Notas: Unas horas para tomarse un respiro y una noche más que merecida.
Cap. 14
La pequeña vivienda estaba a oscuras excepto por la única habitación, desde la que se escuchaban voces.
Asomándose, Mando vio a Larr de pie frente al único escritorio, de brazos cruzados y vestido con unas ropas ligeras que contrastaban con la expresión severa en su rostro. Observaba el holograma que desplegaba un pequeño proyector: tres personas lantharianas de aspecto importante y gestos preocupados que hablaban en una lengua que Mando no conocía, pero que había alcanzado a percibir en el cuartel de Lantharia en Ketz.
Aguardó afuera hasta que el ruido de las voces se apagó. Se apagó también la luz azulada del proyector, y en el silencio que quedó se oyó solo el suspiro del otro hombre.
- Hey – dijo el mandaloriano, ingresando. Larr tenía una mano sobre el escritorio y con la otra se frotaba los párpados.
- Hey – jadeó. Lo miró de arriba abajo - ¿Y el peque?
- Lo dejé con otros niños en una guardería de la comunidad.
- ¿Guardería?
– Sí. Es la casa que está justo al frente – señaló con la cabeza a la ventana de la habitación. - Parecía más que feliz de pasar un rato con ellos.
- Vaya – Larr pensó y luego sonrió. - Pues suena excelente. Debería poder distraerse así, con otros loquillos.
- Acordado – Din se retiró el casco, inhalando el aire limpio y frío del lugar. Puso la protección en el escritorio, junto al pequeño proyector. – Iremos por él mañana a primera hora.
- Podemos dejarlo dormir un poco más. Sí que estamos atrasados con el itinerario, pero creo que en el fondo no nos molesta – Larr tenía en el rostro una sonrisa amplia y lo observaba de forma peculiar.
El mandaloriano miró brevemente a ambos lados, en caso de que hubiera algo que estuviera pasando por alto.
- ¿Qué?
- Te extrañaba.
- He… estado acá todo el día.
El otro hombre rió gentilmente.
- Sabes lo que quiero decir – puso una mano con cuidado sobre su nuca y miró sus rasgos. Como por inercia, su expresión se volvió una de preocupación profesional. – Me habría gustado por lo menos hacerte un chequeo rápido...
- No hace falta. Estoy bien.
Larr tomó aire entre dientes.
- Si me hubieran dado un crédito en cada ocasión que escuché eso…
Mando gruñó una risa y el otro hombre sonrió y lo miró con esa fascinación que el mandaloriano aún intentaba comprender.
- En ese caso, yo también te extrañé – le dijo.
Apoyando su mano en su nuca, buscó sus labios y le dio un beso largo y casto, combatiendo la sensación de desconcierto que aún traía ese gesto con la simple hilaridad de poder efectuarlo.
Luego apoyó su frente contra la de él. – En mi tradición – explicó -, cuando usamos nuestros cascos, éste es keldabe, un tipo de beso. Justo así – y volvió a juntar sus frentes.
- ¿En serio?
- Sí. Se considera algo bastante íntimo.
- Rayos... – Larr hizo un gesto. - Te robé un montón de besos sin darme cuenta, entonces. – Din rió con fuerza. - Con razón siempre que podías me llamabas desvergonzado…
- Creo que notaste que no me resistía mucho – le recordó.
- No. No lo hacías.
El hombre tocó su rostro y lo besó de nuevo. Luego acarició su mejilla con la propia, un gesto dulce que dejó a Din sin palabras, y que lo llevó a inhalar profundamente contra su cabello, que notó húmedo.
- Tomaste una ducha – se dio cuenta.
- Oh, sí – el médico asintió. – Si tengo una gratitud de toda una granja de vapor, voy a aprovecharla. Deberías hacerlo también – le señaló hacia el baño con la cabeza. – Incluso hay agua caliente.
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Al salir, Mando lo encontró apoyado en el marco de la ventana, observando la pequeña guardería que ya había cerrado sus puertas. Sus paredes refulgían vagamente con la luminiscencia suave de los líquenes, desplegando distintos tonos de forma gentil.
A sus lados y más allá, las siluetas de otras casas, la maquinaria apagada y las plantas eléctricas se recortaban contra el fondo estrellado, coronado por las dos lunas que circulaban el planeta.
- Cómo brilla – dijo Larr, aún viendo la estructura frente a ellos.
- Es un poco inquietante – concordó Din. Se volvió a él, dejándose cautivar por como se veía en ese momento. Así, sin armas, sin su gabán lleno de sorpresas, sin su máscara de gas y sin corona, se veía extremadamente vulnerable y extremadamente real. Din sentía que el vínculo que habían establecido, apresurado e intenso, pero cierto, lo había dotado de esa realidad. Quizá lo que estaba comprendiendo era que, al igual que él con su casco, Larr tenía su manera de ocultarse del mundo. Y al igual que él, únicamente cuando estaban solos se lo quitaba.
Acarició su espalda y apretó uno de sus trapecios, esperando que esos pequeños gestos comunicaran un poco lo que se había quedado atrapado en su garganta.
Larr lo miró, viéndolo también al rostro sin casco y le sonrió en absoluta complicidad. Recibió su beso generoso y cálido, pero contenido, y le dio esa mirada que decía cosas maravillosas.
Inesperadamente, la pequeña guardería se iluminó. El liquen simplemente comenzó a fulgurar de una manera bastante impresionante, desde el interior y hasta la fachada. Mando se preocupó por un segundo, hasta que oyó a Larr decir: – Aaah, helo ahí…
- Grogu – jadeó, aliviado.
La refulgencia se desvaneció hasta volver a su estado inicial, pero pronto volvió a encenderse de nuevo y de nuevo, tres, cuatro veces más, en intervalos caprichosos. Larr alzó las cejas.
– ¿Qué está haciendo?
– Jugando. – Mando suspiró. - Le dije que no usara sus poderes.
- No creo que sea consciente de ese tipo de efectos – sugirió el otro hombre. – Al menos no todavía.
- Hm. Por lo menos es difícil de perder aquí.
- Gracias a Dios por eso. Le mantendría un lazo en la cintura si no supiera que me matarías por eso.
A pesar de que estaba sonriendo, la expresión tranquila de Larr estaba llena de agotamiento. Su ceño conservaba algo de la severidad que había tenido hacía un momento, mientras hablara con quienes seguramente eran sus ministros o consejeros. Esta expresión había estado en él pocas veces antes de que fuera coronado rey. Ahora estaba allí casi todo el tiempo.
Lo empujó suavemente con el hombro, logrando sacarle una sonrisa.
- Un día interesante, ¿eh?
- Acordado – jadeó Larr. - No digas que no te llevo a ninguna parte.
- Me da miedo sugerirlo.
Esta vez fue el hombre quien lo empujó suavemente. - Así que… - preguntó Din tras convencerse de que era lo mejor. - ¿Todo está bien en casa?
- No – admitió el otro hombre. – Mejor que antes, sí, pero a algunas personas no les interesa que las cosas cambien. Vamos a tener que trabajar duro. La gente va a tener que trabajar duro. Y voy a tener que presionarlos y ganarme un puñado de enemigos influyentes. – Entrecerró los ojos. – Va a ser divertido mantenerlos lo suficientemente cerca como para poder vigilarlos.
- No creo que ningún… rey o dirigente crea que su trabajo es fácil – dijo Mando. – En especial si es alguien que quiere hacer las cosas bien. Para muchos, eso significa tomar el camino largo.
- Mi madre lo hacía ver fácil – dijo Larr extrañado. – Era… dura. Gobernaba con mano de hierro. Pero era justa y amaba Lanthária. La gente hacía lo que ella indicaba sin cuestionamientos, tal y como si fueran fichas de ajedrez felices de estar en el juego. Mi pregunta es: ¿cómo rayos lo hacía?
- Lo averiguarás – lo despreocupó el mandaloriano, volviéndose al exterior. – No eres un tipo cualquiera, Larr. Lo sabes.
- Hmm – el hombre dudó. Luego una sonrisa traviesa se asomó en su rostro. – ¿Debería tomarme en serio los halagos de mi propio esposo?
- Déjame ver. Si tu esposo es mandaloriano…
- …Buen punto.
- Y un miembro veterano del Gremio…
- Sí, claro.
- Y en una ocasión acabó con Moff Guideon…
- De acuerdo, deja de presumir.
- Entonces probablemente sí. De hecho ese sería mi consejo profesional.
- Lo tomaré. Aunque históricamente tu consejo profesional me haya metido en más problemas de los que me ha sacado.
- Para tu buena suerte.
- Debatible. Pero, en cualquier caso – el otro hombre se volvió, apoyando los codos sobre el marco de la ventana y presionándose contra él. Puso una mano en el cuello de Mando, acariciando -, no es nada que no compense una Luna de Miel al estilo mandaloriano.
Din también pasó una mano de su abdomen a su pecho, sintiendo su cuerpo fuerte y cálido, ansiándolo.
- Hay mucho que puede compensar una Luna de Miel al estilo mandaloriano…
- Tienes todo mi interés - los ojos de Larr tenían un brillo travieso. Din tomó aire profundamente, porque no solo conocía ese brillo en sus ojos, sino que había estado esperándolo. – La noche es joven, mi amigo.
Y selló esa invitación pasando un brazo alrededor de su cuello y halándolo para besarlo como si quisiera devorar sus labios. Din solo pudo aferrar su cintura y gemir, saboreándolo tanto como le era físicamente posible, encontrando que estaba más que feliz de permitir todo lo que fuera a suceder, todo lo que Larr tuviera en mente, sin ningún tipo de recato.
No entendía cómo podía añorarlo mucho más de lo que lo había hecho al principio. Se preguntó vagamente si había algo malo con él mismo, algo que no estuviera entendiendo o haciendo mal, pero la duda se esfumó cuando sintió a Larr acariciando su pecho y su abdomen, sus costados, apreciando la forma de su cuerpo.
- ¿Mejor sin beskar? – le preguntó Din contra sus labios, suspirando.
- Cuando somos solo tú y yo, y no hay munición volando cerca… Sí – jadeó Larr. Bajó una mano a su entrepierna y acunó su forma dura, sacándole un bufido sorprendido –. Mucho mejor.
Trastabillaron lejos de la ventana y hacia la cama, halando la ropa del otro insistentemente. Larr deslizó la camisa de Din sobre su cabeza. Din abrió el botón de sus pantalones.
Resopló cuando cayó de espaldas sobre el colchón y no tuvo la oportunidad de hacer más que besarlo y tratar de no perder la cabeza. Necesitaba esa sensación, el sentirlo piel a piel otra vez, más de lo que nunca se habría imaginado.
Larr estaba gimiendo y jadeando más fuerte de lo que lo hubiera escuchado, y era… Era una sensación tan novedosa como adictiva.
Pronto estuvieron desnudos, tocándose y frotándose contra el otro, impacientes, ambos duros como piedra.
Larr aferró su entrepierna, acariciando fuerte y lento. Din se quejó, aferrando las sábanas. Su esposo lo miró de arriba abajo mientras lo tocaba.
- Quiero mamártela – le dijo entonces. - ¿Puedo?
- Ah… sí –, fue lo único que pudo responder. Lo observó darle una sonrisa depredadora y comenzar a besar su pecho y su abdomen sin dejar de tocarlo, hasta que llegó a su entrepierna. Paso la lengua sobre ella, con hambre.
Larr no se tomó el tiempo de hacerlo gradual: en un segundo lo estaba lamiendo generosamente y en el otro lo tenía en su boca y estaba chupándosela como si hacerlo le diera vida.
Din aferró las sábanas de nuevo, sintiéndose a punto de correrse casi de inmediato. Solo fue capaz de apreciar su rostro guapo con esa expresión de concentración y disfrute (su boca suculenta paseándose de su glande a la base de su verga, sus ojos cerrados abriéndose solo para mirarlo con avidez), por unos insuficientes segundos, antes de tener que echar la cabeza para atrás y gemir por su vida.
Sus bolas estaban tan tensas que contenerse comenzaba a ser doloroso y menos probable con cada segundo. Maldijo al otro hombre y a sí mismo, internamente. Él podía durar mucho más que eso. Había durado horas con otras personas. ¿Por qué Larr tenía que volverlo tan loco? – Espera… ¡Espera, Larr! – le rogó, incorporándose.
El otro hombre lo soltó dando una tos y se pasó un dorso por los labios. Solo verlo haciendo esto fue casi suficiente para hacer Din que terminara.
- Dios, ¿lo hice muy fuerte? – le dijo el otro hombre yendo sobre él de nuevo y acariciando su rostro. - Lo lamento tanto, cariño, puedo ser un maldito cerdo cuando…
Como respuesta Din se giró sobre él y lo besó profundo.
- Eres demasiado bueno en eso - le dijo tras dejarlo sin aire. Y luego: - Quiero intentarlo también.
Larr lo miró con más cuidado: Din jadeaba por la boca entreabierta y su rostro apuesto se veía sonrojado incluso en la escasa luz que se filtraba desde el exterior. Su cuerpo fuerte lo retenía contra la cama, sin darle media posibilidad de escapar.
No que quisiera hacerlo.
- So… soy todo tuyo.
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Din lo lamió y chupó tímidamente al principio. Nunca había hecho nada como eso (nuevamente, por la limitación de su casco), así que mientras experimentaba con los movimientos de su lengua y la profundidad que podía soportar, miraba a Larr con duda en su expresión, revisando en sus reacciones cómo lo estaba haciendo.
El otro hombre estuvo gimiendo pronto, cerrando los ojos por momentos y acariciando su rostro con suavidad, diciendo su nombre mientras lo observaba. Din se detuvo tras unos minutos y se relamió los labios.
- Me gusta – concluyó.
- Rayos, sí – celebró Larr, jadeando. – Eso se sintió… ah… jodidamente bien. Un poco más y habría arruinado el momento…
- ¿Qué fue lo que dijiste ahora? - Din fue sobre él de nuevo. - "La noche es joven". ¿Verdad?
Tras unos muy intensos minutos de besos y caricias, el mandaloriano se detuvo y lo miró a los ojos, tomando aire. Larr supo muy bien lo que había en su expresión y de hecho estuvo a muy poco de decirle: "¿quieres follarme?", lo que definitivamente habría arruinado el momento de forma peor que una corrida prematura, porque esto estaba muy, muy lejos de ser solo una follada, por increíble que prometiera ser.
En cambio tomó aire profundo para calmarse y le dio una sonrisa invitante, separando más un muslo para darle espacio. Din tomó aire también y se acomodó entre sus piernas, y Larr lo vio llevarse dos dedos a la boca y chuparlos.
- Demonios… - gruñó, su verga palpitando dolorosamente.
- Theo…
- Sí – siseó. Jadeó cuando Din tocó entre sus caderas, solo provocando. – Hace tiempo que no lo hago así… pero necesito sentirte y si no está sucediendo en un minuto voy a perder la cabeza.
- Tranquilo, majestad – Mando acarició su cabello con la otra mano, sorprendido. – No quiero lastimarte.
La expresión del otro hombre era excepcionalmente traviesa cuando admitió:
- Eso no me molestaría demasiado…
- Maldita sea, Mósdov.
Larr había comprado aceite en cuanto había podido, pensando en este escenario e impaciente por que sucediera, sin importarle quién de los dos quisiera qué tipo de contacto, con tal de que fuese contacto.
Por eso escapó de la cama en un momento y buscó entre su equipaje, por poco rompiendo la tela y lanzando todas las otras cosas al piso. Cuando por fin encontró el pequeño contenedor se lo lanzó a Mando justo antes de taclearlo, sacándole una risa. Y en un par de minutos Din estaba de nuevo sobre él, metiendo un dedo en su interior estrecho y luego dos, bufando con una impaciencia que le costaba cada vez más controlar.
- Vamos… - rogó Larr en un momento. Su pecho fuerte subía y bajaba rápido, respondiendo a cada uno de sus movimientos. – Ah, me vas a hacer enloquecer.
Din tragó fuerte, sabiendo que esa expresión y esa frase eran su límite.
Bajó la mirada y echó algo de aceite sobre sí mismo. Luego lo miró de nuevo y comenzó a empujar con cuidado dentro de él. El otro hombre apretó los dientes y cerró los ojos, siseando. – Estoy bien – le aseguró antes de que hablara. - No hagas un alboroto. Necesito esto.
- … De acuerdo.
Mando se detuvo a medio camino, consciente de su tamaño y aún más de lo apretado que estaba Larr. Acarició su abdomen y su rostro, y puso besos sobre su pantorrilla, tratando de mantener la calma mientras lo observaba.
Cuánto había deseado verlo así, en esas pocas fantasías osadas que a duras penas se había permitido.
Theo gimoteó un poco y luego lo miró con ojos demandantes. Din comenzó a moverse con suavidad, rogando, pero sin atreverse a preguntar, que esto no fuera doloroso para él.
Tras unos segundos de incertidumbre el otro hombre dio un gemido, y luego otro, abriendo más los ojos y sonando sorprendido. Aferró sus brazos con fuerza y cuando habló, sonó suplicante.
- Ah, Dios, sí… – dijo. – Maldita sea, Din, sí.
Amarró sus piernas largas alrededor de su cintura y Din se echó más sobre él, mirándolo al rostro, dándole un poco de rienda suelta a su cadera que simplemente necesitaba sentirlo.
Un placer vibrante lo acometió pronto y apretó los dientes con fuerza, obligándose a concentrarse en el otro hombre. Aferró su cabello, controlando su ritmo.
- ¿Así está bien?
- Rayos, sí – el rostro de Larr estaba encendido, crispado en un gesto de alarma y de placer.
- ¿Te gusta?
– Demonios, Din, por favor…
Mando se arrodilló y aferró una de sus piernas, moviéndose con más fuerza. El otro hombre echó la cabeza hacia atrás, su voz rebosando sensualidad. Se sintió ardiendo por el bienestar y, en medio de la sensación, Din besó, lamió y mordisqueó cuanto pudo, vibrando con un placer no sentido en años y ebrio por uno distinto no sentido nunca.
El otro hombre comenzó a tensionarse bajo él y Din apretó los dientes, conteniéndose pero sin dejar de moverse, hasta que oyó su quejido desesperado y lo sintió comenzar a apretarlo aún más, haciéndolo ver estrellas. Solo cuando sintió su corrida regando su abdomen y pecho, dejó que la acometida lo traspasara, con el nombre de Theo y su presencia inundando su mente, por más tiempo del que nunca lo había sentido.
Luego del asalto se encontró jadeando como si hubiera corrido durante kilómetros. Lo llenó de besos tanto como sus energías se lo permitieron, saciado y más satisfecho de lo que se habría imaginado posible.
Mirarse a los ojos así, con tanta gratitud como añoranza, era algo que no habría entendido antes de ese día.
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