Notas: Sigue el viaje en Tatooine y siguen pasando MUCHAS cosas XD

Cap. 13

Incluso en un planeta chamuscado como Tatooine, la naturaleza, al igual que las personas, lograba encontrar la manera de abrirse paso y perdurar.

En cuestión de horas, la arena sobre la que navegaban con sus motos jet fue convirtiéndose en tierra árida y firme, enrojecida y sólida como la piedra, y entre sus grietas surgían pequeños matorrales o flores revejidas, persistiendo allí donde hubiera un poco de sombra.

Grupos salvajes de dewbacks, familias de ratas del desierto, eopies fugaces y pequeños lagartos e insectos se movían aquí y allá escapando del sol y en búsqueda de alimento. Los tres viajeros procuraban mantener siempre la distancia que era prudente con todas las criaturas de este planeta.

Y en medio de las jornadas de viaje, cuando se detenían a comer o a estirar las piernas, o cuando debían pasar a pie y con cuidado por algunos pasajes, o simplemente cuando llegaba el momento de buscar un refugio para la noche, Mando y Larr hablaron y hablaron más de lo que nunca habían hablado. Tanto que en ocasiones los abordaba la sensación de que, a pesar de haber sido completos extraños hacía tan solo unas decenas de meses, se conocían de toda la vida.

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Cuando estaban a unas horas de llegar a Mos Hemla y yendo a toda velocidad, Larr llamó la atención de Mando. Le pidió su telescopio y luego de que el otro hombre se lo lanzara, lo apuntó hacia su derecha.

- ¡Tenemos compañía! – avisó devolviéndole el artefacto y halando hacia el frente su rifle francotirador.

- Quédate en nuestras cinco – le dijo el mandaloriano cuando frenaron y se apearon de sus jets. – Esos pueden ser una distracción.

- Copiado.

Un manojo de bandidos se acercaba a toda velocidad, montando ágiles eopies. Larr hizo caer a tierra a uno de ellos mientras se acercaban, y a otros dos mientras se alejaban. Tan rápido como habían aparecido, los ladrones se perdieron de vista. - ¿Qué rayos fue eso? – dijo el hombre, bajando su arma.

- Probablemente bandidos muy hambrientos.

- ¿Deberíamos revisar?

- Mejor no. Solo sigamos el camino con los ojos más abiertos.

Lo hicieron y alcanzaron la entrada principal a Mos Hemla cuando caía la noche.

En el deshuesadero de Másdix, decenas de dugs y grans iban y venían desvalijando vehículos y escombros electrónicos, separando recursos salvables de lo que tendría que ser descartado.

- ¡Hey! – les gritó el mandaloriano cuando los vio mirando con interés y casi por reflejo las motos jet.

Un Ishi Tib se acercó a ellos gruñendo cansadamente. Los miró de arriba abajo.

- ¿Cromio? – dio una carcajada cuando escuchó lo que estaban buscando. – Tienen que estar bromeando. No hay cromio en toda Tatooine en este momento.

- Los circuitos de las naves mon calamari usan cromio como principal resistencia para la conducción – dijo Larr. – Y al menos siete transportes fueron decomisados y descontinuados hace poco, ¿no es cierto? ¿O ya tienen comprador?

- ¿Quién te dijo…?

- Como si te fuera a decir.

- Mmm… - el sujeto se puso las manos en la cintura, mirando alrededor. – Y ustedes quieren comprar, ¿verdad?

- No estamos preguntando por hacer conversación.

- Ah, qué rayos – el Ishi Tib se alzó de hombros. Le hizo una seña a Larr con el dedo. – Ven conmigo.

- Él no va a ningún lado – informó el mandaloriano, mano sobre el mango del bláster. Estaba muy consciente de en dónde se encontraban.

- Muy bien, muy bien. No hay necesidad de ponerse imponentes acá – dijo el mercader. – Tenemos las baterías de esos transportes y están recubiertas de precioso cromio. Pero nuestra mandíbula magnética se averió y sin ella no hay forma de abrir esas baterías sin arruinar el contenido. Era lo que quería mostrarte – dijo al médico. – Así que, si te sirven así, con gusto te las venderé ya mismo, si quieres. Rayos, encimaré un par bobinas.

El mandaloriano suspiró. Era un argumento demasiado elaborado como para ser falso y el Ishi Tib no tenía razón para mentir sobre eso.

- Bueno, ¿y Másdix los va a dejar en la mierda? – dijo Larr. – Sin esa mandíbula, el cromio no es el único material que van a dejar de provechar. Es dinero perdido.

- Se supone que una nueva tiene que llegar en cuatro a seis semanas – dijo el comerciante. – Lo que quiere decir de doce a veinte. O nunca.

- Rayos – dijo el médico. El Ichi Tib concordó.

Se quedaron en la diminuta habitación de un pequeño albergue para viajeros, y pensaron qué hacer.

- Mira, Mando – el médico por fin se decidió a decirle lo que había estado rumiando durante todo el camino. – Sé que amas al Razor pero… tienes que admitir que ya pasó por sus mejores años. Quizá sea hora de renovar tu transporte. Sería lo mejor, de hecho, esa nave es un riesgo en potencia.

- El Razor tiene mucha vida útil todavía – el mandaloriano respondió justo lo que el otro hombre había temido. – Lo conozco como la palma de mi mano y conozco sus achaques. Puede que no lo parezca, pero está íntegro. Más allá de eso, el hecho de que sea pre Imperio es una ventaja invaluable para mis misiones encubiertas.

- Entonces déjalo en el taller con Peli – negoció Larr. – Lantharia te debe una nave, ¿recuerdas? Si la solicito desde el intercomunicador que tiene Cobb en Mos Pelgo, estará esperando en el puerto con una canasta de frutas para cuando volvamos a Mos Eisley. Viajamos a Tython, terminamos nuestra… – apretó los labios –… misión, en los días o semanas que se demore, y luego vuelves por tu nave. Fácil.

Din pensó por un momento y terminó por suspirar.

- No disfruto cuando resultas ser más práctico que yo – le confesó.

- ¿Ah, sí? ¿Y por qué?

- Porque soy mandaloriano. Y mayor.

- Pues súfrela. Y en realidad, a mí me encanta que lo admitas – sonrió Larr, dándole a Grogu una mirada triunfal.

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Decidieron abastecerse de agua para su viaje de regreso, pero allí donde fueron encontraron el precio exorbitante, lo suficiente como para hacerlos objetivo de una decena de ladrones si accedían a él.

- Van a querer intentar la granja de vapor de Santooth – les dijo el quinto mercader al que le preguntaron. – Es la más grande de los alrededores, una verdadera parcela. Siempre hay producción yendo y viniendo.

- ¿Queda lejos? – preguntó Larr.

- A solo unas horas. Si algo está fallando en el suministro de este lado de la villa, tiene que estar relacionado con eso.

- Hey, niño – dijo Mando al pequeño. - ¿Quieres conocer una granja de vapor?

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Cientos de metros antes de llegar, fue obvio que algo andaba mal. Muy mal, como para que la enorme maquinaria de la granja (que era prácticamente un pequeño poblado) estuviera completamente paralizada de esa manera.

Con la ayuda de su telescopio, Mando vio decenas de eopies amarrados a la sombra y lo que inconfundiblemente eran forajidos dispersos por todo el lugar y también vigilando la entrada celosamente.

En las ventanas y los pórticos de las casas, algunas personas se asomaban con expresiones de miedo antes de desaparecer de nuevo en el interior. Un parpadeo después, el brillo de otro telescopio había tocado el suyo.

Mando suspiró. Escondiendo al pequeño bajo su capa, anunció al otro hombre que la granja estaba tomada y que, además, acababan de verlos. Larr gimió, apoyando la frente en el manubrio.

Estando tan cerca y tan descubiertos, era estúpido intentar atacar o intentar huir, de modo que formularon un plan rápido, sin sacar sus armas y esperando a que los abordaran. Efectivamente, en cuestión de minutos varios sujetos montando un speeder y un par de eopies se acercaron a ellos.

- ¿Supongo que hoy no abren? – comentó el mandaloriano cuando los rodearon.

- Con que llegaron los héroes, ¿eh? – dijo uno de los bandidos. - ¿Quién los envió?

- Nadie nos envió –. Larr sonaba indignado. – Yo vivo aquí, Y este Mando solo está aquí porque necesita comprar agua. ¿Qué rayos está pasando?

- Lindo beskar, Mando – una forajida lo miró de arriba abajo, sus ojos brillando con hambre fácil. - Me pregunto cómo te ves sin él.

- No tengo ningún interés en lo que esté pasando acá –, dijo Din serenamente. - Ponme un dedo encima y les costaré más muertos de los que pensarían necesarios. Y les garantizo que me iré con mi beskar. Y quizá varios trofeos más.

Mando no necesitaba intentar sonar convincente para sonar convincente, sobre todo porque lo que decía era verdad. De hecho, probablemente podría irse allí mismo si lo quería, pero estos sujetos no iba a dejar ir a Larr tan fácil, cuando claramente era más accesible a sus ojos.

- Entonces, ¿me van a escoltar, o voy a tener que hacerlo solo? – dijo el médico.

- Hey – gruñó el mandaloriano. – Me prometiste agua. No viajé todo este tramo para volver con las manos vacías.

- Entonces adelante – Larr hizo un ademán ámplio hacia la granja. – Ve a negociar con la nueva administración.

Los bandidos se miraron entre ellos por tan solo un segundo, sin intentar oponerse a la presencia de su beskar.

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Santooth había sido tomada hacía horas.

Los forajidos habían permitido que las familias se refugiaran por el momento, pero los empleados activos habían sido llevados a otro sitio donde la líder del grupo criminal estaba "negociando" con el propietario, según les dijeron (qué tipo de negociación, solo podían imaginárselo), mientras que otros bandidos patrullaban las calles como si fueran los nuevos dueños del lugar, acariciando con los ojos todo aquello de lo que pensaban apropiarse en cuanto les fuera dada la autorización.

Mientras los conducían al interior de una especie de granero, Mando se rezagó del grupo. Más allá de mirarlo con algo de recelo y mucha codicia, ninguno de los malhechores se lo impidió.

En el lugar había reunidos docenas de hombres y mujeres, trabajadores de cuerpos fuertes y capaces y expresiones asustadas. Claramente se les estaba obligando a que presenciaran el sádico show que la cabecilla del grupo había puesto en marcha.

Armada con un rifle francotiador y con un entusiasmo sádico, la mujer estaba explicando al anciano propietario de la granja de qué iba la competencia de tiro con la que, aseguraba, determinarían por mérito quién iba a ser el dueño definitivo del lugar.

- Es fácil, abuelo – estaba diciendo al hombre, que tendría al menos ciento veinte años y se sostenía a duras penas con un bastón, empeñado aún así en mantener una postura firme. – Es un duelo de puntería de lo más tradicional. Si le das a los cinco vaporeadores de la derecha, justo en la antena y antes del circuito que los haría estallar en mil pedazos, entonces tu granja es tuya. Ah, no me mires así, no es tan difícil. Bueee, está bien; puedes fallar… ¡una vez! Así que, si le das a menos de cuatro, la granja es mía. Sin escándalos ni forcejeos. Y si fallando haces estallar alguno, entonces esas personas que están amarradas a ellos van a estar un poco molestas cuando mueran, quizá. Así que… ¿ves? – el rostro del anciano, endurecido por una vida en Tatooine, estaba lleno de un odio que la bandida obviamente estaba disfrutando. - ¡Es fácil!

Mando, que había caminado al fondo de la multitud, tuvo una idea más o menos clara de lo que podía estar a punto de pasar cuando vio que Larr dejaba atrás a sus captores y se dirigía hacia la lamentable escena.

- Hey, abuelo… – reclamó al anciano con familiaridad. – ¿Qué pasa acá? ¿Me voy a hacer unos recados y cuando llego tienes invitados? Si me hubieras dicho habría traído cerveza.

- ¿Y quién se supone que eres tú? – la mujer lo vio arriba y abajo con incredulidad. - ¿Tienes tantas ganas de morirte?

- Yo soy el nieto favorito, obviamente. ¿No es verdad, abue? ¿Y cómo que estás haciendo una competencia con un tipo que no ve ni sus cataratas? Dame eso, hombre – tomó el rifle de las manos del viejo y e hizo una seña con la cabeza a dos granjeros para que lo ayudaran a irse. – Como familia puedo tomar su lugar, ¿verdad? – miró a la mujer, que lo veía claramente intrigada por el hecho de que no parecía ser realmente una amenaza. - ¿O no dijiste que era un duelo de lo más tradicional?

La mujer lo miró de arriba abajo, pensando.

- Me gano la granja y te gano a ti también, niño, ¿entendiste? – le dijo al fin, señalándolo. – Sin escándalos ni forcejeos.

- Muy decente – Larr alzó las cejas.

Recibió la munición e hizo un show de a duras penas saber manejar el arma y de darle a los blancos solo por suerte. Y mientras esto sucedía y cada asistente, forajido o granjero, seguía cada movimiento con total atención, Mando recordó esa vez en que Cara y él armaran a toda una pequeña población para que se enfrentara a los saqueadores que cada tres meses devastaban a su gente y sus modestos recursos, dejándoles solo lo necesario para volver a recuperarse, como si fueran su cosecha personal.

El problema de los pobladores de Sorgan entonces, como el de estos granjeros ahora, más que la falta de entrenamiento o de armas, era el miedo y la incredulidad de poder defenderse. Así que mientras Larr hacía su papel, Din se acercó a uno de los trabajadores y le susurró con cuidado que era mandaloriano, que estaba de su lado y que tenían que actuar ya.

Tras una muda expresión de sorpresa y luego de determinación, el hombre se inclinó a una mujer a su izquierda y transmitió el mensaje; ésta lo murmuró a alguien más y éste a otros, hasta que un rumor imperceptible se difundió en todo el lugar con magistral subrepción.

El mandaloriano los observó pararse más rectos y aferrar las herramientas de trabajo que tuvieran en sus bolsillos o, si no tenían ninguna, empuñar las manos, todo mientras frente a ellos seguía dándose la distracción principal.

- ¡Vaaaaya, parece que fallaste una! – canturreó la forajida cuando uno de los tiros de Larr dio en el aire. – No puedes fallar otra. A menos que quieras, claro.

- La mira está floja – rezongó el hombre hincando una rodilla en el suelo para cargar otro cartucho.

Desde su posición en el piso, apuntó el arma a la mujer y descargó el tiro justo bajo su barbilla. Fue un disparo tan limpio que el cuerpo se desplomó hasta un par de segundos después. – Ups.

- ¡Ya! – gritó el mandaloriano y con los ecos de su grito se desató un infierno familiar.

Entre cuidar a Grogu, cuidar a Larr y cuidar a los granjeros, Din sostuvo un enfrentamiento bastante interesante, con sorprendentes pocas bajas de su lado.

Resultó que estos civiles sí que tenían un entrenamiento básico y algunas armas, así que un par de horas después terminaron por expulsar al último de los bandidos y reclamar para sí las municiones, eopies y otros objetos de valor que pudieran sustraer de sus atacantes.

- ¿Estás bien, Mando? – Larr se acercó a él inmediatamente terminado el encuentro, aún jadeando y limpiándose el sudor de la frente, mientras los hombres y mujeres a su alrededor vitoreaban, lloraban por el alivio o el shock, atendían a los heridos y revisaban la infraestructura afectada.

- Bien – asintió y lo miró de arriba abajo. - ¿Tú?

- Genial -. El médico vio al pequeño a la cadera de Din, aferrando con una expresión desconcertada los bordes de la mochila en la que se había escondido todo ese tiempo. Hincó una rodilla en el piso y lo sostuvo. – Pobre bebé. Debiste odiar todas esas explosiones y disparos, ¿verdad? Pero todos estamos bien, te lo prometo. Por favor, no te traumatices –, rogó apoyando su frente contra la de él. Luego se incorporó y puso una mano en el hombro de Mando. – Voy al pabellón médico, ¿necesitas que te chequee?

- Estoy bien – aseguró. - Iré en un momento.

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Los granjeros y sus familias los rodearon, estrecharon sus manos y los bañaron con palabras de reconocimiento, ofreciendo créditos, provisiones, combustible y agua valiosa en cantimploras de cuero.

Cuando los heridos y los principales daños a la maquinaria fueron atendidos, les contaron cómo había sucedido todo:

Los forajidos habían aparecido de la nada, furiosos porque aparentemente el día pasado habían perdido una presa prometedora que, además, había acabado con tres de ellos sin que hubieran podido siquiera tocarla. (En ese momento Larr le echó una mirada a Mando vocalizando: "mierda"). Si bien los intentos de saqueo no eran extraños allí, éste había sido especialmente organizado y numeroso. Habían sometido a su modesta seguridad y, luego de separar a las familias, los habían reunido y amedrentado, concluyendo con la sádica competencia de tiro en la que ellos habían intervenido.

- Ustedes estarán bien – los despreocupó el mandaloriano un par de horas después, cuando estaban en la casa del anciano propietario, reunidos con él y sus hijos. – Saben lo básico sobre cómo protegerse y aprendieron de esta lección a tener los ojos más abiertos. Además todos parecen suficientemente fuertes para recuperarse rápidamente.

- Sí – Larr se cruzó de brazos, extrañado. – No quiero sonar prejuicioso, pero nunca he visto granjeros en Tatooine así de saludables. O bien nutridos.

Los hijos del viejo se miraron entre ellos y luego lo miraron a su padre. Éste guardó unos segundos de silencio antes de asentir. Entonces se volvieron a la más joven, que apretó los labios y se dirigió a Larr.

- Usted es científico, ¿verdad? – le preguntó.

- Me sirvo de la ciencia para hacer mi trabajo – respondió él. - ¿Por qué?

La joven miró a sus hermanos y hermanas.

- ¿Podría… examinar algo para nosotros?

- ¿Algo?

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El anciano y sus hijos los condujeron hacia la parte residencial más alejada de la granja, que descansaba en la base de una montaña de roca que la rodeaba por cientos de metros, protegiendo las casas del viento y del sol.

A medida que se acercaban a la montaña, los dos hombres comenzaron a notarlo más y más: una especie de manchas extrañas sobre la piedra y sobre algunas fachadas de las casas de arcilla, sobresaliendo bajo la luz del ocaso con una silueta como mapas informes.

Para su sorpresa, ingresaron a la propia montaña a través de una puerta camuflada que, además, estaba blindada.

- ¿Qué vamos a encontrar? – dijo Larr, receloso.

- Mi bisabuela fue la primera en encontrarlo, cuando mi familia llevaba una generación aquí – dijo el anciano, conducido en una silla móvil por uno de sus hijos. – Se perdió en los túneles de la montaña durante cuatro días, sin agua ni comida. Pero cuando la encontraron estaba en excelentes condiciones.

- ¿No hay concentraciones de gas de las que preocuparnos? – insistió el médico cuando el terreno comenzó a descender. Echó una mirada al mandaloriano, que se detuvo para cargar a Grogu. Una de las granjeras notó esto.

- ¿Lo dice por su hijo? – dijo. – No tiene de que preocuparse. Solo hemos pulido un poco el camino, pero no hemos excavado más en el túnel.

- Acá está bien – anunció el anciano entonces y se detuvieron. – Por favor, apaguen todas las luces.

- ¿Qué…? – comenzó Mando.

- Ya lo verán. Por favor.

Lo hicieron, quedando en la completa oscuridad. Se oyó un pequeño balbuceo asustado y la voz del mandaloriano que decía: - Lo sé. Todo está bien.

Cuando sus ojos comenzaron a acostumbrarse a la ausencia de luz, lo vieron con claridad: el liquen que habían visto en el exterior se concentraba en todas partes dentro de la montaña. Tras unos segundos de oscuridad comenzó a resplandecer muy sutilmente, con una iridiscencia que estaba apenas allí.

Poco después este brillo se hizo más fuerte, tapizando y dando forma al enorme espacio de roca en el que se encontraban. Cientos y cientos de metros sobre ellos y a su alrededor estaban cubiertos por el hongo, que parecía consciente de sus presencias por la forma en que relumbraba más intensamente cerca de ellos.

- Que me lleve el diablo – Larr se acercó a la roca, llevándose una mano a la barbilla.

- Es el liquen – dijo el hombre que estaba conduciendo a su anciano padre. – Es lo que nos mantiene fuertes. Incluso nos cura.

El mandaloriano se acercó también, pero antes de que pudiera tocarlo, el hongo se encendió y comenzó a brillar con una intensidad enceguecedora. La luz se extendió desde ese punto y hacia el resto de la cueva, encendiéndola en un solo destello que por un momento los deslumbró, pero que después se volvió gentil, irradiando distintas gamas de colores con una frecuencia que hacía pensar en una marea tranquila.

Los granjeros exclamaron, más sorprendidos que alarmados, muchos de ellos sonriendo.

- ¿Cómo hizo eso? – le preguntó una mujer al mandaloriano.

- No fui yo – dijo él. Bajó la mirada y vio al pequeño sobre su brazo, tocando la roca con una garrita. No parecía asustado, solo miraba las luces y reía.

Larr sonrió ampliamente. Contempló a la cueva, tan sobrecogido como los demás.

- Esto es hermoso.

- Puede sentirlo, ¿verdad? – dijo el anciano. – Vigoriza. El liquen ha ido creciendo junto con la granja, sobre todo cuando los trabajadores comenzaron a mudarse aquí.

-¿No ha habido efectos secundarios adversos? – preguntó el médico, cayendo inevitablemente en un tono académico. - ¿Cánceres? ¿Fallo de órganos? ¿Enfermedades espontáneas?

- No en las seis generaciones que llevamos acá – dijo una mujer. – Solo hemos gozado del privilegio de una salud extraordinaria.

- No, no puedes – el mandaloriano alejó de la roca al pequeño, que balbuceaba animadamente. – Sé que vas a intentar comerlo, así que olvídalo.

- ¿Qué cree que pueda ser? – preguntó otro granjero a Larr. – Nunca hemos encontrado ningún problema, pero ahora tenemos también a los niños en la granja. ¿Cree que deberíamos preocuparnos?

- Se me ocurren un par de cosas – respondió el hombre. – Se parece extraordinariamente al Liquen de Hoth. Pero Hoth es un planeta helado y Tatooine es todo lo contrario. Quizá es una increíble adaptación dentro de una muy poco probable, pero no imposible, relación de simbiosis con… bueno, ustedes. Es solo una conjetura, por supuesto. Tendría que hacer estudios a mayor profundidad con algunos colegas para saberlo con más certeza.

- ¿No podría… tomar unas muestras? ¿Hacer esos estudios, quizá?

- Sí que están preocupados por los pequeños – se dio cuenta. Pensó por un momento y luego asintió. – Por supuesto, puedo sacar el tiempo para hacerlo eventualmente. Pero si llevan conviviendo con este ecosistema durante tanto tiempo, sin muestras de degeneración ni de mutaciones, creo que no tienen motivo para preocuparse en el corto o mediano plazo. Lo importante, y por favor no vayan a olvidarlo, es que si esto tiene las propiedades que me indican, lo que menos quieren es anunciarlo al resto del planeta, o incluso a gente fuera de su comunidad. Mantener este secreto, incluso en la medida en que se estudia, hace parte de su protección. – Suspiró. – He visto pueblos y ciudades arrasadas por mucho menos que esto.

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Con la protección del liquen y la buena administración de los dueños, la granja de agua comenzaba a perfilarse como una pequeña aldea donde los trabajadores podían proveer de una buena vida a sus familias. Al modo de ver de Mando, en el transcurso de algunas décadas podría crecer hasta ser una villa, e incluso una nueva ciudad como las otras Mos.

- Por favor, acepten nuestra hospitalidad por hoy – dijo la joven hija del patrón. – Tenemos una casa para huéspedes recién construida. No es muy grande, pero está equipada con todo lo que puedan necesitar para recuperarse de la experiencia de hoy.

- Suena bien – dijo el mandaloriano mirando a Larr, que asintió. – Podemos retomar nuestro viaje mañana, antes de que salga el sol.

- Incluso podrían quedarse unos cuantos días, si lo desean – sugirió ella. – O, ¿quién sabe? Algunos meses… – les dio una sonrisa traviesa. -… O años.

El médico rió y miró al otro hombre, que lo imitó.

- En ese caso, iré adelantándome a ese hospedaje – anunció Larr. – Tengo un par de mensajes urgentes de casa. Te veo en un rato – le guiñó un ojo al mandaloriano y apretó suavemente una oreja del pequeño, antes de alejarse con uno de sus anfitriones.

- Si no tiene prisa, podemos visitar un lugar que creo que le gustará a su pequeño – dijo la joven a Din entonces.

Tras unos minutos llegaron a una casa mediana de un par de pisos, con un amplio espacio abierto y un invernadero. Las paredes del exterior y el interior se destacaban por el liquen especialmente concentrado en ellas. – Durante un par de años, esta ha sido nuestra guardería – explicó la mujer. – Quizá por eso al liquen parece gustarle.

Ingresaron y atravesaron un comedor de sillas y mesas pequeñas, una habitación llena de pequeñas camas y un par de corredores, hasta llegar a una sala donde algunos adultos cuidaban de unos quince niños de edades distintas, que jugaban sobre un tapete suave. Se veían sanos y felices.

Naturalmente, Grogu los contempló con mucho interés. Miró al mandaloriano dando un pequeño gemido.

El hombre suspiró.

- Supongo que no hace daño – dijo y lo puso en el piso.

El pequeño fue hacia los demás balbuceando excitadamente, acompañado por uno de los adultos que lo presentó a los otros. De inmediato Mando lo vio ser rodeado de pequeñas caras curiosas y ladear el rostro, mirándolas con la misma curiosidad.

- Es un niño muy especial – comentó la joven a su lado.

- Lo es – asintió él.

- Se ve feliz. Y se nota que los hace felices a ustedes.

Din asintió.

- Han logrado algo muy impresionante acá – dijo entonces. – En Santooth. Deben cuidarlo.

- Esa es nuestra intención. La abundancia como tal no existe en Tatooine, por lo menos no para la mayoría. Pero sí que existe la felicidad. Y esto – señaló a los niños – es una muestra de ello.

- Es bueno saber que existen lugares así, donde los pequeños pueden estar a salvo – Mando recordó los albergues cuna de su propio pueblo y a los pequeños mandalorianos que solían corretear el refugio de la tribu en Nevarro antes de que ésta fuera obligada a desplazarse. – Los niños son el futuro. Es ése el camino.

- Y por eso su felicidad es nuestro bienestar – concordó la mujer.

Sin necesidad de presentaciones, el pequeño había comenzado a corretear de un lado a otro con otros niños que lo observaban con fascinación, le mostraban sus juguetes o se lanzaban al piso riendo o preguntándole cosas sin esperar una respuesta antes de cambiar de tema o de comenzar a dar volteretas a su alrededor. Hace muchísimo tiempo, desde que dejaran Sorgan, Mando no lo veía así.

- ¿Entonces duermen acá?

- No – rió ella. - Hoy es una noche especial. Una vez por semana los reunimos y les contamos historias de Tatooine y de otros planetas. Cantamos, jugamos y hacemos otras cosas los hacen felices. Eso fortalece el vínculo.

- Es… muy intersante. ¡Hey! – Grogu había tomado una muñeca tooka que descuidara una pequeña y ahora se rehusaba a devolvérsela. - ¡Comparte con los demás! No seas descortés… Eso es.

La joven rió. Luego, pareció pensar por unos segundos.

- ¿Sabe? – aventuró. – Si lo desea, su hijo puede quedarse acá hoy, a dormir con los demás. La influencia de los líquenes ha probado ser muy buena cuando se reposa cerca a ellos, en especial en el caso de los pequeños.

- Me temo que no puedo hacer eso – respondió inmediatamente. – A donde yo voy, él va.

- Entiendo. Aunque su hospedaje está justo al frente – la mujer señaló por una ventana central, a una pequeña vivienda que se levantaba a unos treinta metros sobre la elevación de la roca. La luz estaba prendida y Mando imaginó que Larr estaba allí, quizá organizándose para la noche. – Con solo mirar al balcón, podrán vernos.

- Hmm – el mandaloriano contempló al pequeño, que se volvía a un lado y al otro hacia los niños que le hacían morisquetas queriendo llamar su atención.

No se veía como un poderoso Jedi en crecimiento. Se veía como un niño más.

- Puedo asegurarle que se encontrará bien – lo tranquilizó la mujer. – Tres adultos nos ocupamos de la guardería en la noche, y cuatro de día. Y puede venir por él cuando lo desee. Después de todo lo que pasó hoy, quizá estar acá le haga bien.

- ¿Tengo su palabra?

- Por supuesto. Si algo irregular pasa, sabemos dónde encontrarlos.

Din suspiró. Se acercó al grupo de pequeños e hincó una rodilla en el piso.

- Hey, niño – llamó. Grogu se volvió a él, definitivamente habiendo olvidado que estaba allí. Se acercó con una sonrisa dulce. - ¿Quieres quedarte con los otros niños esta noche? – el pequeño ladeó la cabeza. – Puedes dormir con ellos y vendremos a recogerte en la mañana. ¿Qué dices? – Grogu dio unas pequeñas risas y le sonrió ampliamente. – Bueno, supongo que está claro. Muy bien – bajó las mangas de su túnica para cuando hiciera frío, recordando que ya había comido y bebido hacía unos minutos. – Vas a portarte bien y a tener buenos modales, ¿de acuerdo? Y nada de usar tus poderes con los demás, no es justo con ellos. ¿Bien? Bien – tocó suavemente su cabeza. – Te veré en unas horas.

Se quedó unos minutos más observándolo, hasta que se convenció de que este era un buen lugar para él. Entonces dio un asentimiento a la joven y salió.

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Notas: Porque un poco de familiaridad doméstica en medio de esta locura no hace daño XD