Siento la tardanza amores. Pero ya está aquí.


ADVERTENCIAS: Yaoi incluido.


ºPacto de sangreº

Pasado. Presente. Futuro.


Gaara observó a Matsuri antes de que la puerta se cerrase. Estaba sonriendo pese a que se notaba las ojeras bajo sus ojos tras la larga noche que habían pasado. Le gustaría poder consolarla mejor, ser capaz de jurarle que podría protegerla en todo momento. Pero el mundo no iba a detenerse por más que ambos se encerrasen en una habitación.

Y ella lo sabía, porque fue por su propia boca que le pidió ir a trabajar. Gaara y Kankuro se habían quedado de piedra con su petición. Kankuro había sopesado la idea de dejarla con su esposa e hija en un lugar seguro y a él le había parecido buena idea. Sin embargo, Matsuri, tras dar las gracias, se negó rotundamente a cambiar más partes de su vida.

Reinó el silencio entre ellos como indicativo claro de no aceptar ninguna protesta. Y nada más llegar, se puso a trabajar como si nada hubiera pasado.

—¿Señor?

Recordó al espía frente a él. Ya le había mostrado su lengua y esperaba, impaciente, a que le diera permiso para hablar.

Movió su mano diestra en invitación.

—Anoche atacaron a Hinata Hyûga también. Aparte del aviso que se recibió por Naruto Uzumaki, la mano de Haruno.

—¿También a ella?

—Sí.

—Fue un mercenario contratado. Un antiguo gremio que utilizaba la Yakuza de sus padres que se creía instinto y que llevaba el ya fallecido Orochimaru. El atacante era Sakon y al parecer, tenía información especial sobre Hinata Hyûga.

—¿Cuál?

—Está embarazada.

Guardó silencio. Pensativo. ¿Acaso era una información falsa? Estaban hablando de la misma Hinata Hyûga que parecía sentir pánico por los hombres. Aunque debía de reconocer que cada vez estaba cambiando, saliendo de su pequeño cascaron hasta el punto de reunir a todos y proclamar la veda abierta para la guerra contra la raíz y Tenten.

—En cuanto al padre… —murmuró el hombre—, es algo que se nos escapa. Hay varias sospechas y estamos buscando los pasos para descubrirlo, por si pudiera afectar en algo al clan.

Asintió, más curioso de lo que le gustaría estar. ¿Quizás fuera su prometido?

—¿Qué hay sobre los demás?

—Imagino que ya sabe lo de Ino-dono —indicó el espía, sabiendo que uno de sus hombres había sido castigado por ofender a la líder y a su hermana—. Ahora mismo, no tenemos muchas noticias. Igual, que la líder está muy implicada con el asunto del detective.

Entrecerró los ojos. Quizás pedirle a Ino que se encargara de él había sido demasiado confiado y olvidado la facilidad con que una mujer era capaz de enamorarse. Aunque… él… Suspiró. En realidad, no, no había sido fácil.

—En cuanto a lo de Asuma Sarutobi, también tenemos noticias —continuó el hombre. Eso llamó su atención—. Uno de los hombres que estaba asociado a la raíz, cuando suplicó, nos contó cierta información a cuenta del clan. La raíz, al parecer, no está interesada en los clanes de Yakuza neutrales, así que prometió y juró que no fueron ellos.

—Porque si consiguen derrocar a los líderes superiores, los clanes neutrales serán pan comido —comprendió. El espía asintió.

—Por ello, hemos descartado la raíz. Sin embargo, todavía no hay muchas pistas que apunten sólo a Tenten, señor.

—Asuma era un hombre muy querido por las líderes actuales y sus manos. Los educó a todos de alguna forma, así que es alguien que sabe que las pistas podrían llevar a acusar a una de ellas. O a mí, incluso.

—Eso implicaría que hubiera otro clan interesado en destronar todo —murmuró el espía pensativo—. Y le interesa bien que tanto el Hyûga, que era un clan muy poderoso hasta que Tenten regresó, el Haruno y Uchiha, que son dos de los clanes antiguos con suficientes sobrevivientes poderosos, además del Nara y Yamanaka, se vayan destruyendo poco a poco. Incluso entre ellos. Sin embargo, tras el pacto, se ha fomentado el núcleo entre ustedes. Quizás lo de Asuma Sarutobi sólo fuera un aviso. Lo del clan Uchiha, el segundo aviso.

—Eso significaría que tiene que llegar otro más.

—Exactamente —confirmó el hombre—. Y… probablemente, vayan de nuevo a por las manos. Destrozando el clan Uchiha, ha bajado el nivel de poder de Sasuke Uchiha, la mano de Haruno. Sin embargo, Itachi Uchiha sigue vivo. Con lo cual, no han infringido todo el daño esperado. El Uzumaki no es un clan que importe, pues sólo hay un sobreviviente. Si fueran dos, la cosa cambiaría.

Asintió, pensativo. Dudaba que Naruto fuera desperdigando hijos por doquier, más, con su marca.

—Después, ustedes tres pertenecen al mismo clan. Irían directamente al cabeza, dejando así expuestos a las dos manos. Aunque con la boda con Nara… eso implica que tengamos Nara entre nuestras filas. Ahora mismo, si mis sospechas son correctas…

Gaara entendía a qué se refería.

—Lo intentaron con Akimichi y Karui. Aunque hemos descubierto que los Ōtsutsuki hicieron un pacto que se ha roto con Tenten. Esperanzados de recuperar lo que Hinata les vetó y lo que el clan Uzumaki destruyó en el pasado.

—Atacaron a Temari y Shikamaru en su luna de miel a causa de los infiltrados —recordó acariciándose el mentón—. Y después de lo de anoche…

El espía asintió.

—Tenten acaba de regresar, dudo mucho que tenga poder para tantos ataques seguidos.

—El Haruno fue un miembro de Raíz —recalcó—. La raíz parece tener especial interés en ese clan.

—¿Creerá que tiene en su poder lo que busca? —inquirió el espía—. Aunque hemos intentado investigar más a fondo, no hay señales de que sea así. Ninguna de las manos ni la misma líder parece ser consciente de ello. Ni su mejor espía, Hatake, parece saber nada.

—Entonces, tiene que haber algo más. ¿Quizás la consideran la líder más débil?

Lo dudaba. No lo era. Y sus manos tampoco eran pan comido.

—Envía a investigar esa parte también —indicó—. Continua con lo de Asuma Sarutobi. Si no es cosa de la raíz, quedan Tenten y los clanes extras. Puede que alguno no sea tan neutral como dice. También, investiga lo del hijo de Hinata Hyûga. Y…

El móvil del espía lo interrumpió. Generalmente pondría su mejor cara significativa de molestia, pero en esa situación, no. Le interesaba. Mientras el hombre contestaba, escuchaba y afirmaba, su rostro palideció, mirándole directamente a los ojos.

Gaara empezó a ponerse en pie. Sentía la piel de la espalda tirante. Una señal de alerta que empezó a provocar que su corazón latiera y el ritmo de su sangre aumentara.

—¿Qué ocurre?

EL hombre tragó antes de responder.

—Es Temari-dono —murmuró—. Al parecer han… está…

—Habla claro.

—Está en peligro.

.

.

La llamada de Hinata estaba siendo un verdadero problema. Un quebradero de cabeza total. Algo que provocaba que le doliera la cabeza más de lo que ya hacía.

—¿Estás bien?

—Lo estoy —garantizó Hinata desde el otro lado de la línea—. Ese sujeto sabía de mi embarazo. Quería…

—No necesitas explicármelo de nuevo, tranquila —concedió—. Eso significa que nos están espiando más de lo que creíamos.

Buscó con la mirada a sus dos manos. Naruto estaba apoyado contra la puerta de entrada, mirando hacia ella con el ceño fruncido. Ignoraba realmente que la situación fuera con él. ¿Qué haría de saber que era su hijo al que casi apuñalaban? Estaba segura de que no estaría ahí quieto, que habría salido corriendo para ir en busca de Hinata y matar al sujeto, aunque este estuviera ya muerto.

Sasuke no estaba lejos. Aunque mantenía la mirada lejos de ella, sabía que su oído era demasiado bueno como para estar perdiéndose nada de la conversación.

—Lo que quería advertirte es que… Seguramente ya todos lo saben. Los espías sabrán de mi situación, del ataque. Y si un gremio tan antiguo fue capaz de sortear las barreras de mi casa… es que tienen información primordial. Además, ese sujeto venía claramente a evitar mi…

—¿Crees que hayan sido tus consejeros? —cuestionó—. Dudo que Tenten sepa de ese gremio. Al menos, no hasta ahora. ¿Neji podría habérselo contado?

Hinata dudó por un momento.

—No. Neji se mantuvo alejado de todo esto hasta ahora. Y son tratados muy antiguos. Dudo mucho que la raíz contratara a un gremio Yakuza, eso es claro —aclaró—, así que, confieso que estoy perdida. Después del pacto de sangre, no desconfío de las demás ni de Gaara. Pero sí de los clanes que están haciéndose pasar por neutrales.

—Te entiendo. —Se rascó el cuello, pensativa—. Hinata… si nos acogemos a los antiguos tratados, tu hijo…

—Lo sé —confesó ella—. Lo estuve pensando durante la noche. Sé que estaría seguro, pero… Es mi hijo.

Podía comprenderla. Lo hacía, de corazón. Sin embargo…

Sakura apretó el teléfono entre los dedos y miró a ambos hombres. Como si el cielo escuchara s ruego, el móvil de Naruto sonó, alejándolo de la sala.

—Ese niño me pertenecería —terminó. —Si van a por él, es mejor que esté protegido por las leyes antiguas.

—Sakura… si querían matarte a ti. ¿Qué crees que pasará con un heredero de ese clan? Su padre es…

—Un marcado —terminó por ella—. Lo sé. Mejor que nadie.

Sasuke la miró al final. Entendía a qué se refería y por la forma en frunció los párpados, le gustaba la idea tan poco como a ella. Sin embargo, las leyes, eran las leyes. Aunque fueran de la mafia. Si quería ir cambiando poco a poco, había otras que considerar y respetar.

—Recemos porque ese bebé no se parezca a su padre —murmuró.

Hinata tomó aire y supo que estaba suplicando al igual que ella. Si ese pequeño nacía rubio y con alguna característica del clan Uzumaki…

—¡Sakura-dono! ¡Problemas!

La voz de Naruto interrumpió la conversación. Hinata también recibió el grito de Kiba, así que colgó sin despedirse. Sabía que ambas estaban listas para esos asuntos.

—¿Qué ocurre? —cuestionó.

—Es en casa de Ino-dono —explicó casi tan rápido que le costó entenderle.

—Cálmate —ordenó Sasuke. Se había levantado tan ágil como un gato, acercándose a ellos—. ¿Qué ocurre?

—Es Temari —respondió Naruto tras tragar y asentir—. Al parecer, le han tendido una trampa.

—¿Una trampa? —Sakura los miró a ambos sin comprender—. ¿Qué clase de trampa?

Naruto negó.

—Choûji no ha sido muy expresivo en eso. Pero me ha pedido que vaya —indicó—. Shikamaru está en shock.

—¡Ves! —ordenó al instante.

Naruto no necesitó que se lo dijera dos veces. Echó a correr y desapareció en cuestión de segundos. Sakura se volvió hacia Sasuke.

—Hay un sitio al que quiero ir —le dijo, decidida.

Sasuke esperó su indicación.

—Voy a prepararme.

Él la siguió a una distancia prudente. Desde lo ocurrido la noche del ataque, caminaba con pies de plomo con ella. Si bien su seguridad había aumentado y el tiempo que gastaba en cuidarla era más del normal, no había vuelto a tocarla.

Sakura había rememorado sus besos y el deseo que sintió, pero también la aplacaba el asco de recordar lo que podría haber pasado. Del hecho de que Danzo torturara su mente de esa forma.

—Que Naruto se haya marchado es un golpe de suerte. Aunque me preocupa qué estará pasando con Temari, la verdad —confesó para intentar sacar de su mente los amargos pensamientos.

Abrió la puerta de su habitación y se dirigió directamente al armario. Sacó unos pantalones cómodos y un jersey lo suficientemente grueso como ocultar un arma. Ni siquiera se escondió detrás del biombo. Sasuke no apartó la mirada. No pudo asegurarse porque no se atrevía a mirarle, pero su piel cosquilleaba igual que si estuviera tocándola.

—¿Dónde quieres ir? —cuestionó.

Ella se sacó el cabello del cuello del jersey una vez estuvo lista. Después, le miró.

—A los recintos del clan Uzumaki.

Esperaba que Sasuke remugara, que intentara convencerla para no moverse, sin embargo, sólo levantó un momento la mano y se dirigió hacia su propio dormitorio. Sakura esperó, pese a que podía imaginarse qué estaba haciendo. Cuando lo vio salir con la Katana aferrada a su cintura, supo que no estaba tan equivocada.

Cerró la puerta para detenerse a su lado.

—Vamos.

El chofer los llevó hasta el recinto, pero no se adentró en las calles. Nadie que no fuera ella o una de sus manos tenía permitido entrar sin su consentimiento. Que se volviera un lugar arrasado y solitario fue cuestión de tiempo. Naruto no solía visitarlo. Al menos, que ella tuviera conocimiento.

Caminar por las calles vacías daba una sensación de terror. Sus pasos y los de Sasuke eran el único sonido que captaban. Justo por lo vacío que estaba, no era raro que algunas personas decidieran ocupar las casas de improviso o establecer asesinos.

Sakura conocía su destino perfectamente. Al igual que había jugado por los recintos del clan Uchiha, alguna que otra tarde había corrido por esas aceras sin preocuparse por nada. Ni siquiera por caerse.

Todavía quedaba algo de ropa tendida en algunas casas. Habían sacado todas las cosas comestibles, pero el resto, se quedó como estaba. Cortaron la luz, el agua y mantuvieron en silencio lo que una vez fue un clan en apogeo.

Realmente, era triste.

Los líderes fallecidos vivían en una casa central, con techos altos y estructura japonesa. A Sakura continuaba impresionándole la hermosura de ese hogar. El motivo por el que seguramente fue creado y al cual no servía. Empujaron la puerta de madera e ignoraron el grito de las bisagras mientras se adentraban en el jardín. La naturaleza se había abierto paso en esos años y algunas enredaderas ya trepaban por la madera y rompían cristales en su avance.

Cuando se adentraron, Sakura sintió que el estómago se le revolvía. Notó que Sasuke se detenía a su lado.

—Nunca olvidaré aquel día —murmuró. Él cabeceó afirmativamente.

Era algo que ninguno podría. Jamás podría olvidarse de los gritos de súplica de Naruto. Del llanto, del temblor de su pequeño cuerpo. La forma en que se mordió el labio y, por ende, la mano que evitó que se mordiera la lengua. Mientras lo marcaban, el olor de la carne.

Hasta que lo dejaron tirado en su miseria, en su desgracia.

—Llevará para siempre la marca de la deshonra, de la vergüenza, de la muerte. Y ojalá mueras pronto, marcado.

Cerró los ojos que se le llenaron de lágrimas.

La habían ignorado, sujetado y hasta obligado a mirar a medida que torturaban a Naruto de esa forma. Sasuke, no fue diferente. Ninguno de los tres, demasiado pequeños, comprendía por qué lo hacían, el repudio al único sobreviviente de su clan.

Y ahora, Naruto iba a tener un heredero. Otro Uzumaki. Aunque si la suerte de Hinata era inmensa y no tenía características que lo hiciera ver claramente como su hijo, nunca llevaría sus apellidos. No sería reconocido.

Pero si ese niño sacaba algo de su padre…

—Proponerle a Hinata eso ha sido… horrible —balbuceó.

Sasuke posó una mano en su espalda, subiendo hacia sus hombros delicadamente.

—¿Cómo puedes decirle eso a una madre y quedarte tranquila? ¡Es imposible! —gritó—. Pensar que las cabezas anteriores lo hacían sin inmutarse… Matan cuando les conviene, quieren deshacerse, si los dejan vivos demuestran su repugnancia… los marcas para siempre.

Apretó los puños, levantando la cabeza.

—Voy a cambiar eso. Quiero cambiarlo. Aunque tenga que sangrar por ello o llevarme por delante lo que sea —aseguró.

Luego, caminó hasta las escaleras. Subió hasta el viejo despacho y se detuvo al ver la gran estantería con diferentes carpetas. Algunas, cuyas hojas internas sobresalían. Ya habían registrado anteriormente cada rincón en busca del pacto de sangre. Kakashi se había leído todo y a veces era un poco enciclopedia del pasado por lo mismo. Todos los clanes, hasta el Uchiha, contenían la misma información, pero Sakura y Sasuke sabían que existía otro lugar más.

Lo descubrieron cuando eran sólo unos niños, estaban aburridos de tanta lectura y terminaron jugando a pelearse. Al caer sobre uno de los objetos del escritorio, la estantería central se movió. Hallaron otros documentos más privados que ahora tenía ella en su hogar. Algunos otros, con información más detalla, los envió a destruir tras aprendérselos de memoria.

—¿Qué quieres buscar? —cuestionó Sasuke acercándose hasta la estantería.

Ella suspiró.

—Cualquier cosa que pueda ayudar a liberar a Naruto —murmuró—. Sé que la marca nunca desaparecerá a menos que se coloque un tatuaje encima, pero… Necesito algo más "político". Cualquier cláusula a la que pueda aferrarme. Si no es a él, a su hijo. No puedo descartar la posibilidad de que su ADN sea superior.

Sasuke observó los papeles.

—¿A qué te refieres con eso último?

Ella lo meditó.

—Tu familia siempre se ha mezclado con otros Uchiha. ¿Qué crees que pasaría al mezclarla con la mía, que no fuimos criados genéticamente del mismo modo? Quizás esté especulando mucho, pues de genética no tengo mucho conocimiento, la verdad, pero…

—Seguramente, mis genes serán más fuertes que los tuyos —interrumpió—. Hay un alto índice de que nuestros hijos fueran morenos, hereden mi tono de mi piel y otras cosas de mí. Sin embargo, dudo que saquen tus ojos o tus cabellos. Porque soy puro. La mestiza serías tú.

—Exacto —indicó levantando un dedo, pensativa—. ¿Y si con Naruto pasa eso? ¿Y si Hinata no es suficientemente fuerte genéticamente para que su hijo salga más a ella que a Naruto? Los Uzumaki también tenían rasgos muy significativos, si mal no recuerdo. Y solían ser hereditarios más en los primogénitos.

—Pero el padre de Naruto era Namikaze en realidad. De un clan neutral.

—Lo sé —recordó suspirando lánguida—. Es frustrante no poder saberlo. No puedo arriesgarme. Necesito estar preparada.

Sasuke guardó silencio mientras ella tomaba una de las carpetas y, tras soplar para quitar el polvo, lo abría.

—En nuestro caso no existiría ese problema. No ahora.

Sakura desvió la mirada de las hojas hacia él.

—No tendría por qué llevar una marca y el clan no se opondría.

Tomó aire.

—Sigues con las mismas —protestó—. Ya hemos…

Sasuke se movió rápido. Tanto, que apenas tuvo tiempo de levantar las manos para detenerlo. La aferró de la nuca con los dedos y levantó su cabeza hacia él. Su boca presionó con fuerza contra la suya. En contra de sus pensamientos, su cuerpo reaccionó a la invitación implícita de ese beso capaz de desarmarla.

Levantó las manos hasta rodear su cuello, aferrándose a la dura complexión de su musculatura, permitiendo que la gobernara. Sus brazos la apretaron contra él, su boca se adueñó de su respiración y su corazón fue gobernado por el deseo.

En algún momento, las manos de Sasuke se deslizaron hasta su trasero. Dios, era una sensación increíble, excitante, el hecho de que cerrase sus manos sobre ellas. La apretara y empujara contra sí, aumentando el roce de sus cuerpos. Cuando la levantó en volantas para sentarla sobre el escritorio, supo que podría abrirse completamente, ceder al encanto que estaba engatusándola.

La última parte cuerda de su mente despertó. Cubrió la boca masculina con sus dedos y observó la oscura y penetrante mirada.

—Sasuke —rogó—. Aquí no. Este no es el lugar.

Él se movió. Esquivó su mano y bajó la cabeza hasta apoyarla en su hombro. Estaba por negarse más firmemente, cuando él suspiró.

—Dame un momento.

Ella sonrió. Era agradable saber a esas alturas que el hombre frío alejado realmente sentía.

Levantó la mirada para fijarse en la estantería tras ellos. No es que fuera tan sencillo recuperarse y alejarse de esos sentimientos y del deseo, simplemente, es que su cabeza estaba volviendo a cuadrar todo cuanto estaba planteándose.

Entonces, se percató de algo.

—Sasuke, quita —ordenó dándole una palmada en el hombro. Cuando él lo hizo, confuso, saltó para acercarse más a la estantería. De puntillas, metió la mano más al fondo, hasta que atrapó algo que le había llamado la atención. Cuando se lo mostró, no podía creérselo—. ¿Una llave?

Sasuke entrecerró los ojos, observándola.

—Eso no estaba antes. Y lo sabes.

Sakura comprendió. Levantó la mirada hacia él a la par que se guardaba la llave dentro del sujetador.

—No empieces —indicó—. Vámonos. Dudo que sea de este lugar.

Sasuke la detuvo, asiéndola del codo.

—Sakura-dono —nombró forzándose—. Mi hermano es peligroso.

Se lamió los labios. Podría haber respondido que no, pero tras que la dejara a merced de la raíz esa noche, tenía ciertas dudas.

—Sea peligroso o no, si esto puede ayudarme a liberar a Naruto, lo haré.

Completamente decidida, dio por finalizado la visita. Salió del despacho y bajó las escaleras con el corazón latiéndole como si fuera salirle por la boca.

Sasuke la siguió, en silencio, hasta que salieron a las calles.

.

.

—Mírala. Paseándose tan tranquilamente por las calles de este lugar. Sería tan fácil matarla…

Itachi desvió la mirada de la ventana por la cual estaban observando a Sakura y Sasuke. Ambos se habían detenido un momento para intercambiar algo en voz baja que no captaron. Sasori, a su lado, parecía ansioso. Cuando se volvió hacia su líder, Itachi sabía qué iba a preguntar antes de que lo hiciera.

—La respuesta es no.

—¿Por qué? —cuestionó Sasori incrédulo—. La tienes ahí. ¡A ella y su mano! Podrías destruirla fácilmente.

—Sería una jugada peligrosa y además, nada fructífera —respondió la única mujer que permanecía sentada a un lado de la pared, cerca de otra ventana, cuya luz iluminaba sus morados cabellos—. Se te olvida que hay otras más. Matas una rata, pero las demás se siguen reproduciendo.

Sasori, claramente, no lo comprendía.

—Si quieres suicidarte, hazlo tú mismo —propuso indicándole con la cabeza que saliera. Sasori gruñó.

—¿Crees que soy estúpido? Sé cómo de fuerte es tu hermano —protestó—. Sal tú. A ti te está buscando.

Itachi negó con la cabeza, desinteresado.

—No es el momento —recalcó. Sasori retrocedió, maldiciendo, antes de dejarse caer sobre una de las sillas que rodeaban el salón.

—La impaciencia no lleva a ningún lugar, hn —recordó Deidara—. Además, gracias a su visita tenemos nueva información muy interesante.

Itachi observó al hombre con cara de pez y piel extraña. Kisame le miró como respuesta, orgulloso. Había aparecido unos minutos antes de que Sakura y Sasuke y traía información realmente interesante. Algo que, sinceramente, ni él mismo habría esperado.

Se percató de que su hermano y Sakura continuaban caminando, alejándose de los terrenos Uzumaki. Esperaron a que el coche se alejara una vez estuvieron dentro.

—Cuéntanos de nuevo, Kisame —ordenó el líder.

El susodicho asintió.

—Ha sido más fácil de lo que pensaba seguirles. No se han dado cuenta. El caso es que he logrado escuchar una conversación que no sé si es beneficiaria, pero sí jugosa —comenzó—. Al parecer, el marcado ha dejado embarazada a una líder.

—¿Has escuchado el nombre?

Kisame se hizo de rogar, pero asintió.

—Hinata. Y sólo hay una de ellas que se llame así y sea líder —recalcó emocionado—. Sakura, al parecer, quiere proteger a ese vástago para que no pase lo mismo que su padre.

Itachi recordaba aquel suceso. La decisión que llevó a los viejos del consejo a marcar a Naruto. Como si aquel niño tuviera la culpa de lo sucedido. Recordaba haber trizas el corazón para ver la escena. La forma en que gritaba, la manera en que Sakura suplicaba y era ignorada. Hasta su hermano le miró suplicante por detenerlos.

¿Por qué no podía adelantar las cosas antes de tiempo? Por esa causa, ese hombre había sido marcado de por vida. Y ahora, seguramente, los ancianos que había matado con sus propias manos estarían revolviéndose en sus tumbas de saber que ese monstruo crio.

—Entonces. ¿Hicimos bien en enviar al mercenario contra ella? —cuestionó Konan.

—Sí —confirmó el líder—. No quiero más mierdas saliendo de sus coños innecesariamente. Pero falló.

Se estiró lánguidamente.

—Enviarle esa información a Tenten —indicó tras sopesarlo—. Seguro que, con lo furiosa que está con Hinata, no duda en crear un caos.

—En realidad, ya lo está haciendo de nuevo —informó Sasori desapasionadamente—. Ha enviado un regalito a mi prima. De esos que te gustan a ti, Deidara.

El nombrado esbozó una tirante sonrisa.

—¿Habrá fuegos artificiales?

—Seguramente.

—Qué poca empatía por la familia —susurró.

Sasori levantó el dedo corazón en su dirección.

—Y me lo dice el que mató a sus congéneres y mujer. No eres el más indicado.

Itachi no respondió. Lo ignoró simplemente y se preparó para el siguiente plan.

—Me pregunto cuánto tardará esa loca líder en hacer explotar la noticia.

Kisame sonrió, emocionado con la idea del caos. La lucha era su pan de cada día.

.

.

Hinata sabía que vendría antes que lo anunciaran. ¿Cómo no hacerlo después de recibir tal bofetada vergonzosa? La noticia iba a correr como la pólvora tarde o temprano. Las acciones tenían repercusiones, al fin y al cabo. Al menos, todavía podía mantener la identidad del padre a salvo.

Tras la conversación con Sakura entendía que las cosas iban a cambiar y que, de reconocerse el progenitor, cambiarían las decisiones a tomar. Le dolía. Habría querido acurrucarse y abrazar a su hijo lo más que podía para que nadie pudiera quitárselo.

El mundo no iba a detenerse por ella.

Debía de afrontar sus errores.

Lo recibió en la sala de estar, con Kiba custodiando la puerta y sin quitar la mirada de ellos. Después del ataque, la protección había aumentado, la caza de la raíz quitaba el sueño de muchos y los consejeros mantenían un silencio incluso más aterrador.

—Siento haberte hecho esperar.

Él se volvió de la ventana para mirarla directamente.

—Sólo haré una pregunta: ¿Lo sabías antes de aceptar el matrimonio?

—No —negó. No era una mentira—. Sin embargo, lo oculté cuando lo supe. Estaba tan ocupada con todo lo del clan que… no lo encontré necesario.

—Aún así, no hiciste nada por adelantar la boda para fingir que yo era el padre.

Enrojeció.

—No —tartamudeó sin poderlo evitar—. No creía… justo eso. Sé que mis palabras suenan vacías después de cómo he actuado, pero… de verdad…

—Entiendo los motivos —interrumpió él acercándose a ella. Se detuvo a su lado, echando las manos hacia atrás para asegurar que no iba a hacer nada peligroso—. ¿Quién es su padre? ¿O es algo que decides llevarte a la tumba?

Asintió, decidida.

—Si me caso contigo, con la condición de que deberás de renegar a ese hijo en el momento en que tengamos los nuestros. ¿Qué pasará?

Tembló.

—Es mío.

El hombre la observó durante un momento. Había algo de satisfacción en él. Levantó la mano derecha lentamente, acariciándole la cabeza.

—Ojalá mi madre hubiera tenido esa fortaleza, Hinata-dono —murmuró.

Caminó hasta la puerta a lentos pasos.

—Kimimaro-san.

Él se detuvo.

—No me casaré con una mujer que piensa tener hijos de otro hombre sin poner a los míos delante de este. Rompo cualquier tratado con el clan Hyûga. Sin embargo, mantengo mi lealtad a la líder.

Hinata suspiró agradecida. Kiba sonrió desde su posición y anunció a dos escoltas que lo acompañaran a salida. Hinata le permitió que la abrazara, más para sostenerla que para otra cosa. Levantó la mirada hacia él.

—¿Tienes noticias de Shino?

—Todavía no —respondió—. Es muy bueno en su trabajo, así que no te preocupes. Sabrá qué hacer.

—Confiemos en que sí —murmuró—. Pero en ese lugar, ahora mismo, hay cuatro manos y una líder. Me da un poco de desconfianza.

—No te diré que no, Hinata-dono —confesó Kiba—. Pero confiemos en que no.

—¿Qué hará ahora?

Hinata no tenía respuestas. Había comenzado una guerra, pero no sabía cómo seguirla. Temía que su hijo naciera. Todavía tenía que recuperar las pérdidas que la rotura de su compromiso causaba.

—Señora —anunció una voz tras ellos.

Hinata y Kiba se volvieron a la vez.

—¿Qué ocurre? —cuestionó Kiba.

—La señorita Hanabi le gustaría tener una reunión con usted.

Hinata no pudo evitar sonreír.

—Por favor, dile que pase —invitó.

Poco después, su hermana apareció y no sola. Reconoció al joven perfectamente. Nada más entrar, se inclinó hacia ella respetuosamente.

—Perdón por la intromisión, Hinata-dono —saludó—. Hanabi me llamó. Me explicó la situación y realmente quería hacer las cosas bien, pero ella ha dicho que con esto será suficiente.

—No está horno para más bollos —aclaró Hanabi mirándola—. Y no nos convienen las fiestas innecesarias.

Hinata se acercó a ellos, tomándolos de las manos.

—Las fiestas por bodas no son innecesarias. Seré muy feliz de celebrar vuestro enlace y con ello, daros el permiso. Sin embargo, Konohamaru —nombró—. ¿Acaso no heredas tú ahora el lugar de liderazgo de Asuma?

Konohamaru asintió. Era un muchacho serio, fresco y de alguna forma, muy indicado para la contraparte que era su hermana.

—Sí, lo tomaré —respondió—. Para eso también venía.

Retrocedió y antes de que pudiera detenerle, se arrodilló.

—Pese a que queremos conservar nuestra neutralidad, al casarme con su hermana, acepto entregar parte de nuestro clan para su servicio —se ofreció—. El clan le será fiel.

Kiba apenas pudo evitar cerrar el puño en señal de victoria. Hinata lo regañó con la mirada

—Quiero que el clan Sarutobi se mantenga neutro, Konohamaru.

El muchacho la miró sin poder ocultar la sorpresa que sus palabras causaran.

—Ahora mismo, un detective de la raíz está buscando cualquier pista que pueda para creer que las líderes ordenamos la muerte de tu tío.

—¡Eso es…!

—Ridículo, sí —concedió—. Pero es la realidad. Agradezco mucho la oferta y espero que en el futuro siga en pie, pero ahora mismo, lo único que puedo pedirle a tu clan es que adopte a mi hermana y la proteja. Si llegase a necesitarte, entonces… te llamaré.

—¡Hermana…!

Hinata levantó una mano para acallarla.

—Es mi prioridad ahora mismo. ¿Puedes cumplirla?

—¡Por supuesto! —prometió Konohamaru decidido.

Se incorporó para tomarla de las manos y besárselas. Después, hizo lo propio con Hanabi, además de detenerse en su boca.

—Anda, iros a un lugar menos público —ordenó Kiba a regañadientes.

Hinata le pellizco la mejilla, pero la pareja obedeció.

—¿Por qué no has aceptado la oportunidad? —cuestionó Kiba—. No estamos hablando de un clan pequeño especialmente. El anterior líder a Asuma fue muy importante y conquistó muchas tierras antes de que aceptara la neutralidad.

—¿No te has dado cuenta? —preguntó Hinata, suspirando. No se sentía orgullosa por lo que había hecho, pero Konohamaru lo había aceptado—. He pactado con él. En el momento en que me haga falta, ellos dejarán de ser neutrales para ser mis aliados. Mi hermana es la moneda de cambio.

—Sí, pero… ¿no es mejor ser más radical? Kimimaro ha roto cualquier unión especial, aunque diga que os apoya.

—Lo solucionaremos —apremió—. Lo haremos. Ten algo más de fe en mí.

Kiba frunció el ceño.

—En realidad, creo que eres injusta con nosotros. Creemos en ti, mucho más de lo que el resto del clan. Pero tú no confías en nosotros.

No pudo evitar mirarle sorprendida.

—¡Eso no es cierto! Mi vida está en vuestras manos.

—Sí, eso sí —confirmó—, sin embargo, sigues mintiéndonos.

—¡No lo hago! Sólo estoy pensando mucho las cosas estos días para ver qué hago con todo lo que tenemos encima.

—¿Quién es el padre de esa criatura?

Hinata enmudeció. Kiba suspiró, agotado.

—¿Lo ves? —cuestionó—. No sé de qué tienes miedo. Si no lo recuerdas o si es alguien que no pertenece a la Yakuza, lo comprendemos, pero habrá que protegerle.

—Te aseguro que su padre sabe protegerse solo.

Kiba la estudió con la mirada, tan profundo, que ella enrojeció. Sabía que su mano era incapaz de leer sus pensamientos, aún así, le resultaba demasiado vergonzoso creer que pudiera. Si sabía las cosas que había hecho con Naruto…

El móvil de Kiba la distrajo. El chico se lo llevó a la oreja, frunciendo el ceño.

—Neji Hyûga —nombró.

Hinata enderezó la espalda, atenta. Kiba no abrió la boca. Simplemente, escuchó hasta que fijó la mirada en ella. Su gesto se iba tornando más severo a medida que su primo parecía hablar. El terror de que Tenten hubiera hecho otra cosa, casi la dejaba sin aliento.

Cuando colgó, estaba expectante.

Kiba la miró de arriba abajo, deteniéndose en su vientre. Hinata se lo cubrió por inercia.

—¿Qué ocurre?

Kiba cerró los ojos.

—Voy a matarlo.

Alarmada, lo aferró del brazo.

—¿Qué? ¿A quién? —cuestionó.

Kiba se soltó de ella lentamente.

—A Naruto Uzumaki.

.

.

—¡Hoy es un gran día!

Lee colgó antes de que el grito de Tenten llegara a otros oídos. Había llamado repetidas veces a diferentes sujetos y Neji todavía continuaba hablando con otros. Desde que la noticia les llegara con un cadáver, Tenten estaba realmente emocionada. Danzaba como hacía mucho no la veía reírse de felicidad. De verdad, aunque fuera imbuida con algo de locura.

—¡Es la mejor noticia que podía habernos llegado hoy!

—Nos ha costado uno de nuestros hombres, Tenten —le recordó.

Ella se detuvo para mirarle. Ya no era la misma mirada que recordaba. La que suplicaba con la esperanza de que él fuera capaz de ayudarle, de evitar el pasado que compartían. Podía imaginarla atada a la pared, con las cadenas rodeando sus muñecas y estirando su cuerpo, ofreciéndola como si fuera un completo vertedero.

Recordaba sus gritos la vez que se la llevaron.

—Igualmente, es una información valiosa que va a sacudir los cimientos. ¿Tienes idea ahora de lo que va a pasar? —cuestionó.

—No —confesó—. ¿Qué importancia tiene?

—Pues… No. No te lo contaré —descartó saltando de la cama hacia él. Lo rodeó con los brazos y besó su frente—. Vas a tener que esperar para darte cuenta de todo.

Lee asintió, aceptando ese hecho.

—Ahora que me fijo… ¿Neji?

El susodicho se asomó, guardándose el teléfono en el bolsillo. Les miró intrigado. No parecía haberse acostumbrado del todo a la locura de Tenten, pero cada vez era más perro y menos humano.

—Déjame verte —indicó.

Neji se acercó más y Tenten extendió su mano hasta su frente, apartándole los cabellos.

—Oh, qué injusta he sido contigo —reflexionó Tenten—. El tatuaje en tu frente. Te lo hicieron cuando mintieron con mi muerte. ¿Verdad?

Neji dudó en responder.

—Sí…

—Oh, pobre, pobre. —Bajó su mano por su cuello, por sus hombros y se detuvo en sus muñecas—. ¿De qué son estos?

La voz de Neji se marcó con el peso del dolor.

—Son por mi familia. Mis hijos y mi mujer.

Tenten chasqueó la lengua, acariciándole los tatuajes con una ternura comprensiva.

—Lee y yo tenemos marcas en vez de tatuajes en nuestras muñecas —explicó mostrándoselas—. Enséñaselas también, Lee.

Obedeció sin dudar. Neji las observó con gesto estudiado.

—Sí, tal y como estás pensando —indicó él—. Cadenas.

—¡Es correcto! —afirmó Tenten a su vez. Saltó hacia la cama, subiéndose en ella y aferrando uno de los picos que sobresalían del cabecero—. Verás. Te contaré un pequeño pedazo de nuestro pasado. Ya que nos has contado un poco de tu dolor y estás demostrando ser un perro fiel.

Levantó una mano hacia él para invitarlo. Lee caminó arrastrando los pies. Sabía qué iba a hacer y el estómago se le revolvía.

Neji los observó sin comprender.

Él se subió en la cama y esperó a que Tenten lo maniatara. Una mano. Luego la otra. Intentó no cerrar los ojos, concentrándose en algún punto de la pared, algo que lo alejara de los recuerdos.

—Verás. Nos maniataban a la pared de esta forma. Las cadenas dolían mucho más que estas suaves sábanas. Ah, se me olvidaban —recordó asiéndolo de las piernas y separándoselas, con las rodillas altas y hacia fuera—. Las piernas también. Cuanto más abiertas, mucho mejor. Más disfrute y libertad de movilidad.

Neji se cubrió la boca con una mano, pálido.

—Bien. Una vez que nos tenían así. Ah, además de muertos de hambre y sed, entonces, aparecían.

Se arrodilló frente a Lee, acariciándole la mejilla, bajando lentamente por su rostro hasta su pecho. Extendió su palma hasta bajar hasta sus ingles, aferrándole completamente, con fuerza. Lee se estremeció irremediablemente, excitante como respuesta a la brutalidad del acto. Era vergonzoso que su cuerpo reaccionara de esa forma.

Tenten continuó, mirando a Neji mientras lo hacía.

—A él le hacían esto. A mi me apretaban por todas partes, me marcaban. Me metían sus penes en mi boca y se la follaban como si no hubiera mañana. Eso, el día que estaban ellos ganas. Cuando no era así…

Se incorporó, abriéndose la bata. Después, le abrió a él la cremallera, bajándole los calzoncillos y liberando su sexo. Se sentó sobre él hasta que quedó profundamente anclado en su interior. Se corrió en ese mismo instante.

—Sí —murmuró ella moviéndose lentamente—. Les gustaba que eso pasara. Tenía que hacerlo rápido en mí. O, bien, tenía que darme tan duro que no importaba si sangraba. Si me ardía, si no podía más…

Continuó moviéndose mientras hablaba hasta que logró su propio clímax.

Neji había desviado la cara, atormentado por la situación. Lee se tomó un momento en recuperarse, observando a Tenten moverse hacia él. Cuando llegó a su altura, lo tomó de las mejillas.

—Cuando fui mujer, me "castraron", por decirlo de algún modo. Citaré sus palabras, porque jamás se me olvidarán: Una perra de la mafia que ha sido abandonada no sirve ni para criar.

Soltó una carcajada feroz.

—¡Y no habían pasado ni veinticuatro horas cuando volvieron a montarme! ¡Volvieron a usarme! —gritó, mirando a su alrededor, como si pudiera volver a ver a esos mismos hombres delante de ella—. Lloré, grité. Pensé repetidas veces, como si fuera un mantra: Por favor, ellos tienen que salvarme. El clan Hyûga es el que cuida del mío, tienen que ayudarme. Los demás… Hasta el Uchiha debería de sentir empatía por nosotros. Neji es importante. Lee es importante.

—Nadie llegó —balbuceó.

Tenten gritó una afirmación.

—Nadie. Nos abandonaron. Porque somos de dos clanes bajos, que sólo servíamos para limpiar el culo de los jefes.

Dio una palmada.

—¿Y un día? Nos enteramos de que las líderes estaban vivas. Niñas que estaban heredando. Hinata… ¡Oh, tu adora prima! Fingiendo que yo no existía, quedándose con todo. Me abandonó como una perra que sacrificaba.

Lee asintió, cerrando los ojos para luchar contra las lágrimas. Los recuerdos del pasado eran agridulces.

Recordaba cómo le había gustado Sakura. Esa niña dulce y adorable que correteaba por todos lados inagotable. Recordaba cómo le había entregado una flor y en la forma en que ella le había agradecido, hasta besado su mejilla. Y sin embargo, cuando le vio esa vez, fue como si viera un fantasma.

Ahora, seguramente, ni siquiera lo vería como hombre.

—Os buscamos…

—¡Mentira! —interrumpió Tenten, furiosa—. ¡Si lo hubierais hecho…!

Tomó aire, callándose y retrocediendo.

—No, no —negó levantando las manos para alejar a Neji de ella—. Está bien. Tu fuiste castigado también para mantener esa mentira. Lo comprendo. Eres una víctima más.

Se cerró la bata para mirarlos.

—¿Habéis llamado a todas las manos que conocéis y podéis comunicaros?

—Sí —respondieron casi al unisonó.

Tenten sonrió.

—Bien. Entonces, vamos a ver cómo termina este nuevo espectáculo. Por cierto —añadió—. ¿Qué tal va lo de los fuegos especiales?

Lee negó.

—Nada todavía. Ya sabes que hasta que no se alteren sus signos vitales, no funcionará. O que la mojen.

Tenten chasqueó la lengua.

—Ha sido una mala jugada, lo reconozco —dijo tocándose los labios—. Hemos de pensar otra cosa. Otra más interesante. Ahora tengo tiempo, mientras que ellos juegan como ratones para ver qué harán.

—Si la bomba explotase, se llevaría consigo bastantes víctimas importantes —indicó Neji arrastrando las palabras—. Cuando he llamado a Kankuro me ha dicho que como su hermana o hermano murieran, iba a destriparme como una marioneta. A sí que… Gaara está allí.

—¡Oh, dios mío! —exclamó Tenten frustrada—. ¡Deberíamos de haber enviado una con detonador! Podría apretar el botón y… ¡Vacaciones de carne para todos!

Se alejó, riéndose. Lee se sentó, frotándose los cabellos y el rostro. Neji se acercó a él. Le puso las manos en los hombros, con la boca tensa.

—No tienes la culpa, Neji —le dijo—. No necesitas disculparte. No sé por qué no nos buscaron, y no puedo perdonarles, pero… estamos vivos. Y es justo que queramos nuestra venganza.

.

.

Shikamaru estaba un humor de mil demonios. No era para menos. Comprendía que el resto quería ayudar, que todos tenían una condenada idea, pero que ninguna servía. Ni siquiera ser tan inteligente le servía en ese momento. ¿Qué había aprendido sobre bombas? ¡Nada, joder! Ni una sola condenada cosa. Porque eso era algo de lo que se encargaban otros. Él era la carne de cañón.

Temari le miraba sentada en la cama, con un gesto tranquilo que estaba asustándole. Habría preferido que se asustara, que gritara por ayuda y, sin embargo, continuaba con toda la tranquilidad del mundo esperando. Como si no fuera a estallar en mil pedazos.

Todo había comenzado normal. Con ellos despertándose, listos para enfrentar otro día de mierda con muertes y una líder empecinada en no dejarle hacer su trabajo. Se había metido en la ducha y, al salir, vio a Temari dejando una caja en la cama y con algo brillando en su muñeca. Él se había acercado, curioso.

—Gracias por el presente —le dijo—, pero realmente no necesito joyas.

Él, frunciendo el ceño, miró la caja y la joya en su muñeca.

—Yo no te he comprado ninguna joya.

Ambos se habían mirado aterrados. Pero en ese mismo momento, la pulsera había saltado como un enganche. Sacó pinchos de su alrededor, semejantes a las patas de una araña y antes de que pudiera impedirlo, se aferraron a la carne de Temari. Sangraba todavía.

—Es una bomba. —Fue ella la que reaccionó. Mantenía una actitud tranquila a medida que se sentaba sobre la cama—. Las conozco. Mi padre pidió algunas para sus enemigos cuando éramos pequeños. Le vi usarlas. Se clavan en tu piel, hasta que te vuelves histérico y explotan. Las solía utilizar para…

—Interrogar.

Temari asintió, lamiéndose los labios.

—Se enlazan con el portador de esa forma. En el momento en que el pánico llega… explotas. Las de mi padre tenían una carga mínima, para matar al usuario y nadie más. Esta, estoy segura de que pretende matar más que a mí.

Cerró los ojos, tomando aire.

—Soy una estúpida. Debí de darme cuenta que tú no me regalarías algo sin más. No eres de esa clase de hombre.

—Puede que sea de esa clase de hombre —bromeó—, pero te lo daría en mano. No lo dejaría en la cama.

Temari asintió, pensativa.

—Ha debido de entrar cuando he ido a coger el cepillo antes de que entraras en la ducha.

—Debe —asintió—, le encontraré.

Y lo había hecho. Pero el muy hijo de puta se había volado la cabeza de un disparo. Le revisaron la lengua por si acaso mas no hallaron señal alguna de que perteneciera a la raíz.

Gaara llegó poco después y cuando reconoció la misma bomba, maldijo. Informaron al resto de clanes para seguridad y, por suerte, Shino Aburame apareció como caído del cielo.

Sin embargo, su paciencia empezaba a desvanecerse a medida que pasaba el tiempo y la colcha de su cama se cubría de sangre.

—¿Puedes bajar el volumen de explosión? —preguntó Temari. Shikamaru entendía a qué se refería cuando hizo esa pregunta, pero obviamente, iba a ignorarle.

—Temari —murmuró Gaara.

Su hermana lo miró con rectitud.

—Tú ni siquiera deberías de estar aquí, Gaara —le dijo—. Vete a trabajar. Matsuri no debería de estar aquí tampoco. Lo sabes. Estás expuesto al estar en este lugar.

Gaara había fingido marcharse, quedándose fuera, haciendo llamadas que también parecían frustrarle.

Naruto llegó poco después. Por supuesto, era tan inútil como los demás en cuanto a temas de bombas y sólo podía quedarse a mirar y mantenerlo distraído. Y dios, podría matarlo ahora mismo si continuaba hablando.

—No vas a bajar la potencia —le indicó a Shino—. Desactívala por completo.

—Nara. Con órdenes y presión no me ayudas —indicó el hombre ignorándole mientras continuaba observando la pulsera.

—No me toques los…

—Shikamaru Nara.

La voz de Ino le interrumpió. Cerró la boca de golpe. Ino se acercó más a ellos. Le había ordenado que se marchara de la casa a otra segura, pero Ino se había negado. Especialmente, no quería separarse del detective y no estaba por la labor de organizar el traslado de un herido que no le importaba lo más mínimo en ese momento.

—Muchas gracias por la ayuda —agradeció Ino en su lugar.

—No es nada, Ino-dono —aseguró Shino inclinando levemente la cabeza—. Es mi trabajo y somos aliados.

Ino cabeceó, satisfecha.

—Bien, pues asegúrate de salvar nuestro trasero. Y deniego el hecho de que bajes la potencia.

Temari abrió la boca, incrédula. Ino le sonrió, amable.

—Eres de mi familia ahora. No voy a sacrificarte.

Temari enrojeció. Tomó aire para controlarse y desde entonces, lo miraba como una calma sosegada que le mantenía en vilo.

Repentinamente, los teléfonos interrumpieron sus pensamientos para traer la siguiente noticia. Las manos fueron descolgando y escuchando. Gaara miró hacia ellos fijamente, helado. Cuando fue su turno de contestar, Shikamaru no sabía bien cómo interpretar esa información. El único que se mantenía ajeno era Naruto, que miraba su móvil, incómodo, como si esperase que alguien también le llamara.

Aunque lo dudaba.

Shikamaru tiró de él hacia fuera, casi arrastrándolo.

—¡Oye, espera, Shikamaru! —ordenó Naruto sorprendido. Gaara los siguió, comprendiendo la situación, junto a Choûji e Ino—. ¿Qué ocurre?

—Eso me gustaría saber —dijo Ino, quien todavía no conocía la noticia. Shikamaru sabía que ocultárselo era una idiotez por completo.

—¿Has dejado embarazada a Hinata Hyûga?

Gaara fue directo, simple y firme. Naruto palideció a la par que Ino cubría su rostro, sorprendida y Choûji metió más patatillas de lo normal en su boca.

—¿Qué diablos es esto? —cuestionó Naruto—. ¿Es alguna clase de broma?

A la par que hablaba, su móvil sonó. Naruto lo descolgó, incómodo.

—Sakura-dono. Sí… estoy en… ¿Qué? Ahora… ¡Ahora mismo voy! —Se volvió hacia ellos, todavía aturdido—. Lo siento, tengo que irme.

Hizo una reverencia.

—¡Espera, no…!

Pero Naruto ignoró a Ino y se marchó. Los cuatro se miraron entre sí.

—Explicaros —ordenó Ino, frustrada.

—Hemos recibido una llamada de Neji Hyûga.

—De Lee, en mi caso —indicó Gaara inclinando la cabeza como asentimiento—. No sé cómo ha conseguido el teléfono de mi hermano, pero lo tiene.

—¿Y qué decía?

—Hinata Hyûga. ¿Sabías que estaba embarazada?

Ino negó. Había estado más concentrada en sus propios asuntos que era natural que se le hubiera escapado esa información.

—Los dos han afirmado que es Naruto Uzumaki el padre de la criatura que lleva en su vientre —terminó Gaara, cruzándose de brazos—. Al parecer, están esparciendo ese rumor.

Ino se frotó el ceño, le quitó el móvil de las manos para llamar. Al no recibir respuesta, maldijo. Miró en dirección al dormitorio donde descansaba el detective, luego al de Temari.

—¡Mierda! Necesito respuestas a eso —exclamó.

—Lo averiguaré —prometió Gaara dándoles la espalda. Se detuvo—. Nara.

Él asintió sin necesidad de que se lo dijera.

—Salvaremos a Temari.

Entonces, el Yakuza se marchó. Tomó de la mano a su secretaria, sus guardaespaldas le siguieron, y dejó atrás a su hermana, confiándosela a ellos. Shikamaru se volvió hacia Ino.

—Si es cierto que Naruto es el padre…

—Sí —confirmó Ino—. Sakura va a tener muchos problemas encima. Y Hinata también.

Alguien jadeó, aliviado, desde la habitación. Shikamaru miró hacia ella.

—Ves —ordenó Ino.

Obedeció. A la par que el médico entraba, Shino salía con la pulsera desarmada para entregársela a uno de sus hombres.

—Aburame —nombró.

—De nada —respondió éste—. Por cierto —añadió—, ¿esa llamada…?

—¿Te ha llegado?

—Hinata-dono me ha enviado mil mensajes advirtiéndome de que Kiba está furioso con Naruto. Si le veo, debo de detenerle —explicó—. ¿Es cierto que es el padre?

Shikamaru se encogió de hombros.

—No tengo ni idea —confesó—. Pero lo sea o no… No pueden pelearse. Eso infringiría el pacto.

Shino suspiró.

—Lo sé.

Después, se marchó.

Ino se acercó a ellos para observar la muñeca de Temari, quien todavía mantenía la calma mientras los miraba a todos. El médico terminó.

—Estará bien. Quedará señal, pero… se curará.

—No me importan las cicatrices —descartó Temari.

—No digas eso —protestó Ino—. Después te daré una crema que es fantástica para las cicatrices.

—Muchas gracias, Ino-dono —agradeció Temari.

Ino asintió. Los observó un momento y, después, salió, cerrando la puerta tras de sí. Entonces, Temari desfalleció.

Si hubiera estado más lejos no habría sido capaz de sujetarla a tiempo. La aferró de las axilas antes de que sus rodillas tocasen el suelo. Luego, con cuidado, la sentó de nuevo sobre la cama. Temblaba.

—Lo siento… —se disculpó, rompiéndose—. Lo siento.

Shikamaru mandó al cuerno el mundo. La rodeó con sus brazos, pegándola contra su cuerpo, acomodándola en la seguridad que su cuerpo era capaz de otorgarle.

—Condenada mujer de hierro —le dijo—. ¿De qué te disculpas? No tienes la culpa de nada.

Ella suspiró en el llanto.

—No debí de ser tan ingenua. No debí de…

El sonido de un disparo la interrumpió. Shikamaru se levantó, sosteniéndola de los hombros. Temari posó una mano sobre la suya.

—Ves.

Él dudo. Por primera vez en su jodida vida no quería separarse de ella.

—Vete. Si no vas, no te lo perdonaré.

Shikamaru juró que después, aunque le costara la jodida vida, iba a hacerle el amor a esa mujer.

.

.

Sai despertó al escuchar los susurros. Al principio, eran como voces lejanas que parecían estar conspirando, después, se volvieron más cercanos, hacia su rostro. Sintió el aliento en su piel y le asqueó. Tuvo que parpadear diversas veces para enfocarse en el hombre sobre él.

Ignoró el dolor en su cuerpo cuando reconoció el tatuaje que le mostraba. La raíz. Un enviado.

—Danzô te envía sus saludos.

Sai sintió que el cuerpo se le helaba. Sabía lo que eso significaba. Era la carta de despedida. Si él no activaba la bomba que llevaba en su lengua, otros debían de terminar con su existencia. Que le capturase la Yakuza implicaba que la raíz dejara de confiar en él. Aun no hubiera abierto la boca.

—Todavía no —dijo.

El asesino se encogió de hombros. Sacó su pistola con suma tranquilidad. Sai miró a sus pies. Dos guardaespaldas yacían en el suelo, a los que, seguramente, había abatido. Todavía escuchaba voces fuera, algunas risas de felicidad y pasos que se alejaban de la habitación.

—Que llegase esa dichosa pulsera para la nueva mujer Nara, ha sido perfecto.

No entendía a qué se refería. Su comprensión acerca de esa mujer era simplemente el deseo de matarla tras lo que le hiciera. La suerte suya era no tener un tacón clavado como le prometió. Aunque había estado tan cerca de matarla…

Eso lo llevaba a pensar en Ino. Era irónico que sus últimos pensamientos fueran a ir hacia ella. Esa mujer le había intoxicado. Desde el fondo, destapando las tapas que él se había impuesto, que la raíz había marcado y ahora… joder, estaba tirado en una cama, con el cuerpo ardiendo y con un tipo a punto de borrarle del mapa y sólo podía pensar en que podría haberla besado más.

Lo que más se arrepentía era de no haberla desnudado cuando tuvo oportunidad. Al menos, podría llevarse ese buen recuerdo a la tumba.

—¿Algo que decir?

Sai volvió a enfocar al asesino. Ya apuntaba directamente a su cabeza.

No logró abrir la boca. ¿Qué podría decirle? No tenía con quien despedirse, no serviría de nada dejarle un mensaje para Ino. Eso sólo le daría la oportunidad de matarla.

Y dios, cómo le hinchaba las pelotas pensar que fuera capaz de poner un dedo encima de ella. Frunció el ceño.

—Vaya. Esa mirada me indica que tienes ganas de vivir y de luchar. Una pena, sin embargo, que no vayas a hacerlo. Tus sesos decorarán muy bien esta…

La puerta se abrió antes de pudiera terminar la frase. Alguien gritó. El espía se volvió para apuntar. Sai sólo alcanzó a ver el cabello dorado antes de reaccionar. Levantó la mano sana y aferró de los testículos al muy hijo de puta. El tipo gritó, maldiciéndolo, pero eso significó su final. El disparo le atravesó la frente como un bonito lunar.

Le vio caer y la escuchó a ella jadear. Cuando la miró, estaba en el suelo, de rodillas. Había logrado coger la pistola de la cartuchera de uno de sus guardaespaldas fallecidos. Fue rápida y letal.

Y dios, eso… Eso era increíble. Esa mujer era pura fuerza. Era la chispa de la vida que él no podía tener. Pero acababa, de nuevo, de salvarle la vida.

Ino gateó hacia él y tomó su mano en el mismo momento en que todos sus protectores entraron. Nara se detuvo para observar a su alrededor, percatándose enseguida de la situación. Con dos simples gestos puso a sus hombres a trabajar. Uno de ellos se arrodilló junto al asesino.

—Tiene la lengua marcada —dijo antes de que le abriera la boca—. Era un asesino de la raíz.

—Es correcto —confirmó el hombre que inspeccionaba el cadáver—. Tiene el tatuaje.

Ino se volvió hacia él.

—No puede ser. Si era de la raíz… ¡Iba a matarte!

Sai asintió. Cerró los ojos, dolorido.

—En el momento en que me capturasteis, dejé de ser útil para la raíz. Pusisteis mi nombre en la lista negra de Danzô. Así que ahora, sólo soy algo peligroso que sabe demasiado y que le estorba en sus planes.

—Así pues, ahora eres una víctima —determinó Ino mirando a los otros. Sai la miró a ella.

—Sigo siendo detective, belleza —le recordó—. Que no muera, no me saca de mis deberes y mi deber siempre fue encontrar al asesino de Asuma Sarutobi. Indiferentemente de lo que quiera Danzô hacer conmigo.

Shikamaru caminó hasta ponerse a sus pies. Ino levantó la mirada hacia él. Se frotaba el mentón, pensativo. Aunque pareciera desear en otro lugar que no fuera ese, continuaba con su tarea como la mano de Ino Yamaka.

—Ahora mismo eres una víctima, alguien a quien, nos guste o no, tenemos que proteger.

—Espera… —balbuceó.

Shikamaru no lo hizo. Abrió su boca con una sonrisa superior, una que le habría gustado borrar de su cara.

—Eres un jodido detective corrupto. Felicidades, has subido de nivel.

.

.

No. No. No. Mil veces no.

Su cabeza no cesaba de negar y su cuerpo se ponía rígido de sólo pensar en ello.

Reconocía que había hecho muchas locuras en su vida. Que no debería de haber hecho, desde luego, pero nunca se habría acostado con ella. Nunca la habría dejado embarazada y ella no era la Hyûga que buscaba.

Hinata Hyûga y él nunca se habían acostado.

¿Cómo podían pensar eso, además? ¡Era una monja en persona! Además, cada vez que se veían se desmayaba y él no habría sido capaz de abusar de ella ni borracho. Además, los recuerdos que acudían a su mente, de esa mujer fogosa, no eran para nada Hinata Hyûga.

No.

Nada más detenerse el coche frente a la puerta del hogar, saltó. Había ya otros tres coches aparcados y nada más pasar la primera puerta, le vio.

Shisui Uchiha, apostado en la entrada como un perro guardián. Le miró enarcando una ceja, casi como si estuviera reteniendo una carcajada.

—No has podido evitar cagarla. ¿Verdad, Uzumaki?

Naruto gruñó como respuesta.

—No he hecho nada —respondió al final—. No sé qué mierdas hacéis aquí.

—¿Tú que crees? Todo el esfuerzo de Itachi porque respetaran a Sakura-dono acabas de tirarlo por la borda por meterla donde no debías.

No.

—¡Que no he…!

—Naruto.

La voz de Sakura interrumpió su protesta, pero no la mirada de ira que le dejó. Shisui simplemente silbó antes de que cerrase la puerta.

En el salón principal estaban sentados en fila los nuevos consejeros del clan Uchiha. Frente a ellos, Sakura y Sasuke se mantenían sentados de rodillas, en una postura correcta de espalda rígida. Esperaba ver una mueca de regaño en el rostro de Sakura, pero no la encontró.

Se inclinó por educación y respeto más a Sakura hacia el consejo.

Uno de ellos se acarició una puntiaguda barba oscura que empezara a encanecer.

—Justo estábamos esperando que osaras presentarte ante nosotros, Uzumaki.

—Mis disculpas —habló Sakura antes que él—. Lo envié a casa del clan Yamanaka para intentar ayudar. Después del tratado y pacto, es lo menos que puedo hacer.

—No nos importa, realmente, lo que ocurra con un marcado, Sakura-dono —indicó otro de los representantes. Con el cabello tan negro que brillaba y los ojos pequeños—. No merece nuestro tiempo. Sin embargo, es por su causa que nos hemos tenido que mover hasta este lugar. ¿Es cierto el rumor? ¿Ha dejado embarazada a Hinata Hyûga?

No.

—¡Claro que no! —exclamó sentándose junto a Sakura—. ¡Ese niño no es mío!

Sakura suspiró lentamente. Naruto la miró, consternado.

—¡Vale, reconozco que tengo fama por haberme acostado con alguna que otra Líder!

—¿Alguna que otra? —cuestionó Sakura irritada—. ¿No fue suficiente con Karui?

—Bueno, es que Ino-dono…

—¿¡Con ella!? —exclamó Sakura levantándose—. ¡ Ay, por dios, Naruto!

Se sintió terriblemente avergonzado.

—Es que ella quería saber lo que se sentía por acostarse con un marcado y…

—Un marcado al que se le prohibió completamente relacionarse y tener descendencia —recordó otro hombre del consejo. Alto y delgado, casi como si fuera un espárrago en medio de un campo de mariposas—. Ridículo. Debimos de castrarte en su momento.

—Por favor, no me ofenda insultándome de ese modo —intervino Sakura, firme—. Me gustan que ambas manos sean como son, gracias.

—Tonterías —descartó el primer hombre—. La castración no impide el deseo sexual. Podría haber hecho uso de él perfectamente, Sakura-dono.

Sakura enrojeció con la inesperada acusación. Naruto chirrió los dientes.

—Sakura-dono es demasiado respetable como para utilizarme para esos actos —indicó—. Y es consciente de que soy un marcado. Sasuke es el perro y yo la marca. Somos conscientes de eso sin necesidad de que me lo recuerden. Ahora, les aseguro que no he tenido nada que ver Hinata-dono.

Sakura se sentó una vez más. Temblaba y claramente, estaba haciendo grandes esfuerzos por controlar su ira. Naruto no sabía si eso era un punto a su favor o no. Buscó la mirada de Sasuke, pero este miraba fijamente a los consejeros.

—En realidad, no están aquí para recordarme qué son mis manos. ¿No es así? —cuestionó Sakura para su sorpresa—. Conozco los tratados mejor incluso que ustedes. Itachi logró que el nuevo consejo fuera más permisivo, pero hay reglas que ni ustedes pueden ignorar. Especialmente, cuando se trata de otra líder. Así que tienen que fingir ser crueles para parecer los malos cuando son los antiguos lideres y sus consejos los villanos de todo esto. No obstante, tienen que hacerme pagar por los pecados de mi mano. ¿Qué será?

Los hombres enderezaron la espalda, sonrojándose incluso. Alguno que otro carraspeó. Y todo estaba bien excepto una cosa.

—Sakura-dono —nombró—. ¿Por qué va a aceptar el castigo por algo que no he hecho?

Sakura no le miró. Continuaba mirando con firmeza a los otros, ignorándole. Empezaba a estar harto. La asió de los hombros para volverla hacia él.

—¡Sakura-dono!

—¡Idiota! —exclamó Sasuke repentinamente. El golpe fue directo contra su cabeza, obligándolo a retroceder—. Muestra respeto o te abriré en canal.

Naruto le miró espantado. No por la amenaza en sí, sino por su forma de actuar.

—Ese niño deberá de ser marcado igual que fue su padre —comenzó el segundo de los consejeros.

Naruto palideció. La boca se le hizo agua y las ganas de vomitar incrementaron. No quería recordar aquel día. No. La forma en que lo sujetaron como si fuera un animal. El olor de su propia carne, la vejación y la vergüenza que no comprendía.

Hasta ahora se había mantenido muy cuerdo a la hora del sexo. Mantuvo su miembro siempre bien cubierto y nunca se adentraba en una mujer sin ello. Sabía perfectamente que no debía de dejar descendencia, jamás sería capaz de ver a algo que formaba parte de él sufrir del mismo modo.

—Me niego rotundamente.

Sakura se cruzó de brazos.

—Hasta que no se confirme el ADN y se asegure que realmente mi mano es el padre, no acataré esa orden y dado que el permiso para averiguar la línea sanguínea de un niño nacido en el clan no es hasta los seis años, no lo aceptaré. Tampoco pondréis las manos encima de un bebé para marcarlo. No volverá a pasar delante de mí y si lo hacéis a mis espaldas…

Tomó la espada de Sasuke antes de que ninguno reaccionara, clavándola justo delante de los consejeros, quienes retrocedieron, sorprendidos.

—Os cortaré la lengua, los pies y las manos y os dejaré ver toda la crueldad de la que seré capaz —prometió—. Y si no me satisface lo suficiente, os abriré en canal y os comeréis las tripas del otro mientras aún está con vida y sale de su interior, calientes y rebosantes de sangre.

La amenaza les obligó a tragar.

Escuchó a Shisui estornudar en el exterior, pero juraría que le había parecido más una risita oculta que otra cosa. Y no despreciativa, desde luego. Porque hasta él estaba con la boca abierta.

—Ahora que hemos dejado al niño de lado —continuó Sakura devolviéndole la espada a Sasuke y sentándose mientras los miraba con una sonrisa tensa y falsa de dulzura—. Vamos a la parte que realmente esperabais llegar. Formularlo.

Los consejeros parecieron dudar.

—Se deberá de casar —comenzó uno de ellos, tartamudeando—. Como el pacto con Sasori fue cancelado, se casará con Itachi Uchiha antes de que nazca el bebé. Tiene ocho meses. Después, todas las actividades del clan Uchiha pasarán a estar bajo su mando y usted perderá los derechos sobre el clan una vez tenga su primer heredero.

La risita de Sakura no se hizo tardar. Ocultándola bajo la mano.

—Eso no es… —comenzó Sasuke. Sakura lo interrumpió.

—Lo haré. Me casaré con él.

Sasuke se levantó y él le imitó. Antes de que ninguno pudiera abrir la boca, su nombre llegó desde el exterior.

—¡NARUTO UZUMAKI! SACA TU CONDENADO TRASERO AHORA MISMO AQUÍ.

Naruto miró a los demás sin comprender. Se acercó a la puerta seguido por el resto. Shisui no podía ya acallar las carcajadas.

—Diablos, qué bien la has armado, chaval. Eso por meterla en la vagina equivocada.

No.

Movió el brazo automáticamente. Su puño golpeó a Shisui directamente en la cara y se volvió, atónito, ante ello.

—¡Naruto! —regañó Sakura asombrada.

—Lo siento, yo… —Se miró la mano, incrédulo.

—¡NARUTO!

Kiba Inuzuka estaba en la puerta, furioso. Se quitó la chaqueta y la camisa, tirándolas al suelo. Mostró con orgullo sus tatuajes, golpeándose el que representaba al clan Hyûga con devoción.

—¿¡Cómo te has atrevido a…!?

Antes de que pudiera terminar la frase un pie lo golpeó, tirándolo al suelo. Con los ojos muy abiertos, miraron la situación que hasta parecía algo cómica.

Kiba se incorporó como un perro furioso.

—¿¡QUIÉN DEMONIOS ERES!? ¿Ah? ¡No te metas en esto!

Una joven lo aferró de los cabellos, sin importarle que se viera sus armas, que le gritase o achantarse por su tatuajes, que claramente lo marcaban como un Yakuza.

—¿¡A quién diablos crees que estás gritando!? —gritó a su vez—. ¡Me acabas de robar la bici! ¡Me dejas a tu perro a cambio! ¡Y encima tienes la cara de quejarte! ¿Y qué modales son esos de desnudarse enfrente de la casa de los demás en medio de la calle? ¡Degenerado! ¡Ladrón!

Kiba estaba tan patidifuso como ellos, porque se había quedado sin habla. Y no era para menos. La mujer empezaba a sacudirlo como si fuera un simple objeto inanimado.

—Nosotros nos retiramos —informó un consejero—. Sakura-dono, cuando esté preparada, establezca una fecha y prepararemos todo lo indicado para vuestra boda.

—Por supuesto —aceptó Sakura aceptando la inclinación de cabeza.

Shisui se detuvo a su lado. Antes de que tuviera tiempo de reaccionar, mientras sonreía, su mano encajó contra su estómago, doblándolo.

—No vayas de gallito, chaval.

Después, siguió a los consejeros, para subirse en el coche y desaparecer.

Naruto decidió ignorar a Kiba, volviéndose hacia los otros dos.

—¿De qué iba todo esto? ¿Por qué ha aceptado? —cuestionó entrando para seguirles.

Sakura se detuvo en medio de la habitación, suspirando, frustrada. Sasuke parecía haber enmudecido de una forma inesperada.

—¡Os digo que no es mío!

—Es tuyo.

—¿Qué? —cuestionó casi sin aliento. Sakura le miraba con una tristeza sincera que le atormentaba—. Sakura-dono… eso es…

—La mujer Hyûga que has estado buscando durante todo este tiempo siempre ha sido Hinata. Ella lo recuerda todo. Todo. Y está embarazada de ti. Ese niño, es tuyo.

El mundo se quedó en silencio. O era él el que no podía escuchar. Sakura continuó hablando y no estaba seguro de qué. Su mente se había bloqueado por completo. Forzando la máquina.

Los recuerdos acudieron a su memoria en ese instante. Fuera casualidad o no, la verdad estaba ahí.

Recordaba haberla visto en la fiesta, beber de más y reírse con otros. Recordaba que él se había acercado al reconocerla mejor, que espantó a los hombres, pese a que estaba ya tan bebido que bien podrían haberle dado una paliza. Recordaba cómo se quedaron solos mientras bebían. Ella, frustrada por todo lo que tenía que vivir, él, por el simple hecho de pensar que debía de cuidarla.

En algún momento, su mente bloqueó el deber por el deseo. Cuando se lo ofreció, ella aceptó y ambos subieron al ascensor, a la habitación que había reservado de alguna jodida forma.

Y se desnudaron, se besaron, se tocaron y se unieron de mil formas posibles. Se enamoró de ella, se empapó de todo y no le importó una mierda quién era. Ya no era la líder a al que debía respeto. Era la mujer que le deseaba.

Y esa vez, era cierto. Esa fue la única vez en su vida de marcado que no utilizó protección.

La única vez en que acababa de joderle la vida a una líder y a una criatura que no había ni nacido.

El no se había convertido en un sí.

.

.

Sasuke notó el momento en que Naruto se perdió. La oscuridad lo dominó. Su primera intención fue echar hacia atrás a Sakura y protegerla, pero lo que quedara de cordura en él la ignoró. Bajó los escalones de la entrada mecánicamente y avanzó hacia la salida. Kiba se levantó de un salto y aferró a la mujer para apartarla. No era tan estúpido.

Después, giró hacia su derecha y se perdió entre las calles.

—Deberíamos detenerle —dijo Sakura.

—No. Necesita pensar.

—¡Podría…!

—Sin tu permiso, no.

O eso esperaba. Que mantuviera algo de lucidez como para recordar que era un buen perro.

Ahora, tenían otros temas que tratar. Naruto era la causa de uno de ellos, pero no podía dejar sola a Sakura e ir directamente a por él. Eso sólo aumentaría el caos que tenía en su cabeza en esos momentos y él, lo comprendía bien.

Se acercó a Kiba, quien enderezó la espalda para mirarle con una mueca frustrada.

—Ustedes lo sabían. Sólo él era el idiota que fingía que no.

—No —negó—. Naruto no sabía nada hasta ahora. Su insistencia en buscar a la Hyûga que recordaba debería de darte esas pistas. Mantuvimos en secreto todo esto para protegerlos. Es un marcado, pero sigue siendo una persona. Y de las mejores.

—Nunca pensé que te escucharía decir eso, Uchiha.

—Díselo a alguien y te mato.

Kiba chasqueó la lengua.

—Realmente quería matarlo. Darle una paliza al menos. Hinata ha defendido su nombre incluso a costa de hacerse daño. No le importó nada dejarla embarazada.

Sasuke suspiró. No era su deber decirlo, pero necesitaba a ese condenado con vida.

—Está enamorado de ella.

Kiba se quedó en silencio. De un mutismo que era realmente extraño en él. Se rascó los cabellos a medida que iba comprendiendo. A Sasuke a veces se le complicaba que otras manos fueran tan lentas para digerir la información. Aunque ya estaba vacunado gracias a Naruto.

—¿Es consciente de que es una líder?

Sasuke se llevó una mano al pecho, maldiciendo para sus adentros. Era casi como si le hicieran la pregunta a él mismo.

—No lo sabía. Él buscaba a otra Hyûga. Jamás dijo nada de Hinata, ni se le ocurrió pensar en ella.

Al menos, hasta donde llegaba su conocimiento. Porque ni siquiera sabía que se había acostado con Ino. Karui sí, pero Ino… Dios, esa mujer era sofocante e insistente y le gustaba tentar, sacar de quicio a su mano y un sinfín de más cosas de las que prefería no pensar.

—Entonces. ¿Sucedió por arte de magia? —cuestionó sarcástico Kiba—. Es cierto que Hinata cambió al volver del hotel. Se desmayaba con frecuencia cuando veía a Naruto, pero pensé que era por el embarazo.

—No puedo hablar de los sentimientos de Hinata —indicó—, pero Naruto es de ese tipo. Aunque nunca ha buscado a una mujer con esta insistencia, creo que en algún momento se habría detenido si la cosa hubiera ido a más por parte de ella. Así pues, que Hinata-dono no le ame, es un bien beneficioso para él. Ahora, no eches todas las culpas sobre Naruto.

Kiba arrugó su rostro en una mueca de furia. Cuando lo atrapó del cuello de la camisa ya se lo esperaba.

—¡Cuidadito con lo que estás hablando, Uchiha! —exclamó—. Hinata-dono nunca se rebajaría a la misma clase que podría ser Ino-dono con los hombres. ¡Ella…!

—Es una mujer y tiene sentimientos. No es un mueble.

Ambos guardaron silencio. Kiba enarcó una ceja y él negó con la cabeza para confirmar que no habló. Era la mujer que hasta ahora había estado echándole la bronca a Kiba por robarle la bicicleta.

—¿Qué? —cuestionó al notar que la escrutaban de una forma incrédula y descarada—. ¿Os sorprende?

—No —descartó indiferente.

—No, sí… no. —Kiba hundió ambas manos en sus cabellos, frustrado—. Es cierto que siente, pero… es una Líder y… El problema que se nos viene encima es horrible.

—Y tú la estás dejando solo —recalcó Sasuke encogiéndose de hombros.

Como si acabara de percatarse de eso, Kiba maldijo entre dientes. Al volverse, la mujer lo atrapó del brazo.

—¡No vas a huir!

—¡Suéltame, maldita sea! Tienes tu bicicleta ahí, llévatela. Gracias por traer a Akamaru —añadió haciendo una reverencia.

—Si todo se arreglase así no existiría la policía —protestó la mujer, terca.

Ambos se miraron y esa vez, la misma mueca de burla se dibujó en sus rostros.

—Nena —nombró Kiba, más seguro, más directo—, te aseguro que la policía pasa poco por este barrio. ¿Eres consciente de dónde estás?

Ella miró a su alrededor.

—Konoha.

—Sí —confirmó el Yakuza—. En una de las zonas más peligrosas.

Como si se percatara por primera vez, la mirada femenina se posó sobre las cartucheras y las pistolas. Abrió mucho la boca, sorprendida.

—¡Vaya por donde! ¡Entonces, puede que puedas ayudarme! —exclamó—. ¿Dónde vive Hinata Hyûga?

El rostro de Kiba cambió automáticamente al de una Mano responsable. Enderezó la espalda.

—¿Qué buscas de ella?

La muchacha dudó, pero después se inclinó.

—Soy Tamaki y vengo de parte del clan Ōtsutsuki. Traigo noticias para ella y un posible pacto.

Sasuke dio un paso hacia ella.

—Tu clan atacó a dos familias de clan hace poco.

—Lo sé —confirmó Tamaki sin bajar la mirada—, pero es algo que a mi no me atañe. Solo soy una mensajera. Nada más.

Sasuke entrecerró los ojos. Entonces, ya era asunto de Kiba.

Sintió un escalofrío de alerta en su espalda. Se volvió, raudo, para no ver nada. Ni una sombra, ni una figura. Nada. Volvió su interés hacia la casa. Sakura parecía hablar con alguien que no lograba captar.

—Uchiha.

Se detuvo antes de dar el primer paso.

—¿Te importa si cogemos uno de vuestros coches?

—No —negó—. Úsalo. Aunque…

Agudizó el oído. No. No lograba captar las voces. Pero sí escuchaba un coche acercarse. Lo reconoció en seguida. Kiba también.

—¿Quién?

Al llegar a su altura, Shino bajó la ventanilla.

—Deja de hacer el idiota y volvamos con Hinata-dono —ordenó—. Te estás pasando, Kiba. Es suficiente.

Kiba elevó una ceja. Con la boca tirante, abrió la puerta.

—Tamaki, por favor, suba para impedir que mate al bicho este —ordenó.

La mujer asintió y entró poco después.

—Después os contaré cómo va la cosa, pero… —comenzó Inuzuka antes de subir—, que Naruto no se acerque a Hinata. No lo digo de broma, Uchiha.

Sasuke se encogió de hombros.

—No prometo nada.

—Ella no quiere verle —apremió—. Que no se haga ilusiones.

Después, subió al coche. Sasuke no esperó a que se alejaran para entrar, pero Sakura ya no estaba. Buscó a los guardaespaldas.

Irritado, empezó a ponerse más nervioso.

—¿Se te ha perdido la presa, Sasuke?

Se detuvo en seco al escuchar la voz. Kakashi tomaba un té, sentado con suma tranquilidad en el lugar preferido de Sakura hacia la terraza.

—¿Dónde está? —le preguntó.

—En el baño. Es humana. Por lo tanto, suele tener necesidades fisiológicas. ¿Comprendes?

Sasuke entrecerró los ojos. Volteó sobre sus pies y se acercó hasta la puerta, golpeando dos veces.

—¿Se encuentra bien, Sakura-dono? —preguntó, usando el honorífico por educación frente a Kakashi.

—¡Sí! —respondió ella—. Haz el favor de echarte atrás.

Lo hizo, pero no se alejó.

—Un día duro. ¿Eh?

Kakashi le miró desde su posición.

—Deberías de saberlo ya.

El espía suspiró.

—No te enfades como si fueras un crío. No lo eres ya —aseveró.

Sasuke deseó estrangularle.

—Debes de aprender que los adultos tienen restricciones que cumplir, decisiones que tomar y problemas que enfrentar. Y no todos esos problemas se marcharán una vez los hayas atravesado con una espada. Al contrario, te crearán más problemas.

—Puede llegar a dar cierta satisfacción, sin embargo —indicó.

Kakashi encogió los hombros y levantó una mano con la palma hacia arriba.

—Y con ellos, herir también a tus seres queridos. Lo que a ti te supone un subidón, a otros arrastran al dolor. Qué poético —enfatizó—. ¿Crees que debería de escribir libros en vez de leerlos?

Sasuke creía que estaría mejor con uno dentro de la boca, pero no lo dijo.

—Olvídalo.

—Sí, mejor, paso más tiempo fuera que dentro de una habitación, así que sería difícil para mi ponerme en serio a escribir. Y hablando de eso —continuó, esa vez, más serio—, por más que quieras matar a Itachi, esa promesa que hiciste a Shisui Uchiha, podría costarte cara.

—¿Es que tienes que saberlo todo'?

—Es mi trabajo —respondió Kakashi con gesto ofendido. O eso suponía. Continuaba llevando esa dichosa y molesta máscara—. Y en él soy el mejor. Puede que Sabaku crea que es mejor que yo, pero no. Sus perros huelen lo que yo quiero que huelan de este clan.

Se puso en pie y caminó hasta él. Lo suficiente como para remarcar que continuaba siendo más alto que él y que, en tiempos atrás, era capaz de infundir un terror que bloqueaba por completo tu cuerpo. Hasta a él.

—Puede que no lo parezca, Sasuke. Pero desde que decidí criaros, os he querido a todos vosotros. Soy fiel a Sakura. Como uno de sus mejores perros. No voy a morderle la mano. No, como tú.

Luego, sonrió con esa cara de estúpido que disfrutaba colocar.

—Sakura-dono —nombró cuando la joven salió y les miró de hito en hito, sonrojándose.

—¿Qué ocurre? —preguntó, aturdida.

Kakashi se encogió de hombros.

—Recuerde que la quiero.

Después, desapareció. Como si fuera un condenado ninja que usaba una nube de polvo para desaparecer. Al volver, Sakura tenía las mejillas enrojecidas.

—Caray… no esperaba eso —confesó empezando a soltar una risita nerviosa—. Parece que hoy es un día de sorpresas.

Sasuke la tomó del codo.

—Sea como sea. ¿A qué ha venido aceptar el pacto de los consejeros?

Sakura frunció el ceño.

—¿Acaso no debo de salvar a Naruto?

—Te habría sido más sencillo entregar al niño que sacrificarte de esa forma.

—Sasuke…

—Sé cómo suena —interrumpió—. Mejor que nadie. Hasta que el niño se salve, podríamos buscar la forma de salvar al Dobe. Si te casas, habrás caído en las tretas que deseaba el anterior consejo. No lo habrían marcado hasta ser mayor. Ese es el disfrute que sienten… como disfrutaron con Naruto.

Apretó los puños. Furioso. Consigo mismo especialmente. Era débil. No pudo protegerle. Naruto era sólo un crío asustado por aquel entonces, no comprendía por qué estaban tratándolo así, en su propia casa, donde jamás volvería a ver a su padre y madre.

Volvió en sí al notar dos manos heladas en sus mejillas. Sakura le miraba con sus grandes ojos verdes, preocupada.

—Te necesito aquí, Sasuke, no en el pasado —le dijo—. Necesito que vayamos preparando todo para la boda, pero antes, tenemos que ir al reciento Uchiha.

Frunció el ceño, desconcertado.

—¿Vas a cancelar la boda?

—No —negó sacando un gruñido de su parte—. Hay un lugar al que necesito ir. Aunque no sé si podré entrar a menos que esté casada con Itachi. ¿Lo comprendes?

—No —confesó casi sin darse cuenta que lo hacía—, pero son tus órdenes y decisiones.

La sostuvo de las muñecas para romper la cercanía. Ella tembló, dando un paso atrás.

—Hay una orden que quiero darte —dijo, repentinamente. Sasuke enderezó la espalda. No era la primera vez que le ordenaba matar a alguien. Sin embargo, esa vez era diferente—, te ordeno que no mates a mi prometido, especialmente en el día de mi boda.

Era injusto. Frustrante.

Pero eso ya lo sabía Sakura. La soltó lentamente.

—Debes respetar mi decisión.

—No es tuya. Es de los tratados y del consejo Uchiha, quienes, pese a todo, siguen queriendo las cosas a su favor.

Sakura le sonrió, de esa forma misteriosa que a veces lograba sacarlo de quicio porque no entendía bien a qué se refería con ese gesto.

—Sasuke —nombró, en espera.

Cerró los ojos y empezó a agacharse hasta posar la rodilla en el suelo. Después, inclinó la cabeza, colocándose la mano izquierda en el pecho y la derecha, sobre su espada.

—Hasta que la última gota de mi sangre salga de mis venas, la serviré, Sakura-dono. Si quiere poner la correa a su perro, hágalo, y suéltelo cuando haga falta.

Ella posó su mano en su cabeza. Dedos finos y firmes.

—Buen chico.

Le levantó la barbilla para que le mirase y tomó aire.

—Ahora, vámonos.

Sin más dilación, ambos abandonaron su hogar para llegar a los terrenos Uchiha. Sakura caminó con un rumbo fijo, deteniéndose para que él le abriera la puerta. Cuando entró, dos sirvientas acudieron raudas hacia ella.

—¡Sakura-dono! —exclamaron—. No la esperábamos.

—Lo sé —respondió ella ignorándolas—. ¿Dónde está la biblioteca de Itachi?

Las mujeres se quedaron en silencio. Intercambiaron una mirada aterrorizada.

—Señora, eso… —murmuró una.

—Sí, es que… —continuó la otra.

—Es privado —terminaron a la vez.

Sasuke avanzó, pero Sakura lo retuvo.

—¿Acaso olvidáis quién es la dueña de todo este clan? —cuestionó indiferente—. La biblioteca. Ya.

Ellas dudaron. Podía comprender su debate.

—¿Ocurre algo? —cuestionó una voz desde el otro lado de la sala. Shisui se abrió paso—. ¿Sakura-dono? Qué inesperada… visita —saludó.

Tenía la mejilla enrojecida ahí donde Naruto le había golpeado y obviamente, no estaba para nada sorprendido.

—No necesito avisar que vendré de visita —respondió Sakura determinada—. Espero que tú seas más competente que estas dos mujeres. La biblioteca de Itachi.

Shisui miró a ambas mujeres, que inclinaron la cabeza.

—Lo sentimos —se disculparon a la vez—, pero tenemos órdenes de no permitir a nadie entrar. Ni siquiera a Sakura-dono. El anterior consejo lo estipulo y…

Sakura chasqueó la lengua. Sasuke desenfundó y caminó hacia ellas. Sakura le dio la espalda y caminó hasta Shisui, mientras él, hacía su trabajo.

—Sasuke —llamó Sakura—. Espera aquí.

Dudó. Shisui y él intercambiaron miradas de comprensión. No confiaba en él. Había algo que no terminaba de cuadrarle. Sin embargo, no notaba emanar de él la sensación de venganza o sangre. Enfundó tras limpiar la sangre y se apoyó contra la pared, cruzándose de brazos.

Sakura y Shisui se perdieron entre los pasillos.

Cerró los ojos.

Podían haberle concedido libertad, pero él continuaba siendo el mismo perro en la mano de una mujer.

.

.

Matsuri tomó aire con demasiada fuerza y la tos llegó antes de pudiera controlarla. Se aburría. Mucho. Se habían detenido ante una llamada importante en la que Gaara prefirió abandonar el coche para hablar y ella se había bajado, cansada de estar sentada, para dirigirse a uno de los escaparates y observar lo que ofrecía. Uno de los gorilas que los siguieron durante todo el trayecto estaba cerca. Podía verle por el reflejo de la vitrina. Del mismo modo, cuando él se acercó a ella.

Gaara debería de estar jodidamente prohibido en el mundo. Caminó con rapidez hasta su altura guardándose el móvil en el bolsillo de la camisa. Al detenerse a su lado, metió las manos en los bolsillos y no podía estar más guapo.

Desde que esa noche lo tuvo, delicado, abierto y tan vulnerable en sus brazos, supo que lo amaba más de lo que deseaba. También, una parte de ella le recordaba que todo aquello podría terminar en cuestión de momentos. Bien o mal. Pero uno de los resultados siempre sería igual: nunca estarían juntos.

Él mismo se lo había dicho. Después de que dejase de estar en peligro ella podría marcharse y él mismo firmaría una carta de recomendación de ser necesario.

Le dolía la simple idea de despedirse.

—¿Ha logrado la información que buscaba?

—Sí —respondió mirando con desinterés el maniquí frente a él—. Y Temari está viva. Han quitado la bomba sin que esta explotara.

Suspiró, aliviada. No podía negar que se había asustado muchísimo más por la situación de Temari que por el hecho de estar rodeada de tantos hombres armados. De cierta manera, quizás los demás lo hubieran ignorado, pero estaba segura de que hasta Shikamaru Nara estaba nervioso. Furioso.

—Menos mal.

—Sí —coincidió él—. ¿Qué miras?

—Nada en realidad —confesó—. No podía estar quieta en el coche. Me aburría, así que salí para mirar escaparates. No te preocupes, el gorila me ha seguido.

Gaara miró al pobre segurata, quien tensó la mandíbula.

—Ese gorila se asegurará de que tu trasero no sufra ninguna herida —indicó Gaara—. Y más vale que te acostumbres a ellos, porque, si quieres estar a mi lado, vas a tenerlos siempre oliéndote el culo.

Matsuri se llevó una mano al pecho. Debía de detenerse. De aferrarse a esas palabras que bien podría darle un tipo de seguridad que no existía.

—Volvamos —indicó Gaara.

—Sí, hay trabajo que hacer —aceptó. Necesitaba mantener su mente ocupada en otra cosa, tapar esos sentimientos de esperanza. Sabía que era irónico. Hasta ahora se había mantenido completamente interesada por él y que se asustara porque le abriera su corazón, del verdadero peligro, era irónico.

Él se detuvo.

—No vamos a volver a la oficina.

Ella le miró, sorprendida.

—¿Cómo qué no?

—Has cancelado mis citas de hoy. ¿Verdad?

—Sí, pero queda papeleo y…

Gaara tomó su mano y besó sus nudillos. ¡Los beso! Y eso fue como una bomba directa a su estómago. No. Mucho más abajo.

—Entonces, nos vamos.

Lo siguió hasta el coche con ciertas dudas.

—Espere —ordenó pese a saber que él no obedecería—. ¿No quiere regresar con Temari? Querrá ver que está sana y salva.

—Temari no esta sola —descartó. Le abrió la puerta y espero a que ella subiera.

—Regresar al piso podría ser peligroso —murmuró. En muchos sentidos.

Gaara la estudió con la mirada. Continuaba aferrándola de la mano y su pulgar acariciaba zonas que no sabía que eran tan sensibles.

—Matsuri —nombró pausadamente—. Sube al coche.

Ella lo hizo al final. Gaara rodeó el coche después, subiendo. Sin ponerse el cinturón, se acercó más a ella hasta estrecharla en sus brazos. Ella dudó, sorprendida. Hasta que las lágrimas llegaron a sus ojos sin apenas poder detenerlas con rápidos parpadeos.

—No quiero crear un drama. Por favor —suplicó aferrándose a su ropa.

—Simplemente, dilo —invitó él besándole la cabeza—. Dilo.

Ella tomó aire, casi ahogándose por el llanto.

—Tengo miedo. Mucho miedo. Lo de anoche me tiene espantada. Me aterra que alguien vuelva a entrar. Me aterra que Temari muera. Porque yo la quiero mucho, de verdad. Es mi jefa, pero la quiero mucho. Otra me habría puesto de patitas en la calle el primer día —reconoció. Después, se echó hacia atrás para poder mirarle a la cara—. Y me da miedo que usted baje la guardia conmigo, porque eso hace que le quiera todavía más. Y no está bien que lo haga. Porque cuando todo esto termine tendré que separarme de usted y… Creo que no podré soportarlo.

Gaara la escuchó en silencio, mientras hablaba y se trataba, pausaba y sorbía. Sacó un pañuelo de su chaqueta para limpiarla.

—Creo que no has comprendido lo que ha significado para mí abrirme para ti esta noche —murmuró, arrastrando las palabras, como si le costara decirlas—, así que lo diré sin tapujos.

Su gesto se endureció con la seriedad del momento, mientras sus ojos brillaban en determinación.

—Eres mía.

Ella aguardó y cuando no hubo más, no puedo evitar echarse a reír. El desconcierto fue un panorama en su rostro.

—¿Qué diablos te hace gracia, mujer?

—Es que… esperaba algo más romántico, más largo, además. Y no como el teorema sacado de una novela adolescente del típico chico malo que va de guais, pensando que la chica se va a mojar sólo con escuchar esas palabras.

Gaara se llevó una mano al mentó, ofuscado.

—Mira, hasta ahora las mujeres sólo ha sido por interés sexual. Poco más. Respeto a las que debo y se lo ganan. Hasta ahora, ninguna me ha hecho bajar las defensas y ponerme tan duro que no sea capaz de bajar el mástil.

De nuevo, no pudo evitar reírse. Gaara volvía a estar frustrado, claramente, incómodo con tener que expresarse tanto.

—Apiádate de mí, mujer.

—Supongo que no puedes dejar de ser un Yakuza hasta en el amor —reconoció levantando sus manos hasta sus mejillas—, eres el tipo de hombres de actos, no de una obra de Shakespeare. Lo sé. Así que agradezco tu esfuerzo.

Gara entrecerró los ojos.

—Hay un pero. ¿Verdad?

Ella suspiró.

—He visto las mujeres con las que has estado. Hoy he estado de pie junto a ti entre un grupo de hombres armados que ni siquiera se detuvieron a mirarme cuando pasaban de un lado a otro, importándoles bien poco que hubiera llegado contigo. Y mira cómo me puse con la muerte de ese hombre.

Porque todavía lo recordaba. En sus oídos se repetía el sonido de su cuerpo al caer. En su retina se había grabado su rostro desfigurado al morir. El olor de la pólvora y el sonido de los disparos.

Repentinamente, Gaara interrumpió sus pensamientos con el beso más alocado y profundo que podría haberle dado en su vida. Se volcó por completo en ello y desapareció por completo el malestar, los temores. En ese momento, sólo estaba él, ella, sus bocas y el deseo que era capaz de despertar en lo más profundo de su ser.

Y cuando se separó, necesitada de aire, él volvió a atacarla. En rápidos, firmes y húmedos besos que la enloquecieron todavía más. Cuando se dio cuenta que las cosas estaban yéndosele de las manos, él ya poseía uno de sus senos con su mano, que había surcado en algún momento el sendero bajo su camisa y jugaba con su endurecido pezón, sofocando un gemido de anhelo entre sus labios.

—Gaara —masculló suplicante.

Él retrocedió como si estuvieran matándolo. Se pasó la misma mano por los cabellos, echándolos hacia atrás. A continuación, posó sus manos sobre su vientre y cerró los ojos, recostándose en el sofá, intentando calmar su respiración.

Matsuri le observó. Era hermoso. Con el cabello revuelto, las mejillas enrojecidas y una clara excitación que abultaba ya en su pantalón. Nunca pensó que un hombre lo hiciera tan deprisa. No hacia ella.

Alargó su mano para tocarle y él dio un respingo, abriendo los ojos levemente. Pudo notar el deseo, el esfuerzo que hacía por detenerse. Bajó por su mejilla, por su cuello. Llegó a su pecho y posó la palma justo sobre su corazón, que latía con fuerza en su pecho.

—Matsuri, vas a matarme si bajas más —la advirtió.

No logró evitar sonrojarse. Retiró la mano, maldiciéndose por no ser más madura, por no decidir que eso estaba bien y que podría matarlo de una forma bien placentera. Gaara tampoco hizo por retenerla.

Unos golpes en la ventanilla interrumpieron por completo cualquier otra posibilidad. Gaara soltó un taco nada refinado y empezó a bajarla para encontrarse con el grandullón que la había estado cuidando.

—¿Qué?

Su voz en un tono claramente furioso. El hombre tragó, como respuesta, pero se agachó para susurrar en su oído. Gaara volvió a blasfemar y bajó tras mirarla.

—Quédate en el coche —le ordenó.

El gorila se enervó.

—¿Va a ir solo, señor? Podría ser…

—Iré solo —aclaró. Matsuri no comprendía qué estaba sucediendo, pero no tenía cara de ser algo bueno—. Vigílala.

El hombre asintió, pero parecía incómodo. Miró hacia atrás hacia sus compañeros, justo cuando ella saltó del coche. Se agazapó para seguir a Gaara y cuando el grandullón se dio cuenta, ella ya estaba con la espalda pegada en la pared que daba al callejón. Al mirar hacia atrás, vio que el hombre estaba pálido y empezó a gesticular para que ella regresara a su lado.

Matsuri simplemente lo ignoró y gateó de nuevo hasta esconderse detrás de una de las grandes cajas de madera que ocultaban a las dos figuras. Una de ellas, Gaara, el otro, no lo conocía.

—¿Qué está planeando ahora Tenten para enviarte solo, directamente hacia mí, Lee? Incluso te has tomado la amabilidad de avisar a mis hombres.

—No necesitas ser tan duro conmigo, Gaara —contestó el otro hombre. Tenía una voz mucho más dulce de lo que esperaba—. No estoy aquí por una orden de Tenten. En realidad, ella no sabe que he venido. Encontrarte ha sido pura casualidad.

—¿Y esperas que me lo crea?

—Es tu problema hacerlo o no —indicó el desconocido—. Para mí, habría sido muy fácil abrirte la cabeza con un agujero mientras te dabas el lote con esa niña.

Matsuri tuvo que morderse la lengua para no protestar. ¿Por qué le costaba al mundo comprender que era una mujer adulta?

Gaara pareció cambiar de postura. No podía verle desde su posición. Tampoco quería que el otro se percatara de su presencia.

—¿Qué quieres entonces?

El nombrado Lee pareció dudar, cuando lo hizo, arrastraba su voz, como si le costara mucho hacer esa petición.

—Detened a Tenten.

Matsuri no comprendía de quién estaba hablando, pero al parecer, Gaara sí. Porque apenas fue capaz de contener un suspiro de sorpresa.

—¿Te estás escuchando? —cuestionó—. Si es una trampa, es la peor del mundo.

—No es una trampa —prometió Lee—. Lo que te estoy pidiendo es de verdad.

—Eres su mano, deberías de ser capaz de poner los puntos importantes sobre la mesa.

—No, no lo soy —negó con acritud—. Tenten no hace caso. Nunca lo hace. Al menos, no a nosotros. Las cosas no fueron fáciles para nosotros.

—No soy una de las líderes. Si quieres empatía, ves con ellas.

—Precisamente porque sé que no la tienes, es que te lo estoy pidiendo a ti, Gaara no Sabaku —terció Lee fríamente—, a ti, cuyas manos gotean la sangre de más de mil víctimas.

Matsuri se cubrió los labios, sorprendida. Sí, no era tonta. Conocía los rumores, las historias que la televisión o las novelas permitían conocer. Había mucho más tras el hombre que amaba de lo que esperaba.

Sería hipócrita creer que era un pan de dios.

—Nos hicieron cosas horribles mientras estuvimos capturados. No quiero decir con esto que justifique sus acciones, por supuesto —aseguró. Matsuri recordó el atentado, las víctimas, el sufrimiento—. Pero habrá más y más. Ella cree que vosotros nos abandonasteis, pero… ver a Neji marcado me hace dudar de eso. El clan Hyûga no marca a una mano de esa forma sin sentido. Menos, con Hinata en el podio.

—Nos dijeron que habíais muerto a manos de la raíz. Sakura Haruno afirmaba que Danzô os había llevado, pero ningún adulto la creyó y quedó, al final, que habíais muerto —explicó Gaara cauteloso—. Crecimos con ello. Así que la mentira no es nuestra, sino de los que estaban por encima de nosotros en ese tiempo. Nuestros cuidadores y pocos quedan ya de por ese entonces.

—Entiendo. Ahora tiene sentido por qué marcaron a Neji. Pero a nosotros nos mintieron, abusaron de nuestra mente infantil y explotaron sexualmente. Nos educaron para mataros.

—¿Quiénes?

La urgencia en la voz de Gaara la asustó.

—¡Ahí estás!

Ambos hombres dieron un respingo. Lee echó a correr a la vez que Gaara se volvía hacia ellos. El gorila palideció al ver el rostro de su jefe, pero Matsuri apenas se atrevía a salir. Hasta que vio los pies de Gaara frente a ella.

—No me mates… —suplicó—. Te juro que no quería espiar. Estaba preocupada porque te pasara algo y… actué más que pensé. Él tampoco tiene la culpa —añadió mirando al guardaespaldas—. Estaba haciendo bien su trabajo, pero yo…

Gaara la tomó de los codos para levantarla, suspirando.

—Realmente eres como un grano en el culo —soltó. Matsuri sintió que las lágrimas llegaron hasta sus ojos—. Pero no puedo matarte sin matarme a mí mismo.

Matsuri no pudo ocultar la sorpresa ante sus palabras. Le permitió rodearle la cintura y guiarla fuera del callejón. Se acurrucó contra su hombro y suspiró.

—¿Podemos ir a casa? —preguntó.

Él abrió la puerta del copiloto.

—Podemos.

No quiso despegarse de él, pero se sentó. Impaciente, deseó regresar hasta aquel refugio que él le había ofrecido y acurrucarse en sus brazos. Besarlo. Tenerlo para ella. Aunque fuera sólo un rato.

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—¿Dónde está Lee?

Tenten estiró el cuello para intentar abarcar más de lo que su altura le permitía, pero no logró verle igualmente. Neji negó con la cabeza.

—Es su tarde libre, Tenten —le recordó—. Necesita despejarse. Especialmente, después de…

Claramente, Neji era incapaz de decirlo. Ella se sentó junto al jardín, observando las flores y los terrenos que, en realidad, no le proporcionaban ninguna sensación de hogar.

—Dilo claramente. Después de que le violara. Igual que hice contigo. Igual que hicieron conmigo —puntualizó—. ¿Sabes? Una vez leí que las personas pueden actuar de diferentes formas después de ese tipo de desgracia. O se rehúsan totalmente a mantener contacto con otras personas, se sienten asquerosas, o terminan obsesionando con ello. No soy sicóloga, ni quiero hacerme pasar por una, pero hasta ahora, Lee y yo estábamos bien juntos. Que tenga la necesidad de marcharse y disfrutar de su día libre, me parece repugnante.

—Las manos también tenemos derecho a descansar.

Tenten ignoró su recordatorio para mirarle directamente a los ojos.

—¿Dónde irías si te permitiera salir?

La mirada de Neji, de alguna forma, se oscureció.

—Al cementerio.

—¡Qué dramático! Sabes que sin mi orden no puedes asesinarte.

—No sería para eso —descartó él.

—¿Entonces?

—Ver a mi familia. Mi esposa y mis hijos.

Se sentó a su lado tras que ella diera unas palmaditas invitándolo. Le rodeó el brazo y apoyó su mejilla en su hombro.

—¿Cómo es?

—¿El qué?

—Pues… el poder enamorarte de alguien. Hace años que no siento eso. La última vez, pienso que ni era ese sentimiento. Era muy niña. Y fue de ti.

Neji guardó silencio, como si estuviera rememorando el pasado. Aquel que les quitaron. La diferencia más grande es que él siguió su vida y pudo casarse y tener hijos, algo que bajo su mando no habría podido hacer.

¿Se habría enamorado de ella? ¿Podrían haber sido algo más que amantes?

No servía de nada pensar en algo que jamás ha pasado. El destino es el que era.

—¿Has sentido algo? —preguntó, mirándole en cortos parpadeos—. Al decirte que sentía algo por ti. Cuando todavía era niña.

Él bajó la mirada hacia ella. No podía notar nada. No podía leerle.

—Lo sabía.

Enderezó la espalda, sorprendida.

—¿Lo sabías?

—Sí.

Apenas pudo mantener su boca cerrada. Si fuera en otro tiempo, probablemente se habría sonrojado.

—Lo ignoré —reconoció él—. Porque, sinceramente, me incomodaba pensar en esas cosas. Hasta que conocí a mi esposa y lo comprendí. Era tarde para disculparme contigo.

Tenten se encogió de hombros. ¿De qué servía luchar por algo tan lejano y que realmente no era en sí importante?

—Tenten —nombró él pausadamente—. Si te hubiera servido, la verdad, creo que igualmente me habría enamorado de mi esposa.

Tenten le observó detalladamente. Era guapo. Condenadamente guapo. La madurez había marcado sus rasgos masculinos y como un buen hombre Hyûga, conservaba ese encanto especial de su línea sanguínea. Lo que más le gustaba a Tenten era su mandíbula marcada. Pero también la crueldad y capacidad con la que soltaba sus palabras. Eso, lo admiraba.

Aunque también, lo despreciaba. Apretó los labios, poniéndose de rodillas, le clavó las uñas en la mejilla hasta hacerle sangrar.

—Eres mi perro y siempre lo serás. Que no se te olvide. Hasta que a mí no me de la gana, no te reunirás con tu esposa. No te atrevas a morir hasta entonces. Eres mío.

Después, se alejó, lamiéndose la sangre de sus uñas. Metálica.

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Dejó el plato sobre la bandeja y después, los palillos. Tomó la servilleta y, cuidadosamente, le limpió los labios. Eran más llenos de lo que parecían, aunque el superior más fino. Atractivos. Él no había cesado de observarla mientras le alimentaba.

—¿Por qué lo has hecho tú misma? Una líder no debería de mancharse las manos en alimentar a un cautivo.

Ino se limpió las manos y se levantó para tomar la bandeja.

—Una líder tampoco debería dejar con vida a un detective de la raíz que quería matarla.

Se dirigió a la puerta y tras dar varios golpes consecutivos, la puerta se abrió y dos manos se llevaron la bandeja. Volvió con él poco después, sentándose a su lado.

—No iba a matarte.

—Ya.

—Podría haberlo hecho el día del ataque a Karui y tu mano.

Ino suspiró. Era cierto. Él bien podría haber terminado el trabajo del francotirador. No lo hizo.

—Llevas una bomba en la lengua.

—Sí. En cuanto a eso… —iba a interrumpirle, pero él la ignoró—, sólo habrías tenido que preguntarme y no armar todo este embrollo para que esa bruta rubia me golpeara.

Ino tuvo que morderse la lengua para no reírse.

—Te lo buscaste tú mismo, seamos sinceros.

Sai guardó silencio, como si intentara recapitular qué hizo mal. Ino lo sintió por Temari, pero el detective parecía ser de los que olvidaban lo que no le interesaba o lograba sacar provecho.

—Creo que su falta y mal carácter es porque necesita sexo.

Vale. Se tragaba sus palabras.

Escupió la pipa que había llevado a sus labios para mordisquear. Sai la miró con sorpresa y ella apenas pudo controlar las carcajadas, hasta que salieron de forma natural.

—¡Cómo se te ocurre algo así!

—No se me ocurre —negó Sai casi ofendido—. Es mi trabajo observar a las personas y ella es claramente la típica mujer que no le han dado el revolcón de su vida.

Ino cubrió sus labios con los dedos para detener la risa.

—¡No seas así de cruel! Está casado con mi mano.

—¿Y?

—Sé perfectamente de lo que es capaz Shikamaru en la cama —aseguró. Pero se arrepintió una vez lo dijo. Por primera vez en toda su vida—. Quiero decir…

—No necesitas excusarte de ninguna forma, belleza —descartó él—. Una mujer como tú… No. Cualquier mujer tiene que sentirse libre de expresar sus deseos sin ocultarlos. ¿Acaso no lo hacemos nosotros?

—Eso me gusta —murmuró, sorprendida por tal pensamiento. Se apoyó contra la mesa cercana para observarle más de cerca—. En este mundo, si no tienes lo importante entre las piernas, no sirves para gobernarles.

—¿De verdad? —cuestionó él—. Yo pensaba que justamente para demostrar que no era así, vuestros padres pactaron que vosotras subiríais al podio.

—Ojalá fuera de ese modo —susurró más para ella. Deslizó la mirada por su cuerpo, deteniéndose sobre su muñeca—. ¿Te duele?

—Me han dopado lo suficiente. ¿Crees que habrá logrado su venganza?

—Lo creo —mintió. Si conocía lo suficiente de los deseos de venganza de una mujer, no. Temari podría querer más—. Y si no, te aseguro que ahora mismo es lo que menos tiene en la mente. La raíz no nos da tregua. O nos quiere matar a nosotras o… a ti.

Sai guardó silencio, mirando el techo con una profundidad que la asustó.

—Imagino que pensó que era demasiado ingenuo como para explotar —murmuró—. No, ingenuo no es la palabra. Es cobarde.

—No eres un cobarde.

—Lo soy. En el momento en que viste mi marca debí de volarme la lengua. No luchar por sobrevivir.

Ino se lamió los labios.

—¿Por qué no lo hiciste?

Sai tardó en responder. Cuando lo hizo, la miró a ella con la misma profundidad.

—No cesaba de pensar en ti. En que quería más.

Ino se acarició los labios, tentada por sus palabras.

—¿Más de qué?

—De ti.

Sintió que se ruborizaba.

Sai bajó la mirada.

—Ya sé que es estúpido esperar algo. Ahora ya sabes que pertenezco a la raíz, más profundo de lo que pensabas.

Frunció el ceño.

—Sai. Han intentado matarte. ¿Cómo puedes ser fiel a alguien así?

Él guardó silencio por un momento. Ino observó sus facciones con detenimiento, la masculinidad que realmente sentía de él.

—Si ordenaras a Shikamaru sacrificarse por el bien del clan, teniendo en cuenta lo mucho que te ha servido y lo fiel que ha sido a ti. ¿Crees que a él le importaría consagrar su vida a tu decisión?

Fue su turno de quedarse sin palabras. Pudiera ser que Sai no lo supiera, pero dentro de lo que cabía, ya había sacrificado a su mano obligándole a casarse con Temari. Y Shikamaru lo había aceptado.

—Me criaron en la raíz. No tenía nada cuando entré. Era demasiado pequeño para conocer lo que sucedía con la nueva mafia y el caos de todo aquello, así que acepté la comida que me daban para comer y entrené mi cuerpo y alma para sus deseos. Aprendí que era mejor no preguntar de más ni mostrar emociones, así que bloqueé todo eso.

—Sin embargo, continuabas teniendo preguntas.

—Sí —concedió él aletargado—. Quería respuestas a muchas cosas y por eso, tomé la rama de detective, pero continuaba enlazado a la raíz.

Ino tomó su mano sana entre sus dedos, regalándole un suave apretón.

—Ya no tienes por qué.

—Es irónico que digas eso cuando tu mano está dispuesto a colgarme de los testículos para sacarme información que no tengo. O, con la vana esperanza de que sea de utilidad para la raíz. Cuando claramente, han estado a punto de volarme la cabeza.

—Shikamaru hoy no está pensando coherentemente —recalcó ella cautelosa—. Han pasado tantas cosas y han cambiado tantas otras que a veces me cuesta entender que realmente está avanzando el tiempo y los cambios.

Sai esbozó una escueta sonrisa.

—Vaya, quizás se le quite antes de lo esperado la mala leche a esa mujer.

Ino se rio sin poder remediarlo, inclinándose hasta que su frente tocó su hombro.

—Por favor, no hagas suposiciones de lo que pasa entre otros tras las puertas cerradas.

—Más bien, no quieres pensar en que otra mujer haga con tu mano lo que tú hacías.

Guardó silencio, apoyando la barbilla mejor sobre él, estirando su cuerpo en el suelo.

—Lo pensé. Cuando se casó, fue como si Shikamaru me abandonara de alguna forma. Como si muchas puertas se cerrasen en ese momento.

—¿No habéis vuelto a…?

—No —interrumpió antes de que terminara la frase. Se echó los cabellos hacia atrás—. Shikamaru no es esa clase de hombre y creo que yo no soy la clase de mujer que muchos creen. Temari no se merece eso. Es una víctima más en los planes de dos clanes por conseguir algo.

—¿Qué es?

Dudó. ¿Hasta qué punto podía sincerarse con él? ¿Realmente el ataque era verídico o sólo una pantomima de la raíz para sacar información?

—Comprendo —dijo él. Pareciera haberle leído la mente—. Los misterios hacen a una mujer, mujer. No sé dónde leí eso una vez, me gustó. Encuentro que queda contigo.

Esbozó una tímida sonrisa.

—Creo que me gusta cómo me ves, Sai —reconoció—. Lástima que no sé hasta qué punto puedo fiarme ya de ti.

Sai desvió la mirada una vez más hacia el techo. Cerró los ojos poco después. Ino pensó que se había dormido por los medicamentos, así que se incorporó. Tomó la pipa que había dejado a un lado y se puso en pie.

—Haces bien, belleza. No te fíes de nadie. Confía sólo en ti.

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Kakashi esperó el momento adecuado para colarse entre los arbustos y subir el descansillo. Golpeó tres veces y esperó. La puerta corredera se abrió y los ojos verdes que tan bien conocía le recibieron. Sakura miró por encima de su hombro dos veces antes de sentarse junto a él, al fresco aire nocturno. Con el cabello resbalando por su espalda y el kimono de noche ahuecado en su pequeño cuerpo. Sabía que era fuerte y firme donde debía de ser.

Ella le ofreció la pequeña cajita de madera y la llave.

—Casi me muero del susto cuando Sasuke regresó.

Kakashi recordaba al joven, sus nervios, su actitud desafiante.

—Es un buen perro. Su olfato no falla. Sabe que algo está pasando y que se le escapa. Cuando sepa qué está tramando, Sakura-dono, explotará.

—Lo sé —murmuró mordisqueándose el labio inferior—. Pero también sé que esto llevara a un buen sendero. Necesito que Sasuke y Naruto sean libres.

—¿Y si no lo hace? ¿Y si no es un buen sendero?

Ella enderezó la espalda y tensó la mandíbula. La luna fomentaba la belleza de sus rasgos. A Kakashi le gustaba más cuando no llevaba maquillaje, más natural. Más ella.

—Entonces, enfrentaré lo que haga falta. Ahora no sólo están sus vidas y la mía en juego. La de un niño que todavía no ha nacido, también. Que quieran quitarlo de en medio antes de que nazca, es una señal clara de que no podemos quedarnos de brazos cruzados. No más.

Kakashi hablando la mirada. Le cosquilleó la mano ante los deseos de llevarla hasta su cabeza y acariciarla, como cuando era una niña a la que tuvo que proteger siendo él sólo un chaval. En realidad, proteger a Naruto, Sasuke y a ella fue una tarea tediosa, pero no algo que no resultara en grandes éxitos.

Ya no era una niña, sino una mujer. Y su líder. La persona por la que sería capaz de sacrificarse de ser necesario. Si no fuera uno de sus espías, bien podría haber terminado siendo una de sus manos. Pero él mismo entrenó a los chicos para que se encargaran de sus tareas. Y su clan, gracias a su padre, quedó relegado a nada. Que Sakura le permitiera estar con ella y le confiara cosas de tanta importancia ya era un gran logro.

Así pues, debía de guardarse para sí mismo sus pensamientos más oscuros. Esos que nunca debieron de emerger.

—¿Estás conmigo en esto, Kakashi? —preguntó ella sacándolo de sus pensamientos.

Se incorporó para ponerse de rodillas. Inclinó la cabeza y buscó su mano. Delicada y suave, encallecida por el uso del arma donde debía. De pequeñas uñas verdes. Besó su palma con devoción.

—Hasta que mi muerte llegue, mi señora.

Ella le tomó del mentón con delicadeza y besó su frente en agradecimiento.

Volvió a acomodarse a su lado y recordó la caja y la llave.

—¿Qué había dentro?

—Itachi dejó un mensaje para mí —explicó tras acomodarse a su vez—. Uno confuso, he de decir. Lo he destruido. Ahora sólo queda la caja y la llave. Quiero que las destruyas.

—Lo haré —aseguró. Luego observó su alrededor con cautela antes de hacer la pregunta—. ¿Confía en él?

—Itachi ha tenido muchas oportunidades de matarme y no las ha tomado. Es un hombre fiel a sus principios y a Sasuke. Y como Sasuke me es fiel, su lealtad hacia mí está ahí.

—Y ahora será su esposo.

Esperaba que el tono de su voz no se viera afectado por sus sentimientos. Ella lo ignoró y miró hacia las estrellas.

—Sí, lo será. Pero no como al consejo le gustaría —murmuró sonriendo traviesa—. Este es mi juego, Kakashi. Y tengo las mejores cartas preparadas.

Kakashi miró la caja con ojos entrecerrados.

—Por cierto, Kakashi. ¿Enviaste la carta que te pedí?

—Sí — confirmó frunciendo el ceño—. ¿Está segura de eso?

—Sí, si mi memoria no me falla, le necesito para poner orden a todo esto.

—Es una persona incontrolable. Lo sabe.

—Lo sé —reconoció ella poniéndose en pie y dándole la espalda—, pero yo le gustaba. Espero que siga así.

Kakashi no añadió más. Sabía cuan de cabezona podría llegar a ser una vez se le metía algo en la cabeza, así que simplemente se puso en pie, dispuesto a cumplir sus órdenes y continuar, una noche más, teniendo que conformarse sólo con recordar su aroma.

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Neji le vio entrar y supo que estaba como una cuba. Su mirada perdida, la forma desigual de caminar y de reírse por nada. Caminó hacia él dando tumbos, se aferró a sus hombros y antes de que tuviera tiempo de negarse, pegó su boca a la suya y le plantó un beso al completo con sabor a vodka.

Parpadeó, completamente desconcertado. Lo asió de la cintura para evitar que se cayera, hipando.

—¡Vamos a la cama! —exclamó tirando de sus hombros—. Hoy dejaré que aprendas lo que es tener sexo con un hombre, Neji.

—No, gracias —descartó—. No estoy interesado en hombres.

Lee hizo un mohín con los labios.

—No sabes lo que te pierdes. Puedo ponértela dura muy bien.

—No —negó. Pero Lee ya había bajado su mano hasta su entrepierna—. Lee —ordenó.

EL hombre se detuvo, tensándose como un clavo. Sus ojos se aguaron y el labio inferior le tembló. Fue como si repentinamente hubiera dejado de verle.

—Le prometo que lo haré bien, señor, hic —aseguró empujándolo hacia el interior de su dormitorio. Neji tropezó, sorprendido por la fuerza que poseía.

Sólo había salido por necesidad, en batín, agradeciendo el aire nocturno que aplacaba el malestar en su cuerpo que las drogas usadas por Tenten para tenerle habían dejado. Encontrárselo no era algo que hubiera buscado. Ni mucho menos, entrar en esa situación.

Lee lo aplacó letal. Lo sentó y abrió las piernas con tanta fuerza que bien podría haberle lesionado las rodillas.

Lo asió de los hombros, queriendo retenerlo.

—Lee, vuelve en ti —ordenó lo más severo que fue capaz—. ¡No estás haciendo esto en tus cabales! No soy quien te imaginas… ¡Soy Neji!

Pero Lee lo ignoró. Tiró del batín hasta exponer su desnudez. Se quedó en silencio, observándole. Neji deseó que recapitulara de sus acciones, pero parecía estar más asustado y borracho que nunca.

Entonces, antes de que fuera consciente, volvió a tomarlo en su mano y metérselo en la boca.

Soltó una maldición, dando un respingo. Empujó con más fuerza en un vano intento de rechazarlo sin lograrlo.

—Deja que siga.

Levantó la mirada hacia la puerta. Tenten estaba apoyada en el quicio, observándoles. Cruzada de brazos. Llevaba el cabello suelto y el batín abierto.

—¿Cómo puedes pedirme eso? —gruñó.

—No te lo pido, te lo estoy aconsejando. Cuando Lee bebe, cambia de personalidad. Se cree que seguimos en aquel lugar y que su tarea es mamártela. Así de simple. Al menos, ten la decencia de correrte y se marchará.

Neji no supo que responderle. No se atrevió a bajar la mirada para mirar a Lee a la cara. Dejó de luchar contra él.

Tenten chasqueó la lengua.

—¿Necesitas más droga, Neji?

—No —negó—. No la necesito. A estas alturas, ya me habéis destruido.

Esa vez, ella sonrió. Y fue aterrador.

—Bienvenido a nuestro mundo de terror.

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—Comprendo. Dile a mi hermano que tenga cuidado de mi parte.

Temari cerró la puerta tras que el espía hiciera una venía y suspiró, agotada. Se miró la muñeca vendada y una vez más, pensó en lo idiota que era. Sentía tanta vergüenza que no entendía cómo era capaz de estar viva.

—¿Qué haces de pie?

Se detuvo al escuchar la voz. Shikamaru salía del baño cerrándose el batín y enseguida clavó en ella una mirada severa que alternó con el lecho. El médico le había recomendado descansar hasta el día siguiente y Shikamaru se había tomado muy en serio la recomendación hasta el punto de amenazarla a atarla a la cama de ser necesario.

—Mientras estabas en el baño han llamado a la puerta. Era uno de los hombres de mi hermano enviado nueva información —explicó regresando a sentarse y tomar algo de fruta del cuenco sobre la bandeja que le habían llevado horas antes—. Al parecer, Lee le ha pedido informalmente a mi hermano que detenga a Tenten.

Shikamaru pareció debatirse entre sus funciones como mano y de esposo. Temari casi deseó no reírse, pero le costó conseguirlo. Él frunció el ceño mientras se acercaba a ella.

—¿De qué te estás riendo?

—De ti —respondió sinceramente—. Lo siento. Es que durante todo el día llevas comportándote diferente y tengo que darte alas para que hagas lo que tienes que hacer y una de esas tareas consiste en ser una buena mano. Ya te lo dije, comprendo que Ino esté por encima de nosotros perfectamente. Del mismo modo que tú vas a comprender que mi hermano esté por encima nuestro.

Él suspiró. Frotándose el ceño se sentó a su lado en la cama.

—Reconozco que hoy me ha costado mucho mantener esas dos facetas separadas —dijo—. La idea de que estallaras me revolvía el estómago y tomé una decisión cuando fuiste capaz de mantener el tipo y enviarme con Ino.

—¿De que al regresar me darías unos azotes?

En el mismo momento en que salieron esas palabras de su boca se ruborizó. Que Shikamaru la mirase tan profundamente y no se negara no ayudaba.

Se miró una vez más la muñeca para distraer la tensión entre ellos.

—Me he comportado como una idiota con esto. Y te ha causado un conflicto por mi causa. Eso no estaba dentro del trato. Lo siento.

—Temari…

La tomó cuidadosamente de la mano. Sus dedos acariciaron su palma, abriéndola con suavidad. A continuación, inclinó su cabeza hasta que sus labios rozaron la piel. Un beso cálido, suave y delicado, casi como una devoción.

Subió por su muñeca cautelosamente, siguiendo por su antebrazo hasta el hueco del codo. Se detuvo un instante para levantar la cara hacia ella. Temari sólo tuvo que ladear débilmente su cabeza para que sus labios lo recibieran.

Conocía el beso intenso de la adrenalina y ahora, el suave tacto de gentileza que profundizaba inmensamente en lo que podrían significar el uno para el otro. Quizás en otra situación, en otro momento, en algo no tan forzado y directo.

Pero aún así quería hundirse en lo profundo de esa sensación. Invitarlo a demostrar más, a llevarla consigo.

Levantó su mano libre hasta su cuello, acariciando la firmeza de su cuello y subiendo a sus cabellos aún atados. Los liberó con cuidado y acarició las suaves hebras entre sus dedos, bajando por su espalda.

Con un ronco siseo, sus labios se separaron por un instante antes de volver a ser gobernados.

Shikamaru soltó su mano lentamente, en algún momento en que sus besos ofuscaron su mente lo suficiente como para no notarlo. Sus manos, grandes y firmes se dirigieron hacia sus hombros y el kimono de noche descendió por sus hombros en un suave tirón. Sintió la punta de los dedos acariciar su piel, descender suavemente de su cuello a sus hombros, inclinándose cada vez más hacia sus senos.

Él abandonó sus labios para besar sus comisuras y bajó hasta su mentón para morderlo con suavidad. Lo rodeó cuanto pudo con sus brazos, permitiendo que esa vez, fueran sus labios los que acariciaran la piel expuesta a placer.

Pero repentinamente, el calor fue demasiado.

Él se detuvo al instante, levantando la cabeza para mirarla. Su boca se tensó en un rictus de auto regaño.

—Me detendré —le dijo mirándola a los ojos y subiendo su ropa—. Necesitas descansar. Perdiste más sangre de lo que crees.

Parpadeó, algo mareada.

—Lo siento, yo… —se excusó.

Él la besó de nuevo, lento y fugaz. Se movió hacia un lado en la cama y ahuecó las almohadas, sin soltarla, la guio hasta que se recostó en su brazo.

—Tienes que informar de lo de mi hermano —murmuró.

—Lo haré —aseguró besándole la sien—. Cuando me asegure que te duermas.

Temari acomodó su postura. Algo que no hizo que pasara por alto la situación en la que Shikamaru se encontraba. Era halagador, pero a la vez, sabía cuan doloroso.

—Si necesitas a…

—No —interrumpió él firme—. No pasará.

Tomó aire y se acurrucó.

—Gracias, Shikamaru.

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—Esto es nuevo. Jamás pensé que sería ella misma de puño y letra que nos pediría que regresáramos.

El hombre mordisqueó el cigarrillo entre los dientes mientras observaba la carta arder dentro de la chimenea. Movió la copa de wiski en su mano.

—Hasta ahora, siempre me he encargado de los negocios más oscuros y obscenos porque la señorita era demasiado remilgada para hacerlo. Y sin embargo, ahora quiere abarcar todo. Interesante.

Se volvió hacia el chico que luchaba por cerrar una de las maletas.

—Chico. Espero que hayas metido mi cepillo de dientes —se burló pese a que la sonrisa no llegó a sus labios—. Creo que ya he dejado a Danzô jodernos durante muchos años. Es hora de regresar.

—¿Acaso no eres fiel a la primavera*?

Extendió su boca en una mueca perversa.

—Me pregunto si ya le habrán crecido las tetas.

Soltó una sonora carcajada que llenó el salón. Tiró la bebida en la chimenea y se levantó.

Con el fuego a sus espaldas, abandonó ese viejo sofá y el hogar.

No. Ahora iba a regresar al hogar.

Continuará…

*: Hace referencia a Sakura.