SUCESIÓN DE BRUJAS
4. Trabia
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Esta vez entendió mejor la visión. La nieve era tan blanca que brillaba en la luz mortecina del amanecer. Si se esforzaba podía ralentizar el tiempo de caída y observar cada copo hasta llegar al cristal. El cristal que reflejaba una bruja.
Edea la miraba con esa sonrisa con la que los enfrentó en Deling: Cruel y desapegada. Reconocía ahora las marcas de la posesión en ella: Las venas de colores por el rostro, las uñas largas hasta el suelo. Cuando la sonrisa se suavizó y se volvió más humana, el pelo tornó canoso y la Edea que habían enterrado se reveló bajo la transformación.
Para todos fue como despedirse de una madre. Recordó el dolor y con el dolor vino la consciencia del ruido y el peligro. Parpadeó y el misil estaba ya a cinco metros de distancia.
A estas alturas era un juego hacerlos explotar. Llevaba horas con la compuerta trasera del Lagunamov abierta viendo a sus perseguidores acortar distancias. Cuando se acercaban demasiado, Quistis hacía detonar los misiles dentro de los cazas. Los paracaidistas que salían a continuación se le antojaban confetti.
"La caza de la bruja no saldrá como tu quieres." pensó, pero supo que Squall no podría haberse recuperado a tiempo para dar la orden de captura. Eso la aburrió y decidió terminar con la distracción. Levantó una mano y acumuló poder.
– No los mates.
Detuvo el gesto y lo miró. Cuando eran jóvenes, Seifer se esforzaba en mantener las apariencias. En los peores momentos alzaba el mentón y se pavoneaba delante de cualquiera que pudiera escucharle. Había intentado demasiadas veces atravesar esa pantalla y llegar al chaval asustado y ansioso que había sido, sin éxito. La evadía y le hacía luz de gas y, al final, se lanzó de cabeza a la guerra.
El hombre asustado y ansioso que la vigilaba no llevaba máscara. Se leía su tensión en el arco de sus hombros y cómo tamborileaba los dedos en el mango del sable pistola, desenvainado, en sus rodillas. El amanecer lo pillaba con el cansancio de la guardia en su cara.
Le sostuvo la mirada al bajar el brazo y cortar las alas de todos los aviones. Las cabinas descendieron con suavidad, dando tiempo a los pilotos a unirse a la lluvia de canopias de colores. Su velador se relajó de forma manifiesta.
"Antes eras más egoísta." Ahora se preocupaba por cosas de las que jamás le hubiera creído capaz. Le dio rabia que esa nueva faceta de la madurez le gustara tanto.
Ella no había madurado nada. Disfrutó de la renovada tensión que lo embargó cuando se acercó a él. En algún punto del viaje desde la Gran Llanura había perdido la ira irracional. Pero el miedo que lo consumía era palpable incluso para los que no habían conseguido súbitos poderes cósmicos.
Le tomó la cara, sin pensar. Si apretaba, las uñas puntiagudas podrían hacer sangre. Quistis no quería hacerle daño, pero a riesgo de besarlo y sufrir de nuevo su rechazo, sangre sonaba a un compromiso aceptable.
El mercenario la agarró de la muñeca, pero ni toda la fuerza del mundo habría podido pararla. Ambos lo sabían.
– ¿Entiendes ahora por qué te necesitaba en la misión?
– ¿Qué? –El tono era demasiado incrédulo como para ser fingido.
Lo soltó, decepcionada, a tiempo para notar a su sobrina en el umbral de las escaleras. El recelo en su mirada devolvió a Quistis a la miríada de problemas que la acosaban.
– ¿Y bien? –preguntó con frialdad.
– Esthar pide tu rendición. Han activado el protocolo contra las brujas. Los Jardines han sido avisados.
– ¿No les habéis dicho que me habéis sacado vosotras?
– Creen que… –Tragó saliva– que nos controlaste telepáticamente y que somos tus rehenes.
La carcajada que se le escapó les hizo pegar un salto. Sonó alta y tan sarcástica que Quistis se sorprendió de no partirse en dos de pura rabia.
"No será por falta de ganas."
– No sería la primera bruja que lo hace –argumentó Seifer.
– Soy el enemigo perfecto –Lo dijo con sorna, ajena a las miradas preocupadas que intercambiaron sus compañeros–. No importa que no haya hecho nada, se hará de mi un ejemplo lo quiera o no.
– Dime que eso no va a ser una excusa.
Era tentador. Podría liberar toda esa magia que canalizaba sin parar de forma minuciosa en el primer lugar que la miraran mal. Darles motivos para temerla.
– Quistis no lo haría –dijo Yuna, a pesar de que su voz estaba cargada de dudas.
Antes de que pudiera girarse y dar rienda suelta a su creciente frustración para con su ahijada, Seifer decidió hacer gala de una intuición sorprendente.
– Quistis lleva meses aguantando mierda de tantísima gente a la que no le debe ni un gil que, si pudiera, quemaría medio continente. Y ni aún así se quedaría a gusto –Antes que ella se lanzara a darle un morreo, levantó la mano–. Eso no quita que hacerlo nos pondría a todos en una posición difícil. En especial a mí.
El pasado de Seifer no había quedado lo suficiente atrás como para que verlo con una bruja nueva no removiera una oleada de resentimiento. Y esta vez no se conformarían con un pellizco. Cualquier atisbo de anonimato y paz que hubiera podido conseguir en veinte años se desintegraría para siempre.
– ¿Es esto otro intento de renegar de tu contrato?
A estas alturas el contrato que le había hecho firmar podía considerarse papel mojado, pero a Quistis le divertía que el argumento en contra de quemar cosas fuera la posición de Seifer y no el bien común.
– Llevas dos semanas sin pagarme. Podría mandar el condenado acuerdo que me hiciste firmar, recordemos que bajo falsas pretensiones, a tomar por culo.
Y ahí estaba la pregunta del millón. A pesar de los doloroso recuerdos, del peligro a su posición o del simple miedo, Seifer no había dado media vuelta en su alocada carrera.
"Sigues aquí." Si no le conviniera tanto mantenerlo en su sitio, se lo habría preguntado. "¿Por qué sigues aquí?"
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– No es… no es un castigo. Hay cosas que sólo puedo hacer yo y este tiempo no nos hará daño. Aunque no te lo creas yo también quiero lo mejor para nuestra hija. La quiero más que nada en el mundo.
El mensaje seguía y seguía pero dejó de escuchar. Lo había tenido en bucle demasiadas veces. Lo detuvo y se arrellanó en el asiento, una última mirada a los controles. Llevaban volando sin parar cuatro días y estaba agotada.
Sobrevolaban la llanura Mordred y la vista se le perdió a la derecha, al horizonte eterno de bosque que era Grandidieri. El barco de los SeeDs blancos solía usar sus costas vírgenes como refugio y la isla más cerca del paraíso era un conocido lugar de entrenamiento para los veteranos.
"Quizás estén allí ahora, replegándose." Si habían registrado los avisos de movilización de Esthar sin duda sumarían dos más dos sobre su posición. Sólo tendrían que sincronizarse con la nación más avanzada de la tierra para rodearlos. "Eso si todavía les quedan recursos que malgastar."
Si el poder de Quistis no llegaba al nivel de las grandes brujas de la guerra, Lightning se preguntaba cómo debió ser enfrentarse a ellas. Sólo la presión del aire en la Gran Llanura había bastado para hacerla temblar. Pero Seifer y Squall habían sobrevivido a sus poderes. Y Rinoa, cuyo holograma se había detenido en una expresión de culpabilidad, había sido mejor que todas ellas.
"No mejor que Yuna." pensó, en un arrebato de lealtad. La magia de Rinoa era interesante, pero no era un portal entre dimensiones abierto a cada paso. La primera vez que vio a Yuna bailar supo que estaba ante algo extraordinario. Jamás confesaría que había sido incapaz de encontrar nada más bello que eso en su corta existencia.
– Dejame los mandos. Vas a caer muerta en cualquier momento.
No era la voz que esperaba. Habían intentado hacer turnos con Yuna, pero esta debía hacer turnos con Seifer para vigilar a Quistis. Pero Quistis estaba en el segundo asiento de a bordo, con cara de circunstancias y la esclerótica de los ojos negra. Igualita a uno de los demonios pintados en los mosaicos del templo de Centra.
Se giró para buscar a sus guardaespaldas, pero estaban solas en el puente de mando. Los labios rojos de Quistis se tornaron en una sonrisa sarcástica.
– Están los dos roque.
– ¿Es que has…?
– No, por Hyne, no les he hecho nada. Se han relajado, eso es todo –Los gestos efectivos y profesionales con los que se transfirió el control del panel de mandos le recordaban a su jefa de siempre–. No los culpes, lleváis demasiado con los nervios a flor de piel.
– Un SeeD nunca…
– No son SeeDs –se encogió de hombros–. Y bastante han pasado ya.
Le hizo un gesto con el brazo y las manos negras como el carbón capturaron su atención. No había piel que pudiera tener ese color, a menos que no se hubiera embadurnado de brea. Quistis podía esforzarse en tratarla como siempre, indicándole que se fuera a descansar, como si estoy fuera una misión normal y hubiera acabado su turno.
– No puedo dejarte sola –respondió con seriedad. Estaba dispuesta a enfrentarse a ella si hacía falta.
Pero su jefa no se transformó en furia asesina, ni tampoco tomó el papel de instructora y la reprendió. El suspiro que soltó sonaba a milenios de agotamiento.
– Pues duérmete aquí. Pero duerme. No me servís de nada en este estado.
– ¿Servirte de qué?
– Esto no ha terminado. El objetivo no ha cambiado. Si acaso, lo ha vuelto más urgente. Debemos encontrar a Rinoa.
Rinoa. El video holograma mostraba el cráter de Trabia al fondo, una pista tan buena como cualquier otra. Corrían hacia el norte, hacia aquella que les daría respuestas.
– Squall sabe a donde vamos.
– Palabra clave, "urgente".
El escudo del humor era algo que entendía, aunque no lo compartiera. La ventana de oportunidad en la que Lightning se sentía cómoda para hacer bromas era estrecha y esa no era una de las veces. Se habían enemistado con medio mundo.
Pero durmió, a su pesar. Era cierto que estaban agotados y tensos como los cables portantes de un puente. El Lagunamov era un lujo en comparación con el Liki, pero lo que estaba en juego era más ahora que una mujer desaparecida. De vez en cuando Quistis se levantaba y bajaba a la bodega y Lightning contaba los puntos que se iban esfumando en el radar.
Para cuando sobrevolaron la cordillera de Vehn, al mensaje de Rinoa que vivía en el salpicadero se le sumó el ultimátum de Squall.
– No me queda otra opción que ordenar la batida del Lagunamov. Todavía tenéis la opción de volver y poneros al servicio de la justicia esthariana.
Seifer apagó el mensaje con brusquedad.
– Gilipollas.
– No puedes culparle por cumplir su deber –reprendió ella.
– Sabe perfectamente que no puede seguir mandando juguetes al parque y está intentando meter miedo. Que venga en persona a hacerlo.
– Por qué, ¿Es que vas tu a meterte en medio?
Seifer pareció sorprendido de la contestación pero se recuperó con flamante rapidez. No sabía porqué las pagaba con él, cuando lo habían rescatado por esa misma razón. Pero estaba en la misma habitación, Yuna seguía haciéndole ojitos y la pulla de Squall todavía dolía. Era el blanco ideal al que dirigir su cansancio.
– ¿Yo? Le ayudo a girar la llave del orbe si hace falta.
"Mentira."
– ¿Entonces?
– ¿Entonces qué? No dejará de ser gilipollas –Como siempre, esa vía de discusión no llegaba muy lejos–. El mensaje también va para ti, SeeD. Te espera la expulsión como te pillen.
La imagen de lo que era un futuro sin Jardín la observaba, arrogante, desde la puerta de la cabina de mando. Ojeras y futuro desperdiciado. Tragó saliva y ahuyentó la pesadilla de una vida mercenaria de su mente.
– No si arreglamos el problema.
– La insubordinación quedará en tu expediente por mucho que escondas la bruja bajo la alfombra. Y ya sabes qué pasa con esas manchas: Se acabaron las misiones de rango S.
Le enfrentó la mirada desde la otra punta de la sala y cuando él hizo amago de irse, el mal humor que la atenazaba se le escapó por la boca antes de que pudiera controlarlo:
– Según tú –espetó– ¿Debería haberos dejado pudriros en prisión?
"Nada de esto estaría pasando si hubiéramos dejado a Quistis en Esthar. No seríamos fugitivos y Squall no estaría pensando en mí como en un fracaso."
Seifer fue rápido. Se giró y en tres zancadas estaba a centímetros de su cara. Lightning ni se inmutó. Había aprendido bien de Quistis y no dejaba que las amenazas físicas hicieran mella en ella. Aunque el gesto la hubiera desconcertado.
– Sí –dijo él, muy serio–. Os honran los esfuerzos, pero si eres el Caballero de la Bruja que dices ser debes mirar por tu bruja. La próxima vez que estéis en peligro, pillas a Yuna y corres lejos. Basta de heroicidades de mierda.
Su bruja. Pensar en Yuna como suya le provocó una corriente eléctrica por todo el cuerpo. Se centró en el consejo de Seifer antes de que un sonrojo la delatara.
No era un mal consejo, pero Lightning se resistía a aceptarlo.
– Un SeeD no…
– Basta de heroicidades de mierda.
– ¡No! – dijo una voz desde la puerta. "La que faltaba." pensó Lightning con desazón al ver a Yuna – ¿Por qué dices eso?
– La que faltaba –murmuró Seifer, tan bajito que sólo ella, a diez centímetros, la escuchó.
Squall podría estar orgulloso de ella: Le invadió un profundo horror al haber pensado lo mismo que Seifer, al mismo tiempo. De todos los pasajeros del Lagunamov, él era la última persona con la que quería estar en sincronía.
"Estás aprendiendo de él, te guste o no. De esto te estaba avisando."
– Estamos juntos en esto, Seifer.
– No, niña –Supo, como sólo sabía estas cosas con Yuna, que el apelativo la ofendería– Os han metido en esto. Puede que Trepe tuviera buenas intenciones, pero esto os sobrepasa.
– ¿A nosotras? –contestó Lightning, incapaz de callarse. Seifer no era su superior y la presencia su bruja daba vitaminas a su genio – Llevas desde el principio de la misión corriendo en la dirección opuesta. No quieres estar aquí y no sabes cómo salir de esta.
– Y si fueras lista, tú tampoco.
– ¿No quieres estar aquí? –preguntó , dolida.
Era el tono exacto para hacerlos sentir culpables a los dos. Seifer se mesó el cabello y Lightning apretó los labios. Desenmascarar al impostor había sido uno de sus objetivos desde el principio, pero nada de eso valía la pena si a Yuna se le nublaban los ojos.
Los tres fueron a hablar al mismo tiempo, sin duda para enzarzarse en una discusión que duraría lo que quedaba de viaje, pero ninguno fue capaz de abrir la boca. De forma literal. Lightning trató de despegar los labios y no lo consiguió.
– El cráter de Trabia está bajo nuestros pies –La voz de Quistis era sepulcral, un recordatorio del verdadero peligro–. Pero no os habéis dado cuenta porque lleváis una semana sin dormir y ya no sabéis contra qué revolveros.
Lightning había hecho un esfuerzo desde el principio en reconciliar la imagen de su instructora favorita con la mujer imponente y monstruosa que se alzaba sobre ellos. Era bella de una manera terrorífica, los ojos negros y los labios rojos sobre una piel que había perdido todo el color, a excepción por las venas multicolor que abrazaban sus sienes. La esclerótica había vuelto al blanco, pero las pupilas seguían siendo una línea de reptil y los ojos le rielaban.
Nunca era una buena señal cuando los ojos le cambiaban de color.
– Ojalá pudiera liberaros de vuestra carga, pero el tiempo apremia. Bajemos.
Los tres tomaron una enorme bocanada de aire cuando salió al pasillo. No importaba cuánto tiempo les hubiera durado el hechizo, la presión en el ambiente había sido tan fuerte que no se habían atrevido ni a respirar.
– Cuando dice liberarnos…
Ninguno supo qué contestarle.
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El suyo era un planeta marcado por la Luna y el cráter de Trabia era un amargo recordatorio. El mejor trabajo que había hecho jamás el Jardín había sido aunar los estudiosos sobre la Lágrima a través de los continentes. La base de datos de los monstruos y las mutaciones estaban accesibles entre todos los grupos de investigación y Balamb había hospedado el congreso internacional cada año.
Había sido idea suya. Pero como todas las cosas que salían bien, se dio por sentado más rápido de lo que supo apreciarse.
Las nieves eternas de los Vehn los rodeaban, pero ella no sentía frío. La capa y el burbujeo constante de magia que trabajaba a través de sus canales era una fuente de calor que su equipo, arrebujado en chaquetas, no disfrutaba. Estuvo tentada de lanzar un hechizo Piro que los siguiera pero se detuvo al recordar la última semana en el Lagunamov. La confianza de todos pendía de un hilo y Quistis no iba a arriesgarla por un gesto amable.
Sería otra cosa que no sabría apreciarse.
La única que la seguía de cerca era Yuna, siempre atenta a pesar de la aprensión. Que brillantes se habían visto en su huida y que rápido habían cambiado el ingenio por la culpabilidad. Al igual que el orbe de contención había sido un destello de un posible y desagradable futuro, también lo era la mutación de bruja que la arrastraba por todo el globo.
Había prometido un interrogatorio feroz a su sobrina política, pero sabía demasiado bien sus razones como para que valiera la pena otro enfrentamiento. Sobretodo uno que desestabilizara el precario equilibro en el que estaban los cuatro. Podía masticar la tensión del cuerpo de Yuna.
– ¿Qué podríamos encontrar aquí? –murmuró a sus espaldas –Mi madre ya hace tiempo que se fue.
– Pensaba que querrías levantar cielo y tierra a la menor pista.
– Es sólo… está tan desolado.
"Esto no es nada." Igual que la Gran Llanura de Esthar había recuperado el verde, el cráter volvía a mostrar signos de vida. Alrededor del centro calcinado la hierba empezaba a hacer suya la tierra levantada por el impacto de las pruebas con el Lunatic Pandora.
A ese centro se dirigía Quistis, sin dilación. Le sorprendía que Yuna preguntara cuando las señales de un cristal eran tan claras. O más bien de los restos de un cristal. Estuvo tentada de enviarla a por los dos que habían conseguido, ver si podía despertar alguna reacción, pero una presencia en el centro mismo la distrajo.
– Ah, ya me imaginaba que aparecerías.
– ¿Quistis? –preguntó Yuna, confusa.
La otra bruja no podía ver la figura vestida de blanco y verde que las estudiaba. La presencia espiritual de Eleone era un suspiro frágil que podría evaporarse ante el menor soplo de viento.
– Me ha costado demasiado tiempo conectar contigo, Quistis.
– Y a mí entender quién me mandaba las visiones. ¿De verdad tenías que hacerlo tan complicado?
– Ha sido difícil. Tus poderes me bloqueaban el camino.
– ¿Estás…? –empezó Yuna, quien se resistía a acercarse más. Seguramente hablar sola no entraba dentro de su baremo de baja peligrosidad.
Por el rabillo del ojo notó el movimiento a lo lejos. "Lightning, sin duda." Habría leído el lenguaje corporal de Yuna a kilómetros y saltaría a por ella al menor indicio de incomodidad.
– ¿Dónde está Rinoa? –Fue al grano.
Eleone le había mandado avisos desde el principio. Los había confundido con los dolores de la transformación y sólo cuando su significado se esclarecía con el tiempo pudo hilar que había alguien que trataba de comunicarse con ella.
Pero ahora que por fin podían hablar cara a cara se mostraba esquiva. Preocupada.
Quistis se impacientó.
– Esto no puede seguir así, lo sabes, no?.
– Lo sé. El nivel de poder que manejas es superior al que un cuerpo humano debería soportar. Deberías estar muerta, Quistis.
– Estoy empezando a hartarme de esa frase –Se acercó al fantasma que le hablaba y buscó su presencia con disimulo. Era tan huidiza como su dueña–. Quisiera pensar que nadie me está subestimando.
– Sabes que lo digo con admiración.
– No me mientas en este estado, Eleone. Puedo oler tu miedo desde donde quiera que estés.
Había acerado la voz y la tensión de Yuna se disparó al instante. La envolvía como si hubieran cubierto sus espaldas con un chal.
– ¿Por qué confundes miedo con preocupación? No necesito los sentidos agudizados que has desarrollado para ver que te consume la cólera.
Eleone era su única pista. Había pasado meses sufriendo como un perro para que ahora trataran de aplacarla con subterfugios. No podía esperar más y decidió dejarse de banalidades. Alzó el brazo y relajó la mano donde el brazo de Eleone debería haber estado, aunque sólo notara aire.
– ¿Dónde está Rinoa?
– ¿Quistis? –Yuna ya no sonaba confusa sino aterrada – ¿Qué estás haciendo?
– Viéndote, no creo que debas verla –Eleone sacudió la cabeza–. No quiero más daño para nadie.
Ignoró la respuesta diplomática y se concentró. Tenía que haber substancia que materializar. Las ínfimas corrientes de aire que dibujaban la luz con la que Eleone podía recortarse a su vista estaban ancladas al plano físico en algún punto. Usó Electroshock a través de esa esquina dimensional para forzar la energía de la bruja a corporeizarse con más fuerza.
– ¿Qué hace Eleone aquí? –preguntó Lightning, a su espalda. Parecía que iba a decir más pero algo la acalló.
"Pero ha funcionado." La visión ya era visible para todos, su presencia en esa dimensión más fuerte que desde la que estuviera proyectando. Ambas miraron la mano que mantenía erguida, agarrando un brazo que todavía no existía.
– Si no hago que aparezcas, me llevarás contigo a donde estés –La mirada que la otra le dedicó le partió un poco el alma–. Tengo que terminar esto cuanto antes.
– ¿La vas a matar cuando la veas?
El bufido de horror a su espalda casi podría contar como respuesta.
– No –contestó, indignada– ¿Por qué haría algo así? ¡Hay que solucionar el problema y no puedo hacerlo si Rinoa huye de mí como una rata!
– Tus ojos negros… –Si habían dudas del miedo en su voz, ese último temblor se las disipó– Quistis.
La mano de Eleone se posó en la suya y, por fin, notó algo. No había el calor de un cuerpo ni el peso de la carne, pero era sustancia donde antes había habido una ilusión. Su poder hacía efecto pero algo iba mal. Quiso detener el flujo de Electroshock pero el tirón continuó, más fuerte si cabe.
Alguien estaba usando su límite en su contra.
– Pensaba que no querías más daño para nadie –Si hubiera podido verse habría aceptado que la sonrisa irónica se le veía terrorífica. Pero Quistis había evitado mirarse en el espejo desde que había escapado y sus ojos sólo estaban pendientes de una Eleone mucho más decidida que hacía unos minutos.
– Tengo que intentarlo. Por ti.
Ojalá fuera honesta en sus buenas intenciones. El límite las ataba la una a la otra y notó el campo de energía crecer a sus pies. Una barrera hexagonal que la rodeaba. Una protección.
Una cárcel.
No podía soltarse de la ilusión, pero giró el cuerpo para avisar a sus cadetes. Lightning no tendría la sensibilidad mágica necesaria para notar el peligro y Yuna no tendría el sentido común para apartarse a tiempo.
Pero su protegida tenía otros planes. La vio con las manos extendidas sobre la barrera, fortaleciendo los enlaces que Eleone no pudiera alcanzar. Era el plano físico que se necesitaba para que el hechizo tuviera efecto. Era su carcelera.
Estuvo tentada de reír. ¿Por qué no? La traición se venía mascando en el tiempo, pero era hasta ridículo que se la hubiera hecho por la espalda. Poético, sí, y ridículo también. No le hizo ninguna gracia.
– ¿Para qué liberarme… –jadeó del súbito dolor– entonces?
"¿Para darle una lección a Squall?" Si había sido utilizada como rebeldía adolescente iba a ponerse de muy mal humor.
– Quistis, es para liberar tus poderes –Sonaba culpable, un pobre consuelo–. Si una bruja puede renunciar a ellos, una humana tiene que poder deshacerse de los suyos.
– No así, Yuna –gruñó entre dientes–. Sin preparación mental, el dolor sólo obligará a mi cuerpo a replegarlos.
– ¿Eleone?
– Puede que duela. Pero no será peor que lo que ha aguantado hasta ahora. Y si sale bien…
– Quistis volverá a ser la que era.
Ese tono esperanzador fue la última lanza en la traición. "La que era" había puesto en marcha una rueda de dolor y dudaba mucho que Yuna la quisiera de vuelta. Los apacibles tiempos en los que la llevaba de excursión a la cueva de Ifrit ya no volverían.
Pero eso no era lo peor.
– Hay cosas rastreras y luego está esto –concluyó la única voz masculina del grupo. Era el último en acercarse y habría podido ver toda la escena desarrollándose a la perfección.
– Almasy, ni se te ocurra acercarte un paso más –Lightning dudaba de los métodos, pero jamás lo haría de proteger a su bruja. En eso era ejemplar.
– Que baje Cosmos y os vea la sucia trampa que os habéis montado aquí –Quistis no lo veía, se había encogido con los embates de Electroshock que navegaban por sus venas. Pero la rabia callada de Seifer la hizo sentir un poco mejor.
Eran los mismos golpes que al principio de toda la aventura, cuando había notado la energía arderle desde el centro del pecho. Había sido noche cerrada y el sueño con Rinoa se había tornado oscuro y vengativo. Tenía claro ahora, viendo los poderes de Eleone, que no había sido un sueño sino el aviso de lo que iba a venirle.
Como aquél primer mes, en el que apenas se tuvo en pie, desmontó los muros con los que había construido toda su personalidad y gritó. En el Liki no había habido nadie para escucharla, pero aquí todos dieron un paso atrás. Incluida la ilusión de Eleone.
Tampoco había ayudado que con el grito una onda expansiva de aire recorriera el cráter. Pero ya no podía preocuparse de rasguños o árboles caídos.
– Esto… no es una buena idea –sentenció Lightning. Como siempre que tomaba una decisión, el tono era tajante.
– ¡Increíbles declaraciones! –ironizó Seifer, quien dio un par de zancadas hacia Yuna– Suelta el campo de energía.
– ¡No puedo! Detener el influjo ahora podría matarla de verdad.
Para su desgracia, era cierto. No era un hechizo que se pudiera dejar a medias. El sufrimiento debía llevarse hasta el final o no llevarse. No fue un consuelo para la mujer que se debatía en el centro del hexágono y no evitó que perdiera menos el control.
La tierra tembló, de nuevo. Otro remolino de nubes se agolpó sobre sus cabezas.
– Otra vez no, joder.
Seifer tenía razón, claro. Ya habían vivido más de un cataclismo con ella y el dramatismo atmosférico empezaba a ser más irritante que aterrador. Al menos ella estaba hasta las narices de experimentar las consecuencias de un desbordamiento una y otra vez.
Los poderes no menguaron. Su cuerpo no iba a deshacerse de algo que ya había integrado y que, además, la mantenía con vida. Estaba demasiado bien entrenado para eso. Desconectó Electroshock y mandó la ilusión de Eleone de vuelta a donde quiera que estuviera, como una bofetada espiritual.
No fue consciente de girarse y acerar las garras en una lanza. Para cuando Yuna gritó la mano de Quistis ya se había convertido en un arma mortal de metro y medio, afilada, que atravesó la barrera como mantequilla y se clavó en el torso de Lightning.
"Siempre atenta." Pensó la parte que pugnaba por recuperar el control. Los reflejos de la SeeD habían sido más rápidos que su mente, interponiéndose entre su bruja y el peligro. Pero lo único que había conseguido era ralentizar lo inevitable. Las uñas la habían traspasado y llegado al cuerpo de Yuna, que escupió sangre.
– ¡Seifer! –gritó Quistis, tan imperiosa como asustada.
Si Lightning había sido rápida, el corte que le rebanó el brazo fue a velocidad de la luz. Evitó que las uñas siguieran creciendo y expandiéndose. Permitió a Quistis recuperar el control y forzar a su cuerpo en preocuparse por la herida y no en atacantes a los que liquidar.
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El principio de la primavera se olía ya en la hierba mojada. O eso habría dicho si pudiera salir de su despacho en lo que llevaba de semana. Recuperarse del invierno siempre era duro en esas latitudes, pero había que sumarle el protocolo activado. Cuando pactaron el reglamento para esa situación en el congreso de Jardines jamás imaginó que se daría la situación. ¿Cuántas veces en la vida tenía una que preocuparse por las brujas?
Se quedó embelesada con la grúa que se veía desde su ventana y pegó un salto cuando la puerta se abrió de par en par.
– ¡Lucil, estoy trabajando! ¡Aunque no te lo creas!
No era Lucil, sino alguien más bajito y demasiado parecida a su padre.
– ¡Mamá, una emergencia!
– No me la vas a colar otra vez con las esferas. Ya te dije que no quería que estuvieras con las granadas sin haber pasado el…
– ¡Hostia puta, mamá, que no va de eso! ¡Una emergencia de verdad!
– ¡Rikku! ¡Esa boca!
Rikku se hizo la contrita durante un segundo para luego recordar que tenía prisa y levantó a su madre de la silla. Ahora que ya competían en altura y fuerza, su hija se le antojaba a veces un reflejo de sí misma. "Demasiada energía y ganas de explotar cosas".
Habría reído si no fuera su madre, la supuesta encargada de controlar su disciplina y buen hacer.
– ¡Ves! ¡Han llegado heridos!
"Que no tenga que ver con el protocol, que no tenga que ver con el protocolo." rezó, para sus adentros. Con los deshielos había muchas naves y viajeros que quedaban varados en calas o ríos. Trabia estaba preparada para averías y pequeñas emergencias pero no quería imaginar ver envueltos a sus SeeDs en un peligro de verdad.
– ¿Dónde está el capitán?
– Han venido con el rubio ese, amigo tuyo –Pronunció la última frase con el desdén habitual con el que hablaba de alguno de sus ex. "Los amigos de mamá" era un título tan ofensivo como innecesario.
Pero algo no cuadraba. Rikku podía no estar de acuerdo con que su madre ligara, pero se tatuaba hasta el más ínfimo dato de cualquiera que se acercara a medio metro de ella. Si había sido una conquista, Rikku sabría el nombre.
– ¿Qué rubio?
Invocado, apareció en el pasillo de carga entre medio de varios trabajadores. Era altísimo y Selphie pegó un silbido cuando lo repasó de arriba a abajo.
– De verdad, mamá, ¡Que asco!
Eso la hizo reír entre dientes, divertida ante el puritanismo adolescente. Pero a la que el rubio buenorro se le acercó se le cortó la diversión de golpe. Habría reconocido esa cicatriz en cualquier parte.
– ¿Seifer?
"Oh, no."
– ¡Tilmitt! –Se acercó hacia ella de un par de saltos y Selphie trató con todas sus fuerzas de controlar su mueca de fastidio– Déjate de caras y trae médicos. ¡Todos los que tengas!
"Otra vez no."
Recordaba muy bien la última vez que Seifer se había personado en su Jardín. Había admirado el gesto de jugarse la entrada en territorio hostil una vez. Una segunda parecía temeridad innecesaria.
– ¡¿Esa no es Yuny?! –chilló su hija.
Podría haberse partido el cuello de tan rápido como lo giró. Yuna y otra chica empaladas por una pieza de metal brillante y manchando toda la camilla de sangre. Antes siquiera que nadie pudiera parpadear ya había desenrollado sus nunchakus.
– ¡¿Qué le has hecho a mi sobrina?!
El bufido resignado de su enemigo podría haberla puesto sobre aviso, pero la última vez ya tuvo que darle un escarmiento. Y no habían pasado ni cuatro años desde entonces.
– Tilmitt, aligera el genio –esquivó con pericia el ataque pero chocó contra uno de los carros y tuvo que saltar a un lado para evitar que el metal le pegara en las costillas– ¡Mierda, esta vez no tengo nada que ver! ¡Ha sido Trepe!
– ¡Inventate otra excusa!
– ¡Joder, que te lo digo en serio!
Habría sido divertido verlo saltar por cajas y asideros si no fuera porque su hija estaba mirando y no era de recibo que la viera disfrutar con la violencia. Por decimonovena vez en un año.
– ¡Al igual va a ser cosa de Quistis!
– ¡Comandante!
Esa voz sí que la reconocía. Lucil emergió entre la gente de la plataforma de descarga, impoluta y eficiente como siempre. Parecía inquieta, una muy mala señal para alguien como ella.
Pero era alguien en quien confiaba y escuchó una historia que sonaba peor y peor a cada frase. Que el Lagunamov estaba en el Jardín de Trabia, su señal anonimizada para que nadie supiera que estaban allí. Que los pasillos olían a sangre y que su sobrina y una SeeD de Balamb habían sido atacadas por… ¿Un brazo metálico?
– Te juro por Hyne, Seifer. Otro marrón de los tuyos en este momento… ¡En el pero momento! –buscó calma y paciencia en el azul del cielo y, cuando no la encontró, se giró a su nuevo problema– ¡Y baja de ahí!
– ¡Guarda el arma!
– ¡Te puedo pegar igual con los puños! –Pero enrolló el nunchaku y dejó que el mercenario se acercara al grupo sin daños ni prejuicios– Rikku, ves a la enfermería con Yuna. Mantenme informada del estado.
No quería que la chica viera los supuestos pasillos manchados de sangre. Ni la supuesta presencia encerrada al final de uno de ellos. A juzgar por la gravedad con como la describía Lucil, no era un monstruo común.
– Nadie es capaz de acercarse a la puerta –su subalterna le dedicó una mirada nada halagüeña al rubio– y Almasy se niega a abrirla.
– Te he pedido un médico y te has negado.
– No dejaré ningún médico de este Jardín a merced de una trampa.
Ante las tablas, Selphie decidió sacar los galones e investigar por su cuenta. Seifer había reaccionado con violencia ante la idea de su equipo de soldados entrando en el cubículo de la bestia, pero había aceptado que Selphie hiciera una primera aproximación. Sola.
– ¡Ni hablar! –Había anunciado Lucile.
Así que pactaron que entraría con Seifer.
– El único dispensable –añadió Elma, que se había acercado a apoyar a su jefa. En honor a Seifer, este ni se inmutó con el insulto y aceptó acompañarla.
– Si es otro cadáver, te juro que…
Se cortó de golpe. Selphie tenía un alta sensibilidad mágica y el aire dentro de la nave se masticaba con ella. La última vez que sintió la atmósfera tan cargado fue al entrar en el castillo al fin del tiempo. Había rezado porque este momento no sucediera desde el instante que recibió la orden de Squall.
"Seifer no sería tan estúpido." Selphie sabía que estaba posponiendo lo inevitable. No había manchas de sangre, pero el aire era tan opresivo y la coincidencia tan obvia que una mano ya se había posado en su comunicador. Se detuvieron en una puerta cerrada y no pudo evitar tragar saliva.
– Sólo te pido que no te pongas histérica –avisó Seifer.
– La madre que te parió, Seifer, ¿Crees que es momento de ser…? – Podría haber dicho mil insultos pero la puerta se abrió y se le atoraron todos al fondo de su garganta.
Había visto a su amiga suficientes veces como para reconocerla de espaldas, aún con la capa y la capucha. Estaba sentada y miraba por la ventana y, cuando se giró, Selphie ahogó un grito de horror. Los irises relucientes sobre fondo negro no eran de nadie que conociera.
– ¡Hyne bendito!
– Ya sé cuál va a ser tu primera reacción –empezó el rubio– y te pido que tomes la vía pacífica por una vez. No va a ser fácil pero debes mirar más allá de las pintas y…
– ¿Qué te ha pasado en el brazo?
Se acercó al muñón sangrante que Quistis mantenía entre paños. En circunstancias normales habría salido pitando a por médicos, pero estas eran las más extrañas en las que se había visto nunca.
– No me duele, Selphie.
– Oh, Quisty, ¿Qué demonios ha pasado?
– Te lo cuento luego yo –Seifer también se acercó a la luz–, ahora tienen que verla.
– Ya te he dicho que no hace falta –insistió Quistis con el tono de voz de quien ya ha discutido algo varias veces–. Sólo necesito recuperar mi brazo cuando las liberen.
– ¿Eso era tu brazo? –Se le fue la mirada al otro, el que sostenía las vendas de tela, y la piel negra le dio escalofríos. Se llevó las manos a la cabeza– Ai madre, ¿Qué le voy a decir a Squall?
– Squall no debe saber que hemos venido.
– No tardará en deducir que estamos aquí –El rubio se encogió de hombros, casi tan poco preocupado como su compañera– Es la opción lógica cuando no nos encuentre en el cráter.
– El protocolo… ¿Cómo puede ser? –La voz le escaló varias octavas. En una situación normal, la persona que más se preocuparía por un protocolo y Squall no sería ella.
Pero Quistis, aparte de un obvio cambio físico, había hecho un cambio mental en el que la mención del héroe más sonado de la Guerra de las Brujas sólo provocaba un parpadeo cansado.
– Es una historia demasiado larga. Y me gustaría que nos centráramos en Yuna y Lightning.
"Empaladas con tu brazo."
– Debería reportarte. El protocolo B de segundo orden…
– Sé bien lo que dice el protocolo, estaba allí cuando se escribió. Pero si me entregas, tendré que hacer daño a tu Jardín.
Era inaudito estar en esa situación. Nadie cumplía mejor las reglas que Quistis. En los veinte años que se conocían había sido ella, y no Selphie, la que los había arrastrado a todos al mundo de los reglamento y las normas. Se había ganado el apodo de Reina del Hielo por ser tan escrupulosa que ni sus allegados cercanos se salvaban del mazo de la ley.
– Me estás… ¿Me estás amenazando Quisty?
– Sí.
Miró a Seifer, quien había tratado de poner tierra entre ambas. Enfrentó la mirada de incredulidad de Selphie con una de inocencia.
– ¡Yo sólo soy un mandado!
– Eres la variable más sospechosa en todo esto –Tenía que ser él–. Quistis jamás haría algo así.
– Empiezo a pensar que conocéis muy poco a Quistis Trepe.
No era ese el problema. Reconocía a la soldado implacable en cada palabra pero era difícil reconciliarse con la idea que, esta vez, el enemigo a batir no estaba al otro lado. El enemigo era ella.
Saber, de forma tan íntima, como se desarrollarían los acontecimientos, no le hizo sentir mejor. No la amenazaría en vano y Selphie no tenía forma de combatir el poder que se insinuaba en esa habitación. De todos, Trabia era el Jardín que más se había alejado del objetivo inicial.
No tenían armas contra una bruja.
.-.-.-.
A pesar del vaivén constructor más allá de los confines del Jardín inicial, el aire se respiraba limpio. Habían excavado hangares en la roca de la montaña que le daba una visión privilegiada de los campos hidropónicos y los invernaderos. Había pisado los caminos recién asfaltados hacía unos años, pero incluso unos años sabían a décadas a la velocidad de los cambios.
Podían salir con libertad. Selphie había cumplido y los había tratado como una nave más en busca de refugio. Si algo pasaba no sería más que por la enemistad histórica que los trabianos veteranos le tenían.
No estaba acostumbrado a Trabia, un Jardín que no era Jardín, y cuyos SeeDs eran más ingenieros que soldados. Selphie había abandonado rápido los preceptos fundadores y abrazado una vertiente mucho más pacifista. El ambiente era más relajado pero más peligroso para alguien como él.
En un Jardín había jerarquía y las órdenes se cumplían. Si Seifer tenía permiso para pasearse podría hacerlo a excepción de unas malas miradas. En ese Jardín la sensación era más como andar en un pueblo y Seifer sabía bien cuán rápido se tomaban la justicia por su mano en los pueblos.
– No tienes que salir, si no quieres –Había dicho Quistis al ver sus nervios.
Ella podría aguantar con las raciones de viaje y la claustrofobia de la nave, pero Seifer se sentía como un gato enjaulado.
Un gato enjaulado culpable.
Había salido por la simple razón que no podía esperar a que alguien se acordara de ellos para comentarles que Yuna y Lightning estaban muertas. Si tenía que vivir con más difuntos a sus espaldas quería al menos tener primera fila al desastre.
Pero sus compañeras no estaban siquiera al borde de la muerte. Tumbadas en camas contiguas, respiraban con facilidad. Inconscientes sí, pero estables y recuperándose. Era un milagro y tuvo que pincharse en el dorso de la mano para creérselo.
Su incredulidad fue imitada por el rostro que se encontró al salir del edificio médico. Había utilizado la trasera para evitar que nadie lo viera, pero el chico había tomado un atajo y chocó contra él, haciéndole caer la bola que cargaba. Cuando fue a devolvérsela, lo reconoció al instante.
"Oh, no."
– ¿Seifer? –Había crecido pero seguía con la misma voz de inocente bondad de siempre.
"Otra vez no."
– No –dijo, como si fuera a cambiar la percepción de su presencia el decirlo en voz alta. Recuperó su bolsa de inmediato y dio un paso atrás.
Como con toda la gente a la que había tenido la desgracia de herir, sabía que los juicios sumarios se cruzarían en su camino cuando menos se lo esperaba. Sólo que no contaba con que alguien pudiera sentirse agradecido por sus actos en vez de maltratado.
– Hyne, ¡Seifer Almasy! –Sin ningún tipo de miramientos se le lanzó a los brazos.
Fue horrible. Era afecto genuino del que pocas veces había sido sujeto. Ya no era un niño y el abrazo fue lo suficiente fuerte como para sorprenderlo. Eso y el incómodo cosquilleo del afro en su nariz.
"Me había olvidado de él." Hacía dos meses que había tenido un juicio en su honor, pero habían pasado tantas cosas que lo último en lo que había pensado es en la situación de Dajh Katzroy.
Pero Dajh no lo había apartado de sus pensamientos. Los tres años que había pasado en Trabia como cadete lo habían convertido en un chico animado e inteligente, que valoraba las oportunidades recibidas. Alguien que malinterpretaría las intenciones prácticas de Seifer por altruismo y responsabilidad.
– ¡No me puedo creer que hayas vuelto! –Lo siguió hasta el comedor con tal alegría que fue incapaz de rechazarlo.
Empezaba a sospechar que tenía problemas con la atención positiva. En especial de niños.
– Veo que te has hecho mecánico.
– ¡Estoy en tercero! Me han dicho que podría irme a Balamb a estudiar vuelo, pero creo que me está gustando esta parte –Hacía malabares para engullir la comida y hablar a la vez, pero Seifer tenía experiencia con terribles modales y podía descifrarlo bastante bien–. Oh Hyne, pero si necesitas un piloto soy tu hombre, eh? –Abrió los ojos como platos, excitado ante la repentina idea– ¿Necesitas un piloto?
Notó las miradas de la gente que iba y venía de la cantina. Los aspavientos de Dajh pronto llamarían la atención sobre su presencia.
– Lo último que necesito ahora es otro cadete empollón agarrado de los pantalones –le ladró sin miramientos. Nunca los había tenido con Dajh, quien tendía a pecar de entusiasta.
Pero este ya había vivido suficiente tiempo en un Jardín, por muy remodelado que fuera, y los ladridos eran un pan bastante habitual.
– No me digas que tienes cadetes a tu cargo –Sólo le faltó la mano en el pecho para acabar de darle todo el dramatismo–. ¿Tomas alumnos y no me lo has dicho?
– No tengo alumnos. No soy SeeD. ¿Cuántas veces te tendré que repetir la misma historia?
– Los historiadores no lo tienen claro, sabes? Si consideraban el momento en el que Dollet fue tomada como misión de…
Gracias a Materia y Cosmos, brujas primigenias y portadoras del poder de Hyne, el omnipresente, alguien apareció para detener el sobrecogedor flujo de información. Seifer hubiera besado el suelo por donde pasaba la chica rubia que se les puso delante.
– Y por eso no te había dicho nada de él.
– Rikku –El chico hizo un mohín y acabó de tragar su trozo de carne–. ¿No tienes otra cosa que hacer? ¿Aparte de molestar y ser una traidora?
– Tenías refuerzo con Elma hace media hora.
Por su cara, lo último que quería era ir a refuerzo de nada. Pero la hija de Selphie tenía poder en ese lugar y, por supuesto, no dudaba en utilizarlo. Todo el mundo la saludaba al pasar y ningún chico de su edad podría enfrentarla. Miró a Seifer con curiosidad, sin rastro de miedo. O Selphie había sido discreta hasta con su hija o la chica tenía unos nervios de acero.
Dajh marchó con una retahíla de resoplidos tan sonoros que Seifer estuvo tentado de subirse las solapas del abrigo para evitar las miradas. Era pronto para la cantina, la hora buena para pasar más desapercibido.
– ¿Qué más no me has contado? –le escuchó decir al salir.
– ¿Es que puede haber algo más gordo que tener a Seifer Almasy, "el anti-héroe", entre nosotros?
Que alguien pudiera mentarle de una forma tan frívola era el privilegio de las nuevas generaciones. Ellos no habían sufrido la guerra y las tonterías que vertían de sus bocas a cada segundo eran la muestra de que habían sido protegidos de los errores de la generación anterior.
Era un alivio, por ahora. Hasta que se hicieran más mayores y ya no pudieran sostener la realidad con su prisma de buenas intenciones e idealización. No había héroes en la historia de Seifer, pero eso sólo podrían entenderlo con los años. Él tampoco había entendido la verdad con dieciocho y un montón de fantasías metidas en la cabeza.
"¿Qué habrá oído de todos los que estaban en Trabia cuando fue bombardeada?" ¿Habían pasado ya veinte años o habían pasado sólo veinte años? Juzgar la calidad de las miradas era difícil, pero nadie se le interpuso en el paso ni escupió en su comida.
Lo tomó como un éxito.
El problema de otro aliado en su camino era el inevitable desconsuelo cuando las tornas se giraran. Porque se giraban. En cualquier momento sonaría la alarma, las viejas heridas se abrirían y Dajh ya no lo abrazaría con afecto ni lo miraría como si fuera la mejor cosa después de montar en chocobo.
"Y por eso estaba yo tan estupendamente en el orfanato." No había podido soportar otro Dajh en su camino. Estar sólo era poco precio a pagar si no tenía que sufrir el cariño frívolo de quienes no tienen ni idea. "Pero tuviste que liarte."
"Hablando de liarse."
Se detuvo a tiempo de ver la figura encapuchada salir del edificio médico. Se movía sin pasos, un desliz antinatural que conocía bien. La puesta de sol desaparecía y las sombras eran perfectas para parapetarse. Todavía había ruido y distracciones y todo el mundo estaba demasiado ocupado pensando en la cena.
– Lo sabía –dijo al acercarse a ella–. Sabía que no era normal esa recuperación.
Quistis no se detuvo pero acompasó su paso al de él. Zizaguearon por las callecitas menos transitadas, las que no tenían la piedra decorativa y los árboles.
– No eres el único que está preocupado por ellas.
– ¿Y si tienes una sobrecarga?
– Si alguien puede intentar no cabrearme, estoy segura de que estaremos bien –Pudo notar como lo taladraban con la mirada. Hasta que algo llamó su atención– ¿Eso es para mí?
Tuvo la tentación de tirar la bolsa bien lejos pero no quiso darse un placer tan infantil.
– Puede.
– No necesitas señales de buena voluntad, Seifer. Sigues aquí, que es lo que cuenta.
– Igual sólo quiero que no te vuelvas loca y nos mates a todos por tu bien conocida impaciencia.
– Y sin embargo, no tienes miedo. Te salía a borbotones no hace ni dos días. Pero ahora ni siquiera noto cambios en el latido de tu corazón.
Si había una pregunta velada en sus palabras, se emborronó con el final de la frase.
– Por Hyne, Quistis, no me leas las palpitaciones. Que puto mal rollo.
– Yo diría que hay más cosas que dan "puto mal rollo" de esta situación –pero sonaba divertida. ¿Podía una bruja sonar divertida sin estar derramando tus entrañas por el suelo? Sería esta la primera vez para él.
El Lagunamov tenía una sala acristalada encima del puente de mando. No dudo en acompañarla cuando ella se sentó y desenrolló la tela que envolvía su brazo cercenado. No se asemejaba a nada que pudiera entenderse como uno, era un bloque de metal y ceniza sin forma.
Quistis se desenrolló las vendas del muñón y los hilos de energía que habían quedado amputados empezaron a crecer fuera de la carne. Asieron el trozo de brazo y este empezó a recuperar la forma original.
Era una visión antinatural y fascinante. Cuando Edea y Adel lo tenían bajo su yugo toda su magia se le había antojado fuera de cualquier comprensión. Todo lo que no había estudiado en el Jardín lo hizo cuando terminó la guerra. Entender el poder de las brujas las haría menos temibles.
"Si tan sólo fuera cierto." Saber que los hilos dorados que soldaban el brazo y lo dejaban como nuevo eran los canales de energía por los que la magía fluía no empequeñecía el portento del hecho. Cuando movió la mano de un lado para otro fue como si nunca hubiera sido cortada, Seifer quiso tocarla, notar de nuevo la carne que había sido un objeto inanimado hasta entonces.
Hacía un mes se habría avergonzado de sí mismo.
– Gracias.
Hacía un mes había encontrado la humanidad de Quistis en la Gran Llanura y, desde entonces, no podía dejar de verla como tal. Cada transformación debería alejarla de él, recordarle los monstruos que plagaban sus pesadillas. Hasta que ella volvía a dar un traspiés y dejaba bien claro que no era más que la instructora frustrante y contra las cuerdas que recordaba.
– ¿Qué pasó con Leonhart?
Si la pregunta la sobresaltó, se recuperó rápido. Por algún motivo, los interrogatorios súbitos de Seifer la divertían. Que pudiera reconocer el humor en las pupilas verticales debería haberlo preocupado.
– ¿Dos heridas, en busca y captura y todo lo que quieres preguntarme es sobre Squall?
– ¿No va todo esto sobre él? –Hizo una mueca– Como siempre.
– Sería ridículo, no? Poderes cósmicos y fenomenales sólo porque dos mujeres pelean por un hombre.
– Es ridículo –Se encogió de hombros. ¿Quién era él para juzgar? – ¿Más ridículo que querer comprimir el tiempo para ser el único ser con poder?
– No tienes porqué hacerme sentir mejor.
– ¿Pero lo hago?
– Sabes que sí.
La calidad de su voz le quitó el aliento. Los cuernos y las manos negras lo aterrorizaban, pero luego soñaba con los besos que se habían dado con la culpabilidad de un convicto profeso. Le había gustado desde la vio en la playa, fría y distante. Quistis se había aprovechado de ello, consciente o inconscientemente, con esos poderes suyos.
"Demasiados años solo."
– ¿Vas a contármelo?
– ¿Qué es lo que no sabes ya?
– No me cabe en la cabeza que Rinoa dejara a una presa el suficiente tiempo para que lo cazaras tú.
– ¿Presa? –rió con la mayor tristeza del mundo– Hasta los amantes predestinados pueden terminar. O darse un tiempo tan largo que un hombre que no sabe estar solo se vea abrumado por mis atenciones.
Habría sonado arrogante si no fuera creíble. La madurez de Quistis sólo hacía que darle vitaminas a una belleza explosiva. Los cadetes habían tenido problemas para concentrarse cuando tenía dieciocho y poca idea de qué hacer consigo misma. Pero ahora…
– Lo pillaste en bragas.
– O más bien me pilló él a mí.
No sintió celos. Si él fuera Squall se habría dejado hacer como chocolate fundido.
– Rinoa vino a verme –confesó–. Cuando tuvieron la pelea.
– Lo sé.
Por supuesto que lo sabía. Había ido directa al orfanato con la información en la mano. Lo que antes lo habría inflamado de furia ahora sólo lo irritaba. Lo que ya era un logro.
– Te mentí en la cara, Trepe. Me sorprende que no me lo retraigas.
– No tenías información que pudiera servirme –Fue su turno en encogerse de hombros–. Imagino que Rinoa te lloró un poco, arrimó otro poco y se largó sin mirar atrás cuando vio que eras más carga de la que ella podía tratar.
Insinuar que Rinoa lo había utilizado para un alivio rápido era una jugada sucia. Eran palabras para hacer daño y dejó que lo inflamaran de furia. Sabía cuando estaba siendo azuzado y no le gustaba nada.
– ¡Si crees que todos…
– … somos como tú! –lo interrumpió Quistis. Con el rostro tan blanco parecía impasible pero la voz le temblaba– No, no todos quieren un polvo sin explicación sólo para mantener a ralla la soledad. Luego la persona se pregunta qué hizo mal cuando estos se suceden y suceden pero el único calor que queda es corporal. Qué hizo para merecer tanto rechazo.
Podía imaginar las largas noches en Balamb y al comandante manteniéndose libre de culpa si lo único que buscaba es consuelo. Pero la mirada de Quistis lo traspasaba y el silencio se volvió en su contra.
– ¿Estás… hablando de Leonhart?
– Claro que hablo de Squall. ¿Por qué? ¿Te sientes identificado?
"¿Me pregunta si ha hecho algo mal conmigo?"
– ¿Yo te he rechazado? –Se sintió mareado– ¿De qué cojones estás hablando?
Pero ella no contestó. Era inhumana en su palidez, pero tan bella que a Seifer le dolía. Era imposible ser bella con esas venas multicolores cruzándole las mejillas y aún así su miedo y el apabullante poder mágico se mezclaban en un deseo pulsante.
"Te la pone dura una bruja. Cuando pensabas que no podías caer más bajo."
Cuando la bruja se levantó Seifer la tomó de la muñeca. La costumbre le hizo hacer fuerza, como si pudiera retenerla con sus pobres músculos humanos.
– Por la forma en que te late el corazón diría que estás aterrorizado.
Debía darle mal rollo. Se lo había dicho hacía nada. Que inquietante que pudiera leerle las palpitaciones. Ningún humano debía poder hacer eso pero Quistis no tenía problemas en detectar los pequeños cambios de su cuerpo. La muy necia no había pasado de su cintura o no confundiría la respiración acelerada y el corazón desbocado por miedo.
– No estoy tan ida –continuó. Sonaba contrita. "Adorable"– como para castigarte por tu sentido común –Se soltó de él con facilidad–. Si acaso, te aplaudo por tu buen juicio.
"Buen juicio dice" La dejó marchar porque de lo contrario tendría que actuar y no confiaba en si mismo. Un mal gesto y acabaría muerto bajo esas garras de pesadilla. Un buen gesto y la tumbaría sobre la mesa para descubrir hasta donde había llegado su transformación bajo la ropa. No tenía claro a qué quería enfrentarse menos.
.-.-.-.
– Lo siento.
Tuvo la visión de Eleone el segundo antes de abrir los párpados. Se disculpaba por haberla empujado al peligro y la dispensaba de más responsabilidades. Pero el anhelado alivio no llegaba. No se sintió mejor al volver a la realidad, por muchos arrumacos interdimensionales que Eleone le dedicara.
Yuna se arrepentía. Desde el primer momento que salió del Jardín tuvo claro que sus planes se volverían en su contra. Era doloroso ver la prueba de ello en el cuerpo inconsciente de Lightning, envuelto en una cápsula de reconstrucción. Seguía la respiración pausada como un náufrago observa el oleaje que amenaza con llevárselo por delante.
– Estáis a salvo –Le había dicho Selphie cuando había despertado–. Puede amenazarme todo lo que quiera, pero tú eres la única cosa no negociable.
En la sobreprotección maternal de Selphie había la insistencia de las preguntas. El Jardín estaba amordazado y Yuna temía que sus confesiones empeoraran las cosas. Siempre había sido prudente y tenía experiencia con la presión azucarada de los adultos que querían cosas de ella.
Notaba la presencia de Quistis por las noches y se aseguraba de no encontrársela. Ni a ella ni a Seifer. Todo el tiempo que no gastaba en huir de sus problemas lo dedicaba a velar a Lightning.
– Sois súper amigas, no? –Le había preguntado Rikku cuando la encontró el segundo día en la misma silla con la misma expresión pensativa.
– Ah, sí… –bajó la vista, avergonzada– Supongo que sí.
Había sido su más íntimo deseo, que ahora se reía en su cara. Que ilusa, no? Por muy amigas que fueran, Yuna no creía que Rikku se dejara matar por Yuna. Tal vez tuviera una visión de la amistad demasiado cínica. ¿Se dejaría ella atravesar por una lanza por su prima?
– Papá quería venir a verte –tanteó–, pero no está el horno para bollos y su humor de señor mayor.
– Al menos tu padre tiene sentido del humor.
– El tuyo está cabreado, eh?
Otro cuerpo inconsciente que llevarse al contador. Una persona más desapegada lo tomaría como el ajuste de cuentas que su padre merecía. Pero ni Yuna, que no sabía si se sacrificaría por su prima, era tan cruel.
El sonido de la lira de Sirena la sacó de sus cavilaciones. Flotaba al otro lado de la cama y sonrió a su enlace con pena. Los G.F.s no solían tener mucho interés en la dimensión de Yuna a menos que no se sintiera el calor de la batalla. Pero, a veces, sus emociones eran tan insistentes que abrían la puerta sin que ella se diera cuenta. El peso de Mogurito en su regazo fue un consuelo inesperado.
– Me flipa cada vez que pasa esto, en serio –dijo Rikku, maravillada–. Son las mascotas más peligrosas que le he visto a nadie.
Se atrevió a rascarle la cabecita al moguri y este se dejó hacer, más por deferencia a Yuna que no porque le gustara el contacto con un ser humano. Quiso decirle, una vez más, que los G.F.s eran de todo menos mascotas.
Sin saberlo, toda esa educación especial que había necesitado desde pequeña la había apartado de sus congéneres. Más que la hija del jefe o la actriz infantil, ella siempre había sido bruja. Sus poderes habían requerido un montón de adultos enseñándole cosas antes de tiempo, calibrando y expandiendo su potencial.
Los G.F.s habían sido su única compañía en la soledad de las conversaciones entre mayores o los tiempos muertos entre lecciones. Cuando el aislamiento amenazaba con superarla, Yuna sólo tenía que llamar a la puerta y podía montar a Chocobo o abrazar a Mogurito, sus primeros G.F.s.
"Son mis mejores amigos" Le habría dicho a Rikku, si la vergüenza no paralizara su lengua. Cuando Lightning había anunciado ser su Caballero, pensó que sería lo mismo. La excusa de un título para ser cercanas.
– ¿Y tú que haces aquí? –La voz inquisitiva de Rikku la sacó de sus cavilaciones.
Había un chico en el umbral de la puerta con un ramo de flores. Se había quedado mirando a Yuna, asombrado, y tuvo problemas para despegar los ojos de ella y volverse a Rikku.
– ¡Eso debería preguntarlo yo!
– Eh, hace un año que no veo a mi prima –Sonrió con todos los dientes, bien falsa–. Es tarde de chicas, vale?
Era tan obvio que la frase había sido disuasoria que no imaginó que pudiera tener un efecto. Pero el chico titubeó y Yuna le pegó un codazo a su amiga. A veces olvidaba que, a la gente de su edad, estas cosas les importaban.
– He venido a ver a Claire.
El nombre verdadero de Lightning. Sólo los que tenían confianza con ella podían permitirse utilizarlo sin que los fulminara con la mirada o el sable pistola. Ella jamás habría tenido el valor de emplearlo con la naturalidad del recién llegado.
– ¿La conoces? –preguntó Yuna y no se sorprendió cuando él no contestó y se ruborizó hasta la raíz del pelo.
Salía hasta en las botellas de refrescos. Para los buenos chicos, como el que tenía delante, hablar con ella suponía un escollo.
– Dajh, eres un grupi –se burló Rikku, aunque con más ternura que maldad–. ¿No tenías bastante con Almasy que ahora te pones tímido con Yuna?
– ¿Dajh Katzroy?
Los dos se volvieron hacia ella, sorprendidos.
– ¿Me conoces?
– Conozco… –Se mordió la lengua– ah, Lightning me ha hablado de ti. ¡Y Seifer! Cosas buenas.
Eso lo tranquilizó y pudo vislumbrar, entonces, el parecido con el capitán del barco de los SeeDs blancos. El afro y la sonrisa eran idénticos, aunque había una dulzura en los ojos castaños de Dajh inexistente en los pozos oscuros de su padre.
Fue un encuentro incómodo, a pesar de las buenas intenciones. El aprecio de Dajh por la convaleciente era un bálsamo para ella, pero los nervios estaban a flor de piel. No paraba de mirarla y su prima se abalanzó sobre la oportunidad para pincharlo con más torpeza que hilaridad. Necesitó tres pisotones para calmarla y ya era tarde para recuperar al chico de la barricada donde se había protegido de las pullas.
– ¿Qué problema tienes con él? –preguntó, muy seria, cuando despidió a su prima en el exterior del edificio médico.
– ¡No tengo ningún problema!
Para una experta en subterfugios y picaresca como Rikku, mentir tan mal era una señal en sí misma.
– Así que te gusta, eh?
– ¡Yuny!
– ¿Es de tu clase? –insistió, con curiosidad– ¿Sabe Irvine que vas acosando a su ayudante?
– ¡Sólo era una broma! –protestó y la señaló con el dedo– ¿Y tú que?
– ¿De qué hablas?
– ¿Tienes una novia y no me lo cuentas?
Sintió la pregunta sacudirle el estómago de la impresión. La embargó un vértigo como jamás había experimentado antes y tuvo que respirar varias veces para superar el sobresalto.
– ¡Lightning no es mi novia!
– Oh, vamos, no has mirado un chico en tu vida y ahora estás que no paras haciendo manitas con la Bella Durmiente.
Cuando había querido entender una parte de su madre acercándose a Seifer la habían acusado de estar enchochada con él. ¿Ahora preocuparse por alguien que casi muere por su culpa era una señal de noviazgo?
– ¡Se interpuso entre yo y la muerte! Tengo derecho a velarla como se merece.
– ¿Hola? –Se puso la mano en la oreja– Sí, me dicen por el pinganillo que eso solo lo hacen las amantes predestinadas.
Era idiota. Notaba las palpitaciones sobrepasarla y en cualquier momento vendría un G.F. a ver qué pasaba y eso sería la última señal que Rikku necesitaría. Bien pensado, igual podía mandar a Ifrit a calcinarla en el sitio y que no pudiera repetir sus tonterías en ningún lado.
La simple idea era ridícula. Si había estado un poco obsesionada con Lightning al principio era sólo porque nunca nadie había hecho un esfuerzo tan consciente en ser desagradable con ella. Que luego resultara una mentira era peor, pues dejaba a Yuna en el limbo de la confusión. ¿Por qué había pasado de ignorarla a protegerla?
Era una pregunta que jamás llegaría a hacerle, aunque Yuna no lo sabía. Cuando volvió a la habitación y la vio despierta todo pasó a segundo plano.
– ¿Lightning?
Conectada a tres aparatos diferentes, con respirador y una enorme cápsula de reconstrucción, la única demostración de consciencia que la convaleciente pudo hacer fue parpadear con lentitud y girar la cabeza a la puerta. Pero fue suficiente para la bruja, que se abalanzó a su lado.
Notó los tres días que había pasado sin apenas dormir descargarse sobre sus hombros con tanta fuerza que se hundió sobre la mano libre de Lightning como un peso muerto. Y empezó a llorar.
En otro momento se habría sentido avergonzada, pero era incapaz de parar. La muerte era una idea imposible con diecisiete años. Esta había estado acechando tantas veces en los últimos meses que la última bofetada había arrancado un pedazo de la seguridad de Yuna que ya nunca volvería.
"No quiero volver a pasar por esto, nunca más."
Las brujas eran peligrosas. Era un eco recurrente en muchas habitaciones en las que había entrado, antes de desplegar un carisma impostado pensado para hacer cambiar esas ideas. Por culpa de ellas casi pierde la única amiga que había hecho fuera de su círculo familiar.
Quizás ella, y todas las demás, sí fueran un peligro al que evitar.
.-.-.-.
– Eres, por no tener una manera más fina de decirlo... –miró hacia abajo y carraspeó– Tápate los oídos, hija. Ahí. Una puta tramposa.
Vanille le sonrió con picardia con las manos en las orejas. Hacía el teatro por su madre, Irvine había soltado suficientes palabrotas enfrente de su hija para que esta ni se inmutara.
– Te digo que eres mi última esperanza.
– Selphie, ¿Me llamas después de todo este tiempo y me mandas a una misión suicida? Que yo sepa no he fallado ni una sola de mis mensualidades. Y mira que zapatos lleva tu hija.
– ¡Deja de hacerte la víctima delante de ella! –Puso los brazos en jarras– Te he llamado como comandante del Jardín.
Lo que él decía, una trampa. Selphie y él se llevaban bien, y no sólo porque quisieran darle a sus dos hijas una infancia estable. Tenían química e Irvine la adoraba, aunque ese sentimiento no fuera recíproco. A su ex mujer le había costado mucho admitir que su relación no funcionaba y él la respetaba por eso. De ahí a que no fuera consciente de la rapidez con la que Irvine le contestaba cualquier llamada había un paso.
– ¿Qué comandante? Hace tiempo que dejé de ser SeeD. ¿Te estás aprovechando de un armero sin recursos?
No había ninguna posibilidad de hacerla cambiar de parecer, pero a Irvine le gustaba lamentarse en alto y ponerla de los nervios.
– Siempre fuiste su ojito derecho. A lo mejor si hablas con ella recuerde que estamos de su parte. Jamás la había visto así, incapaz de bajar la guardia.
Atardecía en los Bicket y la vista era inigualable. Había subido hasta allí cuando Selphie lo arrastró hasta el hangar y no encontraron ni rastro de sus captores. Era la toma de rehenes más extraña que había vivido, cuando los terroristas ni siquiera se molestaban en vigilarlos.
– Si tan sólo no hubiera traído a Seifer con ella –continuó Selphie y tomó a Vanille de la mano–, las cosas no pintarían tan negras. No se despegan el uno del otro.
Irvine ascendió el camino de montaña con la información dándole vueltas. Le habían advertido de la apariencia de Quistis, de los poderes que manejaba. La llamaban bruja cuando Quistis no era más que una humana con mucho talento para la magia azul y dar órdenes. Llegó a un saliente de roca y nieve donde una figura encapuchada disfrutaba de la vista del Jardín de Trabia.
Su guardaespaldas no estaba por ninguna parte. Estaban solos en un dorado atardecer. Si no fuera por el olor a magia, casi podría haber sido un encuentro de lo más romántico.
– No deberías haber venido –le advirtió.
No se acercó. Su supuesta influencia era papel mojado ante una presencia semejante. No lo atacó, pero Irvine tenía el entrenamiento necesario para saber cuando la posibilidad estaba en su contra.
– Venía a avisarte de que Lightning ha despertado.
– Ya lo sé –contestó, sin girarse.
– ¿No vas a ir a verlas?
Las celebraciones de solsticios con Quistis haciendo de "la mejor tía" con montañas de regalos se habían ido espaciando a medida que los lazos entre Squall y Rinoa se atirantaban. Sabía bien sobre las terribles señales de una relación moribunda. Era una onda expansiva que se llevaba por delante a todo el mundo, como un plumero con una telaraña. Todos esos hilos, que antes habían estado bien sujetos, se enredaban y destruían y sólo quedaba gente sola y aturdida.
Por mucho que se esforzara, no terminaba de reconciliar ese pensamiento con la espalda encapuchada que se negaba a contestarle.
– He hablado con Shu –dijo Irvine, arrebujado en su abrigo. Era Mayo pero ahí arriba siempre caía aguanieve–. Te llevaste a dos cadetes en una misión que se suponía de reconocimiento. Desapareciste del mapa y, un mes después, el barco de los SeeDs blancos pone una queja oficial con tu nombre. No sé ni cómo Squall supo sumar dos más dos.
Los hechos no tenían mucha importancia a estas alturas, pero Irvine sabía que la mejor manera de encauzar una conversación con una Quistis amurallada eran los fríos y objetivos datos. Podía ver como la cabeza maquinaba una respuesta, incapaz de no replicar.
– Porque Laguna se lo cuenta todo a él antes que a nadie.
– Te llevaste a su hija, Quisty.
Pero su amiga no mordió el anzuelo. Había sido un buen intento, apelar al instinto maternal que tenía con todos sus sobrinos. Yuna, Rikku y Maqui habían sido adiestrados en combate e invocaciones personalmente por su tía y los había mimado mucho en esa combinación de látigo y zanahoria que solía tener con sus allegados.
– ¿Has venido a recriminarme o a apelar a lo mucho que nos conocemos y lo muy de mi parte que estás?
El eco de las palabras de Selphie lo sobresaltó. "Como si nos hubiera escuchado."
– He venido a…
Quistis se tomó su tiempo en descubrirse y girarse. Era tal y como había dicho Selphie, un ser lunático de temibles cuernos y ojos multicolores. Jadeó ante la presión de la magia que lo rodeaba y sintió miedo por primera vez.
– Has venido como último recurso –La voz sonaba distinta, con un retintín metálico superpuesto al tono habitual–. Selphie ha madurado muchísimo si apura la vía diplomática antes de volarme el avión por los aires.
– Selphie… nunca te haría daño.
– Selphie tiene dos hijas y una memoria excelente sobre qué pasa cuando hay tanta magia en una habitación que puedes masticarla.
– ¿Por qué no dejas que te ayudemos? Aquí también hemos hecho investigación mágica, sabes? No somos Esthar pero…
El crujir de la nieve a sus espaldas le avisó de que no estaba solo. No se atrevió a girarse, incapaz de darle la espalda al enemigo. "No es tu enemiga."
– El que faltaba ahora –Reconoció la voz y se le puso la piel de gallina.
Volverlo a ver fue una sensación curiosa. Tan grande y rudo como siempre, la edad le había acerado los rasgos. Pasó a su lado sin apenas hacer ruido, en el entrenado caminar de soldado que todavía mantenía.
Le dedicó una imperceptible saludo con la cabeza antes de estudiar a la bruja. Esta vez el embrujo en la mirada era más sutil, pero a Irvine le puso los pelos de punta de todas formas.
– Lightning ha despertado.
– Lo sé –contestó ella, volviendo a cubrirse–. ¿Puedes acompañar a Irvine? Sospecho que tendrá compañía de vuelta.
Bajaron por el camino de montaña en silencio, con Irvine dándole vueltas al corto intercambio. La intuición de Selphie era un arma poderosa. Si Seifer estaba fascinado por Quistis, esta se lo comía con los ojos.
Casi agradeció el ruido de los Draco al acercarse, una excusa con la que alejar el acceso de vergüenza ajena que le habían provocado.
– ¿La has hecho enfadar? –preguntó Seifer y se situó en vanguardia.
– ¿Por?
– Te lo diré cuando consigamos bajar.
En los quince años que llevaba en Trabia jamás había tenido que enfrentarse a tantos enemigos. Conocía la cordillera alrededor del páramo de Bicket y sus caminos y, aunque no tenía problema en enfrentarse a su fauna habitual, la cantidad lo abrumó enseguida. No pudo evitar valorar con sorpresa la facilidad con la que su compañero se hacía cargo de las bestias. Había asumido que la edad también lo habría afectado. La técnica, más cuidada, evitaba que forzara las rodillas, pero seguía teniendo la fuerza del mandoble como si todavía estuvieran en el Lunatic Pandora.
"Será posible." Irvine había perdido fuerza y velocidad en los años de retiro y se vio jadeando montaña abajo en busca del amparo de la civilización.
– ¿Llama a los monstruos cuando está enfadada?
– Esto es sólo cuando la picas. Reza para que nunca tengas que verla realmente cabreada.
.-.-.-.
El límite de Viento Helado resultó ser una bendición. Que pudiera alzar el sable pistola dos días después de despertar decía mucho del concienzudo trabajo que su instructora había hecho cada noche.
"No es como si pudiera agradecérselo." Quistis no había venido a verla. Era entendible, a fin y al cabo era la mano que atenazaba la comandancia del Jardín de Trabia. Y también la que casi las parte en dos. A Lightning le torturaba que no pudieran hablar de eso y que tuviera que desahogarse con el aire frío del gimnasio.
– ¿Estás segura que deberías estar entrenando? ¿Tan pronto?
Jamás pensó que volvería a rehuir la presencia de Yuna. Cuando tomó la decisión de ser Caballero hizo las paces consigo misma y pudo mostrar lo que sentía. No contó con la opinión de su bruja y ,ahora que esta quería hacérsela saber, no había tierra suficiente por la que correr.
– Creo que deberíamos hablar de ti y de mí –Le había dicho, cuando por fin pudo levantarse de la cama.
El tan temido "tenemos que hablar" fue una píldora difícil de tragar. No esperaba una medalla, pero la expresión austera de Yuna después de su acto heroico vaticinaba una intervención de la que no quería ni oír hablar.
Así que la distrajo a preguntas y a planes. El tiempo apremiaba, estaban a punto de ser abordadas por Balamb. En cualquier momento su padre y mentor aterrizaría en Trabia y tenían muchas cosas de las que preocuparse.
– Tú también deberías hacerlo –contestó.
Trató de ignorarla mientras se le acercaba. Era demasiado pronto, el amanecer todavía reptaba por el suelo de cemento y estaban solas.
– ¿Nos espera otra batalla entonces? –Ahí estaba de nuevo, el tono inflexible– ¿Tendré que enfrentarme a mi padre y a Quistis y a Seifer sin saber si te pondrás en peligro de nuevo?
Era tozuda. Todo el mundo pensaba en el halo angelical y las maneras de doncella, pero era una tapadera para una disciplina y seriedad que Lightning conocía y apreciaba bien. Hasta que le tocaba probarla.
– Son… gajes del oficio.
Eran las palabras incorrectas. Vio las mejillas encenderse y un ceño fruncido que no prometía nada bueno.
– ¿Qué… –Era peor cuando se atoraba con las palabras y se apretaba las manos– qué oficio es ese?
"No lo digas."
– Caballero de la Bruja –Con lo mucho que se enorgullecía y lo ridícula que se sentía susurrándolo en un recinto vacío.
Nunca habían hablado de las proclamas que había hecho en el barco de los SeeDs blancos. La había evitado y, cuando la situación había ido escalando, lo había aceptado sin más. Hasta ahora.
– ¿Eso es lo que hace un caballero? –Estaba enfadada. No era habitual y Lightning no podía apartar la vista de su rostro– ¿Se inmola sin decir ni una palabra?
Titubeó. No era buena idea seguir la conversación, pero cada paso atrás era imitado con un paso adelante. Llevaban media pista recorrida y temía el momento en el que llegaran a la pared.
– No quiero un caballero para verlo morir –susurró y se tapó las manos con la cara–. Esto no era lo que yo quería.
Un silencio embarazoso se alargó ante Lightning. Podía salir corriendo, Yuna no tendría tiempo de alcanzarla. Sería ignominioso pero le evitaría las lágrimas que estaban por volcarse. Sin embargo, no consiguió mover ni un músculo. No era persona que se dejara llevar por sus impulsos, pero había un señuelo en esa última frase que se le antojó irresistible.
– ¿Y qué es… qué es lo que querías?
– Es una tontería –se negaba a destaparse la cara y sólo pudo deducir que estaba avergonzada por el sonrojo de sus orejas–. Pensé que podríamos ser amigas. Me habías ignorado todo este tiempo, quería una amiga de mi edad.
Fue un jarro de agua fría no porque no lo esperara, si no porque aún sabiendo la verdad, había sido incapaz de evitar un atisbo de esperanza. Agarró la humillación que amenazaba con dominarla y la estrujó con los puños que cerraba con violencia.
"Amigas."
Todo era culpa de Seifer y sus estúpidas insinuaciones. Se habría conformado con ser la protectora honorable. Todo el tiempo que había sufrido en silencio habría bastado sólo con poder protegerla.
– No soy amiga tuya –sentenció, con una frialdad que las sorprendió a ambas.
No pensaba enfrentar la mirada dolida de la otra chica ni un segundo más. Dio media vuelta y salió del gimnasio, al pasillo que conectaba con los vestuarios. Siempre había podido dejarla con la palabra en la boca y supuso que Yuna no cometería la imprudencia de enfrentarla cuando llevaba un humor de perros.
Pero Yuna había perdido los miramientos con ella. Tal vez porque la muerte las había rozado a ambas, tal vez porque ya no le quedaban asideros.
– ¡¿Entonces?! –No sólo la alcanzó, la asió de la muñeca con una fuerza que jamás le habría imaginado– ¿Eres mi caballero sólo para poder morir?
– Soy tu caballero para protegerte –contestó, entre dientes. Hizo ademán de soltarse, pero la agarró con la otra mano.
– ¿Para qué? –Era un descubrimiento que el enfado hiciera llorar a la bruja. En cualquier otro momento habría hecho cualquier cosa para evitarlo, pero ahora se sentía vengada. No era la única que sufría– No somos amigas, no? ¿Es todo una estratagema para conseguir gloria y dinero? ¡¿Muriendo en tierra de nadie?!
Sabía que estaba asustada. Ella también lo estaba. Había sentido la oscuridad envolverla en esa batalla, un dolor como jamás se lo había imaginado. Morir daba miedo y Lightning no quería volver a acercarse a ese abismo. ¿Eso era ser SeeD? ¿Devolverle la mirada a la muerte en cada misión?
– No… no era mi intención morir –respiró hondo y buscó las palabras que habían sostenido el armazón de su decisión–. Quiero protegerte. Lo que tú puedes hacer no lo puede hacer nadie, Yuna, eres extraordinaria –Notó el calor subirle por las mejillas pero se obligó a continuar–. Mi espada existe para que puedas ser libre.
Era la verdad. Había sido su verdad desde el momento en el que la vio bailar con los G.F.. El poder de Lightning no tenía sentido sin una misión y que misión más bella podía existir que la que tenía delante. Los ojos vidriosos y las mejillas tan encendidas como las suyas.
Era una confesión honorable, un juramento de caballero que podría quedar en los anales de la historia que se escribiría de Yuna Heartilly. Si tan sólo podía ser un pie de página en ella se sentiría satisfecha.
– No necesito otra fan más.
– ¿Qué?
– ¿Extraordinaria? –escupió la palabra como un insulto– Mi madre no confió en mí al marchar, mi padre ni me mira a los ojos y Quistis casi muere por mi culpa. Necesito algo más que los halagos manidos de gente que no me conoce. Tú me conoces. Sabes que esto no lo puedo hacer sola.
De tan honesta que era, podía ser estúpida. Lightning no había sido precisamente amable con Yuna, pero eso no había evitado que esta le abriera su corazón una y otra vez. Estaba dispuesta a tumbar las defensas de Lightning con su irresistible vulnerabilidad.
– Puedo... –empezó, muy bajito– Puedo ser tu caballero.
– ¡Sé mi amiga!
No había escapatoria. Cuando dio el paso al frente que la condenaría ni siquiera pensó en qué pasaría después. Su paciencia y autocontrol se habían esfumado y sólo quedaba la frustración. La besó con alivio. Ya no tendría que aparentar nada más.
Yuna la soltó de golpe y probó a apartarse pero Lightning la retuvo con ambas manos en la cara. Palmas abiertas y los pulgares en su mandíbula, alzándole el rostro.
– No soy amiga tuya –repitió, aunque esta vez sonó muy diferente.
Prefirió cortar cualquier respuesta y se inclinó de nuevo. No aprovechó para ahondar en el beso, demasiado ocupada en mordisquearle los labios. El primer bocado sorprendió a Yuna, que jadeó contra ella y sintió un vértigo tal que dejó de escuchar por unos segundos.
Cuando el pitido de sus oídos se interrumpió seguía asediándola a besos pero la tenía contra la pared y había pegado su cuerpo al de ella. La sensación era embriagadora. Se asustó un poco de la agresividad con la que la había inmovilizado pero antes de que pudiera poner remedio alguien la agarró del cogote y la separó.
Chocó contra la pared del pasillo pero no se resistió. Estaba más que entrenada como para distinguir la sensación del portal dimensional a su alrededor. Hermano Mayor resopló por la nariz y su mirada dejaba muy claro que un movimiento en falso se vería recompensado con violencia.
Y sin embargo Hermano Menor no estaba preocupado. Palmeaba a Yuna con una sonrisa granuja y esta trató de apartarlo de un empujón. Se veía furiosa.
"Qué cojones acabo de hacer."
Lightning no perdía jamás los estribos. Incluso en el único sentimiento que una soldado se permitía tener, la ira, era calculadora y fría. Cuando se dio cuenta de que sus ojos perseguían a una chica lo racionalizó todo alrededor de sus poderes. Se habría llevado a la tumba su mentira si no la hubiera tocado nunca.
Sentía de todo menos frío.
.-.-.-.
Se la encontró en el camino que serpenteaba hasta el hangar. Había dado un rodeo con Dajh para ver a Lightning entrenar en la distancia. Ambas cosas eran debilidades de las que no conseguía arrepentirse del todo.
El chico le caía bien y no había dudado en unirse a las idas y venidas de Seifer si tenía oportunidad. Nadie le había contado que él y Lightning casi hunden su casa, así que no tenía reparos en parlotear sobre su historia común. Si tenía curiosidad de porqué Seifer evitaba hablar con Yuna y Lightning, a pesar de estar preocupado por ellas, se guardó mucho de cuestionarlo.
Estaban vivas y, a juzgar por la expresión de su rostro, dispuestas a dar guerra todo lo que hiciera falta.
– ¿Has hablado con ella ya? –preguntó el mercenario
– Todavía no. Quería… quería ver como estabas.
– ¿Para qué quieres saber eso? –La vio encogerse y suavizó el tono– Bastante tienes con recuperarte.
– Ella nos ha curado.
– Sí, cada noche ha ido a veros.
– ¿No nos odia, entonces?
No se atrevió a contestar. Quería pensar que Quistis estaba dolida de verdad ante la pérdida de sus dos alumnas, pero igual eran ilusiones de Seifer.
– ¿Y tú? –continuó Yuna y arriesgó a mirarle a los ojos– ¿Nos odias tú?
Los ojos de cordero degollado eran un arma peligrosísima en alguien tan hermoso. Se le había acercado y pudo ver el brillo de las lágrimas que volcaría si no había una respuesta satisfactoria.
– Menuda terrorista estás hecha.
– No intento chantajearte –sonaba mucho más cansada que lo que una chica de diecisiete años tenía derecho a sonar–. Últimamente me he dado cuenta de que debo hablar más claro con la gente.
– ¿Para qué?
– Para entender. He actuado con prisas y he perdido a mi tía. Y luego con Lightning... –calló de golpe y se mordió el labio– Quiero hablar claro contigo. Porque me caes bien, Seifer. Te aprecio aunque tú no me aprecies a mí.
– No seas dramática.
– Y tú cascarrabias –pero le sonrió–. ¿Qué te cuesta decir que yo también te caigo bien?
– Mi amistad te traerá más disgustos que consuelos, Yuna. No sé porqué te importa que un vejestorio como yo esté de buenas contigo.
Odiaba llamarse a sí mismo vejestorio, pero la juventud de su compañera era demasiado deslumbrante. Ella y Dajh le ofrecían cariño sin reservas y le avergonzaba lo mucho que le agradaba.
– Voy a pensar que sigues siendo mi amigo, entonces –Le hizo una respetuosa reverencia que lo sorprendió–. Y me alegro de ello.
– No puedo ayudarte con Quistis.
– No, ya lo sé –dijo, con tristeza.
– Pero puedo ayudarte con Lightning.
Eso la hizo reaccionar. El ademán reservado y cortés se derrumbó en un segundo con el sonrojo más violento que había visto jamás.
– ¡No me pasa nada con Lightning!
– Joder, para que chilles así como mínimo te ha pedido en matrimonio.
– ¡No me ha pedido…! ¡No me pasa nada con ella!
– Heartilly, chica, no hace falta que grites.
– ¡Eres tú el que me haces gritar!
Rió porque pudo y fue bastante liberador. Si enfadó a Yuna y la hizo sonrojar todavía más lo tomó como un pequeño logro más que un problema.
.-.-.-.
Si hubiera querido amañar la sensación de una audiencia con la nobleza, no le habría salido mejor que ese instante. Recostada sobre su silla, la luz del sol la flanqueaba hasta el cuello, dejando su rostro a oscuras y dos ojos ámbares como única señal de vida. A su lado, Seifer montaba guardia, sentado con indolencia en un taburete.
No se habían separado en la semana que llevaban en Trabia y Quistis se preguntaba si él ya habría hecho las paces con su destino.
Le hubiera gustado tener más tiempo para hablar con él y no tener que aceptar la disposición del único aliado que le quedaba a base de silencios. Las dos chicas que se acercaban desde la puerta ya no podían contarse como tal.
Aunque la última vez que se habían visto las había herido de muerte no olió miedo. Habían estado discutiendo fuera del Lagunamov y no habían desechado los nervios, en especial Yuna, pero caminaban resueltas hacia Quistis. Se quedaron a una respetuosa distancia antes de dirigírsele.
– He venido a explicarme.
– No me debes ninguna explicación.
Las había sorprendido, incluido a Seifer, que cambió la postura perezosa por una más alerta.
– ¿No estás... enfadada?
– Claro que estoy enfadada. Me acompañaste con objetivos enfrentados, me has saboteado cada paso del camino y has conspirado para atacarme por la espalda.
Se permitió sonar dramática, al fin y al cabo lo había sufrido todo en silencio menos la última parte.
– Por mi madre –anunció Yuna, no sin cierto desafío–. Lo hice todo por mi madre.
– Yo también lo he hecho todo por culpa de tu madre.
– Y por eso hice todo lo que hice. No dejaré que te vengues de ella –Los nervios la traicionaron y le tembló la voz–. La protegeré, aunque tenga que ponerme en tu contra.
Mentiría si dijera que no le partía el corazón que Yuna asumiera desde el principio malas intenciones. Había sido su sostén cuando las cosas amenazaban con propasarla. Todos esos augurios de muerte que le habían repetido habrían sido ciertos si no fuera por ella.
– ¿Has venido a enfrentarme de nuevo?
Seifer y Lightning se tensaron. No era esto lo que habían esperado del encuentro. Le fastidió que tuviera ser ella la que ponía las cartas sobre la mesa.
– ¿Eso querrías?
– ¿Para qué estás aquí, Yuna? Vienes a explicarte pero tienes los reproches en la punta de la lengua. No quiero tus aclaraciones, sé muy bien por qué hiciste lo que hiciste.
Se levantó de la silla y tres pares de ojos se clavaron en sus manos en garras. Bajó el escalón que las separaba y se acercó a su sobrina con lentitud, muy consciente de que Lightning tenía una mano puesta en la funda de su arma. A la que la luz iluminó su cabeza, supo que no podrían apartar la vista de sus cuernos.
– Estás enfadada conmigo –continuó– y quieres que me disculpe por lo de tu padre. Porque no quieres jugar a dos bandas. No es tu estilo, ¿me equivoco?
– Sabes que no.
– No me voy a disculpar, Yuna –anunció, alto y grave–. No me disculparía ni con Rinoa. No soy yo la que está casada con ella.
– ¡No tenías derecho a entrometerte entre ellos!
Oyó más que sintió el suspiro de Seifer a un lado. Si había esperado grandes declaraciones en un emotivo encuentro iba a tener una gran decepción. Lo que llevaba cociéndose entre ellas dos todo ese tiempo no era la gran batalla de las brujas, sino la rencilla eterna sobre culpas en relaciones entre adultos.
– Por esa lógica, tú tampoco debías entrometerte con lo que pasara entre nosotros.
Fue una llamada de atención sin malas pulgas, muy habituada a poner adolescentes en su lugar. No iba a descargar su ira con alguien a quien había ayudado a criar. Prefería sonar condescendiente que bajar al nivel del sentimentalismo.
Lightning levantó la mano para tocar a Yuna, quien se había quedado rumiando su agravio. Se lo pensó mejor y sólo se inclinó a su lado.
– No has venido para eso –le murmuró, con cautela.
– Quizás tú puedas articularlo mejor, Claire.
Titubeó sólo un momento.
– Queremos seguir en la misión.
– Hyne –soltó Seifer y, sin girarse, supo que se había llevado una mano a la frente.
– Tú misma lo dijiste –continuó su alumna, conteniendo el ceño. Ella también había escuchado el expletivo– que esto no había terminado. Vas a encontrar a Rinoa, verdad? Queremos ayudarte.
– No.
Giró sobre sus pasos y volvió al asiento. Había representado la conversación en su cabeza tantas veces que, al final, se le habían gastado las explicaciones y sólo le había salido la intención.
– ¡Quistis! –Era una exclamación, una pregunta y un pataleo al mismo tiempo.
– No hay tiempo –dejó entrever el cansancio que la desmoronaba–. No puedo estar pendiente de vosotras.
– Nos pediste que te acompañáramos –Yuna había recuperado la voz y la tozudez habitual se entreveía en su tono calmado–. Dijiste que no podrías conseguirlo sin nosotras.
– No hubiera llegado tan lejos sin vosotras, pero ahora tengo un aliado mejor.
Señaló a Seifer, que apoyaba los brazos en sus rodillas y veía venir el embate como sólo aquellos que los han sufrido lo saben. Si las miradas mataran, Quistis habría terminado la misión allí mismo. Pero no había tiempo para maldecirla, las dos chicas habían redirigido su atención a la nueva variable y lo analizaban, incrédulas.
– Bueno, no es que no sea un miembro valioso del grupo… –empezó Yuna, dubitativa.
– ¿Qué diantres te aporta él que no te aportemos nosotras? –Lightning sonó tan mosqueada que tuvo que contener una sonrisa.
Pero no había tiempo para el humor, el aviso en la mirada de Seifer alto y claro. Lo había lanzado a los leones, pero no le daría el gusto de ser su marioneta. Si algo había aprendido Seifer Almasy esos años era el valor de callar. Dejó que el silencio incómodo las llevara de vuelta a Quistis.
– De ti, Yuna, ya he aprendido a canalizar la magia, aguantaré hasta que todo esto termine. Y de Lightning… –Esa era la peor parte en su representación, la que de verdad le dolía– me dí cuenta en el barco de que no me serviría como mi Caballero.
Ambas enrojecieron a la vez y, curiosamente, se apartaron un paso la una de la otra.
– ¿Para qué…?
– Para matarme, llegado el caso.
Y tal y como vino, la vergüenza se volvió conmoción. Abrieron la boca, un quejido de horror en la punta de sus lenguas.
– La madre que te parió –murmuró Seifer y cerró las manos en puños.
No lo había hablado con él, no estaba en ningún contrato que pudiera presentar. Pero si iban a seguir el camino juntos era justo presentar las cartas con las que iba a jugar.
– ¡No es eso para lo que sirve un Caballero! –declaró Lightning, furiosa– Los SeeDs fueron creados para destruirlas, pero sus Caballeros deben protegerlas.
– ¿Incluso de sí mismas? –No pudo evitar el sarcasmo empapado en cada palabra– Cuando te pedí que vinieras con nosotras, lo hice para proteger a Yuna. Sabía que si me descontrolaba la protegerías. Pero cuando tenías que detener al monstruo hiciste algo peor: te sacrificaste.
La SeeD no estaría de acuerdo. ¿Qué podría haber más honorable que dar la vida por su bruja? Pero no era eso lo que buscaba Quistis. Lo que necesitaba.
– Pero Seifer no titubea –continuó, implacable. Debía dar el golpe de gracia si quería terminar con la discusión–. Odia a las brujas y sabe bien lo que hay que hacer. Llegado el momento….
– ¡Seifer no odia las brujas! –interrumpió Yuna– Y mucho menos a ti.
La cara de Seifer era un poema. Sorprendido, luego incómodo, luego irritado y, por último, un atisbo de auténtica vergüenza.
– Es una forma de hablar –No tenía tiempo para deleitarse en un Seifer pillado por sorpresa. El grupo tenía la mala costumbre de descarrilar la conversación a la menor oportunidad y devolvió la puntada a su dobladillo –. Lo importante es lo que hace falta para llegar al final del camino. No sólo no me lo facilitáis, sois un estorbo en potencia.
"Y no tan en potencia." No podría haber avanzado tanto sin ellas, pero si hubiera sido posible, habría ido mucho más rápido sin ellas.
Había llegado a un punto en el que sus compañeros eran recursos y ya no podía permitirse ni el decoro de aparentar lo contrario. Tal vez herir sus sentimientos era la mejor manera de atajar su presencia. La consciencia de su propio peligro aumentaba cada día.
Si su relación no estuviera en la brecha que sospechaba, quizás podrían haber hecho frente común. Pero no estaban unidas y, lo que fuera que las carcomía, las obligó a replegarse del avión. Fue una victoria amarga para Quistis, quien las vio marchar por la ventana con un suspiro de alivio.
– Así que ahora soy tu Caballero de la Bruja –La voz del mercenario supuraba tensión.
Se habían quedado solos en la sala, la mesa como única separación.
"Felicidades por el ascenso." Pero no se atrevió a bromear. Por no atreverse, no se atrevía ni a sonreír. Los caninos se le habían afilado y, con sus nuevas facciones, mostrar los dientes la hacía parecer una bestia a punto de atacar.
– Dime la verdad –continuó el rubio, a su espalda–. ¿Desde cuándo decidiste que Lightning no te servía?
– Desde el principio –confesó, sin tapujos–. Subí al Liki y tuve claro que tenía que buscar a alguien que pudiera atreverse a hacerme frente.
– ¿No había ningún SeeD en Balamb que te tuviera la tirria suficiente?
– Hace falta más que "tirria" para enfrentar esto –Sólo pensar en su brazo convirtiéndose en arma y ya se le habían acerado la punta de los dedos–. Pensé que sus sentimientos por Yuna serían una protección, para ambas.
– Y entonces pensaste en mí.
Lo miró. Tan alto y tan fornido, la cicatriz de la frente enmarcaban unos ojos verdes que no se andaban con chiquitas. La edad y las penurias lo habían cincelado por todas partes, desde las incipientes arrugas en el ceño hasta las manos gastadas a golpes.
– En vez de una cadete joven e impresionable, tenía a un luchador experimentado en brujas. Si tenía suerte, hasta podría conseguir que Lightning aprendiera un par de cosas.
– Una vez más, el tiro por la culata. Está tan hasta las trancas que si la otra declara el apocalipsis mañana le sostendrá el megáfono –Y añadió, con crueldad:– Una vez más demuestras que no sabes nada del amor, Quistis.
– Si con amor te refieres a forzar tus sentimientos hacia la otra persona, gracias a Hyne no sé nada de eso. Prefiero pensar en que el amor de verdad sacrifica lo que quiere hacer por lo que debe hacer.
– ¿Como largar a tus dos bonitas e irritantes alumnas antes de que se hagan más daño?
– Los que pensáis que el amor es fácil lo veréis como un acto malvado. ¿Crees que no querría hacer las paces y consolarlas? Pero por mucho que quiera no es lo que debo hacer.
– Así que dedicas tu heroico sacrificio a tus cadetes pero luego mangoneas al primer perdedor al que puedes echar el guante.
– Seifer, que estés aquí y me hagas estas preguntas significa que hace tiempo que sabes para qué te contraté.
No pudo evitar sonar displicente y eso sólo sirvió para avivar las llamas de su enfado.
– No –Dio tres zancadas y se le encaró–. ¿Crees que me habría jugado el físico si hubiera sabido que eras una bruja? ¿Que planeabas inmolarte y dejarme con el marrón a la que las cosas se pusieran jodidas?
– ¿Y por qué te jugaste el físico entonces? Mejor aún, ¿Por qué sigues aquí? Has tenido oportunidades a cada momento para salir escopeteado –Por la forma con la que apretó los labios supo que lo había acorralado– Pero sabes, tan bien como yo, que alguien tiene que contenerme si los poderes de Rinoa me superan. Y que el único preparado para ello eres tú.
– No tenías ningún derecho a meterme en esto.
– Una vez más, ¿Crees que esto es lo que quiero?
Había veces, sobretodo en la última semana en Trabia, que la miraba como a otra persona. No con la suspicacia del principio o el pánico atroz. Lo que fuera que cambiara en la Gran Llanura de Esthar había tomado vitaminas a cada kilómetro y ahora florecía entre ellos y la confundía. Semejante al miedo, pero cuando él se acercó un poco más y se inclinó a su oído le supo a otra cosa por completo distinta.
– ¿Y qué es lo que quieres, Quistis?
"Hyne." Cerró los ojos ante la oleada de deseo que la invadió. ¿Era consciente de lo que le estaba haciendo? Cuando todos la habían abandonado, él era el único que quedaba a su lado. Soñaba con su cuerpo para huir de los fantasmas y se obligaba a mirarse en el espejo para recordarse que no tenía ninguna posibilidad.
Estiró los dedos y la presión de la magia obligó al mercenario a hincar la rodilla en el suelo. Alzó la vista, sorprendido.
– No me pongas a prueba, –Y añadió, demasiado vulnerable:– por favor.
No era miedo. No necesitaba sus poderes para leer las pupilas dilatadas y la turbación del rostro. Lo agarró del mentón con fuerza y sintió su deseo mezclarse con el de él.
– Para ser tu Caballero, sólo me quieres para las cosas aburridas, eh –dijo, con guasa. El enfado se había diluido en azúcar caliente.
– Te devoraría en un instante –susurró, tan cerca de su boca que podría lamerle los labios–, pero me dirías que son mis poderes. Que te he embrujado para que me veas humana y que hagas mi voluntad.
No sabía porqué se saboteaba. No hacía falta recordarle que parecía un monstruo y que podía conseguir que sólo pensara en besarla. Tal vez le quedara algo de humanidad, al fin y al cabo. No podía soportar que alguien la tocara en ese estado y, sin embargo, vibraba con la simple idea.
– Suéltame y comprobémoslo.
Cuando pudo moverse, lo primero que hizo fue alzarla por las caderas y llevarla a la mesa. Se dejó hacer esperando el momento en que la bravata perdería fuelle y él se arrepintiera del arrebato. Mientras tanto podía disfrutar de su gesto arrogante al quitarse el abrigo. Había perdido volumen en las últimas semanas, la fuga dejándole poco tiempo para su cuidadísima rutina de entrenamiento.
Cuando le metió las manos calientes bajo la falda se dio cuenta de que había subestimado a Seifer. En un gesto que ya reconocía como habitual, le buscó la banda de las medias y tiró para quitárselas. La última vez que había hecho eso a Quistis casi le da un infarto y esta vez no fue diferente.
– Te mataré si luego intentas culparme –gruñó la bruja cuando le abrió las piernas y se acomodó entre ellas.
Él rió antes de morderle el cuello y arrancarle un gemido. Era rudo e iba directo al grano. En otros tiempos habría exigido que se tomara su tiempo pero ahora no quería esperar. Llevaba desde el barco de los SeeDs blancos pensando en las manos de Seifer sobre sus pechos y lo ayudó con el chaleco, la camisa y el sostén para que se hiciera una realidad lo antes posible.
– ¿Llevas el… –Empujó la falda hasta su cintura y la arrastró al borde de la mesa– parche?
– Sí.
La penetró con más cuidado del que esperaba en esa situación. Había tirado de su ropa, su pelo y mordido cada trozo de piel al descubierto. Estaba tan húmeda que podría haber entrado del tirón pero Seifer se tomó su tiempo hasta tal punto que Quistis no pudo evitar darle una coz.
– Que poco romántica –jadeó, divertido.
El pelo le caía por la frente y Quistis deseó pasarle los dedos. Cuando lo hizo aprovechó para tirar y obligarlo a mostrar el cuello.
– Siéntate –ordenó con arrogancia y las pupilas de su amante se expandieron aún más.
Lo mandó a la silla de despacho donde una hora antes había dado su audiencia y se sentó a horcajadas sobre él. Que él no tuviera ningún chascarrillo con el que defenderse probaba lo muy excitado que estaba. Ahora que sabía leer las señales, sus poderes le telegrafiaban los gestos que lo hacían gemir. Que eran, para su sorpresa, todos.
Le gustaba que lo arañara un poco, incluso haciéndole sangre. Que le apretara la punta antes de caer sobre su erección con rápidez o cuando lo dejaba al aire y esperaba a que le tirara de las caderas para abajo. Le gustaban los besos con la boca abierta, a pesar que eso lo ponía demasiado cerca de sus cuernos.
– Estate quieto –Le gustaban las órdenes. En el día a día tenía que contar cuantas veces podía mandarle nada sin que le ladrara. Pero durante el sexo se volvía loco cada vez que Quistis le chistaba.
– No puedo más –enterró la cabeza entre sus pechos. Dejaba que ella lo guiara a las partes que le gustaban, la curva inferior, y aprovechaba para darle un bocado cuando se distraía demasiado–. Si no vas más lenta me corro ya.
– Te aguantas –Era divertido, buscarse las cosquillas al borde del orgasmo. Cada pelea que tenían era un cortejo y sólo ahora, que lo montaba sin piedad, se daba cuenta de que habían estado flirteando mucho antes de darse cuenta que se atraían.
Porque si a Seifer le excitaba cada pequeño gesto, Quistis estaba al borde del infarto. La tocaba como si no estuviera maldita de magia. Peor, como si estar intoxicada por demasiada energía fuera algo fascinante y adictivo. Le aguantaba la cara para lamerle la mandíbula, justo donde las venas antinaturales recorrían su piel. Cuando pasó al cuerno sin inmutarse estuvo tentada de salir corriendo.
Se corrió en un alarido mudo, las uñas aguantando a su presa en su sitio mientras tomaba todo lo que necesitaba. El dolor no sólo no lo acobardó sino que lo azuzó todavía más. Su grito no fue silencioso en absoluto.
Era liberador sentirse deseada. Había olvidado el poder que tenían unas manos ardientes sobre un cuerpo dispuesto. Poder darle placer a un amante y tenerlo de vuelta le devolvía la humanidad perdida. Quería más y más, vaciarse de toda preocupación estrujando a Seifer contra sí.
– Me vas a matar –murmuró él cuando la notó arquearse de nuevo contra él, pero no la detuvo.
Si acaso, el rubio se mostró tan interesado como ella en recuperar el tiempo perdido. Trabia estaba más que acostumbrada a existir sin sus captores, no notarían su ausencia. El camastro del Lagunamov era pequeño e incómodo, pero Quistis no tuvo reparos en usar sus poderes para levitarlos cuando hacía falta.
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Pasó por la cancha de básquet como un suspiro, amparado en la negra noche. Había cambiado desde el bombardeo, expandida en un par de pistas más y con nuevos tableros electrónicos. Se detuvo en el edificio médico, aunque sabía que ya no estaban allí.
Nadie había querido explicarle qué había pasado pero sabía que Yuna y Lightning habían sido heridas. El silencio era peor que la realidad y deseó poder buscarlas y cerciorarse de su estado. A su pesar, siguió su camino, contando los minutos de retraso. Su citadora había dejado claro que no le esperaría.
– Te conviene más hacer esto conmigo –Le había dicho Quistis en su mensaje.
No tenía por qué. El protocolo activado la ponía en la lista internacional de más buscados. Estaba hecho para que los malvados no tuvieran cobijo y, sin embargo, no había podido acercarse a Trabia sin sus mejores habilidades de subterfugios. Y estaba, como bien sabía la bruja, sin opciones.
La encontró en la entrada del hangar. El viento frío de la madrugada removía su capa y prendía aguanieve en sus cabellos rubios. Los ojos de reptil lo hicieron estremecer.
– Para hacer esto –empezó, sin siquiera saludarla– me tienes que asegurar que Yuna no ha sufrido ningún daño.
– Yuna está bien –Lo repetía cada vez y cada vez le costaba más creerla–. Tenemos provisiones y un objetivo en el mapa.
– Júrame que está a salvo.
– ¿Tiene mi palabra todavía algún valor para ti? –suspiró cuando él se negó a contestarle y añadió, cansada– Te juro que Yuna está lejos de mí, con Lightning a su lado, y que no tengo intención de dañar a tu mujer.
La voz ya no era la de siempre. Sonaba a Quistis, pero una reverberación metálica hacía vibrar el final de las frases. Y esos cuernos…
– ¡¿Qué mierda hace él aquí?!
No se olvidaba de Seifer. Lo encontró en la sala de mandos con expresión sobresaltada y puso una mano en el seguro de su arma al mismo tiempo que él. Quistis los miró, impasibles.
– Ha aceptado venir como rehén.
– ¿Para qué cojones necesitamos a Squall Leonhart como rehén?
Era una excelente pregunta. Su hija había sido la disuasión principal para que el comandante de Balamb no cargara con toda la artillería, pero a su vez era el único señuelo que tenía para seguirles la pista. Yuna era demasiado conocida como para que el radio patio de un lugar no se pusiera en funcionamiento.
– El Consejo no detendrá los misiles sólo porque esté aquí –concedió.
– No es el Consejo lo que me preocupa.
– Opino que deberíamos tirarlo por la borda a mitad de camino –gruñó Seifer.
Absorbió la antipatía con pasividad, aunque la compartía sin reservas. Cuando lo vio en Esthar no dudó un minuto en meterlo entre rejas. Verlo a sus anchas en el Lagunamov despertaba un instinto agresivo que creía dormido. La mano sobre la funda le tembló.
– De momento tendremos que aprender a convivir los unos con los otros –Si la máscara blanca hubiera sido capaz de alguna emoción, juraría que parecía divertida–. No os preocupéis, estamos muy cerca.
– ¿Muy cerca de dónde?
– De Winter. Ahí es donde está Rinoa.
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