Ella dijo sí
Ese era otro día más en el que visitaba la tumba de las hermanas Kochou.
—Cumplí mi promesa, Shinobu— tocó levemente aquellos vendajes en su brazo, la herida aún no sanaba, pero como bien se lo había prometido a la mencionada, no tocaría aquella sutura hasta que le dijesen — ¿Lo hice bien? — el joven con mascara de jabalí colocó un ramo de flores de glicina en la tumba de la antigua pilar del insecto, un mero simbolismo para Shinobu, aún le era doloroso estar en aquel lugar y recordar la calidez con la que lo trataba aquella mujer ¿Entonces por qué seguía regresando a aquel sitio? A decir verdad solo había dos razones para ello: la primera es que aún necesitaba de los consejos de Shinobu, su presencia le apetecía igual de cálida que la de su amigo pelirrojo, aún quería sentirse cerca de aquella mujer a quien tanto llegó a querer.
—Inosuke, hola— y allí estaba la segunda razón. Aquella chica de coleta y ojos violáceos le hacía volver, como si de una obligación se tratara, con la esperanza de admirarla aunque solo fuese por algunos segundos. Kanao se había vuelto una mujer hermosa, apacible y poderosa; intrigaba al joven Hashibira cada vez que posaba su mirada sobre ella—. Gracias por las flores, a la maestra seguro que le encantarán— la mujer de pocas palabras parecía más libre al hablar con el moreno, soltaba con confianza sus versos. Colocó algunas ofrendas frente a la tumba de la familia Kochou y comenzó a orar.
Era la misma pintura que Inosuke venía contemplando hacía años. Desde el momento en el que el impetuoso jabalí descubrió la tumba de Shinobu se pasaba día y noche cerca del lugar, vislumbraba el sepulcro con tristeza; jamás se pensó el único en sufrir su perdida, pero tampoco le interesaron los lamentos de los demás ante la devastadora muerte de Shinobu… sin embargo las lágrimas de aquella joven eran distintas, en el primer momento que sus oídos captaron sus sollozos su corazón se destrozó.
Jamás comprendió el porqué, quizá fuere porque ambos habían llorado juntos antes, quizá porque construyeron un lazo al combatir lado a lado contra una luna demoniaca, quizá era por el hecho de que ambos jóvenes eran como un par de niños que poco sabían de la vida; no lo entendía pero igualmente no le importaba… no iba a ponerse a pensar sobre ello, tan solo iba a vivir el momento, así como lo había hecho durante años.
Él no solía estar en silencio, de hecho esos momentos le incomodaban, su actitud explosiva le obligaba a gritar en toda oportunidad que le diese la vida; sin embargo allí estaba, esperando en calma a que la joven terminara sus oraciones. Aquella mutes no le era incomoda y la presencia de la mujer no le resultaba molesta, a lo largo de los años compartiendo esas pequeñas escenas se fue acostumbrando a los actos de la fémina, a tal punto que si alguien prestaba un poco de atención podría fácilmente ver que ambos jóvenes tenían la respiración acompasada, como si fuese una sola. Sus alientos se mezclaban hasta formar uno solo, de alguna manera eso era demostrativo del porque el pilar de la bestia y la pilar de la flor eran tan buena combinación en batalla.
—Inosuke— la amatista interrumpió los pensamientos del joven, mostrando una bolsa de obento, el joven sabía a lo que se refería, la chica había preparado tempura para compartir merienda con él. Ya era como un hábito entre ellos, o tal vez debía ser llamado ritual, encontrarse frente a la tumba de aquellas hermanas que tanto bien les hicieron a sus vidas, compartir comida y la tranquilizadora presencia del otro antes de salir en otra misión en la que, muy probablemente, sus vidas estarían en riesgo.
Para Inosuke era como una promesa del meñique, no morir para la siguiente vez volver a comer el tempura preparado por aquella bella mujer. Y para Kanao era como el llamado desesperado de su corazón, sobrevivir para encontrase con ese bruto muchacho que la tranquilizaba aún con su estruendosa voz.
—Sentémonos a la sombra— le tomó de la mano dirigiéndola hacía la frescura que proveía la copa de uno de los tantos árboles frondosos de aquel lugar—. ¿Pasa algo? — se había quitado la máscara para poder comer con comodidad.
—Tu rostro es muy lindo y limpio
—Tendrás que darme doble ración la próxima vez que comamos en pago por ver mi rostro— aceptó un tanto avergonzado mientras comía con imprudencia ante la enternecida mirada de la amatista.
Al poco rato de arrasar con su icónico salvajismo los alimentos, el joven Inosuke se quedó contemplando el perfil de la pilar mientras esta bebía apacible su té; su rostro adquirió un ligero sonrojo del cual nunca se percató. Ese era el momento ¿Verdad? ¿Acaso tendría otra oportunidad de lanzarse a la joven? ¿Por qué él, el gran dios Inosuke, se ponía a pensar? ¿No era su estilo atacar de frente y sin miedo?
— ¡Demonios! ¡Ey, tú! — la mujer acató a su llamado —Toma esto— le arrojó una pequeña bolsita que la joven tomó con bastante curiosidad, no era común que el hombre diera algún presente, incluso a ella quien fuese su mejor amiga.
— ¿Puedo abrirlo?
— ¡Sí! ¡Hazlo! ¡¿Qué tanto esperas?!— la joven Kanao examinó el contenido de la bolsa, encontrándose con una sortija de un brillante color dorado, adornada por un pequeño cristal lila. El color era tan hermoso que le recordaba a las glicinas, extrañamente sabía a donde quería llegar el muchacho con tal obsequio y eso tan solo podía hacerla feliz.
—Un anillo— recordó como en sus diversas misiones en la ciudad se había encontrado con damas portando tales accesorios, se veían tan elegantes y aquellas que las portaban con su marido al lado se veían tan felices. La imagen mental de ella caminando de la mano con el joven, mientras sus sortijas brillaban a la luz del sol, abochornó en sobremanera su rostro; regalándole así al oji-verde un tierno retrato de la avergonzada Kanao.
—Un viejo me contó que esos aros se dan cuando uno se quiere casar— la cara estupefacta de la mujer incomodó un poco al cazador, dándose cuenta de las dudas de Kanao se apresuró a responder las preguntas no expresadas de la fémina —Sí sé que es casarse… me lo explicaron Gompanchiro y Monitsu— señaló con cierta brusquedad la mano de la joven —Y también sé que esa cosa va en tu mano izquierda ¡Así que póntelo ya! ¡Yo si quiero casarme contigo! ¡¿Acaso tú no?!
—No necesitas llorar, Inosuke— rio algo enternecida por las lágrimas que se iban acumulando en el rostro enojado del mencionado, quizá impotencia, quizá de frustración —Además, Shibobu-neesan te hubiese regañado por ser tan tosco
— ¡Ya sé que estas cosas se piden con calma!— aún le dolía el recuerdo de la pilar del insecto, pero él mejor que nadie sabía que a quien más le dolía recordarla era a la joven frente a él. Estaba en lo correcto, aquella mujer le regañaría, estaba siendo prepotente y agresivo; pero no podía evitarlo, aquello era algo que nunca se le pasó por la cabeza hacer y pensar tanto le estaba dando migraña — ¡Me lo dijo demasiadas veces el estúpido de Tontaro!— esperaba que Shinobu lo perdonase, pero el no tener tacto ya era su sello personal — ¡Pero cuando pienso en ti me siento raro! ¡No puedo seguir los consejos de nadie! ¡Me tranquiliza tu presencia, pero no quiero que te acerques mucho porque me pones ansioso! ¡¿Qué pasa contigo ah?!— el sonrojo de la joven pilar no pudo más que acrecentarse con las palabras que le dedicaba el mal hablado de Hashibira, no tenía tacto y sus versos parecían reclamos, pero eran honestos, veía en sus facciones cariño e intranquilidad, seguramente el simple hecho de conseguir el anillo le habría costado horrores.
—Me siento de la misma manera cuanto estoy a tu lado, no puedo ni respirar apropiadamente— a pesar de que su tono de voz era tan calmo, si Zenitsu estuviese allí escucharía lo desbocado que estaba su corazón y aún si Tanjiro se encontrara a un par de metros podría captar fácilmente el aroma de su creciente nerviosismo—. Yo aun no comprendo estos sentimientos… ni siquiera estoy segura de ponerles un nombre, porque cuando lo hice terminé equivocándome—. Sí, Kanao pensó haberse enamorado de la cálida alma del joven Kamado, pero ahora que veía la sonrisa del nuevo pilar de la flama no hallaba rastro de aquel sentimiento, tan solo crecía en ella una eterna gratitud; sin embargo el solo pronunciar del nombre del joven que ahora le proponía matrimonio tan bruscamente la hacía sentirse tan cálida que parecía quemarse por dentro—. Pero quiero intentar averiguarlo contigo
—Eso quiere decir que…
—Sí— se colocó con suavidad la joya en el dedo anular de la mano izquierda, justamente donde a Inosuke le habían explicado que debería portar el anillo su esposa —Quiero casarme contigo
— ¡Se los dije estúpidos Monitsu y Tontaro!— celebró con el más estruendoso de sus gritos, realmente era extraño ver como aquella chica tan callada admiraba con ternura las formas tan infantiles y bruscas de su ahora prometido — ¡Mi forma de proponer matrimonio es mejor que sus flojos consejos!— se acercó a su cuervo que sobrevolaba cerca del sitio, el pobre ave atendió con algo de temor su llamado — ¡Ey pajarraco! ¡Ve y diles esto a ese par de idiotas! ¡Ella dijo que sí!
