Sin importar la habilidad de un mercenario, cada trabajo tenía su cuota de incertidumbre. Por eso, un mercenario experimentado como Mando tenía que estar acostumbrado a navegarla. Existía una investigación y una planeación previa a cada trabajo, sí, pero la verdadera operación era la que sucedía cuando las botas tocaban el campo, y era la capacidad de improvisación y de tomar buenas decisiones lo que terminaba separaba a los profesionales de los amateurs.
Todo mercenario experimentado, además, tenía que tener una idea de lo que estaba dispuesto o no a sacrificar, si la situación lo requería. De cuánto valía su objetivo respecto a sus principios, y cuánto valía el no conseguirlo y en cambio conservarlos.
Cuando se era un novato, estos principios eran nada más que una aspiración, una brújula de juguete. Para alguien con la edad de Din, eran lo que impulsaba sus acciones desde que las planeaba.
Por esos principios y solo por ellos, se quitó el beskar en la mayor intimidad que pudo encontrar en la entrada de ese túnel y se puso en cambio un traje de storm trooper, abordando luego el transporte Imperial terrestre del que desbordaban los comentarios de burla y provocación de Mayfeld.
Había sido casi físicamente doloroso quitarse su armadura. No sabía realmente lo que significaba haberlo hecho (no se había removido el casco frente a ningún ser vivo, pero sí que estaba a plena vista con él removido)… pero tenía muy claro que, significara lo que significara, no era más importante que rescatar al pequeño, su hijo por asignación de la Armera de su tribu, uno de los miembros de su clan.
Pero más allá de lo que significara para él, y aunque no lo entendiera por completo, Din sabía que Grogu era trascendental para una serie de cosas primordiales que estaban sucediendo en la galaxia en ese momento. No sería un verdadero mandaloriano si sobreponía el mantener su casco puesto al cumplimiento de una misión vital a la que se había jurado. ¿O sí?
Incluso Mayfeld parecía entender su dilema.
- Si me lo preguntas a mí, me parece que tus creencias comienzan a cambiar cuando te desesperas – le dijo mientras conducía el vehículo, con el mandaloriano como copiloto. - Es decir, mírate – señaló su uniforme de trooper. - Según tu gente quién es más honorable, ¿mmm? ¿El que defiende a muerte las normas? ¿O el que defiende lo que éstas protegen?
Din no había esperado que este cuestionamiento viniera de este sujeto, sobre todo porque se parecía más a algo que diría Larr, si Larr no respetara de forma tan absolutamente innegociable su Credo y la manera radical en que él lo seguía.
Sin darle más tiempo para pensar en esto, apareció el primer grupo de piratas, que intentó abordar el transporte y acceder a su carga de ridónio. Suspirando, Din escaló hasta el techo del vehículo, listo a mantenerlos alejados por los medios que fueran necesarios.
Los piratas eran nativos del planeta, sus rostros cubiertos con trapos. Obviamente lo único que querían era sabotear las cargas valiosas que los Imperiales saqueaban de sus tierras. Pero Din no tenía forma de sentarse con ellos y explicarles quién era ni lo que estaba haciendo allí, así que no tuvo más opción que mantenerlos alejados, combatiéndolos cuerpo a cuerpo o con las mediocres armas que traía su armadura, lanzándolos lejos del vehículo, vivos o muertos.
Tuvo que detenerse a tomar aire cuando por fin se libró del grupo atacante. Vaya que extrañaba su beskar… Era claro por qué el Imperio apostaba a la cantidad cuando se trataba de storm troopers; estas armaduras eran basura. Pero apenas estaba comenzando a volverse para regresar al interior del vehículo, cuando vio acercarse otro speeder distinto, también repleto de piratas.
- Dan farrik… ¡Ve más rápido! – gritó a Mayfeld.
El vehículo se movió a mayor velocidad por un momento, antes de desacelerar.
- ¡No puedo!- respondió el ex Imperial. - ¡Esta carga no puede calentarse más, o volaremos hasta el satélite más próximo!
Mando juró, preparándose para la segunda incursión.
En ésta, uno de los piratas alcanzó a instalar una bomba de compresión en los contenedores de ridónio. Din se arrojó a ella y la deshizo apenas a tiempo, lanzándola hacia el speeder de los nativos y lejos de la carga. La explosión le dio de frente y lo lanzó metros atrás, por poco a las ruedas del vehículo. Tomó aire por un segundo y se volvió solo para ver que el speeder había quedado intacto y se acercaba, y cada uno de los piratas estaba exponiendo y activando otros explosivos.
Mierda.
Entonces la caballería llegó desde el lugar más inesperado. Habían alcanzado la entrada de la base y decenas de guardias troopers salían disparando, conteniendo la amenaza. Din volvió a su asiento, Mayfeld ingresó a la base y llevó el transporte hacia el área de descarga.
Fue extraño descender entre vítores y felicitaciones de decenas de storm troopers. Por un momento el mandaloriano solo observó con extrañeza a estos sujetos que estaba acostumbrado a tratar solo con un arma en el rostro, pero cumpliendo su papel a la perfección el ex Imperial se quitó el casco, sonrió, dio palmadas en espaldas y agradeció el reconocimiento. Luego le hizo una seña con la cabeza a Din y éste lo siguió por el complejo.
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No había nada que Larr pudiera hacer más que esperar, y eso estaba volviéndolo loco.
Lo había tomado por sorpresa su propia irritación. En el pasado, cuando tenía que actuar, actuaba, y cuando tenía que esperar, esperaba, con alguna inquietud, sí, pero sin inconvenientes. Pero ahora, con sus posibilidades de participar en la operación atrapadas en un cabestrillo, se había decidido a caminar de un lado para el otro irasciblemente, parando solo para rumiar una nueva razón de entre las decenas de razones por la que todo podía salir mal.
Y no era que no confiara en las habilidades de los otros. Demonios, claro que desconfiaba del ex Imperial, pero sabía que era más que capaz de hacer lo que tenía que hacer. Din se daría cuenta si algo extraño pasaba y aplicaría los correctivos necesarios, y Shand y Dune estaban pendientes de cualquier iregularidad que alcanzara a traspasar las murallas de la base. Rayos, hasta el mismísimo Boba Fett tenía los ojos fijos en la operación.
No, todo esto se trataba de que Din estaba allá, mientras que Larr se había visto obligado a quedarse acá.
Racionalmente entendía que no podía permitirse preocuparse así, no cuando su esposo hacía parte del clan de los guerreros más temidos en la galaxia. Solo eso lo destinaba a vivir situaciones violentas todos los días, como si fuera rutina de trabajo. Pero Mayfeld lo había traicionado una vez, ¿qué tanto podía costarle el traicionarlo otra? Y si los Imperiales los descubrían y lograban de alguna manera neutralizar al mandaloriano, podría pasar de todo y nadie en el exterior lo sabría. Solo pasarían horas y horas, y para cuando Larr descargara sobre la base las unidades lantharianas que hubiera convocado en medio de su pánico, sería demasiado tarde…
Había tanto que podía salir mal… Por supuesto que todo podía salir bien… pero a la misma vez había tanto que podía salir mal…
Maldito amor y malditas emociones que estaban haciendo que la preocupación le comiera la cabeza. Esas emociones eran inútiles desbordadas por un mandaloriano, ¿pero cómo no iba a desbordar de intranquilidad cuando estaba en riesgo su maldito esposo?
Tomando aire profundo se sentó en uno de los asientos de la nave, intentando pensar las cosas con tranquilidad. O, simplemente, no pensar en nada en específico.
Cuánto habría querido llamar refuerzos de Lánthar para hacer todo esto, pero eso habría acabado con la anonimidad de la misión, que era uno de sus factores de éxito.
Cuánto habría querido pedirle su consejo a su madre, sobre tantísimas cosas, pensó apretando su emblema, pero ella había muerto en batalla cuando él tenía catorce años.
Cuánto habría querido tener cinco gramos de bacta para diluir, por lo menos, pero…
Volvió a levantarse y siguió caminando.
Boba Fett lo había estado observando todo ese tiempo.
- Pareces un dewback enjaulado, Mósdov – le dijo. El más joven lo miró pero siguió caminando. – Vas a abrirle boquetes al piso de mi nave. Ven acá. Siéntate.
Larr dudó por un momento, pero terminó por hacerlo.
Fett guardó silencio unos segundos antes de hablar. – Así que realizaron el ritual de tome' hace poco, ¿eh?
- ¿Cómo…?
- Es claro como el agua – gruñó. – Se nota que ninguno de los dos termina de creerlo aún.
Larr dejó salir una risa sin humor.
- Tres semanas, más o menos.
- ¿En batalla?
- Sí – era gracioso que Larr sintiera que podía confiar así en este sujeto, cuando hacía unos días había pensado que quería violarlo. – Fue una infiltración en busca de información, algo muy parecido a esto – señaló a la base lejana con la cabeza. - Parte del plan era entregarme como prisionero. Estábamos en la parte de mi rescate cuando sucedió.
- Ya veo. Entonces fue tal y como lo querrían los mandalorianos – el hombre movió un par de controles de la nave. – Una familia más para el clan, para serle útil y darle descendientes.
- Supongo que sí. Aunque… - apretó los labios –, es muy pronto para pensar en nada como eso.
- Hasta que recuperen a su pequeño.
- Por supuesto. Él… Su seguridad es nuestra prioridad.
- Como debería ser. Los niños son el futuro.
Larr desplegó una breve sonrisa.
- Es ése el Camino… - masculló. Tragó con fuerza, mirando a la atmósfera, intentando no pensar en el pequeño Grogu y fallando irremediablemente.
Fett lo observó con más cuidado. El brazo en el cabestrillo se veía menos tenso y él mismo estaba algo menos pálido. Había estado soportando el dolor de la fractura múltiple sin analgésicos, simplemente porque en el Esclavo 1 no había nada como eso. Pero en realidad no parecía el tipo de hombre que se preocupara por esas cosas. Parecía un mandaloriano. Poco ortodoxo, y definitivamente no un radical como los Hijos de la Vigilia, pero mandaloriano no obstante.
- ¿Tomarás el Credo?
- No – dijo simplemente. – Ése es el – señaló a la base de nuevo. - No soy yo.
- Bien – dijo Fett. – Voy a decirte algo que te conviene escuchar, solo porque pareces el tipo de persona que escucha –. El hombre lo miró, efectivamente escuchando -: Hay algo que debes empezar a entender a menos que quieras comenzar a encanecer muy pronto: si eres riduur de un maldaloriano, eso – señaló con el pulgar al punto en donde el más joven había estado caminando – te terminará matando. Y a tu riduur, de paso.
- Lo sé – le dijo él apretando los labios. – Estoy tratando de… controlarlo.
- No es un asunto de controlar o no controlar – descartó. – Ya que te metiste en esto, tu opción más práctica es comprender. Y no es tarea fácil, pero es lo que es.
- ¿Qué es?
- Lo que has supuesto, como menos. La vida para los hijos de Mandalore es austera, marcada por el honor y condicionada por completo por su orgullo como guerreros. La batalla es su gracia, las armas sus reliquias, y la supervivencia su deber.
- ¿Y la familia?
- Una prioridad.
- Eso me sirve.
- Bien por ti. ¿Y todo lo demás?
El más joven no repondió por un momento. Luego suspiró.
- ¿Me contarías más? – le pidió entonces. – Nunca había hablado con alguien que no fuera mandaloriano, y que supiera tanto de los mandalorianos.
Fett sonrió brevemente.
- ¿Necesitas apuntar esto?
- Lo recordaré.
El mercenario asintió.
- Los hijos de Mandalore están en extinción hoy más que nunca, al suponer una fuerza demasiado poderosa que se ha rebelado contra quienes han querido volverlos su herramienta de poder, y que han intentado eliminarlos al no encontrar la obediencia esperada. Sus costumbres están dispersas y todos los días hay batallas internas patéticas con las que muchos buscan el poder. Su lengua, el mando'a, casi ha desaparecido, y su planeta de origen, Mandalore, está muerto por las cientos de batallas llevadas a cabo allí. Muerto, Mósdov: no es nada más que un desierto donde nada crece.
Así que, que seas riduur te convierte en alguien tan importante para su supervivencia como los mismos mandalorianos. Pero también te hace parte de su conflicto. Tu esposo – miró a la base – ha atraído miradas poco gentiles toda la vida, solo por pertenecer a ése pueblo. Y ahora más que nunca, con todo el alboroto que ha causado. Por eso no me fue difícil rastrearlo.
- Bueno, mierda – dijo Larr. – Ya me imaginaba bastante de eso, pero no podía estar seguro.
- Es lo que pasa cuando alguien se casa sin pensar con cabeza fría.
- Fue… un poco más complicado que eso…
- Hiciste el ritual de 'tome, es lo único que importa.
- Estoy dispuesto a apropiarme de las consecuencias – Mósdov se oía muy serio cuando dijo esto.
- Estuviste caminando de un lado para el otro por más de dos horas y media – recordó el mercenario.
- No, Fett – se volvió, a la defensiva. - Si me quiero volver loco de preocupación porque mi esposo está en la maldita guarida del lobo, lo voy a hacer. Además, ¿estás tratando de hacerme llorar, o cuál es la idea de todo esto?
- Ahorrarte tiempo y esfuerzo – dijo el mercenario. – Porque, por un lado, siento que estoy en tu deuda. Y por el otro, por lo que he visto, te va a costar entender que la vida y la muerte no son lo mismo para los mandalorianos que para el resto de los pueblos. La vida, solo con honor. Y la muerte, solo con gloria. Le hiciste una promesa a su pueblo. Y todo eso en realidad suena como una gran pila de mierda, pero es lo que cree un mandaloriano. Más aún si es un Hijo de la Vigilia, como el tuyo.
Larr se cruzó de brazos y miró al frente, al mismo panorama que observaba Boba Fett. No dio muestras de ir a levantarse de nuevo. El cazarrecompensas pudo adivinar lo que estaba pasando por su cabeza. Para todas las historias que lo rodeaban, este joven era sorprendentemente transparente.
Él y el otro sujeto eran un par de hombres buenos, de los que nunca estaban de más en la Galaxia.
– Gracias, Fett.
- Hm.
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La terminal estaba en la esquina de una pequeña cafetería de oficiales. Lo único que necesitaban era conectar la datastick en ella, permitir el escaneo del rostro de Mayfeld para validar que no era parte de la Nueva República, descargar la información y salir de allí caminando tan tranquilamente como habían entrado.
Pero el momento en que el ex Imperial puso pie en la cafetería, las cosas se complicaron. Solo alcanzó a echar una mirada al interior antes de girarse y regresar unos tonos más pálido a donde estaba Din.
- No puedo entrar ahí – informó.
- ¿Cómo que "no puedes"? – siseó el mandaloriano. – ¡El lugar está prácticamente desierto!
- Sí, excepto por Valin Hess, mi antiguo Oficial al Mando. Está justo junto a la entrada, con una visual magnífica de todo el lugar.
Mando suspiró y miró a los lados.
- ¿Crees que te reconozca?
- ¿Qué se yo? Pero si lo hace, tanto tú como yo estamos muertos, amigo. – Exhaló. - No vamos a conseguirlo. Vámonos.
- Espera – lo detuvo Din. Juró por lo bajo. – Dame la datastick.
- ¿Estás sordo, Mando? – siseó el ex imperial. – Te dije muy claramente que la terminal tiene que escanear tu rostro para validar que no seas Nueva República. ¿Entiendes? Ojos, nariz y boca. Ah, Dios, esos nos están mirando, vámonos.
Din lo ignoró. Arrancó el dispositivo de sus manos e ingresó al lugar, obligándose a caminar sin prisa y dando un saludo vago a los oficiales allí. Sabía muy bien lo que tendría que hacer, así no pudiera creer que fuera a hacerlo.
El haz de luz del escáner en la terminal pasó sobre su casco, y como había temido y Mayfeld había avisado, el sistema inició un preaviso de alarma y un conteo regresivo.
Se quitó el casco entonces sin permitirse dudarlo un segundo más, apretando los dientes, dolorosamente consciente del puñado de Imperiales a su alrededor. Hacía calor en la cafetería y la temperatura, así como un montón de olores y sensaciones, le dieron en la cara.
La terminal validó su acceso y Din tomó aire profundo, tratando de mantener una expresión compuesta y la respiración tranquila mientras sus dedos volaban sobre los comandos buscando la información. Por el rabillo del ojo pudo ver a un oficial que lo observaba fijamente. Siguió tipeando, rogando que el sujeto decidiera ignorarlo. Pero por supuesto que no tuvo tanta suerte.
- ¡Trooper! – llamó el oficial. Din cerró los ojos, fingiendo no escucharlo. - ¡Hey, trooper!
La datastick dio un pitido. La aferró y guardó en sus bolsillos un segundo antes de volverse al oficial Imperial que había llegado a su lado.
Era Valin Hess, un sujeto alto, delgado y con una expresión de superioridad que le recordaba bastante a Moff Gideon. Sus ojos claros lo miraban con la desaprobación de un oficial que estaba a punto de reprender a un inferior. – Te estoy hablando, trooper.
El mandaloriano tragó.
- Sí, señor – dijo, sonando extraño a sus propios oídos. - Mis disculpas. Señor.
- Hmm – Hess lo miró de arriba abajo, claramente desconfiando de su comportamiento. - ¿Cuál es tu asignación, trooper?
- Soy… personal de transporte terrestre – dijo Din. Esto estaba a punto de volar a la mierda.
Hess lo miró a ambos ojos y sonrió.
- Nooo, hijo – canturreó. - Me refiero a tu número TK. El que te fue asignado cuando te reclutaron.
Sí. En un par de segundos esta cafetería sería un campo de batalla.
- Mi… número TK es…
- Éste es mi Comandante, TK 593. Y yo soy su teniente de Transporte de Combate y Ataque Imperial, TK 1-11, señor – Mayfeld llegó a su lado, poniendo una mano en su hombro y sonriendo como si estuviera teniendo un muy buen día, que estuviera a punto de ponerse mejor. – Y me temo que tendrá que hablarle más fuerte… Su nave se despresurizó en Tánnaf.
El imperial lo observó, notoriamente menos receloso. Se volvió a Din
- ¿Cuál es su nombre, oficial? – le dijo casi gritando. El mandaloriano alzó las cejas.
- Le decimos "Ojos Marrones"- informó Mayfeld rápidamente. - ¿No es así, capitán?
Din asintió, sonriendo cuando la mano del ex Imperial lo apretó con brusquedad.
Hess parpadeó, mirando a uno y al otro. – Si nos permite, iremos a llenar esos reportes TPS – continuó Mayfeld y comenzó a llevarse al mandaloriano del brazo -. Vamos capitán, no queremos atrasarnos recargando las bombas de energía.
Alcanzaron a dar un par de pasos antes de escuchar la voz de Hess nuevamente.
- No los he autorizado a irse.
Se detuvieron y se volvieron con las manos tras la espalda. El hombre se acercó a pasos lentos, viéndolos con más cuidado. – Ustedes son los troopers que acaban de traer la carga de ridónio, ¿verdad?
- Sí, señor – respondieron ambos.
Para su sorpresa, el hombre sonrió ampliamente.
- Fueron el único operativo exitoso del día – les informó. Les dio unas palmaditas en los hombros y los haló hacia él. – Eso hay que celebrarlo. – Miró a Mayfeld y luego a Din, fijamente. Éste se sintió particularmente incómodo bajo esa mirada. – Me aceptarán un trago, ¿eh, Ojos Marrones?
No había forma de que pudieran decirle que no, así que lo siguieron a una de las mesas.
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Hess puso frente a ellos unos vasos y una botella de licor. Quería brindar, dijo, pero no sabía a la salud de qué, así que escuchaba ideas. El silencio se alargó por unos momentos
– ¿Fuiste transferido recientemente, Ojos Marrones?
- … ¿Señor?
- Oh, nunca se sabe lo que se va a encontrar debajo de esos cascos – Hess rió juguetonamente. - Pero te recordaría si te hubiera visto antes, oficial. Te lo aseguro.
Mayfeld le echó una mirada de irritación a Din, como si esto fuera su culpa.
- Gra… gracias, señor – dijo el mandaloriano, sintiéndose a la vez incómodo y más empático que nunca hacia su esposo y la atención no deseada que solía llamar.
- Ambos fuimos transferidos recientemente – informó Mayfeld entonces. – Y, acerca de ese brindis, ¿qué tal hacerlo por… la Operación Ceniza?
- Aaah, este es un hombre que conoce su historia – sonrió Hess con un gesto de aprobación.
- No solo la conozco. La viví – dijo Mayfeld. – Estuve en Burnin Konn.
- Burnin Konn – canturreó Hess. Hizo un gesto dramático al mandaloriano – Fue un día difícil para todos. Tuve que tomar decisiones muy desagradables…
Fue claro que Mayfeld no parecía considerar que la palabra "desagradable" le hiciera justicia a lo que había ocurrido.
- Toda una ciudad y sus habitantes fue arrasada – recordó, sonriendo. – Y perdí a todos los valientes hombres y mujeres de mi división. Unas cinco o diez mil personas en total, si no más.
- Así es – la sonrisa del Imperial dejó de ser plácida por solo un momento. – Todos ellos héroes del Imperio.
- Sí. Y todos muertos.
Din se volvió a Mayfeld, advirtiéndole con la mirada. Pero éste no parecía tener la intención de detenerse, enfrentado al sujeto que seguramente era la razón por la que su vida se hubiera ido a la mierda.
Así que la discusión comenzó a escalar mientras el mandaloriano observaba uno y otro y pensaba furiosamente en una forma de contener esto antes de que se metieran en peores aprietos.
Él no sabía nada de historia Imperial como para poder interrumpirlos. Tampoco tenía el carisma para llevarlos amigablemente a otro tema… ¿Quizá podía seducir al oficial, ya que tenía su interés?
Oh por favor, él no sabía nada de seducción. Larr habría sido mucho más efectivo en cualquiera de estos tres escenarios. Si tan solo pudiera comunicarse con él y pedirle que ejecutaran un ataque momentáneo para comprarles un par de minutos, podrían confundirse fácilmente entre el personal y deslizarse hacia el exterior, pero…
Era demasiado tarde.
Solo había tomado que Hess pronunciara "Larga vida al Imperio" para que Mayfeld se echara a reír y le descargara un solo tiro de blaster en medio del pecho. El disparo había resonado ensordecedor en la pequeña cafetería.
Bueno, pensó Din mientras volteaba la mesa para hacer una barricada, esto estaba a punto de irse a la mierda desde hacía rato.
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Lo que había comenzado siendo una operación de infiltración, había terminado en la destrucción de toda la base Imperial.
Din y Mayfeld se habían abierto paso hacia el exterior y luego hacia el nivel superior, a puños y tiros, esquivando el ataque de los troopers con habilidad y suerte.
Shand y Cara habían cubierto su escape con fuego intenso y, una vez de regreso en el Esclavo 1, Mayfeld había puesto un tiro bastante increíble en los contenedores de ridónio que ellos mismos habían transportado, desencadenando una serie de explosiones cada vez más grandes que terminaron por comerse toda la estructura de forma tan increíble que la onda explosiva consiguió desestabilizar por unos segundos el curso de la nave.
Unos minutos después habían aterrizado en el punto de encuentro. Cara y Shand esperaban allí.
- Bueno, eso fue un poco más ruidoso de lo planeado – dijo la ex Rebelde cuando los demás descendieron. – Pero, ¿conseguimos lo que queríamos?
- Lo conseguimos– asintió el Mandaloriano, felizmente de regreso en su armadura de beskar.
Larr, aliviado más allá de las palabras pero intentando no demostrarlo, asintió con una sonrisa. Se volvió hacia Mayfeld.
- Ese último tiro fue impresionante – le dijo. yEl prisionero lo miró sorprendido. - ¿Ex tirador?
- Entre otras cosas – admitió. Dudó unos segundos y se alzó de hombros. – Ese ridónio iba a tener sus usos desagradables, así que tenía que dar en el blanco si quería poder dormir bien de noche.
El otro hombre lo estudió por un momento. Luego le ofreció su mano.
- Migs Mayfeld, ¿verdad? – preguntó mientras el otro hombre correspondía a su saludo mirándolo sin palabras. – Gracias por tu ayuda, honestamente. Hiciste más que acabar con esa base, ¿lo sabes?
- Lo que hice fue desahogarme, ante todo – aclaró. – Aunque hey, quizá la gente de Morak también pueda dormir un poco mejor esta noche.
- Claro que lo harán. Aprecio mucho lo que hiciste.
- Bueno… - el hombre se rascó la barba juguetonamente. – No diría que no si me hubiera ganado un premio, doc – Larr rió con fuerza. – Vamos, ¿un besito en la frente? ¿una palmada en la espalda? ¿un guiño? Vamos, Mando – el mandaloriano se había cruzado de brazos. – No le estoy pidiendo una mamada, solo…
- Tienes un descuento en la curación de tu próximo hueso roto por un mandaloriano – le dijo Larr. - ¿Suena bien?
- Muy razonable – dijo, pero pareció recordar algo y abrió más los ojos. - ¿Sabes qué? Mejor apúntame ésta a mi favor… – le echó una mirada rápida a Din.
- ¿Qué…?
- Te contaré después – prometió Mando.
- Sí, cuando esté yo muy, muy lejos – concordó Mayfeld. Se acercó a Cara y le ofreció las muñecas. - Bueno, de regreso a la chatarrería. Oficial, cuando esté lista.
El mandaloriano suspiró.
- De verdad tengo que agradecerte – le dijo. – Habría sido muy difícil lograr esto sin tu ayuda.
Mayfeld parecía desconcertado.
- No hay de qué. Es decir, no es exactamente lo que tenía planeado, pero… - se alzó de hombros. – Qué importa. Buena suerte con eh, tu nuevo tipo. Y recuperando a tu niño.
Cara y Din intercambiaron una mirada.
- En fin, toda la operación fue bastante impresionante – Cara dio una palmada satisfecha. – Pero es una lástima que el prisionero 34667 no hubiera salido con vida de la explosión.
- ¿Qué? Un momento… - el hombre abrió más los ojos.
- Una verdadera lástima – Mando habló como si no lo hubiera escuchado y se dirigió a Larr – Lo creas o no, te habría caído bien.
- Muy triste – el médico negó con la cabeza.- Aunque quizá está en un mejor lugar ahora -. Le dio al ex imperial un guiño fugaz.
- Si siguen hablando así voy a irme, ¿eh? – advirtió éste. El mandaloriano le hizo una seña con la cabeza para que lo hiciera. – Pues… me voy – comenzó a alejarse despacio, mirándolos con duda. – En cuanto pase esta piedra voy a comenzar a correr y no me voy a detener– avisó nuevamente. Los otros sonrieron sin mirarlo.
El hombre sollozó unas risas y se alejó. Se detuvo solo un par de cientos de metros después, para ver la nave elevándose hacia el espacio.
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Notas: ¡A tres-cuatro capítulos del final! :O
