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DIA 30
COMING HOME
( o Regresando a casa)
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Continuación inmediata del día 29: Found.
Félix y Adrien Agreste tienen una conversación tardía y esclarecedora.
Marinette, en cambio, sigue esperando por el futuro.
Y el futuro llegará, tarde o temprano, para poder tener un final feliz...pero...¿existen los finales felices? ¿En serio?
- Lime. Letras en cursiva: pensamientos.-
ULTIMO CAPITULO
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No, ella no podía quejarse, no. O sí, tal vez sí.
Por las mañanas, al abrir los ojos, Marinette lo encontraba a su lado, somnoliento o dormido. Y ella, traviesa, le introducía un dedo en el oído o en la nariz. Él entonces, despertaba desesperado, y en castigo, la besaba aplastándola con su cuerpo. Ella se quejaba de falta de aire, y él reía, haciéndose a un lado. Algunas mañanas, también, él le hacía cosquillas, o le ensuciaba el pelo largo y negro con su saliva, volviéndolo pringoso. Ella se enfadaba por su revancha y le negaba el siguiente beso moviendo la cara, haciendo puchero, pero él le cogía el mentón y la atraía hacia sí.
Y nuevamente a empezar.
Y Félix nuevamente le daba un beso al despertar, nuevamente sus manos le quitaban el pijama, o la ropa interior. Se sentía el hombre más poderoso del mundo, cada vez que la oía gemir entre sus brazos. Se sentía un dios, y un demonio, ambos luchando por ganar su cuerpo. Se sentía hombre y se sentía niño, ante la suavidad de su voz y el tacto de sus caricias. Se sentía domado, y domador.
Oh, ella era una buena jinete, y él se dejaba montar.
Algunas veces ella le decía un susurro en voz bajita, estremeciéndole la piel. Otras tantas veces, ella se ponía de rodillas ante él, murmurando letanías de amor, mientras introducía un trozo de él en su cuerpo, y él otra vez, gemía, temblaba y cedía. Y él otra vez, repetía lo que él siempre decía:
- Lo que tú quieras, cielo, lo que tú quieras.-
Entonces, suavemente, él se anclaba a su cuerpo, la sujetaba de las caderas y le mecía el alma, de delante a atrás, de arriba a abajo, lento muy lento.
Amor y pasión.
Reconciliación y confianza.
Ella, una amante sincera.
Él, un esposo devoto.
No, ella no podía quejarse, no. O sí, quizá sí.
Marinette Dupain-Cheng, o madame Graham, no podía quejarse. Sin embargo, ella miraba a través de los cristales de su mansión, o paseaba por el inmenso jardín, o por el invernadero. Movía sus pies, y columpiaba sus brazos, esperando.
Pero el Félix del futuro, el Último Guardián, seguía sin venir.
El tiempo pasaba, inexorable, y las mañanas continuaron igual: un beso, cosquillas, un dedo en el oído, y ahora, meses después, él ya no la podía aplastar con su cuerpo sino que debía ponerla de lado, porque el vientre de ella ya estaba hinchado y maduro, tenía los pechos a reventar y las piernas, gordas como botijos.
No, él tampoco podía quejarse, no.
O sí, quizá sí.
Porque cada día que pasaba, a él le pesaba la consciencia, sabiéndose cruel y testarudo. Intolerante e inconsecuente.
Porque meses antes, en París, Félix se dio cuenta de los miedos que tenía y del terror que siempre lo albergaba. Y no pudo contenerse, ni evitar, una pelea y un encuentro con Adrien, una conversación que ambos tenían pendientes...desde siempre:
- ¿Es tuyo? - Félix le preguntó a Adrien, luego de calzarle un puño que le giró la cabeza, de izquierda a derecha, partiéndole el labio y tumbándolo en el césped, Félix aprovechó esto para caer encima suyo. - ¡Ella está esperando un niño! ¿Es tuyo?...¡Adrien! ¡Adrien!...¿es tuyo?.- rugió Félix, con ira y miedo, miedo ante una respuesta que le quebraría el espíritu, para siempre.
Adrien Agreste torció el ceño, preguntándose de qué demonios estaba hablando su primo borde. ¿Un niño? ¿Ella? ¿Se refiere a Marinette?...oh!, sí!, seguro que es ella, sí. ¿Mío?
- Félix, suéltame por favor - masculló Adrien, tratando de liberarse del placaje contra el suelo que le hacía Félix. Pero el inglés no lo soltaba, sino que prácticamente lo había aplastado con su cuerpo, inmovilizándolo.
Desesperado ante la falta de aire, Adrien recordó todas las batallas y peleas que había tenido, hizo una llave de judo imposible, metió piernas y brazos y en unos segundos más, lograba separarse de Félix, tan sólo unos centímetros, para clavarle un gancho de box de abajo hacia arriba, que impactó en el mentón de su primo y ya de paso, barrió con su perfecta nariz, ahora ya no tan perfecta.
Apenas pudo, Adrien se puso de pie, enfadado.
- ¿De qué hablas, idiota? ¿Qué te sucede? ¡Ya no somos niños para que me golpees así! ¡Y en la cara, Félix! ¡Yo trabajo con esto!...Imbécil... ¿Hablas de Marinette? ¿De tu Marinette? ¿Vais a tener un niño?...- Adrien parpadeó y miró aturdido hacia los lados...iba a ser tío, Félix iba a ser padre. Marinette nunca volvería con él, no, no, ella nunca estuvo con él...con Adrien. Y ahora, nunca la tendría. Ella se iba, se iría, y él debía dejarla partir. - ¿Felicidades? - dijo Adrien finalmente, sin saber que más decir.
Félix lo miró, apretándose la nariz y tratando de contener la pequeña hemorragia que salía de ella. Se dio cuenta que cerca suyo, había un banco a la sombra de un escuálido árbol frutal. Se sentó, hecho un tumulto por dentro. Golpeado, perdido, angustiado y roto. Abandonado, partido. En el jardín que lo rodeaba, observó pequeñas macetas alrededor. Su vista se detuvo en un pequeño cactus casi abandonado en un rincón. De una de sus pencas, brotaba una flor pequeña de hojas blancas con manchitas rosas.
El corazón se le encogió aún más.
Un viento fuerte le sopló en la cara, despertándolo de su tristeza.
- Ella siempre te amó, Adrien, Marinette te amó. Y... quizá aún lo haga... Ella... lloraba por tí. - Félix se apoyó en el respaldo del banco y miró al cielo nublado y frío de París. - Yo trataba de distraerla, de hablarle de otras cosas, pero ella miraba al teléfono de forma obsesiva, tal vez esperando que tú la llamaras. Y llegaba tarde, siempre llegó tarde. A nuestras citas, ya sea como amigos o como novios, ella nunca pudo ser puntual.-
Félix recordó, tristemente, la primera vez que la dejó ir, cuando ella llegó muy tarde a una de sus citas, en aquella tetería.
- Lo intentamos una vez, ¿lo sabías?. - siguió hablando Félix, suspiró pesadamente y continuó: - Al terminar el Instituto salimos por un tiempo, pero no funcionó, no, no funcionó...¿Quieres saber cuántas veces me llamó para aclarar las cosas?. Sí, Adrien, exacto, ninguna. No me escribió, ni me llamó. Yo la dejé, y ella, ni se inmutó. Si yo hubiera sido tu, ¿me habría llamado? ¿Hubiera pedido volver? -
Su segunda opción, su premio consuelo.
Éso era Félix para Marinette...
Ésa era su cruz, su castigo, su desesperación. Él era el primo físicamente similar a su eterno amor de juventud. A Félix se le revolvieron las tripas, de tan sólo volver a pensarlo. Luego de unos segundos, él suspiró, mientras Adrien lo miraba atentamente, tratando de no interrumpirlo.
- Nos vimos tiempo después, y Marinette me habló como si no hubiera pasado nada, como si no me hubiera extrañado. Ahora que lo pienso, no, ella nunca me extrañó...sólo que esta vez, decidí que podíamos intentarlo, decidí...que podía ignorar lo que ella sentía por tí, querido Adrien. Y lo conseguí, fue un trabajo en las sombras, ¿sabes? Marinette me pidió llevar en secreto nuestra relación..."Está bien", me dije, "no me gusta cualquier cosa que sea pública", y acepté, pero una parte de mí, sabía que era porque a ella le daba vergüenza y pánico que tú te enterases, que los demás se enterasen...la amaba tanto...ella era todo...todo lo que siempre quise tener, y me parecía increíble que estuviera conmigo, increíble... -
Adrien pensó que su primo se pondría a llorar, vio que a Félix le temblaba el labio, lo vio suspirar y entretejer sus manos con sus dedos. Sin embargo, Félix endureció el rostro y le clavó una mirada agria y cruel.
- Y cuando creí que ella realmente me amaba, que realmente éramos felices...Adrien, yo ví que la besaste, que la abrazabas, os ví juntos, cerca al piano, en tu mansión. - Félix le dio un último vistazo al cactus floreciente y puso de pie, dispuesto a escuchar la respuesta de su primo. - Así que te doy una opción de decir la verdad, Adrien...¿es tuyo? ese niño ¿es tuyo?.-
Hubiese sido más fácil y menos triste, reír, ante tan estúpida pregunta, pero Adrien Agreste respetó el calvario interno que llevaba Félix a cuestas. Entendió lo que su primo había dado y lo que había hecho al ver esa escena penosa, un par de meses antes.
- Por supuesto que no, Félix. Ni siquiera deberías pensar eso.- respondió Adrien.
El modelo se limpió la boca con sus dedos y descubrió que seguía sangrando. Pero él también supo que el corazón de Félix sangraba por dentro, como una hemorragia crónica, desde hace mucho tiempo.
- Pero la amo. - continuó Adrien, hablando con la verdad. - La amo y ella lo sabe, pero ella te ama a tí, a tí, así, tan imbécil como eres, Félix. Y no me amará, no seré correspondido. Y... está bien, sobreviviré, pero... demonios Félix, es tu esposa. Ese beso nuestro fue horrible, fue como hiel, fue tenebroso y lúgubre, cruel y fétido. ¿Cómo podría yo...cómo?. -
Adrien se desesperó, por un momento, y miró a su alrededor para descubrir a algún testigo de tan desesperada conversación. Pero no había nadie, nadie se enteraría de su infamia, de su pecado.
- No sé que ha pasado entre ustedes, Félix, pero ella te ama, sin duda alguna. Y luego... Marinette está tan pálida, tan débil. ¿Le reñiste? ¿Pelearon? ¿Se lanzaron cosas o se gritaron insultos?...¿O...?-
Félix le cortó la pregunta, confesando la anulación de su boda civil. Confesando su abandono, hace bastantes semanas. Y cómo seguirían separados, si es que el maldito Gabriel Agreste no se hubiera muerto. Adrien lo observaba con los ojos abiertos, sorprendido. Intentó convencerlo de regresar y hablar con Tom y Sabine, sin embargo, Félix se negó, alegando pánico y vergüenza. Adrien, cansado, lo cogió de las solapas del traje y de un fuerte tirón, lo remeció entero. Y decidió gritarle para hacerlo entrar en razón:
- ¡Hay ilusiones que nunca se harán realidad!¡Sueños que jamás se cumplirán!...y tú, Félix, estás aquí, casado con la mujer de mis sueños y de mis fantasías, esperando un niño junto a ella...¿Qué más quieres de la vida, Félix? ¿Qué más quieres? -
Adrien lo meneaba tanto, que su primo trastabilló por la violencia del movimiento. De inmediato, Adrien lo arrastró de vuelta al pasillo del Hospital, donde estaban los demás.
- ¡Volverás a ella, estúpido, pedirás perdón, le dirás que la amas y que volverán a empezar! - masticó Adrien, cegado de una furia de desesperación y zozobra, rogando que su primo entendiese, que diese su brazo a torcer.
Adrien Agreste tenía una férrea convicción.
Si él no iba a ser feliz con Marinette.
Al menos, Félix sí lo sería.
Y así, fue como lo arrastró, a través de la gente, cruzando el pasillo, hasta devolverlo a la Sala de Espera, donde estaban sus suegros.
Y así, fue como lo dejó, con la nariz levemente torcida, y con la corbata sucia de tierra y césped, y con el corazón ligero y liviano.
Sin embargo, ella y él, marido y mujer, no hablaron hasta varios días después, tratando de reunir fuerzas y determinación para afrontar su futuro. Marinette, como Guardiana de los prodigios, al verlo a su lado, respiró tranquila y relajada, sabiendo que ahora no se iría tan fácilmente; en cambio, él, que no sabía el futuro, lucía culpable y triste, lejano. Obedecía en silencio, y la acompañaba en su recuperación.
Cuando ella se fue de alta, él la llevó en su coche, con su chófer y la regresó a la panadería, en el distrito XVIII de París. La cogió en brazos y subió las escaleras, la introdujo en el ático y la tumbó en una cama inmensa, que sus padres habían instalado ahí. Sabine y Tom la abrazaron y los felicitaron a ambos. Cuando estuvieron acomodados, los padres de Marinette se retiraron para dejarlos solos, una vez más.
Félix carraspeó, sabiendo que ya no podía seguir huyendo de otra gran conversación.
- Tu padre no lo sabe, ¿cierto? Si lo supiera, ya me hubiera matado o quizá descuartizado, tal vez me hubiese hecho relleno en uno de sus quiché. En cambio, sólo me ha dicho lo mismo de siempre, y tu madre...ella sí lo sabe, porque ahora es distante y trata de no hablarme.-
Marinette asintió levemente, desde debajo de las colchas.
Félix no la observaba de frente, sino que estaba apoyado en su ventana, tratando de alejarse de ella.
- Es mío - dijo él, de repente. A continuación, Félix giró su cuerpo y enfrentó a su mujer, o a su exmujer, él ya no sabía lo que eran. - Es mío...es nuestro. -
Marinette volvió a asentir, esta vez, sonriendo.
Ambos se sumergieron otra vez en el silencio, sin saber que más decir, aunque tuvieran mucho que hablar.
- Tienes que entenderme, Marinette. - habló, por fin, Félix. - Tu lo amabas, estuviste años pensando sólo en él, en Adrien. Yo sabía de tu baúl, donde guardabas todo lo que creabas para él. Bufandas, guantes, gorros, camisetas, sudaderas, calcetines, bolsos. Sé que tenías un paraguas de él, escondido debajo de tu cama. Sé que querías tener tres hijos, les habías puesto nombre y todo, sé que soñabas con un hamster, con una casa con jardín, lo sé, Marinette, siempre lo supe. -
Él no pudo soportar mirarla en ese momento, por lo que volvió a observar la ventana.
- En cambio a mí... - Félix negó con la cabeza. - En cambio a mí, me tocó lidiar con tu padre, que me odia, con tu madre que el primer día me confundió con Adrien. Con tus amigos, que casi no me hablan. Lo único que diseñaste para mí, fue mi traje de novio...ya no lo tengo, por cierto, me deshice de él. Oh, y tu primer regalo, fue un miserable cactus con espinas, que se me clavaron en los dedos. Nunca te esforzaste por llegar temprano, porque no importaba, era yo después de todo, y no él. No quisiste mudarte a vivir conmigo, a pesar que te lo pedí. No usabas nuestro anillo de compromiso, y enviaste nuestras invitaciones de boda sólo un mes antes de la fecha. -
Su tono de voz era monótono, sin fluctuaciones. Casi sin emoción. Como si ya no doliera, o como si no importara.
- Tienes que entenderme.- Félix la miró nuevamente, y le clavó una mirada severa e intensa, exigente. - Y perdonarme.-
Marinette había escuchado todo atentamente, y aunque su marido pareciera serio y duro, sabía que en realidad, se estaba protegiendo de los daños. Así que ella le sonrió, conociendo todo el futuro que les esperaba, toda la felicidad que tendrían, toda la larga vida que les esperaba. Ella iba con ventaja. Ella abriría la mano, y el corazón, y lo recibiría otra vez, como siempre.
Ella lo había hecho sufrir.
Él la había hecho sufrir.
¿Empate? ¿Tablas? ¿Igualdad? ¿Cero a Cero?. Quizá, tal vez, puede ser.
Así que decidió que seguiría adelante, hacia la felicidad, hacia el futuro.
La Guardiana amplió su sonrisa, arregló su pelo, y decidió amarlo, nuevamente. Perdonarlo por completo. Así cómo él había hecho. Marinette Dupain-Cheng antes tartamudeaba, pero levantó el mentón y habló fuerte y claro, en un discurso importante:
- Somos dos polos opuestos, dispuestos a atraerse para siempre. Somos dos piezas de un puzzle, destinadas a encajar. Tienes tus espinas, Félix. Y yo tengo una flor. Tu ves las esquinas rectas, y yo las veo redondeadas. A tí te gusta el azul, y a mí me gusta el rojo. Tú siempre llegarás puntual y yo siempre, llegaré tarde. -
Marinette, recostada en su cama, le hizo una seña a su marido para que se sentara a su lado. Félix dudó, pero quería escuchar una respuesta, algo claro y conciso sobre el perdón de su esposa, para poder seguir, para poder soñar, para corregir sus errores. Lentamente, él obedeció, y se sentó al borde de la cama, aún mirando fijamente a su mujer embarazada.
La Guardiana le cogió una mano y entrelazó sus dedos con los de él:
- Y tu siempre me amarás, Félix... y yo a tí, eternamente. -
Félix sonrió, aunque no quiso hacerlo, quiso reír, pero mató la carcajada en su garganta. Sus ojos verdes empezaron a brillar y su corazón latió más rápido y más fuerte, el pecho le ardió como si hubiera recibido un disparo. De pronto, escuchó que los pajarillos cantaban fuera, olió un perfume inexistente de vainilla y pudo haber jurado que oyó una suave melodía, proveniente de un coro de ángeles.
Cansado de controlarse, de reprimirse y de romperse, él se abalanzó sobre ella, abrazándola con fiereza y devoción. Le dio un beso corto en los labios, para luego comerle la boca desesperadamente. Unos largos minutos después, cuando ambos tuvieron los labios bien hinchados, él se puso su pijama y durmió bajo las sábanas y al lado de su mujer, hasta el día siguiente.
No.
No.
Definitivamente, él no podía quejarse, no.
Reanudaron su matrimonio, ahí donde lo dejaron. Concertaron una nueva cita y volvieron a casarse, esta vez ya sólo con los testigos y en el Consulado Británico. Cuando por fin se establecieron definitivamente en Londres, era verano nuevamente, y el calor aunque no era tan intenso como en otros lugares, pero asfixiaba constantemente a una sumamente grávida, Marinette.
El sudor resbalaba por su rostro, en cada una de sus caminatas. Ella resoplaba, y bebía líquidos, observaba el horizonte, contemplaba su caja de prodigios. Y cada día, cada noche, esperaba al Último Guardián, pero él...no venía.
No.
No.
Definitivamente, ella no podía quejarse, no.
Pero lo hacía.
Claro que sí.
El vientre inmenso la ahogaba al tumbarse, no podía comer nada y le era imposible dormir.
Y el Guardián no llegaba.
Y su Félix, el del presente, no le daba tregua ni por las noches, ni por el día.
Una de esas mañanas, después de una madrugada intensa, Marinette tuvo una revelación, un dejavú. Recordó su infancia, sus veranos en la playa. Recordó a su padre, cerrando la panadería por quince días, todos los años en Julio, para montar los tres en un auto-caravana y largarse a Marsella, a remojar los pies en el agua de mar y a embadurnarse de arena fina y blanca.
Un día de playa.
O varios, si pudiera.
Así que con el rostro cansado pero con la mirada brillosa, Marinette inmovilizó a su marido, sentándose a horcajadas sobre él, ambos desnudos. Expuso su demente plan de viajar a Marsella, cruzando el canal de la Mancha y toda Francia de oeste a este, de norte a sur, sólo para llegar a la playa de su niñez, donde todo era paz y calma, y risas y diversión.
Félix en su devoción y en sus deudas, simplemente no pudo negarse. Lo intentó, muy débilmente. Pero cogió la documentación, ropa sencilla, sus gafas de sol, llamó a sus suegros y empezó una larga travesía, llena de amor y locura, de aire acondicionado y de helado de palo, de refrescos y bañador.
Un día de playa.
O varios, si pudiera.
Y así fue, cómo la pilló el destino, a las orillas del mar Mediterráneo, media enterrada en la arena, en el primer dolor intenso que ni en su vida de heroína secreta ella había tenido ni una sóla vez.
- Félix - susurró aterrada, tocándose el vientre. - Félix, creo que yo...creo que hoy...-
Terror.
Dolor.
Arena.
Y sol.
No. Definitivamente, no podía quejarse, no.
Todo sucedió ése mismo día.
Los gritos de su padre, la desesperación de Félix por llegar al hospital, su madre preocupada porque no tenían nada del bebé con ellos. Y ella, sencillamente desorientada y ...adolorida. Luego, la larga espera, el feliz parto. La alegría y la felicidad.
La Guardiana se olvidó en ese momento, de todo lo que aún tenía pendiente. De lo podía suceder en el futuro. Del cataclismo, de la hecatombe. De la distopia futurista que les aguardaba. Se olvidó que había sido libre y ligera, unos meses antes. Se olvidó que había sido soltera. Se olvidó que encontró a su marido, ni a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera vez que se vieron. Se olvidó que habían intentado alejarse, sólo para volver a unirse, una y otra, y otra vez.
Ella se olvidó de todo.
Y sólo le quedó, la felicidad de sujetar en sus brazos a un trozo de carne viviente, que berreaba por momentos pero que dormía plácidamente casi todo el día.
Louis.
Un poco antes de volver a Londres, aún en el hospital, Marinette Dupain-Cheng, ahora madame Graham, despertó de la siesta y abrió los ojos. Ella se encontraba cansada pero agradecida por haber podido dormir unos minutos.
Inmediatamente, notó que algo le faltaba en su vientre, pero casi al instante, recordó que ya era madre y que su bebé debía estar a su lado y no dentro suyo...así que giró la cabeza, sonriendo, y fue entonces cuando lo vio.
Él estaba de pie a su lado, con sus ojos verdes chispeantes de alegría.
No llevaba sudadera ni capucha, sino sólo la gabardina negra, abotonada hasta el cuello. En medio de su asombro, Marinette reconoció el símbolo del Grimorio tatuado en su mejilla y los pictogramas que aparecían por debajo. Reconoció sus arrugas, sus pestañas blancas, su mirada esmeralda de siempre, de toda la vida. Su cabello blanco, parecía plateado intenso debido a la luz veraniega en Marsella.
Y él, miraba embelesado a Louis, quien estaba en la cunita anexa a la cama de Marinette.
Por unos segundos, ella no pudo hablar, sólo abrió la boca, estupefacta.
El recién nacido sólo dormía, tranquilo.
- Será un buen hombre. Y sabrá cómo amar, yo le enseñaré. Se lo mostraré a todas horas, todos los días. Y cuando esté listo, un día lejano, él se irá de nuestro lado para ser feliz junto a su propia familia.- murmuró en voz muy bajita el Guardián tatuado. - Louis, el primero de muchos.- Y con una suavidad pasmosa, Félix el Guardián del futuro, el último Guardián, estiró su cuerpo, inclinándolo hacia delante, para depositar un beso en la frente de su hijo.
El recién nacido siguió durmiendo, inmutable.
- Félix. - susurró débilmente Marinette. - Félix - trató de decir un poquito más fuerte. - ¿Funcionó? Félix, ¿he cambiado...lo he...? ¿lo he conseguido?...¿seré...seremos felices? -
Félix la miró entonces, con sus cansados y ancianos ojos verdes, le sonrió y asintió de manera tan leve, que fue casi imperceptible para ella. Pero Marinette, entendió que sí, que lo había conseguido. Una risa intensa quiso nacer en su pecho para brotar de inmediato en su boca, pero Félix detuvo el intento posando uno de sus dedos enguantados sobre los labios de su joven mujer.
- La felicidad está compuesta por fogonazos en una eterna noche sin estrellas, Marinette. Pero al final, sí, absolutamente sí...sí, por fin, serás feliz, por fin, seremos felices. ¿Quién lo diría, Marinette? La flor que nace entre las espinas, es la flor más resistente de todas, diseñada para trascender, para perdurar.-
Una lágrima rodó por las mejillas de la Guardiana, una lágrima de felicidad, y de amor.
Un cactus, y una flor.
Un libro, y un tren perdido por no llegar a tiempo.
Un vestido de novia de color rojo pasión bordado con hilos de oro.
Claveles y crisantemos.
Y un violín aparcado en una esquina del salón.
Un gemido, y un lamento.
Un perdón, y un lo siento.
Los tatuajes y el Grimorio.
Prodigiosa.
Prodigioso.
Y las lágrimas de un joven padre que no puede creer que su vida da vida, y que su amor, da más amor.
- Vive, Marinette, vive... de ahora en adelante, sólo tú decidirás tu destino, sólo tú escribirás tus pasos, ya no hay profecías que hacer ni nada que contarte...-
Félix el Guardián bajó su rostro hacia el de ella. Y, suavemente, le dejó un beso cálido y húmedo, tierno. Un beso con sabor a esperanza, con sabor a victoria y a pasión.
- Te amo tanto, Marinette... - susurró el Guardián del futuro, mientras le acariciaba los labios con los dedos. Luego, él se incorporó, dio un último vistazo a su niño, para luego acercarse a la puerta. Antes de salir, volvió a girar para contemplar a su mujer, joven y tierna. Él le regaló una gran sonrisa, con su mirada verde característica. Poco a poco, Marinette se percató que los bordes de la figura de ese hombre sonriente se difuminaban, como si fueran cenizas o polvo que el viento levanta.
Él estiró aún más su sonrisa, por una última vez, mientras esa nube de polvo borraba todo rastro de él en ese tiempo.
- Te amo Marinette ...tanto, tanto...- dijo justo antes de desaparecer por completo.
Marinette se tapó la boca con ambas manos, ahogando un sollozo, algunas lágrimas se escaparon de su rostro, pero casi de inmediato, un carcajada suave y ligera nació de su garganta, y sin darse cuenta, ella pataleó de felicidad sobre su cama, tratando de no despertar al niño que estaba a su lado.
Lo había logrado entonces.
Lo había conseguido.
La flor que nace entre las espinas, la que resiste al tiempo. Marinette decidió que al llegar a Londres, plantaría el cactus en una gran maceta y la pondría en el recibidor de su mansión, para que todos vieran lo que era su amor.
Mustio y picante. Dulce y sabroso.
- Louis- murmuró Marinette, mirando a su hijo, quien seguía durmiendo. - ¿Has escuchado a tu padre? Seremos felices, ya lo somos y así seguirá siendo.-
Un amor lento y macizo, hecho a gotas de oportunidades y esperanzas. Construido sobre retazos de un parisino corazón roto y una londinense alma parca y atribulada. Un amor que creció entre las sombras, para aceptarse a plena luz del día, un sábado por la mañana en el salón de un hotel lujoso en París. Y que se consolidó en Marsella, a orillas del mar, en un paritorio de un hospital público.
Y de repente, Marinette supo que todo había valido la pena, cada paso, cada beso, cada abrazo, cada lágrima.
Suspiró, feliz, mientras notaba que su corazón ahora latía, ligero:
- Felicidad - susurró despacio la joven Guardiana. - oh Louis, el nombre de tu padre significa felicidad. Y el mío, el mío significa amor. -
Amor.
Y decidió que lo amaría siempre, aún en la más oscura de las noches, y en el más luminoso de los días. Aún en la guerra y en la paz, aún en las peleas y en las reconciliaciones, aún en la vejez y en su juventud.
Siempre.
Amor.
Un cactus, y una flor.
Félix, y Marinette.
Y su historia.
Su historia de amor.
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F
I
N
¡Mucha letra! Pero había que explicar el comportamiento impulsivo y estúpido de mi rubio favorito. Y enmendar el error, también. Recordar que el día 20: Beach day, nos cuenta en profundidad los pormenores de este día. Y hoy, les cuento el después.
¿Lo lograron, Lordthunder? Por supuesto que sí. Pero la felicidad es eso, momentos. Destellos.
Así que vivid, y sed felices. A toda costa, a como dé lugar. Recordar que habrá momentos en los que lloremos, y otros en lo que habrá que reír, y que la risa nos salga fuerte y sincera.
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¡Último día de felinette!
Ha sido un gustazo...un fuerte beso y abrazo a todos...
¡Nos vemos en el sgte felinette November!
Cambio y fuera.
Fin de la trasmisión.
Lordthunder1000.
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Desde Castilla y León, España.
Noviembre 2020- Agosto 2021
Ya sabéis, tengo IG y Twitter para cotillear y enterarme de todo!.
*El Facebook para mantenerme en contacto con mi fandom base : RoV.
* Tumblr para publicar en un futuro. * Y Ao3 pues porque si. Wattpad como backup.
* Ah por cierto, me he dado cuenta que este felinette november no tiene título! por favor...lo he conversado con mi conciencia y he decidido titularle como...
