Yuri! on Ice pertenece a sus respectivas creadoras y a los dueños de sus derechos. Moi solo escribe esto por simple pasatiempo y para evadir responsabilidades. Nada más y nada menos.
Título: Desire.
Idea Original: Juls.
Portada: Sternenhimmel の世界
Beta: Ann Zamudio.
Advertencias: Romance homosexual. Mucha cursilería, drama, crisis existenciales y cositas varias. Si entraste aquí por alguna clase de extraño error, huye de inmediato. Si sabes perfectamente que estás en el lugar correcto. ¡Bienvenido seas! Dicho está. Sobre aviso no hay engaño.
⁂⁂⁂
La dedicatoria de este fic tuvo muchas versiones. Cambió con el principio, el desarrollo y el final de una historia fuera de estas letras.
Al final, terminó de esta manera:
Para mi estimada Juls, por devolverme la escritura cuando alguien más me la arrebató, por quedarse durante algunas estaciones a mi lado e irse sin dar ninguna explicación. Me convencí a mí misma de que al darle un final a esta historia sería como el adiós que nunca tuvimos. Asi que, finalmente, lo logré. Aquí está.
Juls, para ti, esta carta de despedida.
⁂⁂⁂
Desire
Por:
PukitChan
[Deseo; del latín vulgar, Desidium: "Ociosidad, libido, pereza."]
1
El adolescente
Yuri Plisetsky se estremeció cuando en esa fría mañana, unos suaves y tibios dedos se deslizaron insistentes entre su cabellera rubia. «Está bien», se dijo a sí mismo, tensando su cuerpo en el momento en el que el contacto se repitió, «es su maldito trabajo». Frente a él, una muchacha alta y de cara ancha que cualquiera esperaría ver sonriendo hermosamente detrás de un mostrador, frunció su ceño con preocupación.
—Tu cabello es muy delicado.
Bajo otras circunstancias, quizá Yuri le hubiera reñido, pero resultaba evidente que ella no le prestaba atención, al menos no directamente. Estar junto al ganador más joven del Grand Prix de patinaje artístico sobre hielo al parecer no era nada si estaban hablando sobre la suavidad de su cabello.
—Tendremos que retocar varias veces tu peinado, pero creo que de esta manera durará bastante.
Él enarcó su ceja, mordiendo el interior de su mejilla mientras la muchacha parecía, por fin, terminar sus acciones. Le permitió levantarse tras una hora de auténtica tortura para que al mirarse en el espejo, el adolescente descubriera que se veía exactamente igual: pálido, con el cabello desordenado y esa eterna expresión de fastidio que para muchos no dejaba de parecer tierna. Sea como fuere, la mujer que lo había peinado y maquillado lucía orgullosa, como si Yuri fuera su más perfecta creación.
—Gracias —dijo, porque se suponía que debía hacerlo. Lilia no había dejado de repetirlo el día anterior, y el día antes de ese. «Son tus patrocinadores, Yuri Plisetsky. Pórtate bien.» Sin embargo, ¿cómo esperaba esa anciana que él se comportara cuando no había ido solo a la sesión?
—Oh, sí. ¡Pensamos volver a Japón en unas semanas! ¡Para que Makkachin brinque sobre él, otra vez!
—¡Victor…!
Cerró sus ojos, contando mentalmente hasta diez. Ni siquiera había caminado más de tres pasos cuando las voces llegaron hasta él. Como no podía ser otra manera, porque, por supuesto, para esa sesión fotográfica los habían solicitado a los tres, se encontró con Victor y Yuuri a una distancia que no parecía ser lo suficientemente lejos de él. La pareja ya había sido maquillada y vestida con tal gracia que era ridículo ver cuánto combinaban entre ellos mientras que él apenas conseguía mantenerse vivo en la habitación.
¿En verdad era necesario que ellos estuvieran allí?
—¡Ah, Yurio, ven aquí! ¡Ya está todo listo! ¡Mira qué guapo se ve Yuuri!
Sin poder evitarlo, un gruñido emergió de sus labios. A Victor no parecía bastarle con avergonzarlo al gritar como si estuviera al otro lado de una pista de hielo y no frente a él. ¡También le estaba preguntando por el estúpido de su cerdo! ¡¿A él por qué habría de importarle cómo lucía?! Dicho sea de paso, Yuuri parecía estar a punto de un colapso mental con esa expresión aturdida y esos inquietos movimientos. ¿Cómo conseguía mantenerse vivo siendo de esa manera?
—¡No me llames así! —escupió, colocándose los guantes negros que alguien le ofrecía mientras que Yuuri, dejando de lado sus propias inquietudes, le dirigía una de esas sonrisas paternales suyas que siempre conseguían exasperarlo.
—Esa ropa te queda muy bien, Yurio.
Al oírlo, Yuri chasqueó su lengua y frunció su ceño. Simplemente era incapaz de comprender por qué el otro le decía palabras tan estúpidamente ñoñas en momentos tan inapropiados como ese. Y al notar que algunos de los presentes no apartaban la vista de ellos, se tensó. Sin embargo, antes de que pudiera soltar todas las palabras altisonantes que estaban cruzando por su mente, Victor se adelantó, rodeó a Yuuri por los hombros y lo atrajo hacia él, como si quisiera asfixiarlo en un repulsivo abrazo.
—¡Yuuri! —exclamó, alargando la u innecesariamente mientras ponía esos bobos ojos que le recordaban a los de Makkachin—. ¡Yuuri! ¿Por qué es Yurio quién obtiene tus halagos y no yo?
—Pero, Victor —dijo Yuuri, lanzándole una mirada resignada que acompañaba una profunda expresión de sincero desconcierto—, tú siempre luces bien.
Yuri sacó su lengua, maldiciendo el hecho de conocerlos. Además, ¿a qué se refería aquel sujeto con esas palabras? ¿Insinuaba que él no se veía bien todo el tiempo? Claro que Yuuri nunca quiso decir eso, pero Yurio, por supuesto, decidió tomarlo como un insulto.
—¡Agh! ¡Callénse y tomemos esas malditas fotografías ya!
Ellos lo ignoraron. Yuri ya había aprendido que cuando Victor y Yuuri estaban en esa burbuja de color rosa, el resto del mundo desaparecía. Era casi ridículo pensar que se comportarían con seriedad cuando habían hecho cosas más estúpidas frente a miles de personas. ¿Y aun así, era él quien recibía los regaños de Yakov y Lilia? ¡Maldita sea, no los soportaba!
—¡Vamos, Yurio, date prisa! ¿No querías terminar temprano esta sesión fotográfica?
¡¿Por qué no iban, se arrojaban de un puente y se morían juntos, si tanto era eso lo que querían?! Era justo el tipo de melodrama exagerado que ellos compartían y del que los demás nombrarían como intenso y apasionado.
Cuando finalmente la sesión inició, Yurio ya estaba por arrojar la toalla y mandar a todos a la mierda. Además, ¡ni siquiera sabía que los tres aparecerían en la fotografía principal! Claro, tal vez Lilia lo había mencionado mientras él estaba demasiado ocupado sonándose la nariz, pero aun así…
—¿Yuuri, podrías sonreír un poco más?
Por inercia, Yuri levantó su rostro. Aunque la pronunciación de ambos nombres difería sutilmente, la similitud entre ellos también era uno de sus grandes problemas. Uno que se había agravado desde que Yuuri llegó a entrenar a Rusia, apoderándose, no sólo de la atención de sus compañeros de pista, sino también de todo aquello que le simpatizaba, con la excusa de que Yuuri era alguien fácil de querer. Justo como lo que pasaba en ese momento, con los tres sentados en aquel sofá.
—Mueve tu rostro un poco más a la izquierda. ¡No, no te preocupes! Es sólo una fotografía, podemos intentarlo cuantas veces sean necesarias.
Gruñendo —últimamente no dejaba de gruñir y su humor de empeorar—, Yuri apoyó su brazo sobre la rodilla de Victor para mirar de soslayo al japonés, quien estaba sentado en el otro extremo del sofá luciendo terriblemente nervioso e incómodo. Resultaba evidente que no había nacido para la farándula, lo cual era irónico si consideraba que en el patinaje artístico tenías que ser el centro de atención. Aun así, había de reconocerle que Yuuri le ponía muchas bolas al proceso a pesar de que no le saliera nada bien.
Fue entonces cuando ocurrió.
Victor, que estaba recargado ligeramente en Yuuri, levantó el rostro para mirarlo. El contacto entre ambas miradas pareció suficiente para calmar sus nervios porque, en el momento en el que Nikiforov deslizó su mano para tomar la ajena, besarla con sutileza y apretarla, la sonrisa de Yuuri ya no era tensa ni forzada, sino tímida y sincera.
Y la escena, tan ridículamente cursi, fue capturada por el fotógrafo en turno, sin importarle que él, Yuri Plisetsky, luciera en ella como si Yakov lo hubiera obligado a comer verduras toda la maldita vida. Lo peor fue que al verla, todos pensaran que así era su cara siempre y que no había manera de corregirlo.
Los detestaba.
⁂⁂⁂
Poco antes de las siete, en una helada mañana de miércoles, Yuri despertó con Potya acurrucado encima de su pecho. Al gato —que al parecer había encontrado en su cuerpo el suficiente calor para dormir cómodo— no pareció importarle el hecho de que su dueño tenía que levantarse a orinar. Y durante unos largos instantes, Yuri en verdad consideró los pros y los contras de tener que ir al sanitario hasta que recordó, de mala gana, la terrible costumbre de madrugar que Victor poseía.
Miró su reloj. Si se daba prisa, llegaría a la pista de hielo muchísimo antes que aquel par. De esa manera, pensó rápidamente, evitaría al menos por una hora la empalagosa cursilería que, inclusive en sus entrenamientos, Victor y Yuuri se empeñaban en restregar a los demás.
Animado por esa perspectiva, Yuri se incorporó, recibiendo un fuerte gruñido de Potya, quien se estiró cuan largo era para casi inmediatamente después girar en la cama y acostarse con la panza hacia arriba. Yuri corrió hacia el baño y tras quince minutos en los que sólo se escucharon golpes y maldiciones, salió aseado y listo para aprovechar el tiempo al máximo. Desayunó lo primero que encontró y se acercó a Potya para rascarle el estómago a manera de despedida, el gato abrió sus ojos y lo miró fastidiado antes de maullar, como si estuviera diciéndole adiós.
Durante todo su trayecto hacia la pista, Yuri tarareó. Sin la presencia de los otros, sería más fácil concentrarse. ¡Hasta podría perfeccionar el salto que había estado trabajando en las últimas semanas sin Victor burlándose de él! Aceleró el paso y sonrió de lado, sintiendo que inclusive la música que escuchaba parecía alentarlo. ¡Debió haber pensado en un plan así desde mucho antes!
Tal vez, si Yuri no hubiera entrado con aquella prisa a Champions, la pista de hielo de San Petersburgo, habría notado que en la entrada, a lado de una bicicleta doble recién estrenada, estaba Makkachin acurrucado. Y si se hubiera fijado con mayor atención en las pequeñas pistas y los curiosos detalles, las cosas no hubieran terminado de la manera en la que lo hicieron. Pero no lo hizo… y fue así como el caos comenzó.
De buen humor, Yurio miró su teléfono mientras se acomodaba los auriculares. La música, estruendosa y caótica, que era genial y le impedía escuchar los sonidos del exterior, era una recopilación de artistas que Otabek le había recomendado. ¡Le encantaba! Desde que se había colado a ese bar y Otabek había puesto la canción que se volvería parte de su programa en la Gala de Exhibición, Yuri no dejaba de molestarlo preguntándole por una variedad de música que sólo un DJ sería capaz de reconocer.
Quizá, para conmemorar ese día, debería tomarse una selfie y subirla a su Instagram.
Con esa idea en mente, Yuri entró a los vestidores. Arrojó su cosas hacia un punto inexacto en el suelo y se fotografió. En cuestión de segundos, la imagen estaba posteada en internet y lista para ser amada por sus fans. Y sólo en ese momento, cuando sus notificaciones serían un caos si las tuviera activadas, notó que en el fondo de la fotografía había dos pares de patines abandonados más.
Y, maldito fuera, reconocería esa jodida cuchilla de oro en cualquier parte del puto planeta.
¡No era cierto, no era cierto! Jalando los auriculares para expresar por lo alto todo su odio, caminó hacia las duchas y demasiado tarde comprendió que ese sería uno los peores errores de su vida.
—¡Sí, sí! ¡Ahí! ¡Ah…! ¡Más, por favor, más! ¡AH!
—Nos van, ah, a e-escuchar…
—¡YUURI!
Yuri no necesitaba escuchar su nombre dicho de esa manera. Y en verdad, realmente no necesitaba ver a esos dos haciendo eso. No tenía porqué ver al cerdo con esa expresión tan asquerosa de deseo ni a Victor tan necesitado. Jamás había querido ver al ruso semidesnudo, gimoteando con las piernas enredadas en las caderas del otro, aferrándose y reclamando por más. No quería ver ambos cuerpos sudados, sonrojados y meciéndose en un ritmo que debería considerarse ilegal. ¡Y nunca había querido descubrirlos cuando estaban en pleno orgasmo!
—¡SON UNOS MALDITOS ASQUEROSOS!
Salió corriendo con sus patines en la mano. ¡Él no era un niño! Sabía perfectamente qué era lo que hacían Victor y Yuuri solos. ¡Literalmente todo el mundo lo sabía! ¡Eso no significaba que debiese verlo! ¿Es que esos dos no conocían el sentido del respeto? ¡Eran unos imbéciles!
Para el momento en el que consiguió tranquilizarse, Yuri ya estaba en el borde la pista, con el frío golpeando sus mejillas sonrojadas. Trató de no pensar en ello, pero cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Yuuri cogiéndose a Victor aparecía en su mente con fuerza. ¡¿Cómo haría para olvidar esa puta escena de su mente? ¡¿Cómo?!
—¡Yurio!
Al escuchar la voz, Yuri de inmediato se metió a la pista y deslizándose por el hielo se alejó lo más posible. Allí, en la orilla, estaba el cerdo, aún despeinado y sonrojado. Sus gafas estaban torcidas y resultaba evidente que se había vestido a toda prisa, pero aquello, en lugar de mejorarlo, sólo le daba un aspecto lamentable. ¡Al menos hubiera tenido la decencia de arreglarse!
—¡Yurio, lo siento!
—¡Cállate, cerdo! ¡Largo de aquí, malditos enfermos!
—¡Yurio, por favor! ¡Sólo…!
Una dulce risa interrumpió la disculpa de Yuuri. Victor, luciendo como si aquel fuera un día normal y nada hubiera pasado, apareció, ya con los patines puestos. Al quitarles las guardas y deslizarse dentro de la pista, se acercó a Yuri, quien intentó alejarse de la misma manera. Pero Victor no parecía molesto ni contrariado por sus acciones; simplemente lucía como un niño que había sido pillado en la mejor broma de su vida y no se arrepentía de nada.
—¡Vamos, Yurio! —dijo, sonriendo ampliamente. Tanto, que era inevitable pensar que la había pasado muy bien—. No tienes por qué asustarte tanto. Estoy seguro de que ya conoces el tema de las abejas y las flores, ¿verdad?
—¡Victor! —gritó Yuuri desde la orilla, caminando torpemente. Al parecer, estaba intentando ponerse los patines también.
—¡Claro que lo conozco! ¡Pero no quiero verlos a ustedes haciéndolo!
—¿Ah? ¿Y así es como pretendes ser un profesional? —se burló Victor—. Deberías saber en qué mundo es en el que te estás metiendo, Yurio.
—¿Qué sucede? ¿Tan temprano se están peleando? —dijo una nueva voz. Georgi, cubierto totalmente, miraba la pista como si no terminara de decidirse si lo que ocurría allí era bueno o malo, pero prefería no involucrarse. Yuri nunca se había sentido tan aliviado por la presencia de su compañero y cuando los demás comenzaron a llegar para el inicio de su entrenamiento, Yurio por fin consiguió una razón para mantenerse alejado de Victor y Yuuri.
La pareja, no obstante, no parecía querer dejarlo en paz. Cada vez que Yuri practicaba alguna secuencia de pasos o realizaba alguna pirueta, Victor y Yuuri terminaban patinando a su alrededor. En un afán de alejarse y no ver sus caras de sexo, Yuri decidió practicar sus saltos. De esa manera, tendría su espacio, ¿cierto? ¿cierto?
Claro que en ese momento Yuri no sabía que, algunas veces, la mente jugaba por su propia cuenta.
Yuri intentó con un salchow, uno de los saltos más fáciles en su repertorio. Sin embargo, al impulsarse y cerrar los ojos buscando una máxima concentración, la imagen de Yuuri y Victor colándose en su mente absorbió toda su atención. Para el momento en el que aterrizó, la cuchilla se deslizó bruscamente por el hielo, haciéndole perder todo el equilibrio hasta caer duramente en su lado izquierdo. La terrible experiencia sólo duró unos segundos, pero cuando Yuri abrió los ojos, se descubrió tirado, rodeado de varias personas y con un palpitante dolor en su brazo.
—¡Llamen a un doctor!
—¡¿Estás bien, Yuri?!
—¡Yurio!
Él nunca había fallado de esa manera aquel salto.
Nunca había caído de esa manera tan patética.
Él no era de los que se equivocaban.
—¡Yurio!
—¡TODO ES SU MALDITA CULPA! —gritó, sobrepasado por sus propias emociones mientras su mirada rabiosa se concentraba en un sorprendido Victor y un culpable Yuuri, que parecía a punto de llorar—. ¡LOS ODIO! ¡LOS ODIO!
Esa mañana le mandaron reposo absoluto durante un día.
Al llegar a su habitación en la casa de Lilia, siendo recibido por Potya, Yuri se arrojó a su cama. La vibración de su teléfono continuaba diciéndole que Yuuri seguía llenándole su bandeja de entrada con absurdas y estúpidas disculpas. Se mordió el labio inferior, sintiendo toda esa rabia acumulada. ¡Él nunca había sido regresado de la pista! ¡Si se hubiera fracturado, habría sido culpa de esos malditos! ¡Siempre, siempre tenían que arruinarlo todo! ¡Ya no podía soportarlo! ¡En verdad los odiaba!
Soltó un puñetazo a su almohada y sintió cómo unas lágrimas comenzaban a nublar su vista.
Si tan sólo… no existieran. Si tan solo Yuuri nunca hubiera llegado a Rusia. Si tan sólo ese cerdo estúpido jamás le hubiera sonreído a Victor mientras estaba ebrio, pidiéndole que fuera su entrenador, él sería feliz. Todo estaría bien. Nada hubiera cambiado. Todo sería normal.
Si tan sólo Victor y Yuuri nunca se hubieran encontrado, él...
Ojalá… ojalá nunca se hubieran conocido.
⁂⁂⁂
Primero fue la luz. Luego apareció Potya. Su gato estaba maullando, diciéndole que era hora de abrir la ventana para que él pudiera asomarse. Malhumorado, preguntándose qué hora era y en qué momento se había quedado dormido, se levantó. Era de mañana. Una fría mañana, al igual que siempre, pero que se sentía curiosamente diferente.
Miró a su alrededor hasta que decidió buscar la fecha en el teléfono: era jueves. ¿Qué había pasado? ¿De verdad el medicamento para mitigar el dolor de su caída lo había dormido durante un día completo? Sintió sus músculos resentidos, pero al estirarse notó que su brazo ya no le causaba molestia. Se miró con atención y su piel pálida, que apenas ayer estaba adornada por un feo hematoma de tono verdoso, ahora volvía a ser la de antes.
Extrañado, abrió la ventana, por donde Potya sólo se asomó para después regresar a la cama que estaba aún tibia. Yuri chasqueó la lengua ante los caprichos del felino y salió al pasillo, buscando a Yakov y Lilia, porque era extraño que ninguno de ellos estuviera allí, mimándole como el patinador estrella que era. No obstante, lo único que encontró fue un desayuno ya preparado que esperaba ser calentado y una nota de Yakov, diciéndole que, maldita sea, llegara al menos una vez temprano a la pista.
Yurio enarcó la ceja, dándole vueltas al mensaje de su entrenador mientras desayunaba. ¡Era cierto que antes era descuidado con sus entrenamientos, pero ahora se había vuelto más responsable! ¡Yakov no tenía por qué reñirle en eso! Es más, ¡hacía bastante tiempo que no le reñía por eso! ¡Ni siquiera había sido su culpa que el día anterior se hubiera caído! ¡Todo era por culpa de Victor y Yuuri y sus malditas hormonas! Se maldijo a sí mismo al recordarlo. Tal vez debería tomar en cuenta la nota de Yakov y nunca llegar a la pista.
Media hora más tarde, sin embargo, ya estaba allí. Aún era temprano, pese a las quejas de Yakov, así que no sorprendió de encontrarla solitaria. Esta vez no quiso entrar directo a los vestidores. Esperaría a que más personas llegaran para que así, si alguien tenía que traumatizarse, no sería él otra vez.
Lo último que Yuri esperaba era encontrarse a Victor, deslizándose por la pista mientras practicaba una rutina desconocida. ¿Cuándo la había coreografiado?
Yuri buscó al japonés sin encontrarlo a su alrededor, mientras se apoyaba en la orilla. Victor, por su parte, lucía serio al patinar y algo en su expresión le decía que había pasado alguna situación delicada. Era un Victor que no había visto en mucho tiempo. ¿Tal vez estaba enojado con Yuuri y por eso el otro no estaba allí? ¿Quizá se habían peleado por lo del día anterior? Eso sin duda lo haría feliz. Victor quedando como un idiota siempre lo ponía de buen humor.
—¡OYE, VICTOR! ¿ACASO EL CERDO FINALMENTE TE ABANDONÓ?
Victor detuvo sus movimientos elegantes y volteó hacia él, ladeando el rostro mientras colocaba una mano en su cintura.
—Buenos días, Yuri. ¿Por qué estás en la pista tan temprano? ¿No te habías negado a practicar ya?
Por un momento, aquellas palabras le descolocaron. ¿Le había llamado Yuri? ¿Hacía cuánto tiempo que no le llamaba así?
—No seas ridículo, anciano. ¡Yo siempre practico! ¡No soy como el perezoso de tu cerdo que ni siquiera está aquí! ¿Acaso está hibernando?
Victor sonrió, levantando una ceja divertido.
—¿De qué hablas, Yuri? ¿A qué cerdo te refieres?
Yuri se paralizó, sintiendo cómo su corazón empezaba a palpitar con fuerza.
Algo andaba mal.
Algo andaba terriblemente mal.
—No digas estupideces, anciano. ¿Dónde está el cerdo?
—Sigo sin entenderte, Yuri. ¿Es acaso otro de tus juegos o tu nueva mascota…? ¡Ya sé! ¿Le estás llamando así a Mila? ¿Sabes lo que hará si…?
—¡Victor, cállate! ¡¿Dónde está Yuuri?!
—Eh, tú estás aquí…
Imbécil. Imbécil. ¡Imbécil! ¿Por qué no se dejaba de juegos y le respondía? ¿Acaso era otra de sus malas bromas?
—¡Me refiero a Yuuri, idiota! ¿Dónde está él? ¡¿Dónde está Yuuri Katsuki?!
Victor se deslizó hasta la orilla, acercándose como si quisiera comprender lo que ocurría. Al no lograrlo, lo miró extrañado mientras se cruzaba los brazos, luciendo terriblemente solitario.
Victor había dejado de lucir así. Victor Nikiforov hacía mucho tiempo había perdido la soledad de su mirada. ¿Dónde estaba su tonta sonrisa con forma de corazón y su molesto entusiasmo? ¿Por qué sólo estaba…. él?
—Perdona, Yuri, pero no conozco a ningún Yuuri Katsuki.
Desea. Desea con todo tu corazón. Desea fervientemente.
Sin embargo, ten cuidado con lo que deseas, Yuri Plisetsky.
...porque podría hacerse realidad.
⁂⁂⁂
Escritora al habla: ¡Hola a todos! No puedo creer que finalmente hemos llegado aquí. Estoy nerviosa con esta publicación y al mismo tiempo, agradecida en muchos sentidos. Quiero decir, sobre todo, que esto ha sido un trabajo conjunto y lleno de amor en muchos sentidos. Primero, gracias a Juls, quien tuvo la idea original de esta historia y yo solo le fui agregando detalles y cosas varias y, claro, escribirla. Le agradezco que me haya permitido escribirla y publicarla. Un segundo agradecimiento enorme a Ann, mi beta, que se ha tomado mucho de su tiempo para que esta historia quede lo más limpia posible. Si se ven tan bonita, es gracias a ella. ¡Y por supuesto, a mi estimada Sternenhimmel の世界, que no sólo se tomo el tiempo para darle forma a mis vagas imágenes mentales, sino que hizo un trabajo tan maravilloso que cuando lo vi, me puse a llorar sin parar. ¡Gracias por todo, cielo! Por favor, visitenla. Su arte es precioso y merece todo el amor del mundo mundial.
Esta historia será publicada cada semana, en domingo. No se asusten: básicamente ya está terminada, así que no los dejaré botados a medias. Un logro muy importante para mí, porque volver a escribir y terminar algo es impresionante y siento cómo mi corazón se hace chiquito de la emoción.
Muchas gracias a quien decida darle una oportunidad a esta historia, de verdad. Y más gracias si les nace un review para esta humilde escritora en sus ratos libres. ¡Gracias y que tengan una maravillosa semana!
