Notas: Una tragedia...

Cap. 16

En principio, la apariencia agreste e intrascendente de Tython explicaba de cierto modo por qué había sido un refugio ideal para un poderoso grupo opuesto a la Orden Imperial.

Su naturaleza fértil en algunos puntos, semi desértica en otros, sus formaciones rocosas y arcillosas, y las medianas y pequeñas criaturas endémicas que retozaban por ahí (aparentemente inofensivas), era todo lo que parecía contener, por lo menos en el sector desde el que descendieron de la atmósfera, todo bajo una estrella que ese día ardía de una forma que no tenía nada que envidiar a los soles hermanos de Tatooine.

Sin embargo, las misteriosas ruinas Jedi a las que los condujeron las coordenadas sí que cubrían al planeta con un halo de misterio. Sin el detalle de su ubicación, los monolitos y la estructura central que descansaban escondidos bajo la cima de esa montaña habrían permanecido ocultos a sus ojos para siempre.

Incluso circunvolando el lugar lo más cerca que podía, Larr apenas alcanzaba a tener un mínimo vistazo de la estructura astutamente disimulada bajo una serie de aperturas en la piedra. Se preguntó qué otros misterios así escondía este planeta y cuántas historias entre el Imperio y la Orden Jedi podrían estar enterradas allí, cubiertas por el hielo de sus capas polares o hundidas en lo profundo de sus océanos.

Las ruinas eran completamente inaccesibles desde el Razor.

- Voy a tener que ir con las ventanas abajo – dijo el mandaloriano, observando el panorama desde la cabina principal mientras el otro hombre pilotaba – ¿Puedes aterrizarla y encontrarnos allá?

- Claro.

Mando aseguró a Grogu en su brazo y desde el área de carga se lanzó al vacío, activando su jetpack cuando el pequeño comenzó a gritar por la emoción. Tras un par de minutos de romper el aire, aterrizó dentro de la apertura de la roca, en lo que parecía alguna vez haber sido un gigantezco templo.

Este círculo de impotentes monolitos tenía que ser el lugar. Y esa piedra semicircular en todo su centro, adornada con símbolos desconocidos y sobre la que caía la luz del exterior, tenía que ser la Piedra del Vidente que le había indicado Ahsoka Tano.

- Bueno, acá estamos – Din estudió el espacio, asegurándose de que no hubiera peligros ocultos, el pequeño aún sobre su brazo. - ¿Te parece que esto se ve Jedi?

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Larr no había sabido qué esperar en Tython.

El planeta apenas existía en la literatura a la que tenía acceso. Algunas leyendas decían que era allí donde se había originado la Orden Jedi, otras decían que esto solo se había afirmado para engañar al Imperio. Todo era impreciso y ambiguo. Nadie más que Ahsoka Tano y que Huldeen Marrack parecían tener alguna certeza sobre él.

Por eso no se había molestado en imaginar más que un lugar despoblado y agreste con una fauna o flora inhóspitas de las que a lo mejor tendrían que cuidarse, y que en general no les ofrecería ningún tipo de respuesta a todas las preguntas que pudieran tener.

Ciertamente lo que menos se había esperado era una emboscada.

Había sucedido muy pronto, justo después de que aterrizara el Razor y se acercara a la base de la montaña para estudiarla. Mientras analizaba la mejor forma para comenzar su ascenso, lo había asaltado la pequeña sensación incómoda de estar siendo observado.

El sol canicular ardía y por eso, incluso con la máscara de gas puesta, había alcanzado a notar cómo una sombra se movía unos milímetros fuera de lugar sobre las piedras frente a él.

Se había vuelto de inmediato, rogando que esto hubiera sido impresión suya y que no estuviera a punto de ver rota la quietud del sitio de la peor medio segundo después estaba esquivando el ataque de un arma cuerpo a cuerpo, que le habría dejado un boquete en el pecho de no haberse apartado con suficiente velocidad.

Hubo mucha confusión y alarma en el segundo que siguió, que fue todo el tiempo que pudo permitirse para registrar a ese enorme sujeto encapuchado blandiendo nada menos que un gaderffi y que siguió atacándolo como la ira de Dios.

Por más suerte que habilidad consiguió escapar de un asalto que le habría roto varias costillas de haber conectado. ¿De dónde rayos había salido este tipo? Peleaba como un demonio. Larr tenía que actuar ya si quería que lo que fuera que estuviera pasando terminara a su favor. Por eso cuando su costado tocó la piedra aferró su vibrohoja y se lanzó a él con la intención de matar, porque obviamente este sujeto era un mercenario no solo profesional, no solo veterano, sino de élite. Y obviamente quienquiera que hubiera tenido la fortuna que habría costado pagarle, lo había contratado para ir tras el pequeño Grogu. El sujeto había comenzado con Larr, aprovechando que estaba solo, y si éste permitía que lo sometiera y lo matara, iría luego por Din y por el bebé.

Y eso no iba a ocurrir.

Incluso si el sujeto lo había desarmado de su bláster, e incluso si Larr estaba demasiado cerca como para usar su rifle francotirador, este tipo no iba a ponerles las manos encima, no importaba lo que costara. Así que mordiendo por la ira el médico esquivó, bloqueó y contraatacó, preparando una maniobra para degollarlo.

Su respuesta feroz había tomado al sujeto por sorpresa, podía notarlo en las pequeñas fracciones de tiempo que le estaba tomando reaccionar y que fueron las que le permitieron abrir su guardia y descargar su puño justo sobre los pulmones, para quitarle medio segundo de aire. Rugiendo, Larr lo llevó contra la roca y levantó la vibrohoja a nivel de su barbilla, listo a pasarla por su cuello, pero antes de que el arma tocara la piel hubo un estallido ensordecedor muy familiar. Una acometida de dolor reventó en su hombro y lo lanzó dos metros tras él.

¿De dónde rayos había venido eso?

De un francotirador, por supuesto, se respondió mientras gemía por el dolor, intentando no perder el sentido y forcejeando en vano para levantarse.

El mercenario se acercó a él con pasos tranquilos y aferró su tobillo. Lo arrastró como si no pesara nada, conduciéndolo hacia algún lugar en el que Larr sabía que no le convenía estar. Intentó patear y pensar en un plan, fallando en ambas cosas, aún enceguecido por el dolor.

Algo de sombra lo cubrió entonces y alcanzó a entender que habían llegado a una apertura que formaba una caverna. El mercenario se acercó a él, llevando una mano a su máscara de gas y Larr blandió su vibrohoja, fallando por milímetros. Después de esquivar, el sujeto aferró su muñeca con un movimiento como una ráfaga y descargó contra su máscara un puño que parecía de hierro.

Sus circunstancias eran malas. Si quería tener alguna oportunidad de sobrevivirlas, no podía dejar que avanzaran. Así que rugió para mantener la conciencia y lanzó otra patada desesperada, pero el sujeto la bloqueó sindificultad. Harto de su resistencia, lo golpeó en el rostro de nuevo.

Con el ápice de conciencia que el pánico aún le otorgaba, Larr se obligó a girar la cabeza y escupir la sangre que había llenado su boca y que habría podido ahogarlo. El mercenario aferró su cuello con firmeza, apretando lo suficiente para someterlo.

- Esta violencia es innecesaria – le dijo con una voz grave escalofriantemente serena. – Solo necesito saber una cosa: ¿dónde está el beskar?

Larr tenía un cuchillo más oculto en su bota. Lo mantenía ahí para momentos como éste. Pero no era capaz de usarlo. No era capaz de moverse más que para intentar respirar lo suficiente para no perder el sentido. Inexplicablemente recordó su pelea con Túruk Téidram, el mercenario klatuniano que Molth Lánthar contratara para capturarlo. Se había sentido orgulloso entonces, cuando el combate concluyera y pudiera cantar victoria. Ahora, frente a este adversario, ese orgullo parecía ridículo, porque simplemente no tenía lo que se necesitaba para vencerlo.

Y con esta terrible claridad perdió la conciencia.

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Le pareció haber estado inconsciente por más tiempo, pero cuando abrió los ojos fue claro que solo habían pasado unos segundos. El otro sujeto, aún sobre él, estaba arrancando su máscara de gas arruinada.

- Lo sabía – dijo con un acento particular que Larr no pudo reconocer. – Larr Mósdov. ¿Qué haces mezclándote con mandalorianos?

- Vete a la… mierda – gruñó intentando desesperadamente enfocar sus sentidos lo suficiente para pensar en un plan.

En realidad, casi todas sus posibilidades se anulaban por el hecho de que hubiera un francotirador oculto en alguno de los montículos cerca a ellos, seguramente con la mira de su maldito rifle matabanthas puesta en la mitad de sus ojos.

Un par de veces antes Larr había recibido disparos de armas de tirador, pero ninguno como éste. Por el dolor enceguecedor podía apostar que la ojiva había alcanzado el hueso. Aún así, estaba claro que el tiro no había buscado matarlo, solo incapacitarlo, ya que éste sujeto que lo retenía contra el suelo lo necesitaba vivo. Al menos por ahora.

Cuánto habría apreciado tener un par de comandos lantharianos con él, como tanto le había insistido su Prefecto de Seguridad… - He escuchado sobre ti y sobre lo que haces – continuó el hombre, sin soltar su cuello. – Por eso lamento tener recurrir a esto. Pero los he estado rastreando por un largo tiempo y ahora es momento de conseguir respuestas. Dime, ¿es cierto que mataste a Túruk Teidram?

- Muérete – escupió. El sujeto no pareció escuchar esa observación.

- ¿En dónde está mi beskar?

- ¿Qué parte… de "muérete"… – tosió Larr–… no entiendes?

- Quizá tenga que mostrarte mejor la desventaja en la que estás – decidió el sujeto. – No sé si entiendes exactamente qué tan mal puedo hacer que la pases para que te decidas a cooperar.

Se sentó sobre su abdomen entonces, atrapando bajo sus muslos su brazo sano. Con las manos libres comezó a deshacer las correas de su gabán, que cerraban su pecho y sostenían su rifle.

Larr palideció. Enterró los talones en la tierra e intentó defenderse con el brazo herido, pero el sujeto aferró su muñeca y la fijó junto a su cabeza haciéndolo rugir de dolor. Siguió hablando con tono tranquilo, deshaciendo la prenda. – Sé cómo hacer llorar tipos duros como tú. Y creo que sabes que no va a ser nada agradable para ti.

El médico pudo escuchar su corazón latiendo ensodecedor en sus oídos, mientras su miedo se volvía pánico.

- ¡No me toques! – gritó. En su cabeza gritó por ayuda, pensando con todas sus fuerzas el nombre de Din. - ¡Por favor!

El sujeto se paralizó. Miró con más cuidado la expresión en su rostro y tragó aire. De un movimiento terminó de deshacer las correas y las deslizó para remover su rifle. Se levantó con el arma y dio un par de pasos atrás, tomando una distancia que para Larr, en medio del dolor y todo, fue un alivio.

- Lo único que quiero – dijo el mercenario - es saber endónde está el beskar. Me pertenece.

Larr tragó aire y escupió a un lado, dejando que su corazón se alejara del infarto.

- De… - jadeó - …De acuerdo. Lo… buscaré.

Enterró los pies en la tierra hasta llevar la espalda contra la roca. Hizo una seña de conformidad y oprimió despacio un par de comandos en su controlador.

Por supuesto que no iba a llevarlo hacia ningún maldito beskar.

Su rifle estalló en las manos del sujeto, sacándole una exclamación y dándole a Larr el par de segundos que necesitaba para escapar.

Logró correr lejos de la cueva, zigzagueando entre las rocas para que lo perdieran de vista. Desde donde estaba vio a Mando aterrizar a unos metros, corriendo hacia donde se había escuchado la explosión.

Aferró su brazo y lo haló tras las rocas, levantando ambas manos cuando tuvo su bláster bajo su barbilla.

- Tenemos compañía – explicó cuando el mandaloriano apartó el arma y lo miró de arriba abajo. – Tirador y guerrero. Tienen mis armas y quieren el béskar.

Un segundo después la piedra a su lado había comenzado a saltar en trozos bajo una serie de disparos.

Sin tiempo para decir más y tras un rápido acuerdo, se deslizaron hacia lados distintos. Larr se internó más entre las piedras y tras medio minuto logró ubicar el punto de mamposteo del francotirador.

La mujer estaba apostada en la apertura de una cueva a unos metros del piso, completamente enfocada en el intercambio de disparos entre Mando y el otro sujeto. Gracias a esto le tomó medio segundo reaccionar cuando Larr se lanzó a ella con su cuchillo. Rodaron forcejeando, y aunque no era mucho lo que el hombre podía hacer con su brazo como estaba y viendo estrellas por el dolor y la pérdida de sangre, logró patear el maldito rifle por la saliente. Si tenía suerte, esto le daría a Din una mayor oportunidad de encargarse del mercenario.

Al verse desarmada la tiradora intentó golpearlo en el hombro lastimado una, dos veces, pero Larr bloqueó los golpes con el otro brazo y se dobló para aferrar el puñal que había visto en el cinturón de la mujer, mientras ésta rugía y se giraba sobre él. Larr se encontró con un bláster contra su rostro y la espalda contra el piso de piedra. Pero la cuchilla estaba donde la quería, justo bajo la barbilla de la mujer, apoyada en la piel descubierta del cuello.

- Muy bien. ¡Alto! – escuchó retumbar la voz del mercenario. Al escuchar que los disparos cesaron de lado y lado, Larr y la tiradora dejaron de forcejear y se observaron jadeando. – Vamos a hablar y a negociar.

- ¿Quieres negociar? – gritó Din. -Deja ir a Larr y negociaremos.

- Pon en el piso tu jetpack – respondió el sujeto. – Y negociaremos.

- Muy bien. A la misma vez.

Larr le guiñó un ojo a la mujer sobre él, que dio un suspiro enojado cuando el otro sujeto, obviamente su empleador, le ordenó que lo soltara. El médico se incorporó a duras penas, aferrando su hombro y apretando los dientes como para rompérselos. Con los ojos fijos en la tiradora descendió la saliente, viendo cómo ella lo imitaba cuando estuvo a unos buenos metros.

- ¿Qué es lo que quieres? –exigió Din al otro sujeto, luego de comprobar que Larr se acercaba.

- Estoy acá por la armadura de beskar – dijo éste. – Solo quiero eso y nada más.

- Si quieres mi armadura, vas a tener que arrancarla de mi cadáver – la voz del mandaloriano volvió a tensionarse.

- No quiero armadura – escupió el sujeto. – Quiero la mía, una que recuperaste en Tatooine, de las manos de Cobb Vanth.

Mando ladeó la cabeza y lo miró de arriba abajo.

- ¿Eres mandaloriano? – le dijo. - ¿Tomaste el Credo?

- Solo soy un hombre sencillo que se gana la vida en la Galaxia – respondió el sujeto.

- El beskar pertenece a los mandalorianos – Din negó con la cabeza. – Quien no haga parte del Credo no puede utilizarlo.

- Mi padre era mandaloriano – explicó el sujeto. – Jango Fett. Mi nombre es Boba Fett y vengo por lo que me pertenece por derecho de nacimiento.

Larr se detuvo en seco, sin creer sus oídos. Miró al mercenario con más cuidado, pero despojado de su armadura éste era irreconocible. ¿Acababa de decir "Boba Fett", el legendario caza recompensas?

Eso solo podía significar que…

Miró a la mujer a su lado.

- Shand – exhaló.

Ella se levantó el visor, revelando su rostro. Efectivamente era la asesina de élite Fennec Shand. Con razón sus tiros habían sido de una exactitud milimétrica.

- Mósdov – asintió ella con una expresión completamente indiferente. Se inclinó para recoger el arma que Larr había pateado lejos. – Ruégale a Dios que no hayas descalibrado mi mira.

- Un momento… ¿Fennec? – el mandaloriano se volvió también. – ¡Estabas muerta!

- Estaba cerca de morir cuando Boba Fett me encontró y me salvó – le dijo.- Ahora estoy a su servicio.

Din echó una mirada a Larr y de inmediato lo rodeó con un brazo, ayudándolo a sentarse sobre la roca. El hombre estaba pálido bajo la sangre y Mando tomó su rostro entre sus manos, apartando algo del líquido con sus pulgares. Resopló, viéndolo de arriba abajo.

En un segundo se había vuelto a Fett, blaster en mano. Todas las armas volvieron a emerger.

- ¿Qué le hiciste? – rugió al mercenario.

- Hice lo que tenía que hacer – dijo éste tranquilamente. – Someter a alguien de quien buscaba respuestas.

- Mando – llamó Larr ansiosamente. No quería que nadie cercano a él tuviera que enfrentarse a Bobba Fett. – Negociémoslo.

Din respiró fuerte y tras unos segundos bajó el arma.

– Dices que tu padre tomó el Credo – dijo entonces. Se oía furioso. – Acabas de lastimar gravemente al riduur de un mandaloriano. ¿Sabes lo que significa eso?

Fett pasó su mirada entre ambos, un brillo preocupado llegando a sus ojos oscuros.

- ¿Tu riduur?

- ¡Sí!

- No sabía lo que era cuando lo ataqué – aclaró. – No tiene el distintivo de tu clan. No se me puede juzgar por eso.

- Y fui yo quien le disparó – Shand dio un paso hacia ellos. – Tampoco lo sabía. Estaba protegiendo a mi empleador.

Din miró sobre su hombro.

- ¿Larr?

- Es verdad – dijo él. – No tenía razón para decirles. ¿Podemos terminar con esto, por favor? De verdad necesito hacerme un torniquete…

- La armadura – recordó Fett. – No puedes negármela. Me pertenece por derecho.

- Ahora mismo no puedo entregártela – dijo el mandaloriano, hincando una rodilla en tierra y rompiendo un trozo de su capa. – Estoy en un momento crítico de una misión con un pequeño Expósito. Tengo que terminarla – amarró la tela alrededor del hombro de Larr, que siseó entre dientes. Lo tocó con delicadeza y luego subió la mirada a la cima de la montaña. - No debí dejarlo solo…

El médico lo imitó y por un momento olvidó la serie de heridas que irradiaban endorfinas en su cuerpo. Una radiante luz azul índigo salía de la cima, tan fuerte que podría haberse confundido con un mecanismo bélico, un láser o una sonda, o un arma de plasma. Pero el flujo de energía se veía inofensivo, como algo que haría un ser inocente con mucho poder. Algo con lo que pedía auxilio a quienes podían entender su llamado.

- Santo Dios…

Boba Fett observó la luz también y suspiró. Miró a ambos hombres con una expresión pensativa.

- Te digo algo - dijo. Para su sorpresa le entregó a Larr su rifle. – Te ayudaré a asegurar el bienestar del niño, el tuyo propio y de tu riduur, a cambio de mi armadura – indicó a Din. - Tienes mi palabra.

- Deberías aceptar – le dijo Shand. – La recompensa por ustedes dos, en especial por tu pequeño compañero, se ha elevado diez veces lo que era antes.

Mando dudó tan solo un par de segundos antes de enfundar el arma.

- Muy bien – dijo. Puso una mano en el rostro del otro hombre. – ¿Puedes ir a parcharte?

- Claro que sí. ¿Seguro de que…?

Pero todos se congelaron justo en ese momento, escuchándolo claramente: una nave se aproximaba. Fett y Shand habían sido una mínima probabilidad. Otro visitante más no podía ser coincidencia.

Habían sido afortunados, muy afortunados en los últimos meses, porque parecía que Moff Gideon hubiera renunciado a seguir su rastro, o que al menos hubiera decidido darles un pequeño descanso, pero por supuesto que no había abandonado su persecución. Din lo había vencido, Grogu se le había escapado entre los dedos… Era el tipo de ofensas que un líder Imperial no perdonaba.

Y efectivamente el Moff reapareció, comenzando con un transporte de Storm Troopers que emergió entre las nubes y se lanzó a toda velocidad a un punto de aterrizaje.

Din juró. Larr juró. Fett y Shand se miraron y levantaron sus armas.

- Ve por el bebé – indicó el médico al mandaloriano. Éste titubeó. – Somos cuatro acá y ninguno allá, ¡ve!

Mando tomó su jetpack y lo ajustó en su espalda, lanzándose a la cima de la montaña. – Fett, me importa una mierda quién seas. La armadura está en la zona de carga de la Razor Crest – el mercenario asintió y se alejó corriendo. – Y tú – Shand lo miró poco impresionada –, más nos vale que valgas tiradora y media, porque yo estoy a la mitad.

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Puñados y puñados de storm troopers se derramaron de los transportes que aterrizaron uno tras otro en la base de la montaña, y entonces fue un desastre tan grande como cerca estaban del final.

Shand soportó la carga más pesada hasta que Fett apareció armado con su beskar y diezmó a los troopers con fuego de blásters, golpes de su gaderffi y cohetes bomba. Mientras tanto Larr tomó el puesto de mamposteo donde había estado Fennec, echó mano de su munición explosiva y se enfocó en evitar que los técnicos armaran torretas E-Web.

Tras lo que parecieron minutos de fuego intenso, echó un vistazo a la montaña. ¿Por qué Din tardaba tanto? Tenían que alcanzar el Razor y retirarse pronto. Por lo menos el manantial de luz seguía activo, señalando la presencia del pequeño, así que siguió disparando y rezando para que todo allá arriba estuviera bien.

A medida que llegaron más refuerzos, los trooper comenzaron a ganar terreno y ellos a quedarse sin munición. Mando apareció en el panorama entonces, seguramente habiendo notado la desventaja en la que se encontraban. Y cuando comenzaba a hacerlos retroceder, se escuchó la ráfaga de una serie decohetes antiaéreos atravesando el cielo.

El sonido llevó una sensación como de hielos al estómago de Larr. Sabía muy bien que de lo que fuera que impactara no quedarían si no las cenizas.

El estallido llegó un segundo después. El Razor Crest, la infatigable nave que había acompañado a Din durante décadas y que sobrevivido a todos los aprietos de los que lo sacara, había sido el objetivo directo. La explosión los cegó por tan solo un segundo y luego solo quedaron de ella escombros cayendo del cielo.

Larr gritó por la ira. Sacudió la cabeza intentando aclarar su visión que había comenzado a nublarse, sin pensar demasiado en el hecho de que estaban completamente arrinconados. Disparó su última munición y le pareció ver el rayo de luz azul índigo cesando, Din lanzándose a la cima y Fennec siguiéndolo a pie.

Dejó caer el arma, jadeando y volviéndose al techo de la saliente. Entonces escuchó el desagradable ruido de botas acercándose. Eran troopers, armados hasta los dientes y muchos más de los que podría intentar combatir.

- Quieto – uno de ellos le apuntó, mientras otros se acercaban por los lados.

- ¿Es él? – dijo otra trooper.

- Sí. El Moff lo quiere vivo.

Larr pateó en la ingle al que se acercaba para esposarlo y el que le apuntaba suspiró. – Por las malas, entonces –, y levantó la culata de su fusil para descargarla en su rostro.

Larr no alcanzó a levantar un brazo para protegerse, cuando unos fogonazos atronadores estallaron a su alrededor y los troopers se desplomaron. El hombre jadeó. Shand y él estaban a mano.

Tomó el arma de uno de ellos y aguardó con la espalda contra la piedra, observando a la gente de Gideon retirándose. Era claro que no se retiraban porque hubieran sido sobrepasado de ninguna manera. Ni siquiera Boba Fett, Fennec Shand y Din Djarin peleando juntos tenían oportunidad alguna contra Moff Gideon si no contaban con la munición o las armas suficientes para igualar su fuerza bélica.

En una de esas naves que ascendían perdiéndose en las nubes, imaginó Larr, había un pequeño aterrorizado y confundido por haber sido arrancado de las manos de sus padres.

Din aterrizó a su lado.

- Lo perdí – le dijo con la voz temblando, ayudándolo a levantarse y pasando su brazo sano sobre sus hombros para que pudiera caminar. – Lo perdí, dan farrik. Lo tomaron.

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El silencio había vuelto al lugar cuando llegaron al cráter de los restos que habían sido el Razor Crest. La nave de Fett estaba allí, junto con sus dos tripulantes.

Larr observó junto con los otros cómo Din caminaba entre los escombros, los revisaba y lanzaba al piso con cólera contenida. En algún momento se agachó para recoger algo entre la ceniza y luego desenterró la lanza que Ahsoka Tano le hubiera entregado hacía tantísimos meses.

- Es lo único que sobrevivió – dijo al volver con los demás.

- Beskar – asintió Boba Fett. Le mostró entonces un holograma desde su controlador: su código genético grabado en la armadura que vestía, lo que probaba que ésta le pertenecía. Mando concordó con él.

Se acercó al médico a quien Fennec estaba ayudando a reajustar su torniquete. El hombre, con expresión agotada, respiraba lentamente por labios entreabiertos mientras las lágrimas rodaban de sus ojos y hasta su barbilla, cayendo una tras otra en la arena.

Din hincó una rodilla a su lado, una mano sobre su hombro sano. Bajó la mirada por tanto tiempo que Shand y Fett desviaron la mirada de ellos. Entonces carraspeó y se puso de pie.

- Nuestro trato está completo, entonces – le dijo a Fett. – Solo les pediré ayuda para atender las heridas de mi esposo y quizá que nos ayuden a llegar a un puerto.

- No tan rápido – objetó el mercenario. – Te di mi palabra, ¿no es verdad? Te prometí que aseguraría el bienestar de los tuyos y el tuyo propio, a cambio de mi armadura. – Señaló con la cabeza a su propia nave, una Firespray modificada. – Así que aborden y pensemos en un plan para recuperar a su pequeño.

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¡Gracias por leerme! Estamos a unos 5 capítulos del final... ¡Espero que los disfrutes!