? ¿Qué te pasa? —Se puso de pie para guardar los envases en la alacena de abajo—. No me contestaste, ¿esa ropa?

—Es que hoy… fue un día de locos —dijo con una sonrisa—. Me costó un poco convencer al jefe de que me aceptara, encima me mandaron a lavar platos y rompí como tres. Por suerte hay un muchacho que parece ser muy buena persona, y se hizo cargo, literalmente, de los platos rotos.

—Eso no contesta la pregunta que te hice.

—Ya va, te estoy contando cómo me fue. —La sonrisa se le borró, pese a estar agotado él estaba entusiasmado por narrarle su primer día, pero Zoro también lucía cansado. Con suerte esa noche no tendrían sexo—. La cuestión es que a la hora del descanso me puse a hablar con el muchacho para darle las gracias. Me senté en una barandilla que se rompió y caí al mar. ¡Creí que iba a ahogarme! Pero él me sacó —contó con emoción.

—Y te prestó ropa, veo, ahora entiendo. —El policía lo miró fijo, con fuego en los ojos— ¿Y quién carajo es?

—Sanji se llama —respondió Luffy un poco avasallado por el tono que había empleado su novio. Dejó la bolsa sobre la mesa y buscó en la alacena algunas galletas—. Es una buena persona.

—Te quiere coger —dijo Zoro sin tapujos.

—Nada que ver —negó el otro dando la vuelta con brusquedad, lo que había oído le parecía una locura.

—Te ayuda y es bueno contigo desde el primer día. Te quiere coger —reiteró como si fuera una obviedad.

Luffy entonces, se quedó cavilando al respecto, porque con ese criterio el policía lo había ayudado solo para cogerlo. Se le hizo un nudo en la garganta, en el corazón y en el estómago al pensar en que las personas son buenas solo por interés. Él sabía que no era así, que en el mundo había gente desinteresada que ayudaba a otros sin esperar nada a cambio, como debe ser, o como era su filosofía de vida. No creía ser la única persona en el mundo que era desinteresada.

—Zoro… —murmuró, dejando las galletas de lado, poniéndose frente a él, pero con la mirada gacha, porque no podía preguntárselo cara a cara, no podía la mayor parte de las veces mirarlo a los ojos sin sentir que era quemado por dentro—. ¿Me quieres? —preguntó finalmente, para sacarse esa espinilla. Quería saber, necesitaba saber si lo había ayudado a salir de las drogas por ser buena persona o solo para tenerlo de esclavo sexual.

—Te traje aquí, ¿no? —contestó con firmeza— ¿A ti qué te parece? Es fácil quererte, tonto. Por eso pienso que ese tal Sanji te tiene ganas. —El policía no era muy cariñoso, pero le revolvió el pelo como para suavizar sus palabras.

—¿Qué haces despierto tan tarde? Mañana debes trabajar. —Quiso cambiar el rumbo de la conversación, porque por algún motivo hablar del tema del cariño que supuestamente le tenía Zoro le ponía triste. Quería creerle con todas sus fuerzas, pero la verdad era que no se sentía del todo convencido por sus palabras.

—Primero, quería esperar a que llegaras. Como vi que no volvías asumí que, o te habían contratado, o te había pasado algo —explicó con calma, mientras apagaba poco a poco las luces para ir a la cama—. Y segundo, mañana es mi día libre.

—Cierto.

—¿Vamos a la cama? —propuso, pero como siempre, con ese tono a orden—. Aprovechemos que mañana no debo trabajar.

Luffy supo lo que significaba eso: sexo. Él quería seguir contándole a Zoro cómo había sido su primer día, las cagadas que se había mandado, del ambiente reinante, de las divertidas peleas entre los cocinero, pero no… Zoro lo llevó a la cama y lo desnudó con calma.

—Zoro…. —se animó a decir— hoy no tengo muchas ganas. —El trajín del día lo había agotado, pero además esas palabras le habían hecho mella. Sentía náuseas al pensar que todo lo que el policía había hecho era simplemente para retenerlo a su lado, por interés, para usarlo.

—Estuve pensando, mientras no estabas —le dijo, besándole el pecho, tratando de ponerlo a tono con caricias que sabía, lograban encender a Luffy— que no necesitas trabajar. Con mi sueldo alcanza para que vivamos los dos relativamente bien.

—Pero yo quiero aportar —reclamó, sin encenderse todavía; su pene estaba dormido, aunque el policía ahora le daba repetidos besos en el glande—. Me gusta el lugar, me siento cómodo.

—¿No será que te gusta ese tal Sanji más que el lugar?

—Basta con eso, Zoro —se molestó un poco—. A Sanji le gustan las mujeres. Y mucho. Vieras cómo se pone cuando una chica linda entra al salón o pasa delante de él.

—No es solo por eso… es que la casa se sintió vacía con tu ausencia —mintió, para tratar de convencerlo de no trabajar—. Te extrañé. Si trabajas tantas horas no podremos vernos mucho, no me gusta.

Esas últimas palabras habían sonado tan bonitas saliendo de alguien tan tosco como Zoro que Luffy suspiró de amor y le regaló un beso en la frente. Quería creer en lo dicho, así que al final se dejó tocar. Las palabras del policía habían cumplido su cometido de convencerlo y aceptar someterse una vez más.

(…)

A Luffy le tomó varios meses adaptarse al trabajo, más que nada a ser eficiente. Seguía siendo atolondrado y aunque Sanji muchas veces le gritaba, le tenía santa paciencia. Fue él quien le enseñó lo básico para atender bien a los comensales. Las primeras semanas se la pasó con las manos llenas de curitas y vendas, que un cuchillo muy filoso, que una sartén muy caliente. Y se le hicieron callos y durezas a medida que ganaba experiencia.

Poco a poco fueron conociéndose. Sanji no era una persona que gustara hablar de su pasado, en cambio Luffy no tuvo problemas en contarle incluso hasta lo de Ace. Y pese a que el cocinero era bastante reticente a hablar de sí mismo, con el correr del tiempo y a tirabuzones el novato fue descubriendo detalles de su vida privada.

No solo sabía que le gustaban mucho las mujeres, que a pesar de rondar los veinte años aún era virgen, incluso llegó a enterarse que provenía de una familia muy rica. No obstante, eso no le había garantizado una buena infancia. Cuando la madre de Sanji había muerto, su padre se volvió inclemente con él. Lo golpeaba, lo encerraba por semanas, lo dejaba sin comer. Hasta que un día, cuando el cocinero tenía ocho años, se cansó de ese trató y prefirió vivir en la calle.

Luffy pensaba, cuando lo escuchaba hablar de su pasado, lo terrible que debió haber sido crecer en una familia así, con un padre y hermanos que lo despreciaban a tal punto de hacerle preferir vivir en la calle. Y a tan corta edad. Eso debió haber sido un infierno en vida.

De la única persona que el cocinero tenía gratos recuerdos era de su hermana, según le había contado Sanji. Porque ella le curaba las heridas e incluso lo ayudó a escapar una noche aconsejándole que nunca volviera. Y no lo hizo.

Por fortuna Zeff se había cruzado en su camino, cuando estaba famélico y a punto de morir por hipotermia. Se lo llevó con él y le dio una buena vida. Aunque cualquier clase de trato era mejor que el que recibía de su familia biológica.

Aunque el cocinero no se lo decía, porque no se lo confesaba ni a su sombra, Luffy se daba cuenta de que Zeff era como un padre para él. Le agradaba conocer a Sanji, en verdad le parecía una buena persona.

En un momento dado, Luffy no recordaba bien cuándo o cómo, Sanji le preguntó si siempre había sabido que le gustaban los hombres. A lo que Luffy, siempre abierto y lenguaraz, se limitó a encogerse de hombros.

—Está bien si no quieres hablar al respecto. —Mirando al lejano horizonte dejó escapar una gran nube de humo de los labios.

—No es eso, es solo que todavía es confuso. —Luffy evitaba a toda costa pensar al respecto. No le gustaba el sexo, sin embargo casi todas las noches terminaba debajo de Zoro. Le sabía mal hablar de su sexualidad porque no podía ejercerla libremente.

El rubio comprendió enseguida que no era un tema con el que el moreno se sintiera cómodo, y pese a que no entendía qué había pasado entre esa cándida confesión sobre tener novio y la repentina hermeticidad, cambió de tema preguntándole si le había gustado la cena de esa noche.