Capítulo 23
Fue como si el tiempo se detuviera, el murmullo lejano de la música que sonaba fuera de la habitación parecía haber desaparecido bajo el frenético palpitar de su propio corazón, retumbando en sus oídos al mismo tiempo que las palabras de Elisa se repetían sin cesar dentro de su cabeza. Resultaba increíble, tanto que Terry deseó no haber mostrado su verdadera impresión al primer instante, pues no tenía la certeza de que la mujer no estuviera jugando con él.
¿Qué tan conveniente podía resultar el que la chica hubiera ido a verle para invitarlo a tomar parte de una venganza en contra del hombre a quién él más odiaba?
La parte de su cerebro que no dejaba que las emociones dominaran su juicio, parecía gritarle con fuerza que no creyera nada de lo que Elisa acababa de decir y es que, por más que Terry deseara el tener algún tipo de arma para utilizar en contra de Neil, no podía ser tan tonto y olvidar que la pelirroja compartía sangre con el abogado. Más aún, el castaño debía recordar que la mujer en el sillón podía ser cien veces más peligrosa que su hermano.
— Parece que no confías en mí. ¿Qué, no crees que pueda ir en serio, sólo porque comparto sangre con esa basura? O, ¿es el hecho de que sea una zorra? — espetó Elisa, casi con diversión, unos segundos más tarde a haber dado vida a sus verdaderas intenciones. Lucía tranquila, demasiado cómoda consigo misma como para estar hablando de trazar una venganza y, sin embargo…
Terry no podía decir que algo en la chica diese muestras de que estuviera mintiendo pues, al contrario, sus ojos ambarinos irradiaban ráfagas de fuego con cada pestañeo y a juzgar por la forma en que tensaba la mandíbula mientras se obligaba a permanecer serena, incluso alcanzaba a divisarse un deje de ira contenida que no estaba dirigido a nadie más que al personaje cuya existencia era repudiada por los dos presentes en el palco.
— No me interesa a lo que te dediques — resolvió el chico, sin un ápice de duda — Realmente, lo que me cuesta tragar es que sea una misma Leagan la que me ofrezca hundir a ese idiota.
— Supongo que no puedo culparte, después de todo, yo mejor que nadie sabe lo mal que hace el relacionarse con ellos. En todo caso, puedes estar tranquilo. Tengo más motivos para odiar a mi familia de los que nadie en el mundo tendrá alguna vez.
— ¿Tan idiota crees que soy? — se mofó Terry, al escuchar aquello — Dame una buena razón para creerte o asumiré que has venido a verme por orden de tu hermanito.
La insinuación de que Neil pudiera estarla utilizando como si fuese una mera sirvienta, no pareció sentar para nada bien a la pelirroja, quien prontamente dejó caer la barrera de frialdad que había erigido a su alrededor y compuso la peor mueca que Terry hubiera visto jamás. Quien la viera, tan fiera y salvaje como solía mostrarse, no creería nunca que Elisa pudiese ser una mujer… rota. Y es que, para hacerlo, tendrían que haberla visto en ese momento, con los ojos acristalados y los labios apretados, las uñas hincadas en la carne de sus propias palmas.
— No te equivoques, cariño. Quizás sea un objeto sexual, pero jamás seré el juguete de ese imbécil — le advirtió ella, entonces — ¿Quieres una buena razón? Bien, te la daré. Cuando era niña, mi padre se revolcó con una sirvienta. No amaba a mi madre, así que no sentía culpa alguna por mantener a su amante bajo el mismo techo que ella y más tarde, cuando esa ofrecida le dio un hijo varón, incluso llegó al punto de negar a su primogénita.
La voz se le quebró, víctima del recuerdo que suponía verse a sí misma siendo olvidada por su propio padre, a quien poco le hubiera importado lo que sus acciones provocaban mientras hundía a las mujeres que jamás significaron nada para él y se dedicaba a complacer a quienes habían invadido y usurpado los lugares que, por derecho, pertenecían a Elisa y a su madre, Sara.
— A pesar del dolor y la soledad en que vivía, jamás dejó a mi madre divorciarse, pues ello podría haber revelado al público el origen de su amante. Le importa demasiado su imagen como para arruinarse, así que prefirió hundirla a ella. Hace unos años, Sara por fin tocó fondo, se volvió loca e intentó suicidarse. Papá la internó en un hospital psiquiátrico, donde vivió hasta hace tres noches, cuando falleció.
Terry desvió la mirada, un acto que le salió inconsciente al advertir la primera lágrima rodando por la mejilla de Elisa. No podía culparla, después de todo, acababa de perder a la mujer que le hubiera dado la vida. Desde su sitio, Elisa torció una sonrisa amarga al darse cuenta que lloraba y no tardó en limpiar el líquido, las largas uñas que poseía rasguñando suavemente su piel.
— Jamás me importó dejar atrás esa vida, de hecho, encuentro fascinante que la hija de Leagan sea una maldita puta, pues eso demuestra que ese linaje está del todo podrido. Aunque diga esto, hay algo que sí me molesta y eso es saber que el nombre de mi madre está siendo manchado para encubrir el infierno que Leagan, su amante y su bastardo la hicieron pasar.
El rugido con que terminó aquella oración, hizo a Terry volverse a mirarla, descubriendo el cambio en su expresión, cuya ira parecía tergiversar sus facciones hasta convertir a la chica en el mismísimo retrato del demonio en que la habían convertido. Una vez más, pensó que provocar a una mujer como esa debía ser mil veces peor que fastidiar al mentecato de Neil y sólo por si aún guardaba sus reservas sobre confiar en ella, Elisa buscó el artículo de la prensa que había arrojado en su bolso.
No había podido resistirse a arrugar la hoja hasta volverla una pequeña bola, no obstante, se negaba a deshacerse de esta como si al hacerlo significaba volverle la espalda a su propia madre, de modo que agradecía llevar con ella para demostrar a Terry que nada de lo que había dicho hasta el momento era mentira. Apenas lo tomó, el castaño se encontró con la noticia que fuera la culpable de que Elisa estuviera planeando una venganza.
«Libres, la pesadilla que Sara Larson hizo vivir a su familia»
Internada en el psiquiátrico Raven Hill, la exesposa del prestigioso abogado Benjamín Leagan, ha fallecido esta semana luego de sobre medicarse por enésima ocasión durante su estancia en el hospital. A su muerte, el hijo de Leagan, quien se encargara de lidiar con los medios en nombre de su dolorido padre, nos brinda la siguiente declaración respecto a la reacción de la familia sobre lo sucedido.
«Es un alivio. Saber que descansa y que a su partida, toda esta pesadilla por fin termina…» expresa Neil Leagan al diario «…Aunque no puede negarse que mi padre amara a mi madre hasta el final de sus días, no podemos ocultar la terrible desgracia que supuso su enfermedad para nuestra familia. Que ella fuese la responsable de la desaparición de mi hermana mayor y que la felicidad de mi padre estuviera condicionada a sus exigencias… Era insoportable»
Sintiendo las entrañas revolviéndose en su interior al leer el montón de idioteces que Neil había dicho a la prenda, Terry arrugó el artículo entre sus manos, arrojándolo al cubo de basura que había en el palco un segundo después. Ya no guardaba dudas sobre que Elisa estuviera diciendo la verdad respecto a buscar venganza y es que, si él estuviera en su lugar, no creía posible que pudiera vivir en paz hasta saber que quienes ensuciaban el nombre de una mujer inocente ya fallecida, pagaban por su descaro.
A pesar de creerle, no obstante, había algo que todavía no terminaba por entender.
— Vale, digamos que accedo a ayudarte. ¿Qué te hace creer que quiero vengarme de este imbécil? — preguntó, viendo a Elisa sonreír.
— La pregunta es, ¿por qué no querrías? ¿Acaso no fue Neil quien hundió a la familia de tu esposa y envió todas esas pruebas sobre nuestra noche juntos al correo de tu madre?
— C-Cómo…
— Joder, cariño. Sólo abandoné a mi familia, pero no significa que esté muerta. Contrario a lo que ellos piensan, me he mantenido bastante bien informada sobre lo que hacen esas escorias, de modo que estoy dispuesta a ayudarte sí, y sólo sí, prometes destruirlos.
Hacia un tiempo que ninguno de ellos visitara aquel sitio y es que, la última vez que Archie ofreció el apartamento de su hermano, Terry había despertado con una tremenda resaca, luego de haber dejado su hogar y a la esposa que entonces no creía que fuese a terminar amando como ahora lo hacía. «Que gracioso» pensó, rememorando aquella idea como algo que hubiese sucedido demasiado tiempo atrás, en lugar del par de meses que realmente habían trascurrido.
A su lado, con la cabeza apoyada contra su hombro y las manos entrelazadas descansando sobre su regazo, Candy no parecía capaz de ocultar el estado intranquilo en que la reunión de esta tarde le había sumido. No había resultado sencillo convencerla para acceder a ir adelante con eso, pero una vez Terry le explicó lo mucho que les convenía aliarse a Elisa, a la rubia no le quedó de otra más que admitir que su marido tenía razón.
Pese a saber que la chica Leagan estaba de su lado y que gracias a su parentesco tenía acceso a información que de otro modo no hubiesen podido obtener, Candy no podía negar que le molestara la idea de relacionarse con quien hubiera servido de diversión para el hombre que amaba, pero sobre todo, que le preocupara el estar siendo demasiado ingenuos y que al final, la pelirroja no resultara ser sólo otra marioneta de Neil, enviada a ellos para hacerlos sufrir.
— Está aquí — anunció Archie, al escuchar el timbre. No tardó en levantarse e ir directo a abrir, dejando al matrimonio en compañía del abogado Aston y los padres de Terry, todos apiñados en la sala del lugar.
Más allá, la voz coqueta de Elisa no se hizo esperar y sólo unos segundos después, el sonido de sus tacones siendo acompañados por otro par de pasos comenzó a aumentar, hasta que la mujer acabó plantada en el marco de la entrada. Lucía impresionante, con un vestido de cuero negro que se ajustaba a sus pronunciadas curvas y el abrigo de textura de leopardo que contrastaba con sus expresiones felinas y los ojos ambarinos.
Apenas verla, Candy se apretujó un poco más contra Terry, deseando no seguir siendo tan frívola, como para pensar en que junto a la otra, su cuerpo no era tan impresionante y si bien era bella, nada en su apariencia podría destacar vistiendo jeans y aquel suéter holgado de color marrón. «Rayos, debería haberme maquillado un poco, al menos» se dijo, antes de sentir los labios de Terry besando su cabello, en un intento por decir sin palabras que «Tú eres más hermosa».
— Señorita Leagan, por favor, tome asiento — la invitó Richard, al verla llegar. Elisa le sonrió de forma descarada, lo que hizo a Eleanor carraspear y escudriñarla despectivamente con la mirada.
Cuando Elisa ocupó el sillón lateral, los presentes advirtieron que no había ido sola y es que, además de estar Archie tras ella, había otro hombre aguardando a ser invitado para tomar asiento. Su rostro, atractivo aunque fuese mayor, hizo a Candy reaccionar en el momento en que se dio cuenta de que ese junto a la pelirroja no era otro más que el novio de tía Elroy, aquel que hubiese robado y huido con todo el dinero de los Andley.
— Veo que ya sabes a quién he traído conmigo — le dijo Elisa, al notar su reacción — Y bueno, para quienes no lo conozcan, este de aquí es John Callahan, granuja y ladrón. En el pasado hizo un par de tratos con el cerdo de mi padre, pero no fue hasta hace unos meses que se volvió un perro de mi hermano. ¿Por qué no les dices a todos lo que hiciste, corazón?
Junto a Archie, John asintió con la cabeza. Se lo veía dócil, igual que si se tratara de una mascota bien entrenada, lo que hizo a todos preguntarse qué clase de poder tenía Elisa Leagan que había conseguido doblegar así a un hombre cuyas artimañas le habían valido el ser capaz de engatusar a cuantos se cruzaban en su camino.
— Yo fui quien saqueó las cuentas de los Andley — confesó el hombre.
Para irritación de Candy, cuyas manos temblaron por la ira al escucharlo, resultaba increíble que el hombre pudiera referirse a lo que les había hecho con tanta simpleza y falta de culpa, como si sus acciones no hubieran sido las responsables de que su padre se hallara al borde de la muerte cuando Terry le encontró y de que su tía hubiera vivido los últimos meses sintiéndose miserable debido a lo ingenua que había demostrado ser.
— Tal como Neil me lo pidió, engatusé a Elroy para tenerla comiendo de mi mano y en el momento indicado, la hice cederme su información bancaria.
— ¿Qué más? — le urgió Elisa, con aburrimiento.
— Vacié todo y trasferí el dinero a una de las varias cuentas ficticias que Leagan me dio, luego me dediqué a ir pasándolo de un sitio a otro, hasta que finalmente llegó a manos de él. Se suponía que obtendría un buen porcentaje por ello, pero a las semanas de terminar el trabajo, Neil me vendió a Jim Carter, el dueño de un casino con el que tengo grandes deudas.
— Por eso no te habíamos podido localizar, ¿verdad? — le recriminó Archie, al escucharlo — Todo este tiempo, no has ido por ahí huyendo de los Andley sino de Carter. Es un pez gordo, claro que debiste mimetizarte con las rocas para conseguir huir de él.
— Sí, pero fracasé. Me encontró en Suffolk hace unas semanas y me arrastró con él. No me habría dejado ir sin pagarle, pero…
A nadie le quedó duda alguna de que Elisa hubiera tenido algo que ver en su rescate y es que, a juzgar por la mirada que le dedicó, era claro que la chica debía tener contactos con Carter, pues su sonrisa delataba lo encantada que había estado de acercarse a este.
— No entiendo por qué tanto miedo, si Carter es un terroncito.
— Seguro, sólo que John no es su tipo — se mofó Archie. Elisa le guiñó un ojo.
— Volviendo al tema, ¿se supone que has venido aquí porque estás dispuesto a delatar a Neil? — preguntó entonces Terry.
El hombre dudó, claramente asustado por lo que podría pasarle si accedía y aunque no lucía convencido al levantar la mirada, resultaba obvio que prefería hacer frente a Leagan que a lo que fuera que le esperara si no hacía lo que Elisa quería.
— Sí, haré lo que gusten. Ya sea atestiguar frente al juez que fui ordenado para robar a los Andley o pudrirme en prisión por haber trabajado para ese perro. Sólo quiero pedir que no me devuelvan a Carter.
— Está bien, corazón, eso ya lo he negociado con él — aseguró Elisa, aunque en el lugar de ese tonto, Candy no habría confiado demasiado.
— Bueno, pues creo que deberíamos tener buen material para construir un caso, ¿o no? — cuestionó Archie, al abogado presente.
En su sitio, Dean Aston asintió con la cabeza y procedió a revisar todos los documentos que habían llevado con él al ser convocado a la reunión. Había trabajado para los Cornwall desde antes de que Stear se hiciera cargo de los negocios, de modo que era un hombre viejo y con experiencia suficiente para tomar un caso como ese. Por si fuera poco, se trataba de uno de los abogados más respetables y confiables del país, siendo una de sus mejores cualidades, el que tiempo atrás se hubiese negado a ser parte de la firma de Leagan por considerar a estos «un montón de víboras venenosas».
— Teniendo la evidencia física de los estados financieros y el testimonio de su ayudante, creo que hay una base sólida para construir un caso por robo y extorsión, sin embargo, haría falta la participación de George Brown, para atestiguar sobre la posible influencia de Leagan en el despido del Sr. Andley — explicó Dean.
— Eso no debería ser un problema — intervino Richard, con calma — Conozco bien a George, yo fui el médico que trató a su hijo cuando tuvo aquel horrible accidente de tráfico, de modo que creo que podría persuadirlos sobre devolverme el favor salvando a mi hija — termino, dedicando una mirada cariñosa a Candy, quien no podría haberse sentido más feliz por saberse parte de la familia del hombre.
— Si es así, procedamos a firmar un acuerdo con el caballero aquí presente. Debe prometer que testificará ante el juez cuando Leagan sea llamado a la corte y dejar por escrita la declaración antes dicha, también, me tomaré el atrevimiento de grabar nuestra conversación, sólo por si acaso.
John no tenía otra opción más que la de acceder a cuanto le pidieran, de modo que en los siguientes minutos los demás presenciaron la firma del acuerdo y el pequeño interrogatorio que Dean realizó al acusado para grabar su declaración. Si todo iba bien y George Brown accedía a confesar que Leagan le había persuadido para despedir a Albert, quizás en unos días estuvieran viendo al abogado ser llamando a la corte, donde se le juzgaría según sus crímenes.
— Hay algo que deberían saber — espetó Dean, una vez terminó de charlar con John — Y es que incluso si ganamos, es probable que el Sr. Leagan no vaya a prisión. Posee los medios para compensar a los Andley por el robo, también los contactos para no obtener más que una sentencia menor, sin olvidar la posibilidad de que el caso permanezca lejos de la atención mediática.
— Quizás no logremos hundirlo como queremos, es cierto — habló Terry, con la sonrisa más brillante que hubiera mostrado hasta el momento — Pero no vamos a dejar que la reputación de ese idiota siga intacta. Créeme, Dean, ya hemos pensado en eso y tenemos un plan.
Continuará…
