«En esta vida hay que morir varias veces para después
renacer. Y las crisis, aunque atemorizan, nos sirven
para cancelar una época e inaugurar otra.»
(Eugenio Trias)
No pensé que haría esto, incluso anhelo que sea otra ilusión de mi mente; pero no puedo escapar de la realidad, solo me queda seguir avanzando. Hoy la noche luce más sobria de lo normal y me cobija con su manto oscuro. Tampoco hay luna, solo la luz tenue de las estrellas ilumina el árido paraje, y el viento arrastra la arena del lugar. Mis pasos son lentos mientras camino sobre las dunas del desierto. Desde que llegué el paisaje asolado me recibió con su calma sepulcral, hasta puedo oír las piedras golpeando mis zapatos y el viento silbando a través de mis orejas. Es irónico, pues este lugar resultaría acogedor si estuviera aquí por otros motivos.
Suspiro y observo el horizonte, solo hay arena hasta donde alcanza la vista. Miro la caja entre mis manos y le retiro un poco de arena. Mientras más avanzo, mientras más me adentro; los recuerdos comienzan a acosarme. Cierro los ojos sin detenerme y una punzada golpea mi pecho antes esas imágenes. Vivimos varias cosas en este lugar y recordar eso solo añade más culpa, sensación que golpea mis entrañas como una repulsión hacia mí.
—Fue mi culpa —susurro al viento rogando consuelo.
La briza parece responder y envía un sopló gélido que atraviesa mi espina dorsal como un escalofrío. La sensación solo me recuerda que tendré que vivir con el peso de mis acciones, sin importar cuanto duela. Como desearía no haberlos hecho pagar por mis actos, pero ya es tarde. Inhalando coloco la caja en la arena, mis pulmones se llenan a lo sumo y exhalo con desdicha mientras dejo la caja con cuidado. Es lo único valioso que me queda.
Al abrirla el tiempo se detiene y mi mano tiembla al ver su contenido, quisiera culpar al frío por eso. Dentro están esas cuatro cajas de madera y algo envuelto en una manta. Sin darme cuanta mi respiración se corta entretanto observo las cajas, y mi mente sigue incrédula de la situación. ¿Cuándo podré aceptarlo?
—¡Nunca! —resuena una voz en mi cabeza hasta hacerse eco y callar.
Esa voz me hace tragar seco, porque una parte de mí sabe que tiene razón. Viendo al paso parece imposible este acontecimiento, y sin embargo aquí estoy lúcido, sobrio, consciente; y aún no lo puedo creer. La posibilidad estaba latente, siempre asechando, mas por alguna razón la ignoraba. Lo qué daría porque esto fuera un sueño… ¡No! ¡Una pesadilla! Pero tengo que afrontar la realidad.
—Acabemos esto —digo mirando las cajas.
No obstante, pronunciarlo es más fácil que hacerlo. En eso tomo una de las cajas y el viento sopla, ondeando mi pelaje. Era como si me empujara a hacerlo, como si me estuviera animando. Es patético que busque ese consuelo en la naturaleza y sin más destapo la caja. Esta contiene las cenizas de uno de mis camaradas, el único chacal del escuadrón que verías con una boina roja. Recordar sus recurrentes estupideces sería divertido, pero solo un pensamiento se quema en mi mente… el momento en que lo encontré.
Eso ocurrió luego de quedar en ridículo ante Shadow en medio de Mystic Jungle. Ese erizo colmó mi paciencia, no puedo creer como me venció sin siquiera esforzarse. Mi sangre hierve de solo recordar el momento y esas palabras. Luego de ese enfrentamiento grité como nunca hasta que mi garganta dolió y jadeé por aire. No solo fue quedar en ridículo o el significado que guardan para mí esas palabras. También el saber que mi equipo fue aniquilado, según lo dicho por Eggman.
La impotencia que sentía era abismal. ¡No pude hacer nada para evitar la derrota de todo el escuadrón! Estaba molesto conmigo por no hacer nada, no haberlo enfrentado con todo. Aún me pregunto, ¿por qué me dejo vivo? Pero mis emociones se vieron interrumpidas por la estática de los comunicadores. Eggman perjuraba que estaban muertos, pero me negué a creerlo. Comencé a gruñir apretando los puños y luego arranqué el comunicador de mi oreja, la voz de Eggman seguía injuriando. Sin más lo reduje a trizas antes de buscar a mi equipo.
—¿Dónde están? —pregunté caminando entre la arboleda.
Llevaba unos minutos buscando y no había señales de nada. En eso percibí un olor leve a hierro traído por el viento. Seguí atravesando los árboles de Mystic Jungle y el olor era cada vez más fuerte. La vegetación se estaba acabando y no estaba seguro de que me aguardaba. Como mercenario estoy acostumbrado a ver un cadáver, es parte del trabajo, pero eso no hizo más ameno lo que encontré.
Al salir de la capa espesa de árboles lo primero que vi fue unas rocas. Tardé unos segundos en darme cuenta del ser que reposaba sentado al pie de una. El chacal con boina roja yacía sentado en el suelo, cabizbajo, con la espalda recta pegada a la roca y su arma descansando en su mano izquierda. Si no fuera por el olor a sangre hasta pensaría que estaba holgazaneando, pero tan pronto me acerque divisé el charco carmesí bajo su cuerpo. Un nudo apareció en mi estómago mientras toda chispa de esperanza abandonaba mi mente.
Estando frente a él noté algunos hematomas recientes. Conjeturé que uno de esos golpes lo envió contra la roca, más la siguiente pista me dejó en duda. Tenía tres perforaciones a lo largo del pecho, tres agujeros dispuestos como una línea para ser exactos. Las heridas denotaban quemaduras, lo que me dejaba claro qué las ocasionó.
—Chaos Spears —murmuré viendo la poca sangre que le quedaba saliendo de sus heridas.
No había que ser un genio para unir los cabos, ni me molesté en revisar el pulso. Había estado desangrándose hasta perecer. Me incliné un poco mirándolo de frente, sus ojos estaban cerrados y desvié la mirada a su arma. Por algún motivo quise tomarla y aún estaba tibio el mango, eso me heló la sangre. Toqué su muñeca y seguía caliente. Jadeé agitado con la boca entre abierta. Para tener esa temperatura murió hace poco o peor, ¡murió mientras lo detallaba!
Ese solo pensamiento agitó mi respiración que pronto obligué a calmar. No había manera de saberlo, y aunque lo hiciera no cambiaría nada. Aún así, saber que estuvo minutos viendo como su vida se apaga sin poder hacer nada… ¡Maldición!
—No merecías una muerte así —suspiré enderezándome.
Vi una última vez esos agujeros, recordando a ese erizo negro. Apreté los puños mientras mi odio por ese ser se incrementaba. Pensaba que todo era su culpa, que no había otro responsable. Pero desde los lugares más recónditos de mi mente resurgió una voz con esa maldita pregunta.
—¿Todo es su culpa? —escuché en mi mente—. Él está muerto por las secuelas de tus decisiones y lo sabes —dijo cortante.
Gruñí evadiendo esa respuesta y salí en busca del resto. Para mi suerte, si puedo llamarlo así, la próxima víctima estuvo cerca. Yo estaba a la orilla del río que atraviesa la jungla, a varios metros del cadáver del chacal con boina, cuando noté algo en la orilla moviéndose. Corrí hasta ahí y encontré al chacal con pañuelo y sus característicos kunais. Ver el movimiento ligero de su cuerpo avivó una esperanza efímera. Estaba ahí, con la parte superior del cuerpo en la orilla y el agua teñida de rojo bajo su torso.
—¡No! —grité golpeando un árbol al descubrir la posible muerte.
La escena se tornó repugnante. La parte inferior de su cuerpo había desaparecido, parecía rasgada de un tirón y la razón de su movimiento no era el oleaje. Algunas de sus vísceras cayeron al río pero seguían unidas a su cuerpo, haciendo que este se moviera por la corriente. Siendo honesto, no podía mirar del todo y me era difícil creer que Shadow hiciera algo así. Mas solo sería un motivo más para odiarlo.
Estaba por sacarlo cuando noté la posición de sus manos. Estaban medio cerradas, aferrándose a la tierra tanto como podían. Sus marcas en la tierra eran irregulares, fueron movimientos desesperados. También había perdido bastante sangre por la boca, mejor dicho, vomitó sangre junto con bilis. El hedor penetró directo en mis fosas nasales y un escalofrío erizó mi pelaje, ese erizo estaba sobrepasando mis expectativas.
Tragué antes de acercarme para sacarlo, pero algo saltó del río apenas lo toqué, salpicándome de agua, sangre y bilis. Poco me importó eso, apunté con mi cimitarra al frente viendo una piraña mecánica regresando al agua. Luego volvió a saltar y esta vez noté trozos de carne incrustados en sus dientes de acero. Al parecer tan cruenta escena no era del erizo.
Cegado por la ira miré el cuerpo del chacal y le arranqué un kunai. No era muy bueno con ellos, pero no se me ocurrió mejor manera de vengarlo. Esperé hasta que saltara de nuevo y con un gritó arrojé el arma de entre mis dedos. Esta le atravesó la coraza y envió a la máquina contra un árbol, dejándola empalada y sin «vida». Respirando agitado arrastré el cuerpo del chacal lejos de la orilla.
—Ya van dos —suspiré pasando una mano por mi cabello.
Mi cuerpo salpicado permaneció inmóvil unos segundos y mi mente divagaba. Esta me susurraba que solo empeoraría, que solo era el principio. Sacudí la cabeza tratando de silenciar ese pensamiento, en vano, y no pude evitar darle la razón, pero deseaba no tenerla.
Sin embargo, volviendo al presente, aquí estoy. Terminando de esparcir las cenizas del chacal con pañuelo, viendo como las arrastra el viento y se pierden en la distancia y la oscuridad. Suspiro mirando las dos cajas restantes, ni siquiera tengo el ánimo de llamarlas por su nombre. Todo esto lo hacía más que todo como una despedida. Sin importar a donde hubieran ido, de una cosa estaba completamente seguro. Ya no estarán más conmigo. Todo lo que nunca dije así se quedara y pesara en mi alma hasta el fin de mis días, que por suerte ya acabarán.
—Todo acabó —digo alzando la mirada a las estrellas.
Ya de nada sirve una disculpa, retractarme, nada.
—¡Ellos tienen la culpa de sus muertes! ¡Eran débiles! —exaspera una voz en mi cabeza.
Gruño ante la voz y su patético comentario. Desde ese día tiendo a oírla más, pero apareció luego de tocar esa gema antes de unirme a Eggman. Una leve sonrisa se pinta en mi rostro al recordar lo que me mostró ese rubí. Toda esa devastación ahora parecía tan hermosa, de una forma que nunca llegué a considerar.
«¿Acaso el caos es la belleza de este mundo?», pienso añorando el paisaje en ruinas.
Sacudo la cabeza en un intento por apartar esos pensamientos. En estos momentos eso no importaba, solo importaban ellos. Suspiro tomando otra de las cajas. Me falta la fuerza para abrirla y esa misera tapa parecía inamovible. No quiero pensar en esto, pero cada despedida es más difícil, por más que quiera negarlo. Tal vez era por la forma en que murieron, mi relación con ellos, ambas… no lo sé.
Aún con la caja entre manos miro abajo de la duna donde estaba. Dando un paso en falso, me dejo caer por la duna. Mi espalda se cubre de la fina arena del desierto mientras me arrastro cuesta abajo. La arena fría de alguna forma se sintió acogedora y hasta cálida. Eso envía un hormigueo por mi cuerpo, recordándome el calor de sus brazos. Ella fue la siguiente que encontré, la única hembra del escuadrón.
—Nunca lo dije —suspiro moviendo el pulgar por la caja como una caricia—. A pesar de estar juntos y todo lo que pasamos —digo esbozando una sonrisa efímera—. Nunca te dije esas palabras.
Nuestra relación no era ajena para el equipo, diría que ellos se dieron cuenta antes que nosotros. Aún recuerdo los comentarios que ganaba la hembra ante algunos oponentes. Al ser la única fémina del grupo varios le atribuían una función errónea. No era de extrañar esos rumores y era divertido cuando ella se encargaba de «silenciar» a los que osaran comentarlo en su presencia.
—Eras ágil, rápida, ruda… hermosa.
Sonrío ante los recuerdos que, de nuevo, son breves. Ahora solo me sumerjo en el momento cuando la encontré. Justo después de sacar el cuerpo del chacal con pañuelo y haberme recompuesto, seguí buscando. En ese punto esperaba lo peor, pero esperarlo no haría que estuviera listo. Hay cosas para las que nunca te sentirás listo, por más que quieras, anheles, implores.
—Están vivos —repetí en mi mente tratando de animarme.
Por más que lo niegue estaba asustado. Tenía ese miedo a lo desconocido, miedo a no saber que encontraría. Con cada paso abandonaba más la esperanza, convirtiendo cada momento en un infierno. Pronto mis pasos se convirtieron en un trote, miraba a los lados, buscaba entre las plantas, escudriñaba entre las hojas. ¡No encontraba ningún rastro! Ni olor, ruido, nada. El sudor corría por mi cara mientras mi corazón saltaba. Algunas lágrimas amenazaban con formarse, pero nada importaba, solo quería encontrarlos. En eso escuché un débil sollozo. Aminoré el paso apuntando las orejas hasta la fuente del sonido. Al identificarlo corrí sin perder un segundo, permaneciendo atento.
«Aún podría salvarlo», pensé.
No pude estar más equivocado. Ahí estaba la hembra inmóvil sobre una roca. Su cuerpo boca arriba doblado según la forma curva de la roca, era claro como estaba su columna. Me acerqué al oír otro sollozo y pisé un charco de sangre fresca. Su cabeza colgaba de la roca y tenía la boca entreabierta mientras un hilo de sangre salia de esta. Un olor a quemado llegó a mi nariz y observé con horror quemaduras en su cuerpo. Su ropa y parte de su carne estaban chamuscadas, y no quise saber hasta donde llegó el daño.
«Chaos Blast», pensé petrificado.
Me tumbé de rodillas a su lado y sus ojos amarillos se fijaron en mí. Mi corazón saltó asustado antes de lamentarme. Tuve el descaro de pensar que hubiese sido mejor encontrarla muerta que en ese estado. Algunas lágrimas corrían de su rostro hasta el suelo y sus ojos perdían ese brillo natural. Dolió verla así y duele recordarlo, su vida se esfumaba antes mis ojos. Su mirada reflejaba tanto dolor, cualquier otra cosa que sintiera era ilegible. No sabía que hacer, tenía una idea, sería correcto, pero no podía. En su lugar tomé suavemente su mano y ella intentó cerrar la suya. En ese momento supe que lloraba con ella.
Un gemido de dolor escapó de su boca, sus labios temblaban, pero no salían palabras. Teniendo sumo cuidado sequé sus lágrimas con la otra mano y presioné con suavidad mis labios en su mejilla. Cerré los ojos mientras pegaba suavemente mi frente con la de ella y un nudo se formó en mi garganta. Estaba por decir esas palabras, las tenía en la boca cuando sentí todo el peso de su mano. El aliento me abandonó y abrí los ojos encontrando su mirada apagada, y para matar cualquier esperanza que me quedara, retire su guante y verifique su pulso… nada.
Apreté su mano mientras intentaba contenerme y con cuidado pase su mano por mi mejilla, simulando ese toque que tanto necesitaba. En ese momento más lagrimas cayeron al suelo, pero no tenía tiempo. Me levanté como pude, porque mi cuerpo parecía pesar toneladas. Cerré los parpados de mi amada y me tragué esas últimas palabras. Me miré un momento las manos y estas estaban manchadas con su sangre, no solo mis manos, también mi pelaje tenía esas manchas carmesís. Ahí sentí como mi ser arrastraba la sangre derramada de mis compañeros, era el responsable. Pero aún faltaba encontrar uno y esa idea me hizo temblar. No estaba listo, después de eso no podía estarlo y aún así, tuve que seguir.
—¡Ah! Como deseo haberlo dicho —digo terminando de regar las cenizas.
Observo sus restos ser arrastrados por el viento hasta perderse de mi vista. Entonces una briza sopla acariciando mi pelaje, la sensación es tan amena, me siento abrazado.
—Te amo —susurro al viento.
Sería lo más cliché, pero decirlo me quita un peso de encima. Todo esto había dejado muchas heridas abiertas y todas dejarían cicatrices, recordándome los hechos por el resto de mi existencia. Resoplo mirando la última caja. Algunos considerarían ridículo mi actuar y es porque no entienden el torrente de emociones que experimento. Cada uno significaba algo especial, eran una pequeña parte de mí y en especial el que faltaba por descansar.
—No te engañes. Ni ellos sabían lo que significaban para ti —exaspera esa voz en mi cabeza—. Eran tus herramientas, reemplázalos como tales.
—¡Cállate! —gritó reiteradas veces.
En eso sopla un viento fuerte y gélido. Mi pelaje se eriza y tambaleo por la fuerza del elemento, pero la voz desapareció. Miro la caja vacilante y la tomo, siento que se me cae de las manos, como si quisiera escapar. Tantos recuerdos comienzan a pasar por mi mente mientras la abro. Mis ojos, ya rojos, vuelven a formar lágrimas ante ese último recuerdo. Su muerte era inolvidable, en el más doloroso sentido de la palabra.
Luego de dejar el cuerpo de la hembra, seguí buscando. Arrastraba los pies, desorientado, caminando en línea recta sin rumbo, vista al frente sin mirar nada particular y con la mente en blanco. Por una vez, estaba inseguro de que hacer. Mi último aliento de esperanza murió con ella, pero algo me empujó a seguir, sin importar que encontraría.
—La culpa te obliga a seguir —resonó en mi mente—. ¡Tu culpa!
Esas palabras pasaron desapercibidas. Solo una imagen se formó en mi cabeza mientras avanzaba… Shadow. Comencé a maquinar formas de acabarlo y estaban surgiendo varias interesantes. Todas eran diversas, desde las más banales hasta lo más extraño y cínico que pude pensar. Algunas se veían tentadoras… divertidas. Reí al pesar en como ejecutarlas, como serian sus lamentos, cuanto lo disfrutaría. Pero un quejido lejano interrumpió mis pensamientos.
Avancé rápido hacia la fuente, cada vez era más claro. Su voz no sonaba tan mal, tal vez había esperanza después de todo. Entonces un alarido resonó y solo vi un árbol cerca. Busqué alrededor y lo escuché de nuevo, el sonido venía de lo alto. Alcé la mirada y algo cayó en mi nariz y de una percibí el olor a hierro. Miré por donde cayó y lo encontré. El más joven del equipo colgaba de las ramas altas del árbol.
Comencé a trepar y lo escuché llamarme entre sollozos. Me congelé al procesar su voz, mi cuerpo parecía resistirse a subir y mis músculos se tensaron. Pero como pude llegué hasta él y valla vista tuve en frente. Lo repito, como mercenario la muerte es una compañera, sirves para ella y vives por ella… pero eso no lo hizo más ameno.
El cuerpo del chacal estaba atravesado por las ramas en varias partes. Sus extremidades fueron las más afectadas, siendo perforadas múltiples veces y también estaban acomodadas de una forma antinatural. Tragué al pensar cuan partidos estarían sus huesos. El resto de su cuerpo no parecía tan afectado, pero no pude catalogar ese hecho como suerte. Y donde las ramas perforaron caían gotas rojas, directo al suelo, formando pequeños charcos.
Luego noté sus ojos rojos llenos de lágrimas y como apretaba los dientes con tal fuerza que su mandíbula temblaba. Su sollozar era casi inaudible y posó su mirada en mí. Intenté pensar algo para ayudarlo, pero su mirada reflejaba una solución y tal vez la única. En ese momento algunas ramas crujieron repetidas veces, era como un chirrido. Entonces descubrí que temblaba, la sola idea de hacer lo que debía me aterraba. No quería, no podía, estaba abrumado y todo por saber que hacer.
—¡Hazlo! —articuló él como pudo con una voz débil, lenta, fúnebre.
Negué levemente sintiendo el sudor frío en mi frente y el temblor de mi cuerpo.
—Lo disfrutarás —susurró una voz en mi cabeza—. Es un paso para lo que viste.
Apreté los puños deseando callar esa maldita voz y volver a lo importante. Ya no había nada que pudiera hacer para salvarlo. Antes de mi llegada estaba condenado a desangrarse gota a gota, pero ahora estaba en mis manos acabar con su dolor. Lo miré directo a los ojos antes de dar un asentimiento.
—Tú miedo… es delicioso —arrulló esa voz de nuevo.
Ignoré la voz y empuñé mi cimitarra con fuerza. Mi brazo tembló, no sé si por la fuerza o los nervios, daba igual. Cerré los ojos en un frenesí por concentrarme, relajarme, afinar mi pulso y apuntar. Abrí los ojos pensando en el mejor lugar.
—Su cuello… morirá desangrado en segundo si lo degollaras. Si le cortas la cabeza seguirá consciente un tiempo —recitó esa maldita voz y traté de silenciarla—. Su pecho… perforar su joven corazón sería…
Deje de oírla al ver los ojos del chacal, su mirada heló mi sangre, suplicaba su destino. Miraba mi arma y luego mi cara mientras sus labios temblaban. Desearía negarle ese destino, pero…
—¡Puedes negárselo! ¡Solo vete y déjalo agonizar! —ordenó la voz.
Ignorando eso, inhalé con la mente en blanco fijando el lugar y alcé el brazo sin titubear. El chacal cerró los ojos y aún dudo si mis orejas escucharon un «gracias». Luego un gritó ensordecedor rompió la calma de tan lúgubre noche. Había gritado con todas mis fuerzas cuando sentí como mi cimitarra atravesaba su piel, rompía sus músculos y llegaba al lugar designado, poniendo fin a su corta vida. Estaba al borde de las lágrimas cuando escuché las ramas crujir por el golpe.
Algunas ramas cedieron y el cuerpo quedó colgando con mi arma clavada. Tomé el arma oyendo otras ramas crujiendo y arranqué la cimitarra de su cuerpo. Al hacerlo el peso del cuerpo acabó por romper las ramas y cayó rompiendo más. Su piel se desgarraba por cada choque contra el árbol hasta impactar con un golpe blando y oír el crujir de los huesos. Y si no me hubiera apresurado habría sido el siguiente.
Por estar viendo el cuerpo caer no me percate que la rama donde me apoyaba se rompió, hasta que estuve cayendo. Las ramas me arañaron varias partes y antes de estrellarme enterré la cimitarra en el árbol. Me deslicé por este hasta que la cimitarra se atoró a escasos metros del suelo. El freno brusco hizo que perdiera el agarre y cayera de espalda contra el suelo. Por primera vez en la noche miré el cielo, estaba oscuro adornado con las más deformes nubes negras. También noté caer las hojas del árbol cubiertas de sangre coagulada y algunas gotas pintaron mi pelaje.
—¡Patético!
Exclamó una voz cercana cuando deje salir las lágrimas, ahí tendido en el suelo. Me levanté de golpe y arranqué la cimitarra del árbol. La empuñé con fuerza, sentí como compactaba su mango y gruñí enseñando los colmillos, los apreté al punto que amenazaban con partirse. Lagrimas corrían por mi cara, pero no estaba dispuesto a ser humillado, no más. Busque con frenesí alrededor, escudriñé con la vista en cada lugar, cada rincón, pero nada.
—¡Patético! —resopló otra vez, pero sonó distorsionado.
Luego habló una tercera vez, mas fue inentendible y ahí descubrí que solo resonaba dentro de mi cabeza. Solo era el recuerdo de mi amarga y humillante derrota hace poco. Di un largo suspiro antes de mirar el cuerpo de mi camarada, mi amigo, mi hermano. Caí de rodillas al lado de su cuerpo deforme… asesinado por mí.
Volteé la cara intentando hacer a un lado esa emoción. No quería sucumbir ante ella, la estaba reprimiendo cada puto segundo, pero ya me era imposible. Era una emoción patética signo de debilidad y así es como estaba. Mi cuerpo temblaba, los ojos rojos cubiertos de lágrimas, mis manos y pelaje salpicadas con sangre, la sangre de mis compañeros. El arma con la que le arrebaté la vida en mi mano y sus voces susurraban en mi cabeza. Cada recuerdo me golpeó hasta llegar al momento donde me uní a Eggman.
—¡Jefe! No sea tentado por él. ¡Estaremos bien! —Escuché gritar al chacal con banda verde en mis recuerdos.
—¿Fue mi culpa? ¿Yo los guié a la muerte? ¡No! Fue ese erizo… pero yo propicié las condiciones. Si solo me hubiese negado, si los hubiese liderado mejor, si… si solo...
Un nudo en la garganta me impidió seguir con mi monólogo, trataba de tener algo de autocompasión, pero eso no sirvió. Mi pecho dolió ante un vacío repentino, demandaba algo, deseaba con fervor algo, pero no sabía qué. La sensación se tornó agobiante y yo sin poder descifrarla.
—Recuerda —ordenó mi mente mientras traía a memoria un paisaje desolado.
Cerré los ojos reviviendo esa memoria y acabé como sumido en el lugar. Era caliente, pero de una forma acogedora. A mi alrededor yacían cientos de seres y tanta mortandad se tornó interesante. Había cuerpos de todas las especies, cualquier tamaño y diversas edades. Volteé a la derecha y una línea de cuerpos marcaba el lugar. Mutilados, quemados, devorados por gusanos. Pude sentir ese hedor putrefacto que por un momento fue fragante. Levanté un poco la comisura de los labios anticipando una sonrisa.
Giré a la izquierda encontrando diversas especies que huyeron al ver mi rostro y esbocé una sonrisa ladina. Sus caras estaban pálidas, tenían los ojos ensanchados, pintando una expresión pura de miedo en sus rostros. Respiraban agitados, jadeaban mientras volteaban a verme. Algunos caían torpemente en su afán por alejarse mientras me acercaba. Llegaron a golpearse entre ellos, empujarse y demás solo para avanzar más rápido… ¡Era maravilloso!
De pronto empezaron a correr más rápido, pero no entendía porque, hasta hacerme consciente de mi voz. Un sonido estrepitoso emanaba de mi boca sin control, aumentando su fuerza cada segundo. Era una risa inquietante de puro sadismo por el dolor de ellos, sus miedos, su angustia, su patético deseo de vivir. Me reí como nunca contemplando tal majestuoso escenario. Abrí los ojos, satisfecho, y continué riendo ante el recuerdo y algunas lágrimas seguían rodando por mi cara. La noche fue testigo de un lamento acompañado de un ruido grave y molesto.
Luego de eso lo demás es irrelevante y basta de esos recuerdos. Ahora tengo que acabar a lo que vine al desierto. Ya esparcí las cenizas del último chacal y tengo la mirada vacía fijada en el horizonte. Pronto miro lo que quedaba en la caja grande y descubro lo que ocultaba la manta, las armas predilectas del equipo. Tomo el tomahawk del chacal con boina y lo miro antes de clavarlo en la arena. Repetí la acción con un kunai, la daga de la hembra y la flamberge del más joven. Por último tomo mi cimitarra roja, viendo mi reflejo en ella. Orejas caídas, ojos enrojecidos, ojeras, cabello desecho y enmarañado.
Estoy hecho un desastre, pero a este punto pocas cosas me importan. Ese día una parte de mí murió con ellos. Ya nunca lo sabrán, pero eran una razón para regresar vivo de cada misión y ahora sin ese sentimiento soy capaz de enfrentarme a lo que sea. Ya no hay miedo a la muerte, mi vida solo sería un precio a pagar si logro mi objetivo, no hay nada más que perder.
—No hay más Zero —digo clavando el arma en la arena—. ¡Ha muerto con ustedes! Ese débil será olvidado y ahora el mundo me conocerá.
—Sí —afirma esa voz—. Trae ese mundo ideal lleno de agonía, desespero y mortandad —susurra con lascivia.
Mi corazón se animó ante el pensamiento, ese vacío había desaparecido. Pensar en los gritos de mis víctimas, el dolor que les causaría, toda la devastación que aguardaba. La simple idea era excitante, al punto de acelerar el corazón mientras sonrió. En eso el sol vislumbra en el horizonte y el comunicador en mi oreja crispa con la voz del doctor diciendo esas palabras que animaron mi alma.
Esa risa retorcida escapa de mis labios al saber que el Phantom Ruby está listo. Miro por última el desierto donde reposa el Jackal Squad y emprendo el camino de regreso corriendo tanto como mis piernas lo permiten. La adrenalina fluye por mi cuerpo, solo anhelo ese poder y de algún modo percibo como me llama la gema. He estado sirviendo a la voluntad de muchos humanos y mobians incapaces de hacer el mal, arruinaba el mundo de forma pasiva. Pero ahora las cosas cambiarán y todos tendrán un nombre al que temer. El mundo tendrá que inclinarse ante el poder del Phantom Ruby o perecer ante nosotros, porque ahora, mi poder será «Infinito».
¡Por fin! Después de tener esto archivado incompleto encontré la inspiración para terminarlo. Algo corto, pero sustancioso, y terminado justo a tiempo. Espero les gustara, no olviden comentar, y hasta otra.
