VI
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Nuevamente, Kenma entró a la habitación de Kuroo de forma intempestiva. Y Kuroo, nuevamente, se sobresaltó al verlo, pero esta vez no rehuyó su mirada.
—Hola —fue lo único que Kenma atinó a decir.
Kuroo le sostuvo la mirada un instante antes de echarse a reír.
—Hola, mucho gusto, completo desconocido —repuso él con sarcasmo —. ¿Te puedo ayudar en algo?
Kenma sonrió vagamente, mas enseguida sintió el espasmo de las lágrimas en sus hombros. La sonrisa de Kuroo en su rostro demacrado se antojaba una vil impostora de su sonrisa ladina, la que siempre ponía cuando le hacía la vida imposible.
Kuroo estaba apagado. Kuroo estaba ausente.
Kozume empezó a llorar por enésima vez en los últimos días y esta vez le pareció que su cuerpo estaba exhausto de la sensación. Se quedó en medio de la habitación, gimoteando.
—Ven aquí, kitty.
Se acercó a la cama y, ablandado por el sobrenombre que no había oído en mucho tiempo, se dejó caer en sus brazos de Tetsurou. Sollozó con más fuerza cuando advirtió el aroma desnudo de su piel, que le recordaba irremediablemente a los domingos perezosos en que ninguno de los dos tomaba una ducha hasta muy entrada la noche. Pensó de nuevo en los buenos momentos que compartieron por última vez sin saberlo y fue como si lo partieran por la mitad. Abrazó el cuerpo de Kuroo, que se sentía más delgado, y advirtió cómo él también se estremecía.
Tenía la intención de gritarle muchas cosas, a pesar de que la ocasión no era la más adecuada. Al final, no lo hizo, o no pudo hacerlo, y se dejó acobijar hasta que se cansó de llorar.
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La enfermera trajo el almuerzo y ambos lo compartieron mientras Kuroo hablaba sobre cualquier cosa y Kenma escuchaba.
Después de que la enfermera se llevara la bandeja de platos vacíos, Kenma levantó el rostro para interrumpir el diálogo de Tetsurou. Éste, al escuchar la suavidad culpable de su voz, calló enseguida. Hubo un silencio breve. Kenma volvió a agazapar la mirada.
—Perdóname —fue lo primero que dijo con una voz límpida —. Te hice sobrepasar tus límites. Te hice sentir culpable. Te hice creer que no era suficiente.
—Kenma…
Kenma no supo cómo ocupar sus manos, que siempre tenían un dispositivo portátil o comida, así que jugueteó con sus dedos nerviosamente.
—Me convencí de que había hecho todo lo que podía hacerse e intenté lavarme las manos de la culpa. Lamento no haber hecho lo que más importaba: decirte qué estaba mal, hablarte de cómo me sentía. Lamento haberme convencido de que no me amabas —hizo una breve pausa, pero antes de Kuroo lo interrumpiese como sabía que lo haría, continuó —. Pero no estás enamorado de mí. Me amas como amas al Nekoma, y no como amas a Kei-san.
Tetsurou inspiró para objetar, pero Kenma sacudió la cabeza. Continuó hablando.
—Está bien. Todavía te amo y no hay nada que pueda hacer en este instante, ni mañana y quizás ni en un mes o seis y está bien. Hace apenas dos días pensé que nunca podría hacer algo sobre este amor, pero ahora que estás en una cama de hospital y que conocí a Kei-san, no puedo seguirte amando y no quiero seguirte amando. No quiero seguir amándote con toda esta tristeza, y rencor; y no puedo seguir amándote sabiendo lo que he hecho de ti, con lo poco que he dejado de ti.
Kuroo no respondió.
—Si no tuviésemos estas flores, ¿nos salvaríamos de Kei-san?
Kenma alzó el rostro para observarlo, pero Tetsurou desvió el rostro para que no le viese los ojos acuosos.
—No tienes por qué seguir mintiendo, Kuroo, no a estas alturas.
Kenma volvió la mirada a sus manos.
—No voy a morirme —dijo calmadamente —. No voy a morirme por ti. Regresaré al departamento por mis cosas y me iré de Tokio.
Kuroo se sobresaltó.
—¿De qué hablas?
—Necesito alejarme de ti —replicó Kenma, extendiendo la mano para acomodar el cabello revuelto de Kuroo.
—Estás loco. ¿Cómo se te ocurre ese disparate? ¿Qué se supone que haga con mis propias flores, con mi incertidumbre?
—Estará bien —le dijo, sin dejar de acariciarle el cabello.
A Kuroo lo atrapó el fogonazo de un recuerdo. Se cubrió el rostro con ambas manos.
—¿Qué te sucede hoy? No sabía que podías hablar durante tanto tiempo.
—Estoy exhausto —respondió con una sonrisa triste, sin dejarle de acariciar el cabello —. Estoy exhausto de tanto llorar, de tantas flores, de tanto amarte. —Hizo una breve pausa antes de agregar —: este ya no es el amor que nos hace florecer. Este amor nos está desangrando. Es forzado, desesperado y sólo le quedan los hábitos y las costumbres.
—Pero no te puedo dejar ir.
—Míranos, Kuroo —repuso Kenma con un tono frágil, ya fuera por las lágrimas o el coraje —. Entiendo tu temor, pero míranos bien. Ya no somos felices. Desde hace mucho tiempo que no lo somos. Si me quedo, no nos salvaremos de la devastación.
Kozume suspiró. Kuroo, sin embargo, aún parecía evasivo. Era comprensible, después de todo, pero eso no evitó que Kenma clavara sus ojos sagaces en el rostro mortificado de Tetsurou.
—¿Nos salvaríamos de Kei-san?
—No —aceptó finalmente Kuroo, cubriéndose los ojos. Empezó a sollozar y entre lágrimas, le preguntó que qué pasaría si se acabara el tiempo.
—Entonces no quiero que lo sepas. En realidad, no quiero que nadie lo sepa, porque si nadie lo sabe, nadie podrá culparte, ni siquiera tú mismo.
Kuroo, sin dejar de sollozar, atrajo el cuerpo de Kenma y lo cubrió con sus anchos brazos. Puso su frente en la curvatura de su hombro.
—Eres un egoísta —murmuró, con voz astillada —. No pude siquiera replicar algo.
—Ya no hay nada más que se pueda decir— Kenma le acarició el cabello que nacía de su nuca —. No intentes amarme de nuevo sólo porque voy a morirme. Prefiero morirme antes que ver tus ojos y saber que ya no estoy ahí, que lo único que quedó de mí es el hanahaki.
—¿Y si algún día quiero saber de ti?
—Me encontrarás cuando yo esté listo. ¿Puedes hacerme este último favor?
Tetsurou no respondió. En cambio, ciñó su abrazo, en medio de los estremecimientos de su cuerpo lacrimoso.
Se quedaron abrazados hasta que, dos horas después, la enfermera que supervisaba a Kozume le pidió a éste que regresara a su habitación para su evaluación vespertina.
Kuroo juntó sus frentes antes de que se separaran y lo miró directo a los ojos, como deseándole buena suerte en un partido.
—Perdóname —dijo, quedito, haciéndole cosquillas con su aliento —. Perdóname algún día.
La raíz de sus diez años de amor estaba tan podrida y frágil que había sido muy fácil de sesgar. Y, sin embargo, Kenma sintió mucho alivio.
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La señora Kozume lloró amargamente cuando Kenma finalmente le confesó a ella y al señor Kozume que se estaba muriendo y que no estaba seguro de cuánto tiempo le quedaba. Kenma, que nunca había visto llorar a su madre, no logró mantener la entereza que esperaba aparentar. El miedo a la muerte traslucido en su rostro impulsó a los ecuánimes señores Kozume a una búsqueda frenética por encontrar otra solución.
No hubo suerte. El padecimiento era tan inusual y fulminante que en toda Asia se contabilizaban cuatro o cinco casos en los últimos veinte años. Ninguna empresa farmacéutica estaba interesada en continuar una investigación que representaba un nulo beneficio económico. Kenma decidió que iniciar el enfoque experimental era el único recurso plausible, así que contactó de nuevo con el doctor que lo atendió en su diagnóstico, quien, a su vez, lo refirió con un reconocido terapeuta de hanahaki en Busan. El doctor se ofreció a iniciar los trámites burocráticos para solicitar una subvención del gobierno, pero el señor Kozume prefirió iniciar el viaje de inmediato, de modo que sus ahorros de toda la vida sirvieron para que la familia Kozume cruzara el mar sin despedirse de nadie. Lo único que Kenma llevó consigo fueron sus documentos de identidad y dos mudas de ropa nueva.
En Busan, Kenma se estableció con su familia en un pequeño departamento que quedaba a cuarenta minutos del centro de la ciudad. Empezó la terapia dos veces por semana con la mejor de las intenciones.
Realizó algunas excursiones como parte del proceso. Visitó lugares turísticos populares, como montañas y templos. Encontró un trabajo remoto de medio tiempo para ocuparse durante las tardes y empezó a asistir a terapias grupales que lidiaban con la pérdida, porque, en cierto modo, Kenma sentía que había perdido algo. Por las noches, ayudaba a su madre a preparar la cena y escribía en un diario antes de acostarse a dormir.
Las flores, sin embargo, continuaron. Los intervalos de asfixia se alargaban cada vez más, pues los coágulos de flores enteras eran mucho más difíciles de expulsar que un par de pétalos. Kenma sufría de hipotensión después de cada acceso y tenía pesadillas recurrentes sobre la papilla informe y tibia que las flores se volvían una vez fuera de su organismo. Se quedaba en el piso del baño hasta que su madre le traía un pedazo de queso o una taza de café y le acariciaba la espalda.
Dos meses después de su llegada a Busan, Kenma fue ingresado en el hospital con la garganta rebosada de pétalos.
A Kenma se le administró suero y se le despejó la garganta, pero no se realizó ningún procedimiento adicional. En una habitación aparte, los médicos (y un intérprete) conversaron con los señores Kozume para sugerirles el traslado de Kenma a una institución especializada en cuidados paliativos. En su opinión profesional, la situación era irremediable y lo único que quedaba por hacer era ofrecerle al paciente moribundo comodidad, paz y dignidad. Cuando Kenma escuchó su desahucio, no mostró la desesperación de los señores Kozume. Decidió que prefería ingresarse en un centro que permanecer en su hogar, porque detestaba la posibilidad de morir y profanar el hogar de sus padres.
El sistema de salud de Corea del Sur lo reubicó en un centro que se encontraba cerca de la costa de Busan. No había muchas actividades debido a la naturaleza del centro, pero la consejería psicológica, emocional y espiritual estaba disponible casi todo el día, y las visitas no tenían ningún tipo de restricción. También le permitieron salir en ciertos horarios y Kenma aprovechaba las horas muertas haciendo largas caminatas por la playa abarrotada de personas.
Kenma a veces se daba por vencido. Cuando se sentía así, se quedaba en la orilla de la playa observando el oleaje. Procuraba no acercarse mucho al agua, porque en los bolsillos siempre llevaba su diario, en donde tenía anotado lo que consideraba que era su última voluntad: que sus cenizas nunca estuviesen acompañadas de flores y que la notificación de su muerte a Kuroo estaría sujeta a consideración de los integrantes de la generación 2012 del equipo de vóleibol de la Metropolitan Nekoma High, siempre y cuando transcurriera un periodo mínimo de cinco años después de su cremación.
De regreso al centro, a Kenma le gustaba pasar por los puestos callejeros de comida, pues el olor de los vapores le devolvían las ganas de vivir que dejaba a medio camino. Le hacían pensar que tardaría días, semanas y meses para terminar de probar los puestos de Busan, y entonces se obligaba a pasar por la capilla del centro para rezar una plegaria como le habían enseñado. No rezaba a ningún dios en particular, siendo él criado en Japón, pero era un lugar silencioso que a veces daba la impresión de que alguien lo estaba escuchando.
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Una noche cálida de agosto, un mes después del desahucio, Kenma despertó súbitamente. Resintió el sonido hueco y rítmico de su corazón jadeante. Como si acabara de sacar la cabeza del agua, paulatinamente regresó a él el rumor adormilado de la ciudad, que se colaba por la ventana que él dejaba abierta para refrescar la habitación. La sensación de un mal sueño permaneció con él hasta que amaneció. No logró recordar, sin embargo, ningún detalle de la pesadilla.
Mientras se encontraba desayunando en su habitación, otro acceso lo acometió. Kenma pensaba que los accesos ya no podían ser más dolorosos, mas las costillas se le estrujaron de tal manera que tuvo la certeza de que moriría. Su madre, que se encontraba haciendo punto al lado de su cama, tuvo que ser retirada de la habitación debido a sus gritos histéricos. El grupo de médicos ingresó justo en el instante en que Kenma tosió una variedad de pétalos blancos.
Los pétalos pulcrísimos se regaron por la cama y el suelo. Kenma se limpió el rastro de saliva que le había quedado en una comisura y observó atónito su apariencia cristalina. Una vez transcurrida la impresión inicial, el grupo de médicos se apiñó en torno a la cama de Kenma, y los pétalos livianos revolotearon por la habitación. Tras una minuciosa exploración física, los médicos no hallaron anormalidades. Kozume quedó en observación el resto del día. La señora Kozume insistió en limpiar la habitación, pero Kenma no consintió que se deshiciese de la desfloración hasta la mañana del otro día.
Kenma no tosió flores al día siguiente, ni el día después de ese. Pasó una semana, y luego otra sin que tosiera siquiera un pétalo.
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El médico a cargo del centro opinaba que probablemente era una tregua engañosa, así que le pidió a Kenma paciencia. Kenma, sin embargo, no la tuvo.
Desde el teléfono público del centro, llamó a la casa de los Taketora, cuyo teléfono era el único que tenía apuntado la señora Kozume en una vieja agenda que había traído por pura nostalgia. Afortunadamente, el teléfono de la casa no había cambiado en once años, así que en cuestión de minutos consiguió el número de Yamamoto, quien no contestó hasta el tercer intento.
—¿Diga?
—Tora. Soy yo.
—¿Quién habla?
—Tora, necesito el teléfono de Kuroo.
Hubo un silencio.
—¿Kenma? —Kenma escuchó un sollozo ahogado —. Kenma, qué carajo, cómo se te ocurre llamarme.
—Es que necesito el teléfono de Kuroo.
Taketora replicó algo inentendible y lacrimoso. Kenma esperó pacientemente a que Tora terminara de desenredar las palabras.
—¿Para qué lo quieres?
—Lo necesito —insistió.
Escuchó que Yamamoto balbuceaba.
—Es que no lo tengo.
—Tora, esto es una emergencia.
—Y esa la verdad. No tengo el teléfono de Kuroo. Eh, nos lo prohibió dártelo.
—Sabes que no sabes mentir. Dame el maldito número.
De nuevo hubo silencio. Le pareció escuchar que Taketora reprimía un sollozo.
—Ah, qué mierda, ¿por qué otra vez soy yo? No, no puedo. Ten, apunta el número de Fukunaga. Él te dirá las cosas mejor que yo.
Kenma sintió la misma corazonada terrible que sintiera tres meses atrás. Fukunaga contestó como si hubiese estado esperando su llamada.
—Hola, Kenma —dijo.
—¿Fuku…naga?
—¿Por qué necesitas el teléfono de Kuroo-san?
—Es muy largo de explicar.
Escuchó a Fukunaga inspirar.
—Es cierto lo que dice Taketora. No tiene el número de Kuroo-san. Nadie lo tiene porque hace dos semanas que desapareció —puesto que Kenma no dijo palabra, Fukunaga continuó —. Dejó de presentarse al trabajo, así que notificaron a su madre. Ella fue a buscarlo a su departamento, pero estaba todo menos él.
—Pero ¿avisaron a la policía? —preguntó Kenma, aturdido.
—Sí, pero, por ley, la policía no puede investigar la desaparición de una persona a menos que se sospeche de un crimen o de un suicidio. Kuroo no dejó ninguna nota ni hizo referencia a algún testigo de querer atentar contra su vida, así que su búsqueda no procede.
—¿Y dónde estaban ustedes? ¿Por qué lo dejaron solo, Fukunaga? ¿Dónde está Kei-san?
Fukunaga dudó antes de continuar. Su tono de voz se hizo más suave.
—Nos pidió espacio. Nos pareció que era lo correcto. Quizás, si lo presionábamos, nos saldría el tiro por la culata. —Hizo una breve pausa—. De Kei-san no sabemos nada. Lev dijo que dio de baja sus redes sociales y cambió de número. Al parecer, pidió un traslado.
Kenma empezó a llorar descontroladamente.
—Soy un imbécil.
—No te hagas ninguna idea catastrófica, Kenma.
—¡Hace dos semanas que dejé de toser flores, Fukunaga! ¿¡Qué se supone que piense!?
—Que la terapia ha ido bien y que Kuroo-san prefiere no saber nada, como tú.
—No quieras tapar el sol con un dedo —sollozó.
—Es posible que Kuroo se haya convertido en un jouhatsu.
—¿Jouhatsu?
—Hay compañías en Japón que ayudan a las personas a desaparecer. Les dan alojamiento en otras ciudades y una nueva vida. A los que contratan sus servicios, se les conoce como jouhatsu.
—Pero ha dejado todo. Es imposible.
—No lo es. No sabemos si ha retirado dinero de su cuenta bancaria y no suena descabellado la falsificación de documentos. Kuroo es un jouhatsu.
—Un jouhatsu.
—La terapia entonces ha ido muy bien, ¿no es cierto?
Kenma parpadeó desconcertado.
—Supongo.
—Me alegra.
Kenma no supo qué más decir y colgó.
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La garganta de Kenma nunca más se asfixió con pétalos. Durante un tiempo, se peleó con el mundo, con el cosmos, con el destino, consigo mismo.
Pero un día en que los pensamientos eran muchos y se sucedían sin control, llegó al mar sin saber cómo. La gente seguía apilándose por montones. El oleaje seguía manso. La ciudad seguía ruidosa. La vida continuaba. La que Kuroo dejó para que él pudiera continuar la suya.
Respiró profundo.
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