Capítulo 24
Viendo el auto de los Grandchester alejarse, Candy pensó que hacía rato que no albergaba tantas esperanzas como las que tenía tras pactar una alianza de la que, para ser honesta, todavía no decidía si podía fiarse del todo. No le pesaba sentir recelo, sin embargo, pues tanto sus suegros, como el abogado y hasta el mismo Terry, todos parecían guardar sus propias sospechas respecto a relacionarse con Elisa Leagan.
A pesar de la desconfianza que esta les provocaba, la pecosa debía admitir que nada en la conversación con la pelirroja les había dado motivos para dudar que estuviera dispuesta a ayudarlos, sin importar que hacerlo, significara ir en contra de su propio hermano. «Tampoco es tan diferente, después de todo, lleva el veneno en las venas» se dijo Candy, al recordar la última parte de la charla que habían mantenido en el salón.
Mirando al castaño a su lado, todavía con aquella mueca agridulce atravesándole el rostro, resultaba claro que Terry también estaba dándole vueltas a aquella parte de la reunión. ¿Y cómo no? Si la pelirroja no les había concedido un instante de poder real, con la actitud precavida que se hubiera acostumbrado a mostrar y que la convertía en una mujer demasiado astuta, incluso que sus propios aliados.
— No me gusta deberle nada a nadie — había respondido Elisa, cuando Richard le recordó que el dinero y los bienes hurtados a su hijo eran de su propiedad y que, por tanto, era a él a quien la mujer debía devolverle lo perdido — Y considerando que su hijo no pagó por mis servicios aquella noche, bueno, digamos que sólo tomé lo que me correspondía.
— ¡Tonterías! Una noche con ustedes no puede equivaler a todo lo que tú y tu amiga se llevaron — replicó Terry, sin poder contenerse, lo que hizo sonreír a su aliada como la víbora venenosa que en verdad era.
— Quizás tengas razón y si es así, entonces tómalo como mi recompensa por estarles ayudando. ¿Ahora si estamos a mano, no?
Nadie en la sala pudo replicar, por lo que un instante después, todos vieron a Elisa marcharse, escuchando a lo lejos su promesa de seguir el plan que habían trazado y volver a verlos cuando fuese tiempo de dar el siguiente golpe. Fue luego de eso que Terry comenzó a refunfuñar y aunque a ellos tampoco les agradaba el que la mujer saliese impune, la misma Candy comprendió lo que Elisa quiso decirles antes de irse.
Podían hacerla pagarles por haber hurtado a Terry, pero hacerlo significaría poner un fin a su alianza.
— Deberíamos volver al hospital. Tu padre querrá saber que pronto habrá justicia para su caso — espetó el castaño, tomándole la mano para instarla a caminar.
No parecía del todo calmado después de tal desenlace en la reunión, pero incluso si su humor distaba mucho para ser bueno, Terry había aprendido a no desquitar sus corajes con la bonita pecosa que tenía al lado, encontrando un mejor consuelo en el tacto suave de sus dedos entrelazados y en las ráfagas de calor y amor que Candy le dedicaba siempre que se giraba a mirarlo con aquella dulce sonrisa tintando sus labios.
— Seguro que estará feliz, aunque…
— ¿Qué pasa? — la cuestionó, frunciendo el ceño debido a la confusión. Candy se acercó un poco más, lo suficiente para que Terry rodeara su cintura con ambas manos y la apegara lo más que pudiese a su cuerpo.
— Acabo de reparar en que todavía no hemos tenido una primera cita. Ya sé que antes salíamos y les decíamos a nuestros padres que eran citas, pero entonces yo no te gustaba y tú a mí, apenas me resultabas tolerable — se mofó, al recordar aquellos encuentros. Terry también se sonrió.
— Ya veo, entonces… ¿Deberíamos fugarnos y tener un poco de tiempo para nosotros? — le propuso, recibiendo un efusivo asentimiento de parte de la rubia.
Compartiendo un beso rápido, Terry se apartó para tomar la mano de su esposa y no pasó mucho antes de que la invitara a cruzar la calle, dirigiendo sus pasos a la estación de trenes más cercana. Montaron el subterráneo, Candy no sabía a dónde terminarían yendo, pero la verdad era que no le importaba en lo absoluto, mientras se tratara de compartir tiempo con el castaño y verlo a él tan liviano y alegre, que era como si ninguna preocupación invadiera sus corazones.
Algo más tarde, arribaron a Green Park, un espacio boscoso y tranquilo, frecuentado por aquellos cuyo deseo era el de escapar, aunque fuera sólo por un momento, del bullicio de la ciudad.
La tarde comenzaba a caer y dado que era pleno martes, no parecía que hubiese mucha gente rondando por el sitio, de modo que Candy y Terry pudieron disfrutar de la quietud para pasear a sus anchas, jugando y bromeando hasta que, agotados, terminaron encontrando un lugarcito perfecto donde tumbarse a descansar. Acurrucados bajo la sombra de un frondoso roble, el silencio reinó entre ellos durante unos minutos, hasta que Terry se inclinó contra su oído y susurro:
— La próxima vez, me aseguraré de llevarte a una cita que valga la pena recordar.
— ¿Qué hay de malo en esta? — preguntó Candy, para su sorpresa — Sólo porque no comimos en un lujoso restaurante ni vimos el cielo desde la cima de un rascacielos, no significa que esta no sea la cita que quiero recordar.
— No me malinterpretes, pecosa — le advirtió el castaño, con una suave sonrisa dibujada en los labios — No quise decir que esto tuviera algo de malo, simplemente, no quisiera que recordaras nuestra primera cita como algo que sucedió luego de planear una demanda contra una rata — se explicó, entonces.
Entre sus brazos, Candy se removió con delicadeza, lo suficiente como para acomodarse sobre sus rodillas y así quedar cara a cara con el castaño. Observando su silueta a contra luz, los alborotados rizos destellando igual que lingotes de oro bajo el rayo del sol, las pecas de las que tanto se jactaba parecían tentar al castaño a inclinarse lo suficiente y cubrirlas de besos.
No era todo y es que, se viera por donde se viera, Candy era el tipo de belleza que no bastaba con admirar unos cuantos segundos. «Está bien, no tengo que apresurarme. Tenemos la vida entera para repetir este momento» pensó, un instante antes de que los labios rosados que tanto le gustara besar, se comenzaran a mover.
— Entonces, ¿cuál es tu idea de la primera cita perfecta? — le preguntó Candy, con un deje de picardía brillándole en los ojos.
— No importa mucho el lugar, o lo que hagamos. Lo único que quiero es que el peso del mundo a nuestro alrededor no amenace con aplastarnos al primer descuido. Supongo que te será difícil creerlo, pero lo cierto es, que últimamente he pensado mucho en el futuro que deseo para nosotros.
El rostro de Candy se descompuso, presa de la sorpresa que le provocaba escuchar lo que hubiera estado rondando por la cabeza de su marido. Frente a ella, Terry no se inquietó, después de todo, siempre que imaginaba a la rubia reaccionando al escuchar la palabra futuro, no podía evitar que se le fuera a la mente el que su esposa se paralizara. ¿Lo haría porque le asustaba imaginar un futuro con él? O, ¿se sorprendería porque fuese Terry el primero en llevar el tema a colación?
Fuera cual fuera la respuesta, el castaño quería conocerla.
— ¿Qué hay en ese futuro?
— Para empezar, estamos tú y yo — respondió Terry, con firmeza, sin apartar la mirada de la de ella — Somos la pareja en que nos hemos convertido, un dúo que comparte lo bueno, lo malo y también lo peor. No tendríamos mucho más que ahora, pero tendríamos la satisfacción de saber que es completamente nuestro.
— ¿Te refieres a mantenernos con nuestro propio esfuerzo? — indagó Candy, viéndole asentir con la cabeza.
— No sólo eso, pecosa. Cuando lo pienso, es cierto que muchas repudié la idea y hasta me pregunté qué sentido tendría, pero habiendo vivido lo que vivimos, yo… Me gustaría licenciarme, formarme profesionalmente, aspirar a ser más que un mozo de club o un empleado de tienda. No se trata sólo del dinero, aunque también es un factor importante.
— ¿Entonces? — increpó su esposa, aunque no había reproche en su tono de voz.
En realidad, lo que Candy estaba experimentando era algo mucho más cercano a la emoción que a la incredulidad y es que, no podía creer que el hombre que amaba estuviera compartiendo con ella un deseo tan valioso como el de haber caído en la cuenta de lo valiosos que eran los estudios. Frente a ella, Terry se sonrojó ligeramente al decir que:
— Luego de conocer a los Brower y de experimentar lo que es el no saber hacer nada y tener que conformarte con lo mínimo… creo que al fin he caído en la cuenta del verdadero valor que un título posee.
— Te entiendo — admitió Candy, acariciando las hebras castañas que caían sobre los hombros de su marido, en un gesto descuidado — Cuando despidieron a papá, pensé que si sólo me hubiese esforzado y terminado la universidad, quizás no podría mantenernos como él lo hacía, pero habría sido de más ayuda que sólo quedándome de brazos cruzados, viendo a mi papá padecer y tener que cargar todo él solo.
— ¿Significa eso que también te agradaría volver a la universidad?
— Sí — aseguró ella — Lo pensé desde que quise buscar un trabajo. Tal vez no pueda regresar a Nueva York, una parte de mí en realidad no quiere volver ahí, pero siempre puedo revalidar créditos en una escuela local y concluir mis estudios, ¿no?
— Claro que puedes, quiero decir, podrás. Una vez que resolvamos la situación de tu familia, encontraremos la forma y tendremos una buena vida.
— Buena ya es, sólo será una vida más estable — Candy sonrió, lo suficiente como para contagiar a su pareja, quien se inclinó para rozar las puntas de sus narices y más tarde, acortar la distancia entre sus labios para terminar compartiendo un dulce beso.
Un beso con sabor a esperanza.
Fue la semana más larga que los Grandchester recordaran haber vivido, no tanto porque sus horarios apretados y jornadas de empleo les mantuvieran atareados, si bien tampoco podían negar que rendir adecuadamente en la tienda, el club y la cafetería fuese del todo sencillo. En realidad, el motivo de sus preocupaciones no era otro más que el caso que el abogado Aston hubiera comenzado a construir.
Sucedía, que luego de haber asegurado el testimonio del ladrón de los Andley, el abogado había aguardado hasta recibir noticias de Richard y Eleanor, quienes se hubieran encargado de echar mano a su poder y posición, para reunirse con George Brown y Jessica Martin. El motivo de sus encuentros, no era otro más que el de confirmar que la situación de los Andley había sido manipulada por Neil, algo que desgraciadamente fue corroborado durante sus entrevistas.
«No tuve otra opción» alegaron ambos, cuando los Grandchester les reclamaron por haber sucumbido ante la voluntad de un hombre tan ruin como el supuesto emisario de la ley, que Neil presumía de ser. Pese a sus acciones y a lo que favorecer a las víctimas del caso podría acarrearles, tanto George como Jessica terminaron asegurando su participación en el asunto, no porque estuvieran dispuesto a redimirse, sino más bien porque se les había hecho saber sobre las represalias que enfrentaría si les daban la espalda.
Esa mañana, con la seguridad de que lo que haría ayudaría a devolver a su padre y tía a la vida estable y segura que antes vivían, Candy se despidió de Terry frente al edificio de la firma de abogados a la que ya otras veces había acudido, prometiéndole regresar victoriosa de su misión y no olvidando suplicarle para que el castaño no cediese a sus deseos y terminara yendo tras ella. Con reticencia, Terry prometió soportar la espera y no perder los estribos, a menos que la situación le diese mala espina y considerara necesario el intervenir en ella.
— Todo saldrá bien, piensa en eso y espera aquí — pidió Candy, por última vez, elevándose sobre las puntas de sus pies para besarle en los labios.
Una vez dentro del edificio, la recepcionista le indicó con cierto deje de desdén a dónde se debía dirigir, siendo su actitud imitada por la secretaria de Neil, cuando la pecosa apareció en el pasillo indicado y pidió ser anunciada con el abogado. El hombre, quien hasta entonces se mantuviera refunfuñando, accedió pronto a dejarle pasar y apenas verlo, Candy advirtió el brillo lujurioso y la sonrisa torcida que le teñían el rostro.
— Candy, pero que grata sorpresa el recibirte este día — le dijo Neil, al recibirla — Por favor, preciosa, toma asiento. ¿Te ofrezco algo de té?
— Está bien así, gracias. No tardaré demasiado — se disculpó ella, al tiempo que buscaba sentarse en el extremo más alejado del sofá de dos plazas, su cabeza repitiendo el anhelo desesperado que embargara a su corazón en esos momentos.
«Que no se siente conmigo, que no se siente conmigo» pensó. Para su fortuna, Neil tomó asiento en el sofá individual, el halo de dios todopoderoso no desapareciendo ni por un segundo en su arrogante postura.
— Tonterías, un ángel cómo tu puede entretenerme la vida entera si así lo desea — espetó el abogado, con deleite enfermizo nublándole la voz. Candy se obligó a demostrar el escalofrío que le provocaban aquellas palabras.
— Dudo que quiera verme después de lo que le diré. Pero antes de eso, me gustaría preguntarle algo.
— ¿De qué se trata? — devolvió él, con actitud extrañada. Debía empezar a suponer que algo ahí no estaba bien, pero la rubia intentó mantener la ilusión de supuesta tranquilidad y desvió las dudas del hombre preguntando:
— A usted, ¿realmente le gusto?
Silencio. Por un momento, fue como si sus palabras hubieran conseguido tomar a Neil con la guardia baja y es que, era justo así como había sido pues ni en un millón de años, el abogado se habría imaginado que llegaría el momento en que la mujer de sus sueños se presentaría ante él, cuestionándole sobre la verdadera naturaleza de sus sentimientos. ¿Sería aquella la forma que la vida tenía para hacerle ver que los grandes esfuerzos tienen dulces recompensas?
Honestamente, Neil había estado viviendo unas semanas horribles, todo desde que la loca hubiera fallecido en el psiquiátrico donde la mantenían y su asquerosa media hermana hubiera decidido desaparecer, preocupando no sólo a su padre sino también a él. No podían culparlos, después de todo, a las víboras como a Elisa era mejor mantenerla vigiladas, de modo que perderles el rastro siempre era mucho más peligroso que estarlas viendo escupir veneno frente a sus ojos.
Siendo sorprendido por la visita de su futura mujercita, Neil no podía evitar pensar que aquello era una recompensa por los días de disgusto que había estado teniendo y que así como Candy ahora se arrastraba para entregarse a él, en algún momento su idiota hermana también decidiría aparecer, rogándole piedad para dejarle vivir como la prostituta que era o, mejor aún, sometiéndose a su autoridad como heredero de los Leagan y suplicarle que la dejase volver a la familia.
— No, Candy, tú haces algo más que gustarme — admitió, entonces, saboreando cada palabra que daba vida a lo que la pecosa le provocaba — Desde la primera vez que te vi, supe que tú y yo estábamos hechos el uno para la otra. Eres el objeto de todos mis deseos, la musa que inspira cada una de mis acciones. Anhelo amarte, volver tus sueños realidad, darte el mundo y que tú seas mi mundo.
«Bueno, pero si este realmente se ha montado toda una novela» pensó Candy, sin dejarse inmutar por el cinismo del hombre para enmascarar en poesía sus dañinas intenciones.
— No lo entiendo — admitió, entonces — Simplemente, no me entra en la cabeza como un hombre que dice amarme de esta forma, fue capaz de manipular el despido de mi padre y orquestar toda una estafa para enviar a mi familia a la calle.
— ¿Qué?
— Por favor, Sr. Leagan, no finja demencia. No se atreva a seguirme haciendo tonta, cuando todo este tiempo ha maquinado este plan malévolo para hundirme, esperando que una vez en el fondo me arrastrara ante usted pidiéndole que fuera mi salvador — le reprochó la pecosa, ya sin poder contenerse.
El cambio abrupto en su voz, aunado a las cosas que decía, hicieron que el rostro de Neil se descompusiera al comprender de lo que hablaba, una mezcla de sentimientos extraños cubriéndole los ojos, aunque no podía decirse que entre ellos se hallara el arrepentimiento, la culpa o la vergüenza. Candy se sintió asqueada al comprender que, dentro de su cabeza, Neil era incapaz de siquiera considerar que alguna vez hubiese obrado mal.
— ¿Y qué acaso no fue eso lo que hiciste con Grandchester? — preguntó Neil, al cabo de un momento, con el mismo tono presuntuoso que había utilizado al dirigirse a ella el día que la citó en el restaurante del hotel Olympus.
— Mi matrimonio no…
— Tu matrimonio es una farsa y lo sabes bien — la cortó él, con enfado — Pero está bien, yo ya te he perdonado.
— Vaya, que considerado, pero creo que olvida algo. No necesito su perdón, porque no hice nada malo. Elegí al hombre con quien quiero pasar el resto de mi vida y fuera por la razón que fuera, ese no fue y jamás habría sido usted — refutó Candy, con aplomo.
— Cuidado, preciosa. El hecho de que te amé como un loco, no quiere decir que toleraré tu insolencia — le advirtió Neil, ya sin ocultar la clase de hombre que era en realidad.
— No se preocupe, Sr. Leagan, no tendrá que hacerlo. A partir de ahora, jamás tendrá que volver a tolerarme, porque desde este momento, el único contacto entre nosotros será mi abogado. Con su permiso, que tenga un excelente día.
Sin más que decir, Candy arrojó el sobre que había llevado con ella sobre la mesita de centro y todavía bajo la atenta mirada de Neil, giró sobre sus talones, desapareciendo de la oficina en cuestión de segundos. Atrás, el de ojos aceituna se concedió un momento para recuperarse de la discusión. No podía negarlo, le había enfadado que Candy tomara sus acciones como lo peor que podría haberle hecho, siendo que siempre había pensado en sólo ayudarla abrir los ojos y rendirse a amarlo.
Pese a la ira, Neil debía admitir que le había excitado como nunca el ver a su mujer siendo una completa fiera. Debía controlarse, sin embargo, pues fantasear con aquel pensamiento podría hacerlo pasar un incómodo momento frente a sus empleados.
Algo más sereno, el abogado finalmente tomó los papeles que había dentro del sobre, pero si antes su encontronazo con Candy le había hecho emocionar, leyendo lo que esos documentos decían el éxtasis y la euforia quedaron completamente olvidados, siendo la ira y la indignación los únicos sentimientos que podían embargarlo. ¿Qué demonios pensaba la rubia? ¿En qué momento Grandchester habría sido capaz de lavarle el cerebro de aquella horrible forma?
Fuese como fuese, Neil no podía dejar que aquello pasara por alto y es que, incluso aunque fuera una maldita tontería, la demanda que acababa de recibir no podía significar nada bueno para un hombre de su posición.
Continuará…
