Notas:
Algunas revelaciones que parecen insuficientes... Un cebo lanzado y una presa inesperada...
Cap. 7
Luego de pedirle a la mujer que rectificara unas cuatro veces, Larr abandonó la nave.
- Espero que encuentren lo que están buscando – le dijo la ex Imperial a Mando, dándole una mirada sorprendentemente empática antes de irse.
La zeltrona y el drasselliano ingresaron unos minutos después, sin hacer preguntas. Algo estrechos y con Larr con una nube negra sobre su cabeza, se dirigieron rumbo al puerto en donde descansaba el Razor Crest. Con la velocidad de la nave, llegarían en unas horas.
- ¿Estás bien? – preguntó Mando al otro hombre en medio del viaje. Ya había recuperado suficiente fuerza para cargar al pequeño, que seguía dormido contra su pecho. El médico lo miró irritadamente.
- Eres la única persona en mis años de oficio que ha sobrevivido a un envenenamiento con synox – le dijo. - ¿Y me preguntas si estoy bien?
El mandaloriano contempló su expresión y su postura.
- Estás molesto.
Larr suspiró, dejando caer su cabeza al frente.
- Estoy bien – aseguró, suavizando su tono. – Fue un maldito día de mierda, pero obtuvimos resultados. No es raro que funcionen así las cosas. Solo me alegro de que lo peor haya terminado.
- Hmm – Mando miro calladamente a los otros dos sujetos frente a ellos. Parecían indiferentes a su conversación. - ¿Qué pasó mientras estuve incapacitado?
- Una locura de historia – Larr no se vio nada orgulloso al decir esto. – Te contaré luego. Aún no recupero del todo la audición en el lado derecho… –. Y se rascó furiosamente el oído.
- ¿Te queda algo de bacta?
- Sí, señor.
- Bien – Mando miró al panorama de las nubes y el paisaje a miles de metros bajo ellos, a través del vidrio de la cabina de mando. – Así que la casta Lánthar…
El otro hombre le dio una risa sin humor.
- La maldita casta Lánthar.
- ¿Aún los odias?
La mirada que le dio fue suficiente respuesta.
· • —– ٠ ✤ ٠ —– • ·
Los registros que les interesaban estaban nada menos que en la biblioteca real del Cuartel Central de Lantharia en el planeta Ketz.
La casta Lánthar era un pequeño imperio en sorprendente expansión. Desde hacía un par de décadas era reconocido el auge de su colonización y desarrollo industrial y militar, que lo llevaba a depredar recursos de zonas inhabitadas o pueblos vulnerables de otros planetas, así como a realizar negociaciones no completamente transparentes a cambio de territorio y otras riquezas que pudieran soportar su acelerado progreso.
Irónicamente, este rápido crecimiento lo perfilaba como uno de los actores políticos más importantes en unos años. Por éstas y otras razones, Larr sentía hacia este reino el más profundo antagonismo.
Su cuartel general en Ketz era una fortaleza impenetrable, armada con una seguridad que haría cualquier ataque frontal improbable y cualquier infiltración extremadamente compleja.
- Es un palacio, un cuartel general, una prisión, una central de producción, una sede política… ¡Todo a la vez! - exclamó Cara con incredulidad, pasando por los paquetes de información que habían conseguido y que en ese momento estaban estudiando.
Habían pasado un par de días desde el envenenamiento de Mando. Luego de que el médico le diera vía libre para actuar (reluctantemente), había reunido al que consideraba el equipo perfecto para su siguiente incursión: la ex Rebelde Cara Dune y Kuiil, el ugnaught que había estado cerca de morir en Nevarro tratando de escapar con Grogu de los hombres de Moff Gideon.
Eran dos de las personas en cuyas habilidades, y sobre todo en cuya lealtad, más confiaba. Con ellos conformarían una fuerza indetectable y eficiente.
– A menos de que tengas una invitación, no eres recibido allí. Punto –, prosiguió la mujer. - ¡Tomará semanas de inteligencia encontrar la forma de infiltrarlo!
Estaban reunidos en el puente del Razor Crest, alrededor de una serie de hologramas.
-Los lantharios son humanos, ¿no es verdad? – dijo Kuiill desde su asiento.
- Sí – dijo planamente Larr. Su mal humor no había disminuido. Si mucho, había sido encubierto bajo un terco silencio.
- Entonces debe haber aliados a los que ustedes puedan acercarse.
- No es tan fácil – dijo Mando. Miró al niño sentado en el regazo del médico, que jugaba tranquilamente con el emblema de su cuello. – Como dice Cara, se han convertido en un pueblo excepcionalmente cerrado en las últimas décadas, bajo el gobierno de Molth Lánthar. Y no tienen ninguna reputación que indique que quieran ayudar a un huérfano ajeno.
- Ni siquiera ayudan a sus propios huérfanos- gruñó Cara. – La familia Lánthar es el tipo de reino que era El Imperio antes de volverse El Imperio.
El médico estaba mirando al pequeño fijamente. Su mandíbula iba adelante y atrás, en su rostro una expresión de duda que había ido tomando más y más forma en los últimos días. Mando se preguntaba qué podía estar pasando por su mente, pero no se había atrevido a intentar sacarle una respuesta.
- Hay una manera – dijo Larr entonces.
Los otros lo miraron, pero él guardó silencio. Mando se inclinó más al frente sin comprender su expresión. ¿Qué estaba pasando? - Ah, ¿por qué tienes que ser tan adorable, Grogu? – reclamó el hombre al bebé, que solo balbuceó sonriéndole. Miró sus brillantes ojos negros por unos segundos más y suspiró.
Tanteando en su traje, sacó un fob de rastreo de aspecto particular.
- ¿Cazar una de sus presas y llevárselas? – dijo el mandaloriano. – No es la vía más rápida, tampoco.
- No hay que cazar a nadie – Larr encendió el fob y éste comenzó a pitar enloquecido. – Estoy justo aquí.
· • —– ٠ ✤ ٠ —– • ·
- Así que después de todo eres enemigo oficial de Lantharia – dijo el mandaloriano. La verdad es que esto no lo sorprendía. – Imagino que no solo por lo que hiciste en Mádira.
- No solo por eso, tienes razón – Larr apagó el fob. – Es una larga historia, pero lo importante es que me han estado buscando por años. Y ahora parece que esa búsqueda es nuestro tiquete de entrada.
- No quieren ejecutarte, ¿verdad? – dijo Mando preocupado. – Ese no sería el mejor de los planes, tampoco.
- No, me necesitan vivo. Al menos por un buen rato. Sería la excusa perfecta para infiltrarnos.
- ¿Y qué fue lo que les hiciste? – quiso saber Cara.
- ¿Qué no les hice? – se alzó de hombros él.
- Hmm. Luego de entregarte podemos escurrirnos a la biblioteca, extraer la información y luego extraerte a ti – dijo la ex Rebelde. – No está mal. No es el plan más invulnerable, pero es el mejor que tenemos.
Mando suspiró. Miró al pequeño, sentado tranquilamente en la rodilla del otro hombre.
– Suena arriesgado-, dijo -. Pero si lo planeamos cuidadosamente, puede funcionar.
- Los sistemas de seguridad tienen protocolos del Imperio – informó Kuiill, revisando algunos de los hologramas. – No es mi especialidad exactamente, pero puedo establecer comunicación con ustedes y, remotamente, guiarlos por los planos y acceder a algunas cámaras de seguridad. Quizá incluso entorpecer algunos sistemas.
- Eso funciona. Muy bien, es un plan sólido. ¿Larr? ¿Estás dispuesto a hacerlo? –Mando miró al hombre, que asintió tras unos segundos. El mandaloriano se puso de pie. – Kuiil, ¿podrías comenzar a descargar los planos y protocolos?
- Ciertamente.
- Genial. Mósdov, Cara y yo revisaremos la logística en campo. ¿Larr? – se volvió al otro hombre y fue imposible no notar su reluctancia -. ¿Algo más que sea importante apuntar sobre tu situación?
El hombre lo miró a los ojos, directamente tras el casco.
- No ahora.
· • —– ٠ ✤ ٠ —– • ·
Era aún temprano cuando alguien tocó en la cabina de Din. Éste comprobó que se trataba Larr antes de abrir la puerta.
- Mando – le dijo el médico. No tenía su gabán de combate ni su máscara de gas. Se veía extrañamente preocupado. - ¿Tienes un momento?
- …Claro.
Se hizo a un lado, dejándolo entrar.
El niño estaba en la pequeña mesa, sentado tranquilamente junto a un plato con unos trozos de raciones suaves, pues el mandaloriano había estado alimentándolo.
- Oye, peque – saludó Larr cuando el pequeño levantó las garras a él. Lo levantó y se sentó a la mesa. Mando arrastró un contenedor vacío junto a ellos. - Hay algo que no te he dicho acerca de mañana – le dijo el hombre entonces, llevando un trocito de fruta a la boca del pequeño, que masticó tranquilamente. – Primero, tenemos que hacerlo ver como si de verdad te hubiera dado pelea. Ellos saben que no es fácil atraparme, pero por tu reputación no tendrán razón en dudarlo. Así que debes ponerme en forma y despeinarme un poco mañana.
- … Claro – asintió Mando suavemente.
- Segundo… Okay, okay, está bien, sí, aquí tienes – el pequeño había aferrado su emblema de nuevo y estaba halándolo. Larr se lo quitó del cuello y lo dejó tenerlo. – Puedes jugar con él, pero termina de comer, ¿bien? Bien. Segundo, Mando – sus ojos se quedaron sobre los de él. – Debes saber que Molth Lánthar me detesta con ardor. Muy a su pesar me necesita vivo, pero no dudará un segundo para demostrar todo lo que le gustaría matarme.
- Qué les hiciste, exactamente – dijo el mandaloriano. - ¿Les robaste algo importante, o algo así?
- De cierta manera – asintió Larr. – He hecho lo posible por obstaculizar sus intentos de expansión, pero no ha sido suficiente, ni tampoco lo necesario para detenerlos. Ahora me doy cuenta que solo han sido paños de agua fría que no hacen más que aplazar lo inevitable - le dio otro trozo de fruta al niño, que comenzaba a parpadear más lento ya. – Cara tiene razón. Es un imperio mediano que comienza a destilar corrupción y ésa viene desde adentro.
- No hay nada que puedas hacer al respecto – le dijo Mando. – Una operación así requeriría años de trabajo, tropas enteras, inteligencia… Eso, o un aliado interno con muchísimo poder.
Larr asintió calladamente.
- Cierto- dijo. – Lo que hay que asegurar al momento de mi entrega, Mando, es que si eso pasa, si Molth Lánthar decide darme algo de amor, no puedes interferir. No puedes reaccionar distinto a como lo haría cualquier otro miembro del Gremio al entregar un encargo. ¿Entiendes?
Din lo miró fijamente. Entendía lo que le decía y entendía por qué se lo decía. Ambos lo entendían, estaba seguro. Pero por alguna razón, ningún momento (incluyendo éste) había parecido ser remotamente adecuado para hablarlo.
- Comprendido – dijo.
Larr asintió.
- Perdóname, si descubres cosas de mí – agregó. – Hay cosas que simplemente no puedo contarte.
Mando asintió de nuevo.
- De acuerdo.
El otro hombre le sonrió con gratitud, como si supiera que Din correspondía a su gesto. Luego bajó los ojos al pequeño.
- Muy bien, dame eso, fríjol – le quitó el emblema ignorando su protesta y se lo puso alrededor del cuello.
Grogu dio unos balbuceos y estiró una garra hacia Din.
- ¿Qué? ¿Qué quieres? – el mandaloriano le dio uno de sus dedos, dejando que el niño halara su mano hacia la de Larr, que lo sostenía del tronco. La apoyó allí y chasqueó una vez, cerrando los ojos tranquilamente.
Mando no tenía sus guantes y pudo sentir la piel del otro hombre bajo su mano, una sensación más intensa de lo que lo habría esperado. Lo miró sin saber qué decir.
El otro hombre dio un ronquido de risa.
- Este pequeño comienza a ser tan sentimental como tú – se levantó con cuidado y con la misma delicadeza puso al pequeño sobre su hamaca, arropándolo.
- Yo no soy sentimental.
- Eres el guerrero intimidante más sentimental que conozco – le informó.
Din se acercó y observó al niño. En cuestión de segundos había caído en ese sueño profundo en el que el mandaloriano estaba seguro de que estaba a salvo de pesadillas, reponiéndose de cualquier experiencia agotadora que hubiera llevado el día.
Lo arropó un poco más y levantó los ojos al hombre junto a él. La expresión de Larr era gentil y algo triste también, cuando paseó su mirada sobre su casco. – Cómo me gustaría poder ver tu rostro en este momento - le confesó.
- Si te estás preguntando por mi expresión, deberías saber que te estoy mirando con odio.
El otro hombre rió.
- ¿Porque te llamé sentimental?
- En parte.
- Hmm. Bueno, espero no merecerlo completamente. Aunque si algo sale mal mañana, será bastante más mutuo.
- Nada saldrá mal – aseguró Mando. – Al menos, haremos lo posible para que no salga mal.
- Algunas cosas están fuera de nuestro control. Cualquiera en tu gremio lo sabe bien, Mando.
- Din.
- ¿Mmm?
- Din Djarin – dijo suavemente. - Es mi nombre.
Larr pareció no entender por un momento. Luego abrió más los ojos y entreabrió la boca en pura sorpresa, mirándolo a su visor como si lo estuviera viendo a ambos ojos. Terminó por sonreír.
- Me gusta – le dijo. Tomó la barbilla de su casco y la movió a un lado y al otro, analizándolo. - Te sale –, decidió con tono suave. – Din Djarin. Es agradable.
- Gracias.
- ¿Ahora puedo ver bajo tu casco?
El Mandaloriano levantó un puño amenazadoramente y el otro hombre rió. - Buenas noches, Din.
Le guiñó un ojo antes de salir.
· • —– ٠ ✤ ٠ —– • ·
Al día siguiente realizaron todas las preparaciones para llevar a cabo la logística del plan sin sorpresas inesperadas.
Revisaron sus armas, recargaron su munición y explosivos, afinaron armaduras y dispositivos de comunicación y Cara sacó las ataduras electrónicas con las que esposarían a Larr.
Para preparar el aspecto de presa atrapada de Larr, el mandaloriano y el médico acordaron que un pequeño combate amistoso a mano vacía sería más que suficiente.
- He querido esto desde hace tanto tiempo, Mando – sonrió Larr, mientras el madaloriano ponía sus armas a un lado. – Nada de usar ese lanzallamas de tu antebrazo, ¿eh?
- Aww,¿ni siquiera un poco? -, fingió protestar Din. – Y, por cierto, no eres el único que ha estado esperando esto.
Fue frente al otro hombre, moviendo la cabeza a lado y lado para relajar el cuello.
- ¡Cinco créditos al médico! – gritó Cara, sentada a unos metros de allí junto al pequeño.
- Cuídame la nariz, ¿de acuerdo? – a pesar del escenario (o quizá como consecuencia de éste), Larr estaba sonriendo de oreja a oreja. Bajo su casco, Mando no se veía muy distinto.
- Cuídatela tú mismo – le respondió.
Tras unos segundos en los que solo se observaron caminando en círculos, Larr se lanzó hacia él.
No tenía caso intentar negar que este hombre era un buen peleador. Incluso la armadura de beskar de Mando no parecía desalentar la fuerza de sus ataques. Con movimientos ágiles lograba bloquear o esquivar los que él le lanzaba, y cuando golpeaba lo hacía con contundencia. Era casi tan bueno como Cara, que había logrado meter en aprietos a Din esa ocasión en la que se enfrentaran pensándose enemigos.
A medida que la intensidad y competitividad del combate crecían, el mandaloriano tuvo claro que, de no haber sido por la ventaja de su armadura, la pelea se habría ido para largo.
En un segundo de distracción del otro hombre, Mando logró aferrarlo en una llave y lanzarlo al suelo, inmovilizándolo con su propio peso.
- ¡Vamos, Mando! – le gritó el médico recuperando el aire, el rostro contra la tierra. – Esa patada no fue para golpear, fue para empujar.
- Empujar era lo que quería.
- Aaah… – Larr le dio una de sus miradas juguetonas. - ¿No crees que pueda aguantarlo rudo?
Din respiró fuerte, sosteniendo un brazo tras su espalda, aún a horcajadas sobre él. Con la otra mano empuñó algo más fuerte en su cabello, sacándole un pequeño quejido y una sonrisa. Sabía bien qué tipo de adrenalina era ésta, y no era a causa del combate.
Acercó el casco a su rostro.
- Crees que puedes aguantarlo, ¿eh? – le dijo al oído.
El hombre lo miró de reojo, entreabriendo los labios para tomar aire.
Un pequeño balbuceo se alcanzó a escuchar antes de que fuera bruscamente lanzado metros atrás y Larr metros al frente, contra unas rocas.
Una fuerza inconmensurable los habría desplazado a unos cinco metros del otro, como si fueran muñecos de trapo.
- Hombres… - gruñó Cara, girando los ojos al cielo. - ¡Felicidades, cabezas de chorlito, asustaron al pequeño!
Sentado en el muñón de un tronco junto a la mujer, el niño movía las pequeñas garras y balbuceaba enojadamente, como si estuviera riñéndolos.
Larr no lo pensó antes de lanzarse de rodillas frente a él.
- ¡No, no, no, no, peque! -, exclamó levantando las manos en un gesto pacífico. - Estamos bien, solo estábamos jugando.
Mando, tan de rodillas como él, señaló al otro hombre y a sí mismo una y otra vez.
- No estábamos peleando. Somos… somos amigos.
- Nunca nos haríamos daño.
- Era… un juego. Solo un juego.
- ¿Ves? Estamos bien.
- No lo estaba lastimando de verdad.
- ¿Ah, no? – Larr lo miró y Din vio que había sangre cayendo de un lado de su cabeza.
- Si ustedes dos, par de tórtolos, terminaron con ese alboroto alrededor de su niño – riñó Kuiil acercándose, - les recuerdo que una misión de infiltración nos espera.
Los dos hombres intercambiaron una mirada.
- ¿Estás bien? – dijo Mando. El otro solo hizo un sonido de irritación y caminó hacia la nave.
· • —– ٠ ✤ ٠ —– • ·
La fortaleza comenzó a emerger del horizonte un par de horas después de que iniciaran el viaje.
Coronado por torres de control y de observación, el cuartel general lanthariano se alzaba más inmenso de lo que Mando se habría imaginado, conformado por edificios de distinto tamaño y rodeado por paredes altas que eran vigiladas por unos pocos soldados, un cuerpo de seguridad no acostumbrado a recibir ataques.
En uno de sus lados se alcanzaban a observar decenas de bodegas conectadas a una serie de entradas pequeñas que daban a algunos cultivos. La entrada principal, a la que se dirigían, estaba mucho más fortificada
Cara esposó a Larr cientos de metros antes de que llegaran a la imponente zona de control de la entrada, donde guardias y soldados permitían o denegaban el acceso.
- Una ex Rebelde y un mandaloriano – dijo el guardia encargado de las identificaciones. - ¿Qué asuntos tienen acá?
- Traemos a un prisionero buscado – dijo planamente Mando.
- ¿Buscado? – el guardia frunció los labios, incrédulo. – No son muchos los que la casta Lánthar le confía a mercenarios.
- Mayor razón para dejarme entrar.
El lanthariano miró a los otros guardias, que se alzaron de hombros. Se levantó de su puesto gruñendo y recibió el Fob que le extendía Cara. Lo puso en su decodificador y tras unos segundos se proyectó un pequeño holograma.
Mando no se había esperado la reacción que vio, ni las que le siguieron: el guardia abrió los ojos como si hubiera visto un fantasma y los miró de golpe, y luego a Larr oculto bajo su capucha, una y otra vez, hasta que se puso de pie de un salto.
- Por la Reina… Por la Reina… ¡Miren esto! – dijo a los otros guardias, señalando el holograma. Entonces hubo expresiones muy similares, todas en el mismo rango de sorpresa. Una de las guardias se acercó a los recién llegados con un escáner genético y bajó de golpe la capucha de Larr. Dio un respingo poniéndose una mano en la boca y mirándolo a ambos ojos, y pasó la luz del dispositivo sobre su rostro. Repitió la comprobación un par de veces más, antes de decir:
- Por la Reina – y jadeó, con los ojos brillantes. - Sí. Sí es él. Es Theo Lánthar.
Mando se volvió de inmediato al otro hombre, que evitó sus ojos. El guardia del principio se echó a reír, incrédulo.
- Encontraste la veta de oro, Mandaloriano.
Mini nota: Orgullosa de este cliffhanger #SorryNotSorry
