CAPÍTULO 7
Luffy aceptó el saltar a un tema inocuo como la comida con mucho agrado, aunque admitía que se sentía un poco hipócrita después de insistirle tanto a Sanji para que este se abriera a contarle cuestiones de su vida íntima. Se prometió a sí mismo que más adelante le sería sincero, pero no todavía. Aún no podía ni siquiera explicarse a sí mismo cómo era la relación con Zoro. No podía incluso analizarse y darse explicaciones, menos podría hacerlo para con otra persona.
Una noche, durante su rato de descanso, como era habitual se pusieron a hablar, primero de bueyes perdidos, de temas intrascendentales. No obstante, casi como lo harían dos amigos, la conversación fue variando hasta volverse más personal.
—Mi sueño siempre fue navegar por el mar y conocer otras islas —confesó Luffy—. Viví encerrado en un orfanato la mayor parte de mi vida. Así que ansío la libertad. Y creo que esa libertad está en viajar por el mundo, conocer gente diferente y vivir muchas aventuras.
—Es que justo a ti te tocó el peor orfanato de la ciudad, por lo que me contaste. Aunque no sé cómo son otros orfanatos, por suerte yo no tuve que ir a ninguno.
—El de mi novio no era tan terrible —remarcó—. ¿Y tú? —curioseó como siempre, mirándolo con los ojos llenos de brillo.
—¿Yo qué?
—¿Cuál es tu sueño? Debes tener uno, todo el mundo lo tiene. —Sabía que para arrastrar a Sanji a hablar de temas personales debía ser insistente. Como fuera, de una forma u otra, aunque le costase, lo conseguía. Lograba hacerlo hablar.
—Pues… ¿conoces el All Blue? —Su sonrisa fue enorme, y en ese momento fueron sus ojos los que se llenaron de brillo—. Es un lugar en donde el mar alberga todos los peces del mundo, ¡imagina! Para un cocinero eso es la gloria. Me gustaría conocer el All Blue.
—¡Entonces yo te llevo! —Luffy se sentía contagiado por la emoción del otro— Si algún día zarpo al mar, iremos juntos a ese lugar.
—Son solo sueños, Luffy. —Le gustaba volar, pero debía ser realista.
—Ey, ustedes dos —dijo Zeff desde atrás, borrando la sonrisa de los labios. Había escuchado parte de la conversación. Siempre su hijo adoptivo se ponía feliz y tenía esa cara de tonto cuando hablaba del All Blue—. Hace rato terminó el descanso. Dejen de parlotear y vuelvan al trabajo. —Fue relativamente suave su orden para lo que solía ser él.
Sanji apagó el cigarrillo en una lata que usaba como cenicero improvisado y dio la vuelta para entrar. Luffy quería decirle muchas cosas, refutar esa idea, contestarle que los sueños son importantes, que nos motivan a vivir, pero lamentablemente tocaba trabajar, así que sin más ingresó con él al salón. Al mismo tiempo, tenía la sensación de que hablar sobre sus sueños marcaba la consolidación de su amistad y por eso se permitió volver al trabajo con una sonrisa. Ya tendría tiempo de convencerlo a Sanji de perseguirlos después, y ante esa idea no pudo evitar reírse para sus adentros.
(…)
Era una mañana excepcionalmente helada; aunque en esa zona de la isla siempre hacía un poco de frío, el termómetro marcaba una temperatura que auguraba agua nieve. Ese día decidieron prender la calefacción y ese día, además, era cinco de mayo.
Zoro se pidió el día libre para poder estar con Luffy y almorzar con él. Sabía que a su pareja le tocaría trabajar pese a que era su cumpleaños, así que quería aprovechar el día teniendo sexo. Sin embargo, al menos, tuvo el gesto de comprarle un pastel pequeño para Luffy solo, ya que a él las cosas dulces no le gustaban mucho, y además le obsequió un presente.
—¿Esto? —preguntó Luffy recibiendo un paquetito cuadrado. Cumplía diecinueve años ese día.
—Feliz cumpleaños —Estaba de pie, y el otro sentado frente a su pastel, que parecía ser que era lo que más le importaba.
—¡Gracias, Zoro! —exclamó con alegría. El policía se encorvó para darle un beso efímero en los labios, viendo la emoción de un niño pequeño en la actitud de Luffy de romper el paquete con desesperación— ¿Esto? —cuestionó al ver lo que era. Sabía de qué se trataba, pero le llamaba la atención el inusual regalo.
—Un den den mushi móvil —aclaró, como si no fuera obvio.
Eran pequeños aparatos que servían para comunicarse. Los grandes permitían poder llamar a varios den den mushi a la vez, porque se conectaban entre sí, pero los portátiles solían tener una sola conexión, con otro den den mushi pareja. Para aclarar el panorama, Zoro le mostró el suyo.
—No entiendo por qué…
—Tenlo encendido todo el día. Así podemos comunicarnos —ordenó el policía interrumpiéndolo. La sonrisa a Luffy se le había ido.
— ¿Lo compraste para controlarme? —Ya de por sí Zoro era bastante controlador y se imaginaba recibiendo llamados en pleno trabajo.
—Nada que ver, es por seguridad. Mira si te pasa algo y no tienes cómo comunicarte conmigo —mintió, porque en verdad sí se lo había comprado para controlarlo.
—Entiendo. — Bajó la vista al supuesto regalo.
El pobre bicho no tenía la culpa, pero Luffy no pudo evitar mirarlo como si fuera la personificación de todos sus problemas. Quizás no de todos, pero sí sería el desencadenante de muchas escenas de celos de su novio posesivo.
Luffy trató de dejar ese tema de lado, porque a veces prefería huir de las situaciones que lo incomodaban y se concentró en el pastel que su novio le había comprado. Como fue de esperarse, más tarde, Zoro lo llevó a la cama, con la excusa de festejar su cumpleaños de la mejor manera. De la mejor manera para él, porque Luffy nuevamente se encontraba imposibilitado de negarse a sus pedidos. A fin de cuentas le había hecho un presente y se había ocupado de comprarle un pastel para festejar su cumpleaños.
Y si bien detestaba sentirse así no podía evitarlo, siempre que Zoro hacía algo por él en lugar de poder estar feliz y disfrutar de compartir esa alegría, él solo se sentía en deuda. Una deuda que parecía no parar de crecer y crecer.
(…)
Era fin de semana. Los viernes, sábados y domingos se trabajaba a destajo. Luffy no tuvo tiempo de lamentarse de dedos cortados o de la mala atención que aún ofrecía a los comensales. Ni tampoco nadie tenía el tiempo para retarlo.
Era bien sabido que los fines de semana eran días ajetreados en los restaurantes. Eran días en donde las discusiones o los chistes entre cocineros quedaban en segundo plano, porque había que sacar platillo tras platillo con la mayor velocidad posible.
Aunque afuera seguía haciendo un frío bastante intenso, todas las mesas estaban ocupadas y el salón lleno a más no poder, incluso había gente sentada en la barra esperando por la próxima mesa que se liberase. Los nuevos mozos corrían de un lado al otro de la cocina entrando y saliendo con los platillos y pasando por el hueco los platos sucios que iban directo a la bacha.
El ruido del ir y venir de los cocineros no llegaba al salón, pero sí al revés. En la cocina se escuchaban las risas y la conversación de los comensales. Era muy molesto trabajar mientras parecía que el resto del mundo estaba allí afuera, disfrutando la vida, a costilla del trabajo a destajo de los otros. Era desesperante para Luffy.
Miró a su alrededor, a sus compañeros de trabajo, todos tenían la frente ceñida, concentrados en su tarea. El novato volvió a sus condenados platos, mandil de goma y botas porque siempre se mojaba uno haciendo de lava copas, y no porque él fuera un desastre, había mejorado bastante, aunque aún le faltaba mucho.
Su propio ceño se frunció al recordar que ni siquiera pudo disfrutar de estar unos minutos charlando con Sanji, ya que este prefirió quedarse adentro, trabajando. Según el cocinero era importante adelantar todo el trabajo que se pudiera en un día tan ajetreado. Él sí se tomó su descanso, un poco alicaído.
No sabía bien por qué se sentía así, capaz que por la sencilla razón de que era su cumpleaños y tenía que trabajar igual. Tal vez porque todos lo habían saludado al paso, sin darle la mayor importancia. Incluido Sanji. Y si bien el mar lucía hermoso y salir a tomar aire le permitía renovar sus fuerzas, sin Sanji, el momento del descanso no era igual.
No obstante, cuando llegó la hora de cierre y él logró terminar con sus quehaceres, su amigo no lo dejó irse a casa sin más. Lo buscó por todos lados y lo agarró justo a tiempo, viéndolo de espaldas marchándose por unos de los laterales.
—¡Espera, Luffy! —gritó Sanji con un cigarrillo colgando de los labios. Fumaba demasiado, eso pensaba el novato. Quizás era lo único bueno de no compartir el descanso, pensó con amargura.
—Me voy a casa, estoy cansado. —Estaba siendo sincero, no tenía ni ganas de hablar.
—Solo es un segundo, hombre —dijo, caminando esos metros para tomarlo de un brazo y arrastrarlo consigo de vuelta por una de las puertas laterales, la que daba a la cocina.
Luffy entró con desgano, pensando en que Zoro iba a llamarlo en cualquier momento si llegaba a tardarse más de diez minutos de lo normal; pero no pudo quejarse cuando vio el delicioso pastel sobre una de las mesadas de aluminio.
—¿Es para mí? —Se señaló a si mismo medio boquiabierto. Lucía increíble, como todo lo que hacía Sanji.
—Feliz cumpleaños. —No lo dijo con mucha emoción, pero lo que agregó le dio la pauta a Luffy de cuán considerado había sido el cocinero—. Me costó prepararlo entre tanto trabajo. Hoy fue un día de locos. Pero no podía dejar pasar tu cumpleaños.
—¡Muchas gracias, Sanji! —En ese momento tenía unas irrefrenables ganas de abrazar a su amigo, pero se contuvo, una parte de él sabía que no había tanta confianza como para tomarse esas libertades, así que solo extendió los brazos al cielo.
—Puedes llevártelo —aclaró Sanji—, antes de que tu novio haga la denuncia a la policía por desaparición de persona —bromeó un poco, sabiendo que la pareja del otro era un poco, bastante, controlador.
Luffy a veces discutía con él a través de un den den mushi móvil: «¡No me llames a cada rato, Zoro, estoy trabajando, me vas a meter en problemas!». Al principio al cocinero le parecía divertido, ya después le resultó preocupante. En especial porque Luffy no era muy sutil cuando hablaba con su novio y ya todos sospechaban de ese tal Zoro que llamaba al novato cada media hora.
—En realidad —musitó Luffy mirando el pastel con seriedad—, me gustaría comerlo contigo. Después de todo lo preparaste especialmente para mí. —Le dedicó una de esas sonrisas luminosas que cada tanto le regalaba al mundo.
—Ok, si eso es lo que quieres. —Cuando Sanji se giró para buscar una cuchilla aprovechó que le daba la espalda para sonreír a sus anchas; se sentía estúpidamente contento de poder compartirlo con Luffy y ver la cara de felicidad del otro. Luego volvió a girarse, luciendo serio como siempre y cortó el pastel.
Cuando Luffy lo probó le pareció mil veces mejor que el que le había comprado Zoro. Podía sentir el sabor a las frutas cortadas delicadamente, a la crema batida a mano muy suave y sin ser empalagosa, al dulce y el licor incorporado en el bizcocho esponjoso y aireado. Era un éxtasis ese pastel y se lo hizo saber con gemidos de hondo placer. Y esa era la mejor recompensa para un cocinero.
Luffy tenía que reconocerlo, Sanji era un mago en la cocina. ¡Estaba disfrutando más de ese manjar que de sus encuentros sexuales con Zoro! Que, por cierto, cuando miró la hora en el enorme reloj de la cocina se percató de un detalle sumamente relevante: Se había pasado media hora comiendo y charlando con Sanji y su novio no se había comunicado por él. Eso despertó una alarma en él.
—Creo que debería irme, es muy tarde —dijo Luffy poniéndose de pie, pero sin dejar de comer—. Zoro se va a preocupar.
—Llévate lo que queda, si lo dejas aquí para mañana va a desaparecer.
—Bien, ¡muchas gracias, Sanji! Este fue un día genial, pese al trabajo. —Le regaló una enorme sonrisa y se animó a decir lo que sentía y quería hacer— ¿Puedo… puedo abrazarte?
Sanji se quedó unos segundos medio alelado. No esperaba esa petición, pero verle a Luffy la carita de ruego le pudo. Le daba algo de pudor, ¿por qué mentir?, pero entendía que el novato era así, una persona sencilla y agradecida. Imaginaba que no encontraba otra manera de darle las gracias que esa.
—Ok. —Acabó accediendo, pero sin mostrarse muy convencido.
—Si no quieres está bien —se apresuró a decir Luffy, todo rápido y de corrido, arrepentido de su lengua floja.
—No es eso, es que no me lo esperaba, pero no me molesta. —Se estaba diciendo a sí mismo que no había nada de gay en abrazar a un amigo. Ya consideraba a Luffy como a uno.
El muchacho se acercó a él y le rodeó el cuello con los brazos, metiendo. sin pensar demasiado en lo invasivo que estaba siendo, la nariz en el cuello del cocinero, aspirando su aroma natural, inundando sus sentidos. Una extraña combinación de comida marítima con colonia y tabaco.
Sanji no supo reaccionar muy bien al principio. Se quedó con los brazos a los costados, pero como Luffy no se desprendía y parecía estar esperando algo de él, al final le rodeó la cintura con los brazos, dándole un fuerte apretón para decirle por última vez feliz cumpleaños –aunque ya era seis de mayo- y apartarlo suavemente de su cuerpo. La respiración del chico en su cuello le generaba un estremecimiento que de primera mano pensó que era incomodad y al que se negó de lleno a volver a analizar en absoluto.
Aquello comenzaba a gustarle y eso era peligroso. Sanji nunca pensó que abrazar a un hombre podía sentirse tan bien, pero se mintió a sí mismo diciéndose que comenzaba a tenerle mucha estima al escuincle. Era imposible no quererlo. Era desinteresado y atento, y si bien bastante atolondrado, nunca decía que no si alguien necesitaba o pedía algo. Además ¿qué tenía de malo un abrazo entre amigos? No era lo usual para él, vale, pero tampoco estaban cometiendo un crimen.
Sanji dio la vuelta, medio confundido, con el corazón latiéndole apresurado y él tratando de calmarse en vano. Buscó un recipiente donde meter lo que quedaba del pastel, que era una porción.
«Para tu novio» le había dicho a Luffy, quizás como una cándida manera de diferenciar los tantos. Ellos eran amigos y el chico tenía novio, que fuera gay no le molestaba en lo más mínimo, aunque al principio le hubiera importunado. No le molestaba ni le interesaba. Definitivamente no quería saber nada al respecto, porque pensar en todo ese asunto lo colocaba en un lugar difícil.
