CAPÍTULO 10


El calor del otro era muy reconfortante, podía sentir el latido del su corazón y el mismo olor a colonia de la otra vez, entremezclado con el aroma a comida y el humo de mil cigarrillos. Si era posible se quedaría allí refugiado, ignorando felizmente lo que estaba mal en su vida. Estaba todo tan de cabeza que no sabía por dónde empezar a arreglarlo.

—Perdón.

—¿Por qué pides perdón, menso? —Sanji se apartó un poco, deshaciendo el abrazo.

—No lo sé, te mojé la ropa y además no quiero molestarte con mis cosas. —No lo miraba a la cara, seguía con los ojos puestos en los azulejos del piso. No podía, era una situación extraña para él haberse quebrado así frente a su amigo; contradictoriamente le hacía bien y anhelaba esa cercanía con él—. Supongo que estoy acostumbrado a pedirle perdón a Zoro hasta por respirar —finalizó con algo de ironía, una sonrisa torcida y ligeramente amarga en los labios que al cocinero le causó un pinchazo de tristeza.

—¿Sabes qué pienso? —cuestionó con un tono suave y amigable—: Que eres demasiado bueno. Deberías darle una buena patada en el culo a ese imbécil. Y dejar de pedir perdón cuando no tienes la culpa de nada.

—Gracias, Sanji. —Le regaló una enorme sonrisa, esta vez más parecida a aquellas que tanto le gustaban al rubio y que contrastaba enormemente con su carita empapada en lágrimas—. Eres muy buena persona.

En ese punto Sanji hizo algo que no pudo justificarse a sí mismo. El lugar era estrecho, así que estaban pegados prácticamente. Acercó la cara y le dejó un beso en la frente para después secarle la cara con las manos, pasando la yema de los dedos sobre los párpados con mucha suavidad. Luffy cerró los ojos un instante y Sanji se reprochó cuando su mirada se posó en esos labios agrietados por palizas. No obstante volvió a su rol de amigo, aunque no sin sentir que el corazón se le atoraba en la garganta.

—No es que sea una buena persona, solo que tú no estás acostumbrado a que te traten bien. —Trató de tomar distancia para abrir la puerta del baño—. ¿Vamos a trabajar?

Luffy asintió con energía, se sentía más aliviado. Mientras volvía pensó en el enorme detalle de que hablar con Sanji le había ayudado a sacarse un peso de encima, a poder contar un poco el infierno que vivía día a día. Él se sentía en un laberinto sin salida. No veía nada fácil alejarse de Zoro, este no se apartaría de su vida así como así. En el fondo lo sabía, por eso dejarlo tampoco era una opción. Aunque la pensaba, ¿por qué seguir negándolo?

(…)

Hubo un momento de quiebre para Luffy, hubo un día en el que llegó a pensar y a decirse a sí mismo «basta, hasta aquí llegué», y ese día fue uno muy particular. Cumplía años el hippie, así que quería ir a saludarlo. Era un día cálido pese a estar en una isla invernal, y los chicos del barrio jugaban a la pelota en la calle, mientras algunos vecinos los observaban sentados al frente de sus casas.

Hacía mucho tiempo que no lo veía, prácticamente desde que dejó su casa para irse a vivir con Zoro. Se lo había cruzado un par de veces en la calle, pero en dichas ocasiones hablaron poco y nada; por lo general Luffy siempre estaba apurado por llegar al trabajo, dado que Zeff odiaba que sus empleados llegaran tarde.

Solían intercambiar algunas palabras, pero nada profundo, y justamente la última ocasión, mientras hablaban de bueyes perdidos, el hippie lo invitó a su casa para festejar su cumpleaños.

Fue un infierno para Luffy cuando se lo comentó a Zoro. Trató de ir con tacto, de no alertarlo demasiado. No se preparó para la fiesta, iría con la ropa que tenía puesta pues solo pensaba pasar a saludar, dado que le tocaba trabajar. Luffy ya no sabía lo que era tener un día franco.

—¿A dónde vas? Es temprano. —Zoro fue perspicaz cuando se percató que tomaba las llaves de la casa.

—Quiero visitar al hippie antes de ir a trabajar, te conté de él. Me ayudó mucho cuando salí del orfanato. Hoy es su cumpleaños. —Había pre ensayado en su cabeza lo que le diría llegado el caso de tener que confrontarlo.

—Sí, te ayudó dándote drogas. Vaya ayuda. —Se puso de pie y le arrebató de las manos la llave—. No vas a ir.

—¡Voy a ir, Zoro! —Trató de volver a agarrar la llave para salir, pero su novio la estampó contra la mesa para luego tomarlo fuertemente de las muñecas— M-Me estás lastimando.

—Te dije que no vas a ir. Tú lo que quieres es ir a coger con ese tipo. —Fue ejerciendo presión en esas muñecas, hasta que lo tuvo a Luffy arrodillado.

Luego lo arrastró hasta la habitación y allí lo puso de pie de malos modos para arrinconarlo contra una pared. Algo le rozó el brazo a Luffy: su viejo sombrero de paja. Una llama se prendió en él. Recordó las enseñanzas de Ace, como peleaban con Sabo para mejorar, los tres, sus técnicas de lucha. También recordó las palabras de Sanji y sintió quebrarse por dentro. Había llegado a su límite. Ya no podía, ni quería aguantar este trato por parte de Zoro.

—¡Estoy harto de ti! ¡Suéltame!

Con todas sus fuerzas logró alejarlo, sin embargo las palabras dichas por Luffy fueron suficientes para encabronar a Zoro, y mientras el muchacho recibía un terrible gancho en la boca del estómago pensó de nuevo en Sanji, en sus palabras, en el confort que le generaba estar cerca de él. En la relación diametralmente opuesta con la que tenía con el ex policía.

Eso lo arrastró a hablar de más y en consecuencia la paliza fue atroz. Como nunca antes. Sin embargo, la adrenalina de los primeros golpes se le fue mezclando con euforia. Una tranquilidad extraña al sentir que era la última vez. Se hizo la promesa a sí mismo: Jamás volvería a ser la bolsa de boxeo de Zoro, ni de nadie más.

Con esa convicción en su interior entrecerró los ojos. Apretó los puños y los dientes, resguardando la cabeza entre los antebrazos. Se mordió los labios para no darle a Zoro la satisfacción de escuchar sus quejidos de dolor.

Apenas Luffy sintió que los golpes perdían un poco de la fuerza inicial comenzó el contraataque. El primer golpe tomó a Zoro totalmente desprevenido. Un puño a la mandíbula que le aflojó los dientes y le hizo dar vuelta el rostro.

Los ojos del muchacho húmedos de lágrimas lo confundieron, pero detrás de las mismas brillaba un fuego terrible en esas pupilas negras. La postura de estilo parecido al de un boxeador terminaba de completar el cuadro. Luffy tenía que estar peleando en serio, porque antes no lo había visto asumir esa postura.

El ex policía sintió que se le oprimía el pecho. Decidió que ya que habían llegado tan lejos ahora solo le quedaba seguir adelante. Le tiró un gancho, pero Luffy lo esquivó como nunca antes. Otro puño a la cara de Zoro. Esta vez en su cuello pero solo porque logró moverse como para esquivarlo un poco.

Contrario a él, que solo buscaba generar dolor, Luffy estaba buscando noquearlo, sacarlo del camino para irse del lugar. Ante la idea Zoro comenzó a desesperarse, a tirar golpes sin ton ni son. Esa fue la oportunidad que Luffy necesitaba.

Zoro recibió el primero de los dos últimos golpes que le daría. Un puñetazo certero que se clavó en su plexo solar, quitándole el aire y dejándolo doblado de dolor. El segundo fue un golpe en la nuca. Era la única forma de frenar a Zoro y que ninguno de los dos muriese en el intento.

El ex policia cayó desmayado al piso y, tras asegurarse que todavía respiraba, Luffy tomó las llaves y se largó de la casa. Ni siquiera se molestó en cerrar la puerta tras de sí, solo echó a correr hasta alcanzar la puerta de calle.

Tanto como sus piernas se lo permitieron corrió. Corrió sin rumbo por unas cuantas cuadras, buscando poner toda la distancia posible entre ambos, dejando atrás a Zoro, quien parecía haber estado dispuesto a matarlo en esa ocasión. No solo sus palabras lo aseveraban, también sus golpes.

Poco a poco la adrenalina se estaba yendo y el dolor comenzaba a estar presente. Había sido suerte de que algo tan simple como su sombrero de paja y el recuerdo de Sanji lo ayudaran a reaccionar.

Cuando pudo calmarse un poco, frenó, y llevando las manos a las rodillas tomó aire. Le dolía todo el cuerpo, se sentía ensangrentado. Se tocó la cara corroborando que le sangraba la nariz, sin embargo no la tenía rota. Pensó, en esos escasos segundos de falsa calma, a dónde iría en ese estado. No podía ir a la casa del hippie así, arruinaría un festejo por una pelea de pareja. Tampoco estaba en condiciones de ir a una fiesta.

Y de nuevo volvió a pensar en Sanji. Al único lugar al que podía ir, o que sentía que podía ir era el Baratie, así que caminó esas cuadras. Cuando llegó a su lugar de trabajo y Zeff lo vio en ese estado le dijo que no podría trabajar. Mandó a llamar a Sanji y cuando este vio a su amigo con un ojo morado, roto y lleno de sangre, más todos esos moretones, trató de no manifestar su horror y en cambio buscó atenderlo.

No pudieron hablar mucho al respecto. Sanji se apresuró a parar las hemorragias, ya tendría tiempo de conversar al respecto y de decirle a Luffy que todo tenía un límite, y que dicho límite había llegado en ese momento.

—Ese bastado, ¿cómo pudo dejarte así?

—Esta vez me defendí… —Se le hizo un nudo en la voz.

No había querido llegar a esa instancia, pero lo había hecho porque quería una vida mejor. Luffy no pudo continuar hablando. Reconoció la voz de Zoro llamándolo a los gritos. Había llegado al Baratie y la desazón cobró forma en su cara. No quería tener que golpear a Zoro de nuevo. Sanji dejó el algodón para ir al exterior y zanjar ese asunto; su amigo lo siguió detrás, vaticinando lo peor.

—¡Voy a matarte, imbécil! ¡Vuelves a dejarlo así y te mato! —Sanji no usaba sus puños para pelear, los cuidaba mucho porque eran su herramienta de trabajo, pero estaba tan furioso que se fue a las manos con Zoro.

—¡A ti te quería agarrar! —Le dijo el ex policía trenzándose en una pelea de puños con el cocinero.

—¡BASTA, ZORO! —intervino Luffy poniéndose frente a su todavía novio, o ex novio— ¡Cuando me fui estabas inconsciente, puedes tener una contusión, no es buena idea que sigas peleando!— le dijo entre dientes.

En verdad no quería pegarle de nuevo, pero se estaba cansando de todo aquello y si era necesario haría lo que fuera para que no pusiera las manos en Sanji. No quería que nadie más saliera lastimado esa noche.

—¡No me importa eso! ¡Sé que me lo merecía, pero en verdad lo siento, Luffy! ¡Vuelve a casa conmigo! —reclamó Zoro, tomándolo de un brazo, sin dejar de rogarle que no lo dejara.

—No va a volver. —Sanji fue firme, tomando el otro brazo del muchacho, deslizando los dedos hasta tomarle la mano.

—¡Ya llamé a la policía! —Zeff fue el que puso punto final a la reyerta en su restaurante.

No quería problemas allí y para colmo los comensales habían dejado de comer para prestar atención a la pelea. En efecto, la policía llegó y se llevó a Zoro quien, borracho y golpeado, seguía gritándole a Luffy que no habían terminado la relación, alternando con ruegos de que volviera a casa, jurándole que él y todo iba a cambiar para mejor.

No obstante, Luffy sabía, ya sabía que eran palabras vacías. Siempre era igual: le daba la paliza de su vida, le pedía perdón y le prometía que no lo volvería a hacer, para luego romper su promesa.

Sanji tomó a Luffy con dulzura de la mano que no había soltado y lo llevó de nuevo adentro para tratarle las heridas. Parecía que ninguno de los dos tenía nada para decir, o al menos el coraje para hacerlo. Al menos hasta que Sanji habló.

—Hoy pasas la noche aquí.

—Gracias, Sanji. —Trató de contener el llanto, pero no pudo. El peso de todo lo que había pasado comenzaba a afectarlo y un cansancio terrible le pesaba en el cuerpo—. No sabía a dónde ir. Perdón por molestar.

—Hiciste bien en venir aquí. No te preocupes por eso. El viejo está molesto, pero no es contigo.

—No sé qué pasó, de golpe se volvió loco.

—Está loco —contradijo Sanji mirándole el ojo de cerca para ver qué tan grave era la herida, podía perderlo sin asistencia médica.

—Bueno, en realidad sé que es mi culpa.

—¡Deja de echarte la culpa, me enferma! —Lo retó.

—No, pero esta vez yo lo provoqué —confesó con pena y con un ligero rubor en la cara manchada de sangre—. Se volvió loco porque le dije que estoy enamorado de otro hombre. Tuve que defenderme después de confesárselo. Se lo dije para enojarlo, pero en el fondo es verdad.

—Vaya. —El corazón a Sanji comenzó a palpitarle fuerte ante esas palabras. Era como si adivinara a dónde iba Luffy con toda esa perorata.

—¿No vas a preguntarme quién es ese hombre? —cuestionó con seriedad, mirándolo a los ojos con seguridad—. Gracias por cuidarme, Sanji. —Sin más palabras, porque sobraban, se estiró lo suficiente para dejarle un beso en la comisura de los labios.

—Espera... —reculó Sanji cuando sintió otro beso, esta vez en los labios y con más firmeza—. Esto no está bien.

—¿Por qué no está bien? Si se siente bien.

El cocinero se limitó a esquivarle la mirada. De inmediato empezó a guardar todos los objetos del botiquín dando por terminadas las curaciones. Luffy notó los cambios en el lenguaje corporal del otro y no insistió, pese a no recibir una respuesta.

—Será mejor volver. —Sanji quería escapar de una situación que para su falsa y tambaleante heterosexualidad era muy incómoda y peligrosa.

Esa jornada laboral Luffy se la pasó comiendo y haciendo tareas simples en la cocina, mientras Sanji trataba de trabajar. Y trataba, porque tenía la cabeza en cualquier lado menos en atender a los comensales y en cocinar. Ese beso que Luffy tan cándidamente le había dado lo había revolucionado por dentro.

Cuando llegó la hora de cierre, y pese a lo que había pasado en el baño mientras lo curaba, se lo llevó a su cuarto y le ofreció su cama. Sabía que Luffy era ingenuo, pero pedirle compartir la misma después de un beso lo colocaba en una situación difícil.