Capítulo 25
La tarde había caído sobre la ciudad, un brillante tono rojizo tiñendo el celeste que hasta hacía poco coloreaba el cielo y el denso murmullo de la multitud flotando en el aire, anunciando así que la hora pico acababa de comenzar. Desde su sitio, detrás del ventanal que daba a la calle, Terry sonrió al advertir el denso número de personas que emergían de la estación, todos con semblantes agotados tras un arduo día de trabajo, pero igualmente agradecidos por contar con el empleo que les permitía mantener a sus familias.
Mirando el espectáculo al mismo tiempo que la voz de su madre continuaba farfullando al otro lado de la línea, el castaño no pudo evitar el caer en la cuenta de lo gracioso que resultaba advertir, por un lado, a la gente que regresaba a casa tras sus jornadas laborales y, por el otro, escuchar a Eleanor renegar de lo impotente que se sentía ahora que se veía privada de echar mano a su poder para movilizar a los medios de comunicación y dar cobertura a la demanda que habían interpuesto en contra de Neil.
— La migraña que esto me provoca va a hacerme terminar en el hospital — se quejó Eleanor, una vez más — Pero, ¿cómo es que tú y tu padre no pueden si quiera esforzarse para entender lo que siento?
— Créeme que lo hacemos — admitió Terry, sonriendo — Es sólo que ya hemos hablado de cómo proceder y no puedo dejarte echar por la borda los planes que tenemos trazados. ¿Ya han fijado una fecha para la audiencia?
— Será en tres días, Aston ha presionado duro para conseguir que no se aplazara como Leagan pidió, aunque dudo que nadie más que nosotros se vaya a enterar. ¿Ves por qué me estoy volviendo loca? ¿Por qué quiero llamar al reportero Wilson y hacerlo publicar sobre esto?
— Lo hago, de verdad, pero incluso si es difícil, te pido que soportes un poco más. Leagan no se va a salir con la suya, ya no más — prometió el chico, con la misma seriedad con que días atrás les había planteado su maravilloso plan a los involucrados.
Un suspiro de resignación se dejó escuchar, pero aunque a Terry le habría agradado seguir conversando, la campanilla acababa de sonar anunciando el ingreso de varios clientes, lo que significaba que debía movilizarse para ayudar a Anthony en la caja. Despidiéndose de su madre, no sin antes asegurar que todo con su caso saldría bien y que «No poder incitar a la prensa, no es el fin del mundo», Terry cortó la llamada y se apresuró donde su compañero.
No pasó mucho antes de que la puerta se abriera de nuevo, el número de clientes incrementándose en cuestión de minutos. Fue necesario habilitar ambas registradoras para poder acortar el largo de la fila que ya se empezaba a formar, pero un rato después, la tienda volvió a sumirse en la misma tranquilidad y el mismo silencio que solía reinar luego de un momento de ajetreo.
— Dirás que no se debe escuchar conversaciones ajenas y está bien si me dices que soy grosero por mencionarlo — comentó Anthony, una vez quedaron solos en el lugar — Pero, ¿a tu madre en serio le pone fatal eso de dejar que otros se crean con ventaja sobre ella, verdad?
— No veo la grosería, después de todo, no has dicho nada que no sea cierto — admitió el castaño, con una sonrisa de medio lado — Supongo que es porque nuestra familia tiene una larga historia, que a mis padres no les viene en gracia cuando otros intentan pisotearnos. El poder se enfrenta con poder, eso es lo que nos enseñan desde que nacemos.
— ¿Los ricos sí que llevan a otro nivel el juego de "mi casa es más grande que tu casa", no?
— Ojalá fuera tan fácil — repuso Terry, sin tomarse a mal el tono rencoroso con el que su amigo se había referido a la clase alta de la que su familia formaba parte — En estos casos, el juego es más como "mi casa es más grande que tu casa y si no lo es, destruyo tu casa"
El teléfono sonó, interrumpiendo su conversación. Anthony se encargó de atender la llamada, mientras Terry se ocupaba en limpiar la barra donde unas chicas habían preparado sus cafés, su cabeza no pudiendo apartarse de los acontecimientos que hubieran sucedido en su vida, desde la mañana en que acompañó a Candy a entregar la demanda. Como era de esperarse, los Leagan no habían tardado en responder y es que, tal parecía que a Neil le preocupaban las repercusiones que aquello podría generarle pues, ni tardo ni perezoso, el de ojos aceituna había terminado por pedir ayuda a su padre.
Benjamín, a quien la idea de que su firma se viese afectada, no demoró nada en comunicarse con el abogado Aston, cuestionándole por procesar algo tan ridículo como aquella demanda y más tarde, intentando convencerlo de que intercediera en su favor frente a los Grandchester, la familia política de sus demandantes. Fiel a su opinión sobre los Leagan y a sus servicios para los Cornwall, Dean negó auxiliarlo y antes de desentenderse de él, fue contundente al prometer que «Le mostraré a tu hijo para lo que realmente sirve la ley».
La respuesta de Richard a la petición de retirar los cargos y resolver el asunto mediante un acuerdo privado, tampoco pareció agradar al abogado, quien se retiró de la oficina del médico gruñendo a diestra y siniestra que los haría pagar por difamar a su hijo de esa forma y casi consiguió revelar la naturaleza iracunda del duque, una vez las palabras «Promiscuo violador» salieron de su boca.
En la lista de recursos a los que su abogado creía que los Leagan recurrirían, la idea de entrevistarse con los Andley para hacerles cambiar de opinión, no tardó en volverse realidad. No obstante, lo único que los Leagan consiguieron al intentar aquello, fue enfrentarse a la cuadrilla de guardaespaldas que Archie había contratado para cuidar de Albert y Elroy, quienes debido al alta del primero, ahora ocupaban el piso de soltero que Stear les hubiera ofrecido, al menos hasta que Albert fuese capaz de costear un sitio para él y su hermana.
Como último recurso, los Leagan no habían tenido otra opción más que la de proceder legalmente a la demanda interpuesta, lo que les hubiera llevado a designar a Benjamín como abogado de su hijo y a intentar construir la mejor defensa que pudiesen afirmar frente al juez. Los trucos sucios, a los que estuvieran demasiado acostumbrados a recurrir, no se hicieron esperar, primero intentando volver a George en su favor y luego maximizando la búsqueda de John, un hombre al que Neil no creía haber perdido de vista hasta que le fue imposible encontrarlo.
Asegurándose de que el caso no llegaba a los medios, Benjamín jugó sus últimas cartas informándose sobre el juez que presidiría su caso y también, echando mano a sus contactos para regar por ahí algunos rumores maliciosos que perjudicaran el buen nombre de los Grandchester. Una serie de palabrerías baratas que hubieran obtenido el efecto deseado, al casi orillar a la madre de Terry a responder fuego contra fuego, rumor contra verdad.
— ¿Sigues dispuesto a ayudarme en esto, verdad? — cuestionó Terry, de improvisto, al poco rato de haberse acercado al mostrador para ver a Anthony haciendo el registro diario de ganancias. Frente a él, el rubio detuvo el movimiento del bolígrafo, levantando la mirada para encontrar a su amigo.
— No, esto lo hago por mí. Pero, tranquilo, ya he decidido que no volveré a huir — respondió, entonces, sus ojos azules brillando igual que un cielo despejado. Terry asintió, conforme con sus palabras y es que, incluso si el otro tenía sus propios motivos para participar en el asunto, el castaño no podía negar que saberlo parte del plan era lo único que le mantenía seguro sobre la victoria.
Debido a la discreción con que el caso se venía manejando, fue decisión de la corte que la demanda se procesara en una sola sesión, siendo Dan Hess el juez asignado para presidir, un hombre conocido entre los suyos por favorecer siempre a la parte con el mayor poder. Enfrentándose al reto de condenar a una familia de abogados prestigiosos u ofender a todo un linaje con títulos reales al tomar una decisión, Hess se decantó por mantenerse alejado de los involucrados hasta que el juicio terminara y declarar un veredicto según los alegatos que se presentaran.
Esa mañana, tan puntuales como la cita lo requería, los Andley y los Grandchester se presentaron primeros en el tribunal, Albert todavía conmocionado porque no podía creer que después de tantos meses de sufrimiento, su situación al fin tenía posibilidades de resolverse. Junto a ellos, se encontraba nadie más que Dean Aston, el abogado cuya profesionalidad parecía reivindicar la mala imagen que los acusados proporcionaban a su gremio y en ambas familias confiaban para conseguir que ese día se hiciera justicia.
Unos minutos antes de que la sesión comenzara, Neil y su padre, Benjamín, hicieron acto de presencia, el primero dejándose ver por el sitio con la apariencia de un hombre arrepentido y al borde del colapso emocional, y el segundo con aquella mirada fría y rencorosa, que no pegaba de nada con su papel como defensor, pero se ajustaba del todo a su posición como padre indignado. Para fortuna de los Andley, ninguno de ellos se acercó a hablarles, conformándose sólo con cruzar miradas mientras se dirigían a la sala asignada.
Apenas entrar, Albert fue junto a Dean a los asientos que les correspondían frente al estrado, el otro extremo de la sala siendo ocupado por los Leagan. En las sillas del público, Candy, Terry, los padres de este y la tía Elroy, todos parecían lamentar que el lugar se encontrara tan falto de oyentes, pues al ser un juicio privado y siendo que los medios no estaban enterados, ningún reportero se hallaba presente y ellos no habían creído necesario el hacer que les acompañara más gente.
Por fin, Hess hizo su aparición, sus auxiliares ocupando sus sitios mientras la voz del guardia anunciaba al juez. Comenzando por explicar el procedimiento a seguir, lo que incluía que la sesión duraría hasta que todos los alegatos y evidencias hubieran sido presentados, dejando el espacio siguiente para que el juez dictaminara el veredicto final, Hess abrió la sesión tras dejar las cosas claras y concedió la palabra a la parte demandante, para que Aston presentara el caso. A él, le siguió Leagan, emitiendo el alegato de defensa que hubiera preparado.
Sin denotar sus pensamientos personales, Hess invitó a los abogados a llamar a los testigos, el primero de ellos siendo el mismo Neil, quien rindió un emotivo y casi devastador discurso sobre cómo él siempre se había preocupado por Candy y su familia y cómo al saberles en una mala situación había intentado ayudarlos. Tal como lo planteó, él no tenía motivos para orquestar el despido de Albert ni utilizar a John para estafarlos, pues siendo un emisario de la ley, conocía mejor que nadie el precio a pagar por utilizar medidas tan horrorosas.
— Abogado, su turno — señaló el juez, una vez Benjamín terminó de arrancar aquella declaración de boca de su hijo, quien se hubiera esforzado tanto por lucir inocente y dolido ante las acusaciones, tal como él y su padre planificaran mostrarse para conseguir el favor del juez.
Desde su sitio, Dean negó interrogarlo, sorprendido a la defensa y al mismo acusado, pues habían supuesto que la jugada de Aston sería la de intentar quebrarlo desde el comienzo de la sesión. Conociendo su reputación y cómo sus interrogatorios siempre colocaban a los acusados entre la espada y la pared, hasta que el mínimo error evidenciaba su culpa y por ende los crímenes de los que se les acusaba, Benjamín había pasado un largo rato enseñando a su hijo a resistirse a caer ante las provocaciones del demandante.
Darse cuenta que esta vez Aston no iba a jugar las mismas cartas de siempre, les hizo dudar sobre lo que sucedería a continuación.
— ¿Siguiente testigo? — preguntó Hess, sus ojos mirando a Aston, a la espera de la persona que llamaran al estrado.
— El señor Albert Andley, su señoría — anunció el abogado.
Albert se puso de pie y apenas tomar asiento en el lugar de los testigos, el guardia se acercó para que rindiera juramento y una vez hecho, las preguntas de Aston comenzaron a fluir. No era difícil responder y es que, Dean quería que hablara sobre su relación con Neil, también sobre sus servicios como contador de los Brown e incluso le hizo abordar los pensamientos que tuviera respecto a las relaciones amorosas de sus chicas, el noviazgo de Elroy con su ladrón y claro, el matrimonio entre su hija y el heredero de los Grandchester.
Como era de esperarse, Albert se expresó humildemente de Terry y aunque era claro que le disgustaba, no mintió al decir que en su momento se había alegrado por saber a su hermana enamorada. En lo que respectaba a su trabajo, el rubio expresó que nunca había tenido rencillas con su jefe y que, a decir verdad, George siempre le había tratado con respeto y amabilidad, valores que incluso mantuvo mientras le hablaba sobre tener que liquidarlo. Acerca de Neil, el hombre declaró que no le habría conocido de no ser porque la amiga de su hija les recomendó visitarlo y que hasta hacía poco, no se había enterado de que Candy y Neil se conocían desde la escuela.
Al término de su declaración, fue el turno de Leagan para interrogarlo, negándose a renunciar a tal derecho como antes había hecho Aston y plantándose frente al rubio, con un montón de cuestionamientos maliciosos que no tenían otro motivo más que el de hacer parecer que Albert guardaba rencor por la forma en que había sido despedido y como su situación financiera le habían hecho terminar en el hospital, focalizando tal sentimiento en contra del pobre e inocente muchachito al que su abogado había señalado sólo por verlo como una presa fácil.
Si bien sus preguntas y conjeturas fueron ridículas, hubo algunas veces en que Terry se percató de la mirada que el juez le dedicaba a su suegro pues, siendo el hombre poderoso que era y estando acostumbrado a siempre beneficiar a sus iguales, Hess era esa clase de persona que ve a la gente trabajadora como aprovechados a la caza de cualquier oportunidad para ganar más de lo que merecen. ¿Cómo podía pensar siquiera que Albert hubiera tramado todo aquello sólo para vengarse de los Brown por despedirlo y hasta de los Leagan por intentar ayudarlo?
Tras el interrogatorio de Albert, Benjamín hizo subir a Susana, a George e incluso a Elroy al estrado, todos siendo cuestionados respecto a sus relaciones con Neil y a cuestiones algo más privadas como los motivos de Susana para recomendar a Candy que pidiera asesoramiento con él, la opinión de George acerca de Albert y sus servicios en la empresa y claro, el bien conocido de Elroy, quien fuera la culpable de que su supuesto novio consiguiera acceder a la información bancaria de su hermano.
Interrogatorio tras interrogatorio, la balanza comenzó a inclinarse pronto en favor de los Leagan, pues Benjamín sabía bien como aprovecharse de las respuestas al sólo pedir "sí" o "no", lo que dejaba al aire mucha de la información necesaria para brindar contexto a las afirmaciones o negaciones. Si bien Aston tampoco se quedaba atrás en ese aspecto y en más de una ocasión fue capaz de refutar las aseveraciones de su oponente, al final, parecía que Hess se estaba decidiendo por fallar en beneficio de Neil.
El último llamado al estrado, fue el que decidiría si el caso se ganaba o se perdía, siendo nadie más y nadie menos que John Callahan, el que subiera a testificar.
Sorprendidos porque el hombre al que ellos creían perdido estuviera ahí, los Leagan comenzaron a preocuparse por lo que su presencia en el sitio supondría para ellos, sobre todo cuando Aston abrió su ronda de preguntas, yendo directamente a la respuesta que todos querían escuchar:
— ¿Fue Neil Leagan quien le pidió que engañara a la Sra. Elroy para llevarles a la quiebra?
— Así es. Neil me contrató para robarlos, prometiendo pagar mis deudas de juego si tenía éxito en mi encargo, de modo que me acerqué a Elroy para seducirla y engañarla, haciéndome con su información bancaria y vaciando las cuentas de su hermano. El dinero, lo trasferí a los números que Neil me proporcionó, no obstante, no fui recompensado y debido a ello tuve que huir.
La discusión que aquello desató, duró poco más de una hora, tiempo en el que ambos abogados intentaron sacar el mayor provecho a las declaraciones de John, hasta que el juez declaró un receso. Apresado, tal como debía hacerse pues a fin de cuentas se trataba de un ladrón, Callahan fue retenido mientras el juez deliberaba, la sala vaciándose durante casi cuarenta minutos. Una vez reanudada la sesión, lo único que restaba era escuchar el veredicto.
— Bajo los cargos de robo y abuso de confianza, la corte condena a John Callahan a ser retenido por la policía hasta que su caso sea procesado y en atención a la demanda interpuesta contra el Sr. Leagan, es mi decisión que el acusado indemnice a las víctimas con el 70% de la suma perdida, siendo sus delitos la manipulación y conspiración. Ya que el señorito Neil no perpetro el robo directamente ni se le encuentra culpable por el despido justificado de Albert Andley, la prisión es descartada. Se levanta la sesión.
Sin más que agregar, Hess se puso de pie y abandonó la sala, sus ojos evitando fijarse en las miradas fulminantes que tanto Eleanor como Richard le dedicaban. En sus sitios, Neil y su padre también se levantaron, el segundo yendo directamente ante Albert para disculparse por haberlo ofendido y prometiéndole indemnizarlo según el decreto del juez. Las palabras que cruzaron apenas alcanzaron al rubio, pues este sólo pedía el abandonar el lugar, con la desazón de saber libre y sin castigo a un hombre que merecía pagar con algo más que sólo ofreciendo dinero.
Fuera de la sala, las actitudes de los Leagan cambiaron de forma radical, siendo Benjamín el primero en regodearse de su victoria, pues no podía marcharse de ahí sin restregarle a los Grandchester que lo que acababan de hacer a su familia no se quedaría así.
— Supongo que entenderán que no puedo impedir que la prensa escriba sobre esto — les dijo, al encontrarlos frente al tribunal, en la cima de la escalera que llevaba a la avenida principal — Como creyente de la justicia, es mi deber limpiar el buen nombre del hijo al que han herido con sus acusaciones y asegurarme de que no se le difame, haciéndolo ver como un manipulador o peor, un asqueroso ladrón.
— ¿Y qué tal asesino? — intervino otra persona.
Por un momento, fue como si el tiempo se detuviera, el sonido se ahogó, el movimiento de las personas y los vehículos se ralentizó y, de repente, lo único en lo que Neil y su padre pudieron fijarse fue en la mujer que les observaba al otro lado de la escalinata. Lucía atemorizante, con el vestido negro sobrio, los ojos ámbar encendidos igual que si hubiese fuego en ellos y esa sonrisa torcida dejando entrever el blanco de sus dientes, pues era bastante consciente del montón de reporteros que había a su alrededor.
Ni bien darse cuenta de aquello, ambos Leagan comenzaron a temblar y es que, no entendían lo que Elisa estaba haciendo ahí, ni la razón por la que hubiera tantos medios de comunicación rodeándola, presenciando el momento justo en que una acusación por homicidio salía de sus labios. Para terror de Neil, el hecho de que su hermana estuviera ahí resultaba doblemente peor al darse cuenta que no sólo la prensa, sino alguien a quien habría jurado muerto, acompañaba a la pelirroja. ¿Cómo era que Anthony Brower había terminado conociendo a Elisa?
— ¡Elisa! ¿Pero qué tontería estás diciendo? ¿Cómo es que has llegado aquí? — la acribilló su padre, sin poder contener la ola de nerviosismo que había comenzado a invadirlo. Elisa se acercó a ellos, siendo seguida por los reporteros que hubiera hecho ir, siendo la ayuda de los Grandchester la que hubiera hecho posible tal aglomeración de medios.
— Tal como le dije a la prensa hace un minuto, he venido aquí porque no puedo soportar que la familia con la que siempre quise reunirme, haya pasado tanto tiempo ocultando a un asqueroso asesino — exclamó Elisa, con los ojos vidriosos y la voz entrecortada, en una muestra de la excelente actriz que podía ser.
— ¿Qué demonios…? — comenzó Benjamín, sin llegar a terminar, pues su hija continuó:
— ¡Tú, Neil! ¿Acaso has olvidado a Charlie, al compañero de la escuela al que asesinaste a sangre fría?
Continuará…
