NOTAS
Bonding, sentimientos que afloran y algo de mala suerte...
Tuve un problemita con los asteriscos que uso como separadores, parece que la página nunca los había incluido y por eso todo el texto desde el primer capítulo hasta éste, se sentía bastante denso. Pero logré actualizarlos con un hermoso · • —– ٠ ✤ ٠ —– • · en caso de que sea un problema del caracter como tal...
Nuevamente, ¡gracias por leer! Espero que estés disfrutando esta locura amorosa.
Cap. 5
Un par de horas después se escucharon cada vez más claros los pasos pesados de un dewback. Mando enfundó el bláster únicamente cuando se aseguró de que Larr venía solo.
- Hey.
- … Hey.
El hombre desmontó trastabillando un poco y el mandaloriano lo sostuvo, causándole un siseo de dolor.
- ¿Estás bien?
Naturalmente, Larr se veía golpeado. Su cabello a un lado de la cabeza estaba manchado de abundante sangre que llegaba hasta su hombro, pero por su lucidez Mando supo que no era de una herida propia.
- Bien – jadeó el otro hombre, mientras el dewback se lanzaba a tomar agua en un arrollo que manaba entre las rocas. – Fue un pequeño caos, como puedes imaginar, pero acabé con los tipos. Había ewoks heridos de gravedad, así que me quedé a ayudar en lo que pude.
- ¿Qué pasa con tu brazo? – Din podía ver que se sostenía con cuidado el codo derecho.
- Una carga de un infeliz gamorreano. Entró como era y desajustó la articulación. – Le echó un breve vistazo a la cueva. - ¿Qué tal ustedes dos?
- Estamos bien.
- Bien. - Se quitó el rifle y se lo entregó.- Gracias. Te repondré las municiones.
- No hay problema.
Larr asintió. Miró al pequeño dormido y sonrió.
- Ven – le dijo a Mando entonces, quitándose su gabán con cuidado. - ¿Me das una mano con esto? Intenté poner el hombro en su lugar pero creo que hay un esguince y la inflamación está bloqueando la maniobra.
- … Claro – el mandaloriano se acercó, recordando la técnica para estos casos. Apoyó una mano en su nuca y otra en su codo. - ¿Listo?
- Dámelo.
Giró la articulación y la empujó con un golpe seco, pero encontró mucha más resistencia de la que había esperado y no sintió el hueso deslizándose como debería. Larr aferró su brazo con fuerza, exhalando un gemido entre dientes.
- Vas a tener que forzarlo más – jadeó. – Pasa por encima de la inflamación, no importa. La arreglaré después.
- ¿Dónde está tu espray de bacta?
- No puedo aplicarlo con la articulación fuera de lugar. Vamos Mando, sin piedad.
El mandaloriano suspiró. Pasó la mano hasta su trapecio y empujó más fuerte que antes, y otra vez más como buena medida, hasta que el hombro chasqueó acomodándose. Larr bufó y apoyó la cabeza en su hombrera, gimiendo y luego riendo suavemente.
- ¿Demasiado fuerte? – preguntó Din. Dudó unos segundos y masajeó el músculo con cuidado, tratando de distraerlo del dolor. Estaba más consciente de su cuerpo contra el suyo de lo que habría querido.
El hombre lo miró con una pequeña expresión juguetona.
- Tan fuerte como lo necesitaba – le dijo con un guiño y Mando se sintió sonrojarse bajo su casco. Tuvo que hacer un esfuerzo considerable por no preguntarle qué tan fuerte le gustaba usualmente.
El hombre dio un gemido de bienestar y se desenvolvió de su cuerpo. – Aaah, endorfinas. Ahora sí viene el espray de bacta –. Sacó el tarrito de entre sus implementos y revisó su contenido a la poca luz. - Vale cada gramo…
Se retiró la camisa, aún con cuidado. Din le dio la espalda. Sabía que habría debido ofrecer su ayuda, pero a la misma vez quería evitar que el otro hombre pensara que solo quería tocarlo. Así que solo volvió junto a la pequeña fogata para cuestionar sus propias motivaciones y ocuparse de otros asuntos.
Tomó el pequeño soldador de tejidos que siempre usaba sobre sus heridas y descubrió una que había estado molestándole todo ese tiempo.
- Wow, Mando, espera –, dijo Larr cuando lo vio. - ¿Qué crees que estás haciendo?
Din lo miró sin entender. Larr terminó de aplicarse el medicamento rápidamente y se acercó. El mandaloriano había estado intentando cerrar un corte profundo en el brazo hecho por una rama afilada mientras volaba. La maldita había pasado justo en medio del beskar. - ¿Estás…? – exclamó el médico, pero bajó la voz, echándole una mirada a Grogu dormido. - ¿Estás bromeando? Muéstrame eso -. Reluctantemente, el hombre le mostró el brazo herido y Larr apretó los labios. Tomó aire, reuniendo paciencia. – Esto – levantó el soldador -, no se usa para heridas profundas en humanos. Lo único que puede hacer es evitar cicatrices en las capas más superficiales de la piel, pero si usas esto en una herida así, se te volverá a abrir en cuanto hagas un movimiento brusco, que son los que haces todo el tiempo.
- … De acuerdo – fue lo único que se le ocurrió decir a Din.
- ¿Puedes levantarte la manga? Por favor Mando, no te voy a sacar un órgano. Eso es… – Larr comenzó a limpiar la herida con un paño sobre el que roció un líquido. Luego la cerró con pequeños fragmentos pegantes de una especie de laminilla transparente- Bien, no quiero decir nada sobre la educación mandaloriana y no lo haré, pero por favor NO intentes un procedimiento que abra la piel si no has esterilizado el campo, hombre.
- Copiado.
- No puedes dejarle todo el trabajo a tu sistema inmune. Además puedes terminar por joderte los nervios o, peor aún, por convertir tejido muscular en tejido cicatrizal. Y eso sería un adiós a la legendaria fuerza mandaloriana. Hay mucho que puede afectar negativamente esto que estás haciendo.
- … Entendido.
- ¿Sabías todo esto antes, o…? ¿Sabes qué? No me respondas – para sorpresa de Mando, el otro hombre comenzó a rociar bacta sobre la herida ya limpia.
- No tienes que… No es tan grave.
- Es mi bacta, Mando, yo decido cómo la uso – una sonrisa se fugó entre la expresión severa de Larr.
Din apretó los dientes, siseando. Luego, el otro hombre aplicó la luz de un pequeño dispositivo a la lesión y cualquier dolor se fue como si nunca hubiera estado allí. - ¿Mejor?
- Sí – dijo Mando, sorprendido. Flexionó el brazo experimentalmente. – Gracias.
- Dale algo de tiempo- Larr apretó su codo suavemente. – En unos minutos estará como nuevo.
- Gracias de nuevo – repitió Mando tras un momento. – Por esto y por cubrir nuestro escape antes. Con el pequeño tan expuesto, era la mejor estrategia.
- Es una lástima que la cuna blindada que tenía antes se haya destrozado – comentó el hombre. - Aunque entre eso y un padre cubierto de beskar y armado hasta los dientes, es mucho más preferible lo segundo. ¿Me lanzas esa lata de bhillen? Necesito proteína…
Mientras Larr comía y las llamas comenzaban a volverse brasas, hablaron sobre cómo retomar la misión al día siguiente. No se habían alejado demasiado de su curso, así que en dos días más podrían estar arribando al área donde se sospechaba de la presencia de Marrack. Una vez allí tendrían que adaptarse a lo que encontraran.
- No podemos darnos el lujo de demorarnos más que eso – le dijo el madaloriano. – El ataque de hoy solo confirmó nuestra ubicación.
- No lo haremos – lo tranquilizó Larr. – Aunque si las cosas se ponen feas, puedes dejarme esa última parte a mí. Conseguiré la información y desapareceré. Soy bueno en eso.
Din dio una pequeña risa. Este hombre era sin duda cazador y presa, quizá tanto como él mismo.
- Eso lo sé – le dijo. - De hecho, alguien como tú podría ser mandaloriano, si sigue todos los pasos. Quizá hasta sería mejor para ti; siempre estás arañando por mantener la anonimidad. Y no estoy seguro de que puedas conservarla por mucho más tiempo con los estragos que te gusta causar.
- Como si tener ese casco te hiciera menos conocido, Mando – el otro hombre lo señaló. – Y, en realidad, me gusta demasiado el sol en el rostro como para considerarlo.
Din se quedó callado, permitiéndose ensoñar solo un poco sobre cómo se beneficiaría la tribu si contara con un curandero como éste, dedicado completamente a las escasas familias mandalorianas. No había suficientes en este momento.
No había suficientes de nada entre quienes seguían su credo.
Suspiró.
- Hey – Larr le dio una palmada suave en la pantorrilla. - Hacer las cosas a mi manera me permite ofrecer mi ayuda a quien yo lo decida.
- Eso es bueno, supongo – admitió Din. – Te trajo acá.
El hombre le sonrió. A Mando le pareció ver, incluso en la muy tenue luz, que se sonrojaba un poco.
- Me gusta estar acá – le dijo y el mandaloriano no pudo evitar sonreír también.
- Pero, ¿qué hay con tu familia? – le preguntó entonces. – Para un tipo con tu nivel de dedicación, se pensaría que tienes un lugar al que volver.
Larr bajó los ojos y Din quiso patearse. – Lo lamento, yo…
El otro hombre le dio una pequeña sonrisa.
- No pasa nada, Mando. Tú puedes preguntarme. – Dio un corto suspiro. – Existe ese lugar, pero que regrese es… peligroso. No solo para mí. Así que hago lo que puedo por ayudar desde afuera. Y de paso ayudar a otros.
- ¿Nunca has trabajado por recompensas? Ya sabes, al estilo del Gremio.
- La gente del Gremio nunca me ha simpatizado – confesó el hombre y el mandaloriano lo miró. – Sé que un idealista como yo no tiene nada que hacer pretendiendo que el dinero no es tremendamente valioso en la galaxia, o criticando a las personas cuya mejor forma de supervivencia ha sido esa, por falta de opción o por simple vocación. Además, no me entiendas mal, la imagen del mercenario fuerte y audaz es bastante seductora – levantó una ceja con una pequeña sonrisa, que sin embargo no duró mucho. – Pero… - suspiró. – Mi madre murió por lo que creía. Tengo su ejemplo grabado con fuego en mi cabeza. Y he hecho muchas cosas sucias en mi vida (vaya si las he hecho). Demonios, huir de mi hogar tuvo muchísimo de egoísmo, pero… hay cosas que simplemente son innegociables.
Las brasas crepitaron suavemente en los segundos de silencio que siguieron.
- Te entiendo – le dijo el mandaloriano.
Observó al hombre frente a él, su gabán de combate y su talego con implementos médicos, sus botas cerca de romperse por el uso, sus armas, su postura agotada pero decidida, su cabello que a esa hora se veía oscuro, su expresión pensativa y ojos obscenamente inteligentes.
Poco tiempo después de conocerlo, Mando se había dado cuenta de que el otro hombre le molestaba, muchísimo. Y le molestaba porque lo confundía. Ahora comenzaba a entender por qué.
Tragó, reuniendo coraje.
– No hay muchas personas como tú, Larr – le dijo.
El hombre lo miró sorprendido.
- Vas a hacerme sonrojar - le advirtió.
- Sería la primera vez – le dijo Din. - Puedes ser bastante desvergonzado, Mósdov.
Larr rió suavemente.
- No soy tan malo, lo prometo. Y, afortunadamente, hay un mandaloriano acá para ponerme en mi lugar si me paso de la raya.
- Así es. Aunque estoy seguro de que has escuchado sobre mucho más que nuestra disciplina.
- No lo voy a negar. Todo el mundo ama los uniformes – Larr le guiñó un ojo, tomando un sorbo de líquido de su vaso. – No puedes culpar a la gente por poner a volar la imaginación.
- Hmm. Nadie conoce su propia reputación, por lo que veo.
- Nadie.
- Eso es bueno. Garantiza práctica de tiro.
Larr rió entre dientes.
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El dewback fue el primero en ceder al agotamiento. Sin avisar, se internó más en la cueva y se echó junto a las brasas, dando un resoplido antes de meter el hocico entre las patas.
Los hombres se miraron. Habían estado hablando suavemente, reluctantes a ceder al sueño, dejando que las horas pasaran.
- Mejor descansemos un poco – dijo el mandaloriano.
Recogió al pequeño, alejándolo prudentemente del enorme reptil, y se acomodó más adentro de la cueva.
- Necesito darme un baño – Larr se levantó gruñendo. – Déjame algo de cobija, ¿sí?
Tras unos minutos, Mando sintió al otro hombre acomodándose en el suelo de gravilla a unos metros de él. – Esa maldita agua estaba casi congelada – lo oyó decir antes de que bostezara.- Con suerte la hipotermia golpeará sin que me dé cuenta…
- Acércate más, entonces – ofreció antes de pensarlo. – Conservación de calor, ¿verdad?
Larr dudó.
- ¿Y puedo ver bajo tu casco?
- No.
- ¿Pero me compartes algo de tu capa?
- Si dejas de hablar, quizá, Larr.
- Eso puedo hacerlo.
El hombre se acostó a su lado entonces y se giró hacia él, solo un poco. Apoyó la cabeza sobre su propio codo doblado y cerró los ojos, obviamente tan cansado como él mismo se sentía. Din lo observó tan solo unos segundos antes de obligarse a cerrar los ojos.
Aún entonces, pudo sentir el olor de su piel limpia.
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Larr despertó cuando sintió un pequeño alón insistente en uno de sus brazos.
Lo primero que vio al abrir los ojos fue al mandaloriano frente a él, dormido exactamente en la misma posición en que había estado antes de que se entregara al sueño.
Era una visión escasa: su cuerpo completamente relajado, inconsciente al mundo, quizá con una expresión estoicamente serena bajo su casco. A Larr le gustaba imaginar que tenía los ojos oscuros y que, cuando daba uno de sus resoplidos de risa, sonreía de lado. Pero nunca lo sabría.
Lo segundo que vio, al bajar la mirada, fue al pequeño que se las había arreglado para meterse bajo su brazo, usando la manga de su gabán como un remedo de cobija.
- Hey… - dijo sorprendido pero bajó la voz, echándole una mirada al otro hombre. El pequeño lo miró con esos ojos brillantes inescrutables, dando un pequeño gemido. Larr se levantó con un gruñido y lo puso sobre su brazo. - ¿Dormiste mal, peque? – puso su mejilla contra su cabeza para sentir su temperatura. – ¿O te duele algo? … ¿Dónde dejaste tu manta?
Fue hacia el exterior. Un amanecer multicolor que quitaba el aliento se derramaba desde las nubes y sobre todo el paisaje, incluyéndolos. – Mira nada más – jadeó, intercambiando una mirada con el niño. – Seguro sabes cuándo intervenir, peque.
Terminó por sentarse en una piedra que se elevaba entre las otras, mientras que el pequeño se relajaba por completo, durmiéndose de nuevo en unos minutos. Larr observó el paisaje con la misma fascinación con que observó en su brazo a este niño que, sin que se diera cuenta, se había vuelto tan precioso para él. – Estarás bien, Grogu – le prometió suavemente, arropándolo. – Me voy a asegurar de eso.
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Al otro lado del risco, que atravesaron en par de jornadas, el paisaje era muy distinto.
La tierra seguía elevándose, pero la vegetación comenzaba a morir. Por lo que les explicaron algunos peregrinos que llevaban décadas haciendo la ruta, las órbitas de los dos soles coincidían cerca a ese punto en la misma época del año, en general tostando el suelo y la vegetación y manteniendo el interés de los nativos más bien alejado del lugar.
Solo un par de parajes humildes y algunos pequeños grupos de contrabandistas buscaban refugio por alla. A veces, también, extraños de otros planetas que se refugiaban en casas pequeñas y en un perfil tan bajo como pudieran conseguir, alejados de cualquier clúster de sociedad.
Y mientras reconocían la zona circundante al camino principal, que le habría facilitado a Marrack un acceso básico a suministros convenientes, cayó el segundo ataque.
En esta ocasión los mercenarios iban en speeders y atacaban con armas de menor radio de acción, quizá buscando mantener algo más la integridad de su pequeño objetivo.
Y la mala noticia fue que, el dewback que los transportaba, simplemente no podía superar a los vehículos que intentaban cerrarse sobre él.
- ¡Yo me encargo de ellos! – le gritó Din a Larr mientras éste azuzaba sin piedad al reptil, que resoplaba casi desfalleciendo. El mandaloriano pasó la correa de la mochila donde iba el niño alrededor del cuello del otro hombre. - ¡Cuídalo, Larr! ¡Ve!
Maldiciendo, éste obedeció. El terreno comenzaba a aplanarse y, con Mando distrayendo a los mercenarios, tendrían una verdadera oportunidad de perderlos.
En un segundo Mando estaba allí y al siguiente se había alejado con el ruido del jetpack. El dewback adquirió más velocidad, los atacantes se replegaron y Larr no pudo evitar sentir que ésta había sido una terrible idea.
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La misma pesadilla lo despertaría de sus sueños más profundos durante años:
El pequeño llorando contra su pecho mientras se alejaban sobre el terreno árido y él mirando sobre su hombro solo para ver a Mando caer al piso desde varios metros de altura, su jetpack destruido por algún proyectil. Los mercenarios se amontonaban sobre él como insectos hambrientos, mientras su imagen se hacía más y más pequeña.
Pero en realidad Larr no tuvo el valor para mirar sobre su hombro. Solo montó a toda velocidad hasta que el dewback dejó de responder a sus indicaciones y se detuvo, dando un par de pasos antes de colapsar en el piso.
Saltó a tiempo para no ser aplastado y se incorporó jadeando, moviendo al niño suavemente y pensando en el paso a seguir mientras que sus emociones navegaban el pánico.
Tan solo unos segundos después, escuchó el estruendo de un motor y levantó la mirada para ver un caza A Wing descendiendo desde las nubes. Larr juró y quiso patearse por no haberlo notado antes. Se lanzó tras el cuerpo del dewback y armó su rifle francotirador.
Supo que si la batalla lo había alcanzado, era porque Mando había fallado. Pero se obligó a dejar esta idea de lado para que las lágrimas no le nublaran la vista y pudiera tener una imagen limpia a través de la mira del arma.
Pero el A Wing no atacó, sino que aterrizó suavemente frente a él. La escotilla se abrió y Larr comenzó a presionar el gatillo. Un segundo después alejó el dedo del disparador, abriendo los ojos de par en par.
- ¿Qué demonios…?
