TODOS LOS PERSONAJES, ESCENARIOS Y HECHIZOS CONOCIDOS PERTENECEN A JK ROWLING, YO SÓLO LOS TOMO, LOS MEZCLO Y AGREGO COSAS
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Capitulo 17:
Seiscientos doce muggles civiles muertos en el fuego cruzado, mil trescientos cincuenta y seis Squibs y nacidos de muggles eliminados sistemáticamente, noventa y nueve magos y brujas caídos durante la batalla de Hogwarts, treinta y siete ejecuciones de criminales de guerra, cuatrocientos ochenta y dos mortífagos caídos en batalla y miles de criaturas mágicas no humanas asesinadas. Esos eran los números oficiales que los libros de historia inmortalizarían en sus páginas al respecto de la segunda guerra mágica.
Solo Theo sabía que ese número estaba mal. Ellos habían dejado de contar cuando Voldemort cayó, pero una guerra jamás termina cuando se declara un vencedor. La guerra continua mientras los combatientes que sobrevivieron sigan respirando. La guerra jamás termina en la mente de un soldado.
Theodore Nott sabía que en los ocho años que habían transcurrido, la guerra se había seguido librando en las mentes de las indefensas victimas, en los criminales encarcelados y en los que él llamaba niños de la guerra.
Doscientas cuarenta y siete víctimas nuevas había sumado la segunda guerra mágica luego de haber declarado oficialmente su final. Nadie las pondría en los registros y sus nombres jamás figurarían en los libros de historia o en los murales conmemorativos.
Esa noche la cuenta había aumentado. Doscientas cuarenta y ocho víctimas y contando… diecinueve años tenía el chico, otro niño de la guerra más, otra vida menos, un mago menos. Dos cortes en su muñeca habían marcado el punto final para una niñez truncada por la guerra. Tres transfusiones sanguíneas inútiles, ocho minutos de resucitación. Un último suspiro y el alivio de la muerte.
Cien gritos desgarradores de su madre, seis lágrimas en los ojos de su padre. Un hijo caído en batalla, un hijo caído ocho años después por el peso de haber sobrevivido a su hermano. Dos padres que enterraban a su último hijo. Otra familia destruida. Miles de sueños y proyectos perdidos.
Doce horas de guardia, nada en el estomago, una luna llena, tres muertos en su sala y tres moscas en la pared. Ciento doce latidos del corazón por minuto mientras el quinto café bajaba por su garganta anudada, en su segundo descanso antes del último caso de la noche.
- Hora de muerte: siete horas diecisiete minutos.
Theo colocó la sábana blanca sobre el rostro sereno de la mujer y suspiró cansado. Agradecía que Lovegood no estuviese ahí ese día. Ella era fuerte y había mejorado mucho en las últimas semanas, pero lo que había sucedido en su quirófano esa mañana la hubiese empujado muy cerca del borde. Demonios, a él mismo lo estaba empujando.
Dejó el resto del trabajo en manos de las enfermeras. Él ya había enfrentado a los padres del chico que se suicidó esa madrugada, no estaba seguro de poder enfrentar al viudo que jamás podría cargar a su bebé ni besar la frente de su esposa.
Se quedó lo suficiente para ver a una enfermera colocando el bebé, demasiado pequeño, sobre el pecho de su madre que parecía dormir. No pudo seguir mirando cuando la sábana blanca los cubrió nuevamente a ambos. Una madre, un hijo, una familia que ya no fue.
Se fue a los vestuarios a darse una ducha y regresar a los brazos de Luna para intentar olvidar otra horrible guardia de luna llena. Cinco minutos, seiscientos cincuenta músculos en tensión, decenas de litros de agua corriendo, cuatrocientos veintitrés azulejos en la pared, dos puñetazos y un corte sangriento en los nudillos de su mano derecha.
La mayoría del tiempo el amaba su trabajo en urgencias, pero en las noches de luna llena el casi se veía tentado a pedir el turno libre como hacia Luna a pedido de él. Pero no podía hacerlo. Él era el jefe.
La mujer había entrado a su guardia poco antes las seis de la mañana en trabajo de parto. Ella estaba embarazada de casi siete meses y era demasiado pronto para que su primer bebé naciera sin ninguna complicación.
Theodore no se había equivocado, el bebé no había sobrevivido más de diez minutos fuera del vientre de su madre, y ella había muerto un par de horas después por una hemorragia uterina que no pudo parar a tiempo.
Tres moscas en la pared, una superstición y tres muertes en su guardia. Noventa y cuatro muertos por su propia mano durante la guerra. Setenta y seis pacientes que no pudo salvar en su sala de urgencias. Doce niños de la guerra, en cuatro años, que no había logrado salvar. Ni un solo día de paz en veintiséis años y doscientos trece días.
Volvió a suspirar cansado antes de girar el pomo de la puerta. Seguramente Luna estaría durmiendo. Ella realmente no se había vuelto a ir de su casa desde la luna llena anterior y esa mañana Theo estaba agradecido de aquello.
Luego de su última crisis, Luna había comenzado a ver un medimago discreto del ala mental de San Mungo a pedido de Theo. Ella parecía ir mejorando con el correr de las semanas, pero había días en los que ella lloraba de la nada y Theodore la abrazaba por horas hasta que parte de la angustia salía de su sistema.
No habían vuelto a besarse ni habían hecho ningún otro tipo de avance. Si bien compartían la gran cama de dos plazas, ellos no hacían nada más que dormir en ella. Theo temía asustarla, pues los falsos recuerdos que le había implantado aun seguían en la mente de Luna y podrían atormentarla si él daba un paso en falso.
Esa mañana el peso del mundo amenazaba con aplastarlo. Había sido una guardia demasiado ajetreada y para coronarla había perdido a una madre y su hijo recién nacido en cuestión de minutos.
Para su sorpresa Luna no dormía. Ella lo estaba esperando con una taza de humeante chocolate y un cariñoso abrazo que pareció sacarlo momentáneamente de su sombrío estado de ánimo.
El chocolate bajó por la garganta de Theo entibiándolo un poco. Él se sentía anciano aquella mañana. Estaba triste, adolorido y abatido por lo que no había podido hacer, pero al menos Luna estaba ahí para él.
Theodore Nott no se opuso cuando su compañera de departamento lo arrastró gentilmente al cuarto de baño. Él ya se había duchado en el hospital, pero ella había llenado la tina con fragante e invitadora agua tibia y no pudo rechazarla. Tampoco se resistió cuando ella le quitó la camisa para que pudiese estar desnudo para entrar al agua.
Cualquier otro día aquellas acciones hubiesen resultado eróticas y hubiesen hecho que su sangre corriese espesa por sus venas. Pero esa mañana, Theo simplemente no estaba bien y Luna no pretendía excitarlo, solo pretendía mimarlo como si supiera que él necesitaba atención y cariño para despejar malos recuerdos.
Cuando estuvo sumergido hasta el pecho en el agua tibia, uno a uno sus músculos tensionados fueron cediendo y los suaves masajes que Luna prodigaba en sus hombros lo relajaron.
Theo no supo en que instante comenzó a llorar. Pero mientras Luna le cantaba suavemente una bella nana, y masajeaba sus hombros, él se permitió ser vulnerable y mostrar su alma tan desnuda como se hallaba su cuerpo ante la bella bruja que lo mimaba con esmero.
El agua había comenzado a enfriarse pero las calientes lágrimas aun bajaban por sus mejillas. No quería sentirse así y había intentado detenerse varias veces, pero tan pronto como dejaba de llorar, un nuevo nudo se atoraba en su garganta y Luna lo aflojaba con una caricia que abría el torrente salado en el que se habían convertido sus ojos.
Cuando estuvieron en la cama, ella lo acunó contra su pecho y lo siguió acariciando mientras tarareaba una nueva nana. Una nana que Theo no había escuchado desde que su madre murió. El nudo en su pecho se hizo insoportable.
Él había tenido cinco años cuando su madre murió en dudosas circunstancias y su padre lo había golpeado hasta que había dejado de llorar por miedo a nuevos golpes.
Había pasado más de veinte años sin derramar una sola lágrima, y por alguna razón parecía que ahora quería deshacerse de todas las que había acumulado durante ese tiempo.
Luna lo abrazó fuerte cuando el gran medico jefe de San Mungo colapsó en posición fetal y comenzó a llorar casi a los gritos. Veinte años de horrores y dolores empujados profundos en su ser, estaban saliendo a flote como una explosión y Theo no tenía fuerzas para detenerlo dejar de avergonzarse a sí mismo ante la menuda mujer que lo acunaba.
- lo siento, Luna lo siento. Arruine tu vida. Lo siento.
- shhh Theo. Está bien. Tú me salvaste cariño, ahora todo está bien. No te preocupes. Necesitas esto, necesitas sacarlo de tu sistema. Aquí estoy Theo, te prometo que no me iré.
Luna acariciaba su espalda desnuda para apaciguar los espasmos. Theo jamás se había permitido estar tan vulnerable ante nadie y sabia que su cuerpo se estaba revelando a sus esfuerzos por detener la angustia que se había apoderado de él.
Era casi media tarde cuando finalmente el sueño lo venció. Luna lo había cubierto con una manta tibia y lo había acariciado mientras lloraba hasta quedarse dormido. Luego, ella lo siguió al país de los sueños donde por primera vez en años, él no encontró a ninguno de los fantasmas de su pasado.
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Estaba total y completamente aterrado. La red flú los había llevado desde la nueva casa en Wiltshire hacia la Madriguera y los tres segundos de viaje no habían sido suficientes para calmar sus nervios.
Enredarse con Ginny había sido tan sencillo como respirar. Convencerla de mudarse con él solo le había costado una noche. Persuadirla de dejarlo pagar una casa más grande había sido un tanto mas difícil pero lo había conseguido al cabo de una semana.
Cuando Ginny vio que Blaise titubeaba en la chimenea, tomó su mano y le dio un apretón para hacerle saber que todo iría bien. No entendía por qué él estaba tan nervioso. Ella ya era una adulta y estaba divorciada, la opinión de su familia sobre su nueva relación la traía sin cuidado.
Era cierto que su familia había amado a Harry en el pasado, pero cuando ella se plantó en la entrada diciendo que iba a divorciarse, todos los Weasley la habían apoyado y ninguno había emitido objeciones hacia su decisión.
Por alguna razón Blaise quería hacer aquello bien. En poco más de cuatro meses él le había pedido que se fueran a vivir juntos y una mañana se había plantado en el entrenamiento de las arpías a confesar que ella era su novia.
Si bien Ginny no había estado contenta de que sus compañeras de equipo lo supiesen, él había argumentado que no lo comentaba para darle beneficios, sino que lo hacía para demostrarle que estaba completamente seguro de querer hacer pública su relación y su equipo de quidditch había sido el mejor lugar que se le ocurrió para empezar.
Lo siguiente que Ginny supo era que decenas de reporteros los seguían e intentaban fotografiarlos. Habían salido en corazón de bruja mientras elegían muebles para la nueva casa, y el profeta había especulado sobre su compromiso o sobre maternidad, ya que los habían fotografiado en el callejón Diágon comprando un regalo para Scorpius en una tienda infantil y mirando brazaletes para Antares en una joyería.
Incluso habían salido en una revista de chimentos muggle donde se anunciaba que el multimillonario de ascendencia italiana se encontraba saliendo con una bonita modelo pelirroja. Que le dijeran bonita en esa revista había hecho maravillas en el ego de Ginny, y Blaise se había dado cuenta. Por lo que accedió a dar una única nota exclusiva a la revista que la había hecho feliz.
En esa nota, Blaise había comentado sobre su nuevo proyecto hotelero en Japón y se había centrado en la desconocida modelo que había robado su corazón. Para no horrorizar a los muggles, Blaise había dicho que conocía a Ginny desde la escuela y que ella había triunfado en Europa continental como modelo, pero que ahora había vuelto al país para quedarse. No querían mentir, pero hablarle de quidditch a un reportero muggle hubiese roto varias leyes.
Blaise había hecho todo aquello por ella con tanta valentía que ahora Ginny se sentía culpable de haberlo arrastrado a conocer a sus padres. Él parecía descompuesto de miedo. Aunque era capaz de enfrentar cámaras y reporteros, parecía que Molly Weasley era todo un nuevo nivel de dificultad para él.
- Ginny, ¿eres tú?
- si mamá. Soy yo.
Una mujer pelirroja y regordeta apareció en la sala limpiando sus manos en el desgastado delantal que lucía por sobre un vestido estampado con pequeñas flores silvestres.
Blaise deseó haber sido un Gryffindor en ese instante. Aunque la matriarca Weasley apenas si llegaba a su pecho y parecía inofensiva, él sabía que había sido Molly quien acabó con Bellatrix durante la guerra y eso despertaba en él un temor casi reverencial.
Además, él sabía que debería competir con la sombra de Potter. Esa familia había querido mucho al bastardo y ahora era él quien quería ocupar el lugar que cara rajada había tenido.
Ginny le había contado todo lo que había sufrido con Potter y ese era uno de los muchos motivos por los que él quería la cabeza de ese idiota empotrada en su pared.
Él estaba totalmente en contra, pero Hermione y Ginevra habían acordado que no tomarían venganza por el momento. Harry Potter aun seguía siendo el salvador del mundo mágico y un miembro adorado de la sociedad. Cualquier cosa que dijesen contra él solo los perjudicaría a ellos.
Aunque, solo para no perder tiempo, Blaise ya había tomado las medidas del espacio donde clavaria la cabeza de "el niño que vivió para morir a manos de un Zabini" si él osaba tocar a su familia. A veces su vena mafiosa salía a relucir y aunque era bastante escalofriante, a Ginny le encantaba.
- buenos días señora Weasley. Es un placer conocerla al fin. Su hija me ha hablado mucho de usted.
Blaise echó mano a todo su encanto Slytherin. Puede que él fuera un Hufflepuff innato, pero había estado alrededor de verdaderas serpientes por tanto tiempo que había aprendido un truco o dos de ellos.
Molly se tomó un instante para estudiarlo de pies a cabeza. Blaise quería huir, pero la mano de Ginny lo había mantenido firme en su sitio. Él hubiese deseado ir ataviado con alguno de sus trajes de diseñador, pero Ginny había insistido que aparecerse vestido como un multimillonario a un almuerzo informal no hubiese dado una buena primera impresión. Así que habían negociado hasta acordar que una camisa informal color azul y unos vaqueros oscuros eran una vestimenta acorde.
- también es un placer conocerte Blaise. Pasen, pasen, los muchachos y tu padre están en el jardín, no tardan en entrar.
Ginny sonrió amablemente y Blaise se permitió relajarse un poco. Aparentemente había pasado el primer escrutinio indemne.
-Señora Weasley, le he traído un presente.
- no te hubieses molestado querido. Y dime Molly.
- faltaba más, de donde vengo es una costumbre llegar con regalos cuando uno va por primera vez a una casa.
Perfecto, Molly parecía haberlo aceptado… agradecía que Hermione le hubiese enseñado a hacer los hechizos de expansión indetectables cuando iban a Hogwarts, una pequeña bolsa era más fácil de cargar.
Los ojos de Molly se iluminaron al ver el nuevo y sofisticado sistema de audio que Blaise había tomado del inventario de productos de su oficina. Una de las ramas de su empresa se encargaba de mezclar tecnología muggle con magia y el sistema de audio había sido un record de ventas el verano anterior.
- por Merlín, es precioso, lo he querido desde que salió a la venta. Gracias Blaise.
- aguarde, por aquí tengo algo mas… aquí está. Ginny me dijo que a usted le encanta Celestina Warbeck y tengo contactos entre los organizadores de su concierto de despedida. Luego del espectáculo, usted y el señor Weasley están invitados a la gala donde podrán conocer a Celestina.
Molly casi se ahogó. Ella había intentado conseguir uno de los tan solicitados boletos para ver a su cantante favorita en su concierto de despedida, pero estos llevaban meses agotados y eran demasiado caros como para poder permitírselos en caso de conseguirlos.
Blaise se congeló cuando la diminuta madre de su novia lo tironeó para plantarle dos sonoros besos en las mejillas. JA!, aunque no debía ilusionarse, puede que él hubiese ganado una batalla, pero definitivamente no la guerra.
- ¡papá!
- Ginny cariño.
- ven papá, los presento. Él es Blaise, mi novio. Blaise, él es mi papá.
- es un gusto señor Weasley.
El escrutinio volvió a repetirse mientras estrechaban sus manos, pero esta vez con menos severidad y Blaise se sintió completamente aceptado luego de darle el ordenador portátil que Hermione había sugerido que comprase e hiciese modificar mágicamente para Arthur.
Sabía que no eran los objetos los que habían conquistado a sus suegros, sino el hecho de haberles llevado cosas que en verdad les gustaban. Había sido el gesto y no el objeto lo que le había comprado la aprobación que buscaba.
Los hermanos Weasley que se encontraban en la casa estaban colocando las mesas en el jardín y ese era el último obstáculo que Blaise debía franquear. Habiendo asistido al colegio con varios de ellos, y solo por haber sido un Slytherin, convencerlos de que sus intenciones eran buenas seria una cosa totalmente distinta a obtener la aprobación de los padres de Ginny.
Jamás había estado tan tenso como durante ese almuerzo. Él no había participado activamente de la guerra, así que aunque había sentido miedo, nunca había estado directamente involucrado. Durante la boda de Astoria él solo había estado abatido, no había tenido lugar para otro sentimiento, así que la tensión casi dolorosa que tenía en ese instante era totalmente nueva para él.
Fue durante el partido amistoso de quidditch que la mayoría de los hermanos Weasley habían parecido aceptarlo finalmente. El único reticente había sido Ronald pero no opinaría porque su hermana parecía más feliz con la serpiente que con su propio ex mejor amigo.
Durante el partido, Blaise había jugado de golpeador para el equipo donde Ginny era cazadora y se había ganado el respeto de los hermanos cuando desvió, con su propio cuerpo, la bludger que George había lanzado a propósito hacia su hermana.
Ginny había golpeado con la escoba a George, luego de lanzarle su famoso mocomurciélago, cuando se dio cuenta que Blaise había sufrido un fuerte golpe que iba directo hacia ella, y había amenazado a todos con asesinarlos si volvían a causarle una herida a su novio.
La única Weasley estaba furiosa, ellos nunca habían actuado de esa manera con Harry y sin embargo había sido él quien más daño le había causado. En el fondo le resultaba tierno que sus hermanos se demostrasen protectores con ella, pero algo le decía que Blaise sería el último de los mortales en lastimarla alguna vez.
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- …y es por eso que las raíces de astrofolia deben molerse en mortero piedra y no de madera…
Draco alzó los ojos del libro de pociones y rió al ver a Hermione y a Blaise profundamente dormidos. Eran cerca de las dos de la mañana y por los últimos cincuenta minutos él había estado repasando con ellos para el examen de pociones que tendrían al día siguiente.
Blaise estaba desparramado en el sofá y tenía la boca abierta. Draco estaba seguro de que él comenzaría a roncar sonoramente en un momento. Zabini siempre hacia eso cada vez que se dormía en el sillón de la sala de premios anuales.
Hermione se había dormido sobre el gran tomo que habían estado leyendo. La pluma con la que había estado tomando notas había manchado su mano y a su vez esta había dejado una pequeña marca de tinta en su rostro cuando uno de sus rizos le hizo cosquillas y lo apartó dormida.
Ella no opuso ningún tipo de resistencia cuando él la abrazó para guiarla hacia su cuarto. A Draco le hubiese gustado poder alzarla y llevarla a cuestas, pero sabía que probablemente la dejaría caer en la escalera y no quería lastimarla.
Luego de quitarle los zapatos y asegurarse de que estaba cómoda bajo las cobijas, tomó una manta extra y bajó al salón para cubrir a su amigo que dormía a pierna suelta en el sofá. Antes de volver a subir se aseguró de que la chimenea no se apagase y el ambiente estuviera lo suficientemente cálido para Blaise.
Estaba lo suficientemente cansado como para no molestarse en quitarse el uniforme, así que simplemente se quitó los zapatos y se acomodó tras el menudo cuerpo de su novia y los cubrió a ambos con las cobijas.
Aquella acción tan natural no fue una más para Draco. Él había dormido muchas veces con Hermione, pero esa noche, mientras ella dormía plácidamente y él se quitaba la corbata del uniforme, los zapatos y los calcetines, se dio cuenta que amaba esa rutina tan simple y tan maravillosa a la vez.
Solo quedaban dos meses antes de la graduación y el santuario que había armado Hermione para él, entre las cuatro paredes de la sala de premios anuales, se extinguiría pronto. Y supo que no quería perder eso que tenían ahí adentro.
Ellos aun no habían hablado de futuro. Cuando conversaban no había un mañana. Ellos estaban viviendo el hoy con tanta intensidad que, a veces, Draco necesitaba un instante a solas para poder procesar que todo eso le estaba sucediendo a él y no era un simple espectador de una historia ajena.
Hermione se movió más hacia él y giró inconsciente buscando su calor. Como cada noche, él le ofreció su pecho como almohada y se permitió continuar divagando a cerca de lo delirantemente feliz que era en ese instante. Había días que no podía creer que un par de meses antes hubiese intentado acabar con su vida porque nada tenía sentido.
Él aun no dormía más de dos o tres horas por noche. Pero esas pocas horas que dormía habían dejado de tener pesadillas plagadas de horror, sangre y muerte. Hermione alejaba todos los malos sueños sobre la guerra. Con su amor e inocencia ella había ahuyentado a sus fantasmas. Su castaña de rizos salvajes era un patronus andante solo para él.
Cuando estaba con ella, él rara vez volvía a las perpetuas horas de guardia en las mazmorras de Malfoy Manor, ni oía en su mente los gritos desesperados de los prisioneros, ni veía la luz desaparecer de los ojos de los rehenes de Lord Voldemort, tampoco oía a las mujeres suplicar clemencia cuando Theodore no llegaba a tiempo para drogarlas y que no sufrieran si eran elegidas por algún mortífago lujurioso.
Cuando estaban en clase de pociones y compartía caldero con Blaise, ya no recordaba continuamente las pociones y venenos que había cocido a escondidas en su cuarto para que Theo los repartiese entre los rehenes de Voldemort.
Inclusive, cuando cocía la poción anticonceptiva de Hermione, no venían a su mente los rostros de aquellas mujeres mancilladas a las que él se la proporcionaba durante la guerra. Ellos no podían hacer nada por sanar sus corazones, pero al menos no las dejarían cargar con la semilla maldita de un mortífago degenerado.
Él había dejado de guardar comida compulsivamente en los bolsillos de sus túnicas. Ya no había niños encerrados que morirían si él se comía ese último pastelillo. Tampoco necesitaba acumular vendajes o fingir heridas para conseguir ungüentos que no podría cocer por sí mismo. Ya casi no le temía a lo que la oscuridad pudiese esconder.
Hermione había creado un paraíso para él, inclusive estaba enseñándole a convocar un patronus. Él aun no lograba nada más que una masa informe, pero ella estaba segura que con el tiempo él podría obtener un patronus corpóreo. Draco practicaba solo para poder complacerla.
Mientras esperaba que el sueño llegase a él, enredaba distraídamente uno de los rizos de su novia entorno a su dedo anular. Con la escasa luz de luna que entraba por la alta ventana, él se imaginó que aquel rizo era una sortija. Se rió de sí mismo al imaginarse aun mas unido a la muchacha castaña que suspiraba entre sueños sobre su pecho.
¿Qué sucedería si le pedía que no se separasen luego de Hogwarts?, ¿aceptaría ella casarse con él?, Hermione había dejado muy claro que para ella su pasado no era importante y que no tenía miedo de contarle al mundo que era su novia, pero él aun era reticente.
¿Cómo serian sus vidas si ella decidía que podía quedarse con él?. En los tiempos que corrían, ya no era tan usual que dos magos contrajeran matrimonio siendo tan jóvenes, pero Draco sentía que había vivido demasiadas vidas como para esperar a tener una edad suficiente para empezar a construir un futuro más prometedor para él.
Sabía que a causa de sus antecedentes, él solo tendría un único futuro laboral y ese era administrar la empresa familiar. Sus metas de ser pocionista o inefable habían quedado olvidadas cuando la horrible marca tenebrosa había sido marcada a fuego en su brazo.
Quizá él podría ayudarla a cumplir sus sueños de ser defensora de la ley mágica. Él puede que no tuviese contactos aun, pero el dinero podría conseguírselos. Demonios, él podría estar acostado junto a la futura ministra de magia si ella se lo proponía.
Volvió a sonreír. Draco Malfoy, empresario y esposo trofeo de la ministra de magia Hermione Granger, no, Hermione Malfoy. Era absurdo pero nadie podía oír sus pensamientos en ese instante, así que se permitió soñar despierto sin ningún tipo de culpa. Nunca, nadie, jamás se enteraría de lo que estaba pasando por su cabeza esa noche.
La mujer de un primer ministro era una primera dama y su función era hacer beneficencia y lucir bonita en las fotografías… ¿Cómo se llamaba al esposo de una ministra? No lo sabía, pero él definitivamente luciría bonito en las fotos.
¿Y si a futuro tenían hijos?, ¿Cómo lucirían ellos?. Sabía que en su familia había una maldición arcana que hacía que los descendientes siempre tuvieran el cabello rubio que los marcaria indudablemente como Malfoy, y estaba casi seguro de que los Black tenían algo parecido ya que todos ellos parecían tener el mismo tono de gris en sus ojos.
¿Podría Hermione hacer el milagro de que sus hijos tuvieran algo de color?, un cabello que no fuese casi blanco, o alguna veta de color en sus ojos lo conformaría. Inclusive se conformaría si ellos tenían esos rizos alborotados que tanto había insultado en ella cuando era un adolescente idiota.
¿Aceptaría Hermione ponerle nombres de objetos celestes a sus hijos?, esa era una de las únicas tradiciones Black que le agradaban. Disecar las cabezas de los elfos domésticos y borrar sistemáticamente del árbol genealógico los rostros de aquellos miembros que hubiesen abandonado la idea de pureza de sangre, no le atraía.
Adhara, Meissa, Antares, Alcíone… eran hermosos nombres de niña que nunca podría usar. Era una pena, pero ninguna niña había nacido de un Malfoy en muchas generaciones. Hermione era maravillosa, pero no creía que pudiese romper con la otra maldición que pendía sobre su cabeza.
Brutus Malfoy, en el siglo diecisiete, había maldito a la rama masculina a solo engendrar varones para evitar que se perdiese el apellido.
Eso explicaba por qué era el último descendiente puro de dos casas ancestrales. Demasiadas maldiciones corrían por sus venas. Todos sus ancestros estaban completamente jodidos a muchos niveles y él se aseguraría de que todas esas tradiciones obsoletas, que tanto había reverenciado en el pasado, murieran con él.
A la mierda los sagrados veintiocho, a partir de ese momento el juraba que los Malfoy serian orgullosos traidores de la sangre.
Draco quería reír ante la maldad que había planeado. Él inculcaría a sus hijos tanto amor por los muggles, que el mismo Armand Malfoy se levantaría de su tumba solo para volver a morir de la impresión de ver toda su descendencia perder los siglos de pureza. Sus descendientes serian tan mestizos que incluso dejarían de ser rubios a la larga.
El sueño lo atrapó pensando en el futuro, en un futuro con Hermione, en un milagro hecho niña. Se durmió imaginando lo imposible, en una niña de ojos grises y brillantes rizos color sol que bailaba y sonreía como su Hermione cuando era más feliz.
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Ella y Altaír cantaban y reían al ritmo de la tonta canción mientras cerbero saltaba enloquecido en sus tres patas. Madre e hijo habían pasado la mañana escuchando música y riendo sin parar mientras jugaban a cosas sin sentido.
Cuando estaban solos, su hijo se permitía ser mucho más divertido que en presencia de su hermana o alguien más. Cuando estaban solos, su bebé volvía a tener ocho años y dejaba de querer ser el hombre responsable de la casa.
Habían acordado que almorzarían con los abuelos Granger y ese día seria solo de Altaír siendo hijo único. Tener una melliza era fantástico, pero cuando la sangre Malfoy corría por tus venas, la posesividad era un factor bastante difícil de manejar y más si eras un niño de apenas ocho años.
Cuando el timbre sonó supo que sus abuelos habían llegado. El abuelo y la abuela Granger estarían con él todo el resto del día al igual que su mamá. A Altaír le encantaba eso, aunque en el fondo sentía un poco de culpa y cierto vacío por no tener a Antares alrededor.
Estaban por terminar de comer cuando el teléfono de su mamá sonó y por el gesto preocupado de ella, supo que del otro lado de la línea había alguien que no le estaba contando nada agradable.
- ¿papá, podrías ir hasta el Battersea Park por Antares y su hermanito?
- ¿Qué sucedió calabacita?
- Draco debía cuidar de ellos pero… ha tenido un inconveniente y la nana debe retirarse en una hora así que necesita alguien que busque a los niños de forma urgente.
- ¿no es nada grave?
- creo que no papá. Pero es probable que Scorpius deba dormir aquí.
Altaír, cariño, se que te prometí un día para ti solo, pero tu padre ha tenido un problema y Antares tiene que volver a casa antes y lo más probable es que Scorpius tenga que venir también.
- está bien mamá. No hay problema.
- eres el mejor hijo del mundo, ¿lo sabías?, prometo que voy a compensarte esto cariño.
Hermione abrazó a su hijo y luego conversó con su madre brevemente para que pudiese atender al hijo de dos años de Draco cuando su padre llegase a casa con él.
Cuando salió de la chimenea todo en la casa de Draco estaba en silencio. Así que supuso que él estaba en algún sitio del segundo piso.
Lo encontró en la habitación de Scorpius abrazando una Snitch de peluche y mirando el álbum de fotos de los mellizos mientras bebía directamente de la botella de whiskey.
- evanesco.
- hey, esa era una botella de treinta galeones.
Draco volteó otra página del álbum y se detuvo a observar una foto de Antares que lanzaba besos a la cámara. Luego alcanzó su varita.
- accio whiskey de fuego.
Hermione lo observaba impertérrita. Draco la había llamado borracho como una cuba y le había suplicado que alejase los niños de la casa porque no quería que Antares lo odiase más, de lo que ya hacía, si lo veía en ese estado. Blaise había dicho que él hacia eso a menudo pero no creyó que fuese para tanto.
- evanesco… Draco puedo hacer esto toda la tarde. ¿Puedes dejar de invocar botellas?, ya estás lo suficientemente ebrio, no necesitas comenzar a vomitar entre las cosas de tu hijo.
- déjame en paz Granger. ¿Qué haces aquí de todos modos?. Te pedí que cuidaras a mis hijos, no que vinieses a ver mi festival de autocompasión.
- los dejé con mis padres y vine a ver que no te murieses al aspirar tu propio vomito etílico. No quiero tener que explicarles a mis hijos como moriste.
- jajajajaaj, ¿no sería todo más sencillo si fuera así? Mis hijos me odian, no me extrañarían demasiado.
- oh por Merlín… deja ya esa estupidez Malfoy. Me llamas mala madre y luego resulta que tú te emborrachas en vez de cuidar a nuestra hija.
- Antares me desprecia. Me lo dijo.
- no lo hace, ella estaba muy ilusionada con verte hoy, no paraba de hablar de ti. ¿Qué te hace pensar eso?
- me oyó decirte mala madre y se enojó conmigo. Mi única hija me odia…
- ¿y por eso te has puesto tan borracho que ves un álbum de fotos al revés?. Santos cielos Draco, Antares tiene ocho años y es una reina del drama al igual que tu. Ella seguramente ya ha olvidado por que estaba enojada.
- accio whiskey de fuego.
- evanesco…ya deja de beber maldita sea. Casi mueres la última vez y Altaír tuvo pesadillas cuando supo que el hombre que vio sobre la camilla en San Mungo eres tú.
- ¿en serio?
- sí, luego tiró todo el alcohol de mi casa y el de Blaise por miedo de que a nosotros nos pase lo mismo.
Draco alejó la varita y la observó desde el suelo. Hermione quería llorar. Sentado así le recordaba al muchacho que había hallado quebrado frente a la tumba de Dumbledore. Le daba pena verlo así.
- sí. Altaír aparenta ser duro, pero en el fondo es muy sensible. Y estoy segura de que no hay nada que desee más que tener a su papá con él, pero tiene miedo, igual que tu.
- ¿podrías contarme más sobre ellos?. Por favor Granger, cuéntame más de mis hijos. Siento que son extraños para mí. Ódiame otro día, yo volveré a hacer lo mismo, pero hoy no. Quiero conocerlos, si alguna vez me quisiste hazme este favor Hermione, solo hoy.
Algo se rompió en ella. Él la estaba mirando con un gesto suplicante y sus ojos inyectados en sangre. Ella aun lo amaba, y aunque se había resignado a que nada podría recomponer lo que habían tenido, sintió la dolorosa necesidad de abrazarlo y decirle que todo estaría bien, que sus hijos lo amaban y que juntos podrían tener la familia que habían soñado alguna vez.
Hizo de tripas corazón y se sentó junto a él en el suelo apoyando su espalda contra la cama de Scorpius. Instantáneamente recordó a las noches en vela que habían pasado en Hogwarts conversando junto a la chimenea, sentados en el suelo, mientras el fuego crepitaba cálido en la sala.
- ¿qué quieres saber?
- cuéntame de Antares. ¿Cómo es ella?, ¿cómo era ella de bebé?.
- Ella era una bebé preciosa, fue la segunda en nacer. Cuando nació parecía querer observar todo en la sala de parto, tenía enorme ojos grises que se movían de un lado a otro y no lloraba, simplemente curioseaba su nuevo entorno.
Draco sonrió imaginando lo que debió ser el nacimiento de sus hijos. Él no había podido estar durante el parto de Scorpius y había perdido a Astoria en esa ocasión, así que solo podía imaginarse lo que había sido el nacimiento de sus mellizos.
- cuéntame más.
- bien, Antares… Antares es… es como tú. Dormir más de seis horas va en contra de su religión, jajaja. Ama las mañanas y se levanta llena de energía, si ella está despierta cree que es necesario que el mundo también lo esté. Muere por el chocolate y más de una vez la he encontrado en el cuarto de baño mezclando productos de limpieza indiscriminadamente.
- le gusta hacer pociones.
- creo que le gusta desquiciarnos a su hermano y a mí. También es una reina del drama y disfruta mucho de tener a todos bailando al son de su tambor.
- puedo imaginarlo. ¿Y Altaír?
- el era tan pequeñito. Su nacimiento fue muy difícil, hubo complicaciones y le ha quedado esa secuela en su vista. Él fue el bebé más dulce y tranquilo que vi en mi vida. Jamás lloraba y se deshacía en sonrisas cuando le cantaba.
Hermione enjugó una lágrima y le contó toda la historia del nacimiento de su hijo y los paralelismos con su propio nacimiento y su hermano Hermes que había nacido muerto. Con el correr de la historia Draco parecía estar saliendo de su estupor etílico y estaba enfocado en aprender tanto como pudiese de sus hijos.
- solo puedo imaginar lo duro que debe hacer sido.
- Cuando supe que eran dos y que yo también había tenido un mellizo entré en pánico. Tenía diecinueve años, no tenía dinero, trabajo o estudios. No sabía cómo los mantendría y estaba muerta de miedo de que algo le pasara a uno de ellos.
- yo debía estar ahí.
- lo sé, no hay día en el que no me arrepienta de no haberte hecho buscar sin importar las consecuencias. Y desde que supe la verdad, no hay día en el que no quiera volver el tiempo y golpearme a mi misma hasta comprender que tenía mis lealtades mal ubicadas. Lo siento mucho Draco.
- yo también. Pero hay cosas que un simple lo siento no arreglan.
- también lo sé y entiendo completamente tu odio.
- en realidad no te odio Hermione. No podría odiar a la madre de mis hijos. Pero comprende que no puedo perdonarte. ¿Cómo podría perdonar que hayas caído en una trampa tan estúpida?. Arruinaste nuestras vidas por una estúpida treta que hizo el tipo que hubiese muerto en primer año si no estabas ahí para salvar su culo cada vez que se arrojaba frente al peligro sin detenerse a pensar. Decías que me amabas pero creíste que te había engañado sin siquiera detenerte a pensar que yo no sería capaz de eso. No contigo. Para ser la mujer más inteligente que conozco, no usaste tu cerebro para proteger lo que teníamos. Es por eso que no he buscado a Potter para matarlo, él tendió la trampa, pero tú fuiste la que quiso creer lo que vio. Tú fuiste la que nos mató.
- lo sé y toda mi vida voy a arrepentirme de eso.
Draco escondió su rostro y discretamente borró una lágrima que pendía de su pestaña. No quería dejarle ver cuánto le afectaba su cercanía y lo que le había hecho. Puede que él no fuera un buen tipo, pero aun le quedaba algo de dignidad.
- creo que es hora de que te vayas Hermione. Blaise dijo que buscaría a Scorpius apenas volviese de la madriguera.
Hermione se incorporó. No quería echarse a llorar como una niña y suplicarle perdón. Era mejor que saliese de esa casa. Al menos Draco parecía estar más en sus cabales y era muy probable que ya no siguiera bebiendo esa noche.
Posiblemente los hermosos meses que habían vivido juntos jamás se repetirían y solo quedarían sus hijos de ese maravilloso tiempo donde creyó que el mundo le pertenecía.
Era la hora de huir, mañana seria otro día y debería afrontarlo como una mujer adulta. Tendría que vivir con las consecuencias de sus actos y concentrarse en lo único importante en su vida. Sus hijos eran lo único que tenia y tenía que protegerlos sin importar que el costo fuese su propio corazón.
-o-
N.a: fin del capítulo. No niego ni afirmo haber llorado un poco escribiendo la parte de Theo. Espero que les haya gustado este capítulo. HASTA LA PROXIMA!
