Como siempre, menciono libros y películas actuales, porque encajan bien en la trama.
"Deben matarlos y quemarlos. ¡Ahora!", una voz gutural y cavernosa salió de su garganta. Sus ojos eran negros como la noche y los dedos parecían garfios.
Parecía la muerte misma. Su Ama. O su mensajera.
"Bertie, estos cadáveres atraerán carroñeros o peor, a esos otros carroñeros. Y sabes que los bordes no pueden detenerlos. Hay que cremar los cuerpos. Fueron... estuvieron vivos, alguna vez", la recorrió un escalofrío, "¿acaso, crees que no los reconozco? ¡crecí con casi todos ellos!, ¿quién nos tiene en esta tan... alta estima, que...?, ¡Esa bruja moroi, claro!". Escupió.
"¡Lenguaje, Rose!", le recordó Alberta, consternada. Pero por saber que su comida era antropófaga. Y, a través de ellos. Todos.
"Nos debemos volver diurnos. La noche ya no es aliada de nada o nadie. La luz les molesta, y es útil para recolectar y cazar. Intercambiar y buscar. Y todos debemos hacerlo. Ya no hay morois por un lado -que solucionan todo con la sangre ajena" y miró a la acobardada enfermera, que los había seguido- y dhampirs sacrificados" y señaló los pobres restos humanos de algunos de los que fueron sus propios compañeros "somos sólo sobrevivientes, por ahora. Yo voy a enseñarles".
"¡Tú!", espetó la enfermera, sin querer. Más con miedo que con mofa.
"Yo estuve afuera, ¡cuándo todo esto comenzó!, ¿y me ves muerta o zombie?, ¡no, tonta e inútil moroil!, ¡yo salvé a la Princesa, no al revés!, yo cacé y busqué y la alimenté y la mantuve viva, ¿y qué hacen ustedes?, ¡mandan a niñitos a morir por ustedes, para alimentar a los cerdos! ".
Esa no era Rose, pensó Alberta.
Esa era... una guerrera. Regia y poderosa. Una Regente.
Dura como la Reina María de Medici, en la matanza de los Hugonotes; que enlutó Francia en el Renacimiento.
O como la Reina Elizabeth, que arrasó con la armada invencible del Rey español Felipe II -su propio cuñado- en el siglo XV.
Y esa era la Princesa Regente que necesitaban. No a Vasilissa o a Natalie.
A Rose.
"Ordenaré que sean cremados, Rose. Lo prometo", susurró Alberta.
"Éstos pobres animales serán la carnada", se volvieron a ella, aterrados, "les enseñaré a cazar, inútiles crías de ardilla. Éstos... ya están muertos. Se infectaron con la carne de los muertos. Y ellos vienen a reclamarlos. El olor los atrae. Y nos olerán -a la carne viva entre esta putrefacción- y será una masacre. ¿y, saben qué?, me iré antes de eso. ¡Y les dejaré a su inútil y traidora Princesita!, entre medio del monte de los muertos que acá surgirá".
"Ustedes son de la misma sangre, ¿vas a abandonarla, Rose?", se asustó Alberta.
"No hemos necesitado a los Dragomir, y puedo vivir sin ellos. O ella. Me traicionó. Pueden quedársela", dijo con una sonrisa más siniestra, que graciosa. "Además, tienen a la Reina de Hielo -en el Hielo mismo- para reparar todo", dijo, en clara sugerencia a su propia madre.
"El cazador -o cazadora, más bien- y la Reina de Hielo"; susurró Alberta, para sí misma, "totalmente acertado" y tomó una decisión, con o sin apoyo del resto. "Pero te necesitamos aquí, éste es tu Reino, Milady Regente; como St. Basil es el de tu madre".
La Guardiana Janine Hathaway -o Lady Regente Dragomir, como era llamada por esos lares- recibió la noticia de la... ¿recaptura?, ¿rescate? ¿arrastre? De su única hija; en la llamada y de la voz misma de la Capitana Alberta Petrova.
Apenas y si alzó una ceja -cuidadosamente arreglada- al oír la descripción de su cambio.
Sabía que había nacido para ser una líder -y de las buenas- y fue tomando las decisiones -buenas o malas, pero decisiones- para llevarla por ese camino, a ella negado por tenerla con el favorito -público- de la Reina misma.
Bueno, él. No hacía falta ni nombrarlo.
Fue un giro del ¿destino? Que le permitió ponerla en St. Vladimir.
Él siempre las había cuidado, no directamente, claro.
Y la presentó al Príncipe Frederick Dragomir.
Quién reconoció el apellido -y el rostro de su hermano, heredado de su propia abuela-, en ella.
Supo que era la hija -o nieta- de su propio hermano menor.
De Inmediato.
Y la presentó a su nuera, Lady Dragomir; quien buscaba -desesperadamente- a una compañera de juegos para la tímida niñita que vivía pegada a sus faldas.
Como esperaba -abiertamente- Lady Dragomir quedó encandilada con la voluntariosa niña dhampir, e hizo de todo para que estuvieran juntas.
Fue el mismísimo Lord Eric Dragomir quien sugirió que ambas niñas fueran a St. Vladimir, en dónde su propio hijo ya estaba matriculado.
Prometió cuidar de Rose e incluso, presentó a Janine con la Princesa Ariana Szelsky, cuyo hermano menor -recién graduado de St. Vladimir- buscaba un guardián, dispuesto a viajar permanentemente.
Recomendada por todo el Clan Dragomir, La Princesa y su hermano tomaron bajo su égida a la joven guardiana pelirroja... y el resto fue historia.
"Es demasiado joven, Janine. ¡Ni siquiera tiene 18 años!", Alberta sabía bien que pensaba Janine de su hija.
"¿Y quién, sino, Bertie?, ¿la prima Vasilissa?", se rió, sarcástica, "mi hija salvó su inútil cuello. Y salvará al resto, si la dejas".
"¿Yo?"
"¿Y quién más?, los guardianes de St. Vlad. te deben lealtad, y tú misma me dijiste que no hay guardianes... privados. Ya no más. Salvo Belikov, claro. Cuyas lealtades nunca han sido demasiado claras".
"Así se hará, Lady Regent", dijo Alberta, con tono de broma, pero muy en serio.
"¿Y Bertie, la prima Vasilissa debe saberlo. Que lo haga Rose. ¡o mejor, Kirova, si es que está viva, claro!. O la otra princesita inútil de St. Vlad".
"Kirova, yo creo que es la mejor opción", respondió, maliciosa. "Después de todo, ella fue puesta allí por Tatiana Ivashkov misma, y la mismísima Tatiana... bueno, debió cambiar las reglas del juego para acomodarte a tí y a Rose en el juego de tronos".
"¿Y sabes lo que una Reina -o una Regente- hace, ¿cierto?".
"Reina, obviamente".
"Y será la hija del Dragón quién lo haga. Poético, ¿verdad?".
"Demasiado, diría yo":
"Y, Bertie... que Rose tenga cuidado con Jon Snow, ¿sí?. Es mi hija de quien hablamos. Puede tontear con la prima Vasilissa o la otra tontaina, ¡pero a mi hija, la respeta!", exigió.
"Así será. Lady Regent. Me ocuparé de ello, yo misma".
A todos los lectores: porfi, cuídense mucho!. ¿Sandy?, ¡fuerza, muchacha!
Dejen sus comentarios e ideas.
La mención al dragón es porque en Rusia, Zmey también es un dragón. Muy adecuado, en estos momentos.
