Leones, Serpientes y Elfos

Nota de Autora: He hecho unas pequeñas modificaciones a los capítulos 31 y 32, que en este momento no parecerán importantes pero lo serán en los últimos capítulos de la segunda parte y en los primeros de la tercera parte de El Destino y la Magia Antigua. Espero que disfruten este capítulo y los próximos dos, que estaré publicando en un par de horas, los cuales cierran la primera parte de la serie.

Resumen: Recuerdos incompletos. Condiciones de compromiso. Encuentro entre leones y serpientes. Recuerdos de una fuga. La historia del elfo.

El amanecer consiguió por primera vez en varios meses en sus camas a los doce chicos del E.D.H. y la mayoría de los miembros de La Orden del Fénix, a excepción solamente de los que estaban de guardia en El Refugio, sin necesidad de hechizos o pociones. Estaban agotados por todo lo vivido últimamente, relativamente tranquilos al saber que el enemigo no atacaría próximamente y dichosos por la recuperación de Alice y Frank Longbottom.

Jessica y Remus habían pasado la noche durmiendo tranquilos pues, aunque era luna llena, ellos ya no se veían obligados a transformarse. Sin embargo fueron los primeros en despertarse porque sus sentidos, especialmente agudizados en esos días, detectaron con facilidad el aroma del café, chocolate y té que los elfos preparaban en las cocinas.

La chica de ojos miel miró hacia la cama de su prima y sonrió contenta al verla allí dormida, lo cual casi nunca ocurría. Miró alrededor y notó que Ginny por poco no se caía de la cama, Hermione estaba abrazando la almohada murmurando algo, Luna tenía una sonrisa soñadora en su rostro y Christine parecía reír mientras corría.

Los dieciséis se habían quedado en el primer piso de la mansión por esa noche, trayendo lo indispensable desde las habitaciones en que normalmente se quedaban en el cuarto piso las chicas y en el tercer piso los chicos. Esto lo habían hecho porque notaron un poco tristes a Harry, Angela y Jessica, luego que partiese Neville con sus papás, acompañados de los tíos de ella, para hablar con la señora Longbottom.

Ginny, Hermione, Luna, Angela, Christine y ella durmieron en el cuarto grande a la izquierda del pasillo, viniendo de las escaleras. Harry, Ron, Fred, George y Christopher en el de la derecha, frente a la que ellas estaban usando. Daphne, Isolda y Gabrielle se habían quedado en el cuarto de al lado, que se suponía usaría la profesora Kandace cuando no estuviese en el colegio. Jefferson y Timothy en el cuarto diagonal, que usaría el profesor Alphonso.

Habían estado hablando hasta tarde en la Salita de Estar luego de regresar de la cena con los Longbottom, mirando la chimenea encendida. Planearon lo que harían la semana que estarían en La Pradera de "vacaciones de sus vidas si no se presentaban novedades", luego de las bodas, los once del E.D.H. con Gabrielle, Jefferson y Timothy.

Isolda y Daphne regresarían a la casa de quienes ahora eran los padres adoptivos de las dos, Ámbar y Will Hart, compartiendo con sus hermanos por adopción. Topacio, que pertenecía a la casa Ravenclaw y estudiaba primer año, se la llevaba muy bien con Isolda por su carácter tranquilo. Jonathan, que le faltaban dos años para ingresar a Hogwarts, era muy travieso y esperaba poder divertirse con Daphne que, según le había dicho Timothy, era muy alegre y juguetona.

Los miembros del G.A.H. habían acompañado a los chicos la primera media hora. Los habían dejado solos luego para que compartiesen con libertad un rato de sana diversión, pues también habían notado la tristeza de los tres chicos.

Jessica vio de reojo la varita en la mesita de noche, de nuevo a sus compañeras durmiendo. No pudo resistir la tentación y la tomó con expresión traviesa.

*** Harry Potter y la Magia Antigua - Drumy Adhara Black White ***

Remus estaba besando y acariciando a la adormilada metamórfaga, que tenía entre sus brazos, cuando escuchó gritos y carcajadas en la hasta un minuto antes silenciosa casa. Rodó los ojos. Sabía que los demás no oirían a las chicas, pues sólo su oído agudizado podía ser perturbado por el ruido generado por ellas, pero también comprendió que le sería imposible concentrarse en lo que estaba intentando hacer. Resignado le dio un suave beso a su prometida en los labios y la dejó acomodada en la cama para que durmiese un poco más, dirigiéndose al baño para asearse.

Ya vestido salió de su cuarto, deteniéndose al oír gritos y protestas en el cuarto en que se habían quedado los chicos. Sonrió al comprender lo ocurrido tres pisos más abajo. Suspiró al cruzarse por su mente el pensamiento: «Si no estuviésemos ya más en guerra ellos podrían disfrutar de sus vidas según sus edades, como lo están haciendo ahora». Denegó levemente y se dirigió a las escaleras para bajar a la cocina.

Mientras avanzaba recordaba lo ocurrido la noche anterior. Estaba preocupado por la forma en que se había resentido la salud de su amigo. Lo había tenido que ayudar a llegar a la habitación que compartía con Meg, pues aunque decía que estaba sólo cansado su caminar inseguro y la debilidad que notó cuando lo sujetó para servirle de apoyo decían lo opuesto. Asustado lo había evaluado con Nymph y Meg, comprendiendo los tres que aunque no era demasiado serio sí tenía una recaída.

Después que el animago se durmiese, luego de insistirle mucho en que no se sintiese culpable pues aquello era algo que él había estado deseando hacer desde que lo rescatasen, la rubia le confirmó que era verdad que su prometido necesitaba aquello para recuperarse realmente. La metamórfaga la había apoyado diciéndole algo que él no creía que ella hubiese notado, él también lo necesitaba para conseguir algo de paz.

En cuanto llegó a la cocina les pidió una taza de chocolate caliente a los elfos y se dirigió al jardín que quedaba en la parte posterior de la casa. Se detuvo indeciso frente a la puerta de la Sala de Reuniones, en que se habían celebrado alguna vez los encuentros de la Primera Orden del Fénix.

Tomando aire profundamente se serenó un poco y decidido entró allí. Era obvio que los chicos habían limpiado y ordenado, cambiando la mesa grande y sillas de lugar en un intento por darle un aspecto distinto, pero… Apenas entrar lo invadieron los recuerdos de la última vez que había estado allí, cuando Albus les había dado la noticia de la "muerte" de las gemelas frente a toda La Orden del Fénix original.

El día que encerraron a Sirius y él se vio con el director comprendió sus razones para decirles la noticia de esa manera. Luego se había ido hacia Alemania cazando a licántropos y alejándose de lo que tanto le dolía, siguiendo el rastro de Greyback. Luego, cuando "el trío dorado" probó la inocencia de Sirius, el anciano director les confesó, a él cuando recuperó su forma humana y a Sirius antes que quedase encerrado en la torre de la que huyó, que Isolde había tenido un par de meses a las gemelas aisladas intentando salvarles la vida pero que habían muerto.

Después de lo visto la noche antes con Sirius en el pensadero comprendía ahora muchas cosas. Era extraño, pero sentía su espíritu más liviano. Ahora estaba seguro que desde que se había enterado que tenía una hija se había sentido en cierta forma traicionado por Albus, hasta que vio las memorias que él le dejase como despedida. Su ex suegro le había pedido disculpas de aquella manera, sabiendo que no sobreviviría mucho tiempo después de entregarle aquellas memorias.

Lo que Albus nunca les dijo ni a Sirius ni a él fue que eran padres de dos niñas, que no sabía dónde estaban y que Minerva se las estaba ayudando a buscar. La ahora directora del colegio ya le había contado que lo más cerca que habían estado de las chicas había sido a finales de 1988.

Sólo mes y medio después de morir Catherine y Charlton Brown en el accidente de tránsito, habían muerto Tabatha y Ralph Spears quedando huérfanas por segunda vez Isolda y Daphne Major. A estas gemelas les venían siguiendo el rastro creyendo que eran las nietas del director del colegio, por la pista falsa que Angelica había dejado.

Fueron Clarisse y Dorothy quienes aclararon que no podía ser. Sus primas menores se habían empezado a formar a su lado desde que falleciesen su tía más joven y su esposo, Heidi y Dave Major. Fue al morir sus padres, siendo ellas aún muy jóvenes, que fue adoptada Daphne por Lindsey y Merritt Heigh e Isolda por Ambar y Will Hart. Aquél despiste de seis años y el fallecimiento de los padres de los gemelitos castaños había dejado sin pistas a los entonces director y subdirectora de Hogwarts.

Un suspiro se escapó de sus labios al pensar que si Albus le hubiese dicho, cuando encerraron a Sirius, sobre el embarazo de las gemelas, él hubiese conseguido a los Brown y criado tanto a su hija como a su sobrina. Incluso si se lo hubiese dicho meses más tarde, antes de perder casi totalmente contacto sobre las niñas, entonces tal vez él hubiese podido averiguar algo con mejores resultados.

Aún si se lo hubiese dicho cuando lo hizo volver por Harry, al convencerlo de dar clase en el colegio, tal vez las habría podido ubicar por medio de los elfos liberados por las gemelas. Sirius y él tenían una forma especial de contactarlos, de la que no supo nunca el director.

También era cierto que Sirius, su impetuoso amigo, hubiese salido antes de Grimmauld al saber de una hija perdida. El animago siempre había sospechado que Angelica estaba embarazada cuando desapareció, al igual que él lo había pensado de Jennifer. Si los dos habían apartado el pensamiento fue para poder sobrevivir a su dolor. «¿Qué hubiese pasado si Sirius se hubiese escapado de la que fue la casa de sus padres para buscar a las niñas?».

Suspiró de nuevo. De nada servía estrujarse el cerebro intentando armar lo que pudo haber sido y no fue. Salió de esa habitación con el ánimo triste y se dirigió a su destino original: el jardín.

Recordó de inmediato la última vez que vio a James allí atrás, volando en su escoba con el pequeño Harry en brazos, con Angelica cargando al pequeño Neville y Sirius volando alrededor mientras una muy asustada Lily se aferraba a su brazo derecho, abrazando él con el izquierdo a Jennifer que intentaba calmar a su amiga con dulces palabras. Alice estaba enterrada en el costado de su esposo, asustadísima. Había sido parte del regalo de despedida para "los viajeros amigos". Frunció el ceño al pensar en ellos.

Con todo lo que había estado ocurriendo desde el día en que falleció Albus Dumbledore no había tenido tiempo ni ánimo de analizar muchas cosas. Mucho menos desde que pisó, por primera vez en años, la que fue la casa de Lily y James. Pero ahora que se permitía por unos momentos que los recuerdos lo atrapasen, escuchando con su fino oído de licántropo a los chicos bajando entre bromas y risas a la cocina, una vez más su mente le llevaba a hacer conexiones y sus alarmas se disparaban.

Sirius y él lo habían hablado desde que lo rescatasen del mundo tras El Velo de la Muerte tan sólo en tres oportunidades, pues él hacía lo posible para evitar que su amigo se angustiase por temor a una recaída. Los dos se habían mirado con alarma y comprensión silenciosa la última vez, cuando un par de días atrás le contaron al pelinegro de ojos grises sobre las batallas en el tren y en Maidstone, a raíz de lo ocurrido en las partidas de ajedrez con el señor Alphonso. Él no había sabido algunos detalles que contaron los tíos de su hija y que al conectarlos con sus recuerdos… Tenía que hablar ese mismo día con los del G.A.H. sobre aquello, antes de la reunión que tendrían al día siguiente con los chicos del E.D.H.

El problema era que Angelica sólo había podido bloquear parcialmente a "Diana" y sus recuerdos no eran completos. Denegó levemente y suspiró, llevándose la taza de chocolate a los labios por primera vez.

Estaba de pie cerca a una de las dos ventanas que comunicaba la cocina con el jardín, recostado en la pared parcialmente oculto todavía por las sombras de la noche. Éstas aún no habían sido desplazadas por el Sol del incipiente amanecer, en aquél invierno prematuro. Tomaba su chocolate mientras veía y oía a los quince chicos entrar jugándose bromas y riendo. Los dieciséis empezaron a ayudar al par de elfos, que con expresiones de resignación los dejaban hacer.

Una sonrisa llenó su rostro al ver a Angela intentar darle un beso en los labios a George, siendo detenidos por un Harry con fingida seriedad en el rostro. Escuchó que el pelinegro les decía:

—Padrino está bastante recuperado al igual que George. Ahora él sabe que ustedes son novios y que están unidos por la magia. Pero tú aún no le has pedido formalmente permiso a Sirius para ser su novio. Hasta tanto así no sea, ustedes dos se comportarán sólo como buenos amigos.

Vio a los dos chicos asentir sonrojados, mientras la menuda pelirroja rodaba los ojos. Los otros chicos difícilmente contenían la risa, a excepción de su hija que besaba a su yerno en la boca y luego le hacía un gesto de evidente burla a la pelinegro. Ésta en seguida le mostraba la lengua, como una niña pequeña.

—¡Niña Jessica! ¡Niña Angela! ¿Les parece bien darles esos ejemplos a los niños Christine, Christopher, Gabrielle, Timothy y Jefferson? —las regañó de inmediato Dotty.

—Perdón. —se disculparon de inmediato las dos chicas, bajando sus rostros con expresiones avergonzadas.

Remus enarcó las cejas al verlas y oírlas, asombrado. Notó las sonrisas tranquilas de los otros chicos del E.D.H. en la cocina y comprendió que aquél trato entre la pareja de elfos y las chicas era normal cuando estaban a solas las pequeñas criaturas con los chicos. Era lógico ahora que lo pensaba. Dotty y Wykers habían hecho de madre y padre sustitutos de Jessica y Angela en La Casa Flotante, dentro de las limitaciones de su condición de esclavos libres.

Para Chris & Chris era aún más marcado el que fuesen amigos de juegos, o nana y cuidador, pues las chicas habían sido madre y padre. Pero para su hija y su sobrina, en las pocas veces que se comportaban como las niñas que eran cuando estaban solos los cuatro con ellos, las pequeñas criaturas se habían tenido que sobreponer a sus comportamientos naturales como elfos domésticos.

Era evidente del comportamiento de la elfina luego que no le agradaba intervenir de esa manera. También que los chicos del E.D.H. de inmediato hacían lo posible para que se sintiese cómoda, especialmente la castaña y los cuatro que se habían formado con la pequeña criatura. Una vez más frunció el ceño al recordar otras situaciones del pasado.

—Buenos días chicos. —entró saludando amigablemente, sonriendo al verlos sobresaltarse y sonrojarse.

—Buenos días Remus. —saludaron los dieciséis chicos a coro.

—Perdona que te despertásemos, papá. —se disculpó Jessica.

—¿Nosotros? —preguntó intrigado Jeff.

—Anoche fue luna llena. Nuestros sentidos están agudizados. —le explicó Jessica, sonriendo al ver la cara de asombro y comprensión del chico.

—No se preocupen chicos —respondió sonriente Remus, alborotándole el pelo un poco al chico asmático en un gesto cariñoso al notar que lo miraba apenado—. Me ha gustado mucho oírlos tan alegres.

—A mí también —opinó con una gran sonrisa Aline, que entraba en ese momento a la cocina con su esposo—. Buenos días chicos.

—Buenos días. ¿En qué les podemos ayudar? —los saludó sonriente el esposo de la pelirroja de ojos esmeralda.

—Buenos días Aline y Wymond. —les respondieron los dieciséis chicos a coro, pues los dieciocho del G.A.H. les habían pedido a Gabrielle, Daphne, Isolda, Jefferson y Timothy que los llamasen sólo por sus nombres.

—Podrían acompañar a tío Remus en el comedor mientras terminamos lo poco que falta para que el desayuno esté listo. —le respondió Harry.

Remus observó de reojo el gesto exasperado de los elfos al oírlo. Sonrió y decidió ayudarlos un poco.

—Me gustaría que todos nos acompañasen en el comedor mientras Dotty y Wykers terminan, para que conversemos un rato.

Los once chicos del E.D.H. intercambiaron rápidamente miradas nerviosas pero asintieron e hicieron lo que él les pedía, para alivio de los elfos. A los pocos minutos se les unieron Sue, Clarisse, Hestia, Abby, Fleur, Eloise, Pacey, Kingsley, Jarod, Charlie, Bill, Humphrey y Meg despiertos y ya vestidos, así como Nymph y Sirius aún en pijamas y con expresiones adormiladas, capturando los Black a sus prometidos en posesivos besos de saludos matutinos.

—Al parecer la luna llena hace que los Black se levanten muy efusivos. —comentó Remus con una sonrisa pícara y la que pronto sería su esposa entre sus brazos.

Sirius sonrió, al igual que su prima, ante el comentario. Sin embargo la sonrisa de él se esfumó al conseguirse la mirada nerviosa de su hija.

—Señor Black —llamó su atención George con expresión y tono formal—. Me gustaría que en cuanto fuese posible tuviésemos una conversación que tenemos pendiente.

—El "Señor Black" murió hace muchos años y le faltaban pantalones para evitar que su esposa impusiese a sus hijos ideas absurdas de forma cruel —le respondió el pelinegro de ojos grises con tono afable aunque su expresión era seria—. Siempre me has llamado Sirius, tratándome con cariño respetuoso, y te agradeceré que lo sigas haciendo. —Al ver asentir al pelirrojo con expresión mezcla de asombro y de disculpa le sonrió suavemente, continuando con lo que había decidido.

»Lo correcto sería que hablásemos a solas. Pero yo fui muy impulsivo hace unos días hablando contigo y con mi hija frente a todos, sin esperar que los tres estuviésemos recuperados, por lo que les pido disculpas a cada uno de los presentes. ¿Te importaría que lo hablásemos frente a quienes nos acompañan?

—No. Por mí no hay problema. —le respondió el pelirrojo con un hilo de voz.

Sus nervios se le habían disparado debido a la extraña postura de su suegro. Se calmó al sentir a su novia tomarle la mano con cariño y ubicarse a su lado con expresión serena. Sus ojos grises miraban atentamente al padre, según pudo ver rápidamente al mirarla de reojo. Con tono ahora tranquilo y firme se dirigió de nuevo al animago.

—Sirius, como ya sabes tu hija Angela y yo nos amamos, siendo novios desde que le pedí permiso a quienes eran en ese momento sus tutores y su hermanito menor, apoyándonos mutuamente en cada momento y situación, aceptando la magia nuestros sentimientos y mezclándose las de los dos poco antes de ir a buscarte —Tomó aire mientras veía a su suegro asentir y continuó—. Sin embargo siendo tú su padre quiero pedirte formalmente permiso para ser su novio y, cuando los tres estemos de acuerdo, su esposo.

El tenso silencio en la habitación se podía cortar con un cuchillo. Meg le apretaba levemente la mano a su prometido, mientras Angela hacia lo mismo con el suyo, las dos muy atentas al rostro extrañamente impasible y sereno del pelinegro de ojos grises.

—Sólo si aceptas tres condiciones yo te daré permiso formalmente para que seas su prometido, y para que te cases con mi hija habiendo llegado el momento adecuado. —le respondió con tono tranquilo el Merodeador.

—¿Cuáles condiciones? —se le escapó la pregunta a Angela, que estaba muy nerviosa.

—Que reciba de Remus y de mí el entrenamiento adecuado como Heredero de los Merodeadores —levantó el dedo índice de la mano izquierda, indicando que era la primera condición, continuando al levantar el dedo medio—. Que no ponga su vida en peligro innecesariamente, ya que afecta a mi hija —elevó ahora el dedo anular—. Que me permita el participar como socio capitalista de bienes y de ideas en Sortilegios Weasley, ya que el futuro de mi pequeña estará directamente conectado al suyo.

Remus sonrió ampliamente en apoyo a su amigo, al igual que los demás del G.A.H. Nymph abrazó contenta al castaño mientras Meg se apoyaba dichosa en el cuerpo de su prometido, que le soltó la mano para abrazarla por la cintura. Los chicos miraban asombrados a Sirius, pues no se esperaban que él reaccionase de esa manera.

Angela se giró a mirar a su prometido con una mezcla de nerviosismo y alegría en la mirada, interrogando con sus ojos grises los azules que tanto amaba.

—En cuanto al entrenamiento como Heredero de los Merodeadores será todo un honor —le empezó a responder George en cuanto se recuperó de la impresión—. Lo de no poner en riesgo mi vida innecesariamente puedes estar seguro que lo cumpliré, porque no le generaré preocupaciones a la luz de mi vida.

»Sólo quiero que estemos claros en dos cosas: la primera es que estando en guerra es inevitable que se tenga que arriesgar la vida en algunas ocasiones para salvar la de otros; pero ése es un riesgo necesario que debemos tomar para forjar un futuro en paz y libertad, por lo que no quebrantaría tu condición. Lo segundo que debo dejar en claro es que la vida de Angela es más importante que la mía para mí. Por lo que no importa el riesgo que deba tomar para protegerla, aunque los demás lo juzguen innecesario incluyéndola a ella, para mí es una necesidad que ella esté a salvo.

Angela miró de inmediato a su tío de ojos aguamarina, consiguiendo en sus ojos comprensión y una preocupación similar. Los dos hicieron un pacto silencioso de miradas en ese momento. Ya buscarían el momento adecuado para hablar entre ellos y decidir a quién involucrarían, eventualmente, en aquél secreto que los atormentaba.

—En cuanto a la tercera condición… Debo consultarlo con mi socio capitalista y con mi socio fundador. Sortilegios Weasley no es exclusivamente mío.

—Sería para mi gemelo y para mí un honor que Remus y Sirius participasen en nuestro negocio dando ideas y de ser necesario capital —habló Fred en apoyo a su gemelo, con la serenidad que sabía George en ese momento no tenía—. ¿Tienes algún problema con eso, Harry? —Al ver al pelinegro denegar continuó—. Sin embargo nos gustaría que nos respetasen como iguales en el negocio, ya que tenemos casi dos años luchando para sacarlo adelante, luego de dos años de investigación de mercado y preparación de las bases.

—De eso pueden estar seguros —le respondió Remus, aceptando tácitamente la petición de su yerno—. Nosotros sólo aportaríamos opiniones, pero las decisiones siempre serán de ustedes. Sirius y yo únicamente queremos apoyarlos.

—Y se los agradecemos —sonrió ampliamente George al ver asentir a su suegro—. Como ya ha dicho Fred será todo un honor que Los Merodeadores nos entrenen y apoyen.

—George Fabian Weasley Prewett, como has aceptado mis tres condiciones en términos razonables, yo te doy formalmente permiso para ser el prometido de mi hija Angela Saiph Black Dumbledore. —dijo con tono formal Sirius, rompiendo a reír con su risa similar a ladridos cuando vio a los demás chicos estallar en aplausos y vítores, luego que George atrajera a Angela hacia él rápidamente y le diese un suave beso en los labios.

A Sirius aún le carcomían los celos el ver a su pequeña con el pelirrojo, pero le alegraba el saber que si a él le pasaba algo su niña no estaría desamparada nunca más. Había visto al chico hacer esfuerzos para ayudarla. Lo admiraba en secreto por intentar protegerla aunque ella no lo permitiese y fuese más poderosa, convenciéndola con retos cariñosos. También lo respetaba por haberla cuidado, aunque eso hubiese significado el alejarse temporalmente de ella para no ponerla en evidencia con él.

La inmensa alegría de los chicos al verlos besarse fue la que le hizo reír, pues comprendió que habían estado esperando ansiosos su consentimiento a la relación entre su hija y el pelirrojo, seguramente muy preocupados luego de lo ocurrido días antes. Esa fuerte unión entre los chicos lo alegraba y el sonrojo de su niña cuando se separaron del beso le hizo sentir una mezcla de alivio y orgullo paterno.

Angela se giró a mirar a su papá, sonriéndole tímidamente, agradecida por su apoyo y avergonzada por el beso que se acababa de dar con su novio frente a él. Se sintió aliviada al verlo sonreírle cariñoso.

Remus les hizo señas a todos para que se sentasen a la mesa, empezando una conversación que le interesaba mucho tener con ellos.

—Chicos, como bien saben este domingo tendremos el cumpleaños de Sirius y el próximo miércoles nos casamos los doce del G.A.H. y Penelope con Percy, por lo que… —se detuvo interrogante al ver a la castaña hacer ademán de solicitarle la palabra, preguntándole intrigado—. ¿Qué ocurre, Hermione?

—En realidad ese día habrán catorce bodas —le aclaró la castaña, suspirando con fastidio al oír a su prometido gruñir en voz baja—. Viktor Krum me ha avisado que ese día se casa con Alexandra Kristeva, al igual que Julia Asen con Boris Mladenov y Sally Mulder con Elias Canetti. La profesora McGonagall me ha dicho que ese día también se casarán Chloe Foster con Dylan Prewett, Katie Bell con Lee Jordan, Angelina Johnson con Manny Preston y Alicia Spinnet con Oliver Wood.

Hermione suspiró al ver la expresión de sorpresa de los gemelos pelirrojos. Les escuchó murmurar "traidor" luego que nombrase a su amigo de bromas colegiales, así como "pero Oliver está…" al final, deteniéndose en seco al ella girarse a mirarlos.

Pensó en el antiguo capitán de Quidditch y suspiró de nuevo. Recordaba bien el día en que Harry vio a Voldemort torturando al chico y su familia, por la conexión con la cicatriz en forma de rayo. Ella y él habían perdido a sus padres el mismo día. Oliver había logrado escapar con vida gracias a un auror infiltrado del Ministerio entre las filas de Voldemort, pero… Se explicó en lo que sólo ella sabía de los presentes.

—Nosotros hemos estado muy complicados con todo lo que ha estado ocurriendo. Angelina y Katie estuvieron un par de días de reposo en el cuartel. Así que ellas han recogido la información sobre las diversas bodas y le han pedido permiso a la profesora McGonagall para que se lleven a cabo en el colegio, que es el único lugar con suficiente espacio para catorce bodas simultáneas, que es seguro y que además no les dará problemas para movilizarse a Percy y a Oliver.

—¿Cómo está él? —se atrevió a preguntar Christine. Los que habían compartido con el joven su época de estudiante tenían la garganta atenazada. Daphne, Jefferson y Timothy no lo conocían y los adultos estaban preocupados por los chicos.

—Alicia lo ha ayudado tanto como Penelope a Percy. Pero no sólo perdió su pierna izquierda como secuela de las torturas a las que lo sometieron. También está muy afectado anímicamente porque el auror que le salvó la vida es uno de los que falleció en Bristol. Si no fue al cementerio fue porque en ese ataque hirieron a su prometida y decidió quedarse con ella —le respondió con sinceridad la castaña, suspirando al ver a su novio y sus amigos bajar la cabeza—. Alicia, Angelina, Katie, Manny y Lee lo han convencido de no diferir la boda. Se está aferrando a su prometida y su participación como miembro de La Orden del Fénix para sobreponerse a su dolor y seguir adelante.

—Como tú hiciste con Ron y nosotros. —comentó Christopher sin pensarlo.

—¿De qué hablas, Chris? —preguntó Sirius intrigado.

Los otros miembros del E.D.H. se tensaron de inmediato, mirándolos nerviosos a él y a la castaña.

—Mis padres fueron asesinados por mortífagos, junto al profesor Moody que los acompañaba para protegerlos, el día después de la boda de Fleur y Bill. —le respondió ella luego de un par de tensos minutos.

—Lo siento, Hermione. No sabía nada. —se disculpó el pelinegro de ojos grises.

—Lo sé. No te preocupes —le sonrió ella suavemente—. Mamá y papá alcanzaron a decirme ese día que estaban de acuerdo con mi relación con Ron. Angela consiguió en la casa, cuando buscaba el papeleo necesario para sus funerales, una cajita con una nota. Mis padres tenías intenciones de enviarle a Ron un anillo que ha estado en la familia de papá por generaciones, pidiéndole que lo pusiese en mi mano derecha el día que nos casemos. Él me lo entregó el día que nos comprometimos formalmente, antes del ataque al tren.

Los otros chicos miraron a la castaña y el pelirrojo menor asombrados, pues ni siquiera Angela sabía de aquello. Sirius estiró sus largos brazos sobre la mesa y le apretó levemente las manos a la castaña en señal de cariño y apoyo, gesto que ella le agradeció con una sonrisa.

—En la O.D.F. hemos decidido proteger con pupilos o fidelius las casas en que viven sus miembros y las familias de estos —comenzó a decirles Remus a los chicos, sonriendo internamente al ver sus expresiones de aprobación—. Daniel Simmons me compró hace una semana la que fue la casa de mis padres. Me contó que se acababa de casar con Felicity Preston y la llevaría a vivir allí.

»El día que firmamos los papeles estaban finiquitando las compras de sus casas Carissa Spears y Aramis Giscard, así como Carol Tash y Athos Giscard. Ellos se han mudado definitivamente a Inglaterra con sus hijos Amaury, Cerise, Rainier, Cody, Alexia, Carole y Antonin, así como de sus yernos Ginette Delacour y Mike Preston. Cody y Alexia son los hijos de Edgar Bones —le confirmó a Sirius, al ver su expresión interrogante.

»Carol, Cody y Alexia sobrevivieron al ataque. Me contó que quienes los salvaron también los ayudaron a ocultarse y hacer parecer que habían muerto —miró de reojo a los chicos. Al notar que seguían la historia con interés, pero no daban señales de saber de qué hablaba, suspiró internamente y siguió—. Carol huyó con sus dos hijos a Francia. Cambió legal y mágicamente el apellido de los tres al suyo de soltera, Tash, para protegerlos.

»Cuando ella se casó con Athos los tres adoptaron el apellido Giscard. Los chicos estudiaron en Beauxbatons. Carol me contó que Alexia se ha casado con Mike Preston allá y pronto comprarán su propia casa, mientras Cody sigue soltero y tiene pensado vivir en la mansión Bones con su prima Susan, donde hasta ahora habían estado viviendo todos desde que se vinieron de Francia.

—Bill ya me ha conseguido la casa grande en Nottingham y casitas medianas en Edimburgo, Aberdeen, Dublín, Carlisle, Salisbury, Dover, Norwich, Limerick, Arbroath, Bethseda, Isla de Man, Wick, Greenock y Northampton. He decidido disponer también de las casas en Belfast, Glasgow, Middlesbrough y Swansea, que eran de los Black. No me miren así —pidió al ver las expresiones de asombro de los chicos y de fastidio de los adultos.

»Yo había pensado proponerles a las diversas parejas de La Orden del Fénix que se fuesen mudando a éstas lo antes posible los ya casados y los otros a medida que se fuesen casando. Mi intención es que me las paguen poco a poco, en la medida de sus posibilidades, si así lo quieren, o estar en ellas sólo mientras sea conveniente para todos. Las propiedades están distribuidas por todo el Reino Unido y, aunque justo ahora representen un fuerte movimiento de dinero, el adquirir bienes inmuebles se ha considerado en todas las épocas una excelente inversión porque nunca pierden valor.

—Eso es cierto —opinó Hermione seria—. Quisiera que uniesen a los planes de La Orden del Fénix la que fue la casa de mis padres. Está bien ubicada en Kingswood.

—Pero Hermione, estoy seguro que tus papás querrían que la conservaras, al igual que el consultorio en Bristol. —la contradijo nervioso Remus.

—Por ahora no viviré en ella. Tal vez cuando detengamos a Voldemort y me case con Ron vayamos a vivir allí los dos. Pero justo ahora estaré o en el colegio o aquí, mientras mis deberes con Hogwarts y el E.D.H. me requieran.

»En cuanto al consultorio… —miró nerviosa a la chica de pelo negro, continuando al verla asentir— Angela y yo habíamos hablado sobre la posibilidad de mudar allí a Narcissa y Draco Malfoy con Severus Snape, tanto para despistar a los mortífagos como para darles un poco de libertad a los de la O.D.F. —Al ver las expresiones de molestia de los adultos, su mejor amigo, la chica de ojos miel y los niños suspiró.

»Hasta ahora han dicho la verdad en todos los interrogatorios. Además en el ataque a Maidstone hicieron lo que pudieron para ayudar a atender a los heridos más graves a medida que llegaban a El Refugio antes de trasladarlos, conteniendo sangrados y limpiando heridas al modo muggle pues no tenían sus varitas.

—El que miembros de La Orden del Fénix tengan que estar vigilándolos a los tres es una limitación en tiempos de guerra —siguió Angela al ver las expresiones de poco convencimiento de la mayoría en la mesa.

»Ninguno de los tres es de confiar totalmente, pero Draco ha hecho todo lo posible por no ser un asesino, Narcissa es una mujer que se ha comportado siempre como se esperaba de ella en su familia, pero no es una asesina psicópata como su hermana Bellatrix. Y Snape —su tono seguía siendo de desprecio al hablar de él, sin que pudiese evitarlo— fue un espía que le dio información al abuelo y luego a ustedes directamente.

»No digo que confiemos en ellos en una batalla, sino que los mudemos para que sigan a salvo como prometí. También que les demos la libertad necesaria en cuanto a sus varitas, para que se puedan valer por si mismos.

—La profesora McGonagall está de acuerdo en que el profesor Dumbledore querría que Draco finalizase con su educación, por lo que está en conversaciones con Robards sobre su caso —continuó Hermione—. Le ha dicho al Jefe de los Aurores la verdad de lo ocurrido la noche de la muerte del director, una vez más. Le explicó que Voldemort lo tenía amenazado con la vida de sus padres. También le dijo que él ha estado ocultándose, luego de huir de los mortífagos, y que la ha contactado hace poco para pedirle ayuda. La directora cree que es muy probable que él pueda regresar al colegio bajo un régimen especial de control, del que nos ocuparíamos Ernie y yo como Premios Anuales.

Ron lanzó su servilleta furioso contra la mesa al oírla, sin poder contenerse. La castaña bajó la cabeza ante su reacción, mirándolo a los ojos cuando sintió que le tomaba la mano y se la apretaba con cariño. Pudo ver sus orbes azules brillar con enojo, pero también su amor incondicional hacia ella.

—Los dos adultos tendrían que permanecer ocultos porque sí fueron mortífagos activos, teniendo víctimas en su pasado —siguió Angela luego que George le tomase una mano entre las suyas y se la acariciase con cariño, como muestra de apoyo en algo que sabía no era fácil para ella—. Se nos ocurrió a Hermione y a mí que podríamos dejarlos en el que fue el consultorio de sus papás. Pondríamos un par de bloqueos especiales que les impidiese a ellos salir o a otros entrar, así como lastimar a quienes entren allí con nuestro consentimiento. También un hechizo especial en el exterior, para que siga dando la apariencia de lugar abandonado.

»Se les enviaría lo necesario para que subsistiesen y se les visitaría eventualmente, para… —dudó un momento, mordiéndose el labio inferior. Continuó con su vista fija en la comida en su plato— para buscar las bases de pociones que él puede preparar y las vendas que ella sabe hacer, según lo que he hablado con el señor Raymond.

Esta vez fue Eloise quien azotó su servilleta contra la mesa. Su esposo evitó que se levantase de la mesa, susurrándole al oído lo que sabían Angela sentía por el ex mortífago para que se calmase.

—No sabía que mi primita supiese hacer vendas —gruñó, más que decir, Sirius entre sus dientes apretados mirando fijamente a su hija. Recordaba lo que le había dicho Harry sobre los sentimientos del murciélago, su actitud el día del ataque a la que fue su esposa y su cuñada, las percepciones que Angela tenía indirectamente por su mamá sobre él y todo lo ocurrido el día que los rescataron—. En cuanto al asesino de Albus, ¿quién puede confiar en algo preparado por esa serpiente venenosa?

—Nadie, papá —le respondió Angela levantando sus ojos verdes hacia él—. Pero se necesitan muchas pociones curativas y él puede preparar las bases para hacerlas, revisándolas luego el señor Raymond antes de proceder a usarlas. Ginny, Jessica y tía Eloise han estado ayudando a preparar pociones, al igual que Fred, George y yo hacemos con las bases, pero cada vez son más los heridos y se nos está complicando.

»Si el señor Raymond detecta algo mal en lo que él haga, o la señora Kandace en los vendajes que haga la señora Malfoy, suspenderíamos esto y buscaríamos otra manera. Pero ellos quieren ayudar y su colaboración podría ser importante.

—¿Cuándo hablaron con los señores sobre esto? —preguntó Wymond con tono frío.

—Luego del ataque a Maidstone —le respondió la castaña, que vio de reojo a su amiga bajar la cabeza—. Y les insistimos luego del ataque a Bristol porque nos preocupa que, por ir tras ellos como traidores, salgan heridos miembros de La Orden del Fénix.

—Quiero ir a hablar con esos tres antes de que hagan nada de lo que han dicho o algo similar —soltó Sirius de improviso, rompiendo el silencio que se había instalado en la mesa—. Tengo unas cuantas cosas que aclarar con esas serpientes —afirmó con tono firme. Al ver la expresión de temor y duda de su hija frunció el ceño, hablándole en seguida de sus intenciones—. Necesito aclarar la traición de Kreacher con mi primita. También que Quejicus me responda por sus malas clases de Oclumancia a mi ahijado. En cuanto al hijo de mi prima, una buena charla de un Black renegado tal vez lo ayude.

—¿Puedo ir contigo, papá? —le pidió Angela.

—De hecho quiero que Harry y tú estén conmigo. —le respondió él serio.

—Con mucho gusto padrino. —apoyó el de ojos esmeraldas con expresión tensa.

—Creo que sería prudente que Meg, Ginny, George, Wymond y yo los acompañemos. —dijo con tono serio Aline, que quería evitar problemas entre su sobrina de pelo negro y el padre por culpa del ex mortífago, así como alguna explosión de enojo de su sobrino.

—De acuerdo. Iremos en una hora. Terminemos de desayunar y veamos de nuevo los planes para el cumpleaños y las bodas. —intervino Remus, queriendo calmar los ánimos.

—Te queríamos pedir permiso para hacerles algunas modificaciones a La Pradera, como ustedes hicieron con El Remanso. —intervino George rápidamente, queriendo desviar el tema para que su novia se tranquilizase.

—Si tío Sirius está…

—… de acuerdo su fiesta…

—… de cumpleaños…

—… podríamos prepararla…

—… Gabrielle, Fred, George…

—… Jessica, Angela, Harry…

—… y nosotros dos para…

—… que sea al estilo Merodeador. —sugirieron Chris & Chris, batiendo palmas al verlo asentir sonriente en señal de estar de acuerdo.

—Y ahora que sabemos que son catorce bodas y todas en el colegio, creo que deberíamos coordinarnos con los futuros esposos y los profesores para ayudar a arreglarlo adecuadamente. —opinó tímidamente Daphne, que había permanecido hasta ahora en silencio al igual que su gemela, sus dos hermanos de adopción, la niña francesa y los otros miembros del G.A.H.

—Esa es una excelente idea. —la apoyó con una sonrisa Luna.

—Hay que pgepagag listados de novios, padginos e invitados de cada pageja. —enumeró emocionada Gabrielle.

—Angela y yo somos los padrinos del matrimonio de Meg y Sirius. —les recordó Harry con una gran sonrisa.

—Como Angela aún es menor de edad y es hija de Sirius no puede ser legalmente la madrina, así que yo lo seré en su lugar. —les aclaró Aline.

—En ese caso Angela y yo iremos como sus hijos y mi tío Wymond que tome mi lugar. —opinó Harry.

—Será un honor —sonrió complacido el Cundáwan—. Eso claro está, si los novios están de acuerdo en que mi esposa y yo seamos madrina y padrino de su boda.

Sirius asintió, sin poder pronunciar palabra por la mezcla de sentimientos que aquello le generaba, con un fuerte nudo en la garganta.

—Claro que sí. —le respondió Meg por los dos con una gran sonrisa.

—Si Nymph y Remus están de acuerdo, Humphrey y yo quisiéramos ser sus padrinos. —les propuso nerviosa Eloise. Sonrió tranquila al verlos asentir de inmediato, ampliándose su sonrisa al ver la expresión radiante del rostro de Jessica.

El hombre de ojos color miel atrajo hacia su costado a su prometida, con demasiadas emociones mezclándose en su pecho. Se sentía incapaz de decir nada, su mente traicionándole al recordar su pasado.

—¿Es posible que Remus y yo hagamos el Pacto de Amor Cundáwan y la mezcla de magias aún estando yo embarazada? —preguntó Nymph, mordiéndose el labio inferior al sentir que su prometido se paralizaba en el abrazo en que la tenía.

—Si nos combinamos Angela, George, Ginny, Harry, Hermione, Ron, Luna, Neville, Jessica, Fred, Aline y yo con ustedes, de modo de proteger a las criaturas, sí se puede. —le respondió Wymond, que había estado investigando al respecto pues suponía que ella en algún momento preguntaría.

—¿Las criaturas? —preguntaron a coro los que él no había mencionado.

—Vienen en camino un par de gemelitos, tía Nymph, tío Remus. —les dijo con tono suave Angela, una chispa de emoción en sus ojos.

Los ojos de la pareja se abrieron enormes, cruzando sonrisas de emoción sus rostros, dichosos por la noticia. Un minuto después el rostro de él se llenaba de seriedad y preocupación, abrazándola posesivamente.

—Tienes que entender que no puedes ir más a ninguna batalla, mi amor, ni hacer nada que los ponga en peligro. —le pidió con sus ojos miel llenos de angustia.

—Es por eso que quiero que hagamos la mezcla de magias y el Pacto, mi amor. Para ayudarte de alguna manera sin ponerme en peligro, como lo hacen ellos. —le replicó ella con suavidad, acariciándole el rostro con cariño.

—¿En qué forma los afectaría a los tres? —le preguntó preocupado a Wymond, luego de desistir de intentar convencerla de no hacerlo ante la expresión decidida de ella.

—Tranquilo amigo. Haciéndolo como he investigado ninguno de los tres correrá riesgo, convirtiéndonos además nosotros doce en tutores y protectores mágicos de los bebes, desde ese momento, y de Nymph, mientras ella da a luz.

—Por favor mi amor. —le pidió Nymph con voz melosa.

—¿Cómo les afectaría a ustedes? —preguntó él, preocupado por lo ocurrido el día antes con los Longbottom.

—No nos afectará, Remus —le respondió Wymond. Suspiró ante la expresión de incredulidad con que lo miraba el castaño—. Bien sabes que nunca te he mentido. Puedo ocultarte algunas cosas si considero que no debo decírtelas por algún motivo, pero no te miento.

»Si ayer no te dije lo que ocurriría con Alice y Frank Longbottom fue porque los cuatro sabíamos el riesgo que correríamos desde un principio, cuando los evaluamos, y aún así habíamos decidido llevar a cabo las terapias hasta el final, sin decirles a ustedes el que la última nos agotaría mucho para no preocuparlos. Lo que ninguno de nosotros se esperaba era la fuerza mágica que ellos tienen, lo que requirió mucho de nosotros y nos llevó al extremo de debilidad del que ustedes nos sacaron.

—¿Qué ocurriría si uno de nosotros o los bebés tuviese "mucha fuerza mágica"? —insistió el ex licántropo.

—Que sería muy fuerte el lazo de unión que se formará, nada más —le respondió Wymond con una sonrisa suave—. Ninguno de ustedes ni de nosotros se verá debilitado, enfermo o afectado de alguna forma negativa. Lo único que haremos nosotros doce será controlar el flujo de energía y magia entre ustedes dos, para que no afecte a los bebes, protegiendo además a Nymph mientras ella esté en gestación. De modo que si tú requieres su ayuda la recibirás, pero apoyada por aquellos de nosotros doce que estemos en mejores condiciones física y mágicamente.

—Entonces estoy de acuerdo y se los agradezco mucho. —le respondió Remus, luego de consultar con la mirada a su prometida.

Los doce asintieron contentos, sonrientes.

—¿Puedo hacer una pregunta? —inquirió nervioso Jefferson luego de pasados varios minutos con todos comiendo en silencio.

—Esa ya fue una pregunta. —lo fastidió con picardía Timothy.

—Puedes hacer las preguntas que quieras, Jeff. —le dijo con cariño Remus. Había tenido que contener la risa al ver al niño asmático intentar darle un pequeño golpe al rubio, que le esquivó con una gran sonrisa, con el trato normal entre hermanitos.

—¿Qué es eso del Pacto de Amor Cundáwan y la mezcla de magias de los que hablaban hace poco? ¿Quiénes ya lo hicieron?

—Esas son dos preguntas, no una. —canturreó Timothy, burlándose del chico a su lado como solía hacer cuando lo veía de buen ánimo.

—Papá Remus me dijo que podía hacer las que quisiera. —protestó el pelinegro de ojos negros, mirando al rubio con molestia.

Nymph sonrió al ver que su prometido se paralizaba ante la forma en que el niño se había referido a él.

Aline, Eloise y Humphrey consultaron de inmediato a Wymond en silencio sobre qué responder, como siempre hacían sobre asuntos delicados. Se sorprendieron al verlo sonreír, luego de mirar inquisitivamente a Harry y que éste asintiese. Habían notado esa complicidad entre ellos, que surgió desde los procesos con la pelirroja de ojos castaños y el pelinegro de ojos esmeraldas, y también que se había afianzado lentamente.

La pelirroja con ojos como esmeraldas se sentía feliz por ello. La complicidad, cariño, compenetración y protección afectuosa de su esposo por Angela y Harry era cada vez mayor, evidenciándose a veces aunque los tres hacían esfuerzos por disimular con los demás.

Lo que la preocupaba era que había percibido en algunas ocasiones a tío y sobrina angustiados, al parecer compartiendo un terrible secreto que los atormentaba. Inevitablemente venían a su mente las cartas que Angelica les había dejado a los dos, de las cuales ellos habían hablado presionados, en contra de su voluntad, pero que nadie había leído. Tenía la sospecha que los dos no habían contado todo lo que su cuñada les había dejado por escrito.

Mientras su esposo le explicaba al niño asmático lo que él había preguntado, ampliándose por las preguntas de Gabrielle, Isolda, Daphne y Timothy, intentó bucear una vez más en la mente del hombre que amaba en busca de respuestas a su inquietud. Se esforzó para que él no lo notase, topándose con un fuerte bloqueo. Se sobresaltó al sentir que él le apretaba levemente la mano mientras la sacaba con suavidad pero firmeza de su mente. Se sonrojó y bajó la cabeza, pidiéndole perdón mentalmente.

—Ninguno de los presentes tiene porqué disculparse —escuchó que decía ante una petición de perdón del niño rubio ante la negativa del Cundáwan a explicarle con detalle cómo se hacían, comprendiendo por su forma de hablar que se refería también a ella—. Lo que han preguntado e intentado averiguar es porque nos aprecian y están preocupados.

»Sin embargo deben comprender que a veces no les podemos responder sus preguntas porque consideramos que es peligroso ese conocimiento para ustedes, o porque intentamos protegerles de algún sufrimiento. De mí siempre obtendrán la verdad o silencio sobre lo que pregunten, pero no mentiras. Les agradecería que ustedes hiciesen igual conmigo.

—Sí. —aceptaron los cinco chicos del G.E.J.M.A. a coro, mientras él se giraba a mirar a su esposa y le acariciaba con cariño la mejilla.

"Dame tiempo para sincerarme contigo, estrella esmeralda" —le pidió mentalmente, para no involucrar a ninguno de los presentes en lo que acababa de ocurrir—. "Sé que te preocupas por mí, pero yo también lo hago por ti. Lo sabes".

"Por favor, mi amor, comparte conmigo lo que te preocupa. Tal vez yo pueda ayudarte a conseguir una solución. Recuerda que el futuro que visitó Angelica no es necesariamente el que viviremos. Puede que ya haya cambiado con lo que hemos vivido desde que ella se fue hasta ahora".

"¿Cómo sabes que…? Te amo muchísimo, Aline, sólo dame un par de días".

"George y yo los amamos a Angela y a ti. Permitan que los ayudemos con lo que tanto les angustia. No intenten protegernos de lo que los atormenta porque podríamos resultar heridos los cuatro, por favor".

"Ella y yo no hemos hablado aún abiertamente sobre… Intentaré hablar con ella hoy a solas para que nos podamos aclarar y luego hablar con ustedes".

"Los ayudaré para que puedan hablar a solas sin que los demás sospechen".

"Te amo estrella esmeralda".

"Te amo océano aguamarina".

Angela estaba hablando sobre los arreglos que le harían a las casas de las futuras parejas y al colegio para las bodas, con el fin de distraerlos a todos del aislamiento de sus tíos. Ella suponía, acertadamente, que estaban hablando mentalmente.

Isolda estaba tomando notas con pluma y pergamino que había convocado Daphne. Los demás chicos intervenían entusiasmados, mientras los seis pares de futuros esposos sonreían felices. Los Merodeadores hacían bromas esporádicas que hacían ruborizar a las chicas y reírse por lo bajo a los chicos, mientras los niños los miraban varias veces un poco intrigados, pero reían y no preguntaban.

Cuando terminaron de comer subieron a las habitaciones para terminar de asear y ordenar (bajo la supervisión de Hermione los fastidiados chicos) antes de irse a lo que habían planeado hacer ese día.

—Sirius y yo quisiéramos hablar con ustedes sobre algo importante. —le susurró Remus a Wymond cuando se estaban levantando de la mesa, denegando levemente mirando en dirección a los chicos cuando le vio intenciones de preguntar.

—Luego del almuerzo tengo que hablar contigo algunas cosas de La Orden del Fénix —le dijo serio Wymond en voz audible, preparando una coartada ante los chicos de manera rápida—. Me gustaría que Sirius también estuviese presente.

—De acuerdo. —le respondió el castaño con semblante serio.

Los chicos se preocuparon un poco al oírlos y ver sus expresiones, pero decidieron no preguntar. No querían adelantar la conversación pendiente para el día siguiente.

Una hora más tarde se reunían frente a la chimenea de la sala Harry, Angela, Ginny, George, Meg, Sirius, Aline, Wymond y Remus, para ir a El Refugio.

—Buenos días. —los saludó Ámbar con una sonrisa nerviosa.

—Buenos días. —le respondieron todos. Los cinco adultos, que habían compartido con ella en diferentes momentos de su vida, la miraron preocupados.

—¿Qué ocurre, Ambar? —le preguntó inquieta Aline, tomándole de las manos con cariño. Se preocupó aún más al sentirlas frías.

—Dorothy y Joseph han traído hace unos minutos a Eileen para que hable con Snape, y ella está bastante agitada por lo que se ha enterado —le respondió ella con sinceridad, la angustia trasluciéndose en su voz—. Will ha entrado con ellos para ayudar. Sally y Steve vigilan a los Malfoy. —agregó. Se agitó al oír un grito en la habitación del segundo piso, que se oía claramente como la voz de la chica que se negaba a algo.

—Tranquila, todo estará bien —le dijo con tono suave la pelirroja, girándose de inmediato hacia su esposo—. Quédate con ellos y explícales mientras Remus nos acompaña. —le pidió antes de correr con la mujer de pelo castaño rojizo hacia el segundo piso.

—¿Tío Wymond? —le preguntó intrigado Harry, al ver que los contenía a él y a Sirius de seguirlas.

—Cuando Dorothy Spears, la hermana de Clarisse, estudiaba en el colegio y era aún soltera se hizo novia de Severus Snape.

—¿Del murciélago de pelo grasiento? —preguntó Harry con incredulidad en la voz.

—Sí —le respondió Sirius, mirando interrogante al que fue su cuñado y pronto sería su padrino de bodas—. Desde mediados de nuestro sexto año hasta tres años después de graduarnos ellos fueron pareja. Nunca supe porqué estuvieron unidos, tampoco porqué se separaron, pero estoy feliz que ella se alejase de tan nefasto hombre.

—Ella en esa época vio en él una soledad, aislamiento y tristeza profundas. Eso despertó en ella sentimientos que la llevaron a unirse a él —le respondió Wymond, su vista fija en las escaleras que conducían al primer piso y sus oídos atentos para intervenir si era necesario—. Ella se enteró que estaba embarazada días después del ataque a las gemelas y antes del asesinato de los Potter, pero ellos discutieron y ella se alejó definitivamente de él sin decirle que una criatura venía en camino.

—Eileen. —musitó Meg comprendiendo.

—Sí. Cuando Joseph se casó con Dorothy la adoptó y la crió como hija suya, decidiendo que le dirían la verdad cuando tuviese quince años. Pero con el asesinato de papá Albus no se atrevieron hasta hace poco, luego de verificado lo dicho por él en el interrogatorio.

—No ha de ser fácil enterarse que tu padre biológico es un mortífago y un asesino. —comentó preocupada Ginny, mirando también hacia las escaleras.

—Dorothy y Joseph nos dijeron la verdad a Aline y a mí hace unos días, para que los acompañásemos con Eileen a la entrevista con Snape. Algo debe haber ocurrido que adelantó esta reunión.

—La salud de Snape se está resintiendo fuertemente. —comentó Angela con el ceño fruncido y expresión angustiada, mirando hacia el punto exacto del piso superior en que se encontraban reunidos los Hart con sus tíos y el ex mortífago.

—¿Cómo lo sabes si ya no está el sello de agua? —le preguntó preocupado Wymond, girándose a mirarla.

—Empatía, secuela del proceso que cerramos hace poco —le respondió ella cerrando los ojos y sacudiendo la cabeza—. Sus emociones mezcladas son demasiado fuertes y las percibo con claridad, al igual que las de Eileen y el enojo angustiado de la señora Dorothy. Sólo que el corazón de él se está resintiendo por su agitación.

—Intenta concentrarte en algo para que te aísles de sus emociones —le indicó Wymond—. Y no te preocupes por él que seguro Aline evita que tenga una recaída seria.

George la aferró preocupado al verla tambalearse y respirar muy agitada mientras palidecía de forma marcada.

—Tranquila pequeña —le dijo preocupado Wymond, indicándole a George y Sirius el sillón cercano. Asintió cuando Ginny y Harry le pidieron por señas que los dejase subir—. Concéntrate en tu respiración, tu novio y tu papá. —le indicó con suavidad, mientras subía algunas barreras de la chica para ayudarla a bloquear en parte el flujo de emociones que la estaba bombardeando.

Ella no las lograba subir por si misma, al haberla tomado desprevenida el fuerte flujo de emociones de los que discutían en el primer piso de esa casa. Aline ya le había dicho a su esposo que Raymond le había indicado que la chica necesitaría de la ayuda de ambos con las barreras del don para Percibir las Emociones. Por lo que ella acababa de decir entendió que eso sería así mientras aprendía a controlar, al menos un poco, la empatía que le había desatado el proceso al que la sometieron su hermana y los antiguos cundáwans.

Escucharon un par de gritos furiosos de la chica y la madre, seguramente cuando los dos chicos que acababan de subir abrieron la puerta, dejando de oírles luego. Los tres adultos y el gemelo pelirrojo veían con preocupación a la chica de pelo negro, que tenía expresión de angustia y desprecio entremezclados. Se tranquilizaron cuando un par de minutos más tarde la vieron empezar a relajarse.

—Vayan con ella al jardín posterior, para que respire aire puro y termine de calmarse. —les indicó Wymond en voz baja, pues su esposa le acababa de transmitir mentalmente que los Hart y los chicos que quería como sobrinos suyos bajarían en cualquier momento.

Sus acompañantes asintieron de inmediato, sospechando sus motivos. Sacaron a la chica de la sala de inmediato hacia donde les había indicado.

Él se quedó allí para ayudar. Atrapó a la chica que bajaba las escaleras corriendo, no permitiéndole huir. Le pidió con suavidad que se tranquilizase un poco.

La chica era de piel blanca, pelo castaño oscuro, lacio y grueso, a la altura de los hombros, ojos castaños oscuros, altura media y de buen cuerpo. Inicialmente se debatía entre sus brazos, queriendo liberarse, sollozante. Finalmente se dio por vencida y se aferró a él, llorando mientras protestaba en voz audible:

—Ahora sé porqué estoy en Slytherin, cuando mis papás son Gryffindors de corazón. También porque soy buena en Pociones. Porque ese asesino es una serpiente y yo tengo su sangre en mis venas. —Intentó con sus uñas arañarse sus muñecas siendo esto evitado por Wymond.

—Cálmate pequeña —le dijo con tono suave y cariñoso, luego de denegar ante el intento de la madre de acercárseles—. Eres una chica bonita y de buenos sentimientos, de la que han estado siempre orgullosos Dorothy y Joseph por como hablan de ti.

»Tal vez Severus Snape sea tu padre biológico y hayas heredado algunas cualidades de él, pero tu formación te la dieron tus dos padres. Fueron Dorothy y Joseph quienes te criaron y te educaron, dándote cariño, enseñándote a querer y a respetar. Snape no conoció nunca eso, fue siempre un amargado.

»Por favor pequeña, recuerda que eres hija de una gran mujer tanto por genes como por crianza y de un gran hombre que desde que eras una bebe te ha cuidado y amado como si fueses su hija —Eileen asintió entre sollozos, abrazándose a él—. ¿Nos permites a mis sobrinos y a mí que te ayudemos a calmarte un poco? —le pidió con tono suave. Se dejó fluir con Ginny y Harry en cuanto la vieron asentir.

Al verla más tranquila, permitiendo que sus dos padres la tomasen de los brazos de Wymond y la abrazasen, la menuda pelirroja subió de nuevo a ayudar a Aline con el ex mortífago.

Harry le preguntó con la mirada a su tío por la que consideraba su hermanita. Siguiendo la dirección de su mirada al jardín posterior la vio allí con su padrino, la que pronto sería la esposa de éste y el gemelo pelirrojo.

Suspiró al pensar que ella también tenía problemas con su "particularidad". Sólo que la de ella y la de él eran menos peligrosas para los demás que las de sus cuatro amigos y su prometida. Aunque, debido a su condición pulmonar, era riesgosa para ella. Suspiró ante ese pensamiento. Aún no conseguían la información sobre la pareja de los fénix para ayudarla.

Vio a la chica tan bonita pidiéndoles perdón a sus padres por su comportamiento, sin poder asimilar que la sangre del odioso ex profesor de Pociones pudiese correr por sus venas. La conocía del colegio y era uno de los Slytherin que a él le habían parecido haber sido ubicados mal por el Sombrero Seleccionador, al igual que Jefferson, los dos amiguitos de Christopher y algunos chicos que participaban en el E.D.

Se recriminó un momento después por este pensamiento. El gemelito había puesto mucho empeño en que todos los del E.D.H. entendiesen que el ser Slytherin no te convertía automáticamente en mortífago. Les había recordado varias veces que algunos provenían de otras casas del colegio.

Suspiró de nuevo al recordar la expresión de desagrado y desprecio con que lo miró el ex mortífago al verlo entrar en la habitación, muy similar a la de frío odio cuando él vio su peor recuerdo en el pensadero.

«Sin embargo lo he visto mirar seguidamente a la chica con angustia y… ¿vergüenza? ¿Es acaso ese el sentimiento que alcancé a distinguir, en sus generalmente fríos e indiferentes ojos negros, mientras la chica le gritaba 'Mortífago asesino, tú no puedes ser padre de nadie'? Eso me ha parecido, lo cual es sorprendente en una persona como él. Al parecer el hombre no logra mantener su fría impasibilidad ante ella».

Miró de nuevo hacia el jardín, donde estaba su padrino. Recordaba cuando les había visto enfrentarse en Grimmauld y tuvo que él interponerse entre ambos. «¿Será prudente que se vean hoy?». No estaba muy seguro de ello.

—Yo… Lamento mi comportamiento, señor Wymond. —se disculpó Eileen cabizbaja, desde los brazos de quien seguiría siendo su papá.

—No tienes porqué disculparte, pequeña —le respondió con tono suave, levantándole el rostro con cuidado por la quijada—. Todos tenemos derecho a sentirnos mal alguna vez en la vida. Sólo te quiero pedir dos cosas —Al verla asentir levemente le sonrió suavemente—. Que me digas Wymond y que nunca te avergüences de quien eres, pase lo que pase.

—Sí señ… Wymond. Gracias —Se giró a mirar a sus padres—. ¿Podemos ir a casa? Quiero estar con mis hermanitos y mis padres, como corresponde en Navidad.

—Claro que sí hija, pero… —Dorothy dudó un momento—. Por favor, no dejes que tu corazón se llene de odio hacia Severus. No por él sino por ti, hija.

—Lo intentaré, mamá, pero no puedo evitar despreciarlo.

—Sólo no dejes que el odio se instale en tu corazón. Si no puedes evitar despreciarlo, como me ocurre a mí, hazlo pero no lo odies. Es sólo un hombre amargado que nunca supo buscar el camino del cariño y el respeto —Al ver a su hija asentir y abrazarla un par de lágrimas se escaparon de sus ojos—. Te quiero mucho hija, al igual que Joseph…

—Mi papá. —finalizó Eileen lo que le decía su mamá, asintiendo y tendiéndole una mano a quien siempre sería para ella su padre, que le sonrió cariñoso.

La chica se dirigió a la chimenea tomada de las manos de sus padres, seguidos por Ámbar y Will que lucían aliviados.

Harry frunció el ceño al ver bajando las escaleras a Draco y Narcissa Malfoy, que se detuvieron de inmediato con sus miradas fijas en él. El rubio lo miraba con una máscara de fría indiferencia. Pero el pelinegro podía percibir su bien disimulada ansiedad por el encuentro, gracias a sus dones. Sally y Steve bajaban tras ellos con expresiones fastidiadas.

—Buenos días —saludó Narcissa con tono suave, luego de palmear con suavidad a su hijo en el hombro. Le recordó con el gesto lo que ya le había dicho antes sobre su comportamiento, tanto con "ese chico Potter" como con los jóvenes que lo acompañaban generalmente y con algunos miembros de La Orden del Fénix—. ¿Sería posible que nosotros viésemos a Severus? Estamos preocupados por él y la joven Weasley nos dijo que no era posible por el momento.

Draco apretó los puños y desvió la mirada de "cara‑rajada Potty". Por un lado se sentía muy incómodo al saber que debería agradecerles el que les salvasen la vida y los cuidasen. Por otro lado le disgustaba sentirse prisionero, aunque comprendía perfectamente el que no confiase nadie en ninguno de ellos tres.

Su incomodidad se multiplicaba cuando el trato que él recibía era notoriamente menos desagradable que el que les daban a su madre y al hombre que se había comprometido a salvarle la vida. «¿No pueden estos inútiles comprender que se han visto obligados a actuar así para sobrevivir en el medio en que se desenvolvían?». Algo en su interior le recordó que él mismo se había sobrepuesto a su entorno, no dejándose llevar por las circunstancias. Se sintió enfermo por la verdad de aquello.

—Tendrán que esperar a que Ginny y Aline lo autoricen —les respondió en tono serio Wymond, quien no los repudiaba como a Severus Snape pero les tenía antipatía por el comportamiento que sabía siempre habían tenido con Harry, Hermione y todos los integrantes de la familia Weasley—. Mientras tanto quisiera hablar con ustedes. Por favor acompáñenme a la cocina.

Narcissa asintió preocupada, empujando levemente a su hijo para que se dirigiese con ella donde el extraño mago había indicado.

Harry miró interrogante a Wymond.

"Voy a sondear a estos dos una vez más. No me gusta en lo absoluto lo que han planteado Angela y Hermione hoy en el desayuno, pero tienen razón en cuanto a moverlos de aquí y que hagan algo útil. Así no tendrán tiempo de estar maquinando nada". —le transmitió Wymond mentalmente.

"Soy de la opinión que sería mejor separarlos a los tres lo antes posible. Ubicarlos en lugares no estratégicos pero bajo vigilancia rotativa, para que no nos generen problemas". —le respondió el pelinegro de la misma manera.

"Estoy de acuerdo. Luego de sondearlos hablaremos para que tomemos una decisión con Remus, que afecte lo menos posible a Angela". —finalizó Wymond, justo antes de entrar a la cocina, siguiéndolos los dos ex aurores.

Harry se giró a mirar a los que estaban en el jardín. Notó que se habían levantado de los bancos de piedra que había allí y se dirigían a la casa. Sabía que su padrino no suspendería su entrevista con Snape a menos que la salud de su hija estuviese en problemas. «¿Debería pedirle a Angela que disuada a Sirius de venir otro día? No estoy seguro si será prudente». Desistió de su idea al oírlos.

—Te aseguro que estoy bien, papá. No tienes que preocuparte. No me dejaré afectar más por él. He hecho lo que tío Wymond me ha indicado y él me ha ayudado a bloquearlo.

—En ese caso vamos a hablar con Quejicus de varias cosas. Pero si te veo triste o pálida nos vamos de inmediato.

—Gracias papá. Te quiero mucho.

—¿Aún están Dorothy, su hija, Joseph, Ámbar y Will arriba? —le preguntó Sirius a su ahijado.

—No. Se han marchado hace poco. Sin embargo Ginny y tía Aline están atendiendo a Snape por problemas de salud con el encuentro, en compañía de Remus.

El pelinegro de ojos grises miró de reojo a su hija. Estaba molesto porque Angelica y Albus se hubiesen preocupado por el murciélago. Más aún con que le hubiesen transmitido a su pequeña aquella situación con ése.

—No hay nada de que preocuparse. Se ha recuperado rápidamente de la noticia sobre su paternidad y las recriminaciones de Eileen. —les contó Ginny mientras bajaba las escaleras, con una nota de fastidio en su voz.

Detestaba el comportamiento del ex profesor de pociones con ella, su novio y cualquier Gryffindor a quien le hubiese dado clase. Pero su comportamiento con Harry siempre había sido el más injusto jamás visto. Sólo porque era el retrato viviente de James Potter, un mago que siempre fue mejor que él y que cometió "el crimen" de salvarle la vida de "la broma extrema" que le jugase Sirius. A éste lo odiaba por ser el hombre que amaba la chica de quien él había estado enamorado. ¿Qué pasaría ahora que estaba el Merodeador con su hija y su ahijado allí? Lo averiguarían en unos minutos, aunque Aline no estaba totalmente de acuerdo con aquello.

—Subamos entonces. —dijo decidido Sirius, con la diversión anticipada chispeando en sus ojos grises.

Estaba decidido no sólo a reclamarle al murciélago todo el daño que le hizo a su ahijado mientras le dio clases en el colegio, sino también a fastidiarlo con el sólo hecho de presentarse allí de la mano de su hija con Angelica. Aunque lo ocurrido al llegar le hizo flaquear levemente en su determinación, pues no quería lastimar de ninguna manera a Dorothy o su hija. «Tengo que ser cuidadoso».

Mientras pensaba en ello subió las escaleras con su hija, su ahijado, los novios de ellos y su prometida. Al llegar al primer piso sin embargo se paralizó, pues una oleada de recuerdos lo inundó. Esto no le había ocurrido al llegar a la casa, al encontrarse con la situación con los Hart, pero ahora… Le parecía ver a las que fueron su esposa y su cuñada corriendo por el pasillo, luego de gastarles una broma a Remus y él.

Sin siquiera darse cuenta de lo que hacía soltó la mano de su prometida y siguió subiendo las escaleras hasta llegar al tercer piso, en el que había compartido tantas cosas con quien fue su esposa. Se detuvo frente a la puerta de la habitación dónde de cierta forma se había despedido de ella, luego que su suegro le dijese que había muerto.

Recordaba cómo le había visitado en forma etérea ese día, diciéndole de su hija y que siguiese luchando. «Si no hubiese dudado de lo que vi… Si no me hubiese dejado llevar por el dolor al encontrar muertos a mis amigos, persiguiendo al pequeño traidor… Si hubiese ido en cambio a hablar con Albus, revelándole el cambio de guardián secreto y pidiéndole que me llevase con Angelica. Si me hubiese disculpado también con Remus por desconfiar de él…». Con su mano derecha rozó la madera de la puerta, sintiéndose incapaz de abrirla y enfrentarse a los recuerdos.

—Tío Remus y tú han podido ver a tía Jennifer y a mamá, despedirse de ellas —le dijo Angela en voz muy baja, abrazándolo con cariño—. Ellas apenas si pudieron comunicarse con ustedes aquí ese día, pero ahora el destino y sus extrañas piruetas les han permitido despedirse. Ahora saben que ellas están bien y de acuerdo con que ustedes se hayan vuelto a enamorar. Deja ir el dolor, papá.

—Gracias hija —Sirius la abrazó con cariño—. No sé qué pasó en tu pasado y aguardaré a que estés lista para contármelo, pero deja ir tú también tu dolor, pequeña. —le dijo con cariño, luego de secarse mutuamente las lágrimas que les habían bañado los rostros poco antes.

—Prometido. —le sonrió ella dulcemente.

Sirius avanzó tomado de la mano de su hija de regreso a las escaleras, donde los esperaban Ginny, Harry, George y Meg. Abrió la boca para disculparse con su prometida, sonriendo agradecido cuando ella posó una mano con suavidad en su boca para no dejarle hablar mientras denegaba levemente. En seguida se fundieron los dos en un beso.

Cuando se separaron notaron que los cuatro chicos habían comenzado a bajar por las escaleras, en silencio, respetándoles su privacidad. Tomados de la mano comenzaron a descender por los escalones mientras él pensaba cuanta razón había tenido Remus al decirle que el ir allí sería una dura pero necesaria despedida al pasado, como le contó su amigo fue también para él.

Cuando entraron a la habitación una enfurruñada Aline intentaba volver a poner en manos del ex mortífago una poción.

—Le digo que debe tomar un vaso e ir a reposar.

—Y yo le digo que no es necesario —le respondió Snape con su característica frialdad—. Le agradezco sus buenas intenciones, señora, pero ya estoy mejor. No soy un enclenque que luego de una emoción fuerte deba dormir bajo pociones para recuperar su autocontrol.

—No, no es un enclenque. Lo que está demostrando ser es un hombre enfermo e inconsciente al no obedecer mi consejo para que no se vea afectada su salud. —más que decir le gruñó enojada la pelirroja de ojos color esmeralda.

—Mi salud ya ha sido afectada, señora. El dormir no cambiará eso. —replicó el hombre de piel cetrina con tono suave, fastidiado pero agradecido con la extraña bruja. Sólo ella y la joven de ojos grises con pelo negro le trataban medianamente bien y se preocupaban por su salud. Se parecían a Lily y Angelica no sólo en el físico sino también en eso.

—Buenos días —entró saludando Sirius—. Aline, quisiéramos hablar con él. ¿En realidad es indispensable que tome esa poción?

—Sí. —respondió ella de inmediato, pues lo que quería evitar era precisamente esa entrevista luego de lo ocurrido minutos atrás.

—No. —replicó al mismo tiempo el ex profesor de Pociones, en forma automática. Abrió seguidamente los ojos como platos al ver al hombre frente a él, a quien creía muerto.

—Por tu expresión deduzco que no sabías de mi retorno, Quejicus —dijo Sirius en tono burlón, acercándose con paso decidido—. Quisiera hablar sobre tu comportamiento con mi ahijado en las clases de Oclumancia que le obligó Albus a tomar contigo, como te aseguré que haría si las usabas para molestar a Harry.

Remus frunció el ceño. En su momento él había discutido con el que fue su suegro por aquello, especialmente luego que Snape las suspendiese.

—Yo sólo hice mi mejor esfuerzo para intentar enseñarle a un inútil una rama especialmente difícil de la magia. —le respondió con tono bajo y venenoso el ex profesor.

—El que hayas hecho, según tus palabras, "tu mejor esfuerzo" sólo demuestra que el inútil eres tú como profesor. Angelica tuvo conmigo una hija muy lista que pudo enseñarle a mi inteligente ahijado sin atormentarlo, como hiciste en cada una de esas "clases" —le replicó Sirius con expresión molesta, sus fríos ojos grises queriendo perforar los negros frente a él, su tono de voz frío dejando traslucir su enojo—. Pero claro, tú en realidad no intentabas enseñarlo sino martirizarlo y abrir su conexión mental con tu amo para que le hiciese daño. ¿No es cierto?

A una disimulada señal de Remus se ubicó Aline cerca de Angela y George, mientras él se desplazaba hacia el punto en que se encontraban Ginny y Harry, y Meg se preparaba a interponerse entre los dos hombres de pelo negro.

—No, no es cierto —le replicó Snape con su voz aún más baja y desafiante—. Potter es un engreído e inútil incapaz de aprender Oclumancia. No sé de qué forma lo estén protegiendo del Señor Oscuro, pero sé que él no ha aprendido la defensa mágica de la mente contra la penetración externa.

—No sólo ha aprendido Oclumancia, sino que es mejor Oclumente que usted. —intervino Angela enojada.

—Perdone señorita, pero es usted muy joven e inexperta como para definir eso. —le replicó Snape serio y con una nota de respeto que hizo enarcar las cejas a quienes los acompañaban en la habitación.

Remus se tensó al ver chispear los ojos de su amigo ante esto. Estaba seguro que ese trato de Snape hacia la hija le hacía hervir la sangre, luego de enterarse lo que el Slytherin había sentido por quien fue su esposa y lo que había hecho el día del ataque por el que murieron las gemelas.

—Tiene razón en que soy joven, pero en cuanto a ser experta… ¿Por qué no lo ponemos a prueba? —lo desafió Angela, arrojándole su varita en un movimiento rápido. Él la atrapó al vuelo, en un movimiento reflejo, mientras todos sus acompañantes sacaban sus varitas de inmediato, asustados. Meg se ubicó rápidamente frente a Sirius, Aline frente a Angela y Remus frente a Harry, mientras Ginny y George intentaban cerrar los laterales para que ninguno de los tres se acercase a Snape—. Es usted un buen Legilimente y por lo que he notado tiene usted muchas interrogantes que sabe bien podría yo responderle, pero no lo haré voluntariamente.

—Suelta esa varita, Snape. —le ordenó Sirius con voz fría y amenazante, intentando ubicarse de forma protectora frente a su hija. Pero Angela evitaba que su padre y su tía se interpusiesen entre ellos, desplazándose lateralmente.

El aludido frunció el ceño al oírlo, aunque su mirada seguía fija en los ojos grises de la chica que lo miraba desafiante. Bajó por un instante su mirada a la varita en su mano y la regresó de inmediato al rostro de la chica.

—No siempre es adecuado que los hijos usen las varitas de sus padres —dijo en voz baja y controlada—. Longbottom era un desastre con la de su padre, aunque es evidente que ninguna varita funcionaría bien con un incompetente como él.

—En eso se equivoca de nuevo, señor Snape —replicó Angela con tono molesto—. Neville es un excelente mago que se sobrepuso durante años a las secuelas del ataque que tres asesinos hicieron sobre él y su familia —Al ver la expresión interrogante del rostro cetrino le explicó—. A él también lo atacaron la noche en que enloquecieron a sus padres, sólo que lo dejaron para que muriese solo como secuela de la Maldición Cruciatus, al ser tan pequeño.

—Eso no lo sabía. —musitó Snape. Se sentía arrepentido, del trato que le había dado al chico mientras fue su profesor, asombrado, porque el chico hubiese logrado siquiera hacer magia luego de aquello y enojado con Dumbledore una vez más, por ocultarle algo tan serio.

—Te he dicho que sueltes la varita de mi hija. —insistió Sirius apuntándole con la suya. Se sentía enojado con su hija por dársela y con su prometida por interponerse entre ellos. Estaba también muy preocupado por la posibilidad que el asesino frente a él alcanzase a lastimar a alguno de los chicos, su amada o la tía de Lily, antes que él lo desarmase.

—Hemos logrado revertir el daño y él es ahora tan buen mago como lo fue su padre, mucho mejor que usted. —intervino Harry queriendo atraer la atención del ex profesor de Pociones hacia él, para que Sirius estuviese menos tenso por su hija.

—Frank Longbottom era un excelente mago. Pero yo sobreviví a la primera guerra en mejores condiciones que él porque supe moverme con cautela. —replicó Snape con tono molesto, sin dejar de mirar el rostro de la hija de Angelica.

No la había vuelto a ver desde el día del primer interrogatorio que le hicieron. Físicamente se parecía mucho al padre, no había duda de ello ahora que los había visto juntos, pero sus reacciones eran una extraña y explosiva mezcla de los dos. Le había arrojado su varita desafiándolo como en alguna oportunidad lo hiciera la madre, sin embargo su prepotencia al hablar era definitivamente Black.

—Frank siempre fue mejor mago que tú, asquerosa serpiente. Suelta la varita de mi hija. —le dijo con rabia Sirius mientras apretaba con más fuerza el mango de su varita.

—Snape, suelta la varita de Angela. —le indicó con tensa calma Remus.

—Sólo soltaré la varita cuando ella me lo pida, pues fue quien me la dio. —replicó el aludido en tono impasible, con su mirada clavada en la chica.

Angela entrecerró los ojos y lo encerró en un escudo, halando intempestivamente a su novio y empujándolo contra su padre y su tía para hacerles perder el equilibrio y lograr entrar allí. Pero Harry hizo lo mismo con Ginny sobre Meg y Remus, alcanzando a sujetarla y entrar con ella.

—¡No! —exclamaron al mismo tiempo Ginny, George, Aline y Remus. Sirius intentó seguirlos en cuanto recuperó el equilibrio, pero se vio bloqueado por el escudo.

—Ahora está en libertad de usar la Legilimancia conmigo. —lo desafió Angela.

—Jamás usaré una varita en usted, a menos que sea para salvarle la vida. —confesó Snape luego de unos minutos de tenso silencio dentro del escudo, mientras fuera de él instaban a la chica a quitarlo.

—Entonces hágalo conmigo pro‑fe‑sor —le espetó Harry, silabeando la última palabra con rabia—. Evalúe usted la verdad que se niega a aceptar: su inutilidad cuando decía enseñarme. ¿O es acaso cierto que sólo cumplía con su tarea de mortífago? Un cobarde que sólo hacía lo que su amo le ordenaba.

Snape se giró furioso hacia él, dejando de ver por primera vez a la chica desde que ésta entrara a la habitación. De forma impulsiva le apuntó con la varita en su mano.

—Legilimens —lanzó el hechizo. Se sintió seguro de conseguir resultados, al sentir su magia fluir con fuerza a través de la varita de la mujer que tanto había amado. Se sobresaltó y abrió los ojos asombrado al toparse con un muro infranqueable. Le puso más concentración al hechizo durante unos instantes, antes de desistir—. Increíble. —se escapó de sus labios sin que pudiese evitarlo, notando la impasibilidad del detestado joven.

—¿Cuál es su veredicto pro‑fe‑sor? —insistió Harry con frialdad.

—No sé cómo lograron enseñarle pero es usted un excelente Oclumente, señor Potter. —reconoció con tono serio Snape, inclinando levemente la cabeza en señal de respeto. Había detestado siempre al chico, pero casi nadie aprendía aquello por lo difícil que era.

—Angela es una excelente profesora y sus motivos son los correctos. —le respondió de inmediato Harry.

—Supongo que no me creerá, pero sí intenté enseñarle. Yo no intentaba ayudar al Señor Oscuro.

—Yo le creo —afirmó muy seria Angela, manteniendo su expresión tranquila ante la expresión interrogante del hombre de rostro cetrino y la incrédula de quien quería como un hermano—. El problema con usted, señor, es que no sabe enseñar. Es un excelente Pocionista, pero no sabía transmitirles a sus alumnos sus conocimientos. Tampoco lo hizo con Defensa Contra Las Artes Oscuras, a pesar de gustarle mucho la materia. Y el enseñarle Oclumancia a otra persona requiere un control férreo de las emociones, que usted tiene con casi todas las personas menos con Harry, los Merodeadores o las Protectoras.

—Eso es mentira. —siseó furioso Snape.

—El abuelo sabía que usted no era apto para enseñar. Por eso no le dio la materia que usted tanto quería hasta que supo que moriría pronto, ineludiblemente. Él era muy consciente que cualquier profesor que le sucediese como director no le daría esa oportunidad, por sus antecedentes como mortífago —siguió Angela con expresión serena—. El ser usted un excelente pocionista, apasionado por esa rama, permitía que sus alumnos aprendiesen algo aunque usted no fuese bueno enseñando. Fue por eso que le permitió dictar esa materia tantos años.

Snape frunció el ceño y sopesó lo que la chica había dicho. «Sí, esa era la forma en que pensaba el viejo manipulador que me dio la oportunidad de redimirme».

—¿Quiere usted que haga algo más con su varita? ¿o con demostrar su punto sobre Potter es suficiente? —le preguntó impasible luego de unos minutos de tenso silencio, en que puso de nuevo sus emociones bajo control.

—Sólo quería que usted me evaluase a mí o a Harry, como el experto Legilimente y Oclumente que es. ¿Quiere usted hacer algo más con mi varita antes de devolvérmela? —replicó ella.

—No, señorita White. —le respondió él. La giró en su mano para devolvérsela, congelándose al oírla.

—Black. Sé que me presenté antes como Angela White, pero mi nombre es Angela Saiph Black Dumbledore, pues mi padre me ha reconocido ante el Ministerio de Magia y mis tíos han ratificado el parentesco que tenían mamá y tía Jennifer con quien fue el mejor director que Hogwarts haya tenido. —le corrigió ella con tono suave pero firme.

El pulso de Snape tembló notoriamente. Sin decir nada le tendió la varita, incapaz de reconocerla como hija de su más odiado enemigo.

—Espera Angela. Déjale tener tu varita unos minutos más —le ordenó Harry tenso—. Aún tenemos pendiente aclarar lo ocurrido la noche que asesinó a tu abuelo.

La chica se detuvo en su movimiento de tomar su varita, girándose a mirar a su amigo asombrada. Empezó a asustarse al notar la expresión fría con que miraba al hombre, dudando sobre qué hacer. Luego de un par de minutos de tensión se alejó levemente de Snape sin recibirle la varita. Confiaría en Harry, no le recibiría la varita ni quitaría el escudo.

—Ya he respondido las preguntas de sus mayores sobre esa noche. —siseó el ex profesor tenso y molesto, retomando rápidamente la varita por el mango.

—Pero mis preguntas son distintas a las de ellos, porque yo estaba allí. Observé impotente como lo asesinaba para salir luego corriendo, huyendo como el cobarde que es. —le espetó Harry decidido a llevarlo al límite, como sabía sólo ocurriría con su padrino y con él, para luego poder tomar con Remus y Wymond la decisión sobre qué hacer con los tres ex mortífagos. No quería que se enfrentase a su padrino, pues no estaba seguro que Sirius estuviese realmente recuperado para un enfrentamiento.

—Yo no soy un cobarde. Hice lo que el profesor Dumbledore me pidió que hiciera: Evitarle una muerte dolorosa y deshonrosa a manos de Greyback y los hermanos Carrow, mientras cumplía mi juramento inquebrantable para mantener a salvo a Draco —le refutó Snape furioso—. Pero el hijo de quien siempre se escondió tras su unión con sus amigos sólo puede ver cobardía en los demás.

—Papá tenía amigos y con ellos le jugaban bromas, mientras usted seguía aprendiendo maldiciones y siguiendo a los mayores de Slytherin, buscando reconocimiento y protección, pues entre serpientes no entienden el concepto de la amistad —le respondió Harry con fría calma, sabiendo perfectamente lo que estaba provocando en el hombre con sus palabras—. ¿Creó usted maldiciones como Sectumsempra para defenderse de bromas escolares y pretende hacer creer que ése no era el comportamiento de un cobarde?

Snape apretó el mango de la varita con fuerza, haciendo un esfuerzo enorme para controlarse.

—Sigue usted sin comprender la realidad que vivimos sus padres y yo en el colegio —siseó venenosamente—. Cuatro jóvenes impertinentes, tan arrogantes como lo es ahora usted. Su padre y su padrino como líderes del grupo creyéndose con derecho a todo, molestando continuamente a quienes buscábamos por nuestros propios medios el profundizar nuestros conocimientos sobre el don de la magia que nos fue legado.

—Palabras propias de un mortífago, un seguidor de un asesino. —presionó Harry.

—No se puede esperar que un Gryffindor comprenda lo que significa el estudio independiente con la finalidad de ser mejor mago —replicó en tono venenoso el ex profesor—. Ustedes creen que lo único importante es salir en defensa de otros, sin detenerse a reflexionar. Arriesgan muchas veces de forma inútil vidas, cuando se podrían salvar las de muchos sacrificando un poco de dolor de algunos. Incapaces de usar el cerebro para algo útil y no para estupideces.

—¿El usar el cerebro para algo útil implica, según usted, el crear maldiciones como Sectumsempra o el llamar a mi madre "sangre‑sucia" cuando intentaba defenderlo? —le espetó enojadísimo Harry.

—Ella no tenía porqué entrometerse. Fue una pésima costumbre de Las Protectoras —gruñó Snape que no se sentía orgulloso de haber tratado así a Lily Evans—. Los Merodeadores siempre estaban luciéndose y usándonos a quiénes no los idolatrábamos como blancos de sus estupideces, mientras ellas se lucían a su manera fingiendo defendernos. Todos iguales en el objetivo que pretendían conseguir, hacerse notar. Lo mismo que hace usted, Potter.

—Yo no me hago notar —replicó enojado Harry, conteniendo con dificultad las emociones que le embargaban—. Usted con su comportamiento contra niños que nunca le han hecho daño, por su juventud amargada, sí hace lo posible por hacerse notar. "El profesor más odiado de Hogwarts" es un título que se ganó a pulso, quitando puntos a los estudiantes de Gryffindor sólo porque en su juventud miembros de esa casa le jugaron algunas bromas.

»¿Ha analizado alguna vez la diferencia entre las bromas que hacían Los Merodeadores y las maldiciones que usaban sus compañeros de casa en compañeros de estudio? No lo creo. Alguien que desde muy joven creaba maldiciones tan perversas como Sectumsempra estoy seguro que consideraba aquello correcto.

—Curioso que lo diga alguien que la usó contra un compañero de estudio. —escupió con rabia Snape.

—Sólo que yo usé algo desconocido para defenderme de una Maldición Cruciatus, con la que su queridísimo Draco Malfoy me atacó —replicó Harry apretando con fuerza la varita, furioso—. Estaba siguiendo las anotaciones a pie de página del libro de "El Príncipe Mestizo", en las que hasta ese momento no había conseguido algo perverso, sin saber que habían sido escritas por alguien tan lleno de odio como usted. Pero claro, su queridísimo pupilo si tiene "el temperamento y la habilidad" para ejecutar Maldiciones Imperdonables, los cuales yo no tengo según lo que me dijo usted el día que asesinó al director.

—Y me ratifico en lo dicho. Usted no tiene lo necesario para usarlas. —espetó Snape furioso.

Angela tomó una respiración profunda para controlarse, sabiendo lo que vendría a continuación y los problemas que traería luego.

Harry hizo aparecer con su varita rápidamente una serpiente enorme en medio del espacio que lo separaba de Snape, que se tensó y le apuntó con la varita al animal. Con un movimiento de la varita del chico la serpiente empezó a formar letras en el piso, una tras otra, hasta formar la palabra "asesino".

Luego el animal incorporó la parte frontal de su cuerpo hasta levantarse casi hasta la altura de los ojos del profesor, que la miraba asombrado, con su respiración muy agitada. El hombre palideció al ver a quien fue su alumno hacer otro movimiento de varita y al animal retorciéndose de dolor a continuación, bajando al piso y haciendo movimientos violentos impropios de su especie. Finalmente el cuerpo de la víbora brilló con una luz verde proveniente de la varita del chico, lo cual le hizo llevarse la mano al corazón instintivamente por un momento, retirándola de inmediato con un gran esfuerzo.

—He usado a ese animal para demostrarle su error sólo porque su muerte era inevitable, pues tenía una enfermedad de su especie que no se podía curar y el dueño de esta mascota ya lo sabía —le explicó Harry con frialdad—. Eso es lo que nos diferencia a los magos pensantes de asesinos como usted: el respeto a cualquier forma de vida, no la capacidad o incapacidad de cometer actos atroces sino la decisión de no ejecutarlos aunque podamos.

Remus, Sirius, Meg y Aline habían presenciado aquello con incredulidad, congelándose sus voces que hasta hace poco les pedían a los chicos que quitasen el escudo y detuviesen el debate verbal que venían sosteniendo con el peligroso hombre.

El castaño de inmediato miró interrogante a los dos pelirrojos que estaban con ellos en la habitación, fuera del escudo de los otros dos chicos. Denegó con una mezcla de incredulidad y tristeza al ver que apartaban sus miradas de la suya, luego de encontrárselas. Había notado en ese breve instante tanto en los ojos azules como en los castaños una mezcla de vergüenza y decisión.

Miró de reojo a Sirius, que tenía expresión de alarma. Suspiró al ver que miraba a su hija y su ahijado musitando "Diana y Marte". ¡Deseaba tanto que él y su amigo se equivocasen en eso!, pero… Era urgente que hablasen con el resto del G.A.H. Tal vez los tíos de su hija pudiesen levantar los recuerdos que aquella extraña chica había sepultado y cambiar lo ocurrido.

—Veo que no sólo ha aprendido Oclumancia, sino también los hechizos no verbales y las Maldiciones Imperdonables. ¿Si tanto desprecia a quienes las usamos por qué las ha aprendido? —logró preguntar Snape, con voz temblorosa a su pesar.

—Porque se debe conocer al enemigo para enfrentarlo y vencerlo —le respondió Harry con dureza—. La misma razón por la que he estudiado su comportamiento y el de Tom Riddle. Dos hijos de brujas con muggles que pretendieron ocultar sus orígenes y nombres bajo nombres y fachadas falsos queriendo encajar en el mundo de los magos —Al ver la expresión de extrañeza del ex profesor de pociones comprendió que no sabía quien era el mago al que había servido—. "El Príncipe Mestizo" y "Lord Voldemort" son sólo dos títulos tan falsos como los dos hombres que se los dieron a si mismos, pretendiendo con ello ante los demás tener un poder que no tenían. Dos magos inteligentes para aprender y crear hechizos, pero cegados por el odio hacia todos los muggles porque alguno cercano les hizo daño.

—No sabes de lo que estás hablando. —siseó entre dientes el profesor.

—Se equivoca de nuevo, profesor. Sí sé de lo que estoy hablando. El padre de Riddle abandonó a su mamá embarazada porque no la quería y estuvo con ella sólo porque lo sometió con una poción. Merope Gaunt murió al nacer quien se hace llamar Voldemort, pero que en realidad lleva el nombre y el apellido del padre muggle que odió y asesinó: Tom Riddle —le explicó Harry con fría calma—. En su caso usted odiaba llevar el apellido de su padre, Tobias Snape, el muggle que golpeaba a Eileen Prince, su madre, haciéndole incluso perder unos bebes por una golpiza.

—Eso sólo demuestra lo que los muggles… —empezó en voz alta Snape, con el odio impregnando sus palabras. Su corazón latía desbocada e irregularmente.

—Se equivoca de nuevo —lo interrumpió Harry incapaz de contenerse—. El que mis tíos muggles me tratasen mal desde que me recibieron en su casa, permitiéndole a mi primo que me usase además de saco de boxeo, no convierte a los demás muggles en gente despreciable. Hermione es hija de dos muggles que eran personas cariñosas y respetuosas, los cuales fueron asesinados por mortífagos llenos de un odio irracional.

El silencio que siguió a esas palabras fue muy tenso. Snape recordaba lo que había visto en la mente del chico mientras intentaba enseñarle Oclumancia. Relacionando aquello con lo que ahora le decía, entendía cómo había sido la infancia del joven frente a él. Ahora podía comprender aún menos su actitud hacia los muggles y sus hijos.

«¿Cómo se ha podido hacer amigo de la castaña luego de aquello?». Recordaba bien que aquella amistad nació el día en que se enfrentaron al troll tres niños de apenas once años. Tenía que reconocer, a su pesar, que Dumbledore tuvo razón cuando en esa oportunidad les dijo a Minerva y él que de esos tres pequeños se podían esperar cosas asombrosas y que su unión sería indestructible.

Sentía que le dolía física y anímicamente el corazón. El que aquél joven frente a él supiese de sus hermanitas muertas antes de nacer lo tenía desconcertado y adolorido. «¿Cómo se ha enterado? La expresión en el rostro de la hija de Angelica me dice que ella tiene algo que ver, pero… ¿Cómo? Nadie sabía de aquello, ni siquiera Albus. Únicamente llegué a sospechar durante mi vida que Angelica lo sabía, sólo que aún no logro entender cómo se enteró. Aquello está sepultado en lo profundo de mi ser. Ni el Señor Oscuro ni Albus lo supieron nunca».

—"El Príncipe Mestizo" fue sólo un seudónimo para que nadie supiese que era yo quien creaba algunos hechizos, maldiciones, contra‑maldiciones y pociones. Era ése mi único fin al crearlo. —rompió el espeso silencio en el lugar que se encontraban luego de casi diez minutos.

Había recuperado en parte el control de sus pensamientos y emociones, pero su salud estaba bastante resentida. Ese día se había enterado que tenía una hija, con el nombre de la madre que le cuidó y protegió de niño. Una hija con la mujer que le quiso y él no supo valorar, por estar enamorado de quien nunca le quiso como hombre pero que en varias ocasiones le dio la impresión hubiese aceptado ser su amiga.

Ahora su hija con Dorothy, Eileen, lo despreciaba por lo que hizo de su vida: un mortífago traidor, espía encubierto que sin embargo había tenido que asesinar al mejor mago que había conocido y el único que le había dado una oportunidad a pesar de sus errores, protegiendo además al joven que jamás llegaría a ser mortífago pero tampoco un mago que luchase contra ellos a menos que tuviese un interés personal que defender. Draco Malfoy era, en ese sentido, un perfecto Slytherin.

—Los leones enfrentan a sus enemigos frontalmente, mientras las serpientes se arrastran en el suelo y buscan ocultarse para que no les vean acercarse —dijo Angela con fría calma—. Los felinos sólo atacan por la necesidad de alimentarse o para defender su manada. Algunas serpientes se limitan a defenderse con su naturaleza mientras que otras atacan sin ninguna necesidad propia o de sus congéneres.

Notó, al igual que sus acompañantes, que Snape quería replicar ante aquella descripción. Lo miró fijamente antes de soltar su siguiente pregunta.

—¿Si yo hubiese asistido al colegio mientras usted dio clase me hubiese amargado la existencia sólo por ser hija de Sirius Black, o también habría influido el odio que sintió por Angelica White al no ser correspondido por ella como mujer?

Snape apretó los dientes al inicio de la pregunta, palideciendo bruscamente con la segunda parte. La miró con los ojos abiertos de par en par y la boca entreabierta, murmurando algo entre dientes, incapaz de asimilar lo que acababa de escuchar. Su ritmo cardíaco se hizo bastante irregular una vez más mientras hacía esfuerzos por controlarse para responderle adecuadamente.

—Yo no sé de dónde ha sacado usted que yo odiaba a su mamá, pero eso no es cierto. —le dijo en voz baja, pues no lograba hablar más alto mientras contenía sus emociones.

—Estoy segura que la amaba y la odiaba con la misma intensidad, como ella también lo estuvo desde el 15 de agosto de 1981 hasta el día que murió —le respondió Angela con sus emociones a punto de desbordarse—. El que la odiaba se evidenció la tarde del 24 de octubre de 1981, cuando usted permitió que sus compañeros mortífagos destrozaran a tía, a mamá y en consecuencia nos dañaran a mi prima y a mí.

—Yo no podía ayudarlas más de lo que hice. —replicó con dolor en su voz y rostro, los recuerdos de ese día torturándole nuevamente.

—Eso no es cierto. Usted pudo dejar a un lado su máscara de mortífago y salvarlas. —le dijo Harry casi a gritos, mientras veía el rostro de la chica que quería como una hermanita menor empezar a ser bañado con lágrimas.

—Si no lo hice fue por usted y por Longbottom —escupió Snape con dolor y odio mezclados en su voz, dejando salir por primera vez lo que por tantos años lo atormentó—. Deseaba con toda mi alma salvar a Angelica, pero el Señor Oscuro había dicho que para Halloween sabría donde estaban escondidos los Potter y los Longbottom, eliminando los estorbos en su camino. Albus me había dicho que no podía permitir que dos niños muriesen y tenía mucha razón, no podía permitirlo —Al ver que el chico quería replicar algo empezó a gritar—. FUE POR SALVARLE A USTED QUE TUVE QUE VER COMO ASESINABAN A LA MUJER QUE AMABA. POR ESO LO HE ODIADO Y PROTEGIDO SIEMPRE. NO POR SU PADRE O ALBUS, POR ELLA.

El silencio que siguió a sus palabras fue roto sólo por el pequeño ruido de la varita que cayó de su mano al piso, mientras se llevaba sus dos manos al pecho y cerraba con fuerza los ojos. Sentía que sus piernas no le sostendrían más y sus pulmones se negaban a suministrarle aire. Abrió los ojos con sorpresa al sentir que lo sostenían.

Angela y Harry corrieron a su lado para sujetarlo, quitando la primera el escudo rápidamente. Los dos lo despreciaban, pero se asustaron al comprender que el enfrentamiento verbal que habían sostenido con él podía provocarle la muerte debido a su problema de salud.

Con el rostro lleno de lágrimas por lo último que habían dicho y oído, lo sostuvieron evitando que cayese al piso. Agradecieron que las dos pelirrojas se acercasen rápidamente a ellos con sus varitas afuera para ayudarlos con la salud del hombre, al igual que el pelirrojo y la mujer rubia que los ayudaron a sentarlo en un sillón cercano.

Los dos Merodeadores estaban aún petrificados luego de oír lo que había gritado Snape a los chicos, incapaces de reaccionar.

Sirius cerró los ojos al sentirse bastante mal, su respiración irregular y terriblemente mareado. No le quisieron mostrar el recuerdo del ataque a las gemelas desde que volvió de El Velo de la Muerte, aunque sí le hablaron del comportamiento de Snape en el mismo, el día que le dijeron sobre el rescate de los tres ex mortífagos.

Pero el que su hija le dijese "al pelo grasiento" que su prima y ella se habían visto afectadas le hizo darse cuenta que ella debía recordar lo ocurrido, por su condición de Cundáwan casi pura, pues estaba en el vientre de Angelica al igual que Jessica en el de Jennifer, recordando todo desde que fueron concebidas.

Remus se giró a mirar a su amigo al ver a la chica de pelo negro y a la mujer rubia correr hacia él con expresiones asustadas. Lo sujetó rápidamente y lo sacó del cuarto con ayuda de Meg, inicialmente, y luego de Harry. Estaba seguro que Sirius no querría que Snape lo viese mal.

Ginny los siguió, examinándolo rápidamente con su varita mientras Angela abría la puerta del cuarto contiguo. Allí entraron los dos chicos de pelo negro, la pelirroja, la mujer rubia y el hombre castaño con el hombre alto de pelo negro y ojos grises, que estaba bastante agitado y débil. Era evidente que él intentaba disimular su condición, pero no podía.

—Aline no debe quedarse sola con Snape. —logró musitar Sirius preocupado, mirando fijamente a Remus desde la cama en que lo habían sentado Harry y él para recostarlo.

—Tranquilo papá… George está… con tía. —le recordó cariñosa Angela haciendo esfuerzos por controlarse tanto anímicamente como en su respiración.

—Yo iré con ellos pero cálmate para que te recuperes —afirmó Remus luego de verlo denegar, con sus ojos grises delatando su preocupación. Le dio una palmadita en el hombro al verlo asentir, ya recostado en la cama. Salió corriendo hacia la otra habitación. Se detuvo a mitad de camino al ver a Wymond entrar como una exhalación allí, mientras oía a Sally y Steve retener a Draco y Narcissa en el piso inferior. Regresó al cuarto en que la menuda pelirroja de ojos castaños ya le estaba haciendo beber una poción a su amigo—. Tranquilo Sirius, Wymond está ahora con ellos. —le dijo rápidamente al notar que se tensaba al verlo entrar.

—¿Draco y la señora Malfoy? —preguntó Harry de inmediato.

—Sally y Steve están abajo con ellos. —le respondió Remus.

—Tranquilo… papá… por favor. —le pidió Angela con el rostro bañado en lágrimas. Se recostó a su lado cuando él la atrajo hacia su cuerpo para abrazarla, preocupado por ella.

—Shhh mi niña —murmuró Sirius con cariño, acariciándole el hombro con cariño con la mano izquierda, pues ese brazo se lo tenía pasado tras los hombros en un abrazo paternal—. No te sientas mal por lo que esa serpiente dijo, Harry. —le tomó la mano derecha con la suya, apretándosela levemente al verlo denegar cabizbajo.

»Snape cometió un error muy grave. Si hubiese ayudado a Angelica y Jennifer es muy probable que Albus hubiese mudado a tus padres y los de Neville a un lugar protegido directamente por él, al haber pensado con más claridad por no estar sus hijas en peligro de muerte y haberlo presionado más Angelica en cuanto a Peter, luego de la trampa que les tendieron. Remus y yo hubiésemos aclarado las cosas y no se habría generado todo lo que se desató ese octubre.

—Sirius tiene razón, Harry —lo apretó en un abrazo cariñoso Remus—. Ni Neville ni tú son culpables de la mala decisión de Snape.

—Ninguno de nosotros es culpable de lo ocurrido en esa oportunidad, mi amor. —le acarició con cariño Ginny el rostro a su amado.

George entró en ese momento al cuarto.

—Muchas veces tomamos decisiones incorrectas porque no tenemos la información completa, como le ocurrió a Sirius esa vez, o porque sentimientos de revancha, odio y miedo les ciegan como Snape, Voldemort o Peter. —la apoyó Meg alborotándole cariñosamente el pelo al chico.

—Mamá y abuelo… se sentirían mal… si supiesen que… te culpas de… lo que les ocurrió… por las decisiones… erradas de Snape… y de ellos dos… respecto a él. —insistió Angela al verlo cabizbajo, recostada en el costado de su padre. Retenía con su mano el vaso de poción para los pulmones que su prometido quería darle, para poder hablar con quien consideraba su hermano mayor.

La mente de Harry procesaba lo que le había escuchado decir al ex mortífago y lo que ahora le decían quienes lo rodeaban. Levantó sus ojos hacia Sirius. Consiguió en su mirada el calor y apoyo paterno que tanto apreciaba en quien, más que su padrino, era su padre. Sonrió levemente y asintió.

George logró entonces darle la poción a su prometida. Se tranquilizó al verla respirar mejor, sonriéndole con cariño.

Sirius intentó incorporarse, una vez que le señaló con una cabezadita a su hija que fuese con su yerno, pero su prometida y su ahijado lo contuvieron denegando. Le permitieron sólo sentarse recostado en almohadones.

—Eloise y Humphrey han llegado hace unos minutos. Ella está ayudando a Aline y Wymond con Snape mientras él se ha quedado con Sally y Steve. Ellos me pidieron que viniese con ustedes —les explicó George su presencia en cuanto los vio recuperarse, pues entendía la preocupación en los ojos grises que amaba—. No has roto tu promesa, mi amor. Tus tías dicen que se recuperará.

—¿Puedo hacerte una pregunta, papá? —interrumpió Angela la pregunta que veía formarse en el rostro del líder de la O.D.F., esperando distraerlos antes que les preguntasen sobre el que supiesen hacer Maldiciones Imperdonables.

—Claro hija. —le respondió con una sonrisa Sirius.

—¿Cuándo conoció la señora Walburga a mamá?

—¿Cómo sabes que la conoció? —le preguntó intrigado, pues si le hubiese dejado Angelica el recuerdo de lo ocurrido en el pensadero no le estaría preguntando eso.

—Cuando fui por primera vez al #12 de Grimmauld Place lo hice con su apariencia. Ella me habló como si fuese mamá y ya me conociese.

—¿Fuiste a la mansión Black con la apariencia de Angelica? —preguntó Sirius confundido.

Remus se dio por vencido al ver a la chica sonreír y cambiar su apariencia por la de su fallecida madre, frente a su muy asombrado padre. No habría forma de él preguntar a los chicos sobre las maldiciones que había usado Harry sobre el ofidio, no en ese momento, pero tomó nota mental de retomar luego el tema. Además él tenía la misma curiosidad que la chica.

—Cuando pude salir de La Casa Flotante usé la mayor parte del tiempo la apariencia de mamá, para poder desenvolverme con libertad entre magos y muggles como una adulta. Sólo así podía evitar que las restricciones por mi edad me dificultasen las misiones que tenía que cumplir. —le explicó con suavidad Angela a su papá, habiendo recuperado su apariencia normal. Suspiró al ver que la miraba con el ceño fruncido.

—Con sus misiones se refiere a esta carta del profesor Dumbledore y una que le dejó tía Angelica. —le explicó Harry a Sirius. Le tendió el pergamino, que había convocado, a su padrino. Esta vez no le había quitado nada, pues los del G.A.H. ya sabían de los horcruxes.

Meg y Remus leyeron con Sirius, suspirando y denegando los tres mientras leían.

—Quiero ver la carta que te dejó Angelica. —le dijo el último imperioso a su hija, recordando lo ocurrido tras El Velo de la Muerte cuando quien fue su esposa la mencionó.

—La escondí hace mucho en La Casa Flotante para que los niños no la encontrasen por casualidad —le respondió Angela lentamente. Era cierto, pero estaba pensando rápidamente como evadir aquello al menos un tiempo—. ¿Puedo buscarla después para que la leas? Me llevará un buen rato conseguirla y quisiera que me contaras antes sobre el encuentro de mamá y la señora Black.

—De acuerdo hija. Pero recuerda que quiero leer esa carta lo antes posible —Al verla asentir con expresión de resignación sonrió y procedió a contar uno de sus recuerdos más difíciles, triste y vergonzoso por quienes fueron su familia, aunque el primero de los más dichosos que vivió con quien fue su esposa.

»Habían pasado dos semanas después que saliésemos de quinto año cuando Walburga Black envió a la elfina a mi cuarto para que me indicase que me esperaba en la biblioteca —Notó las miradas extrañadas cuando nombró a la pequeña criatura y decidió que les contaría sobre ella luego—. Cuando llegué allí me ordenó que le entregase mi varita y después que lo hice me comunicó que iríamos a presentarnos ante Lord Voldemort para que yo me pusiese a sus órdenes, pues en sólo cuatro meses cumpliría dieciséis años.

—¿Qué? —preguntó con incredulidad Harry—. Pero cuando te pregunté frente al tapiz de los Black me dijiste que tus padres no eran mortífagos.

—Y no lo eran, pero querían que sus hijos nos uniésemos a él. Pensaban que Voldemort era el mejor y que limpiaría la sangre de los magos, los cuales según ellos deberíamos regir el mundo —Suspiró al ver a los cuatro chicos denegar con enojo—. Mi madre era más apegada que mi padre a esos ideales, pero él se limitaba a dejarle hacer pues pensaba que ella era muy inteligente y sabía lo que hacía. Por eso él no estaba allí esa mañana. Ella le había dicho que sabría sacarme de la cabeza mis ideas absurdas de rebelión y llevarme de regreso al camino correcto.

Bajó la mirada un instante, el recuerdo pesándole en su alma. Levantó el rostro al sentir el cariñoso apretón en su mano de su prometida.

—Ella me sometió ese día a varias maldiciones, entre ellas dos veces la Cruciatus por períodos de tiempo relativamente largos, luego que me negué a ir con ella a presentarme ante ese asesino.

—¡Papá! —exclamó preocupada Angela.

—Tranquila pequeña —le sonrió él con cariño—. Hasta que estuve tras El Velo de la Muerte no supe el cómo, pero tu mamá supo desde nuestro segundo año que los veranos en casa de mis padres eran algo que yo prefería no vivir o al menos no recordar. Siempre fue así hasta que iba el señor Potter a buscarme, para que estuviese con James. Mis padres no se habían opuesto hasta ese momento porque ellos eran una familia de magos antigua, pero cuando había llegado la lechuza del señor Charlus mi madre le había escrito que yo iría la siguiente semana. Sin embargo ese año, antes de yo bajarme del tren, Angelica me puso en la muñeca una esclava diciéndome que no me la quitase nunca.

—Lo recuerdo bien. Tu expresión de asombro primero y la forma atontada en que te quedaste mirándola un buen rato hizo que James se burlase de ti hasta el cansancio. —recordó Remus con una sonrisa.

—Cierto. Por supuesto que no me la quité ni para bañarme o dormir. Me había asombrado y agradado mucho lo que yo consideré un gesto de tregua entre Los Merodeadores y Las Protectoras. —afirmó Sirius sonriente, suspirando antes de seguir.

»Lo que yo no sabía era que ella le había aplicado un hechizo para detectar si me agredían físicamente o con magia. Ella se había quedado con Jennifer en El Caldero Chorreante porque habían quedado a verse con Lily el sábado siguiente. Al percibir lo que ocurría mediante la esclava le pidió a Jennifer que buscase a Frank. Él había cumplido la mayoría de edad dos días antes y presentado su examen de aparición, por lo que podría ayudar de forma muy efectiva.

—¿Fue con Frank con quien Jennifer se vio ese día? —preguntó asombrado Remus, que no sabía con exactitud lo ocurrido.

—Sí. Angelica se dirigió mientras tanto al #12 de Grimmauld Place, sola. Entró a la mansión a pesar de las protecciones que mis padres habían puesto y varita en mano detuvo a Walburga, que me había dejado casi inconsciente. La paralizó y me preguntó si estaba listo para irme de allí. Logré con bastante esfuerzo incorporarme y decirle que era el momento justo para hacerlo, después de sentir un tibio calor que me reconfortaba proveniente de ella. Subimos a la que era mi habitación para buscar mi baúl, organizándolo ella de modo de dejar en el cuarto lo que ya no me servía y metiendo las túnicas más nuevas. También me curó rápidamente lo más serio.

»Cuando bajamos Regulus y papá habían llegado, seguramente avisados por los elfos sobre un problema en casa, esperando de pie junto a mi ya liberada madre. Orión me amenazó con quitarme del Tapiz de los Black, seguramente predispuesto por mamá en mi contra. Yo me limité a presentar a Angelica como mi novia y decirles que no volvería jamás a esa casa, saliendo de allí con ella de la mano.

—Pero ustedes no eran novios todavía. —comentó extrañado Remus.

—No, no lo éramos aún. Intenté disculparme con Angelica por haberlo dicho, pero ella no me dejó hablar. Me guió hasta un callejón cercano donde nos esperaban Jennifer y Frank, transportándonos a los cuatro él mediante apariciones conjuntas sucesivas al jardín posterior de la mansión Potter.

»Recuerdo mucho las expresiones de sorpresa de los papás de James y la de mi amigo cuando nos vieron, pero no sólo me acogieron con cariño sino que me riñeron porque les dije que quería quedarme en el jardín en una carpa para no molestar. La señora Dorea Potter me instaló en el cuarto del segundo piso junto al de su hijo y no me permitió salir al jardín con la carpa, que me ayudó a adquirir Frank, hasta que no me restablecí.

»Ellos me habían pedido varias veces que me mudase con ellos porque sospechaban lo que ocurría en vacaciones y se mostraron felices de recibirme en Deercourage. Frank, Jennifer, Angelica, James y los señores Potter guardaron silencio con todos sobre lo ocurrido porque yo se los pedí. Sólo le conté a Remus en el tren que me había fugado de casa y que ahora me quedaba con los Potter, agradeciéndole su silencio respetuoso al respecto.

—¿Cuándo perdiste la esclava? —le preguntó Remus con curiosidad luego de varios minutos de silencio—. Recuerdo que nunca te la quitabas.

—Azkaban. —respondió lacónicamente el pelinegro de ojos grises.

—Gracias por contarnos, papá. —le dijo Angela con dulzura.

—Siempre te responderé tus preguntas, pequeña —le sonrió cariñoso—. Supongo que tu mamá no te dejó ese recuerdo en el pensadero porque pensó que era algo que yo debía contarte, cuando estuviese listo para hacerlo.

La chica asintió de inmediato.

—Padrino, disculpa la curiosidad pero dijiste que había una elfina al servicio de los Black, sin embargo nosotros sólo conocimos a Kreacher. —le planteó intrigado Harry.

—Mientras viví bajo el techo de mis padres, atendían dos elfos todo lo referente a la casa. Kreacher, que fue siempre malhumorado y un poco ineficaz con sus tareas pero idolatraba a mi madre y hacía lo que ella le dijese puntualmente. También estaba Krazel, una elfina que hacía bien sus tareas y cuidaba de nosotros. Ella se encargaba especialmente de Regulus, ya que a Walburga le fastidiaba el comportarse con nosotros como una madre.

»Ella sólo "imponía las reglas adecuadas para un verdadero Black" y las hacía cumplir, castigándonos a solas. Escasamente a Regulus, que hacía lo que ella dijese, y con relativa frecuencia a mí. Krazel era quien me curaba. Kreacher nunca supo de mis castigos que yo recuerde. Cuando volví a esa casa luego de fugarme de Azkaban, por órdenes de Albus, conseguí sólo a Kreacher.

—Recuerdo que el profesor Dumbledore dudaba sobre si la herencia que me habías dejado por testamento sería válida o no, pues estaban vivas tus primas. Fue el ratificar la obediencia de Kreacher que nos confirmó que estabas en lo correcto. —comentó Harry.

—Eso es porque tu mamá y tu papá nos permitieron a Angelica y a mí, el día después que tú naciste, que te reconociésemos como hijo nuestro por la magia, sin que Jennifer, Remus, Alice, Frank o alguien más lo supiese en ese momento —le respondió Sirius—. Los convencí diciéndoles que Jennifer y Remus harían lo mismo con tu hermanito o hermanita. Lily fue la más difícil de convencer, pues estaba un poco molesta conmigo porque le hice trampa a Remus en la apuesta que hicimos para ser tu padrino, pero finalmente Angelica logró convencerla.

—Entonces lo que hiciste el día del almuerzo… —comenzó Meg, deteniéndose dudosa.

—Fue ratificar mi paternidad por afecto y por magia sobre Angela y Harry, pero respetando siempre que él es por sangre un Potter Evans. —explicó Sirius sonriente.

—Kreacher, aparece frente a mí de inmediato. —ordenó Harry, seguro luego de aquella explicación.

—¿El amo me llamó? —preguntó el elfo apenas aparecer, mirando con odio a Harry y luego a Sirius. Luego le lanzó a Angela una mirada de repulsión que les hizo hervir la sangre a los dos.

—Sí, te llamé. Lo primero que quiero es que digas en voz alta quiénes son tus amos a quienes debes obediencia. —casi gruñó el pelinegro de ojos verdes.

—El señor Sirius Black, el señor Harry Potter y la señorita Angela Black. —respondió el elfo con profundo resentimiento en su voz.

—Por favor Kreacher, cuenta a los presentes que pasó con Krazel desde el día que papá salió de Grimmauld que hizo que no estuviese presente el día que él volvió a esa casa. —le pidió seria y respetuosamente Angela. Se contuvo con su entrenamiento de dejar traslucir el rencor que sentía por la criatura, que había conducido a una trampa mortal a quien quería como un hermano y a su padre siguiendo las instrucciones de Bellatrix. Sus instintos le decían que era importante averiguar sobre la elfina que, según acababa de contar su padre, no se había comportado como el elfo durante la infancia de éste.

—Kreacher se pregunta qué desea saber exactamente la joven ama para saber qué responderle. —dijo el elfo en voz baja, hablando consigo mismo, mientras la miraba de una forma extraña.

—Tu ama te ordena relatar con lujo de detalles lo ocurrido a Krazel que le llevó a desaparecer del #12 de Grimmauld Place. —insistió con tono molesto la chica de pelo negro.

El viejo elfo la miró con curiosidad antes de empezar a hablar consigo mismo.

—Kreacher no sabe si responder a la ama lo que pregunta.

—Responde sin evasivas todo lo que esté relacionado con lo que te pregunte mi hija. —le ordenó furioso Sirius.

—El joven Regulus, cuatro meses después de graduarse en Hogwarts, le ordenó a Krazel que acompañase en un viaje a el‑que‑no‑debe‑ser‑nombrado y le obedeciese en todo, pero que regresase a su lado cuando terminase con lo que se le ordenase hacer —empezó a relatar el elfo en contra de su voluntad—. Cuando ella regresó junto al amo yo estaba en su cuarto, organizándole una ropa y esperándola.

»Oí cuando le contaba al joven amo, por su petición, que había tenido que ofrendar su sangre para que se abriese una cueva. Luego fue llevada en un bote hasta el centro de un lago negro, a un promontorio. Allí fue obligada, por obediencia, a beber una extraña poción verde que luego usó para cubrir un medallón. Ésta le generó mucha sed y, al no poderla calmar con agua que convocó en un vaso, intentó beber del lago. Al intentarlo la atacaron unos inferi, que fueron alejados por el‑que‑no‑debe‑ser‑nombrado, para luego abandonarla allí en el promontorio. Le había dicho, luego de reírse cruelmente, que en cuanto él saliese de la cueva su tarea estaría cumplida. Por eso sólo entonces pudo reaparecer en la casa. Se despidió de nosotros agonizante y falleció pocos minutos después de concluir con su relato.

—¿Por qué no nos dijiste esto antes, cuando te preguntamos por el medallón? —interrogó asombrado Harry, sin lograr asimilar lo que había escuchado.

—Porque el joven Regulus le ordenó a Kreacher guardar silencio sobre todo lo ocurrido con sus padres, tíos, primos y cualquiera que me interrogase. Sólo debería hablar de eso con el señor Sirius, si algún día me preguntaba.

—¿Por qué razón iba yo a preguntarte sobre eso? —preguntó el aludido desconcertado.

—Kreacher no lo sabe. Usted fue siempre mal hijo y mal hermano. Kreacher sólo cumplió las órdenes del joven Regulus.

—Fue por el diario, papá. Tío Regulus creía que descifrarías lo que te había dejado escrito y que, al preguntarle al abuelo, darías con el horcrux y la historia de Krazel —aseguró Angela después de pensar en ello unos minutos, mientras los demás miraban con rabia creciente al elfo—. Kreacher, ¿qué hizo tío Regulus luego de saber eso?

—El joven Regulus fue una semana después con Kreacher a la cueva que le había descrito Krazel, llevando bajo la Maldición Imperius a un muggle ebrio que había estado golpeando un vago. Lo obligó a beber la poción y lo integró a los inferi del lago. Cambió el medallón que estaba allí por uno falso, saliendo de la cueva hacia la mansión rápidamente. Allí intentó varias veces destruir el medallón original, pero no lo logró. Me ordenó que lo escondiese y que me asegurase que sólo lo pudiese tomar el joven Sirius, después que me preguntase por él. Escribió algo en su diario antes de huir, porque tenía días sin atender el llamado de el‑que‑no‑debe‑ser‑nombrado. Se alejó de la casa para evitar que diesen con Kreacher y el medallón.

—¿Por qué no me dijiste nada de esto, ni me entregaste el medallón, cuando llegué a la casa? —lo interrogó el aludido.

—El señor Sirius no le preguntó nada a Kreacher. Se limitó a llevar a la mansión de los antiguos amos a gentuza que mi señora no habría aceptado allí, después de haberse marchado de casa rompiendo el corazón de mi ama. —le respondió el elfo con la cabeza agachada pero desprecio en la voz.

—Ya te he dicho que Walburga Black no tenía corazón y se mantuvo viva por puro odio —le espetó enojado—. Ella me torturó con maldiciones por no seguir sus dictámenes. Por eso me fui de esa casa sin siquiera ser mayor de edad. A mi estúpido hermano lo metió en las filas de Voldemort, que en cuanto dejó de obedecerle ciegamente lo asesinó. Mi prima Bellatrix, por quien me traicionaste, intentó asesinarnos a mí, a su hermana Narcissa y a su sobrino Draco. Es a ese tipo de brujas a las que has obedecido fielmente toda tu vida.

—La señora Narcissa y el joven Draco. —musitó el viejo elfo, respirando agitadamente.

—Ellos están vivos y a salvo gracias a mi hija y mi ahijado. —le espetó Sirius.

Ahora comprendía que Hermione, Jessica, Angela, Chris & Chris tenían razón en que eran seres con sentimientos a los que no se debía ignorar. Lamentó sus errores pasados en cuanto a ellos, especialmente en cuanto a Krazel. Había tratado bien a Idun, Tyr, Dotty y Wykers por insistencia de Las Protectoras, pero nunca los vio de otra manera que como unas criaturas serviciales y atentas. Era ahora que entendía lo que alguna vez ellas le dijeron sobre ellos, especialmente Angelica. Nunca se había sentido a gusto con Kreacher, sintiéndose mal cuando al llegar a la mansión luego de su fuga lo encontró a él en lugar de la elfina con quien se llevaba mejor.

—Las señoras Walburga Black, Bellatrix Lestrange y Narcissa Malfoy, a quienes siempre serviste con respeto por creer que se comportaban adecuadamente, sólo mantenían las apariencias según su "clase social" —le explicó Angela con tono duro pero calmado, mirando fijamente al viejo elfo—. Pero la primera atacaba a sus propios hijos con maldiciones por no pensar como ella, siendo Krazel quien después los curaba. La segunda es una psicópata que sigue fielmente las órdenes del asesino que es Voldemort, sin importarle su propia familia por sangre. La tercera es la única que se comporta como tú has creído hasta ahora. La señora Narcissa Malfoy ha tenido que soportar el ver a su propio esposo emplear maldiciones contra el hijo de ambos, por órdenes de Voldemort, cambiando de lugar con su hijo en algunas oportunidades mediante pociones para salvarle la vida.

Kreacher denegaba escuchándola, no queriendo creer aquello, agitado.

—Has calificado de "gentuza" a mis amigos siguiendo las enseñanzas que oíste desde pequeño, sin analizar nunca lo que ocurría a tu alrededor. Haz llevado a quienes eran tus amos por derecho a una trampa mortal, porque te librarías de ellos y servirías a alguien que merecía tu respeto según tu forma de pensar —siguió Angela con frialdad—. Nunca analizaste que a quien obedeciste y obedecerías indirecta o directamente era a Voldemort, el causante de la muerte de Krazel.

—NOOO —gritó el elfo tapándose las largas orejas con sus huesudas manos, mientras empezaba a llorar—. Lo que dice la ama no es cierto… No puede ser cierto… Yo no obedecía a tu asesino, Krazel… Por favor, Krazel, créeme… Yo no lo hice, Krazel… La ama Malfoy no obedecía a un asesino… Ella sólo quería que yo fuese libre de un mal amo para que fuese con ella… Yo siempre te quise Krazel…Yo no estaría con quien te hizo tanto daño… —gimoteaba entre hipidos.

—Mi primita y yo tenemos una conversación pendiente —gruñó audiblemente Sirius—. El escuchar de su propia boca lo ocurrido será para ti un aprendizaje importante.

El viejo elfo se paralizó, mirando a quien era su amo con temor. Esperaba que le indicase cómo debía castigarse.

—Sirius, no es buena idea. Tu salud… —empezó Remus.

—Si soporté escuchar a Quejicus decir barbaridades con varita en mano, mientras mi hija estaba desarmada, no me hará mucho daño el hablar con Narcissa —lo interrumpió Sirius.

—¿Ginny? —preguntó Angela inquieta.

—Si detecto que se altera a un punto que su salud se pueda ver afectada les aviso, sacamos a Narcissa de aquí y yo me ocupo de él. —contestó ella con seguridad, sabiendo que el padrino de su prometido era tan necio como el chico que amaba.

—No quiero hablar con ella estando en cama. —protestó Sirius con su orgullo Gryffindor a flote.

—Bajemos entonces a la biblioteca. —accedió Harry luego de interrogar a su novia con la mirada y verla asentir con fastidio.

—Pero antes me van a prometer ustedes dos que no se entrometerán en esto —les dijo enojado Sirius a su hija y su ahijado, regañándolos—. Ninguno de los dos le dará su varita, preguntará o responderá algo a menos que Remus o yo les demos autorización. Nada de escudos ni aislarse con ella de ninguna manera. ¿He sido claro?

—Sí papá. —le respondió con tono apenado Angela.

—Sí padrino. —le siguió Harry en el mismo tono.

—Quiero oír que los dos lo prometen o no van con nosotros. —insistió Remus con el ceño fruncido.

Los dos chicos de pelo negro suspiraron. Se tomaron de la mano y Angela repitió las palabras de Harry.

—Prometemos que no haremos escudos ni nada que nos aísle con la señora Narcissa Malfoy. Tampoco le haremos preguntas o responderemos las suyas. Estaremos presentes sólo como oyentes y apoyo.

—Luego de esa entrevista hablaremos de lo ocurrido con Snape. —aseveró con firmeza Remus. Mantuvo su expresión de regaño cuando vio a los cuatro chicos suspirar y bajar la cabeza, luego de asentir.

—Vas a ir frente a nosotros, Kreacher. Mantente junto a los chicos y no digas o hagas nada que no te sea ordenado antes por mí. —le ordenó Sirius con tono frío, pues le seguía disgustando mucho el viejo elfo.

Salieron todos de la habitación y bajaron a la biblioteca. Remus fue a buscar a Narcissa Malfoy tranquilo, luego de ver a su amigo desplazarse solo y con semblante sereno.

—Buenos días primita —la saludó Sirius con tono de burla, al notar que palidecía y se le marcaban ojeras alrededor de sus ojos azules. Estos se habían abierto al máximo al entrar y verlo—. Al parecer no sabías que regresé de El Velo de la Muerte. Acércate, quiero conversar contigo sobre las órdenes que le diste a Kreacher y lo ocurrido ese día.

Narcissa tragó saliva y avanzó lentamente hacia la silla que le indicaba su primo. Recordaba, mientras lo hacía, su participación en la trampa mortal para él y el chico Potter, de la que se salvó por muy poco el joven. «¿Cómo es posible que Sirius esté vivo?». No dudaba que fuese él. Su tono burlesco y el brillo de sus ojos grises eran inconfundibles.

—Tenemos veinticuatro años sin vernos, desde que te graduaste en el colegio —comenzó Sirius en un tono casual, que no engañó a ninguno de los presentes—. La lechuza con la invitación a tu boda tres años después no me llegó. Aunque supongo que enviaste una sola a Grimmauld y, como yo no estaba ya allí, no me enteré —siguió en el mismo tono, disfrutando el nerviosismo de su prima—. Tampoco me fuiste a visitar en Azkaban, aunque es comprensible por lo horrible del lugar y que se suponía yo era un asesino.

»Sin embargo hay algo que me intriga mucho. Tengo entendido que, hace aproximadamente tres años, Kreacher te llevó la noticia que estaba de regreso en la mansión Black. Y se sabía ya con certeza que yo era inocente. Tanto lo sabían mis amigos, gracias a mi ahijado, como aquellos que visitaban tu casa, por Peter Pettigrew. ¿Por qué no me enviaste con Kreacher una nota para saludarme y preguntarme por mi salud? —Sonrió con malicia al ver a su rubia prima tensarse.

»¿Será tal vez que Kreacher no me entregó algo que me enviaste? No, creo que no. Según sé él siguió tus órdenes fielmente esos meses, contándote lo que yo no le había prohibido que dijese, respondiendo tus preguntas y las de Bella, usando el afecto que Harry siente por mí para tenderle una trampa. ¿No es cierto, Cissy?

—Tenía que obedecer a Lucius —habló por fin Narcissa con voz temblorosa—. El Señor Oscuro se enteró por él que Kreacher te había visto y al chico Potter, también que el jovencito haría cualquier cosa por ti. El Señor Oscuro le había encomendado a Lucius la misión de recuperar la profecía en el Departamento de Misterios, para "eliminar el estorbo en que se había convertido el joven Potter y establecer el Nuevo Orden Mundial". Yo sólo hice lo que mi esposo me ordenaba para que él pudiese cumplir su cometido y que mi familia no se viese sometida a castigos por fallar Lucius.

—Y supongo que tu esposo te agradeció efusivamente el que le apoyases como una fiel esposa y mortífaga. —replicó en tono de burla Sirius, con sus ojos grises fijos en los azules de ella que lo miraban con una mezcla de desafío y dolor.

—Lucius enloqueció en Azkaban después que fue capturado ese día. El Señor Oscuro no lo rescató de allí hasta casi un año después, cuando Severus cumplió el juramento inquebrantable que le pedí hiciese conmigo para proteger a mi hijo. —le respondió ella con la mayor frialdad que conseguía mantener.

—¿Estás segura que Lucius no habría empleado maldiciones sobre ti y sobre tu hijo, antes de ser llevado a Azkaban, si se lo hubiese ordenado Voldemort? —le preguntó con tono serio Sirius. Quería saber hasta dónde su prima estaba ciega.

—No —respondió luego de varios minutos ella, bajando la mirada—. Siempre castigaba a Draco con dureza en sus palabras y gestos desde que era niño, aunque no empleaba maldiciones con él porque yo siempre me opuse a que se le educase de esa manera —confesó con voz apenas audible.

»Siempre fue un digno representante de la familia, o al menos eso creía yo por la forma en que fui educada, pero cuando volvió a nuestro lado y… —Se le escaparon unas rebeldes lágrimas—. Lo que me fue inculcado desde niña chocó profundamente con lo que sentía al ver como torturaba a mi único hijo.

»Luego Angelica… —Se detuvo y miró a la joven de ojos grises, regresando la mirada luego a su primo—. Tu hija con la apariencia de su mamá nos ayudó a ponerlo a salvo a Severus y a mí. No puedo decir que empiezo a pensar como ustedes, mentiría, pero estoy agradecida porque nos han mantenido a salvo y sin lastimarnos a pesar de lo que les hemos hecho.

—¿Qué harías si los dejáramos ir en libertad? —le preguntó Sirius en tono indiferente.

—¡No, por favor! —exclamó asustada, lanzándose rápidamente a los pies de su primo con gesto suplicante y los ojos llenos de lágrimas—. No nos entreguen a una muerte segura. Por lo menos no a Draco. Se los suplico. Haré lo que me pidan pero no dejen a mi único hijo al alcance del Señor Oscuro.

—Yo no he dicho eso —le replicó el pelinegro de ojos grises, tomándola por los hombros y alejándola levemente. Sintió una punzada de dolor en su corazón al ver en los ojos de ella lo que vio años atrás en los de su hermano menor: miedo e incapacidad para rebelarse a lo que les enseñaron se esperaba de ellos, mezclados con la decisión de ayudar a quienes querían. Sirius sabía que Regulus lo había querido mucho, como constató en un par de batallas durante la Primera Guerra—. Sólo te pregunté lo que harías si fueses libre.

—Si no nos protegen de él nos asesinará. Por favor, no lo hagan. No ha dejado a nadie que lo traicione con vida. Si no nos ha matado hasta ahora es porque las protecciones de esta casa son muy eficaces, pero si nos sacan de aquí… —Se le escapó un sollozo—. Por favor, no condenen a una muerte segura y terrible a mi hijo. Haré lo que me pidan por la vida de Draco. Se los ruego.

—Ya les dije que había prometido que nadie les haría daño o se les dejaría de ayudar en cuanto a su salud, causándoles la muerte —le dijo Angela con suavidad, luego de pedirle permiso con la mirada a su padre y verlo asentir—. Lo que papá pregunta es qué haría si fuese totalmente libre para actuar, con su varita en su poder.

—No me enfrentaría a el‑que‑no‑debe‑ser‑nombrado frontalmente, a menos que la vida de mi hijo estuviese en peligro—respondió con sinceridad, luego de ver asentir a su primo y limpiarse el rostro con el pañuelo que él le dio. Agradeció, con un leve asentimiento al hombre castaño, el que la ayudase a levantarse del piso y sentarse de nuevo en el sillón.

»Nunca he sido buena en duelos —Se mordió un poco el labio inferior y se decidió a seguir—. La señora Kandace me ha indicado que mi habilidad para hacer vendas y compresas podría ser útil. Si ustedes lo permiten, quisiera apoyar a su grupo de esa manera.

—¿Por qué lo haría? —le preguntó Remus con seriedad.

—Porque salvaron la vida de mi hijo y detendrán a quien ordenó su muerte. Así como también a quienes están dispuestos a cumplir esa orden sin importarles nada, ni siquiera el que se trate de alguien de su propia sangre. —le respondió ella con sinceridad, dolida porque su hermana mayor hubiese intentado asesinar a su hijo sin oír sus súplicas de madre.

—¿Por qué no ha hecho ningún intento por acercarse a su sobrina Nymph? —insistió en el mismo tono Remus.

—Porque estoy segura que ella me rechazará por la forma en que renegué de Dromis —le respondió con tono fraternal y triste—, luego que se casó con ese muggle. —finalizó con expresión de asco, sin poder evitarlo.

—Es increíble lo profundo que enterró Druella la semilla de odio en ti. Sólo una Rosier podía ser tan maligna como Walburga Black. —comentó Sirius denegando levemente.

Narcissa se quedó mirándolo fijamente con expresión pensativa, dejando salir finalmente de sus labios lo que jamás se atrevió a reconocer en su juventud.

—Tía y mamá nos enseñaron su forma de ver la vida. Bella pensaba como ellas. Dromis, como tú, se rebeló ante ello. Regulus, al igual que yo, simplemente nos dejamos conducir por ellas. Pensábamos que en parte tenían razón y, si no la tenían, no era conveniente para nuestra salud física y mental oponernos.

—Slytherins ante todo —comentó Sirius con tranquilidad, suspirando al verla asentir—. Nunca fuimos demasiado unidos pero tampoco tan distantes. ¿No te importaba causar mi muerte con las órdenes que le dabas a Kreacher? —le preguntó en el mismo tono.

—Se suponía que sólo el chico Potter iría aquél día al Ministerio —le respondió ella, agregando con sinceridad—: Y si la vida de Draco dependía de que tú perdieses la tuya no habría dudado un instante al momento de escoger.

—¿Le han dado a tomar Veritaserum? —preguntó George asombrado por su declaración.

—No. Sabe perfectamente que se está decidiendo el futuro de su hijo y está jugando sus cartas lo mejor posible para asegurarse que estará a salvo —le respondió Sirius sin dejar de mirar a su prima—. Si te ponemos de condición el que te comportes como una elfina a cambio de que tu hijo esté a salvo lo harás, ¿verdad?

—Sí. —respondió la mujer sin dudarlo.

—Ve a acompañarlo mientras hablamos para tomar una decisión. No dejes traslucir nada de nuestra pequeña charla —le ordenó Sirius serio. La vio levantarse e irse con el porte digno y majestuoso propio de su sangre Black—. Chicos, adelántense a Deercourage y reúnan a los del E.D.H. que puedan estar presentes. En un rato hablaremos sobre algunas cosas —les indicó con tono suave, luego que ella saliese del cuarto

»Tranquila pequeña. Sólo quiero hablar con tus tíos a solas de asuntos de La Orden del Fénix. Luego les comunicaremos lo que hayamos decidido sobre estos tres. También hablaremos de algo importante que tenemos pendiente. —aclaró acariciando con cariño la mejilla de su hija, al ver su mirada preocupada

—Creí que hablaríamos mañana. —comentó Harry nervioso.

—Dicen que el mal paso es mejor darlo con rapidez. De todos modos yo hablaba de otra cosa. En un rato decidiremos sobre qué hablaremos y cómo lo haremos. ¿Está bien? —les sonrió Sirius con confianza.

Los chicos no estaban muy seguros pero asintieron y salieron de allí. Sabían que era mejor no presionar demasiado.

—Yo quería hablar con ellos sobre las Maldiciones Imperdonables que le vimos usar a Harry. —riñó enojado Remus a Sirius, luego de verlos salir.

—Lo sé, pero aún quiero hablar con Draco y no me pareció conveniente que ellos estuviesen presentes. Tampoco en la conversación de despedida con Severus Snape —le respondió el animago—. Además, creo que es tiempo de hablar con los tíos de nuestras hijas sobre Diana, Marte, Electra y los otros chicos, antes de hablar con los del E.D.H. sobre esas maldiciones y estrategias de batalla.

—Tienes razón. —aceptó Remus.

Meg los miraba interrogante, sin entender de lo que hablaban. Por sus expresiones comprendió que era algo grave, permaneciendo en silencio.

Una hora más tarde se reunían los miembros del G.A.H. con Minerva McGonagall en el quinto piso de Deercourage. Remus le preguntó a Wymond si era posible que los ayudasen a Sirius y a él a recuperar unos recuerdos. Ante la expresión interrogante de todos, a excepción del animago, explicó que la chica que se hacía llamar "Diana", durante los últimos meses de la primera guerra con Voldemort, les había bloqueado el recordar varios hechos del pasado referidos al "extraño grupo de visitantes".

Minerva les preguntó a qué se referían y, al no tener respuestas a algunas de sus preguntas, comprendió que ella también tenía problemas con sus recuerdos. Remus, al ver las expresiones mezcla de desconcierto y preocupación de los demás, hizo un esfuerzo por mantener la calma mientras les contaba lo que él y su amigo recordaban de lo vivido con "Diana", "Marte", "Electra" y los otros, con ayudas esporádicas de Sirius y Minerva.

Luego que los cuatro cundáwans evaluasen a los tres la respuesta había sido negativa, por la fuerza que percibieron en el bloqueo. Al ver las expresiones de Remus y Sirius, Wymond les preguntó si querían que Raymond los evaluase. Tragó saliva al verlos a los dos asentir de inmediato con expresiones ansiosas. El que Raymond confirmase que él tampoco podía anular el bloqueo le había provocado la segunda crisis de ese día al pelinegro de ojos grises.

Sirius estaba angustiado por sus sospechas y los recuerdos tan dispersos que tenían sobre lo vivido, durante casi año y medio, con aquellos extraños chicos. Remus y él estaban imposibilitados de armar el rompecabezas completo, pues Albus, Angelica, Jennifer, Lily, James y Alastor estaban muertos, Alice y Frank no estaban en condiciones de ayudarlos, y lo poco que él, Remus y Minerva podían recordar no era alentador. Menos aún luego de lo hecho por su ahijado unas horas atrás.

En cuanto Sirius se recuperó de su segunda crisis de ese día, Remus le contó a Raymond sus razones para estar tan preocupados. El anciano les recomendó algunas cosas a tener en cuenta cuando hablasen con los chicos, mientras el investigaba cómo ayudar a los dos Merodeadores y la directora con sus recuerdos.

*** Harry Potter y la Magia Antigua - Drumy Adhara Black White ***

—¡¿Pero cómo se te ocurre demostrar que sabemos usar Maldiciones Imperdonables?! —le espetó Hermione a Harry, enojada y preocupada al mismo tiempo.

Neville, que había llegado de la mansión Longbottom momentos antes que los que venían del refugio, se había enterado con los que estaban en Deercourage de lo ocurrido cuando los recién llegados lo contaron. Denegó al oír a la castaña, pues sabía que tenía razón en que aquello les traería problemas pero comprendía que Harry había tenido razones para hacerlo.

—Nosotros no. —comentó con tono despreocupado Christine. Entrecerró los ojos al ver a su hermanito abrazar a su rubia y francesa amiga por los hombros, que lo miraba fijamente con expresión mezcla de asombro y de miedo. A veces pensaba que la sangre Veela de la chica tenía tonto a su gemelo.

—La situación obligó a Harry a demostrar lo que sólo algunos del E.D.H. aprendimos, para practicar posibles defensas contra los mortífagos. —lo defendió de inmediato Ginny, aclarándoles de una vez la situación a los del G.E.J.M.A.

—Hasta ahora hemos mejorado muchísimo para sobreponernos a la Maldición Imperio. Hemos aprendido a resistir un poco la Cruciatus, mientras ponemos a un supuesto herido a salvo —les explicó Angela a los cinco chicos—. También hemos mejorado mucho en entrenamiento físico para evadir la Maldición Asesina. Seguimos investigando formas de detener las dos últimas.

—¿Podemos practicar Isolda y yo con ustedes? —preguntó Daphne decidida, sin ver la mirada asustada que su gemela le lanzaba de inmediato.

—Claro que… —empezó Harry.

—No —lo interrumpió con firmeza Meg, que entraba en ese momento a la Sala de Reuniones de Deercourage de la mano de su prometido, con el resto del G.A.H. acompañándolos. Todos tenían expresiones muy serias—. Ninguno de ustedes practicará con Maldiciones Imperdonables, aunque para evitarlo tenga que destruirles sus varitas. —siguió muy enojada la mujer rubia, mirándolos decidida a cumplir con lo que decía.

—Mamá Meg, nosotros… —intentó suavizarla Angela con su tono más dulce y usando aquél apelativo. Se detuvo al sentir sobre ella la mirada de reproche que aquellos ojos azules le lanzaban.

—Angela, ¿tú aprendiste por tu cuenta y les enseñaste las Maldiciones Imperdonables a los chicos del E.D.H.? —le preguntó Wymond a su sobrina, con una mezcla de preocupación y enojo.

—No tío. Yo las aprendí con ayuda de Ginny y luego se las he estado enseñando a los mayores del E.D.H. —le respondió decidido Harry.

Sirius suspiró mientras los demás del G.A.H. denegaban, luego de rodar los ojos ante la respuesta del pelinegro. Ahora comprendía la preocupación de su prometida, su amigo, su prima y los tíos de su hija ante las formas de actuar de su pequeña y su ahijado, apoyados ciegamente por sus amigos.

Siempre había estado orgulloso de la valentía, coraje, fortaleza y decisión Gryffindor de Harry, pero ellos tenían razón en que eso los ponía en grave peligro a él y los chicos. Eso había quedado demostrado el día que él cayó tras El Velo de la Muerte. También en las siguientes ocasiones en que él no estuvo presente pero de las que le hablaron, cuando hizo intentos por defenderlos en la reunión de la que venían.

—Vamos a calmarnos y sentarnos a conversar sobre eso y otras cosas. —dijo con tono firme y paternal, queriendo tranquilizar tanto a sus acompañantes como a los chicos para evitar una disputa.

Meg frunció el ceño, pero se contuvo para no alterar al hombre que amaba. Temía una tercera recaída en su salud ese día.

Los treinta y cinco se sentaron alrededor de la enorme mesa de reuniones, bastante intranquilos. Estaban especialmente inquietos los cinco chicos del G.E.J.M.A., que se sentían intrusos en aquella reunión.

—Gabrielle, Timothy, Jefferson, Isolda y Daphne no saben mucho sobre lo que se hablará a continuación. ¿Podrían Chris & Chris llevarlos aparte y explicarles lo que ocurre? —preguntó Jessica con suavidad.

Los gemelos castaños se revolvieron enojados hacia su "guardiana protectora", pero no alcanzaron a protestar.

—Chris & Chris, vayan con ellos cinco a la biblioteca y no salgan ninguno de los siete de allí hasta que uno de nosotros vaya a buscarlos. —ordenó Wymond, con tal firmeza y seriedad en su expresión que los gemelos no se atrevieron a contradecirlo. Miraron a Harry interrogantes y, al verlo asentir, se incorporaron y salieron con los cinco chicos de allí casi sin hacer ruido.

—Harry, ¿por qué aprendiste las Maldiciones Imperdonables y consideraste buena idea enseñárselas a tus amigos? —comenzó con el interrogatorio Remus, luego que Nymph se asegurase que los otros siete chicos quedaban encerrados en la biblioteca.

—Porque los mortífagos las usan. Necesitábamos practicar con alguien, que no quisiese lastimarnos, el resistirnos a la Imperius, intentar conseguir como desviar la Cruciatus y detener la Asesina. Un mortífago nos mostró las tres y nos sometió a la controladora en el colegio, durante mi cuarto año, fingiendo ser el señor Moody y con el consentimiento del profesor Dumbledore. —le respondió Harry con tensa calma.

»Además que mi experiencia en el cementerio con Voldemort, y la de Neville en el Departamento de Misterios con Bellatrix, me enseñó que era importante resistirse a las Maldiciones Imperius y Cruciatus, así como conseguir formas de detenerlas a las tres. Por eso las aprendí y se las he enseñado. No para usarlas en batalla o para atacar a otro ser vivo en otras circunstancias, sino para investigar como defendernos a nosotros mismos y a otros de ellas.

—¿Todos saben usarlas ya? —preguntó muy serio Humphrey.

—Sólo Ginny, Angela, Hermione y yo sabemos usar las tres. Ron, George, Luna, Neville, Jessica y Fred manejan ya la Maldición Imperius y saben ejecutar la Maldición Cruciatus. —le respondió Harry, preocupado porque el más tranquilo del G.E.M.A. estuviese tan tenso.

Ante su respuesta los miembros del G.A.H. se miraron entre ellos rápidamente, frunciendo el ceño luego que Sirius y Remus asintiesen levemente. Los chicos se extrañaron mucho al notarlo, pero no alcanzaron ni siquiera a consultarse entre ellos sin palabras.

—Cuando fundaron el E.D. tanto Sirius como yo te dijimos que estábamos orgullosos de ti, Harry. Te apoyamos y te regalamos una colección de libros con los principios en Defensa Contra Las Artes Oscuras —comenzó Remus con aparente calma, pero tensión evidente en su tono de voz—. Estamos claros en que es más saludable que sepan defenderse a que sean víctimas fáciles de mortífagos por ignorancia, como pretendía Umbridge.

—Lo que no podemos aceptar, bajo ningún concepto, es que aprendan a usar Artes Oscuras, o que pongan en peligro sus vidas al participar en batallas. —apoyó muy serio Charlie, mirando primero a sus hermanos menores y luego a los otros chicos.

—Con la información que tenemos de los horcruxes comprendemos que su participación en su destrucción es inevitable, por lo que son piezas claves en detener a Voldemort definitivamente —continuó Eloise con firmeza.

—Es por ello que estamos de acuerdo también con el entrenamiento que están recibiendo, para que puedan defenderse adecuadamente y llevar a cabo esa tarea sin que se vean lastimados. —afirmó Bill con rotundidad.

—Lo que no podemos aceptar es que, por querer ayudar a alguno de sus mayores, se vean envueltos en una trampa como la del Ministerio de Magia —continuó con mucha seriedad Nymph, asombrando su expresión a los chicos—. Ni mucho menos que se opongan a nuestras decisiones y se presenten en batallas, como el día del ataque al tren. Ustedes han evitado que vaya a las últimas para que no me lastimen —agregó en tono más alto al ver incipientes protestas en los rostros de los pelinegros—. Sin embargo no se quedan a salvo cuando se los pedimos por igual razón.

—Estamos muy claros en que se quedaron en La Pradera, durante el ataque a Bristol, porque no se había cerrado el proceso de Angelica. Ustedes sabían que el doble lazo entre Angela y Harry, mezclado con ese proceso abierto, les generaría problemas —continuó con semblante serio Aline, la expresión de su rostro haciendo tragar saliva a los chicos.

—Sabemos también que piensan que ahora sí están en condiciones de participar en batallas, pero ninguno de nosotros está de acuerdo con eso. —continuó Clarisse.

—No les quitaremos sus varitas ni las destruiremos, para no dejarlos indefensos —aclaró Kingsley al ver que cada vez se tensaban más—. Tampoco los encerraremos. Pero haremos cuanto esté a nuestro alcance para evitar que estén en peligro. —continuó con tono firme y expresión seria.

—Lo cual incluye el sacarlos de batallas si los vemos allí y… —intentó seguir Meg.

—Un momento —la interrumpió Harry—. Comprendemos perfectamente que estén preocupados por nosotros y se los agradecemos muchísimo, pero saben muy bien la preparación que tenemos y que si nos presentamos en batallas no es por capricho sino porque sabemos que podemos ayudar. No es lógico que estando en guerra desestimen la participación de varitas preparadas en Defensa Contra Las Artes Oscuras sólo porque…

—¿Te parece mal que queramos evitar que lastimen a quienes queremos como hijos nuestros lo sean o no por sangre? —lo interrumpió Sirius a él—. Nosotros hemos perdido a seres muy queridos, Harry. No podemos aceptar que ninguno de ustedes se vea en peligro. ¿No puedes comprender eso?

»¿No sabes acaso que por ese motivo yo fui al Departamento de Misterios ese día? No fue porque Quejicus me llamase "cobarde", como ya había hecho antes, sino porque tú y tus amigos estaban en peligro. Te puedo asegurar que si para salvar a uno de ustedes la vida tengo que volver a caer tras un Velo de la Muerte, o algo peor, lo haré con mucho gusto.

El oír a su padrino decirle aquello le atenazó la garganta, impidiéndole decir nada.

—Sabemos que son valientes, inteligentes y hábiles, pero nos preocupa que sean tan impetuosos —dijo Wymond con un tono de voz levemente más suave que el usado hasta ahora por él y sus compañeros del G.A.H.—. Sobre ustedes diez pesa una muy grave responsabilidad con los dones Cundáwans y las "particularidades" que tienen. Nos preocupa que se les pueda cruzar por la cabeza la idea de usarlos para cambiar su pasado, o el de sus seres queridos. También el que puedan poner en cualquier forma su vida en peligro, por usarlos para ayudar a otros, a pesar de lo que ya les ha explicado el señor Raymond.

Los ocho chicos presentes con el don de Viajar en el Tiempo denegaron con vehemencia y expresión seria.

—No podemos negar que es tentador el hacerlo, pero la advertencia de lo ocurrido con la Profecía Cundáwan nos ha dejado muy claro que no debemos intentarlo. —le respondió Ron. Cayó en cuenta, al ver la expresión de extrañeza de Sirius, que había hablado demás.

—Ninguno de nosotros usará sus dones de manera irresponsable, o que afecte de cualquier manera la salud de alguno de los nuestros, tío Wymond. ¿No es cierto prima? —intervino Jessica rápidamente, para distraerlo.

—Les he prometido a los chicos que no usaré mis dones a menos que sea indispensable y no me ocasione un problema serio de salud. —aportó Angela mirando a su tío directamente a los ojos. Pensó en hablar con él mentalmente al notar su preocupación, desconcentrándola su papá.

—Por favor, hija, prométeme a mí que no harás con tu don extraño lo que hizo tu mamá bajo ninguna circunstancia —le pidió Sirius en tono suplicante, agregando en seguida mirando a los otros chicos—. Quiero que todos y cada uno de ustedes me prometan aquí y ahora que no usarán ninguno de sus dones Cundáwans de forma alguna que ponga en peligro su salud, ni mucho menos su vida, por favor.

»Angela es mi hija y Harry mi ahijado, pero aunque mi vínculo con ustedes es menos fuerte igual les tengo cariño y no quiero que los lastimen. Jessica y Neville son sobrinos míos por afecto. Luna y Fred serán algún día sus esposos. Ginny y George serán algún día nuera y yerno míos. Hermione y Ron son los hermanos por amistad de Harry, por lo que también los considero mis sobrinos.

»Los quiero muchísimo a todos y cada uno de ustedes, al igual que a Chris & Chris. Me preocupa que tengan que vivir una guerra. Aún más lo que implica el que sean Cundáwans, según lo que me han explicado, y que se estén involucrando en batallas por voluntad propia.

Los chicos se revolvían nerviosos en sus asientos, emocionados por sus palabras pero sabiendo que no podían prometerle lo que él les estaba pidiendo.

—Estoy orgulloso de todos y cada uno de ustedes porque hacen todo lo posible por ser excelentes brujas y magos. Aunque me sigue preocupando mucho lo del Entrenamiento Cundáwan, he terminado aceptando que es necesario que reciban parte de ese entrenamiento de forma modificada. Pero después de perder a la mayoría de mi verdadera familia en la primera guerra, no puedo sentirme menos que angustiado al saber que ustedes buscan participar en esta. —los presionó un poco más.

—Padrino, creí que entre todos tú entendías que no podemos quedarnos sin hacer nada. —intentó Harry convencerlo de desistir.

—Pero están haciendo mucho —replicó Sirius mirándolo fijamente con una mezcla de orgullo y ansiedad—. Buscarán con nosotros y destruirán los horcruxes. Se preparan adecuadamente para no ser posibles víctimas de mortífagos. Han aprendido demasiado jóvenes las trampas que usa el enemigo para llevarlos a terrenos inseguros y lastimarlos, salvándose por muy poco Ginny y tú de dos mortales.

»Entiendo perfectamente que quieran ayudar, pero ya lo hacen de muchas maneras y me angustia muchísimo los peligros que me han explicado correrían si van a batallas. Por favor chicos, prométanme cada uno de ustedes que no irán a batallas y que no usarán sus dones Cundáwans a menos que les sea inevitable, pero que no pondrán de forma alguna en peligro con ello su salud o sus vidas.

Los diez chicos se miraron intensamente. Se sentían atrapados por las palabras y expresión del hombre de ojos grises y pelo negro, que lucía nuevamente demacrado. Nueve chicos miraron de pronto con extrañeza los ojos de su líder brillar. Lo comprendieron todo al comunicarles él mentalmente su decisión. Admiraron una vez más su agilidad para salir de situaciones difíciles y aceptaron de inmediato su propuesta con asentimientos.

—Harry Potter te promete que no usará sus dones, peculiaridades o habilidades mágicas de forma alguna que comprometa su salud o vida, ni tampoco irá a batallas por iniciativa propia, participando sólo si se encuentra en una de ellas porque le sea ineludible. —le prometió con tono sereno a su padrino. Sonrió levemente al ver su expresión de alivio y ver de reojo una similar en casi todos los otros adultos, a excepción de Wymond que frunció el ceño.

Era una suerte que los otros nueve chicos hubiesen levantado su Oclumancia y barreras mentales rápidamente, al igual que él, una vez les comunicó mentalmente su decisión y la orden de hacer esto.

—Angela Black te promete que no usará ninguno de sus dones o habilidades mágicas de forma alguna que comprometa su salud o vida, ni tampoco irá a batallas por iniciativa propia, participando sólo si se encuentra en una de ellas porque le sea ineludible. —le imitó textualmente la chica de pelo negro, mientras colocaba con Hermione y Jessica la barrera especial que habían practicado durante su última visita a La Casa Flotante.

Uno a uno los otros chicos repitieron la promesa textualmente con su nombre y apellido, a medida que Sirius los miraba en petición.

Harry notó que Remus empezaba a mirarlos con sospecha y alarma, al igual que en un primer momento lo hiciese Wymond, cuando Neville hizo la misma promesa. Todos sabían que el castaño detestaba a Bellatrix tanto como él a la mortífaga y a Voldemort, así como Jessica a Peter y el amo de éste. Los sentimientos de Angela por esos tres también eran conocidos de los adultos, sabiendo que sólo se controlaba por lo peligroso de su don especial, algo que les había empezado a enseñar con celeridad a Ginny, Hermione, Ron, Luna, Neville y a él, especialmente a él.

Wymond también notó que Remus había comprendido, al igual que él, lo extraño de la forma en que los chicos se estaban comprometiendo con Sirius. Era demasiado… limpia, clara y precisa, sin dejar aparentemente ningún escape. No habían protestado, como habían esperado de ellos. Estableció de inmediato contacto mental con él, uniéndoseles Aline. Los tres intentaban descifrar qué había tramado Harry, porque estaban seguros que era el joven líder quien tomó la decisión sobre cómo evadirlos.

Los otros chicos estaban repitiendo casi textualmente lo que él había dicho, para usar la misma táctica que el pelinegro de ojos verdes a la hora de evadirse. Cuando Luna pronunció su promesa de última, en exactamente la misma forma que sus compañeros, el único del G.A.H. que no estaba inquieto era Sirius, que les sonreía dichoso desde su pálido rostro.

—Papá, te ves muy agotado, por favor vamos a que descanses. —le pidió con dulzura Angela.

—Yo te acompaño padrino.

—No, él irá conmigo.

—Yo soy mayor que tú y más fuerte. Irá conmigo.

—Pero él es mi papá así que irá conmigo.

—Yo también soy su hijo y soy mayor que tú, así que seré yo quien lo acompañe.

—Pero…

—Se están comportando como un par de críos caprichosos —los riñó Wymond un poco más distendido, interrumpiendo a su sobrina, conteniendo con dificultad la risa y manteniendo expresión de regaño paternal—. Meg, Aline y yo seremos quienes lo llevemos a descansar. Mientras tanto ustedes irán con sus compañeros a empezar con los preparativos para las próximas celebraciones, como hablamos en el desayuno.

—Sí tío. —respondieron los dos a coro con expresión de niños regañados.

Sirius se había sentido tanto orgulloso como extrañado por la pequeña disputa fraterna de los pelinegros, comportándose como niños pequeños que se peleaban el cariño de un padre. Les sonrió con cariño y les hizo un guiño cómplice, sintiéndose feliz al verlos sonreír por su gesto.

Remus suspiró al verlos. No sabía qué había tramado su muy listo sobrino, pero entendía que no debía presionar en ese momento con preguntas tanto por la salud de su amigo como para no darles ideas a los chicos. Wymond les había advertido a todos en la reunión que tuvieron los del G.A.H., con Minerva y Raymond presentes, que no debían mencionar lo de los "extraños visitantes" del pasado de los Merodeadores a los chicos, porque bien podía ser que no hubiesen sido ellos sino hijos suyos pero el enterarse de aquello les "diese ideas".

Aline regañó a Sirius minutos después en la habitación, por no querer tomar poción con sabor a chocolate. Le dijo que como Guía de la Salud suspendería su boda si no le obedecía, aunque ya no la dejase ser su madrina.

Sirius sonrió con nostalgia ante su amenaza y tomó el vaso con poción de sus manos. Pero no la bebió hasta no despedirse de los gemelitos, ante la expresión enfurruñada de la pelirroja de ojos verdes. Definitivamente Aline se parecía demasiado a Lily, o al revés.